La abuela Eyang

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José Ntutumu Edu



CAPITULO I: ONDÓ MEÑANA

Como si Morfeo fuera soltándole a cachitos y los fan-

tasmagóricos sueños le perdonasen, en la lucha galáctica, entre vivientes y muertos. Con el cuerpo todavía inerte en la entablada cama, ensamblando ideas, pudo oír cómo su vecino se lamentaba por lo malhumorada que estaba la mañana, estado que atribuía a la excitación vendaval de la noche anterior que no se tradujo en lluvia. Minutos más tarde, escuchó el golpeo de nudillos en la puerta y, al unísono, una voz desde el exterior de la habitación, le preguntaba si estaba despierto. Él, sin titubear, se incorporó sin mayor sobresalto y contestó afirmativamente. Después de transcurrir un tiempo juicioso, el mensajero le comunicó que le esperaban en la Casa de Palabras y se esfumó a continuación, ya que no esperaba repuesta. Cuando el hombre abandonó su cama, desde el ventanuco, se asomó a la calle y observó que estaba relativamente empañada, lo cual agradeció, porque de esa manera el polvo estaba paralizado y acurrucado en toda la amplitud de la calle. Atisbó sesgadamente el firmamento y vio que estaba extensamente poblado de nubarrones que amenazaban traer agua que, al parecer, la apuesta nubosa pendía desde el ama5


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necer y que los vientos celestes de la alborada se encargaron de disipar. Allá arriba todo es amalgama de la naturaleza: nubarrones fluctuantes que dibujaban figuras monstruosas, copas estrambóticas indefinidas de árboles, el sol que no se exhibía, el incesante gorgoteo de gorriones perdidos que no se veían, y voces humanas imprecisas que procedían de todas las orientaciones, sobre manera, de la cercanía de la Casa de Palabras, alrededor de la cual disfrutaban un grupo respetable de niños jugando, mientras esperaban a sus padres; se detenían cuando alguna persona tenía que transitar en su contorno lúdico. Se entretenían mayormente con una pelotita hecha a mano con un embrollo de hojas muertas y secas de plataneras cercanas a la plaza. Después de curiosear el estado de la mañana, se reintegró en su habitáculo, y con destartaladas zapatillas colocadas en los pies, abandonó la casa por la puerta chillona trasera y al atravesarla, se perdió entre los cafetales y plataneros, para satisfacer propensiones humanas matinales; en tanto sujetaba sus partes con la mano derecha, con la cabeza erguida, paseaba los ojos y mente entre la naturaleza que le envolvía, y en sus oídos, percibía un lejano gurú-gurú de faisanes intrépidos, que deleitaban la mañana en el bosque cercano, en tanto degustaban las frutas como tentempié adelantado. Las frutas más abundantes que observó de lejos eran del Aséng, también llamado palo palomero (Musanga suithii de la familia de las moráceas), un árbol 6


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que crece rápido en cualquier superficie desboscada en África ecuatorial y produce unos higos con pequeñas simientes en su interior, muy apreciados por diversidad de pájaros como los faisanes, las palomas. Su casa rectangular de adobe estaba cubierta con largas hojas secas entrelazadas, otrora verdes, atadas con bejucos, cuyo techo de dos aguas, hacía también de cielorraso. En las paredes, compuestas por plasmas arcillosas endurecidas, se abrían grandes grietas por doquier y hacían visibles a los moradores desde el exterior, sobremanera de noche, hecho que le causaba cierta burla en el pueblo. Hasta los más osados se inmiscuían en sus asuntos íntimos, y en su fuero interno juraba y se maldecía prometiendo que, tan pronto pueda, enfoscaría primero su alcoba para salvaguardar la intimidad, y luego haría lo mismo con el resto de la casa. Esta situación le llevaba muchas veces a la introversión y fuera de sí, cuando adivinaba expresión de burla de su interlocutor. Pero ya estaba en camino hacia la Casa de Palabras, donde le requerían. Iba cavilando, una y otra vez , mientras andaba, conceptuó que habría algún entuerto grave del que debería responder. Pero conociéndole, prefirió pasarse ingenuamente de su secreto azaroso, sin saber que ese hecho era ya de dominio público. Ciertamente, los aldeanos ya le esperaban en la Casa de Palabras. Esta, es una casa popular y singular, dotada de una estancia amplia. Su delineación es habitualmente rectangular 7


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con dos puertas, una de entrada y otra de salida, ubicadas en cada uno de sus extremos. Su construcción está integrada por amplias cortezas de árboles, sujetadas con bejucos (melongos) que le dan una estructura sólida; el amueblado está constituido por tres o cuatro tiras de bambús juntas e indivisas, en cada uno de los lados, las cuales conforman los asientos de la Casa de Palabras. En la parte media de las paredes laterales, se deja espacios perpendiculares corridos que sirven de ventanas, para que los que allí se encuentren puedan husmear el entorno. Normalmente, los villanos mayores tienen asientos designados en estas salas, los cuales constituyen puntos estratégicos de visión y no consienten que personas jóvenes gocen de ellos. Sus paredes y techo suelen estar ornamentados con motivos variados como los recuerdos de caza, pesca, escultóricos, lúdicos, divinos, etc. A veces, también se dejan en ella objetos de uso comunitarios, como por ejemplo instrumentos musicales, útiles de su limpieza, herramientas de trabajo, tipología variada de juegos y como almacén de su propia leña. La Casa de Palabras constituye el lugar donde los lugareños plantean, deliberan y resuelven sus dificultades, individuales o tribales. Y también está concebida como lugar de esparcimiento de los hombres y donde los jóvenes, generalmente masculinos, reciben enseñanzas y consejos de sus mayores; así también como comedor popular del pueblo. Además, vale igualmente como plaza donde se brinda hospitalidad a los extraños, estén de paso o que se hospeden en el pueblo. 8


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Inició el recorrido para anegarse al resto del pueblo; y aproximándose, captó algunos rostros fruncidos entre el gentío que le aguardaba. Esta multitud se calló súbitamente cuando su presencia se hizo notoria. Todos los ojos se dirigieron a él. Muchos de ellos con gestos enojados, otros indiferentes, otros como si no tuviesen pujanzas suficientes para enfrentarse a la figura que se aproximaba. Finalmente, el requerido adentró y encontró asiento libre en la parte izquierda, según se accedía a la Casa de Palabras. Al introducirse en la sala, posó su escaso trasero en uno de los espacios que todavía estaba libre, desde donde sorteó con atención a los demás asistentes. Y en vista de que nadie se exponía dirigirse a él, el corazón se le instigó como a un podenco en carrera, quedándose momentáneamente bloqueado, hasta que se controló, haciéndose nuevamente con la situación. Con la mano derecha, coqueteó ligeramente su sinigual barba mientras mareaba la cabeza lentamente de lado a lado, y al mismo tiempo, bisbiseaba en su fuero interno hasta que le ganó el silencio ambiental. El momento y el mutis en la asamblea se hicieron irresistibles para el citado. No había ninguna voz ni eco lejano que rompiera la tensión circunstancial; hasta los muchachos que retozaban en la calle se quedaron atascados cuando le vieron sentarse, y al final esa tiesura embraveció al convocado quien, después de respirar profundamente, se enconó verbal y nerviosamente contra la masa 9


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y se dirigió acto seguido hacia el hombre más veterano que presidía la tribuna de la Casa de Palabras: Okehe. Mientras el joven protestaba, la intensidad de su voz fue rebajándose, en tanto el silencio pávido acusador sobrevolaba el ambiente y sentía que en su cuerpo no cabían más miradas. En su juicio interno infería que si le habían hecho llamar, era obvio que le expusiesen motivos del requerimiento, amén de que no recordaba trifulca fehaciente con alguien conocido del pueblo, mientras su conciencia quería acallar el desvarío que consumó en el pueblo de sus suegros, hecho que recordaba perfectamente y pensó entonces que no se conocería en su villa. Pero no se amilanó y prosiguió su enfado —claro, en sus adentros—, por el vacío que le hicieron nada más acercarse a la Casa de Palabras y el bisbiseo que lo había precedido. En tanto duró la alocución en su fuero interno, notó sudor profuso en ambas manos y que la misma secreción se le deslizaba desde el pescuezo hacia la cintura, motivo por el que, de vez en cuando, se obligaba a tirarse del cuello de la camisa para librarse de las molestias de la transpiración. Luego hubo un silencio espectral prolongado que nadie osaba despedazar. Los chicos mayores que jugaban cerca de la Casa de Palabras reanudaron su juego que al rato volvieron a suspender por un tiempo, porque la pelota utilizada como balón se había roto, y aprovecharon, mientras tanto, para fisgonear lo que decía el recién llegado al salón de Palabras ya que percibieron 10


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gran expectación y así también tomaban un descanso obligado. Y por otro lado, la compostura que guardaban determinados villanos llamaba mucha la atención y todo el mundo se quedó expectante para oír la exposición del supuesto asunto del que fue requerido Ondó Meñana, según el enviado de su suegro. El viejo Okehe, con la cara esparcida de arrugadas, exhibía una mirada dura que asustaba. Su cabeza lucía cejas y pelos escasos de color ceniza que hacían juego con su fina perilla con terminación filuda. Tenía manos y brazos flacos. Sus pies desnudos hacían alarde de dedos que se desdeñaban entre sí, al no haber sufrido apretura de zapatos se ignoraban unos de otros. En la cintura llevaba recogida una sábana, cuyo color se adivinaba que fue blanca en otros tiempos, y al parecer, este atavío lo utilizaba durante el día y en la noche, diríase que ese lienzo conjugaba el papel de atuendo de día y de abrigo cuando se iba a la cama. El veterano Okehe era un individuo sagaz curtido por experiencias, y por su personalidad, se le consideraba un mago prodigioso del saber bantú, con envites naturales de líder. Había sido elegido por los ancestros como elenco portavoz de la tribu. Hecho que conocían los congregados. Desde su poltrona emblemática arcaica, solía constituir el centro de todas las atenciones. Esta vez el populacho esperaba mucho de él, porque la cuestión a tratar era de máxima importancia, pues el respeto y el honor de la tribu estaban en juego. 11


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Había mucha curiosidad entre el gentío que abarrotaba el salón, los niños que jugaban en la calle, el silencio fantasmal que se encargó de cubrir la atmósfera reinante, el cual se desintegró cuando un bebé protestó desde el exterior de la sala pidiendo de comer a su madre, y esta llevaba tiempo impidiéndole alcanzar el pecho, en cada intento de la criatura. Ella, al sentirse acosada por tantos mirones, cedió a las pretensiones del niño, zanjando el problema propio del lactante insaciable con su progenitora.

Y luego el interés volvió a centrarse sobre el asunto principal de la mañana. Okehe, después de carraspear , atisbó al joven recién llegado, de nombre Ondó Meñana, quien al advertir la mirada enérgica de la autoridad tribal, se encogió como una adormidera y cruzó los brazos sobre sus perniles. Seguidamente, hundió sus ojos adonde la hoguera humeante cambiaba de itinerario, a cada soplido del vientecillo que discurría en ese momento. El humo negro y azul que brotaba de los troncos húmedos adentraba por doquier en la Casa de Palabras. La llama del fuego y la humareda se convirtieron en protagonistas durante unos minutos, haciendo sentirse mal a la plebe que ocupaba los asientos afectados del salón. Unas veces se avivaba, dando buenas sensaciones de calor y, a intervalos, se apagaba soltando humareda espesa, perturbadora 12


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e irrespirable. Ese humo grisáceo provocaba tos e incomodidad a muchos parroquianos; algunos se vieron obligados a cambiar de asientos, permutas que en definitiva servían de poco, ya que, cuando el viento se cambiaba de trayectoria, conllevaba la misma fumarada, y varios aldeanos terminaron resignándose con la situación desde sus asientos. Pero no todos los asistentes estaban conformes con esta opción; pues, el que estaba un tanto alejado protestó por la bocanada que le invadía a cada instante y consiguió que los más cercanos al fuego lo avivasen con soplos, y con dicha operación, se esfumaba momentáneamente la humareda. El mismo protestón dejó entrever que, si la cuestión a tratar demoraba más tiempo de lo previsto, se vería obligado a abandonar la reunión, ya que tenía compromisos adquiridos previamente para esa mañana. Pero en la mente guardaba su verdadera intención: ser el primero en hacerse con los frutos del árbol chocolatero que los villanos disputaban todas las mañanas. El árbol chocolatero o Andoc (Irvingia barteri) puede encontrarse en las cercanías del pueblo o en plena selva, produce frutos parecidos al albaricoque europeo; su carne fresca es fibrosa y comestible, sobre todo, para animales de la selva; en su interior alberga un hueso dentro del cual se encuentra una almendra de color blanca que constituye el chocolate que, al secarse, se muele quedándose en forma de pasta, con la cual se hace un molde o Equimandoc del que se obtiene el condimento color chocolate, propiciado por oxidación de la almendra. 13


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Muchos parroquianos interpretaron la amenaza del villano como cobardía y talante simplón para huir de su responsabilidad. Puesto que su papel de moderador en asuntos triviales —como el que les ocupaba— fue el escogido en su momento, como modelo de buen hacer en cuestiones sociales y morales de la tribu; y además, era coetáneo y uno de los mejores consejeros del jefe, Okehe. Okehe, después de mesar su desdibujada barba, tosió livianamente, se hundió en su mente, en donde estuvo un rato bogando en lo que iba a decir, entre ideas peregrinas y otras de mayor calado que venían al caso. Al ingresar de nuevo al mundo real y encontrarse con la mirada del populacho, triscó los dientes y se dirigió a Ondó Meñana en tono requirente, incipientemente recriminatorio y habló así: —Tú, sobrino mío, nos debes un esclarecimiento. Pues, tu veleidad, según la noticia que nos ha llegado, ha causado gran frenesí en nuestra tribu y ha puesto en entredicho nuestro decoro con otros clanes. Tú —acentuó—, según el enviado, has mancillado nuestro honor y nuestra credibilidad con las tribus amigas, quienes ahora se encuentran acongojadas y furiosas. »Nos constaba que hace algunos días –prosiguió el relator— fuiste a conocer al retoño que había tenido tu mujer en casa de sus padres, en el poblado de los «Eséndeng»; aldea cuya lejanía lleva desde aquí, casi dos días de camino. 14


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Durante tu estancia ahí, nos cuentan que acaecieron hechos reprobables que hasta la fecha desconocíamos de tu boca. »Todo el pueblo, que somos tu familia —continuó—, estamos aturdidos por la ignominiosa noticia de esta mañana. Por otro lado, el saludo frío y distante que has dedicado al mensajero, nos confirmó que os conocéis. Asimismo, hemos notado tu contrariedad al entrar aquí y encontrarle. Okéhe se quedó callado durante un rato, después de censurar a su sobrino. Como era costumbre, mientras duró el silencio de Okéhe, nadie se atrevió a objetar, por obviedad de que seguiría recriminando a Ondó Meñana, por la probable vergüenza pérfida que tenía en su contra. Mientras tanto, los ojos de los asambleístas vagaban sin expresiones claras en las caras que los soportaban. Al parecer, cuando Ondo Meñana fue a conocer a su primer vástago, se desahogó íntimamente con una de las primas del pueblo y fueron sorprendidos. Con el susto vehemente de esta acción, se largó del pueblo durante la noche, y no tuvo la delicadeza de despedirse de su señora, maniobra que podría haber hecho arguyendo alguna evasiva, pero no fue así. Al regresar a su pueblo, tampoco creyó conveniente contar lo sucedido a su familia; solo se limitó a comunicarles que la criatura y la madre se encontraban bien y que tan pronto pueda, iría a por ellos. Cada vez que su madre le planteaba ir a conocer a su nuevo nieto, Ondo Meñana le daba largas, justificando labores eminentes de las fincas que no debía demorar; pidién15


El joven esposo, Ondó Meñana, consiente que su esposa vaya a parir en el pueblo y tribu de sus progenitores; al dar a luz, este sale a conocer a su criatura, y en lo que dura su visita, seduce a la prima de la mujer y son sorprendidos. Entonces, Ondó Meñana se larga del pueblo durante la noche sin despedirse de nadie. Ese hecho hizo que la tribu jurase resarcir el honor, que pagaron unas niñas del pueblo que fueron de pesca. Una víctima de pesca y prima de Ondó Meñana, Eyang, se casa, y su hija, NnémNcóro, es dada en matrimonio cuando todavía era una niña. Nném-Ncóro sufre vicisitudes que, por azar, concluyen en bendición con el casamiento de su hija, también llamada Eyang como su abuela. Este suceso está ligado por episodios para

996283 788418 9

ISBN 978-84-18996-28-3

su mejor comprensión.

mirahadas.com


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