Las memorias de
Wem-Chi-tah el hijo del fuego
Mademoiselle Gorińska
1. LOS PIES DEL CIERVO Wem-Chi-tah caminaba sin rumbo determina-
do, trazando imprecisas elipses, hocicudo y enfurruñado. Se acababa de construir un arco —su propio primer arco— justo en la mañana de su undécimo aniversario; pero a la hora de cruzárselo tras la nuca le caía ridículamente hasta el suelo, pues era una criatura estrecha de hombros como la gran mayoría de los djembha de su aldea, y, asimismo, era delgadito también, y de piel olivácea, más bien oscura. Y refunfuñaba muy disgustado, claro, porque él hubiera deseado que el tendón de
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mamut1 con el que lo había tensado —uno finito, pero muy rígido, que había encontrado entre la pizarra— se le adaptara firme sobre el torso, igual que hacía ese amigo suyo tan molesto: «Cacahuete», un mono albino, tuerto, minúsculo y muy terco, que le seguía a todas partes y que tenía la incómoda manía de treparle por el cuerpo y de colgarse de él de mil formas distintas, como si fuera una sortija. A pesar de su estrechez, era Wem-Chi-tah nervudo y fibroso, eso sí, y ya levantaba su figura hasta donde alcanzan los juncos más robustos —siendo esta la manera que habían inventado para medirse (algunos niños nacidos en su mismo invierno apenas si rebasaban medio junco)—. Y, aparte de ostentar ese aire de pentatleta, era todo él muy inquieto, y, cuando nadie le estaba observando, coloreaba su pecho y su rostro con las pinturas blancas que se reservaban, en verdad, para la caza. Igualmente —debido quizá a tal intranquilidad—, además de galopar por los campos como un pura sangre, se movía con la agilidad de los cérvidos al triscar las montañas, habiéndose ganado por ello su nom1 Uso del cadáver del animal para la fabricación de armas y herramientas.
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bre, Wem-Chi-tah, que en idioma djembha significa «pies de ciervo». También, por ser un tanto presumido —signo este que retrataba a todo djembha—, se adornaba con un collar de colmillos y muelas de jabalí, y peinaba, por cabello, un frondoso plumaje a modo de cresta, el cual, luciendo el resto del cráneo rapado, le confería la viva imagen de uno de esos indios mohicanos que poblaron América. Moohw-nêe —reciente líder de la tribu y mucho mayor que él—, viendo al muchacho destrozar su artefacto contra la corteza de un roble, se le acercó para amonestarle, atravesando el salto manso de la cascada. —Todavía ser pequeño, Wem-Chi-tah. Y molesto. Y muy impaciente. Cuando nuevos soles y nuevas lunas brillar sobre cabeza de Wem-Chi-tah, alzarse entonces arco y carcaj de flechas sobre sus hombros... Ahora, mientras tanto, mientras espaldas seguir siendo tan estrechas, ser útil ayudando mujer djembha a recoger fruto de Madre Tierra2. Pero Moohw-nêe —aun siendo un fiero gue2 Distribución social entre el hombre y la mujer —el macho es cazador y la hembra recolectora— e impacto de ello mismo en nuestros días: inteligencia espacial y sentido de la orientación en el hombre; sistema olfativo, gustativo y visual más desarrollado en la mujer (mayor y más variada percepción de colores, gustos y olores).
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rrero (sin duda el más temible del clan)— había hablado mirando al muchacho de reojo; de reojo, ¿cómo decíroslo para que me comprendáis bien...?, de reojo como nos miran los juguetes defectuosos cuando somos pequeños y papá nos manda ordenar la habitación y tirar a la basura todo lo que ya no sirve...; así, de ese reojo; y además, su voz, como si fuera de serrín, le había arañado la garganta al pronunciarse —¿no sospecharía, Moohw-nêe, ya por aquel entonces, que un mocoso tan rebelde e impertinente como era Wem-Chi-tah podía suponerle una seria amenaza? Nosotros apostamos a que sí—. Sin embargo, Wem-Chi-tah, todavía muy joven para evaluar en los demás estas emboscadas psicologías, no supo advertir aquel laberinto de emociones que el todopoderoso Moohw-nêe sufría ante él —miedo, al fin y al cabo, en alguna de sus expresiones—; y por unos instantes en los que se quedó absorto, aun visiblemente enojado por el asunto del arco, se puso a fantasear sobre la manera en que podría haber corregido el arma y sobre los distintos parámetros que debieran recalcularse para ello —oh, cierto, él hacía ya esas especulaciones desde bien pequeño: filosofar e imaginar; y solía elaborar pensamientos muy complejos más allá de las palabras 6
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de las que disponía un djembha; e inventaba mecanismos que quedaban, también, lejos de su tecnología—. A veces, aunque os resulte improbable, padecía epifanías futuras igual que si mirara a una bola de cristal; de hecho, si ahora se alzaba un puente de madera de castaño sorteando el riachuelo a su paso por la aldea, fue porque el ingenio de Wem-Chi-tah, tras un profético sueño, concibió una firme manera de sostenerlo —se le apareció el Golden Gate de la ciudad de San Francisco, en California, una de las noches anteriores..., solo que él no sabía lo que era San Francisco, claro está, ni California, ni falta que le hacía—. Fue mientras reflexionaba sobre todo ello, sin tiempo a cambiar el rumbo de su meditación, cuando el impresentable de «Cacahuete» se le sentó a horcajadas sobre las narices, porque el macaquillo sí que era tan absolutamente miedica que cada vez que oía bramar a un animal grande —y a los homínidos los consideraba como tales— rebrincaba como una pulga y se cosía a lo primero que echaba el guante mediante sus patas y su rabo; y asimismo despegó del suelo, con esa voltereta, porque —similar, aunque no exactamente igual, al don adivinatorio de Wem-Chi-tah— el mico era capaz de presentir y de 7
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anticiparse a las desgracias con algún que otro segundo de antelación, como si el destino, algo pillín, jugara a chivarle su próxima jugada. «¡Recoger ya fruto de Madre Tierra!», amenazó en ese exacto momento, mucho más furioso, y a punto de soltarles un manotazo mastodóntico, el imponente Moohw-nêe —realmente, podía ser terriblemente persuasivo ese hombre—. Pero no entraba en los planes de Wem-Chi-tah esas tan poco arriesgadas labores —recolectar bayas maduras, setas o arándanos era ciertamente aburrido, y quien se ocupaba de ello terminaba o tan arañado como el lomo de una cebra, o curvado como uno de esos arbolillos de tronco enclenque que se doblan ante el curso de los vientos—; y aunque se borró las pinturas con el agua del arroyo para evitar otra reprimenda, apareció por las primeras chozas del poblado camuflándose tras las rocas y serpenteando, como hace la hermana-culebra, simulando ser un experto cazador. El resto de los niños de su edad —media docena, tal vez siete u ocho—, no sabemos aún por qué motivo, le increparon e insultaron; e incluso hubo quien le lanzó, aunque no muy convencido, algún pedrusco de río, más bien redondo —en 8
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eso sí fueron considerados—, que Wem-Chi-tah esquivó y que sí terminó golpeando en su pobre mono —tuerto como era este, no esquivaba con demasiado éxito los proyectiles—. Y Wem-Chitah se alegró mucho de haber hecho añicos contra el viejo roble aquel dichoso arco, pues, por su tamaño, el único que podría haberlo aprovechado hubiera sido ese fanfarrón de Pahw-nêe —el hijo de Moohw-nêe, según afirmaba él (en esas sociedades tan primitivas era imposible saberlo a ciencia cierta)—, que se creía además un pequeño jefecillo solo porque tenía una cabellera abundante de color azabache que se trenzaba casi como la de un adulto, porque era hermoso hasta doler los ojos, y porque aseguraba —¡menuda chifladura!— haber matado a un tejón con sus manos desnudas. —¡Doler tripa, Wem-Chi-tah! —le recriminaban, por alguna incomprensible razón, todos los niños de la aldea—. ¡Pueblo djembha..., doler tripa! Pero, antes de ocuparnos de la historia del libro primero, en general, y de esas dolencias estomacales en particular..., veamos dónde vivía exactamente Wem-Chi-tah, cuál era su hábitat, y quiénes habían sido, en términos antropológicos, el pueblo djembha. 9
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La tribu del muchacho se había asentado en unas tierras fértiles y apacibles3, en un remoto rincón del Gran Valle. Habían llegado allí después de muchas estaciones vagando como nómadas por páramos más hostiles, hasta que Wee-Dhe-lah —cabecilla del clan por aquel entonces (y predecesor de Moohw-nêe)—, explorando el estómago de una enorme montaña, y atravesándola al conducirse por una de sus grietas sinuosas, aflorando por el lado opuesto de la misma, reconoció como hogar común unas extensiones boscosas que se abrían como dos brazos en uve desde una gruta sobre la que saltaba, muy dócil, una límpida cascada. Era un lugar idílico, pues además se colmaba de juncos, de madera de cedro y de abedul, de pedernal y de sílex. Jamás habían tenido que protegerse allí de los feroces ukâm, ni tampoco de aquellos espantosos choöctaw, aunque ahora hubiese un guerrero apostado en cada inicio de ramal, a ambos márgenes del arroyuelo, según las recelosas órdenes de Moohw-nêe. Y si antorchas no 3 Lugares de mayor concentración Neanderthal. Sur de Francia y Alemania (cuevas de Lascaux y Levallois).
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había para anunciar a este pueblo djembha era sencillamente porque, por infortunio, se les había extinguido el fuego. De esta manera, pese a que durante el día, cuando el astro sol brillaba intensamente, se podía apreciar a la perfección el poblado —gracias, sobre todo, a sus pintorescos adornos de quijada de alce, o de flores que entretejían sobre los troncos, o de esos fósiles de mamut con los que edificaban tótems (sí, podía distinguirse incluso a cinco o seis arboledas de distancia)—, cuando caían las estrellas sobre los animales del valle, en la oscuridad completa, no había quien pudiera sospechar tamaña población de djembha en esos confines. Así pues, descrito, existía una caverna principal —la que tuvo que atravesar el clan durante varios días— y dos calles musgosas que brotaban de ella acordonando ese riachuelo que, con aspecto de torrente, cabalgaba primero sobre la cueva y se perdía después cual afluente de otras aguas del Gran Valle. Y se amontonaban —sobre este par de senderos naturales— unas dos docenas de chozas y demás viviendas fabricadas con ramas, con cañas cuajadas al barro, y con pieles de yak o de bisonte. Sobre el carácter de los djembha, diremos que habían sido, por lo general, un pueblo pacífico, y que 11
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solían eludir los enfrentamientos; ellos preferían dedicarse a la música y a curiosear por la naturaleza y entre las artes, pues también les agradaba pintar sobre las rocas. Y bailaban a menudo, como temblando, mientras alguien aporreaba con buen ritmo un jambé arcaico manufacturado con piel de cabra, o sacudía unas pequeñas maderas al modo de un xilófono primitivo, o trataba de arrancar sonidos aflautados de algún hueso perforado, generalmente la tibia de un perro o de un buitre. En lo académico, convendría situarlos —quizá— en el periodo Neanderthal tardío, casi el de Cromañón, aunque dicha conjetura, permitidme mi torpeza universitaria, tampoco podríamos tomarla como científica...; y su nombre, «djembha», deriva obviamente del instrumento de percusión, pese a la insistencia de ciertos investigadores osados que teorizan también a la inversa: que algún día fue llamado así el tambor a causa de estos clanes añejos. Es tan colosal, de hecho, el desacuerdo en todos ellos, que algunos antropólogos de renombre sostienen que las Memorias de Wem-Chi-tah jamás tuvieron lugar en el mundo de los humanos, pues no parece quedar más constancia acerca de esas tribus, de esos hechos y de esas gentes, que de la leyenda del Mino12
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tauro, de la de Moby Dick o de la mismísima Atlántida; ni concuerdan tampoco, casi nunca —seamos francos—, los datos paleontológicos de cierto peso con las narraciones publicadas hasta la fecha sobre Wem-Chi-tah. Y, en consecuencia, afirman estos ratoncillos de biblioteca que se requiere un enorme salto de fe, o una alta dosis de obcecación, para otorgar credibilidad a tal monografía y para aceptar, sin cuestionárselo, por ejemplo, la existencia de los hombres-arbóreos, o para admitir las diferencias que este manuscrito propone entre los tonos de piel de cualquier djembha y los de la misteriosa Ná-huat, de cuya naturaleza se sugiere la de un homo sapiens moderno... Y, ni que decir cabe, se oponen frontalmente a la descripción del mono blanco —«Cacahuete»—, sobre quien aseguran que debió de ser, en todo caso, un gato —oh, sí, descuidamos mencionar el hecho, para nada trivial, de que el macaco de WemChi-tah, además de albino y de tuerto, poseía otra particularidad alarmantemente anómala: maullaba tanto o más que un minino persa o siamés—. Dicho esto, claro está, en cuanto a la comunidad científica concierne; las conciencias más poéticas, en cambio, saben muy bien que los djembha existieron tal y como aquí se explica; que también los 13
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choöctaw y los hombres-pigmeo; que los crueles ukâm, según los siguientes párrafos insinúan, sí conservaban aún rasgos del hombre Australopithecus...; y, por supuesto, les queda fuera de toda duda, que todas esas tribus convergieron en un mismo lugar y en una misma época —también admiten, ¿cómo negarlo con el corazón?, la autenticidad del insólito mico de un solo ojo, «Cacahuete», sin darle mayor importancia a su voz de gatuno—. Y conocen perfectamente, estos investigadores románticos, que los djembha no eran excesivamente fuertes, ni la mitad que un ukâm, pero que, por contra, y gracias a su espíritu curioso, eran dados a desarrollar su tecnología mucho más allá que estos otros; que poseían, por ejemplo, redes con las que pescar truchas, barbos y percas, aunque ellos les llamaran a todos por igual: «peces». Y están también al corriente de que se agolpaban a menudo alrededor de las hogueras —cuando les abrigaba el fuego— para cantar y bailar, sin importarles un pimiento si con ello atraían a los enemigos —puesto que intuyen que, a diferencia del homo sapiens, el miedo no permanecía largo tiempo en sus memorias, y que se les debía de desvanecer al rato de sortear un peligro...; y que, igualmente, según esta condición distinta a la ani14
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mal, muy extraño era el djembha que modificaba sus conductas derivado de pavor alguno—. Por último, no quisiera alargarme ya más con estos datos, también son conscientes estas almas soñadoras —estoy convencido de ello— de que toda esta tranquilidad de ánimo les nacía a los djembha, puramente, de la íntima amistad que les unía con la Naturaleza. Pero, disculpad tan aburrida palabrería —necesaria, por lo demás, para sumergir al lector en este mundo tan fascinantemente prehistórico—.
Las vísperas en las que da comienzo este libro primero, reemprendamos la narración, cuando Wem-Chi-tah quiso acceder a la caverna principal —todavía de muy malas pulgas por su pésimo cálculo con las dimensiones del arco— se encontró con la negativa del nuevo jefe, de Moohw-nêe. —Tú ya no vivir más aquí, Wem-Chi-tah. Ahora cueva ser solamente mía y de mi familia. ¡Pertenecer a Moohw-nêe! Y Wem-Chi-tah descolgó su mirada hacia un punto impreciso del suelo, porque la sola figura de este Moohw-nêe imponía casi tanto respeto como 15
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la de un salvaje ukâm —él sí que cruzaba tras su robusta espalda un trío de macizas lanzas bien pesadas y un garrote, algo más ligero, hecho de sílex—, y porque al chiquillo le maniató ese inoportuno acceso de vergüenza tan propio de un niño huérfano que no tiene padre. Bien mirado, ¡qué diantres!, Wem-Chi-tah tenía tan solo once años —aunque esa edad, en aquella época tan lejana, equivaliese a diecisiete o dieciocho de la nuestra—. Además, nada podía objetarse al respecto —al respecto de la propiedad o no de la caverna, queremos decir—, pues esa era una de las incontestables reglas de la aldea: la gruta —que era, desde luego, el lugar más confortable4— estaba destinada al líder de la tribu y a todos los que él permitiese acompañarle. Así que resultó que, aquel mismo día, la madre de Wem-Chi-tah y su hermanito pequeño —una adorable criatura de pecho, de año y medio, risueña y llena de vida, que solía besuquear al aire cuando no a cualquier mejilla— fueron inclementemente desalojados de allí, de la caverna. Y de igual forma se sabía sujeto a ese destierro Wem-Chi-tah, pues, siendo un secreto a voces que asimismo él era hijo 4 Vida prehistórica en las grutas.
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de Wee-Dhe-lah, debía abandonar la vivienda que su padre no ocupaba —de una manera misteriosa, Wee-Dhe-lah se había evaporado semanas atrás sin dejar huella alguna—. Igualmente, claro está, tampoco era bien recibido en dicha cueva aquel mono bizco tan molesto: «Cacahuete». —Tu padre haber abandonado casa. Ahora pueblo djembha doler tripa —volvió a ser recriminado el chico. Efectivamente, Wee-Dhe-lah —el antiguo jefe del clan— había desaparecido del poblado una noche de niebla densa; y su ausencia había supuesto un verdadero inconveniente, ya que era el único individuo en la aldea capaz de producir fuego. Y es por eso que andaban todos con terribles dolores intestinales, puesto que, aunque ya habían comido en otras épocas la carne de animal bien cruda —dejando, sencillamente, que se tostara bajo el sol—, desde que Wee-Dhe-lah les había gobernado habían acostumbrado sus estómagos a los alimentos provechosamente cocidos; y, sin él, sin Wee-Dhe-lah, llevaban ya más de veinte días ingiriendo frutos y flores, algún que otro pescado medio vivo, plantas silvestres..., y si se conducían un pedazo de ciervo a la boca estaba este tan absolutamente sanguinolento que se lo habían de beber más que masticar. En verdad, si nadie había muerto 17
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sin un crepitar de fuego cercano era porque, por fortuna, ya estaba llegando el tiempo de las amapolas y del deshielo —aunque en las dos últimas noches aún hubieron de apelotonarse todos como ratones, los unos contra los otros, en la tienda del brujo Bák-kkir, que era la que mejor recubierta de pieles estaba y la que menos dejaba entrar el frío—. —¡Mi padre, Moohw-nêe, va a ser un gran líder! —vaticinó Pahw-nêe, orgulloso de tomar como hogar la gran caverna, mientras trataba de obtener una chispa con el golpeo de dos pedernales—. ¡Tan fuerte, que poder cazar mamut! Pero esa idea era otra bravuconada de Pahw-nêe. Nadie, excepto un cuantioso grupo de primitivos ukâm, podía ni soñar con abatir un mamut. Pahw-nêe, a diferencia de Wem-Chi-tah, tenía un corazón repleto de emociones; y por alguna de ellas, incómoda, sentía un vivo deseo de competir contra él. Pero, en rigor, Pahw-nêe era mucho más fuerte que Wem-Chi-tah —sin duda—, y ligeramente más alto — rebasaba un junco—, y tenía ya el aspecto de un adulto —tanto, que circundaba su cuello con una gargantilla hecha con las mandíbulas de un «dientes de sable» (según aseguraba él), aunque todos sospecharan que el tamaño menor de los incisivos no se debía a que se hu18
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bieran acabado royendo, sino a que en verdad habían pertenecido siempre a un jaguar o, a lo sumo, a una cría de leopardo—. Pero, sin embargo, pese a estos envanecimientos tan propios de su edad, los niños del poblado solían aglomerarse en derredor suyo y aprobaban, sin rechistar demasiado, su criterio: hay que decir —en parte, a su favor— que Pahw-nêe producía esa sensación tan protectora de un ser vigoroso, y que él se había ganado por completo su respeto, al mismo tiempo que Wem-Chi-tah, que era frío y solitario, lo había perdido... Poseía, además, este hijo de Moohw-nêe, unos ojos intensamente verdes, y era, para ser posiblemente un Neanderthal, sublimemente guapo. Pero, aun así, como decimos, pese a todos estos atributos, Pahw-nêe sentía amenazado su liderazgo entre los críos a causa de Wem-Chi-tah, sobre todo desde el día en que fue consciente, a partes iguales, de la inteligencia y del desinterés de este otro...; desde que, confiándose tanto en sus portentosas dotes físicas, le retó a recolectar la miel de unas colmenas con apenas diez inviernos. —¡Tú y yo hacer valiente prueba! —le habría dicho en esa ocasión, hacía ya bien un año—. Primero en traer cuenco de miel, convertirse en jefe-niño djembha. Y el desafío no es que fuera moco de pavo, puesto que la miel a la que se refería Pahw-nêe se halla19
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ba en unas colmenas que colgaban de unos arces plantados en dirección al nordeste; un almíbar que habría encontrado un niño glotón al que todos llamaban «hambre de oso» —apodo al que, aunque en idioma djembha resulta casi imposible de transcribir, traduciremos como Borok-äm—. Y las abejas asesinas que la producían eran tan terriblemente peligrosas, que se había descubierto, una vez, el cadáver de un brutal ukâm desmembrado justo bajo sus pies. Afortunadamente, la misma víspera del reto, la niña Ghét-Sa-mhi —una hermosa criatura morena que vivía con el hechicero de la tribu al creerse descendiente de él— alertó a este Bák-kkir el brujo, de la intención de los dos muchachos. Y el curandero se les acercó con su siniestra corona de astas de venado sobre la cabeza —caperuza que daba mucho miedo—, para darles un buen consejo: «Solo ser posible recoger miel de abeja asesina cuando luna orbitar sobre estrellas que dibujan arquero». Lo que venía a querer decir que hasta pasadas cuatro horas de medianoche no podía nadie meter un brazo en esos enjambres si no quería quedarse sin él, pues únicamente en ese lapso, el veneno de sus aguijones quedaba como aletargado, y resultaba más o menos seguro robarles el néctar de los panales. Así 20
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que, por seguridad, dispusieron como solitaria norma del certamen el no poder salir del campamento djembha hasta un poco antes de ese instante. Aparte de Pahw-nêe y de Wem-Chi-tah, hubo tres niños más que osaron sumarse al concurso, pretendiendo todos ellos convertirse en el menor más popular de la tribu. Ghét-Sa-mhi —quien solía bañar su piel con inciensos que cautivaban los corazones de los muchachos— repartió puñados de amapolas entre ellos, pues, muy bien prensadas, su aceite se hacía servir como calmante, igual que el de la malvarrosa sedaba por completo; y Wem-Chi-tah las recibió de sus manos sonrojándose, como quien no merece ningún premio. Llegada por fin la noche, tan solo a Wem-Chitah —que, sonrojado o no, tenía siempre la mirada tan chisposa de un ladrón— se le ocurrió beber del arroyo hasta más no poder, igual que si fuera un enorme rinoceronte o un alce gigante; y con la vejiga tan llena de agua se echó a dormir bien tranquilo, id a saber por qué... Pahw-nêe, en cambio, creyendo ser aún más listo, decidió no acostarse ni un minuto para no perderse el momento en el que la luna descendiera por la constelación de Sagitario. Y los demás niños que competían se abandonaron 21
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en verdad a tan dulce sueño, que no despertaron hasta el amanecer, fuera de todo concurso. Así, cuando fue la hora señalada, Pahw-nêe inició su caminar hacia el grupúsculo de arces del nordeste convencido de su victoria, pero enseguida sufrió dolor en las rodillas y una flojera en cualquiera de sus músculos; y, un tanto errático, muy pronto se vio sorprendido por un exultante Wem-Chi-tah, quien —al haber descansado tan bien— le rebasó con la misma facilidad con la que una liebre avanza a una tortuga. Resultaba que Pahw-nêe, el pobre y bello Pahwnêe, sintiéndose contracturado hasta en los párpados por no haberse echado a dormir, se veía incapaz de mantener su cuerpo vertical, mientras que Wem-Chitah —que había amanecido justo a tiempo merced a que su metabolismo, saturado del agua del río, le había obligado a orinar— poco tardó en introducir su mano en la rica miel. ¡Vaya un despertador artesanal que se hubo inventado el muchacho! Además, por si esa derrota no hubiera sido suficientemente vergonzosa para Pahw-nêe, estrechito y solo un poco más menudo que este, Wem-Chitah le ofreció la mitad del botín en un noble gesto, primeramente, y el tesoro completo —la miel por entera—, después. Sin embargo, Pahw-nêe, tan or22
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gulloso como su padre Moohw-nêe, deshizo de un manotazo esta doble generosidad. —¡Odiar a Wem-Chi-tah...! ¡Odiar hasta morir! —le dijo. Y se le tensaron los músculos y los tendones como si fuera más bien un hijo de ukâm que de djembha. ¿Qué podía envidiar de Wem-Chi-tah este fornido Pahw-nêe? ¿Qué punzantes humores le conducían a esa hiriente emoción...? ¿A esa rabia contenida...? ¿Tal vez fuera la voluntaria solitud de Wem-Chi-tah, tan cercana a la de un edelweiss...?, ¿o puede que su mirada avellana e indómita reflejándose en la suya tan domesticada...?, ¿acaso su falta de interés en liderar a nadie...?, o, en definitiva... ¿no será, quizá, que todo aquello que amamos y no podemos poseer..., lo acabamos odiando a un mismo tiempo? Porque Wem-Chi-tah, comprended bien su singularidad, solía retirarse a las montañas con la única compañía de «Cacahuete» durante largos espacios de tiempo, y muy rara vez se protegía en el poblado; además, emulando a los ciervos y a muchos otros herbívoros, comía tan solo lo que ellos: plantas leñosas, nueces de nogal, bellotas rojas, arándanos, zarzamoras, hierbas silvestres, e incluso alguna que otra ortiga verde que había de vomitar al muy poco; y, también, como 23
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estaba seguro de que su agilidad concernía más a sus tobillos que a sus pies, se los masajeaba en los cañaverales de los ríos con la arcilla sedimentada en sus márgenes... Y era, afirmamos, toda esa personalidad tan propia de él —sí, tan propia de WemChi-tah—, y la forma en que había rechazado el poder que suponía haber ganado el desafío de las abejas, por ejemplo..., o el cómo jamás reclamaba los privilegios de los que era dueño por ser el hijo de Wee-Dhe-lah..., en suma, y tratando de no ser específicos, era toda aquella naturaleza libertina de Wem-Chi-tah tan ajena a cualquier norma social la que, lejos de convenirle a Pahw-nêe, o de seducirle, lo acababa por mortificar —¿puede alegrarse una mosca enganchada a una telaraña por los logros de una que vuela lejana?—. Y máxime, aquella misma madrugada del concurso, surgió esa rivalidad entre ambos al adivinar, Pahw-nêe, una incipiente llama de compasión en los ojos castaños de Wem-Chi-tah, cuando a su propio padre, Moohw-nêe —pobre hijo del diablo—, le dio por aporrearle a consecuencia de haber salido derrotado del duelo (no en vano, como ocurre también en nuestros días, resultaba entonces tan fácil odiar a quien nos quiere..., como amar a quien nos odia)—. 24
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Y aunque todo esto había sucedido hacía mucho tiempo, catorce meses ya, las rencillas —pese a que no habían ido a más— tampoco habían disminuido. Por lo que hoy, desalojada ya de la gran caverna la familia de Wem-Chi-tah, Pahw-nêe y el resto de los niños — un poco condicionados estos— se mofaban de él, del mono, y de su fatal infortunio. Tan solo la bella GhétSa-mhi, que olía en ese día a aceite de magnolia, fue amable con Wem-Chi-tah: «No hacer caso de Pahwnêe..., ni de los demás niños djembha. Tu padre pronto regresar, Wem-Chi-tah, y traernos el fuego».
Pero fue justo decirse esto, al caer ya casi la penumbra, que algo terrible sucedió en la aldea. Y no fue el progenitor de él —de Wem-Chi-tah—, sino el de Ghét-Sa-mhi, quien, recién salido de su cabaña, asomó sobre el puentecito que unía los dos caminos del río. Y empezó a bailotear nerviosamente, a otear extrañado los cielos y a husmear como haría un tejón irritado en medio de los matojos; y —entre delirios y presagios— a susurrar algo así como: «hombres-fantasma». El olor se había tornado, de pronto, en más fétido; y se hacía difícil el respirar... Y, sin tiempo para 25
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nada más —ni el repentino de «Cacahuete», patidifuso, se dio cuenta de nada— unas bestias que habían tomado la noche cayeron sobre ellos... Cayeron sobre el pueblo djembha, sí, como fantasmas colgantes, unas criaturas horripilantes que provenían de las copas de los árboles; algún tipo de simio o de homínido tan absolutamente proscrito que jamás ningún djembha —a excepción del brujo— había contemplado. Y caían como, arrojadizas, caen las estrellas fugaces del firmamento; y emitían espantosos gruñidos tan estridentes como son los tormentosos sones de las gaviotas cuando aletean malheridas sobre los rizos del Atlántico. Y solo Bákkkir —padre de Ghét-Sa-mhi y chamán de la tribu— lanzó un grito para nombrarlos y ahuyentarlos: «¡Hombres-Arbóreos!», les dijo. Y se dedicó, además de acusarlos, a mover una rama de palisandro que hacía ruido al chocarse, alojadas en el interior de una membrana de piel que la culminaba, unas conchas contra las otras. Y mientras él danzaba mediante espasmos, tan solo dos o tres cazadores djembha proyectaron sus lanzas sobre el follaje de los árboles, sin distinguir, entre tanta sombra, absolutamente nada... Uno de estos invisibles primates —como fantasmas que verdaderamente eran— robaba comida; otro, se 26
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dedicaba a sustraer adornos y herramientas; y hubo uno —el más cruel de todos— que, sin soltar su liana, ensartó al pequeño hermanito de Wem-Chi-tah por el cuello, hundiéndole su pezuña..., y se hizo tragar acto seguido por la selva con el crío a cuestas, sujeto de la garganta. Los djembha, algo torpes para la guerra, llenaron de gimoteos los cielos, siendo únicamente Moohw-nêe —que era el guerrero más bravo— el que se defendía como un jabato. Algún djembha asustado decía haber visto el rostro de un gorila; otro, las fauces más hocicudas, como las de los felinos; un tercero, que si alas de murciélago; y un cuarto, más aterrado aún, afirmaba que los rasgos de esos demonios eran tan humanos como los suyos propios... Por fin, todo quedó silenciado, y el aire fétido, tal y como había llegado, se esfumó... Y tan solo quedaron sonando, a lo lejos, los llantos de un bebé djembha; y en la aldea, las conchas de Bák-kkir repiqueteando, su mirada perdida entre la floresta —tan enloquecida como cuando ingería alguna de sus plantas medicinales—, y sus susurros: «shhh... hombres-arbóreos... shhh... hombres-fantasma... shhh... idos de aquí...». Pero sucedió que, aunque Moohw-nêe había dado la estricta orden de permanecer inmóvil a 27
Mademoiselle Gorińska
todo djembha, las piernas atléticas de Wem-Chi-tah se lanzaron a la carrera contra la espesa vegetación. Y cuando así corría el muchacho, ni «Cacahuete» osaba agarrársele. Y Moohw-nêe, por mucho que fuera indudablemente poderoso, volvió a mirarle de reojo..., de reojo como esos juguetitos rotos, pues —pese a su autoridad— se sentía cuestionado. —¡Wem-Chi-tah! —voceó Pahw-nêe desde la gruta, preso de rabia al contemplar que las suyas, que sus musculosas piernas, se habían encogido para adentro como las patas de una araña—. ¡WemChi-tah! Pero Wem-Chi-tah ya no podía oírle. Había triscado en un santiamén los dos saltos de cascada — hazaña para la que el propio Moohw-nêe precisaba de un par de cuerdas y no menos de treinta minutos—; había aspaventado ya —con sus largas zancadas— a unas cuantas familias de cabras montesas; puesto en vilo a un sinfín de serpientes que seseaban, nerviosas, bajo sus pies; había brincado sobre riscos imposibles y se había encaramado, merced a una genuina rotación de tobillo que copiaba de los muflones, a otras mucho más escarpadas pendientes —además, por si su condición fuera poco selvática, el rastro que seguía de los «hombres-fantasma» era 28
Las memorias de Wem-Chi-tah. El hijo del fuego
así instintivo, sin alzar apenas la testuz hacia los árboles—; hasta que, ya bien lejos de su hogar, casi al alcance de los primeros nidos de quebrantahuesos, y cuando el negro crepúsculo era ya bien ciego, se encontró con su hermano chiquito desparramado sobre unas hierbas, quien, por toda fatiga, parecía ni respirar. «El primate lo habrá dejado caer», se dijo. Y con los brazos nervudos, bifurcándose desde la estrechez de su espalda, se aupó al bebé hacia su pecho y le cubrió la herida del cuello con las primeras raíces de loto que palpó. Algo confundido —como siempre le sucedía al dejar de galopar— se acurrucó con él a cuestas contra la corteza de un árbol, y aunque intentó, mediante furiosas cabezadas, vencer al sueño, se quedó finalmente dormido sin saber si el otro hijo de Wee-Dhe-lah, aquel menudo que no era él, aún vivía... Y así se sucedió un largo tiempo, imposible de concretar, en que ambas conciencias se prestaron sus sueños... Y la funesta noche del Gran Valle, silenciosa y enigmática, acabó por devorarse a los dos.
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GINKGO BILOBA
En «El hijo del fuego», Wem-Chi-tah, un joven adolescente neanderthal, recorrerá el Gran Valle tras la desaparición de su padre. Además de tener que vencer múltiples peligros —como los caníbales ukâm, el saurio Mö o los hombres-fantasma—, deberá verse reflejado en el espejo de sus amigos, sin duda el viaje más complicado. Muy pronto brotarán, tanto en el seno de él como igualmente en el de estos otros, unas pequeñas explosiones que un neanderthal aún no sabrá comprender: emociones.
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ISBN 978-84-17679-76-7
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