Las crónicas de Mario

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Raúl Martín Sánchez

Las crónicas de Mario



1939 Un adiós

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s primavera, la primera primavera que, oficialmente, estrena en paz el país. Acaba de terminar la Guerra Civil española. A 11 kilómetros de Barco de Ávila y a 25 del Parador Nacional de Gredos, el río Tormes describe una curva casi completa en su curso alto formando una pequeña península donde se asienta un pequeño pueblo, La Aliseda de Tormes la llaman, como si fuera el Lorelei del Rin. La carretera es estrecha y tortuosa, más parece camino que carretera, discurre en un paisaje de montaña, dejando atrás el Parador Nacional de Gredos, y emula al Tormes con curvas de difícil trazado, donde los carreteros tienen que afinar su pericia en las bajadas, sobre todo los meses de invierno, que no son pocos, dirigiendo el carro sin prisa y sin morder las arenosas y desvencijadas cunetas del áspero suelo para llegar felices a su trabajo y después, a la vuelta, regresar a casa. La carretera también posee tramos rectos en los que el sol de media tarde los convierte en lugares ideales para pasear por sus cunetas. Don Julián aprovecha los días primaverales envuelto en la sotana y sobre un rústico calzado de madera, pasea la tarde a la vez que pretende pasar revista a los hombres que van llegando al pueblo después del trabajo cotidiano. Sabe que alguno de ellos carece de la fe en Dios, a juzgar por sus ausencias a

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la iglesia, sobre todo la mañana de los domingos, y pretende ejercer la labor evangelizante a pie de camino haciendo horas extraordinarias. De vez en cuando se cruza con alguno de sus vecinos recibiendo un respetuoso saludo. —Buenas tardes, don Julián, ¿qué, paseando? —Sí, hijo, sí, hay que tomar el aire de vez en cuando. Este aire que nos manda Dios a la sierra de Gredos es sanísimo. El trabajo bien, ¿verdad? —Venimos del huerto, de doblar el espinazo, hay que preparar la tierra para las patatas y poder comer en el invierno, en el invierno y en el resto del año, ¿verdad, don Julián? —manifiestan a coro los dos hermanos Chamorro portando cada uno una hermosa azada al hombro. —Sí, hijos, sí. ¡Que en septiembre podáis llevarme a casa un saquito de ellas, como el año pasado! —Igual que el año pasado, don Julián. Igual, no se preocupe por ello. Prosiguen su camino los hermanos Chamorro y don Julián continúa su paseo en la esperanza de cumplir con ansia su tarea evangélica. La ocasión le llega cuando aparece Darío camino del pueblo y de su casa. —Buenas tardes, Darío. ¿Del trabajo? —Sí, don Julián. Cada uno a la suyo. —¿Muy cansado? —Bastante, señor cura, pero esto se cura fácilmente en casa de Pascuales, tomando un par de chatos. —También con la ayuda de Dios, Darío, no lo olvides. Siempre estamos necesitados de la ayuda de Dios. Tenlo en cuenta. —Si usted lo dice será verdad, don Julián, porque de eso, supongo, que entenderá usted más que yo. —No te veo por la iglesia, Darío. Ni siquiera vas los domingos a misa y eso no está bien. Hay que dedicar algún momento de nuestra vida a Dios. No agradecer a Dios los bienes que nos da convierte al hombre en un impío. Tan necesario es ir a misa como visitar a Pascuales. ¡Qué menos que dedicar una hora, la mañana del domingo, a Nuestro Señor! No olvides lo que te digo, Darío. —¿Sabe lo que le digo, don Julián? —¿No tendrá que ver con lo que te acabo de decir? —Pues sí, don Julián, la misa y el pimiento siempre han sido de poco alimento. Téngalo usted también en cuenta, sobre todo, en su sermón. De la misa solo viven los curas, don Julián, usted bien lo sabe. —Y Darío continúa su camino hacia el pueblo. Darío vive en La Aliseda con su mujer Magdalena, tienen un hijo de dieciséis años, Román. En el pueblo conviven un centenar de personas que se dedican, acabada la Guerra Civil, a subsistir con una economía basada en la agricultura familiar, el pastoreo de cabras y ovejas, la cría de un

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par de cerdos, algunas gallinas y una vaca los más pudientes, soportando con austeridad de anacoretas unos terribles inviernos de fuertes heladas y nevadas. También, disfrutando de la preciosidad del lugar, del colorido de sus manzanas verde doncella y reineta en los breves y calurosos veranos. En La Aliseda nunca hubo industria alguna y menos en aquellos años en que el adinerado, el señorito, visitaba la localidad solamente en verano. La riqueza del lugar se basa en la madera de sus pinos y en la ganadería vacuna, la raza negra avileña es cuidada y controlada por los guardeses disfrutando del lugar sin enterarse de ello. Solo el señorito parece conocer el valor de las virtudes que ofrece Gredos al visitante. Dispone hasta de un Parador Nacional para su descanso y deleite. Los visitantes de Gredos apenas se enteran de que por allí hay aldeanos superviviendo. Darío tiene casi cincuenta años, es una persona abierta que, con dos chatos de vino en el cuerpo se suelta más de la cuenta, dice lo que piensa con una temeridad de espanto. No parece darse cuenta de los tiempos que vive el país ni de la selección que se lleva a cabo por parte de los siniestros informadores. Darío supone que por vivir tan alejado de la civilización política su tierra sigue siendo lo más parecido a un paraíso terrenal, por aquello de las manzanas. Pero no están los tiempos para el desahogo público. Los vecinos de La Aliseda le apodan el Revolucionario por sus manifestaciones públicas. Su mujer, Magdalena, le afea la costumbre de visitar a diario la taberna de Pascuales, así como la condición de quejarse en voz alta y en público del poder despótico de los que mandan y de los caciques del lugar. Darío parece disfrutar llevándole la contraria. —El mayor cacique de este pueblo no es el señorito, no os confundáis —dice Darío con un chato de vino en la mano, dirigiéndose a sus compañeros de taberna—. El señorito nos da algo de trabajo, al fin y al cabo. El mayor cacique que tenemos en La Aliseda es don Julián. Sí, señores, el cura es el mayor cacique de La Aliseda. Queda dicho. —Cállate, Darío. Eres un irresponsable contigo mismo —le dice su amigo Marcial—. Sin duda, antes de mañana alguno de los que están aquí habrá ido a don Julián con el cuento. Estoy seguro de que enseguida sabrá don Julián lo que dices de él. —¿Qué importa eso? Ya lo debe saber, yo no me escondo. Claro que se enterará de ello, estoy seguro, con razón presume de conocer a su grey. La culpa es nuestra porque no sabemos comportarnos como ciudadanos, nos gusta más el servilismo. ¿Sabes lo que pienso de ese sujeto? —Me lo imagino. —Que es un vago, que ni siquiera trabaja lo que se come. A echar tres rezos al día le llaman trabajo. Necesita que le limpien la iglesia y la casa donde vive. Ni sabe, ni quiere coger la escoba. —Para eso están las mujeres.

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—No, amigo, las mujeres están para hacer eso en su propia casa, en la de su familia. Las mujeres están para los hijos y para el marido. Pero el cacique de don Julián las asusta en el confesionario con el miedo al infierno y con el caramelo del cielo. Las engatusa y, ellas, como unas pazguatas, le bailan el caldo y sabe Dios cuántas cosas más. —¡Qué cosas dices, Darío! Aquella noche sería la última que Darío se tomaría su par de vinos en la taberna de Pascuales. Muchos le echarían de menos en silencio. Alrededor de la medianoche se presentó en su casa una comitiva de tres personas. El hijo de Darío les abrió la puerta. —Román, ¿está tu padre en casa? Dile que queremos hablar con él. Darío, sin saberlo, con la inocencia del irresponsable de sí mismo salió de su casa por última vez. Sin mediar palabra fue sujetado por los tres de la comitiva y llevado a la fuerza a una camioneta de transporte de ganado aparcada a la entrada del pueblo. De lo que ocurrió a continuación se dijo que don Julián estaba al margen, pero nadie se atrevió a asegurarlo. Darío fue golpeado, amordazado y arrojado a la caja del vehículo, atado de pies y manos. La camioneta se puso en marcha hacia Barco de Ávila. Allí fue golpeado, nuevamente, por otras personas y acusado de enemigo del pueblo, amordazado, y otra vez arrojado a la caja de la camioneta donde perdió el conocimiento. Llegaron a Ávila al amanecer, penetrando hasta el mismísimo centro, hasta la plaza de Italia, donde en un antiguo edificio palaciego se repitió la misma escena que en Barco de Ávila, aderezada con la espera de unas dos horas y, finalmente, la lectura de una condena a muerte. No había duda, todo estaba claro, Darío era un lenguaraz y un enemigo del pueblo, por tanto, no tenía derecho a la vida. Los informes del cura del pueblo así lo afirmaban. Los asistentes asintieron y firmaron la sentencia. De los sótanos abovedados sacaron a otros dos hombres, también amordazados, que esperaban el cumplimiento de igual sentencia. Los tres fueron arrojados a la camioneta y fuertemente atados a una vieja rueda de repuesto asida a la parte frontal. El vehículo se puso en marcha renqueando en un aciago amanecer. Salió de la ciudad y enfiló la carretera de cemento y piedra llamada de Toledo, avanzó unos dos kilómetros hasta los descuidados viveros municipales en el lado derecho de la calzada. Los tres detenidos fueron bajados y obligados a cavar su propia fosa. Sin salir de ella cada uno fue fusilado y, con su misma tierra, se disimularon las anónimas sepulturas.

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La camioneta regresó a Ávila mientras sus ocupantes celebraban con arengas patrias y gran satisfacción haber liquidado a tres enemigos del pueblo. —… del pueblo y de don Julián, por lo menos, uno de ellos —dijo el que comandaba el funesto equipo.

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Magdalena

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agdalena y Román esperaron a Darío toda la noche. Se habían puesto de moda las desapariciones nocturnas. Ella sí lo sabía, aunque Darío pareció no querer darse cuenta de ello. Magdalena no quería imaginarse lo que podría haberle ocurrido a su marido. No soltó ni una lágrima delante de su hijo. Era una mujer fuerte, curtida en los trabajos del campo y de la casa. Sabía que la única persona del pueblo que podía ayudarla era don Julián, porque el cura siempre era el más enterado de todo lo que ocurría por los alrededores. Después de desayunar madre e hijo, Román marchó con las cabras y Magdalena a la casa de don Julián, quien la recibió amablemente y con la dignidad de un monarca. —¿Qué te trae por mi casa, Magdalena? Sé bienvenida. —Ayer noche se llevaron a mi marido y no ha regresado. —Se habrá ido de parranda con los que fueron a buscarle. —Desde luego que no, don Julián. Los que fueron anoche a mi casa no iban de juerga, no parecían necesitar a mi marido para eso. —Entonces, ¿para qué fueron a buscar a Darío? —Para ajustar cuentas, don Julián. Para ajustar cuentas. No tengo ninguna duda de ello. Vengo a pedirle ayuda porque desearía saber dónde está Darío. Usted tiene muchas influencias y puede ayudarme.

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—Bueno, hija. No sé, no sé. Intentaré averiguar algo. Ve en paz, ya te avisaré cuando sepa algo de tu marido. Al día siguiente don Julián se presentó en casa de Magdalena, algo debía decirle acerca de Darío. Principalmente para que ella no creyera que el cura del pueblo desamparaba a sus fieles y, también, para que no le molestara más con esa historia. —¿Se puede, Magdalena? —dijo en voz alta don Julián abriendo de par en par la entornada puerta y metiéndose en la casa, recogiéndose la sotana para no tropezar en las deformes lajas de piedra que conformaban el suelo de la vivienda. —Adelante, don Julián, está usted en su casa. —Vengo a decirte que a Darío le llevaron a Ávila. Allí debe estar, le habrán encarcelado por algo que hayan descubierto en él. —Muchas gracias, don Julián, ¿quiere usted tomar un café? —No, hija, muchas gracias, ya desayuné. Salió don Julián de la casa de Magdalena con aspecto satisfecho y el semblante de haber hecho una gran obra de caridad y disimulando una sonrisa. Magdalena quedó sumida en su desgracia y trazando un plan para traer a Darío a casa. Cuando Román regresó de las cabras, su madre le dijo que al día siguiente tenía que ir a Ávila a buscar a su padre, porque don Julián le había indicado que posiblemente estaría encarcelado en Ávila. Magdalena marchó al día siguiente a Ávila. Se puso su mejor falda y la camisa acanalada del día de la boda, que llevaba esperándola décadas entre bolas de naftalina. Cuando llegó a Ávila se encaminó hacia la cárcel. Con un hilo de ansiedad en la mirada cruzó la muralla por la puerta del Carmen, dejando atrás su grácil espadaña de ladrillo y las cigüeñas presidiéndola. Al pie del arco estaba la cárcel. En la recepción carcelaria contó lo sucedido a su marido hacía dos días. Cuando tuvo acceso al rudimentario establecimiento penitenciario manifestó que iba en busca de su marido, no había regresado a casa dos noches atrás y el cura del pueblo, don Julián, le había informado de que su marido debía estar recluido en este establecimiento. El funcionario de turno examinó los ingresos desde cinco días atrás y preguntó a Magdalena por el nombre de su marido. —Se llama Darío. Darío de la Fuente Jiménez. —Señora, aquí no hay ningún ingreso con ese nombre. He repasado desde cinco días atrás y aquí no hay ningún Darío. —Le llamaban el Revolucionario, ¿puede probar con ese otro nombre? —Vamos a ver. Tampoco, señora. Aquí no hay nadie con ese nombre, se lo puedo asegurar. No puedo ayudarle más.

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Magdalena contuvo el aliento, dio media vuelta entumecida y las gracias al funcionario. Salió, con el alma en un puño, y se encaminó silenciosa hacia el despacho de billetes del coche de línea de vuelta a La Aliseda. Faltaban más de cinco horas para la salida del autobús. Solo deseaba volver de inmediato con su tristeza a su casa. No comió nada, permaneció sentada en un alargado banco de madera a la espera de la apertura de la taquilla expendedora de los billetes. Estuvo acurrucada contra sí misma rumiando la mala suerte de Darío, la mala suerte de ella y la mala suerte de su hijo Román. Completado el viaje, llegó a casa casi de noche. Se reunió con su hijo Román. Sin ningún preámbulo y sin ambages, le declaró su pensamiento: —Román, han matado a tu padre. Estoy segura de ello. No nos ha abandonado. Don Julián lo sabía. No sé por qué. No me lo quiso decir el otro día. Hijo, tenemos que reorganizar nuestra vida sin tu padre. Él jamás va a volver porque alguien no ha querido que pueda hacerlo. Tu padre estará siempre en nuestro pensamiento, aunque lo más probable es que sea alguna cuneta quien disfrute de su cuerpo. Magdalena y Román se miraron a los ojos y, juntándose las lágrimas de ambos en un abrazo, conjuraron con un silencio mortal seguir adelante compartiendo la pena y la tristeza.

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1941 La huida

La desaparición de Darío en La Aliseda sumió al pueblo en un temor prolongado en el tiempo. Nadie se atrevió a preguntar por el Revolucionario en el bar. Los comentarios solo surgían, en contadas ocasiones, en las casas y en voz baja, temiendo que las paredes transmitieran a la calle las opiniones que sus moradores se decían en familia, con temor a que estas llegaran a quien no era oportuno que lo supiera. El pueblo vivía una calma tensa, de miedo y de espera. Nadie quería ser el siguiente desaparecido. Magdalena se planteó irse de La Aliseda, sin prisa, pero irse de allí era necesario. Salir de ese clima tenso. Ir a donde pudiera contar sus penas y alegrías, caso de tenerlas, a la vecina de turno sin temor a que fuera acusada de cometer algún crimen por ello. Marchar a otro lugar donde pudiera hablar de sus cosas con cualquier persona. Pero no las tenía todas consigo mismo. Si antes era reservada ahora se imponía ser discreta además. —Román —le dijo Magdalena durante la comida a su hijo—, tenemos que irnos de La Aliseda. No mañana, pero sí más adelante. Vete pensándolo. No lo comentes con nadie. —Madre, a mí me gusta La Aliseda.

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—A las cabras también, Román. Ellas no saben que su fin es el matadero. Eso nos pasará a nosotros si nos quedamos aquí por mucho tiempo. Si queremos vivir debemos irnos de La Aliseda. Aquí no tenemos futuro. Piénsatelo. Si me quedo aquí acabaré volviéndome loca. Loca como tus cabras, Román. —Pero madre, ¿qué te pasa? ¿Por qué dices que te volverás loca? —Todos los días pienso en tu padre. Era un poco bocazas, eso sí, pero éramos felices. Nos hemos querido por encima de todo desde el día que decidimos juntar nuestras vidas. Darío era incapaz de matar una mosca. Nunca discutió conmigo. Es verdad que a ti te regañaba cuando hacías algo que no le gustaba. Te regañaba solo para educarte. Se le pasaba enseguida. Tu padre no merecía ese final. No hago más que darle vueltas. Me paso el día pensando lo mismo. Por eso, si me quedo aquí, acabaré volviéndome loca, ¿lo entiendes ahora? —Entonces, madre, ¿qué vamos a hacer? —He pensado que deberíamos ir desprendiéndonos de las cabras, de los huertos, de los prados, de todo lo que poseemos aquí que se pueda vender. Pero debemos hacerlo sin prisa para que la gente no piense que estamos en rebajas porque nos queremos marchar. No se lo digas a nadie. Es preferible que las gentes piensen otra cosa, por ejemplo, que al faltar Darío nosotros no podemos atender todo lo que tenemos. Debemos obtener un dinero justo por cada cosa. ¿De acuerdo? ¿Lo entiendes? —Sí, madre, pero yo no quiero que vendas la casa donde vivimos. —¿Qué vamos a hacer con ella, Román? —Guardarla, madre, quedarnos con ella. Guardarla como recuerdo de nuestro padre. La construyó él para ti, para nosotros. Creo que no debemos deshacernos de ella. Cuando me acuesto, antes de dormirme, oigo todos los días a mi padre andando por la casa. Sé que me lo imagino, pero quiero seguir viéndole pasear por la cocina y el comedor, aunque solo sea en mis sueños. Si la vendes no podré venir de vez en cuando a La Aliseda a ver a mi padre. —Lo pensaremos, Román, ya decidiremos más adelante. ¿Te parece bien? Me gusta que tengas presente a tu padre. Eres un buen hijo. Te quiero, Román, eres lo único que tengo y no quiero perderlo en este pueblo. —Gracias, madre. Yo también te quiero. Tampoco tengo a nadie más, solo te tengo a ti. —Pero tú eres joven, Román. Tienes que crecer más, hacerte un hombre. Te casarás algún día y formarás tu familia. Es ley de vida. Ojalá pueda yo verlo. Al cabo de un año, Magdalena consiguió vender todas las propiedades que tenía en La Aliseda. Todas menos la casa. Había tenido en cuenta los deseos de su hijo y con él partió hacia Ávila un día de otoño.

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Alquilaron una vivienda en la calle Empedrada, por debajo del Hospital de la Misericordia, el primer hospital provincial, en la zona sureste de la ciudad, frente al arco de la muralla de La Santa, pero en la parte baja de la calle. La calle Empedrada fue la primera de Ávila, que por estar toda ella en cuesta, desde la plaza de San Nicolás al Rastro, había sido pavimentada con cantos de río. Brillaban en días de lluvia reluciendo su color castaño claro. Magdalena se dedicó a trabajos de costurera, convirtiendo la mayor habitación de la casa en un reducido taller de agujas, tijeras, dedales y jaboncillo de marcar. Al principio cosía solo para ella y para Román, pero como las mujeres todo lo hablan, y lo hablan bien, le fueron encargando primero pequeños trabajos y luego otros de mayor envergadura por parte de algunas vecinas. Román encontró trabajo en la pensión El Viajero, en la otra punta de la ciudad, al lado de la estación de ferrocarril. Atendía las reservas, igual transportaba maletas, bultos o muebles e incluso hacía recados. No le preocupaba el trabajo, lo mismo barría el suelo que atendía a los huéspedes. El sueldo no era gran cosa, trescientas pesetas al mes, pero era importante porque con él se pagaba el alquiler de la vivienda y casi la comida diaria de su madre y también la suya. Más adelante, cuando los dueños de la pensión decidieron ampliar el negocio y construir allí un hotel, Román tuvo que buscar trabajo nuevamente porque la obra duraría meses y la pensión de El Viajero permanecería cerrada hasta que mutase en hotel. Encontró trabajo como ayudante en la casquería de los Carda, en el Mercado municipal. Su cometido era hacer recados, llevar pedidos a domicilio y también la limpieza del local. El sueldo en la casquería no daba para mucho, aunque era algo superior al de El Viajero. Los sobrantes no vendidos, antes de que perecieran y acabaran en la basura, tripas, callos y asaduras, suponían una parte importante en el menú de la casa de Román. Su ilusión no estaba en la casquería, le gustaba más el puesto de al lado, era la carnicería del Cejas, la mejor carnicería de Ávila. Román no podía olvidarse de La Aliseda. Algún domingo se acercaba por allí para purificar el alma, se decía. Limpiaba la casa de sus padres por dentro y por fuera. Las hierbas crecían abundantemente alrededor de la vivienda. Creía que el aire de Gredos le infundía valor para seguir en la pelea diaria y por eso acudía allí con cierta asiduidad. En La Aliseda todavía conservaba un amigo de la infancia con el que charlaba e intercambiaban sus pensamientos. Su amigo admiraba la valentía de Román y su madre por haberse ido a vivir a la capital y dejar ese pequeño pueblo que apenas figuraba en los mapas con un punto negro y el nombre de La Aliseda de Tormes. El amigo le prestaba el caballo para poder acudir a los pueblos más cercanos cuando estaban de fiesta.

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Mario disfruta sus mejores días con su nieto paseando por las calles de Ávila, por el campo de La Aliseda o el de Las Navas del Marqués. Un inocente comentario del nieto sobre el abuelo de Mario da pie a descubrir la trágica desaparición de su abuelo en La Aliseda tras las Guerra Civil que tanto marcó la vida de su padre, Román. Mario vivió la evolución de España desde la dictadura hasta nuestros días, huyendo de la idea de venganza y destacando el valor de la familia y del trabajo que desarrolló como docente con la idea de que el aprendizaje siempre ha de ser divertido.

El sol de los pobres

228178 788419 9

ISBN 978-84-19228-17-8

sale todos los días

mirahadas.com


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