Donny Monago
Las aventuras de
Jeremy y Minchi Minchi
Hace no muy poco, una joven pareja había decidido casarse, y como no contaban con el dinero suficiente para la gran boda que soñaba Peke, Micho le dijo: —Peke bella, bella, perdóname por no poder darte aquello que tanto deseas y no poder hacer realidad tus sueños de casarnos y tener una hermosa boda, pero te prometo que día tras día voy a trabajar duro, y cuando tenga lo suficiente nos casaremos. Con la mirada enamorada de esas que solo las gatitas tienen, ella miró a Micho y le dijo: —No te preocupes, gatito bello, yo esperaré lo necesario y cuando sea el momento que 3
tengas el dinero nos casaremos, yo te ayudare a que puedas ahorrarlo, ya lo verás… Y en un eterno abrazo, los dos sellaron su amor y aquella promesa. Entonces decidieron salir de aquel bello lugar y dejarlo todo atrás, dejaron su pequeña casita de palitos en el bosque y partieron a un lugar donde sería su nuevo hogar.
Cruzaron muchos bellos lugares hasta que decidieron asentarse en una ciudad pequeña, llamada Paucartambo, con hermosos paisajes, bellos atardeceres, con campos verdes, árboles enormes y sol todo el año. 4
Para que Peke no extrañe su hogar, ellos alquilaron un cuarto en el tercer piso de una gran casa donde solo vivían unos abuelitos; ahí comenzó su gran aventura, era una bonita casa, con un pequeño balcón y una gran ventana. Micho, como todos los días, se iba a la escuela a educar a los pequeños de esa ciudad, y después de mediodía regresaba a casa, donde le esperaba Peke; cada día ellos llenaban una moneda en un frasco para hacer así realidad sus sueños, después de la comida, miraban la televisión, y cuando el día se hacía más hermoso salían a caminar por las calles y 5
jugar por el parque, pues los alegraban las risas y gritos de los niños de esa ciudad.
Pero algo no andaba muy bien, cada tarde al regresar a casa, Peke tenía una mirada de tristeza y su corazón se partía en muchos pedacitos día tras día; de su mente se borraba el sueño de casarse, porque algo nuevo se había apoderado de su corazón, y es que ella deseaba tener un bebé. Micho, algo distraído, no lo imaginaba, hasta que una noche se lo confesó, pues Micho estaba muy preocupado. Entonces, mientras unas lágrimas caían de sus ojitos marrones, ella le dijo: 6
—Yo solo deseo que tengamos un hijo, ¿acaso tú no? Micho miró el techo, y mientras se rascaba el mentón, dijo: —Tienes razón, nos hace falta un bebé. Pero por más que ellos lo querían con todo el corazón, aquel bebé nunca llegó. Así pasó mucho tiempo; aquellos llantos de un bebé jamás llegaron, y Peke se ponía muy, muy triste cada día, pero Micho le rezaba a Dios cada noche antes de dormir para que el Señor les obsequiara un trocito de cielo, y aunque nunca se logró, ellos eran felices a su manera, pero no imaginaban que un domingo que decidieron ir de campamento al bosque, algo especial les esperaba. Salieron muy temprano, con las mochilas en la espalda, llevaban rica comida, manjares y frutas, bebida para la sed y se fueron caminado tomados de la mano, jugando por el camino, ella iba adelante escapándose de Micho, y el corría detrás de ella, tratando de 7
atraparla, entre risas y mil miradas de amor, llegaron a un hermoso lugar donde decidieron quedarse y sacar las cosas que habían llevado, pero antes de comer, Peke decidió observar el lugar, a ella le gustaban los maizales y contemplar los árboles, de seguro que ella debió haber sido una pajarita en su otra vida, y le gustaba que el viento acariciara su cabello, hasta que de pronto pisó una roca casi desprendida y cayó a un pequeño barranco. Micho salió corriendo muy asustado a ayudarla. Peke estaba gritando y decía: —¡Micho, ayúdame, me caí! ¡Auxilio, Micho! ¡Auxilio! Micho estaba muy asustado y bajó deprisa donde estaba Peke para ayudarla, le dijo con una voz muy asustada: —¿Estás bien?, ¿Por qué me asustas de esa manera? ¿Acaso no sabes que si algo te pasara yo moriría? Y una lágrima de los ojos de Micho cayó, Peke la abrazó y le dijo que no volvería a 8
hacer travesuras, y mientras salían los dos del barranco, algo extraño se oyó; los dos se miraron y muy asustados trataron de salir rápidamente, pero algo los detuvo, y en vez de salir, se tomaron de la mano y caminaron muy lentamente, pues era como un quejido, un gemido entre los arbustos; muy lentamente se acercaron, Micho tomó un palo, pues tenía mucho miedo, y susurrando le dijo a Peke, —Tú levanta el pasto muy lento, y si es algo peligroso, le pego con el palo. Peke se asustó también y muy lentamente fue levantando el pasto, y cuando Micho estaba a punto de dar el gran golpe, Peke gritó: —¡Micho, no! —Y los tres se quedaron mirándose. ¿Qué era eso?, no lo podían creer, tan pequeño; y Peke muy despacio se acercó, y con voz muy dulce le dijo: —No temas, te perdiste, dónde está tu mamá, te perdiste. 9
Él los miró muy asustado y solo se encogió de mucho miedo, seguramente. Micho soltó el palo y se acercó cauteloso para no asustarlo y le dijo: —No temas, no te haremos daño, ¿tienes hambre? ¿Te lastimaste en algún lugar? ¡Ven, vamos, te ayudaremos! ¡Vaya sorpresa!, era Jeremy, lo ayudaron a salir del barranco y los tres se fueron a comer, pues tenía cara de tener mucha hambre; se lo llevaron donde tenían las cosas. Peke lo abrazó y lo levantó en sus brazos. Era tan pequeño y hermoso. Lo limpiaron, le dieron 10
agua y comida; no se imaginan cómo Peke tenía el corazón y cómo sus ojos brillaban de tanta alegría; comieron los tres sin importar nada, en sus mentes no cruzaba la idea de sus padres o alguien que reclame a Jeremy, y solo entre esas caras llenas de alegría una palabra rompió el silencio: «¡Hay miel!». Y las miradas no se dejaron esperar y una gran risa, pues era lógico que eso tenía que pedir. Cuándo se ha visto que un osito no pidiera miel para comer; por cierto, cuando lo encontramos, Jeremy era un osito pequeño, de color blanco, de ojos grandes y café como las pepitas de la lúcuma, y su pelaje tan suave como el algodón. Peke lo abrazaba con tanta ternura y de pronto preguntó: —¿Y qué nombre le pondremos? Me rasqué la cabeza y miré el cielo despejado. ¿Qué nombre se le pone a un oso? Y de tanto pronunciar nombres, giré la cabeza y los vi muy acurrucados, descansando plácidamente sobre la hierba, cuando oí que 11
alguien gritó «¡Jeremy! ¿Dónde estás? ¡Vamos a la casa!», y creí que era su nombre. Jeremy es un nombre muy bonito, pero me preocupé y me levanté dejándolos a los dos dormir y comencé a divisar, y entre el profundo miedo que invadió mi corazón al ver a Peke y Jeremy muy cálidos, acurrucados, me dije: «¿Cómo podría quitarle la alegría a mi Pequeña? Sé que Dios nunca nos dio un hijo, ¿y ahora nos lo dará? Divisé por todos lados y una señora de contextura gruesa, con unas botas de jebe en los pies, un pantalón de color verde y una blusa de flores, gritaba muy desesperada a su pequeño que muy lentamente se acercaba por el camino, jugueteando con las flores que había, y mi corazón dejó de latir como un tambor y ni siquiera lo imaginé, pero todo el cuerpo me sudaba, quizá yo también quería mucho a Jeremy. Me acerqué con tanta sutileza a
los
dos dormilones y sin asustarlos los desperté, —Peke, ya tenemos que irnos, ya se 12
hace tarde y debemos regresar a casa, y no sé qué haremos con Jeremy. —Ya le pusiste un nombre, se llamará Jeremy, ¿te gusta tu nombre? Jeremy es tu nombre. Y el solo movió la cabeza y sus ojos se llenaron de luz. —¡Micho! Tu sí que pensaste en un nombre tan bonito, Jeremy. ¿Lo ves, amor?, ahora tenemos un hijito; tienes razón, vamos a casa, pues míralo, está sucio y tenemos que darle un baño y ponerle alguna ropa, tal vez tenga frío y debe de estar cansado, quizá tenga heridas, pues quizá se lastimó entre los arbustos. —¿Pero no pensaste si él tiene familia? Quizá su mamá lo esté buscando De pronto Jeremy dijo: —Quiero ir a casa, ¿tú serás mi mamá? Yo no tengo, hace tanto tiempo que estoy solo en este bosque y nadie me quiere. Aquello bastó, tomamos nuestras cosas y nos fuimos cargándo en los hombros a Je13
remy, no se imaginan cómo estábamos tan contentos, pero por la cabeza me rondaba la idea que talvez algún día sus padres lo reclamaran, eso no importó, y como si camináramos por las nubes, regresamos a casa. Jeremy se convirtió en nuestra alegría, aquella era una ciudad muy pequeña y la gente jamás mencionó nada, ni hubo alguien que lo reclamara, la felicidad llegó a nuestras vidas. ¿Te imaginas que tú te encuentres un osito en el campo y sepa hablar?, yo jamás lo imaginé, pero así pasó, los días se hicieron más felices, al borde de la cama me sentaba a contemplar cómo Peke y Jeremy jugaban día tras día; jamás imaginé que una mujer tuviera tanto amor en su corazón. Pero eso no fue todo… la Navidad llegó, y en Noche Buena, mientras todos abríamos regalos en casa de mamá, me dieron un regalo, una caja pequeña no más grande que de un zapato y algo pesado, me apresuré a abrirlo, y Jeremy con Peke 14
estaban tan emocionados que deseaban quitármelo, de apurados que estaban, y cuando lo abrí, ¡sorpresa! Era Minchi Minchi, un hermoso gatito, color marrón, y patitas de chocolate, con la barba tan larga y trasparente. Jeremy me lo quitó y lo abrazó tanto, y dijo el hermanito que tanto deseaba, «¡Gracias, papá! ¡Gracias, mamá!». Qué podía decir, solo «Bueno, vamos a reventar los cohetes, y luego tomemos chocolate con panetón, hoy es Noche Buena y estamos aquí toda la familia, solo nos queda ser muy felices y agradecer a 15
Las aventuras de Jeremy y Michin Michin cuentan la historia de una joven pareja de gatos, que se enamoran y deciden casarse y buscar una nueva vida en una pequeña ciudad llamada Paucartambo. Micho y Peke son dos gatos jóvenes que al pasar los días, meses y años no logran concretizar su hogar con sus propios hijos, el cual creían necesitar para amarse por siempre. Pero por bendición de Dios, en un día de campo, encuentran a un pequeño osito perdido, y al no hallar a sus padres, deciden llevárselo a casa. A los pocos días, su bendición se duplica cuando en Noche Buena la madre de Micho le obsequia a Minchi Minchi y Jeremy lo adopta como hermanito, haciéndoles pasar a ambos una vida muy atareada en su crianza, debido a sus travesuras, que Micho y Peke las toman con mucho amor y paciencia, por ser los deseos que el Señor les envió aquel día de campo por la tarde. En esta historia se resalta el valor del amor y la paciencia, y también la hermandad y complicidad de dos hermanos, aunque distintos, pero los mejores amigos.
ISBN 978-84-18942-01-3
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Si no lo leo no lo creo