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Voces jóvenes

Voces jóvenes

DICK DUERKSEN

La habitación del hotel estaba llena de humo azul espeso y sulfuroso. Aterrorizada, Gloria salió disparada del baño y miró la videocasetera que aún irradiaba luz desde el escritorio. Esa noche no podrían mirar la película Jesús.

Era 1999 –junio, o tal vez julio–, y el equipo de evangelización del pastor Stan había llegado a una aldea llamada Mendi, en la Provincia de las Tierras Altas del Sur en Papúa Nueva Guinea. Era un viaje soñado, una oportunidad de predicar el evangelio de Cristo a los nativos del país que jamás habían escuchado sus historias, jamás se habían encontrado con sus discípulos, y jamás habían imaginado siquiera la posibilidad de ser perdonados. El equipo, que venía desde el noroeste de los Estados Unidos, iba acompañado

El poder del Espíritu Santo

de Biblias, sermones, equipos médicos, junto con una videocasetera y algunos proyectores para pasar la película de Jesús a todo color. Habían estado orando durante semanas, y estaban listos. * * *

«Era la primera vez que habíamos tratado de usar computadoras portátiles y proyectores de video –recuerda el pastor Stan–. Dado que la aldea tenía electricidad, habíamos llevado lo mejor que teníamos».

Había pantallas adentro y afuera de la gran tienda, pantallas gigantes hechas de madera plegable y pintadas de blanco brillante como tienen que ser las pantallas buenas. Y todo estaba funcionando tal como habíamos esperado. Miles de personas –tres, cuatro, hasta cinco mil– se quedaron afuera bajo la lluvia mirando las pantallas y escuchando los parlantes que reproducían palabras de Dios. La película Jesús era como una golosina para ellos. Lo mejor que habían visto alguna vez.

«Los de adentro estaban al resguardo, pero los de afuera estaban empapados. A pesar de ello, no parecía importarles –dice el pastor Stan–. Vinieron. Expectantes. Escucharon, atrapados por los videos de animales salvajes que les mostrábamos cada noche. Los locales jamás habían visto leones, gorilas u osos polares, y quedaron cautivados al ver a los ciervos, los alces y los pumas que pasaban por la pantalla durante unos cinco minutos cada noche».

El pastor Stan recuerda la experiencia como una de las más significativas de su vida. «Mis predicaciones acaso no fueron excelentes, pero, dado que conocía a las personas que habían venido a ver los videos, di lo mejor de mí, describiendo a Jesús y su amor con la mayor claridad posible».

Los días eran agotadores. Había reuniones cada noche, y durante el día, el pastor Stan y su esposa Gloria visitaban las casas de las aldeas. Donde iban, estaban acompañados de guardias armados que se aseguraban de que los visitantes extranjeros estuvieran protegidos de los «bandidos» que merodeaban y aterrorizaban a los habitantes de la zona.

«Cada noche –dice el pastor Stan–, les pasábamos cinco minutos de la película

Jesús. No estaba seguro cómo reaccionarían al ver a Jesús en las pantallas. La película era en inglés, y aunque el intérprete traduciría todo al pidgin, no estaba seguro si entenderían el mensaje. No debería haberme preocupado. Quedaron allí, inmóviles, como clavados en sus lugares. Parecía que el cielo había venido a la tierra. Jesús estaba allí en la pantalla, ¡y las personas lo querían!» * * *

Cuando promediaban las reuniones, el pastor Stan estaba en el hotel una mañana preparando las presentaciones para esa noche. Para asegurarse de que los videos estuvieran rebobinados hasta el punto correcto, enchufó la videocasetera en el tomacorriente y la encendió.

«Olvidé –dice con una mueca– que la energía eléctrica local es de 220 voltios, ¡pero nuestra VCR estaba preparada para 120!» Allí mismo, la habitación se llenó de un brillante chisporroteo y de una gran nube de humo azul y negro. Desenchufé el aparato tan rápidamente como puede, y levanté la vista hacia mi aterrorizada esposa que me miraba desde la puerta del baño.

«¿Qué has hecho? –exclamó».

El pastor Stan solo podía pensar en la gente que esa noche esperaba asistir para ver la película Jesús. «¿Qué he hecho, Señor? ¡Lo arruiné todo!»

«Puse el transformador en la videocasetera, y oramos. Oramos de rodillas. Oramos con las manos sobre el aparato. Oramos, y seguimos orando. La gente vendrá a ver Jesús, ¡y yo he fundido la videocasetera!»

Un dentista estaba acompañando al equipo misionero, por lo que el pastor Stan hizo que él lo revisara y orara también por el aparato. Nada funcionó. La videocasetera estaba muerta.

Esa noche, el pastor Stan y Gloria llevaron la videocasetera y el transformador a la iglesia para las reuniones. Lleno de humillación, pero esperanzado, explicó el problema al equipo, y entonces todos oraron por el aparato. «Señor, esta es tu videocasetera, tu filme Jesús, tu evangelio, tus videos de animales, y esta es tu gente.

La gente vendrá a ver Jesús, ¡y yo he fundido la videocasetera!

Siento mucho haber hecho semejante tontería. Por favor, haz realidad lo imposible. Haz que la videocasetera quemada funcione esta noche». ¿Cree usted que Dios hace milagros electrónicos?

«Decidimos creer –cuentan el pastor Stan y Gloria–. Por eso fuimos a la iglesia, entonamos el cántico de apertura, enchufamos la videocasetera al transformador, y la prendimos».

El aparato de 120 voltios totalmente fundido se encendió y, con una energía invisible, funcionó toda la reunión. Proyectó los leones, los tigres y los osos polares. Mostró los versículos bíblicos incluidos en el sermón del pastor Stan. Y mostró a Jesús, caminando junto a la playa del Mar de Galilea, sanando a los enfermos, jugando con los niños y dando su vida por los habitantes de Mendi en Papúa Nueva Guinea.

La videocasetera anduvo todo el programa vespertino. Anduvo toda la noche siguiente, y la siguiente, y así siguió hasta la última noche de reuniones.

Entonces dejó de andar.

«La llevamos de regreso a casa –dice el pastor Stan mientras se enjuga unas lágrimas de emoción–, y la probamos. Cuando apreté el botón de encendido, hizo un chirrido extraño y un ruido sordo. Jamás volvió a funcionar».

En la actualidad hay una iglesia en Mendi. Una iglesia donde las personas cantan del amor de Dios. Una iglesia donde se ora al Dios de los milagros.

Dick Duerksen es un pastor y narrador que vive en Portland, Oregón, Estados Unidos.

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Vol. 18, No. 7

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