A DOR
Erik Pina Miñambres Ilustraciones de
Esteban Azagra López
INCLUYE Álbum musical con QR...
MIR
Pequeñas historias para grandes sueños
SOÑANDO SEMILLAS ¿Qué hace un corazón cuenticultor? Es extrañamente familiar: sembrar historias, y como toda buena semilla, necesita buenos elementos para crecer. Pero los cuentos son especiales: necesitan oscuridad, estar de noche, al amparo de las estrellas que se quedan como testigos cubriendo el horizonte. La única luz necesaria está en los latidos que conectan y se comunican en la imaginación. Cuando escuchamos una historia se crece, se amplía, se nutre de las emociones. El asombro, la risa, el llanto, el enfado, todas se filtran para convertir savia bruta en sabia ruta. Es un viaje largo. Lo reconocemos. Las mejores estaciones caen bajo la lluvia de experiencias y el calor de la reflexión. En ellas la conciencia se siente en un calendario personal e irrepetible. Cuando el tiempo susurra en los días de viento, los consejos ancianos todavía merodean, agitando los corazones entre la fantasía y la realidad. Lo imposible es un margen entre palabras vacías. Si las llenas con energía, se disparan como un eco entre los valles y el límite se disipa.
La magia surge cuando un corazón se agita en la fantasía, en la ficción y se suspende durante unos minutos en la inmortal atmósfera de los sueños. Dentro de ellos suena una música única, casi mística, elevando las palabras en imágenes perpetuas. Tantas personas han echado raíces en las historias que nos han acompañado a lo largo de nuestras vidas... Tal vez algunas nunca vieron los frutos, pero hemos madurado bajo su sombra. Al girar el corazón a los recuerdos, nos damos cuenta de que hemos crecido...
PAPOTES, EL CERDICORNIO Nando era un niño de 7 años. Pidió por su cumpleaños una mascota. Quería que fuera especial. Y así fue. Le regalaron un cerdicornio. El chico estaba emocionado. Un animal tan raro era perfecto. «Papotes» le puso de nombre. Tenía los mofletes gigantes. Nando y su mascota salían a pasear todos los días. Lo llevaba atado de una cuerda para que no se perdiera. Quería estar siempre con él. Era su guardián. Le protegía de los malos momentos y le abrazaba cundo se sentía triste. A Papotes le encantaban los charcos de agua. Se metía en ellos y se revolcaba hasta que quedaba mojado por completo. Era su ducha diaria. Nando se reía mucho con él. Su olfato era increíble, era capaz de encontrar trufas a kilómetros de distancia. Jugaban a ser aventureros. Por las noches se tumbaban en la hierba y se miraban a los ojos, era la forma peculiar de comunicarse. Se leían los corazones. Así de fuerte era su amistad. Cada año que pasaba, Nando y Papotes se unían más. El pequeño se hacía mayor y el cerdicornio se hinchaba. Entonces agarraba la cuerda más fuerte para que no saliera volando. Siguieron divirtiéndose, aprendiendo y disfrutando juntos durante
muchos años. Un día Papotes estaba infladísimo. Había crecido todo lo que podía. Su piel tenía ya muchas arrugas, le costaba respirar. Se miraron a los ojos. La conversación fue corta. —Déjame ir. —¡No puedo! ¡No quiero! –Agarró la cuerda con todas sus fuerzas. —Lo siento..., necesito volar... Nando abrazó a su mascota por última vez. —Gracias por estar conmigo... —Nos encontraremos en los charcos, ¿vale? —le dijo Papotes mientras le acariciaba con el hocico. La cuerda se revolvió en el aire. El animal voló alto, perdiéndose entre las nubes para siempre.
—Te echaré de menos..., amigo... —dijo entre lágrimas Nando. Las mascotas rescatan corazones perdidos, y cuando se marchan, siguen conectados con la cuerda que un día les unió. Ahora el recuerdo los mantendría juntos.
Es hora de soñar.
ISBN 978-84-19106-20-9
9 788419
Es hora de soñar...
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