neu i allaus 7 | novembre 2015
Estudio de la nieve y los aludes en las cordilleras españolas Pere Rodés i Muñoz. Antropólogo
La recogida de información sobre nieve y aludes en el conjunto del territorio español es tardía. La repartición táifica del Estado español lo dificulta mucho más. Sobre los aludes se tiene una amnesia general. Se sabe que antes nevaba más y que, en ocasiones, por allí bajó la nieve pero difícilmente se puede obtener suficiente información sobre la fecha exacta del alud y, si no afectó a personas, difícilmente se recuerda; incluso si afectó a alguien, las víctimas tampoco lo recuerdan. El Estado español es uno de los más montañosos de Europa. Una serie de cordilleras recorren el país de este a oeste: los Pirineos (Catalunya, Aragón, Navarra); la cordillera Cantábrica (con dos vertientes bien diferenciadas y pertenecientes a comunidades autónomas diferentes) con los Picos de Europa; el sistema Central, con la sierra de Béjar, la de Gredos, la de Somosierra y el macizo de Peñalara; y el sistema Penibético. Otro sistema de montañas la recorre de sureste a nordeste: es el sistema Ibérico, con la cima del Moncayo como mayor elevación. También se ha recogido alguna información de aludes aislados en otros sistemas de montañas que forman parte de la orografía española. El Estado español, situado en la península Ibérica entre un océano frío, el Atlántico, al norte y al oeste, y un mar cálido, el Mediterráneo, en toda la fachada este y parte del sur, crea una serie de áreas climáticas diferenciadas entre sí. Así, suele ocurrir que en una parte del territo-
4
Vista satélite situación de innivación el 24 de enero de 2003. Foto: Jacques Descloitres, MODIS Rapid Response Team, NASA/GSFC
rio esté brillando el sol y haga calor y, en cambio, en otra nieve o llueva de forma considerable, creando situaciones de peligro franco debido a las acumulaciones de nieve. Estas pueden desencadenar aludes que afecten a las poblaciones locales y/o posteriores inundaciones cuando llega el deshielo. Las montañas del Estado español no han sido nunca un impedimento para el movimiento de las poblaciones humanas que habitaban en sus vertientes. Desde tiempos inmemorables las han atravesado soldados como el cartaginés Aníbal; los romanos, cuyas calzadas atraviesan nuestras montañas; los árabes; Carlomagno; las tropas francesas al mando de Napoleón y, ya en nuestros días, refugiados
que huían de España tras la Guerra Civil (hay que recordar las fotos de la retirada de Bielsa) y, pocos años más tarde, otros refugiados que cruzaban los Pirineos en dirección contraria, siguiendo las llamadas Rutas de la Libertad buscando una cierta seguridad. También cruzaban las sierras quienes tenían que ir a trabajar en la otra vertiente o quienes se dedicaban al contrabando de mercancías y sus perseguidores. A los pobladores de las zonas montañosas no les quedó más remedio que convivir en estrecha simbiosis con este meteoro blanco, que los aislaba en sus habitáculos y en unas condiciones ciertamente infrahumanas hasta bien entrado el siglo xx. Algunos de estos habitantes, los peatones-correo, se arriesgaban cru-