Prólogo de Luisa Ballesteros Premio Internacional Virginia Woolf 2018
Marta, ¡dibuja mis cuentos! Xavier Eguiguren
Ilustrado por Marta del Corro López Con dibujos reales de Marta, una niña de 8 años
Sirope y Melaza —Hola, mi nombre es Sirope y soy
una abeja de la colmena del campo de Las Amapolas. Al igual que mis compañeras, en la cabeza tengo dos ojos grandotes, tres pequeños, llamados simples, y dos antenas; calzo seis patitas y presumo de dos pares de alas. Visito cada día siete mil flores para recoger el néctar, y produzco miel. Me encantan las mar3
garitas porque florecen casi todo el año. Mi misión es ayudar a que las plantas se reproduzcan. Estoy muy preocupada y triste porque el año pasado perdimos a la mitad de la colonia de abejas. ¿Qué estará pasando en el planeta Tierra? Tiemblan las patas y zumban las alas de toda nuestra comunidad. Las pequeñas larvas de primero, de segundo y tercero de infantil, lloran de miedo —dijo Sirope. —Yo me llamo Melaza, y hace un año que nos mudamos mi mamá, mi papá y yo, a la comunidad del campo de Las Amapolas. En mi primer día de colegio, doña Flora, la directora, me acompañó hasta la clase del abejorro don Melitón, el profesor de Danza y Lengua, y allí me sentaron en la misma mesa que Sirope, desde entonces somos las abejas más amigas de la colmena. 4
—Pues sí, como dice Sirope, estamos muy preocupadas —explicó Melaza—. La semana pasada desapareció Zi, que era una amiga de mi mamá. Desde hace tiempo no sabemos nada de Za ni de Ze. Hace tres días faltó de la colmena, portal 1, piso 3, la abeja Zo. Dicen que hoy Zu, la vecina del 5, la que «zezeaba», no ha vuelto a casa después de su visita al logopeda. Todas eran abejas de nuestra colonia y amigas. «En la clase de naturales con la profesora doña Confiture, se aprendían un montón de cosas sorprendentes sobre las abejas: solamente siete de las más de veinte mil especies producen miel. Muchísimos cultivos alimentarios del mundo dependen del trabajo de las abejas, ayudando a que crezcan las plantas y los frutos. Las reinas pueden vivir hasta los seis años. Se orientan con el sol. 5
Cuando una abeja encuentra comida, avisa a sus compañeras con una especie de danza. Sin el trabajo de esos preciosos insectos no crecerían muchos alimentos como: las manzanas, el melón, el café, el limón, las zanahorias… Los bosques se quedarían sin frutos ni plantas», recordaba Sirope. —Qué desastre para todos los habitantes del planeta Tierra, la desaparición de nuestras compañeras — dijo en voz alta Sirope. Las dos amigas decidieron que había que hacer algo para encontrar a Za, Ze, Zi, Zo y Zu, y evitar que faltaran otras abejas de la colmena, pues si no le ponían remedio, desaparecerían todas: —¡Melaza!, tenemos una misión especial. Vamos a descubrir por qué han desaparecido nuestras vecinas. Prepa6
raremos una mochila de supervivencia y, mañana a la siete de la mañana nos reuniremos en el viejo roble. Que nadie nos vea salir, o se estropeará el plan —dijo Sirope. —¡Entendido!, separémonos y cada una a su casa; de esta misión depende el futuro de la humanidad —dijo Melaza. Al día siguiente, las abejas se encontraron en el viejo roble del Campo de Las Amapolas. —¡Preparadas, listas, ya! —lanzaron un grito al mismo tiempo Sirope y Melaza. Y moviendo las alas a gran velocidad, salieron disparadas en línea recta con dirección al Sol. Cruzaron el gran río, después el campo de Las Margaritas, hasta que llegaron a un lugar con grandes casas de madera en las que vivían los humanos plantadores de semillas. 7
Y allí estaban ellos, sosteniéndose con sus dos patas largas. Llevaban las caras cubiertas con unas extrañas mascarillas de colores. Eran los llamados hombres. Daba bastante miedo verlos, en pie junto a unas plantas muy altas y verdes. Cuatro de esos seres llevaban en sus espaldas unas botellas de plástico transparentes; de cada una de ellas salía un tubo de goma que escupía líquido. Los humanos sujetaban esas mangueras con sus manos y disparaban el líquido sobre los frutos de esas plantas, que eran tomates. Sobre toda la plantación se formaba una gran nube amarillenta que olía fatal. Nuestras abejas estaban escondidas detrás de unas margaritas; vigilaban desde cerca los movimientos de esas personas. El viento sopló tan fuerte que empujó la nube amarilla sobre el cuerpecito 8
de Melaza, que cayó sin conocimiento en el suelo. «Es un líquido venenoso. Es un pesticida para los cultivos de tomates. Creo que han envenenado a mi querida amiga», pensó Sirope. Cuando desapareció la asquerosa nube, los humanos ya se habían marchado. Al pie de un diente de león se encontraban Melaza, tendida en el suelo, y Sirope a su lado limpiándole con gotas de agua el cuerpo, cubierto de líquido apestoso. —¿Quién soy?, ¿qué hago aquí?, ¿dónde está mi casa?, ¿y tú quién eres? —preguntó Melaza a Sirope, después de haberse despertado. —¡Soy tu mejor amiga! —respondió extrañada Sirope—. ¿No sabes quién eres ni donde está tu casa? —¡No!, no sabría llegar a mi casa —contestó Melaza. 9
«Ahora lo entiendo todo: los venenos que utilizan los seres humanos para los cultivos son perjudiciales para nosotras las abejas; cuando los respiramos nos olvidemos del camino de vuelta a nuestras colmenas. Melaza no recuerda dónde está nuestra casa, si no estuviera yo aquí para ayudarla, nunca volvería a verla, se perdería para siempre. Eso es lo que ha ocurrido con Za, Ze, Zi, Zo y Zu, que no han podido encontrar el camino de vuelta a la colmena», pensó Sirope. Felizmente nuestras heroínas pudieron regresar con su familia y amigos a su colmena. Melaza, después de descansar en su cama, ya se encontraba mucho mejor; había recuperado toda la memoria. Contaron lo ocurrido a todas las abejas. La noticia se extendió por el universo de los insectos. Había que escribir una carta en
el idioma de los gobernantes, traducida también a la lengua danzarina de las abejas del mundo, para que el mensaje de desesperación llegara lo más lejos posible. —Copia tú, Melaza, y dicto yo —dijo Sirope. Y esta fue la carta que enviaron a los gobernantes de todo el mundo: Y, Za, Ze, Zi, Zo y Zu, volvieron solas a la colmena en cuanto los humanos dejaron de envenenar el medio ambiente con sus pesticidas. ¡MISIÓN CUMPLIDA! Sirope y Melaza os preguntan: «¿Cuál es la función de las abejas, y qué ocurriría si desaparecieran?».
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«¡Papá!, ahora me toca a mí dibujar tus cuentos». Con esta frase surgió un nuevo proyecto literario, llevado a cabo entre un padre y su hija. Después del éxito del primer libro, Papá ¡cuenta mis dibujos!, que fue utilizado en más de un centenar de centros educativos, surge esta nueva aventura literaria, con nuevos cuentos que integran valores como la solidaridad, la tolerancia, el respeto al medioambiente, la empatía, la posibilidad de cumplir sueños, pero también la oportunidad de luchar contra lacras sociales como la violencia de género, el acoso escolar o el problema de la contaminación de los fondos marinos. Aventurarse a viajar entre estas páginas es aprender sobre lo importante que es la familia, la naturaleza, los amigos, desarrollando valores como el amor, la aceptación de lo diferente, la responsabilidad, la educación, la ética…
ISBN 978-84-19228-68-0
A partir de 8 años babidibulibros.com
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