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Fátima

Conocí a Fátima hace unos 4 meses. Desde aquel día nos hemos visitado regularmente, bueno, en estricto rigor yo la visito a ella.

Una flor color rojo adorna su pelo liso, color negro azabache, muy largo, al punto que sus puntas rozan delicadamente sus pronunciadas curvas. Metro sesenta. Ojos café claro, mirada penetrante con un delineado furioso. Sobre sus largas pestañas se esconde un delicado sombreado que nunca repite sobre sus párpados que se asoman y se esconden… podría estar horas mirándola.

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“Hola mi amor!”

Ella sabe cómo tratarme. En este mundo de mascarillas Fátima

descubrió mi punto débil, si con solo mirarme a los ojos ya me conquistaba, ahora con su cariñoso saludo me enamora.

Es mi primera relación después de años. Ella lo intuye, me hace sentir único.

Generalmente la espero apoyado en mi auto. El otro día preferí sorprenderla esperando apenas terminaba la escalera. Se sonrió. “Hola mi amor” y yo entregado a sus encantos.

Han pasado cuatro meses y creo que estoy preparado para algo más serio. Estoy grande, casi viejo, no puedo perder tiempo con este jueguito de saludos y encantos. Ya preparé la presentación a mis hijos, a mis amigos, cuando la vean en mi oficina. Tengo todo pensado.

Voy perfumado, abandono el buzo y la polera de cuarentena por jeans y camisa. Dejé mi pelo sin lavar por un día porque me entrega un ondulado casual que me da más confianza. Llega el momento, estiro mi espalda para llegar a mi metro setenta, entro la guata y saco el trasero. Pero me atiende su compañera. Todo perdido.

No me rindo, al día siguiente hago un pedido por el mínimo para poder verla nuevamente. Esta vez sí, estoy listo para responderle con un “hola mi amor”, voy a sorprenderla. Quiero perderme en su mirada y pasear de la mano juntos por el parque,

hacerla reír con anécdotas o chistes casuales, abrazarla a ratos, apoyar mis manos en su cintura, que se queden descansando en sus curvas y sentir que la punta de sus cabellos me acarician delicadamente.

“Hola mi amor”, la escucho y retrocedo mi mirada. Un frío entumecedor -como cuando sientes la sirena de una patrulla después de pasar una luz roja- recorrió mi cuerpo de pies a cabeza al ver que le está entregando mercadería a una mujer cualquiera. Yo que me sentía único. Es tanta mi incredulidad que espero a que llame a un tercer cliente y corroborar que se trata de una equivocación. “Hola mi amor” le dice a un viejo desabrido y le entrega mercaderías de un segundo carro del Jumbo. ¿Cómo fui tan ciego?

Para ser mi primer amor después del matrimonio no estuvo tan mal.

Siena Hidalgo Santiago

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