Introducción
Uno no sabe nunca cómo ni cuándo va a encontrar aquello con lo que disfruta y que hace que el tiempo se le pase en un suspiro. No sé si ha sido casualidad, o que el destino ha sido perezoso conmigo, pero a mí ha tardado en mostrármelo. A mis cincuenta y muchos me he dado cuenta, que aquellas historias que rondaban en mi cabeza, mientras paseaba o intentaba dormir, tendrían un sentido en mi vida. Me enfurecía conmigo mismo por no ser capaz de retenerlas, y con la misma fugacidad que aparecían con todas las palabras encadenadas y cargadas de musicalidad y sentido, al instante, desaparecían sin ser capaz de volver a repetirlas. Supongo que ahí está el arte del escritor o el filósofo, pero yo ni soy ni aspiro a ello. 3
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Comprobé mi escasa destreza cuando escribí mi primer libro: El navegante al que le daba miedo el mar. Escribí con la misma celeridad que las emociones y pensamientos surgían de mi cabeza, pero de una forma que luego descubrí era poco ortodoxa. Muy buenas críticas me dieron amigos, conocidos y todos los que lo leyeron desde el corazón, pero no tan favorables los que analizaron técnicamente el texto. No pretendía ni pretendo escribir para ganar un premio, solo lo hago por entretenerme, pero mi afán de perfeccionismo, y sobre todo mi pudor, me hicieron ponerme a estudiar para escribir de forma algo más académica. Primero me apunté a un curso de escritura y meditación, intentando no provocar un cortocircuito entre lo que escribía y lo que sentía. Ahí aprendí a dejarme fluir, y cuando lo hago y veo que las historias me van llevando por caminos no previstos en el guion inicial, me lleno de satisfacción. Yo mismo me convierto en mi propio lector y veo fotograma a fotograma la película, o las múltiples películas que de mi historia pueden surgir. Luego intenté aprender a escribir con rigor. Personajes, narrador, utilización de los tiempos, conflictos, tensión dramática... Lo hice con un curso de relatos clásicos que ni siquiera llegué a 4
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terminar. Me quedaba abrumado por el talento que veía en mis compañeros cada semana cuando teníamos que exponer el trabajo realizado. Total, que, en lugar de animarme, me frustró. Sin embargo, el cuerpo me pedía seguir escribiendo. Me entretenía, y la cabeza se llenaba de historias. Me propuse como reto hacer caso a mi coach y olvidarme del perfeccionismo. Tantas veces sufres por querer hacer todo perfecto, tantas veces no haces algo que quieres por miedo a no hacerlo bien, que al final te pierdes muchas cosas buenas de la vida. Y una cosa que me perdía si no seguía escribiendo, era que me faltaba algo con lo que disfrutaba. Publicaba artículos en redes, y hasta llegué a tener una «grupi» de seguidores, pero me enredaba siempre en reflexiones profesionales que liberaban parte de la ira o frustración acumulada, y que no me llevaban a una senda de goce y satisfacción que me permitiese seguir creciendo. Continuaba esforzándome en mi desarrollo personal, y decidí escribir algo totalmente opuesto a lo que había hecho hasta ahora. Siempre hablaba de moralinas, de hechos vividos con total asepsia al personaje para que nadie pudiese darse por ofendido. Ahora haría algo diferente. Esta vez sería todo 5
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desde la ficción, con personajes cargados de vida, con nombres, con historia, con pasado. No me di por vencido. Decidí dar una segunda oportunidad a los trabajos que realicé durante el curso. Sé que estaban muy por debajo del nivel de los de mis compañeros y muy lejos del beneplácito de mi profesora para que un profesional lo pudiese considerar respetable. Pero ahí estaba yo, terco e ilusionado con lo que hacía. Al fin y al cabo, no era un encargo de una editorial, ni un trabajo profesional por el que recibiera recompensa. Era por y para mí, aunque he de reconocer que en esta ocasión sí pensaba en el lector y cómo él lo recibiría. Si no, a nadie castigo con leerlo, ni a nadie expongo con perder ni tiempo ni dinero, ni siquiera espero un halago de cortesía. El libro Pequeñas cosas con alma es una serie de relatos cortos clásicos encadenados. Digo relatos cortos clásicos, porque he intentado seguir las pautas de estos tipos de texto, y también encadenados, porque todas las historias, que al principio parecen inconexas, están unidas. Todo tiene un porqué, todo está conectado y si algo en su propio relato no se comprende, en 6
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los relatos de inicio y fin tienen su explicación. Eso no excluye que puedas leer cada uno de los relatos de forma independiente, pero es mucho mejor si guardas los detalles en la memoria y descubres cómo se han ido uniendo para convertirlas en una única historia. Transcurren a lo largo de varias generaciones en el Madrid castizo, y todas confluyen en los dos personajes finales que, pese a sus diferentes orígenes y edades, terminan en una hermosa historia de compromiso. Tan importantes como los personajes principales son los secundarios, y descubriréis cómo de ellos mil historias se pueden escribir. Como sabéis, si habéis leído mi anterior publicación, no me gustan los relatos farragosos ni demasiado gordos. Me gusta leer libros de fin de semana, con lo que lo que escribo intento que sea así. Por eso, lo mismo algunos detalles se os pueden escapar, pero no quería alargarme dando información de sucesos o lugares que aparecen en los relatos y que he utilizado desde mi memoria exclusivamente. ¿No sabéis quiénes son «Los payasos de la tele», «La casa de la pradera», «Los grises», «La transición», «Las revueltas estudiantiles de finales de los 70», «La estancia de las tropas americanas en 7
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Madrid»...? Qué afortunados, eso significa que sois más jóvenes que yo. ¿No sabéis ni conocéis la historia de «Las Vistillas», «El Viaducto», «La calle Montera», «El edificio de la Puerta del Sol», «Torrejón y sus bases militares», «La Alameda de Osuna», «El barrio de la Concepción», «La calle Belén», «El Café Gijón», «Chicote», «Santa Barbara»...? No sabéis cómo lo siento, Madrid es una ciudad preciosa cargada de historia y de vida... Ahí os dejo Pequeñas cosas con alma, espero que lo disfrutéis.
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Seguro que alguna vez te han preguntado: si tuvieses que ir a una isla desierta, ¿qué cosas te llevarías? —¿Y qué tengo yo que hacer en una isla desierta? —Sería mi primer pensamiento. Esto es un juego, solo ponte en situación y contesta. Nuestra respuesta automática suele referirse a nuestros seres queridos: a tus hijos, a tu pareja, a amigos... Son buenas respuestas, pero que solo cubren la parte emocional. Es más, si continúas con un proceso de razonamiento lógico, llegas a la conclusión de que cómo vas a llevártelos para causarles el mismo dolor que vas a sufrir tú. Por otro lado, su sufrimiento solo produciría en ti más sufrimiento. Además, tendrías que concentrarte en buscar soluciones para todos, con lo que las posibilidades de éxito disminuirían, por muchas si9
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nergias y ayudas que surgiesen en el grupo. Y eso pensando que todos sean unos tipos normales, y no de esos ególatras que andan sueltos que piensan que el universo acaba en el cuello de su camisa. Descartamos entonces llevarnos a los nuestros al purgatorio que en suerte nos ha tocado vivir. Inmediatamente, como en un juego macabro que intenta arrancar tus bajezas y miserias te vuelven a preguntar; ¿y si no puedes llevarte personas, solo cosas? Otra respuesta automática, más pragmática y racional nos saldría. Normalmente se piensa en cosas útiles para sobrevivir: un cuchillo, una caña de pescar, cerillas para hacer fuego... Una buena respuesta que se basa en el instinto de supervivencia animal. Estarías vivo, pero ¿de qué forma sobrevivirías al tormento de tu cabeza dando vueltas y más vueltas a tu pasado, a tus lamentos, a tu incierto futuro? No olvidemos que somos seres racionales y emocionales, con perspectiva del tiempo y capacidad de anticipación, con lo que sobrevivir simplemente no es suficiente. Sigamos con el juego... Tienes todo lo necesario en la isla para sobrevivir, pero sabes que de allí no podrás salir en muchos, muchos años, o tal vez incluso nunca, ¿qué meterías en tu mochila? 10
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Ahora nos ponemos a pensar para dar una buena respuesta. Intentamos recordar aquellos objetos que significan algo para nosotros y que podrán traernos a nuestra memoria recuerdos, emociones, momentos o personas importantes para nuestra vida, de forma que podamos sobrellevar mejor la soledad obligada de la isla. Que no abulten mucho, que los pueda llevar con facilidad y que sean perdurables en el tiempo. En cuanto nos libramos de la emoción volvemos a poner un punto de racionalidad a la respuesta y añadimos como virtud que sean cosas que además nos puedan ser útiles para nuestro día a día. ¿De qué serviría llevarme un Porsche 911 descapotable a una isla desierta por muy importante que sea para mí y por mucho que lo quiera? Todos en nuestra vida tenemos pequeños objetos a los que rendimos culto por lo que representan para nosotros. Los guardamos en pequeñas cajas de cartón, encima de la estantería, bajo la cama, desperdigados, pero perfectamente localizables, o incluso ilocalizables físicamente, pero con un recuerdo tan nítido de lo que son que hasta los podemos tocar sin tener... Según pasan los años la caja se va llenando y, cada vez que en ella algo nuevo entra, afloran los recuerdos de los objetos de nuestra historia que allí dormitan. 11
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En ocasiones los tenemos en el olvido durante periodos largos de tiempo, pero allí están. Unas veces por casualidad, otras por causalidad, los buscamos y acudimos a ellos para esbozar sonrisas e historias para recordar… o para contar. Casi siempre historias de amor, hacia algo, por alguien... El tiempo engrandece las historias que las rodean y hasta las desvirtúan. Normalmente suelen ser cosas muy sencillas las que ocurrieron y por las que tenemos cariño a esos «objetos con alma», pero el tiempo las va adornando de fantasías haciéndolas cada día más grandes. Tanto, que un día, la fantasía comienza a ser la realidad, y la realidad queda perdida en los inicios del tiempo. Cuando las vemos ya no recordamos lo que ocurrió, solo recordamos aquello que hemos ido construyendo con el paso del tiempo. La buena noticia es que así las hacemos más nuestras y reconstruimos nuestro pasado a nuestro acomodo, la mala es que perdemos la perspectiva real del pasado. Pero ¿para qué queremos saber lo que ocurrió realmente si lo importante es lo que sentimos? Acotado el juego seguro que a vuestra cabeza ya vienen esos objetos... Me llamo Dimas, y ahora que sé que no volveré a subir corriendo el Peñalara y que las mujeres de treinta 12
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años son como hijas para mí, me pongo a revolver en mi caja de los recuerdos a ver que me vuelven a traer. Aparecen algunos objetos que hasta me cuesta saber por qué están ahí. Son los que mayores sonrisas me sacan, cuando con pequeñas imágenes que guardo de ellos, construyo la historia de lo que pasó. Seguramente no se parecerá en nada a lo que fue en realidad, pero qué más da, me dan y yo lo acepto. Dos son especiales. Son memoria de mi familia y a través de ellos reconstruyo parte de lo que fue mi infancia y mis orígenes. Cuando los veo y los tengo en mis manos la memoria de mis abuelos aparece, abuelos con los que mantuve relaciones muy diferentes en mi infancia y que hoy, con la perspectiva del tiempo y lo que unos y otros te van contando, han ido cambiando. Con el padre de mi madre, Hilario, castizo hasta la médula de sentimiento, aunque de orígenes andaluces, guardaba una malísima relación. Hoy le proceso un gran respeto y me lamento por no haber compartido con él más tiempo y no haber disfrutado de todas las historias que contaba y yo no escuchaba. Con mi abuelo por parte de padre, Presunto, con el que estaba siempre correteando, jugando y char13
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lando, hoy me entristezco por la falsa imagen que de él tenía y por no haber querido escuchar lo que los vientos de mentideros y cotilleos a mi traían. Lo que te incomoda no lo escuchas, y así, obviándolo, juegas al escondite con la realidad viendo lo que quieres ver y negando lo que no te gusta. En la caja de mis «objetos con alma» guardo de Presunto una pequeña bolsa de cuero con veintidós garbanzos de plomo niquelados; de Hilario una vieja parpusa de pana desgastada del uso. Los hechos que ocurrieron no se pueden entender desde el presente, hay que rescatar el momento en que se produjeron para intentar comprenderlos. Hay sucesos que en ningún caso se pueden justificar ni amparar en la perplejidad del momento, pero ahí están, ellos recordándotelos y tu dándoles la espalda. Solo el amor, ese amor incondicional que surge de la sangre, te permite excusar parte de tu historia. Odiaba pasar la tarde de los sábados en casa de mi abuelo Hilario. Con puntualidad británica allí aparecíamos toda la familia a las cinco de la tarde, a la hora en que comenzaban los «payasos de la tele». Nos sentábamos alrededor de una mesa camilla de faldas verdes y puntillas blancas, tomábamos un café con unos suizos y, en silencio y 14
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sin movernos, intentábamos llegar a las ocho sin ningún tipo de altercado. El carácter de Hilario era duro, agrio, despreciativo. Con mi mentalidad infantil no llegaba a entender por qué quería que fuésemos si luego nos trataba así. Con el tiempo he comprendido que no sabía hacerlo de otra forma. En el fondo, su lucha interna para dejar escapar todo el amor y el dolor que llevaba dentro, por lo sufrido y por lo no expresado, le hacían distante, pero realmente era entrañable, aunque no sabía canalizar su sufrimiento. Fue en su lecho de muerte, cuando cogiéndome de la mano, mi abuelo me pidió perdón. No entendía por qué lo hacía, tampoco qué consuelo buscaba en ello. Pero fue en ese momento cuando empecé a comprenderle y a quererle. Mi abuela Edelmira, su mujer, entre sollozos, en la penumbra de la habitación, frente a la cama en la que reposaba Hilario, me fue contando su historia. Mi abuela le quería, y pese al mal vivir que en ocasiones le dio, ella, desde lo más profundo de su corazón, comprendía el sufrimiento de mi abuelo y perdonaba de él ese proceder. Ella misma tardó años en entenderlo y, hasta saber toda la verdad, sufrió por lo que pensaba eran sus infidelidades y estados coléricos. 15
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ISBN 978-84-18911-64-4