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La copa
Estoy cansada de que todos me toquen y que me manoseen. Manos chicas, manos grandes, manos con olor a pucho y también manos lindas y femeninas con las uñas pintadas con diseños. Si yo pudiera elegir, eligiría esas manos grandes y suaves que me acariciaron ayer. Eran calentitas y fuertes, pero al poco rato me dejaron tirada y sola en la terraza.
A veces me pregunto quién soy. Estoy hecha de material noble. Soy trabajólica, trabajo todos los días. A veces me toca viajar por trabajo. Así he conocido muchos lugares bien lindos de mi país. Todos los días conozco gente nueva, mujeres, hombres, viejos, jóvenes, gente linda y otras no tanto, personas alegres y otras tristes. Estoy segura sería muy buena sicóloga con todo lo que he visto y escuchado. El ser humano es tan raro, tan especial.
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Vivo para dar alegría a los demás, pero a veces no sé si se dan cuenta de mi labor. Estoy siempre lista. En los eventos y celebraciones no puedo faltar. Algunos me saludan con cariño, pero la mayoría me agarran y no me sueltan hasta el final de la fiesta. Como si me pudiera arrancar. Todos necesitan de mí. Me buscan desesperados, hasta que me encuentran pero casi siempre me usan y me dejan por ahí toda sucia y olvidada.
Hace un par de días se me acercó una mujer llorando, me tomó del cuello, me miró con unos ojos vidriosos un poco idos y vació en mí algo muy frío que después tiró en la camisa blanca del hombre que la acompañaba. “Imbécil, le dijo, nadie se ríe de mí”, y se fue. Y yo que no tenía culpa ni entendía nada, quedé sola en el comedor totalmente empapada.
A veces me aprietan con tanta fuerza que pienso me van a romper, otros me toman con cariño y siento sus labios como una cosquilla, como si me besaran, algunos más bruscos me muerden como si quisieran sacarme un pedazo y los más brutos me chupetean. Me dan un asco. Al final del día termino sucia, opaca y pegajosa, lista para la ducha.
En algunos eventos, cuando todos se van, aparece una amiga amable que me permite lavarme con agua caliente, pero la mayoría de las veces nos meten en un baño colectivo apenas
quitadito del hielo. Nos pasan una esponja y jabón con olor a lavanda, que me carga. Así nunca quedo como a mí me gusta. Parezco del montón. Yo soy de buena familia, de familia europea y me gusta estar reluciente. Que a nadie se le ocurra decir nada de mi presencia.
Hoy nos tocó ducha caliente porque mañana tenemos matrimonio. Vamos todas de vuelta a Santiago en la camioneta azul. Me estoy quedando dormida. Me recuesto en mi compañera y me doy cuenta que tiene un piquete y que hiere mi cara. Ya es tarde. Mañana ninguna de las dos estaremos para el brindis.