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Un accidente
- ¿Por qué vamos en este jeep de nuevo, ahora que está oscuro y lloviendo? pregunté desconcertada puesto que habíamos vuelto cansados de un paseo por la montaña con frío y lluvia. “¿Pero a dónde vamos a estas horas?”
Silencio total en la oscuridad de la noche dentro del vehículo.
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-“Pero si aún nos quedan dos días en el Lago Elizalde antes de regresar”, agregué confundida.
-“Muy bien, eso es” dijo mi cuñado quien iba conduciendo, como si mi comentario fuera inesperadamente acertado. Mi marido, en el asiento del lado del chofer, iba mudo.
-“Tuviste un pequeño accidente y vamos al hospital” le oí
decir a mi cuñada sentada a mi lado en el asiento trasero del jeep. “¿Por qué me llevaba aferrada, mi cabeza afirmada en su hombro con tanta fuerza?” El paño que presionaba mi frente estaba húmedo. Miré de reojo y era rojo. “Pero, por qué me sujeta la cabeza si lo que me duelen son las manos”, pensé.
Mi cuñada trató de moverme para poner mi cabeza en su falda. -“Por favor no me muevas… mis manos... no me muevas”, gemí.
Los tres pasajeros discutían cómo llegar, por dónde doblar. El pueblo de Coyhaique a esa hora estaba desierto.
-“Ahí, ahí está”, dijo mi marido. URGENCIA decía el letrero. Luces fosforescentes, ambulancias frente a la entrada.
El dolor era intolerable mientras me bajaron del jeep para subirme a la silla de ruedas y luego para recostarme en una camilla. Un lamento de un hombre en el cubículo del lado separado por una cortina: “No me toquen, me duelen las costillas donde me acuchillaron. Me asaltaron, me quitaron el celular y mi billetera”.
-“Hay que coserle la frente para que pare de sangrar y luego hacerle un scanner de cerebro”, le dijo el doctor de turno a mi marido después de examinarme. No sentí los puntos hechos sin anestesia. El dolor en las manos repletaba mi capacidad para sentir otros dolores.
-“Tendrá que quedarse en esta camilla toda la noche porque no hay camas disponibles” dijo el doctor. Mi marido se sentó en un piso en el pasillo para no dejarme sola en el hospital, mientras las puertas que daban al frío de la noche se abrían y cerraban con cada herido que llegaba.
A las cuatro de la mañana, me llevaron por corredores laberínticos a un un edificio más antiguo que el de Urgencia. -“Y, mi marido, dónde está”, imploraba yo, “Quiero avisarle, quiero que sepa dónde me llevan”.
No lo volví a ver hasta el día siguiente al mediodía. Me instalaron en un dormitorio con varias camas entre dos mujeres que dormitaban sin moverse.
En cuanto hubo luz en la habitación, luego de tres eternas y aterradoras horas, pude ver a mis compañeras. Las dos de semblante verde, mirando el techo, no tenían energía para saber de mí. Una auxiliar apareció para repartir una taza de leche caliente con pan.
-“A levantarse señora para su aseo”, me dijo la auxiliar.
-“No puedo moverme, tengo los brazos y las manos quebradas”, contesté. “Necesito una chata por favor”.
-“Lo siento señora. Aquí somos una persona para veintisiete
enfermas. No hay atención personalizada. Esto no es ná´ el pensionado. ¿Usted tiene Isapre? Pida que la cambien”, me dijo la auxiliar y se fue.
En cuanto se marchó, mi compañera del lado derecho me miró compasivamente y mientras con gran esfuerzo trataba de levantarse, me dijo: “Yo le empresto mi taza y mis cubiertos, señora. No se preocupe”.
A las once de la mañana se presentó el doctor de turno que afortunadamente era traumatólogo. “Hay que operar cuanto antes para fijar los huesos si quiere viajar a Santiago. Operación con anestesia general. Al cabo de veinticuatro horas de la operación puede irse. Las horas de visitas son a las 8:00, a las 12:00 y a las 17:00 horas. Algún familiar tendrá que ayudarla en sus necesidades básicas y para darle la comida en la boca”, me informó antes de marcharse.
Los doctores de la Clínica Alemana a quienes habían consultado mis hijos en Santiago, corroboraron que no podía viajar sin que se efectuara la operación a la que estaba a minutos de someterme.
-“Tengo que vivir un día a la vez”, pensé en ese momento. Recordé la oración de Santa Teresa de Ávila: “Nada te asuste, nada te espante... Todo pasa”. “Esto también va a pasar” me decía a mi misma sin parar. Recé invocando a mi Ángel de la
Guarda y al Espíritu Santo para que iluminara a los doctores que estaban con cuchillo en mano en la sala de operaciones. -“Estoy soñando”, pensé. De otra manera, “¿qué hacía yo en el hospital de Coyhaique a punto de que me adormecieran con anestesia general, con doctores desconocidos y sin poder escapar”. Se me pasaron por la mente las imágenes de la Serie de la Tauromaquia de Goya que ví en el Museo de El Prado en Madrid. Cuando el delirante artista pintaba a los humanos con cabezas de monstruos taurinos.
De vuelta de la operación desperté con las manos enyesadas desde los dedos hasta más arriba de los codos. No podía moverme, no había a quién llamar. Las horas dejaron de transcurrir. Se deformó el tiempo.
Mi compañera de cuarto, la del lado izquierdo, tenía una radio a pilas pequeña puesta en la oreja y oía cumbias mientras miraba fijo, como ausente, hacia la ventana.
-“Si estoy oyendo esta música quiere decir que estoy viva” pensé.
A mi derecha, la señora estaba con mejor semblante. Llevaba mucho tiempo internada. Se ponía collar y aros por la mañana. Sus familiares se turnaban para visitarla los domingos. Eran colonos y sus tierras quedaban lejos. “No podemos dejar a los animalitos solos”, me explicó. Esto me producía una
ternura indescriptible y me consolaba. Durante el tiempo que transcurrió en esa sala común las únicas visitas fueron las mías. Una hora tres veces al día.
Entre las consultas obligatorias a las que tuve que acudir en el hospital de Coyhaique estaba indicada una visita al oculista para asegurar que no había daño en el ojo izquierdo. Al caer de cabeza, el anteojo se me incrustó en la frente y me quebró el hueso que rodea la cavidad ocular sobre la ceja. Mi marido empujó la silla de ruedas por pasillos enmarañados hasta llegar a Oftalmología. Había alrededor de cincuenta pacientes esperando su turno. La sala de espera estaba organizada en filas de cinco asientos separadas por un pasillo. A medida que se desocupaba el primer asiento todos avanzábamos un puesto hasta llegar al comienzo de la fila para ser atendido. El hombre sentado a mi lado estaba esposado y escoltado por un gendarme. Resultó ser el hombre que había apuñalado al herido que gemía en la camilla del lado en Urgencia la noche anterior. Mi marido que había leído la noticia en la prensa local lo reconoció.
Cuando se cumplieron las veinticuatro horas de la operación quisimos irnos a un hotel y esperar ahí para tomar el primer vuelo de las 7:30 de la mañana del día siguiente. Con horror fuimos sorprendidos con que ningún doctor se quería responsabilizar en darme el alta. El traumatólogo, el oculista, el neurólogo, el maxilofacial, cada doctor daba el alta en su
especialidad solamente pero nadie estaba dispuesto a asumir al enfermo integralmente.
Una situación insólita y absurda que demoró cinco horas en resolverse. Tuvimos que acudir a personas influyentes para que intercedieran con el Director del hospital. La única explicación parecía ser el temor reverencial que tienen en provincia al juicio de las clínicas privadas de Santiago.
Al día siguiente partimos al alba, oscuro, al aeropuerto de Balmaceda, a una hora de distancia de Coyhaique, para tomar el vuelo ¡con escala en Puerto Montt! Teníamos que llegar al aeropuerto con cierta anticipación para lograr embarcarnos en ese vuelo ya que la tarde anterior no fue posible confirmar el cambio de reservas por teléfono ni por internet.
En la mitad del camino, un humo negro que salía de la rejilla de la calefacción del jeep nos envolvió. Nos ahogábamos. Detuvimos el motor y esperamos a orillas del camino.
Una camioneta del hotel Loberías del Sur se detuvo sigilosamente. Nos informó el chofer que iba a buscar pasajeros al aeropuerto pero que por razones de seguro no les estaba permitido llevar personas ajenas al hotel. Yo, que había conseguido mantenerme serena desde el accidente hasta ese momento, sobrepasada solté un aullido que emergió desde mis vísceras. Implorante y autoritario a la vez. A lo
que el chofer respondió: “Súbase usted señora pero con sólo un acompañante nada más”. Llegamos al aeropuerto con el tiempo justo para conseguir embarcarnos.
En Santiago nos esperaba uno de mis hijos quien se emocionó al verme llegar en silla de ruedas, con el lado izquierdo de mi cara con cicatrices y moretones azul y rojo. Nos fuimos directo a la Clínica Alemana donde ingresé para hacerme los exámenes pertinentes para la operación al día siguiente.
Durante tres meses permanecí en mi departamento con una persona encargada de asistirme desde la mañana hasta la anoche. Luego otros meses en recuperación con kinesiólogos.