2 minute read

La navidad, la fiesta a la que no podemos faltar.

Por: P. Juan Antonio Torres, L.C.

Estamos asistiendo, en nuestro querido México, a una antigua polémica sobre la oportunidad de manifestar públicamente los signos de nuestras creencias religiosas, en particular, los de la Navidad.

Advertisement

Los signos externos, como la bandera y otros elementos patrios, expresan nuestra identidad y nuestros valores más importantes como nación.

La Navidad, por su parte, además de constituir uno de los periodos más bellos y entrañables de nuestro calendario, expresa nuestra identidad y nuestro valor como seres humanos. Los regalos, los abrazos y las felicitaciones, que nos intercambiamos en esta fecha, nos obligan a olvidar nuestras diferencias y a volver a renovar el amor, el respeto y la alegría de estar juntos. La Navidad es la expresión de lo más noble y sagrado de la humanidad. Ella nos dice hasta dónde es precioso cada hombre y cada mujer, independientemente de su color, nación, sexo, edad o condición social.

El hecho de que Dios se encarne y nazca pobremente en una cueva de Belén nos está diciendo que, para los ojos del creador, cada hombre es lo más valioso de todo el universo, por el cual vale la pena cualquier sacrificio.

El pesebre de Belén, junto con la cruz, es el símbolo más poderoso que atraviesa la historia de la humanidad y ha superado todo tipo de vicisitudes, más allá de las ideologías. Su poder radica, precisamente, en la capacidad de repetir a los hombres de cada época que Dios sigue enamorado de los hombres, siente ternura por ellos y está dispuesto a ir al rincón más lejano con tal de susurrar a su oído el grande amor que siente por él.

La gran verdad que nos recuerda la Navidad es que Dios se hizo hombre por nosotros; quiso recorrer nuestro camino con sus vicisitudes y riesgos, con sus alegrías y tristezas. Desde ese momento, la historia de cada ser humano ha quedado también dignificada y elevada al rango de historia sagrada, donde Dios camina con nosotros.

No podemos dejar de festejar la Navidad. En el momento en que nos olvidáramos de ella, correríamos el peligro de olvidar también el valor de cada ser humano; perderíamos la esperanza de un nuevo amanecer en el que el amor sea el detonante de la civilización de la fraternidad y de la paz más allá de toda frontera. La Navidad es la fiesta a la que no podemos faltar. Los villancicos, el árbol, el pesebre, los adornos, las posadas y todas nuestras bellas tradiciones son una riqueza que nos ennoblece y saca lo mejor de nosotros mismos. Necesitamos volver a mirar esa cueva de Belén y hacer un acto de fe en el buen Dios que se hizo hombre para salvarnos de todo aquello que nos hace menos hombres.

Te sugiero, en este próximo 24 de diciembre, abrir el Evangelio, antes de comenzar la cena de Noche Buena y leer el pasaje que nos narra esta hermosa historia (Lc 2, 1-20).

¡Feliz Navidad!

This article is from: