TERCERA ÉPOCA | Número. 32

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HOTEL DEL UNIVERSO Una lectura en las pupilas de Rimbaud

Por Jorge Ruiz Dueñas

DEl ojo azul del cielo

esde el punto de vista de las artes plásticas, los infantes pueden aprender con facilidad las vocales, así como los principios del lenguaje francés —por no hablar de Literatura Universal—, por la sencilla razón que el poeta Arthur Rimbaud las pintó de colores: “A noir, E blanc, I rouge, U vert, O bleu” (A negra, E blanca, I roja, U verde, O azul).

Con ello sólo quiero referir que el tema de Rimbaud (1854-1891) está en la mesa y las páginas iniciales de Palabra del mes de julio absorben la tinta del poeta y ensayista Jorge Ruiz Dueñas, en una más que lúcida actitud crítica, para abordar el ojo azul del cielo, lugar donde se encuentra el Hotel del Universo, obra del también poeta Jorge Ortega (quien obtuvo con ella el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2022). Sin lugar a duda, Rimbaud es “uno de esos seres que —como señala Ruiz Dueñas— resplandecen periódicamente como los fenómenos siderales, para reordenar el espacio y el tiempo de la creación”.

Su poesía, como también en su momento refirió Carlos Mongar —en Rimbaud Reloaded, publicado en el número 437 de la anterior etapa de esta revista cultural—, “es fruto de la alquimia de las palabras y el éxtasis de un vidente”.

Esta edición se complementa con textos de igual rango: El otro Amando Nervo —y su vinculación con la Ciencia Ficción de Gabriel Trujillo Muñoz, dando paso a crónicas y reseñas como Burroughs para melómanos, de Carlos Velázquez, o la de Eduardo Cruz Vázquez, Fernando Mancillas, Víctor Manuel Gruel, Martín Caparrós o Enrique Botello… Por nombrar lo esencial. ¡Enhorabuena! R.S.

Hotel del Universo. Una lectura en las pupilas de Rimbaud / Jorge Ruiz Dueñas

El otro Amado Nervo: viajero del cosmos, revolucionario del porvenir /

Gabriel Trujillo Muñoz

Un licenciado con cuatro décadas / Eduardo Cruz Vázquez

Burroughs para melómanos / Carlos Velázquez

Henry Miller: El Golfo de New York / Rael Salvador

En los anhelos postcapitalistas / Fernando Mancillas Treviño

Campbell, Aguilar Robles y el peligro cholo de extinción / Víctor Manuel Gruel Sández

Somos conservadores / Martín Caparrós

En plan de retiro (Parte V) / Enrique Botello

págs. 3 a 6

págs. 7 a 10

pág. 11

págs. 12 y 13

págs. 14 a 17

págs. 18 y 19

págs 20 y 21

pág. 22

pág. 23

El menonita zen o cómo bosquejar aquello de lo resacoso / Rael Salvador pág. 24

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UNA LECTURA EN LAS PUPILAS DE RIMBAUD

HOTELDELUNIVERSO

En su obra, Jorge Ortega, a la manera de poeta omnisciente, expone las laceraciones del espíritu atribulado que busca su propio significado en los procesos de legitimación artística y nos conmina a sostener que podemos salvar la poesía y recuperar a quien la escribe

“HPor Jorge Ruiz Dueñas

Poeta y narrador. Premio Nacional de Periodismo en divulgación cultural 1992, otorgado por el Gobierno de la República. Premio Xavier Villaurrutia 1997 por Habitaré tu nombre y Saravá jorgeruizdueñas@prodigy.net.mx

e entrado al laberinto y he salido de él herido de incredulidad”, escribió Jorge Ortega en el poema “Discante” publicado en 2011bajo el cobijo de su obra Devoción por la piedra. Me identifico hoy con ese primer verso porque puedo musitarlo después de la lectura de otro libro suyo signado por la excepcionalidad, quizá aún inadvertida, a pesar de haber obtenido el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2022. Me refiero a Hotel del Universo.

Intento no distraerme con la enorme evidencia de hechos y lecturas que atraen un nombre tan evocador liado al mítico poeta de las Ardenas. Uno de esos seres que resplandecen periódicamente como los fenómenos siderales, para reordenar el espacio y el tiempo de la creación. Este texto está rodeado de muchos guiños propios de un escritor maduro y talentoso, pero la sustancia de sus páginas conserva su agonismo ante la brutalidad de la existencia, aun para quienes ignoren la obra de Jean Nicolas Arthur Rimbaud (1854-1891), el “Shakespeare niño”, según expresión de Victor Hugo. El título nos lleva al primer hospedaje de este genio atormentado en Adén, Yemen, según rescate fotográfico monocromático fechado en agosto de 1880, cuando el poeta de veinticinco años recibió las atenciones de Jules Suel, propietario del Hotel de L’Univers, y desde entonces siempre rodeado, curioso dato, de fotógrafos, expedicionarios y comerciantes de una dudosa comunidad francesa esparcida en el Cuerno de África, pero inmerso en su soledad interior ilimitada.

Para contextualizar la diáspora de los aventureros

El poeta Jorge Ortega, autor de Hotel del Universo

galos ha de recordarse que el Canal de Suez, el gran proyecto de Ferdinand de Lesseps, había sido inaugurado el 17 de noviembre de 1869. Curioso dato, de-

cía, porque alrededor de sus diecisiete años él mismo se adentró en el oficio del registro gráfico iniciado por Charles Cros (1842-1888) y en 1883 recibió un costoso

equipo fotográfico que usó en Harrar con fines profesionales porque, como escribió (el 6 de mayo de 1883 a su madre y su hermana), todo el mundo quería hacerse fotografiar y llegaban a ofrecer una guinea por placa, si bien, no desaprovechó la oportunidad de unos autorretratos. Por lo demás, al momento de llegar a esa región las peripecias de adolescente y primeros años de adultez ya eran suficientes para nublar a los personajes de cualquier novela de su época. Enumerarlas ahora nos dejaría sin aliento.

Por ello, importa decir que Ortega también salió de este laberinto dispuesto a eludir las innumerables páginas biográficas y la crítica de ensayistas de buena voluntad que discurren desacuerdos, para rescatar no a la manera de un narrador omnisciente, mas como poeta omnisciente, las costuras del dolor desde la distancia de la tercera persona.

El niño genio aprisionado por una madre castrante y la cicatriz de un padre ausente; sus fugas de infante incomprendido y transgresor que deambulaba por las calles de su pueblo con un cartel exigiendo la muerte de Dios; el adolescente estimulado por el grito popular de la Comuna de París llena de promesas por un mundo mejor y los incendios y masacres del poder repre-

sor, visto todo desde lejos contrariamente a la leyenda heroica; los excesos de un enfant terrible deslumbrado por su propio éxito cuando lee el 10 de septiembre de 1871 Le Bateau ivre en la postrimerías de un banquete, de donde sale en hombros en un típico exceso de la turba intelectual para ser inmortalizado por un fotógrafo célebre y casi tres meses más tarde ser repudiado por herir a un reconocido miembro de la tribu intelectual; sus indagaciones eróticas con otro bardo sobresaliente, alcohólico y violento; unas cartas con lógica de adolescente que estallarían con interpretaciones literarias y sicoanalíticas todavía en marcha; la sed de aventura a costa de acciones riesgosas para ir a Java; ese ir y venir como expiación de sus pecados tutelados por la autocensura; la renuncia a toda palabra que no fuese de intención aduanal, comercial, crematística, porque la obsesión de la inseguridad material le asediaba así como el temor a ser encarcelado por sus faltas pasadas, reales o supuestas; el trabajo de acémila en el cuarzo de Chipre; las fatigas y los viajes inextinguibles, el comercio lícito e ilícito de poca monta. Todo ello, sin excluir las consecuencias de tales circunstancias, en realidad no son el objeto central de este poemario.

“Texto rodeado de muchos guiños propios de un escritor maduro y talentoso, pero la sustancia de sus páginas conserva su agonismo ante la brutalidad de la existencia”

Asumiendo el conocimiento del lector de las desgracias que aquejaron al poeta maldito o eximiéndolo de ello, el núcleo de Hotel del Universo son las laceraciones en el espíritu atribulado que busca su propio significado. La enfermedad, la añoranza del verde, la certidumbre de estar bajo el desamparo del polvo. El hombre en su confusión, el perdido “vidente” paranoico perseguido por sí mismo que en secreto sólo rebelado epistolarmente a su reducida familia, añora momentos pequeño burgueses que abjuran de su pasado, como serían la estabilidad de un matrimonio y la responsabilidad de un hijo. Sirva ahora recordar la última carta a su hermana Isabelle del 10 de julio de 1891, subastada por Sotheby’s y la casa Binoche&Giquello en 465 mil dólares (USA) el 9 de octubre de 2018, donde escribió Rimbaud: “Adieu mariage, adieu famille, adieu avenir” (“Adiós matrimonio, adiós familia, adiós futuro”). El centro del poemario es la árida realidad de una comarca extraña entre extraños; la errancia, la errancia, la errancia. El paria derrotado en su calvario añorando la civilización perdida. El que balbucea suavemente a su hermana pensamientos trascendentes en medio de un aparente desarreglo mental ante médicos sin instrumentos para comprender la estética de la muerte interior, la certidumbre de la finitud frente al portal que no desea trasponer. El bergantín sin timonel para llevar a buen puerto tanto talento creativo derrama-

do, con un velamen torpe para el éxito de lo cotidiano. Ese, insisto, es el Rimbaud que bulle en los poemas del Hotel del Universo.

Antoine Adam, editor de la Bibliothèque de la Pléiade y responsable de la versión definitiva del poeta de Charleville (1972), afirma con razón que la leyenda altera su lectura objetiva. Por ello se explica la exégesis de quienes dudan, a pesar de la datación autoral, del orden de sus pocos y brillantes libros, o de la voluntad unitaria de sus Iluminaciones: 38 poemas que Félix Fénéon ordenó conforme al encargo de Gustave Kahn, director de La Vogue, revista simbolista, enriquecidos en orden arbitrario con cinco poemas más. Pero algunos elementos del conjunto no estaban concluidos y, se dice, los descuidos fueron tomados como boutades geniales. Por cierto, este título que en español refiere también a “inspiración”, “revelación” o “esclarecimiento místico”, como suelen expresarlo los hablantes del castellano, no se corresponde con la denominación informada por Paul Verlaine en una carta a Charles de Sévry, pues relacionaba el título con “painted plates”, grabados coloreados. Así, para no hacer a Rimbaud víctima de su leyenda, conviene apartarse del fenómeno de la fama, incluido el “yo es otro”, escrito a su profesor y amigo Georges Izambartantes de sus diecisiete años, que ha enarbolado la otredad sin lograr su cometido, y quizás la idea lacaniana de la capacidad

Arthur Rimbaud, ilustración de Henry de Monfreid.

anticipadora de los poetas que no saben lo que dicen, pero siempre dicen las cosas antes que los demás.

Ortega construye su poema, así me parece, con la piel viva de quien encuentra imposible vivir en forma más penosa que él, a confesión de parte en su epistolario. Del supuestamente perseguido, su madre y su hermana dicen ignorarlo todo, porque un gran secreto, una anomalía, consume a la familia. Ortega usa la zalea del atormentado, la pústula del arrepentido. El precoz poeta y ocasional explorador ahora poetizado se afana solo en reunir una suma que le libere (primero ambiciona 50 mil francos, luego eleva su aspiración a 100 mil francos), pero no para recuperar el reconocimiento que ya tenía e ignoraba, pues sólo pretendía ser uno más entre todos. El oro que lleva al cinto en su improvisada camilla durante su inicial tornaviaje hacia Marsella, fue motivo de insomnio. Anhela seguridad económica y ausencia de expediente por causas militares. Había intentado muchos años atrás, sin lograr su cometido, su rehabilitación social tras el incidente de Bruselas mediante la edición de autor, pulida en absoluto sigilo y pagada por su madre, de Una temporada en el infierno, extraviada, por así decirlo (hasta ser localizada en 1901 y revelada en

1915 por Léon Losseau, bibliotecario belga). Hotel del Universo no apela solo a la “alquimia del verbo”, sino a la sangre seca en la tierra yerma de quien siendo poeta se niega a serlo más, oculto en tabucos lamentables, privándose de consumos elementalesy encadenando la furia creativa para vivir en la violencia del mundo y traficar con él.

Culto al poeta agonizante

El dicho de Antoine Adam se ensambla bien con una visión del imaginario literario, que Pascal Brissette (1971) en La maldición literaria. Del poeta andrajoso al genio desdichado (La Malédiction littéraire. Du poète crotté au génie malheureux, 2015, recientemente traducido y publicado por el FCE) considera una fábula occidental, “una mitología que, desde hace dos siglo y medio le atribuye a la desdicha un rol preponderante en los procesos de legitimación artística. Brissette considera que el éxito de Voltaire o Diderot insufló demográficamente las aspiraciones de los jóvenes más allá de la capacidad de la sociedad, por no decir del mercado. En consecuencia, se requirió un paradigma nuevo para valorizar la pobreza y sus daños colaterales, como sin duda fue el suicidio que elevó esa estadística, “haciendo del infortunio del escritor, de su pobreza, de su

miseria y de su exclusión, las condiciones de acceso a la verdad”. Por el contrario, los escritores del Renacimiento, así como los artistas plásticos, para explicar el reconocimiento social sacaban “a relucir su utilidad pública”. Se trata, según el académico, del “culto al poeta agonizante” y “los mecanismos de legitimación a través del fracaso”. Una forma de compensación que convierte el sufrimiento en condición necesaria, con sus componentes de melancolía, pobreza y persecución. Esto por oposición no sólo a los enciclopedistas mencionados o de destino afín, previamente también “las categorías menos favorecidas de la población letrada se negaron, por lo menos hasta mediados del siglo XVIII, a hacer de su pobreza real el argumento válido, la garantía de sus cualidades morales (la virtud) e intelectuales (el talento)”. No faltaron casos de excepción como Rousseau que “manifiesta su intención de vivir únicamente de su oficio de copista de música, dando así la espalda al mecenazgo privado”. “El infortunio es inevitable para las almas de élite”, advierte Brissette, no sin recordar que el buen Juan Jacobo llevó a sus cinco hijos al orfanatorio. Tan resultaba necesario el siniestro ingrediente, que así explica el profesor quebequense de McGill University cómo un exitosísimo Victor Hugo posó disfrazado de exiliado

Arthur Rimbaud (segundo, empezando de la derecha) en la entrada del Hôtel de L’Univers, en Yemen.

para unas fotografías que le hizo su hijo. “Hugo consigue, por fin, lo que buscaba desde hace veinte años —apunta—, aquello que su brillante ascensión social le había impedido adquirir y que todo gran hombre debe poseer: el infortunio”. Viene a cuento recordar la carta de Vincent Van Gogh a su hermano Teo en julio de 1880: “Sufrir sin quejarse es la única lección que tenemos que aprender en esta vida”. He aquí la melancolía como vigilia perpetua.

Pero Rimbaud no buscó esa “nueva religión”, ese universo de discurso lo construyen sus exégetas, biógrafos, intérpretes de la conducta social, expertos críticos y subastadores de cartas. Por desvaríos e incapacidad para comprender el mundo, este elegido transita entre senderos de oprobio sin intención alguna de carácter autoapologético. Sin duda, un caso no estudiado por la siquiatría moderna e ignorado por Freud y sus amigos y enemigos sicoanalistas. Pero no así por los amantes de la poesía mayor. Esto lo ha comprendido Jorge Ortega y apela al hombre desnudo y solo en su averno perpetuo. El que describía desoladamente así su entorno:

“No te puedes imaginar lo que es este lugar: ni un árbol —ni siquiera seco— ni una mata de hierba, ni una parcela de tierra, ni una gota de agua dulce. Adén es el cráter de un volcán apagado, colmado hasta el borde por la arena del mar. Sólo se ve y se toca lava y arena por todos lados, que no pueden producir la menor vegetación. Los alrededores son un desierto de arena absolutamente árido. Las paredes del cráter impiden la entrada del aire y nos asamos vivos en el fondo de este agujero como en un horno de cal”.

composición de la poesía en prosa y diversos poemas en verso libre como corresponde a la memoria de Rimbaud y, diría también, a la propia obra literaria de Ortega.

Cintio Vitier en su prólogo a Iluminaciones publicado por la Pontificia Universidad Católica del Perú en 2002, dice: “[…] en Rimbaud, el único sentido que predomina es el menos sensual de todos, el que no comunica sensaciones sino imágenes”. Y agrega:

“La imagen en la visión poética no es nunca imaginaria sino real y exterior al sujeto. Lo que el poeta ve no lo imagina, sino que lo ve como imagen, como algo que aparece apresado por su imaginación, tan inseparable y distinto de ella que Rimbaud llama a esas apariciones, en un mismo tiempo de intuición, sus hijas y sus reinas. Hijas de la esperanza, reinas de la muerte, las imágenes saliendo de lo oscuro, alimentadas por el deseo, la memoria o la hipérbole, significan lo incorruptible y el vislumbre único de libertad”.

“Asumiendo el conocimiento del lector de las desgracias que aquejaron al poeta maldito o eximiéndolo de ello, el núcleo de Hotel del Universo son las laceraciones en el espíritu atribulado que busca su propio significado”

Salvar la poesía y recuperar al hombre Hotel del Universo fue dividido por Jorge Ortega en seis singladuras de navegación poética que denominó actos, como espacios de una representación dramática. Acierta de inicio pues se trata de círculos dantescos donde se desplaza la palabra plena de significantes y significados. Antes de seguir, cabe señalar otro guiño formal de nuestro autor en el segundo y sexto actos El landmark de nacimiento del poeta y el de la agonía del hombre. Alfa y omega donde recupera elementos del calendario republicano francés (1792-1806), reimplantado brevemente por la Comuna de París de 1871 tan cara al creador de Charleville, vista entonces a lo lejos por el impetuoso adolescente con emoción contenida por las fuerzas del orden en turno. Ortega aborda primero los meses del año iniciando con el equinoccio de otoño, nombres de meses establecidos para memorar el paso de la naturaleza sobre la tierra infame. Después, en el “Diario de agonía”, usa las denominaciones de los días que forman una década, como la cuenta final para sentenciar el fracaso y la muerte del gladiador. Conforme se avanza en la tragedia anunciada se hace notar la

Es el caso de recordarlo, porque este libro tiene, paradójicamente entre muchas virtudes justas para su objeto poético, una economía de adjetivos en líneas y versos donde el idioma no se agota, se expande, pero al cantar no se vuelve fatuo, antes bien, ganzúa de lectura poética. Incluso, me atrevo a afirmar, echa mano de palabras inexistentes en el siglo ilustrado, para instruirnos en sensaciones antiguas. Aquí la metáfora suele reemplazarse precisamente por la imagen y no es posible sustraerse a ellas, sin que el arsenal de la lengua impida la alteridad, la misma de Jorge Ortega al describir escara por escara, azote por azote, el paso de Rimbaud sobre el mundo en una analepsis perpetua y a la vez llena de chispas de pedernal en la oscuridad colonizada por el tenaz vidente.

Rimbaud en sus desvaríos deseaba probar fortuna al otro lado del mundo. Ortega nos trae a Panamá en el tercer acto, como acude a Zanzíbar, porque ambas fueron el Soconusco cervantino del vate alucinado. Pero en el libro, me consta, los aforismos de Ortega cobran entonces mayor brillo y una sabiduría cifrada invade a los lectores. Pienso, entre muchos, en: “La sombra de Dios acoge la sumatoria de todas las oscuridades”. Si la biografía de un poeta es su poesía, la naturaleza humana también tiene semblanza, tránsito, camino; y ese cruce de sendas donde están los pasos perdidos y el misterio silvestre de la carne y la sombra del infante vidente la ha recreado el autor de Guía de forasteros. De tener razón quienes apuestan desaforados a la idea de “otro” Rimbaud dispuesto a hacer de su vida una obra de arte a través del camino de la redención, de sufrir para llegar al conocimiento, no habría quejas ni ayes epistolares. Pero tampoco espacio para una

obra tan lúcida y estremecedora como Hotel del Universo, venida de cierta conexión espiritual entre el poeta objeto del poema, y este poeta nuestro que lo exorciza y restituye en un espejo alterno.

El tiempo de los asesinos (The time of the assassins, a study of Rimbaud, 1946) ha sido una aproximación de Henry Miller al “suicida viviente” a manera de una autobiografía espiritual donde buscó “las afinidades, analogías, correspondencias y repercusiones”. Dieciocho años después de haber escuchado sobre él en un sótano sórdido (1927) y rehuirle atemorizado de verse en algunos reflejos astillados, según las palabras de este también controvertido literato, encuentra similitudes y contrastes con su vida. “Nada tiene en común con la escuela de los simbolistas —asegura—. Y nada tiene en común con los surrealistas […]. Es el antepasado de muchas escuelas y el padre o pariente de ninguna. Es su original utilización del símbolo lo que garantiza su genio. Su simbología se forjó en la sangre y la angustia”. Después de sostenerle la mirada a Rimbaud a lo largo de su libro, Jorge Ortega puede coincidir o no con los juicios del autor de Trópico de Cáncer, es un tema profesoral y el autor de Luce sotto le pietre tiene las credenciales necesarias para esa discusión. Pero si ante las crisis morales modernas el juicio de Miller nos dice: “Poco importa que perdamos al poeta si salvamos la poesía”, Hotel del Universo nos conmina a sostener que podemos salvar la poesía y recuperar al hombre: hacer una lectura en las pupilas de Rimbaud.

Foto tomada por Arthur Rimbaud, en Harrar (Etiopía, África, 1880).

El otro Amado Nervo:

viajero del cosmos, revolucionario del porvenir

A 105 años de su muerte, se expone en este ensayo la descripción de un poeta visionario, de un escritor de sueños y quimeras, de un narrador de revoluciones futuristas que abrió nuevos caminos a la literatura nacional

Por Gabriel Trujillo

Escritor y poeta, autor de Espantapájaros y Tijuana city, tres novelas cortas. angel.gabriel.trujillo.munoz@uabc.edu.mx

La imagen común que tenemos del escritor mexicano Amado Nervo (1870-1919) es, a 105 años de distancia de su muerte (24 de mayo), la de un poeta de versos musicales y de ideales conservadores, repetidor tardío de los hallazgos del modernismo hispanoamericano. Incluso críticos actuales lo consideran un autor sentimental y condescendiente, poco propenso a aventurarse más allá de los convencionalismos literarios de su tiempo. Pero hay otro Nervo que se nos ha pasado estudiar y ponderar. Hablamos de un poeta visionario, de un escritor de sueños y quimeras, de un narrador de revoluciones futuristas. Este Amado Nervo es casi inédito para muchos de sus lectores y es el que es necesario dar a conocer como el escritor de relatos de ciencia ficción y fantasía, como el poeta y narrador mexicano que vio el futuro de la humanidad como una revolución sangrienta, como el autor que escudriñó los posibles escenarios que esperaban a una civilización donde sus científicos competían, continuamente, por hacer armas de destrucción masiva. En todo caso, Nervo debe ser visto como el autor que, en muchos sentidos, abrió nuevos caminos a la literatura nacional.

Como literato que vivió al filo del siglo XX, entre los últimos residuos decadentistas y la aurora de una centuria plena de progreso e industrialización acelerada, según proclamaba la publicidad de la dictadura porfirista, Amado Nervo fue un hombre convencido de que el porvenir del mundo no sería un lugar alegre o una fiesta a celebrar. Y es que, a pesar de su fama de poeta modernista, de cantor de la vida desde el sentido común, hay un filón casi desconocido en la obra de este autor nayarita, una obsesión por reflexionar sobre lo que nos esperaba en el horizonte de las edades venideras. Ya en su poema “El gran viaje” (1918), escrito un año antes de su muerte, nos describe a los cosmonautas del futuro como émulos de Cristóbal Colón:

¿Quién será, en un futuro no lejano, el Cristóbal Colón de algún planeta?

¿Quién logrará, con máquina potente, sondear el océano del éter y llevarnos de la mano

allí donde llegaron solamente los osados ensueños del poeta?

El poema no sólo expresa la confianza en la tecnología, sino que acepta que la ciencia puede alcanzar o superar los sueños más visionarios de la humanidad y cumplirlos cabalmente. Pero Nervo no se detiene aquí y especula sobre lo que los cosmonautas terrestres habrán de toparse en su travesía por el universo, los hallazgos y descubrimientos que traerán para asombro y conocimiento del mundo entero:

¿Y qué sabremos tras el viaje augusto?

¿Qué nos enseñaréis, humanidades de otros orbes, que giran en la divina noche silenciosa, y que acaso hace siglos que nos miran?

Espíritus a quienes las edades en su fluir robusto mostraron ya la clave portentosa de lo bello y lo justo.

He aquí la clave del poema y del pensamiento especulativo— de Amado Nervo: descubrir a los otros, sean extraterrestres o mundos con maravillas y portentos nunca antes vistos, provocará profundas repercusiones en la propia concepción que el ser humano tenga de sí mismo. El no estar solos en el cosmos, llevará a cuestionar las verdades esenciales, los credos religiosos, el propósito vital de la humanidad:

¿Cuál será cosecha de verdades que deis al hombre, tras el viaje augusto?

¿Con qué luz nueva escrutará el arcano?

¡Oh, la esencial revelación completa que fije nuevo molde al barro humano!

De esta manera, Amado Nervo representa a un nuevo tipo de autor que se pone a reflexionar sobre el futuro a partir de los elementos que percibe en su tiempo y en su circunstancia, que siente una enorme curiosidad por el espacio exterior y que pretende contar la

Luna, vista astronómica de 1910.

exploración del cosmos como una faena intrépida y desafiante. En cierto modo, nuestro poeta se da cuenta que, tanto en México como en el mundo, las cosas están cambiando abruptamente, que nuevos protagonistas saltan al escenario para transformar la realidad según nuevas ideas y tecnologías, que la situación social es un caos a punto de estallar por más que muchos gobiernos sigan diciendo que todo está en orden y bajo su control. Nervo siente que México no es el cuento de hadas que el porfiriato ha querido vender a sus ciudadanos sino un sismo de hondas consecuencias que va a trastornar el modo de vida de todos los mexicanos.

La veta fantástica

Nervo, nacido en 1870, en Tepic, Nayarit, incursiona en la ciencia ficción desde su tercera novela: El donador de almas (1899), donde la veta fantástica aflora para no desaparecer jamás en su prosa. Al principio, como en El donador de almas, todavía hay resabios románticos, donde ciencia y mística se mezclan por medio de experimentos relacionados con la conciencia humana en viaje cósmico. Es de reconocer que el tema básico es eminentemente trascendentalista, esotérico, más cercano al Golem de Gustavo Maeterlinck que al Frankenstein de Mary Shelley. Los métodos usados por el donador son, eso sí, los de la investigación científica decimonónica, pero el fin de tal investigación cae en el ambiguo terreno de la indagación parasicológica. Representa una ciencia ficción basada en supuestos más mitológicos que realistas, en una ciencia que es más deseo místico que posibilidad imaginativa. En el relato de Nervo el doctor Rafael recibe el regalo de una doble alma, la suya y la de Alda, su amada. Alda “no podía recordar sino con la memoria del doctor”, pero “sí podía discurrir acerca de sus frecuentes y largos viajes por el cielo”, especialmente por los planetas del sistema solar, por lo que sus periplos le dan oportunidad de contemplar “las constelaciones geométricas que ruedan en el éter, arrancándole vibraciones de una música formidable y augusta. Porque en el universo todo canta”. Según Alda, ella sola, su alma sola, ha recorrido “seiscientos planetas en cuarenta sistemas” diferentes unos de otros, pero en todos ellos siempre está presente la mano de la divinidad, el soplo de Dios. A esto hay que añadir que, divinas o no, las descripciones de Nervo anticipan las imágenes que el cine habrá de popularizar en años posteriores:

“Amado Nervo representa a un nuevo tipo de autor que se pone a reflexionar sobre el futuro a partir de los elementos que percibe en su tiempo y en su circunstancia”

habitan el divino privilegio del vuelo; donde la vegetación es roja y los mares de un lila prodigioso; donde existen maravillosas obras de canalización para comunicar los océanos y llevar el agua, proveniente del deshielo de los polos, por todo el haz del planeta; donde la humanidad, más hermosa y perfecta que la nuestra, ha resuelto ya todos los problemas sociales y religiosos que aquí nos preocupan, y adora a Dios en espíritu y en verdad. A Júpiter, donde la naturaleza apenas pasa por sus primeras crisis geológicas; donde los mares turbulentos, de que más tarde ha de surgir la vida, cuajan archipiélagos de algas que poco a poco desaparecen, y se encrespan, y se agitan, furiosos de no hallar, para lamerlos con caricia infinita, ni los cantiles de una roca ni las arenas de una playa. A Venus, donde es todo verde, un verde que abarca inmensa gama de matices; donde el hombre surge apenas, velludo y atleta, y labra el sílex a la sombra de las grandes cavernas hospitalarias, y pelea sin descanso con los monstruos primordiales. A Neptuno, donde la humanidad es aún más civilizada que en Marte; donde el hombre ama al hombre como a sí mismo, y Dios se manifiesta a sus criaturas por medio de signos de la más alta poesía y de la más sutil delicadeza”.

XIX y principios del siglo XX, la que hoy llamaríamos ciencia ficción nacional, se expresa bajo las influencias literarias de Edgar Allan Poe y Julio Verne. Del primero recibe una visión tamizada por el terror y la ambientación gótica de sus escenarios. Del segundo, el tema de los viajes y las experiencias increíbles para su época. Una nueva etapa narrativa surge en 1906, con la publicación de su libro Almas que pasan, donde aparece su cuento “La última guerra”, que está escrito en un tono naturalista, ajeno a todo idealismo romántico. Con este relato de Nervo, la ciencia ficción latinoamericana deja, finalmente, su trascendentalismo psicológico y acepta la realidad social disfrazada de fábula de Esopo. Junto con Leopoldo Lugones, Amado Nervo inaugura un estadio conceptual más maduro, menos individualista, menos sujeto al maniqueísmo entre lo cuerdo y lo enfermo, lo real y lo imaginario. El futuro ya no se circunscribe a un mundo doméstico, a un laboratorio decorado como castillo de novela gótica, sino que se desplaza hacia la plaza pública, hacia la calle y las multitudes que la habitan y dominan, que la hacen suya con su relajo y su bullicio. En la prosa de Nervo la ciudad aparece no como una utopía o visión perfeccionada de la realidad, sino como el espacio idóneo para el tumulto, el motín, la zacapela.

La última guerra

“A Marte, donde la atmósfera es sutil y purísima, donde la leve densidad permite a los seres que lo

Hay que puntualizar aquí que la narrativa futurista mexicana, la que aparece entre fines del siglo

En “La última guerra”, Amado Nervo nos sitúa en un futuro donde ya se han llevado a cabo las tres grandes revoluciones de la humanidad: la cristiana, la fran-

Amado Nervo, Obras Completas, Aguilar, S.A. de Ediciones Madrid, 1952.

cesa y la socialista (ocurrida en el año 2030). Pero aún falta la cuarta revolución, ya que para entonces, “la humanidad, acostumbrada a una paz y a una estabilidad inconmovibles, así en el terreno científico, merced a lo definitivo de los principios conquistados, como en el terreno social, gracias a la maravillosa sabiduría de las leyes y a la alta moralidad de las costumbres, había perdido hasta la noción de lo que era vigilancia y cautela, y a pesar de su aprendizaje de sangre, tan largo, no sospechaba los terribles acontecimientos que estaban a punto de producirse”. La ignorancia del complot al que los humanos iban a enfrentarse parte de la visión de Nervo, muy revolución social, de que había dos clases de seres pensantes: “los hombres, la clase superior, la élite” y los animales, humanidad inferior que iba progresando muy lentamente” y que, como la vieja servidumbre, “ejecutaban todos los servicios, hasta los más pesados, como los de la cocina (preparación química de pastillas y de jugos para inyecciones), el aseo de la casa, el cultivo de la tierra, etc.”, y para los humanos “no era común tratar con ellos, sino para darles órdenes en el idioma patricio, o sea el del hombre, que todos ellos aprendían”.

Y los animales aprenden rápido. Pronto se organizan y preparan muy saga proletaria, muy Rebelión en la granja de Orwell, cuarenta años antes que la novela del británico para derrocar de su pedestal a los humanos. El narrador del cuento es un hombre, uno de los últimos sobrevivientes, quien deja su testimonio del conflicto y acepta que ya es inevitable que esa nueva humanidad tome el destino de la Tierra en sus garras, hocicos y pezuñas. Como en La máquina del tiempo de H.G. Wells, aquí los hombres del futuro se vuelven seres displicentes, amos descuidados que acaban por perder “hasta la noción de lo que era vigilancia y cautela” y no ven el “inmenso complot” que fraguan los animales domésticos que ahora les sirven como esclavos y sirvientes. Lo que “La última guerra” nos relata es la historia de una cuarta revolución, la de los animales humanizados contra la élite humana. Y aunque Nervo asegura que “los animales no podían quejarse” por la “dulzura del yugo” al que los hombres los sujetan, también reconoce que las causas de la revolución son “las mismas que han ocasionado, puede decirse todas las revoluciones: viejas hambres, viejos odios hereditarios, la tendencia a igualdad de prerrogativas y de derechos y la aspiración a lo mejor, latente en el alma de todos los seres”. Como el régimen porfirista, el gobierno de la humanidad es paternal con sus criaturas, lo que ayuda a que éstas pudieran conspirar a su antojo; como es el caos de Can Canis, el líder del complot, “perro de una intelectual notable, aunque muy exaltado”, quien en un gimnasio para mamíferos en las faldas del Ajusco reúne a sus seguidores para explicarles el propósito de la revolución, un do-

mingo de agosto del año 5532 de la nueva era:

“Mis queridos hermanos empezó Can Canis : La hora de nuestra definitiva liberación está próxima. A un signo nuestro, centenares de millares de hermanos se levantarán como una sola masa y caerán sobre los hombres, sobre los tiranos, con la rapidez de una centella. El hombre desaparecerá del haz del planeta y hasta su huella se desvanecerá con él. Entonces seremos nosotros dueños de la tierra, volveremos a serlo, mejor dicho, pues que primero que nadie lo fuimos, en el albor de los milenios, antes de que el antropoide apareciera en las florestas vírgenes y de que su aullido de terror repercutiese en las cavernas ancestrales”.

Cuando la revolución finalmente irrumpe en el plácido mundo de los hombres, sorprende a una humanidad totalmente desprevenida, que “había olvidado ya su historia de dolor y de muerte”, y que no cuenta con armamentos para hacer frente a tal desafío. Por ello el narrador humano de “La última guerra” afirma, aún estremecido, que en aquella revolución “se emplearon máquinas terribles, comparadas con las cuales los proyectiles eléctricos, las granadas henchidas de gases, los espantosos efectos del radium utilizados de mil maneras para dar muerte, los choques telepáticos... todos los factores de combate, en fin, de que la humanidad se servía en los antiguos tiempos, eran risibles juegos de niños” ante este nuevo cataclismo que se nos narra con singular maestría. Llevado por una lógica inflexible, Nervo nos presenta los factores que inciden para que

esta revolución se realice de una manera sangrienta, definitiva:

“Los animales manejaban las máquinas de todos géneros que proveían las necesidades de los elegidos: la química era para ellos eminentemente familiar, pues que a diario utilizaban sus secretos: ellos poseían además y vigilaban todos los almacenes de provisiones, ellos dirigían y utilizaban todos los vehículos... Imagínese, por tanto, lo que debió ser aquella pugna, que se libró en la tierra, en el mar y en el aire... La humanidad estuvo a punto de perecer por completo; su fin absoluto llegó a creerse seguro (seguro lo creemos aún)... y a la hora en que yo, uno de los pocos hombres que quedan en el mundo, pienso ante el fonotelerradiógrafo estas líneas, que no sé si concluiré, este relato incoherente que quizá mañana constituirá un utilísimo pedazo de historia... para los humanizados del porvenir, apenas si moramos sobre el haz del planeta unos centenares de sobrevivientes, esclavos de nuestro destino, desposeídos ya de todo lo que fue nuestro prestigio, nuestra fuerza y nuestra gloria, incapaces por nuestro escaso número y a pesar del incalculable poder de nuestro espíritu, de reconquistar el cetro perdido, y llenos del secreto instinto que confirma asaz la conducta cautelosa y enigmática de nuestros vencedores, de que estamos llamados a morir todos, hasta el último, de un modo misterioso, pues que ellos temen que un arbitrario propio de nuestros soberanos recursos mentales nos lleve otra vez, a pesar de nuestro escaso número, al trono de donde hemos sido despeñados. Estaba escrito así...”

La obra de ciencia ficción de Amado Nervo es un paso adelante de la visión romántica del cosmos. Si todavía en El donador de almas aparecen ciertos temas caros a la narrativa del siglo XIX la transmigración de las almas, el viaje mental , en “La última guerra”, Nervo pone la piedra de fundación de una ciencia ficción más propensa a la especulación científica sin concesiones románticas o teosóficas. El futuro deja de tener un halo luminoso y se vuelve un espacio en claroscuro. El protagonista desgarrado por el afán de conocimientos que termina por asesinar a su creación mayor o a su experimento más logrado, se vuelve un hombre desplazado del trono de la creación, un dios caído, en desuso, que deja su lugar a nuevas especies en ascenso. El dueño del mundo ha dado paso al hombre sin atributos, se ha vuelto un escarabajo kafkiano. Lo narrado ya no se sitúa en el cosmos de la mente humana sino en el escenario de los conflictos sociales. Ante la humanidad futura que Nervo nos muestra, los animales domésticos han reclamado: “Sufragio Efectivo y No Reelección”. Y luego, para ser congruentes con ellos mismos, han tomado las armas para hacerse justicia por sus propias garras.

Nébula Andrómeda, imagen de inicios del siglo XX.

Contemplado a más de un siglo de distancia, la alegoría es obvia pero no por ello menos poderosa: en “La última guerra”, Nervo se muestra como un autor de ciencia ficción a la altura de H.G. Wells y Jack London. Su historia plantea, sociológica, antropológicamente, el destino de la humanidad. La teoría de la evolución de Darwin y el materialismo dialéctico a la Marx se perciben como asideros conceptuales de la trama, lo mismo que la emancipación de los esclavos negros por la Guerra civil norteamericana sirve de punto de comparación para los lectores de su época. Lo notable aquí es que “La última guerra” sea la historia de la rebelión de los siervos contra sus amos bondadosos pero implacables en su autoritarismo, incapaces de escapar de sus privilegios de clase o, mejor dicho, de especie. Si hay algo premonitorio en este relato es que expone, de una manera más cierta, más realista incluso, lo que sería una revolución social, con su carga de rencores, altruismo, derramamiento de sangre y ruptura política sin concesiones. Un tono profético anuncia, en esta rebelión nacida en un barrio pobre de la Ciudad de México y a las faldas del Ajusco, que la Revolución Mexicana ya había dado comienzo en las páginas de un poeta mexicano tan ajeno al ejercicio de las armas, pero sensible a los tiempos que eran suyos. Y uno se pregunta: ¿Francisco Madero leería el cuento de Amado Nervo? ¿Y José Vasconcelos? ¿Y Ricardo Flores Magón?

Viajero precoz del tiempo y el espacio En cuentos posteriores, escritos en su etapa final de vida, Amado Nervo aborda otros temas afines a la ciencia ficción de sus días. En “Los congelados”, por ejemplo, que forma parte de sus Cuentos misteriosos, libro póstumo recopilado por Alfonso Reyes, Nervo nos dice en voz de un joven sabio que “la vida no es ya para la ciencia más que algo semejante a ese fluido eléctrico; es decir, una de las fuerzas constantes de la naturaleza”. Bajo esta visión mecanicista, el cuerpo es el equivalente de una máquina que puede ser prendida o apagada cuantas veces sea necesario. El sabio, como en un hombre arrepentido por lo que ha hecho, divulga información secreta sobre un experimento en marcha: “En un subterráneo especial, al que puedo conducir a usted cuando guste, yacen congelados en ataúdes diáfanos, que se hallan a temperaturas terriblemente bajas, varios hombres, sí, señor, varios hombres que, por su voluntad, han querido dormir, dormir mucho tiempo, meses, años... para poner un paréntesis de hielo y de dulce y sosegada inconsciencia entre su dolorosa vida de ayer y la vida de mañana (que esperan sea superior a esta), en una sociedad más sabia”.

En otro texto, “El sexto sentido” (1918), Nervo explora, de nuevo, el porvenir gracias a una operación cerebral que permite poner en activo el sexto sentido de la

humanidad: la visión del futuro. De nuevo un sabio, esta vez un médico, expone su óptica: “antes de dos siglos buena parte de la humanidad, los más afinados, lo verán sin duda... ahora mismo, dados los adelantos admirables de la histología, un Ramón y Cajal..., yo mismo, vamos, podría acaso dar a un cerebro, mediante una operación relativamente sencilla, esa facultad de percatarse del mañana, de conocerlo, de verlo con la misma visión clara y precisa que se ve el ayer... ¿Pero habría hombre que se atraviese a ponerse en nuestras manos para esa operación?” Por supuesto, lo hay y es el propio narrador de la historia, quien nos contará sus tribulaciones con ese sexto sentido, su encuentro con el futuro.

Amado Nervo es, así, escritor mexicano de ciencia ficción que reúne, en él mismo, las enseñanzas de Julio Verne y de H.G. Wells, la aventura maravillosa y la visión catastrofista. Por ello, podemos aplicarle a Nervo las mismas palabras con que despidiera a Julio Verne en 1905, al cual llama un “amable profeta”, y a quien saluda en su tránsito final como: ¡Oh buen viejo!, ¡Oh, oh dulce abuelito! Tus cuentos eran bellos. Aprendíamos mucho y soñábamos mucho... te sustituye Wells, el terrible, el genial, el inmenso Wells... Pero a ese, ¡oh amable abuelito!, no lo leerán los niños”. Y como ambos, Nervo, su literatura fantástica, sus relatos de ciencia ficción, sus novelas de psicología futurista o anticipación social, son material todavía disfrutable

para niños y adultos, signos luminosos que pasman el espíritu.

Leer esta veta de su obra nos permite asomarnos a las esperanzas y temores de un México que vivía al filo del porvenir, de un país que se asomaba al abismo de cambios telúricos, de transformaciones violentas. En esas primeras décadas del siglo XX, Amado Nervo fue un viajero precoz del tiempo y el espacio, un escritor apasionado por conocer lo que le deparaba el futuro, un visionario que pudo ofrecernos los atisbos de una humanidad en perpetua lucha por sobrevivir, en constante desafío por prevalecer. Tanto en sus poemas-travesías por el espacio sideral como en sus relatos de revoluciones por suceder, estamos ante un escritor mexicano que se dio a la tarea de pensar hacia dónde iba el mundo, cuáles eran los peligros que le aguardaban en sus avances tecnológicos, en sus creaciones científicas, en su marcha evolutiva rumbo a la creación de nuevas formas de sociedad, de nuevas maneras de ser y de mutar. Tal es su aportación, por demás original, a las letras nacionales. Tal es su perspectiva para acrecentar el campo de la imaginación literaria. Ese Amado Nervo es el que ahora, en este siglo XXI, debemos conocer a fondo, debemos darle su lugar como pionero mexicano de las travesías por el tiempo, como explorador latinoamericano de los viajes por el cosmos, como escrutador de las revoluciones de nuestro aquí y ahora.

Fases de la Luna, 1910.
Fotos:
Archivo Palabra

ESTAR NEPANTLA

Un licenciado con cuatro décadas

EPor Eduardo Cruz Vázquez Periodista, gestor cultural, ex diplomático cultural, formador de emprendedores culturales y ante todo arqueólogo del sector cultural angol97@yahoo.com.mx

jercemos el libre y soberano derecho de ponerle el número que mejor nos ajuste a ciertos fenómenos de la vida, no sin evidencias. En el primer semestre de 1979, en la etapa final del tercero de preparatoria, con apoyo del director de Difusión Cultural de la Universidad La Salle (ULSA), edité en mimeógrafo mi primera publicación, Hojas Sueltas. Monitor literario.

En sus páginas, además de poemas, algún cuento e ilustraciones de los amigos que me siguieron en la aventura, escribí por primera vez un intento de artículo en el que criticaba las modalidades de expresión de cierta franja de chicas y chicos pirruris, justo a contrapelo del personaje creado por el cómico Luis de Alba.

Me sentía encarrerado en la pasión del periodismo.A ello abonaba el estímulo generoso de mi hermano Jorge (19482020) que desplegaba afanes editoriales, la poesía y la reseña crítica desde los pasillos universitarios en Ciencias Políticas de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México). Sin

embargo, vaya tiempos, mi padre me detuvo en seco. Era abogado y no conforme con que mi hermano mayor, Humberto, lo fuera, logró que me inscribiera en la misma ULSA en la Licenciatura en Derecho.

Aborté la misión impuesta a los pocos meses. Me dormía en todas las clases. Sólo me ilusionaba llegar al aula por compartir, por primera vez, las bancas con mujeres. Por supuesto mi papá enfureció y puso en duda mi destino. Mientras llegaba el examen de admisión para la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), en cuya unidad Xochimilco se impartía la novedosa Licenciatura en Ciencias de la Comunicación, con apoyo de Jorge, entré a Radio Educación como aprendiz de todo y particularmente en la elaboración de guiones. Me llevó a conocer los Estudios Churubusco, con otra amiga suya rondé semanas en los estudios de Televisa San Ángel y con uno de mis cuates, sobrino del dueño del Diario de México, repasé del cabo al rabo la producción de un periódico.

“Me sentía encarrerado en la pasión del periodismo. A ello abonaba el estímulo generoso de mi hermano Jorge (1948-2020) que desplegaba afanes editoriales, la poesía y la reseña crítica desde los pasillos universitarios en Ciencias Políticas de la UNAM”

Al fin entré, enjundioso, a la UAM Xochimilco, en el segundo trimestre de 1980. Ese mismo año le propuse al entonces rector, Luis Felipe Bojalil, la edición de Hojas Sueltas. Renació para instalarse como revista institucional por casi 5 años, más allá de mi instancia en la universidad. Su impresión en offset, con diseñador designado, con la complicidad de varios compañeros,

como Juan Raúl Barreiro, entrañable desde entonces; con amigos que luego se extraviaron, como Álvaro Leyva; de mi maestro de literatura de la prepa, Francisco Elorriaga, siempre cerca, y de profesores uamitas como el admirado Jaime Moreno Villarreal. Como editor de la revista Territorios, Roberto Escudero, publicó mi primera reseña de un libro, El tesoro de Moctezuma, del inolvidable Carlos Isla.

En esos años, con la designación de Francisco José Paoli en la rectoría, me hice cuate de Federico Campbell, su asesor editorial. Era la dicha de mis estudios universitarios, llenos de una galería de personajes, entre ellos el físico Sergio Reyes Luján, a quien conocí como secretario de la unidad Xochimilco y luego fue nombrado rector general. Persistimos en nuestros encuentros. Algo especial nos une: es mi único amigo que ha plasmado su firma en las dos actas de mis matrimonios civiles.

En septiembre de 1983 entré a trabajar a la Dirección de Difusión Cultural de la UAM. Mi jefe, el escritor Evodio Escalante. El secretario general, el también escritor Jorge Ruiz Dueñas. Mi labor, redactar boletines y colaborar en las relaciones públicas con mi jefa Cecilia Lemberger.

En junio de 1984 celebramos con mis compañeros de generación, entre ellos Gregorio Luke, nuestra titulación como licenciados. Han pasado 40 años y si bien he dedicado mucho tiempo a la gestión cultural festejo, este 2024, el ser, ante todo, periodista.

Burroughs para melómanos

En William S. Burroughs y el culto del rock ‘n’ roll, de Casey Rae, se puede observar que la propuesta de cut-ups de “El Hombre Invisible” brincó del papel y de lo abstracto a lo sonoro y a la grabación.

Nadie se beneficiaría más de su filosofía que la música

Por Carlos Velázquez

Narrador y cuentista, Premio Bellas

Artes de Narrativa Colima 2018, autor de La Biblia Vaquera y El menonita zen @charlyfornicio

La influencia que William Burroughs ha ejercido en la música merecía ser antologada en un libro desde hacía décadas. Por fin, el músico y escritor Casey Rae se entregó a la tarea en William S. Burroughs y el culto del rock ‘n’ roll (Club de fans, 2023). Un trabajo de arqueología de pop exquisito y exhaustivo. Un recorrido por distintas eras, corrientes y géneros en los que “El Hombre Invisible” dejó su huella.

Como parte de la triada Beat, la relación de Burroughs con la música estaba en su ADN. Sin pretenderlo, y sin sospecharlo, Burroughs contaminó el pensamiento y el quehacer de algunos de los personajes más grandes de la historia del rock. Favor que décadas después le fuera devuelto por las generaciones punk y grunge. Quienes lo reconocieron como su santo patrono.

“Para Burroughs no fue difícil entablar amistad con aquellos que se le acercaron. Ya fuera por unas horas, unos días, o hasta su muerte”

William S. Burroughs y el culto del rock ‘n’ roll es una biblioteca musical en forma de libro. Una  playlist que es indispensable acompañar consultando el YouTube y el Spotify. De hecho, en este último existe una lista de reproducción creada por Casey Rae, con veinticinco canciones. Una probadita apenas de lo consignado en el libro. Porque sumergirse en el amplio espectro de música en la que Burroughs tuvo injerencia es un viaje de varias semanas de duración. Además de sus discos de Spoken Word y de los experimentos sonoros junto a Ian Sommerville o Genesis P-Orridge, Burroughs aparece mencionado en decenas de canciones.

Cómo se mimetizó Burroughs con la música es un proceso digno de estudio. De objeto de admiración, pasó a la colaboración directa con nada menos que Ringo Starr y Paul McCartney. El mal llamado “Beatle fresa” no era tan fresa. Su interés en el heroinómano más famoso del planeta propició veladas en las que grabaron material experimental en un estudio improvisado y financiado por él mismo. Kerouac grabó dis-

William S. Burroughs y el culto del rock ‘n’ roll es un trabajo de arqueología de pop exquisito y exhaustivo.

cos con Steve Allen, Ginsberg con el Kronos Quartet, pero sólo Burroughs se codeó con la realeza del rock. La lista no acaba ahí. Incluye a artistas como The Rolling Stones, Tom Waits y Sonic Youth.

Burroughs, el invitado del cielo A diferencia de Ginsberg, que ansiaba ser venerado como una estrella de rock, a Burroughs las invitaciones le caían del cielo. Atrajo la atención sobre todo de los vanguardistas. Frank Zappa fue uno de los distinguidos miembros del culto. Así como Iggy Pop, Lou Reed, Laurie Anderson y Patti Smith, entre otros.

Sin embargo, nadie lo vampirizó tanto como David Bowie. Él y Dylan cambiaron su visión tras el contacto con la obra de Burroughs. Dylan explicaba que obtenía sus imágenes de fotografías que desperdigaba por el suelo. Propiciando así la libre asociación con la que se crearían los versos de las canciones de discos como  Blonde on Blonde. Una salida para los  cutups que Burroughs nunca se cansó de promover. Y que del papel y de lo abstracto brincaron a lo sonoro y a la grabación. Estableciendo que nadie se beneficiaría más de la filosofía de Burroughs que la música.

En el capítulo dedicado a Bowie se expone puntualmente cómo la técnica de los cut-ups modificó su manera de componer. Pero a diferencia de otros creadores, Bowie no se tomó el cut-up de manera literal, sino como un punto de partida. No privilegió el sinsentido. Y la yuxtaposición de imágenes siempre se modificó en búsqueda del sentido. Bowie se nutrió de Burroughs durante toda su carrera. Lo retomaría en cada década de distinta manera. Eso no lo describe Casey Rae en el libro, pero no hay que quebrarse mucho la cabeza para deducir que Nathan Adler, el protagonista del disco 1. Outside, está basado en Burroughs. Un homenaje que no se presentaba tan pronunciado desde  Diamond Dogs

Aunque se hace hincapié en la estrecha relación entre Burroughs y Sonic Youth, se pasa por alto la mención del disco  NYC Ghosts & Flowers, en cuya portada aparece una obra del escritor:  X-Ran May. Publicado en el 2000, es una despedida para Burroughs, que había fallecido tres años antes. Newyorkinos por excelencia, tanto la banda como el autor se entendieron a la perfección. El trabajo de Sonic Youth anterior a su etapa más pop parece música incidental de las novelas de Burroughs. Un año antes, en el disco  A Thousand Leaves, se habían despedido del otro beat muerto en el 97 con la canción “Hits of Sunshine (for Allen Ginsberg)”.

De entre los datos que se le escapan a Casey Rae, estoy seguro que a mí me rehúyen otros tantos, está el homenaje que le hace el pianista Brad Mehldau en su disco de 1999, Elegiac Cycle Incluye la canción “Elegy for William Burroughs and Allen Ginsberg”. Una pieza que rezuma la tristeza por la muerte del autor.

“William S. Burroughs y el culto del rock ‘n’ roll es una biblioteca musical en forma de libro. Una playlist que es indispensable acompañar consultando el YouTube y el Spotify. De hecho, en este último existe una lista de reproducción creada por Casey Rae, con veinticinco canciones”

Nacido en Jacksonville, Mehldau se convirtió en una de las figuras del movimiento jazzero del Downtown de Nueva York durante los años noventa del siglo pasado.

Una razón extra de dos yonquis Los newyorkinos no podían escapar a la injerencia de Burroughs. Desde Debby Harry hasta Lou Reed departieron con él. Este último lo haría por una razón extra. Ambos eran yonquis consumados. Su primer encuentro fue algo ríspido. Cuenta Rae que durante los días del Búnker, el espacio sin ventanas en el que vivía Burroughs en Nueva York, Lou Reed llegó tarde a la cita y casi al final de la reunión le lanzó una pregunta incómoda. Lo cuestionó acerca de los días finales del Kerouac Rey de los Beats. Lejos de sentirse mortificado, Burroughs respondió con una sinceridad apabullante.

De entre todos los encuentros y asociaciones de Burroughs ninguno ha resultado tan mítico como el

que sostuvo con Kurt Cobain. Se concretó durante una visita de Nirvana a Lawrence, Kansas, para ofrecer un show. Burroughs se había mudado por recomendación de su secretario James Grauerholz. La atracción que sentía Cobain hacia Burroughs quedó documentada en unas cuantas fotografías. Y fruto de esa conexión es The “Priest” They Called Him, editado en vinilo de diez pulgadas. A estas alturas el autor había adquirido el aura de capilla viviente. Los músicos peregrinaban hacia él como los creyentes lo hacen con los templos.

Para Burroughs no fue difícil entablar amistad con aquellos que se le acercaron. Ya fuera por unas horas, unos días, o hasta su muerte. Pocos de sus encuentros fueron desafortunados. Como el que se malogró con Ian Curtis de Joy Division. Burroughs nunca tuvo buena suerte con sus hijos. Mientras envejecía vio cómo se le morían aquellos en los que su influencia había sido significativa. Unos se arrebataron la vida, como Cobain y Curtis, y otros, como William Burroughs Jr., murió por complicaciones de un trasplante de hígado. Quiso evitar la vida de excesos de su padre, pero no estaba hecho de la misma madera.

Como ocurrió con la obra de Burroughs, que muchos que la leyeron formaron bandas de rock, con William S. Burroughs y el culto del rock ‘n’ roll seguro pasará lo mismo. Porque algo queda claro después de darle lectura: el poder de su obra seguirá influenciando a las futuras estrellas de la música.

Lectura imprescindible de William S. Burroughs.
Foto: Archivo Palabra

Henry Miller: El Golfo de New York

Lo que encontramos en las deliciosas páginas de Henry Miller no es algo cómodamente seco, como un racimo de rosas olvidadas, tinta despostillándose o algo así, sino un manantial de pétalos desnudos, vitales, jugosos, calientitos, vibrantes y sardónicos como la vida misma

El sexo es una de las nueve razones para la reencarnación... Las otras ocho no son importantes. Henry Miller

I

EL DULCE EROTISMO DE LA SIMPATÍA

En mi juventud temprana, en un trance que admití con fascinación agotadora, leí al golfo de New York, Henry Miller. Todos sus libros, en un solo cuerpo de obra, se asentaron en un legado de sabiduría variada. Conocer a Miller me permitió empaparme lo mismo del lúbrico juego de la vida que de la falsedad cínica de la Historia, así como del fascinante mundo griego y del legado incuestionable de Krishnamurti.

Amé a Henry Miller, sobre todo el Miller de El Coloso de Marusi.

Conocía bien a Sócrates y la cicuta, y a Platón como escriba y autor del reino del bien y la belleza —incitador del fantasma del Cristianismo—, al clasificador y clarificador de Aristóteles, maestro de Alejandro Magno, y a los filósofos Cínicos, con Diógenes de Sinope aullando a la cabeza.

Pero con ese libro maravilloso, si cabe la ambigüedad: estampa de una antigua civilización moderna, inicié mis amoríos con Grecia y mi amistad eterna con Nikos Kazantzakis, Giorgos Katsimbalis (el “Coloso” de Miller), Yannis Ritsos, Odysséas Elýtis y Giorgos Seferis.

Henry Miller en la felicidad lúbrica de su escritorio.

Y cuando el tiempo era benigno y templaba nuestros horarios, conversaba la noche entera con Facundo Cabral, y nos recitábamos largos fragmentos de “El Coloso...” como testamento de nuestro paso por las inconmensurables páginas del “Coloso de Nueva York”, el Miller que adoramos.

“Señora —se oía decir a Miller, en boca de Cabral—, hay que elegir siempre entre dos caminos a tomar; uno lleva a la seguridad y a la comodidad de la muerte, el otro conduce no se sabe a dónde, pero va recto. A usted le gustaría volver a sus curiosas tumbas de piedra y a sus vallas de cementerio familiar. Vaya, pues, caiga de nuevo en lo más profundo, en el fondo impenetrable del océano de la destrucción. Vuelva a caer en ese sangriento letargo que permite a los idiotas coronarse reyes. Vuelva a caer y retuérzase convulsionada con los gusanos de la evolución. Yo sigo adelante. Sigo adelante, pasados los últimos escaques blancos y negros. La partida ha terminado, las piezas han desaparecido, las líneas se han borrado, el ajedrez se ha enmohecido. Todo se ha vuelto bárbaro”.

Tal como lo determinó el propio Miller: “Era mejor pasar la tarde charlando y cantando, o descansando sobre las rocas al borde del agua y estudiando las estrellas con un telescopio”.

Pasadas las páginas y los años, observo que la amistad que Henry Miller guardó con Anaïs Nin está impregnada por el dulce erotismo de la simpatía. Tierna amante del autor de Trópico de Cáncer, ella extiende con gratificante exquisitez las enseñanzas parisinas de un hombre hecho de carne y arte, espiritualidad a la enésima potencia, convirtiéndose en beneficiaria de una develación lúcida e íntima, pletórica de libertad humana.

Tanto Anaïs como Miller, no descreen del genio de Rabelais —con su permisible “haz lo que quieras”— y, en una explosión de belleza y verdad, se instituyen como pilares de la literatura sensual y amatoria del siglo XX —un siglo que se derrumbó en guerras y dio paso a una avezada tecnología que actualmente se especializa en multiplicar la arrogancia brutal de todas las ignorancias—; digo, bellezas y verdades que se observan poco ahora, cuando el mundo ha transformado la pulsión de vida en demencia judicial, confundiendo el esplendor carnal de un arte milenario con el acoso sexual.

diendo la masturbación en el cuerpo de otro con la felicidad que proporciona la naturaleza del placer.

Sí, recomiendo todo Henry Miller, su “Colosal” obra universal.

II

MILLER NOS PEGÓ UNA PATADA EN EL CULO

En París continuaba la fiesta, eran los años 70 del siglo XX y había muchas tesis de doctorado circulando con el tema antropológico del budismo. Después de vivir su práctica, a Facundo Cabral le interesaba formalizar con el Zen, sobre todo en el repertorio académico de La Sorbona.

La estadía marcaba dos años, una infinitud de lecturas —Suzuki, Krishnamurti, Gurdjieff, Merton, Fromm, Yogananda, Osho, Ramakrishna y muchos otros—, peregrinajes a la India, Medio Oriente y, desde luego, conciertos destinados a resaltar las bondades y un legado milenario de sabiduría ancestral. No podía decir que la revuelta y la canción de protesta quedaron atrás, pero Argentina —embrión de la Junta Militar— ya no daba para más. La Operación Cóndor, que tanto lastimó al Cono Sur, ya trituraba el trigo (a los que profesaban lo contestatario) y dejaba la paja (a quienes hicieron de América Latina un nuevo prostíbulo). Así que cuando le preguntaba sobre estos asuntos —el exilio, su broca con los militares—, Cabral me aleccionaba sobre lo cruento de la época, pero también de la lucha interior: vencerse a uno mismo.

una patada en el culo fue Henry Miller, porque Miller era uno de los nuestros. Él hacía literatura viviendo y hablando como se vive y se habla en las calles. Y nosotros no sabíamos que esa era una manera de hacer buena literatura”.

“Pasadas las páginas y los años, observo que la amistad que Henry Miller guardó con Anaïs Nin está impregnada por el dulce erotismo de la simpatía”

“Mira, yo estuve exiliado toda la vida, primero de la sociedad; o sea, no fue por los militares, los militares fueron los más bestias conmigo: catorce veces me aplicaron electricidad en los huevos, por ejemplo; diecisiete detenciones, que fue la causa del cáncer; pero no fue nada de lo que fue la sociedad. A mí el mediocre o el cobarde me hizo mucho más mal que los dictadores. Por eso Henry Miller fue un ejemplo, y dije: ¡Puta, hay otra gente, y por él estoy aquí!”, solía reparar en quienes, a través de la literatura, fueron sus fuentes de libertad.

Después de recitarnos al Coloso de Nueva York por entero (como cito arriba), concluíamos que esos fragmentos son los más hermosos que ha parido la puta literatura del siglo XX. Y yo solía agregar: “Como tú, Facundo, Henry Miller es la auténtica vocación del hombre sobre la Tierra”. Y Cabral reía, sanamente reía como un sabio loco...

Si la voluptuosidad ginecológica de ambos sexos no se transforma en dulce erotismo y simpatía, la neurótica especie que nos habita estará condenada a rentar carne esterilizada y freírla al calor de los hologramas, confun-

En 1992 había ganado un premio importante (Los Juegos Florales sobre El Encuentro de dos mundos). Los poemas los traía siempre conmigo, a mi lado, bajo el brazo, en una carpeta misteriosa. Me ofrecían fuerza, como amuletos estelares. Una noche de concierto, junto con las Cartas de Henry Miller a Anaïs Nin, se los cambié a Facundo Cabral por algunos textos, provocando estas celebraciones: “El primero que nos pegó

“Hay tipos que escriben cosas prodigiosas desde el principio y hay otros que se hacen poetas con el tiempo: Mozart crea espléndidas sinfonías a los 6 años y Henry Miller escribe la gloria de los dioses en su primera novela a los 39”. Y, mirando para todos lados, luego se ponía serio, bajaba la voz y entonces me contaba de los misterios tibetanos, del amor acompañado del levitar, de la magnificencia y ternura de Brenda Venus (la mujer que acompañó a Miller hasta su muerte, a los 89 años) y de los poderosos monjes astrales que eyaculan hacia adentro (como la eyaculación retógrada de los que padecen de la próstata)... Es decir, hablábamos, reíamos y flotábamos en una transparencia erótica y mística, como si en ese momento de la plática se viviera dentro de una pecera de neón rosa...

Anaïs Nin, defensora del surrealismo erótico.

“Como te pasó a ti, Poeta del periodismo —solía llamarme así—, publiqué muchos artículos en algunas planas de los periódicos de España, donde hacía mención de todo ese legado de enseñanzas. Y hay un par de long play que guardan esa etapa, muy cercana a la mística, que luego me llevarían a encontrarme con Krishnamurti, ese gran animal que nos marcó a todos y para siempre. Después de Miller, con él atenué mi furia; leer a los verdaderamente grandes me había cambiado la óptica: el mundo era otro porque yo era otro. Descubrí así que Osho, Zorba el Buda, era mi alma gemela...”

Sorprendido, le interrogaba: “¿Cómo conociste a Krishnamurti?”. Y Facundo, siempre generoso: “Como te comento, fue a través de los libros, así como lo conoce la mayoría en el mundo, la mayor parte de la gente. Encontré una vez un libro que se llamaba La libertad primera y última y se armó un desastre porque nunca había encontrado un liberador de la altura de Krishnamurti. Sí, había encontrado maestros, había encontrado gurúes, líderes, brahmanes... Pero con Krishnamurti fue una cosa increíble, diferente, porque fue el primer hombre que no me dio ninguna oportunidad de distraerme, como los demás… Yo tenía que buscar dentro de mí. Hubo una frase del Maestro, excepcional, que fue la que marcó nuestra relación. Yo había leído un libro de Henry Miller, ese animal de categoría inigualable, que ya te conté mi relación con él…”

murti. Ahí comenta que era el hombre al que más quisiera conocer de los mortales que todavía caminaban sobre este maldito planeta”

En una de esas conversaciones, a finales de los años 80, llevaba en las manos la edición de Paraíso a la deriva (Planeta, 1985); Facundo Cabral la tomó para sí, la revisó con ternura, abanicó sus hojas y, mirándome fijamente a los ojos, me explicó cómo Jorge Luis Borges había corregido y estilizado sus “vagabundeos” —incluso, llamado a Arturo Infante, el director de la editorial Planeta Argentina— cuando él leía para el Maestro (en un momento de su vida, Borges ocupó lectores, entre ellos Ester de Izaguirre, el mismo Cabral y Alberto Manguel). Al ofrecerme la lectura en voz alta de su primera parte, se interrogó una vez más quién había escrito la maravillosa frase: “La gloria es el Sol de los muertos”, comentando que ya no podría preguntárselo a Borges, su colega, como señalaba en una de sus páginas, porque ya había muerto (había fallecido en junio de 1986).

“Después de recitarnos al Coloso de Nueva York por entero, Facundo Cabral y yo concluíamos que esos fragmentos son los más hermosos que ha parido la puta literatura del siglo XX.

Lector de muchos libros, tantos y similares como Cabral había leído (Kazantzakis, Cioran, Miller, Rimbaud, Cendrars, Kerouac, etcétera), yo sabía quién era el autor de la frase —“La gloria es el Sol de los muertos”— y de dónde surgía la visión, y se lo comenté: “Lo dice Hernán Cortés en la página 20 de Las venas abiertas de América Latina, escrito por Eduardo Galeano, que seguro conoces...”

“Leí una obrita que se llama Los libros en mi vida, que seguro ya leíste, y en el que dedica un capítulo a Krishna-

“¡Oh, ese vago de Galeano es otro émulo, light, de Henry Miller!”, alcanzó a revirar el autor de Muchacha siempre desnuda caminando entre los grillos.

LA OBSCENA ESPIRITUALIDAD DE LAS DELICIAS

La eternidad también comienza en los Trópicos (Cáncer y Capricornio): “No tengo dinero, ni recursos, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo. Hace un año, hace seis meses, creía que era un artista. Ya no lo pienso, lo soy. Todo lo que era literatura se ha desprendido de mí. Ya no hay más libros que escribir, gracias a Dios”.

Lo que ha hecho Henry Miller (1891-1980) es dejar constancia de lo que otros libros omiten. Las reflexiones pormenorizadas y las eróticas delicias que aparecen en sus novelas, no se comparan con nada aparecido anteriormente en la literatura universal. Su genio es semejante al de Satiricón (de Petronio), al de Rabelais, al de D. H. Lawrence, al de Louis-Ferdinand Céline, pero su legado de obscena espiritualidad rebasa a toda esta célebre pandilla de ángeles proscritos.

“Entonces, ¿éste? Éste no es un libro. Es un libelo, una calumnia, una difamación. No es un libro en el sentido ordinario de la palabra. No, es un insulto prolongado, es un escupitajo a la cara del arte, una patada en el culo a Dios, al Hombre, al Destino, al Tiempo, al Amor, a la Belleza”.

En los años 30, en lo álgido de la Gran Depresión, Henry Miller y su esposa June Mansfield (la exótica Mara-Mona de sus escritos) abandonan América y arriban al París de entreguerras, donde se encuentran con Anaïs Nin, el fotógrafo Gilberte Brassaï, Blaise Cendrars, Hans Reichel, Alfred Perlés y Lawrence Durrell, instalándose inmediatamente en el centro de la efervescencia artística que en ese momento reúne a lo más connotado de las vanguardias mundiales.

Hoja mecanografiada, la número1, de Trópico de Cáncer: “Vivo en la Villa Borghese. No hay ni pizca de suciedad en ningún sitio, ni una silla fuera de su lugar. Aquí estamos todos solos y estamos muertos”.
El cantautor Facundo Cabral, con los derviches mendicantes en el desierto del Néguev (al sur de Israel).

Los cruciales acontecimientos del naciente siglo XX ayudan al dulce golfo de New York a mezclar la voluptuosidad con el surrealismo, lo ginecológico con la felicidad, el lenguaje con la existencia. Trópico de Cáncer se vuelve un testamento empapado de sangre y libinosidad en el que se revelan estragos de la lucha que el hombre libra en el seno de la muerte. “El fuerte olor a sexo que de él se desprende —argumentará Miller en muchas ocasiones— es en realidad el aroma de todo nacimiento”.

Los escritos de Henry Miller desencadenaron durante la mayor parte del siglo XX desconcertantes bohemias, seguidas de amplias censuras (Trópico de Cáncer, publicado en Europa en 1934, no logra circular legalmente en Norteamérica sino hasta 1964). La gran polémica desatada por la importante obra de este “americano en París” sirvió para que los temas sexuales se trataran en la literatura con mayor animosidad y menor repulsa puritana.

La autobiografía es la novela más pura, la que más se asemeja a nuestros sueños, a nuestras más alucinadas pulsaciones existenciales. ¡Henry Miller posee la cualidad trascendental de legar a su prosa una buena dosis de sabiduría mezclada con disparates que la hacen inconcebible, única, impar, lujuriosa y extraordinaria!

Los sorprendentes hechos en sus novelas son narrados desde el personaje idealizado, el mismo Henry Miller, pero en un sentido negligente, odioso, lúdico, abyecto, generosamente poético, divinamente repulsivo, diabólicamente verdadero.

Extravagancia descriptiva y exhibicionismo místico, fanfarronerías de una lucidez convincente, corpórea, obsesiva, muy cercanas a la quintaesencia de la totalidad. En un párrafo de su Diario, Anaïs Nin anota: “Henry habla de San Francisco de Asís, medita sobre la idea de santidad. Le pregunto por qué”. Miller la mira a los ojos y contesta: “Porque me considero el último hombre sobre la Tierra”. Esa es la presencia de un escritor imponente, excesivo, desmesurado, salvajemente cósmico, literariamente distinto.

Veamos la cuadra de escritores norteamericanos: Mark Twain suena vernáculo, F. Scott Fitzgerald está al otro lado del paraíso, Ernest Hemingway hace de la violencia una disciplina espuria, la furia de Faulkner es sólo sonido, Saul Bellow derrumba su estilo en el proletariado… Más cercano a la existencialista Generación Beat y sucedáneos, Henry Miller será un vigoroso y fortalecido ícono para Jack Kerouac, William Burroughs, Norman Mailer, Charles Bukowski y muchos otros crapulosos estetas del orden divino de las letras.

Diríase que Henry Miller ejemplifica la impiedad lírica de los bajos fondos de la vida, la desmesurada identidad biográfica del hombre y sus demonios. En palabras del “duro” Norman Mailer: “Miller representa ese oculto misterio del monstruo que se alberga en todo gran escritor”.

“Lo que ha hecho Henry Miller es dejar constancia de lo que otros libros omiten. Las reflexiones pormenorizadas y las eróticas delicias que aparecen en sus novelas, no se comparan con nada aparecido anteriormente en la literatura universal”

Su legado puede encontrarse en esta torva manada de palabras insumisas: “Una de las razones por lo cual he subrayado tanto lo inmoral, lo malvado, lo repulsivo, lo cruel a lo largo de mi obra es porque deseaba que otros supiesen lo valiosos que son. Son tan o más importantes que las cosas buenas... Estaba sometiendo mi sistema a una desintoxicación. Y es curioso que ese veneno tuviese un efecto tónico en otros. Era como si les hubiese proporcionado una especie de inmunidad”.

Respecto a la censura, la clandestinidad y la persecución, podría responderse, de la manera más sencilla, de la forma siguiente: el sexo y Henry Miller constituyen el tema central en todas sus obras. Pero hay algo más: su acercamiento al mundo griego, al budismo zen, al mis-

terio tibetano y a toda aquella orientalidad naciente que, más de una vez, salvó el menguante paso del hombre por las postrimerías de lo que creíamos otrora “el siglo de las guerras”.

En el viaje al fin de “la noche milleriana”, quedan como señales en el sendero interestelar de las libertades humanas un Petronio emplumado, el amante de Lady Pantagruel, el oscuro tiempo de los heterodoxos y malditos: Erasmo, Lutero, Sade, Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, Mallarmé…

Henry Miller, falleció el 7 de junio de 1980 en Pacific Palisades, California. Tenía 89 años y era una ruina lúcida. Y así le escribió a su amante en turno, la bella Brenda Venus: “No lamentes nunca este romance a mitad de tu joven vida. Los dos hemos sido bendecidos. No somos de este mundo. Somos las estrellas y el Universo de más allá”.

Sí, lo que encontramos en las deliciosas páginas de Henry Miller no es algo cómodamente seco, como un racimo de rosas olvidadas, tinta despostillándose o algo así, sino un manantial de pétalos desnudos, vitales, jugosos, calientitos, vibrantes y sardónicos como la vida misma.

El autor de La crucifixión rosada (Sexus, Plexus y Nexus) y Brenda Venus, capitel de sus últimos días.
Fotos: Archivo
Palabra

En los anhelos postcapitalistas

En Deseo postcapitalista, el escritor y crítico cultural Mark Fisher revela la importancia de la subjetividad colectiva más allá del individuo, entender la conciencia de subyugación, los mecanismos que la producen y los engranajes con que el grupo dominante crea sensación de inferioridad en los subyugados

Mi tesis es que todos los valores en los que se cifra hoy la humanidad sus deseos más elevados son valores de decadencia.

Friedrich Nietzsche

Desconfío de todos los sistemáticos y me alejo de ellos. El ansia de sistema constituye una falta de honradez.

Friedrich Nietzsche

EPor Fernando Mancillas Treviño

n esta época de integración cultural de las clases trabajadoras y demás capas subalternas al sistema socioeconómico, en una aparente situación de “no alternativa Tatcheriana”, Mark Fisher (1968, Leicester, Inglaterra, Reino Unido - 2017, Felixstowe, Inglaterra, Reino Unido), recupera en un proyecto ético reflexivo inmanente —al igual que Guilles Deleuze, Pierre Bourdieu y Antonio Negri—, el pensamiento filosófico del siglo XVII encarnado en Baruch Spinoza (1632, Ámsterdam - 1677, La Haya).

En esta genealogía ontológica, Fisher encuentra que “según la psicología vernácula, las emociones son irreductiblemente misteriosas, demasiado difusas e indistintas como para ser analizadas más allá de cierto punto. Spinoza, por otro lado, sostiene que la felicidad es una cuestión de ingeniería emocional: una ciencia precisa que puede ser aprendida y practicada […] En sintonía con la sabiduría popular, Spinoza tiene en claro que lo que genera bienestar en un ente es veneno para otro. El primer y más importante impulso de todo ente, dice Spinoza, es su voluntad de perseverar en su propio ser. Cuando un ente empieza a actuar en contra de lo que es mejor para sí mismo, a destruirse –como, tristemente, observa Spinoza, suelen hacerlo los humanos-, es porque fuerzas externas se han apoderado de él. Ser libre y feliz implica exorcizar a estos invasores y actuar conforme a la razón”.

En este afán de autopreservación del ser humano — denominado por Spinoza como conatus— ante los cons-

treñimientos y determinaciones institucionales y estructurales del sistema y del mundo de la vida, el individuo despliega un conjunto de disposiciones en un alcance de sobreviviencia y bienestar.

En esta proyección de ingeniería emocional y recursividad del conatus el neurocientífico portugués Antonio Damasio (1944, Lisboa, Portugal) en su obra En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos, clasifica tres categorías de las emociones: emociones de fondo, emociones primarias y emociones sociales. Las emociones de fondo, no muy visible en nuestra conducta, se constituyen en expresiones conformadas como resultado de las acciones reguladoras (procesos homeostáticos básicos) que se desarrollan en diversos periodos en nuestra vida. La emociones primarias o básicas se manifiestan de manera muy visible, como son: el miedo, la ira, la sorpresa, el asco, la tristeza y la alegría. Las emociones sociales abarcan la simpatía, la vergüenza, el orgullo, la envidia, los celos, el desdén, la culpabilidad, la indignación, la turbación, la admiración y la gratitud.

No obstante, Matt Colquhoun (1991, Reino Unido), discípulo de Mark Fisher, encuentra que “el grito de guerra blogósfero de Fisher consistía en decir que ya tenemos todo lo que necesitamos para escapar de los confines del realismo capitalista: ese corset ideológico que nos mantiene sumisos y mata nuestra imaginación; el invasor externo que constriñe nuestras mentes, nuestros cuerpos y la autorrealización de nuestro ser en la actualidad. Puede que drogas como el ácido o el éxtasis relajen la mente hasta cierto punto, pero descuidan las otras partes, más lúcidamente existenciales, de la subjetividad humana (nuestra capacidad para razonar, nuestra agencia política), dejando que se pudran y se atrofien”.

Mark Fisher analiza el cambio de época de la Modernidad Tardía en su proyecto filosófico de Comunismo ácido al observar la apatía social y política generalizada, la conversión de la confianza en abatimiento y la comprensión del proceso de deflación de la conciencia como base para su transformación.

En su proyecto de emancipación anticipatoria Fisher

revela la importancia de una subjetividad colectiva en la ampliación de la conciencia más allá del individuo: “dado que esta [toma de conciencia] ha sido utilizada por todo tipo de grupos subyugados, quizá sea mejor hablar ahora de ‘conciencia de la subyugación’ más que (sólo) de ‘conciencia de clase’. […] La conciencia de la subyugación es en primer lugar conciencia de los mecanismos (culturales, políticos, existenciales) que la producen: los engranajes que el grupo dominante normaliza y a través de los cuales crea una sensación de inferioridad en los subyugados. Pero, en segundo lugar, es también conciencia del potencial del grupo subyugado, una potencia que depende precisamente de ese alto estado de conciencia”.

Para Fisher la contribución del filósofo de la Escuela

Deseo postcapitalista, libro de Mark Fisher.

de Frankfurt, Herbert Marcuse (1898, Berlín, Alemania1979, Starnberg, Alemania) es crucial. En su obra fundamental Eros y civilización aduce: “Desde la rebelión de los esclavos en el mundo antiguo hasta la revolución socialista, la lucha de los oprimidos ha terminado siempre con el establecimiento de un nuevo y ‘mejor’ sistema de dominación; el progreso ha tenido lugar a través de una cadena de control cada vez más eficaz. Cada revolución ha sido el esfuerzo consciente por reemplazar un grupo en el poder por otro; pero cada revolución también ha liberado fuerzas que han ‘sobrepasado la meta’, que han luchado por la abolición de la explotación y la dominación. La facilidad con que han sido derrotadas exige una explicación”.

No menor importancia le atribuye Fisher a la aportación del filósofo y sociólogo posmodernista Jean-François Lyotard (1924, Versalles, Francia - 1998, París, Francia) discutiendo su transgresora teoría de la economía libidinal. En su esfuerzo explicativo de la inviabilidad de una región exógena del deseo capitalista, Lyotard señala: “Ocurre que quien no quiere reconocer que la economía política es libidinal, reproducirá con otras palabras la misma fantasía de una región exterior en la cual el deseo estaría al abrigo de cualquier transcripción infiel como producción, trabajo y ley del valor. La fantasía de una región no alienada”.

2.- Sustentabilidad ecológica. La urgente necesidad de transformaciones más allá de los factores socioeconómicos con el requerimiento de cambios cualitativos en el ser humano mismo y en el entorno de su ecosistema.

3.- La transición debe ser tanto humana como económica. Basada en el “Manifiesto por una Política Aceleracionista”, se pretende superar los condicionantes economicistas, a través de un humanismo radical.

4.- Abordar las problemáticas desde todos los ángulos. Una perspectiva multidimensional y holística ante las diversas patologías sociales.

5.- Optimización del poder de la información. La orientación hacia la transparencia informativa con un libre acceso al conocimiento plural, sin restricciones, como el modelo de WikiLeaks.

“Mark Fisher analiza el cambio de época de la Modernidad Tardía en su proyecto filosófico de Comunismo ácido al observar la apatía social y política generalizada…”

Como uno de los horizontes alternativos se recupera el modelo de Paul Mason (1960, Leigh, Lancashire, Reino Unido) en su obra Postcapitalismo. Hacia un nuevo futuro.Postulando las cinco premisas de la transición:

1.- Comprender los límites de la fuerza de la voluntad humana. Entender los acotamientos estructurales al voluntarismo político inmediatista.

Finalmente, la inmersiva reflexión de Mark Fisher en torno a Historia y conciencia de clase, de George Lukács (1885, Budapest, Hungría - 1971, Budapest, Hungría), le permite observar las tendencias de cosificación de la historia en la Modernidad Tardía y sus antinomias, como señala el autor: “Así pues, si la reificación es la realidad inmediata necesaria para todo ser humano que viva bajo el capitalismo, su superación no puede asumir otra forma que la tendencia ininterrumpida y siempre renovada a romper prácticamente la estructura reificada de la existencia mediante una referencia concreta a las contradicciones, concretamente manifiestas, del desarrollo general. Mediante la toma de conciencia del sentido inmanente que tiene sus contradicciones para el desarrollo general”. Mark Fisher (11 de julio de 1968, Leicester, Inglaterra, Reino Unido - 13 de enero de 2017, Felixstowe, Inglaterra, Reino Unido), fue un destacado filósofo, teórico, escritor, bloguero, crítico cultural y profesor universitario británico,

heredando un gran legado intelectual a las nuevas generaciones del siglo XXI. En 1989 obtuvo una licenciatura en Inglés y Filosofía en la Universidad de Hull y el doctorado en la Universidad de Warwick en 1999 con la tesis Constructos Flatline. Materialismo gótico y teoría-ficción cibernética. Asimismo, fue fundador del colectivo interdisciplinario Cybernetic Culture Research Unit asociado al pensamiento aceleracionista, influido por las ideas de Gilles Deleuze, Félix Guattari, Jean Baudrillardy sobre todo, la obra de Nick Land (1962, Inglaterra) y Sadie Plant (1964, Birmingham, Inglaterra). Durante la década de 1990 Fisher realizó música con el grupo Beakbeat hardcore D-Generation y compuso. “White Magic” para CritCrim.org.

Además de su labor docente en el Departamento de Culturas Visuales de Goldsmith, Universidad de Londres, Fisher desarrolló también en 2003 su blog sobre teoría y cultura popular k.punk, a la par de participar en el consejo editorial de la publicación Interference: A Journal of Audio Culture, editor adjunto del magazine de música británica The Wire y director de la editorial Zero Books.

En poco tiempo su producción teórica fue inmensa, entre ella: La resistible desaparición de Michael Jackson (2009); Realismo capitalista: ¿no hay alternativa?, Fantasmas de mi vida: escritos sobre la depresión, hauntología y los futuros perdidos (2014); Post-Punk antes y ahora (2016); Lo raro y lo espeluznante (2017); Constructos Flatline.Materialismo gótico y teoría-ficción cibernética (2018); K-Punk, volumen 1. Escritos reunidos e inéditos (Libros, películas y televisión) (2019); K-Punk. Volumen 2 (música y política) (2020); K-Punk. Volumen 3 (Reflexiones, comunismo ácido y entrevistas (2021).

Mark Fisher, Deseo postcapitalista. Buenos Aires, Caja Negra, 2024, 268 páginas.

Mark Fisher, disertando sobre sus ideas. Fotos:

Campbell, Aguilar Robles y el peligro cholo de extinción

a transmisión de ideas y experiencias de Federico Campbell (1941-2014), a través de su obra periodística, ensayística y literaria, encuentra esporádicamente elementos específicos. Es lo que tienen en común diferentes géneros de escritura con ciertos licores finos: al ser productos que requieren reposar dada la complejidad de sus componentes, en este caso de alto contenido pretérito, terminan degustándose lentamente sin importar sus rarezas y nulo convencionalismo. Más allá de la lectura de Campbell o cualquier otro escritor de literatura fronteriza, ésta cada vez más dejará de serlo, debido a cierta impronta mediática y atomizada por redes sociales e internet. Ahora, más que en el siglo pasado, muchos lectores y escritores quieren ser fronterizos, lo que no quieren es pagar el precio de vivir en la frontera. De ahí la impopularidad discursiva de cierta historia literaria. Pero volviendo al tema, Campbell padeció esta extrañeza al introducir hitos históricos o demasiado biográficos en su obra Tijuanenses (1989). Ello significó una apertura semiótica de su obra, por lo que pronto el autor reveló ciertos secretos detrás de sus textos. Me refiero a La máquina de escribir (1997), volumen de entrevistas que publicó el Centro Cultural Tijuana.

Campbell compartió, en específico, con sus lectores y entrevistadores el pánico que le provocaba encontrarse, a mediados del siglo XX, con pachucos en el centro de Tijuana. Mostrando los rasgos de una personalidad propensa a la evitación, entiendo perfectamente pues padecí algo similar al concluir el siglo pasado que dicho miedo ocurrió en plena pubertad, en el caso del tijuanense, dicho sentimiento angustioso le acontecía cada vez que asistía sin acompañantes al cine Bujazán. Años después, habría de retirarse a Hermosillo, por lo que ya no temió que hubiese cholos merodeando las salas de cine o cafeterías que frecuentaba en la capital sonorense. Imagino que mucho del miedo que despertaban los pachucos provenía de lugares comunes basados en la figura amenazante de estos, con sus navajas,

pelos engominados y un estilo de vestimenta que coincidió con los clichés cinematográficos y periodísticos de los Zoot Suit Riots: jóvenes de origen mexicano en franco desacato a las autoridades policiacas y militares de Estados Unidos.

Un recurso ineludible al historiar al Campbell adolescente consiste en cotejar mucho de lo que ocurría en el mundo de los adultos mediante la revisión de la vida y escritura de Joaquín Aguilar Robles (1896-1991), en específico, su revista mensual Detective Internacional. Durante dos décadas, entre 1930 y 1950, el expolicía y exbombero de origen sonorense fue publicando desde Tijuana noticias acerca de criminología y, en suma, de todas las instituciones judiciales de Estados Unidos que comenzaban a influenciar la impartición de justicia en el México posrevolucionario. La participación de Aguilar Robles en la resolución de crímenes que repercutieron en las esferas mediáticas de ambos países, sin duda, informa de su inadvertida cercanía con el FBI o la CIA. A la fecha, ignoramos si Campbell leyó la revista, pero seguramente algún ejemplar de su libro Frontera Norte (especie de testamento profesional que Robles Aguilar publicó en editorial Costa Amic en 1979) reposó en la estantería de su biblioteca personal ahora bajo el cuidado de Élmer Mendoza y la Casa de Maquío, A.C., en Culiacán, Sinaloa.

“La participación de Aguilar Robles en la resolución de crímenes que repercutieron en las esferas mediáticas de ambos países, sin duda, informa de su inadvertida cercanía con el FBI o la CIA”

A propósito de las tropelías cometidas por los pachucos que aterrorizaron a Campbell antes de huir de Tijuana, dimos con una nota de prensa que revela una relación directa entre estos y Aguilar Robles. En vísperas del año nuevo de 1953, el  Herald Examiner de Los Ángeles, California, publicó las palabras del sonorense. Asegurando que, cortándoles el pelo a los pachucos a rape, estos, cuáles sansones modernos, perdían su fortaleza y rebeldía. Dado el medio informativo en el que expresaba sus ideas, cualquier acción noticiosa se convertía en conocimiento práctico de cómo lidiar con los problemas sociales y delincuenciales que aquejaban a ambos países. Fuera de estas cuestiones juveniles, Aguilar Robles se especializó en el combate al narcotráfico en un momento en que la escala y trascendencia del mercado de sustancias ilegales no representaba un problema como en la actualidad. A pesar de esto último, conviene revisar en detalle qué hizo Aguilar Robles con los

pachucos y de qué modo ello incrementó el miedo a semejantes “tribus juveniles” dirían sociólogos inspirados en el teórico francés Michel Maffesoli

¿Fue acaso Aguilar Robles precursor de la identidad chola al rapar pachucos? No sería la primera ocasión en que una identidad basada en el oprobio se convirtió en un rasgo identitario e, incluso, de orgullo personal y colectivo. Algo así reflexionaba el propio Octavio Paz en su magnífico ensayo El laberinto de la soledad (1950). Y en todo caso, como medida extrajudicial y vejatoria de lo que hoy día denominamos derechos a la libre expresión de la personalidad, Aguilar Robles aplicó algo más que mitología griega y recurrió a medidas correctivas que la Segunda Guerra Mundial y los campos de concentración impusieron sobre la población humana en condición de cautiverio. Queriendo despojar a los pachucos de rasgos de su individualidad, el detective sonorense terminó fortaleciendo la imagen de los jóvenes mexicoamericanos en abierta resistencia al sistema patriarcal anglosajón. Recordemos que gran parte de los pachucos de origen mexicano y, para preocupación del Departamento de Estado, pachucos gringos, se deja-

ban el pelo no tan largo como un afro o tan encrespado como jipiteca, pero si lo suficientemente estilizado para desafiar prescripciones gubernamentales mediante su aspecto corporal. Tras la revisión que hicimos en periódicos del Medio Oeste, resultó curioso que la prensa reportara un sistema de identificación mediante pequeños tatuajes en áreas específicas del cuerpo, reforzando así un medio de protesta al reclutamiento y servicio militar.

Desde el ámbito local, existen vasos comunicantes entre la literatura fronteriza y el conocimiento sociológico. Estoy seguro que una de las virtudes de la tijuanología consistió en meter la palabra “bato” en los diccionarios. Esto queda claro a propósito de un sociólogo entusiasta de la literatura como el prestigiado investigador José Manuel Valenzuela Arce, cuya explicación acerca del surgimiento de los cholos sea en territorio fronterizo o no ha resultado convincente, por lo que el hecho de que Aguilar Robles hubiera rapado pachucos en contra de su voluntad en nada supera el registro etnográfico de ¡A la brava ése! (1988). Sin embargo, hay en el gesto del detective sonorense algo de la postura inflexible a las expresiones individuales de la sociedad mexicana de la primera mitad del siglo XX, propensa a una especie de moralidad de milicia: una vida cotidiana marcada por toques de queda, redadas y disciplina corporal capaz de inhibir rasgos civiles, todo como reificación de códigos de honor que mucho debían al siglo XIX. Paradoja: con su énfasis en la lealtad y valores familiares, la moral del cholismo tiene en el siglo XXI más en común de lo que pudo haberse pensado con los estratos de la sociedad que antes la rechazaban.

La adopción y clasificación del idiolecto y expresiones prototípicas de los cholos no significa que el miedo a estos fuera superado. Con su coloquialismo o glosarios académicos, Luis Humberto Crosthwaite o Valenzuela Arce no trascendieron lo antes referido en Tijuanenses. El miedo de Campbell a los pachucos fue una expresión natural e infantil del miedo universal a la violencia, a esa imposibilidad tan común a intelectuales e introvertidos de emplear el lenguaje hablado para resolver conflictos, sobre todo, frente a personas agresivas e indispuestas a dialogar. Hoy

día, en viejas colonias como Independencia de Mexicali o Francisco Villa de Tijuana se aprecian adultos mayores que continúan siendo cholos luego de sobrevivir a una interminable espiral de muerte que convirtió a jóvenes pobres en el sector demográfico favorito de los homicidios violentos hasta bien entrado el siglo XXI y la incorporación de mujeres en edad reproductiva y económicamente activas. Los cholos son especímenes sobrevivientes al paso del tiempo y a las secuelas de todos los tiroteos y emboscadas de las que lograron escabullirse.

Federico Campbell, ante su máquina de escribir.

Somos conservadores

Queremos conservar la justicia social, la educación pública, la atención sanitaria, la opción de comer, el salario de los que tienen poco, las conquistas de las mujeres, la presunción de inocencia, la libre circulación de las personas, algún respeto a la verdad

APor Martín Caparrós

Escritor y periodista argentino, autor de El hambre y Ñamérica

@martin_caparros

hora sí, Estados Unidos vuelve a dar el ejemplo. Durante el gobierno de Donald Trump no lo hizo: si acaso nos dio el gusto de hundirse en esos fangos de república bananera que siempre había despreciado en los demás, tan por debajo de la superioridad democrática de un país donde no había golpes de estado sino que sólo asesinaban presidentes . Pero ahora ha vuelto a ponerse a la vanguardia: permite que se presente a elecciones, con grandes chances de empatarlas, un reo que acaba de ser condenado por sobornar a una prostituta y todavía enfrenta 54 acusaciones más, entre ellas varias por conspirar contra la democracia y no pasa nada .

Y algo así sucedió en Quito hace unas semanas, cuando un Gobierno casi provisional ordenó el copamiento de una embajada extranjera mexicana para detener a un adversario político refugiado en ella. Es un quiebre del orden diplomático que ni siquiera Videla o Pinochet osaron y no pasa nada .

Y sucede todo el tiempo en Buenos Aires, donde un jefe de estado que pretende destruir el Estado fleta cada diez días el avión estatal presidencial para volar a actos políticos fascistas en Estados Unidos o en España mientras su gobierno manda a la muerte, so pretexto de ahorro fiscal, a los enfermos que ya no atiende, los hambrientos que ya no alimenta y no pasa nada

O en San Salvador, donde se construyó la cárcel más grande ¿del mundo? para que un buen tercio de sus prisioneros se hacinen sin juicio ni pruebas ni razones y no pasa nada .

O en Madrid, donde la jefa de la Comunidad dice que en sus gereátricos los viejos se murieron sin atención médica porque así son los viejos, mientras sigue viviendo en la vivienda adquirida por un consorte con suerte, delincuente confeso con peluca y no pasa nada .

O en Europa, donde la extrema derecha, esos nostálgicos de las viejas dictaduras, podría pasar del 10% de su Parlamento hace diez años a un 20 ó 25% en las elecciones del domingo (del 6 al 9 de junio) y amenazar incluso la integración continental y no pasa nada . Y así de seguido: no pasa nada. Tantas cosas que pare-

cían intolerables se toleran, tantas se naturalizan. El gran cambio de estos últimos años consiste en que la derecha, que siempre se dedicó a conservar el orden establecido, es la que rompe ese orden y usa esa ruptura para hacer más y más cosas que en principio no podría: para correr los límites de lo posible, para imponer un orden nuevo.

Trabajan sobre tierra abonada. En general y sobre todo en  Ñamérica nadie quiere que las cosas se mantengan como son: las mayorías están muy justamente decepcionadas con las vidas que tienen, las sociedades que forman, y ellos les ofrecen cambiarlas de cabo a rabo. Es un cambio confuso, sin grandes precisiones, pero sin duda un cambio: que nada vuelva a ser como es ahora, que la moto sierre sin piedad. Lo cual resulta atractivo para muchos que se ilusionan con esa posibilidad y, entonces, no ven la violencia y la injusticia que ese cambio implica.

Frente a eso, “nosotros” nos dedicamos a defender el orden viejo. “Nosotros” es difícil: para nosotros no hay nada más complicado que formar un nosotros. Pero, digamos, por intentar algo: nosotros, los que en los dos últimos siglos hemos tratado de cambiar nuestras sociedades para conseguir más igualdad, para acabar con los abusos, para que la justicia funcione para todos, para que nadie carezca de lo más necesario; nosotros, digamos, la izquierda, los progres, como quieran llamarlo, nos hemos vuelto un coro de biempensantes indignados que intentamos, a manotazos de ahogado, conservar.

Queremos conservar la justicia social, la educación pública, la atención sanitaria, la opción de comer, el salario de los que tienen poco, las conquistas de las mujeres, la presunción de inocencia, la libre circulación de las personas, algún respeto a la verdad, todas esas cositas que estos gobiernos y partidos amenazan.

Así que aparecemos como los que queremos defender ciertos pilares de estas sociedades que no conforman a nadie. Es un papel tan triste, deslucido. Podría funcionar en sociedades tranquilas y satisfechas: si existen, son muy raras. Frente a estos gobiernos que las van a hacer peores nos vemos reducidos a intentar que no arruinen lo que hay; ante una posición tan defensiva es lógico que estos ultraderechistas mantengan su ofensiva. Podremos, quizá, conservar algunas cosas, pero ellos seguirán ganando. Ellos se apropiaron del cambio; “nosotros” somos los que intentamos impedirlo. Los suyos son cambios para mal, pero no sabemos cómo oponerles cambios para bien: nos movilizamos, al fin y al cabo, contra el cambio. Criticamos su audacia, quere-

mos ser sensatos, recuperamos los gestos de la derecha clásica, actuamos como siempre actuaron ellos.

Mientras no encontremos qué cambiar, qué cambios reales ofrecer como sí encontraron, por desgracia, Milei o Bukele o Bolsonaro , seguiremos sin acercarnos a esas mayorías insatisfechas, seguiremos llorando desde la tribuna. Si las fuerzas sociales y políticas que siempre reivindicaron el cambio, que siempre lo produjeron, no lo hacen, van perdiendo su razón de ser, se vuelven nada. Así, no es extraño que estos señores y señoras fachas tengan más y más votantes, más poder, se impongan y definan.

Quizá sea necesario que gobiernen unos años para que su desastre quede claro y la necesidad de cambios se evidencie y podamos, al fin, ofrecerlos pero sería largo y duro. Aún así, más tarde o más temprano: si no pensamos y ofrecemos cambios decisivos, esperanzas nuevas, si seguimos en esta indignación conservadora, será el momento de dedicarnos a la cría y adiestramiento de pececitos rojos. Y pelearnos, por supuesto, por la pureza de su raza: tienen un pedigree muy complicado, los pececitos rojos.

La gran mierda rubia, autoría de Banksy.

En plan de retiro

(Parte V)

i inicio como docente se dio en la Universidad Xochicalco a fines de los años 80 década del siglo XX , entonces en su plan de estudios se encontraba la carrera de Medicina Veterinaria; me habían pedido que impartiera las materias de Clínica de pequeñas especies y también la de Cirugía, esta última era mi favorita, pues siempre fui muy hábil para el uso de bisturí y las agujas: desde estudiante supe lo que quería hacer al terminar la carrera.

Al estudiar o en las clases, los maestros te mostraban los procedimientos de una manera muy visual, pero estaban muy alejados de lo que era la práctica real en la bibliografía se podía ver, paso por paso, cómo se iban separando los planos anatómicos de manera muy limpia , ya con el paciente, al incidir la piel, la sangre empezaba a brotar y las cosas cambiaban; a medida que ibas profundizando en los planos, la complejidad aumentaba; para mí era emocionante. Algo básico para ser bueno en la materia, es el conocimiento de la anatomía, pues las rutas de incisión deben seguirse por donde hay menos vascularización. Otro elemento importante es la sensibilidad táctil; imaginen entrar a la cavidad abdominal de un perro Chihuahua por un orificio de 2 cm y distinguir los ovarios y el útero entre los intestinos y el epiplón.

Para ese entonces, el equipo quirúrgico era muy limitado, así que de pronto en algunos casos, sobre todo en traumatología, que era mi favorita, tenía que improvisar. En este tema, me apoyó mucho un especialista en humanos, el doctor Félix Campos, quien en varias ocasiones me ayudó con algunas cirugías en la Clínica Veterinaria Del Mar.

Diseño y Arquitectura en la misma universidad. Mi entrada como profesor al Taller de Fotografía de Extensión Universitaria de la Universidad Autónoma de Baja California (UABC) fue algo fortuito; un día me buscó Sergio Ramos y me pidió que lo cubriera un semestre, pues saldría de viaje por un buen tiempo creo que partía a una expedición submarina . Acepté, emocionado y nervioso, a dar clases y prácticas de fotografía en blanco y negro. Al regreso de Sergio, me quedo fuera de la UABC durante un semestre; al siguiente me llaman par ver si quería hacerme cargo del Cine Club, pues el coordinador en Ensenada, Raúl Gutiérrez, se mudaba a la ciudad de Tijuana, donde vive desde entonces, dedicándose a los menesteres de la cinematografía.

“Algo básico para ser bueno en la materia, es el conocimiento de la anatomía, pues las rutas de incisión deben seguirse por donde hay menos vascularización”

Fue cuando daba clases en Xochicalco, que empecé a estudiar fotografía y todo fue dando un giro hacia otro rumbo, de tal manera que, a los pocos años, empecé a impartir fotografía básica para las carreras de

Entonces empecé a trabajar de “cácaro” (operador de proyector); la dinámica era la siguiente: iba a la terminal de camiones, recogía la película y la proyectaba en Sala de Usos Múltiples de la Facultad de Ciencias; por la tarde, la proyección se hacía e la Sala Francisco Zarco, a un lado del Teatro Universitario; a la mañana siguiente, la ponía de vuelta a Tijuana. La proyección se hacía con película de 16 mm, generalmente eran 3 carretes de 30 minutos cada uno. La propuesta era muy interesante, generalmente eran ciclos de 4 fechas que programaba el doctor Víctor Soto Ferrel desde Tijuana; este esquema me dio la oportunidad de promover un video club alterno, con títulos más contemporáneos,

y tuve la fortuna de utilizar el primer proyector digital para ese propósito en Ensenada.

Esto duró muchos años, hasta que durante la gestión del rector Alejandro Mungaray le dieron carpetazo a muchos proyectos de Extensión Universitaria, incluidos, claro, el cine y video club.

Junto con este suceso, hubo otro más grave: el despido o no contratación de la planta de maestros del Taller de Fotografía: Alfonso Cardona, mi compadre Octavio Meillón y Sergio Ramos… me quedé solo. En ese momento yo era coordinador del Taller, después de que Cardona había sido cesado por incumplimiento de contrato (lo que dio, hasta la fecha mucho de que hablar). Alfonso, interpuso recursos legales, pero no llegó a ningún acuerdo; Meillón y Ramos solicitaron su finiquito y cerraron ese capítulo.

Finalmente, ante la negación de mis excompañeros a regresar, se tuvo que rehacer la planta; para ello invité a Enrique Fuentes a participar como docente; él había sido mi alumno en Xochicalco y, desde hacía tiempo, estaba haciendo proyectos interesantes, que incluso le valieron algunos premios. Después se sumaría Francisco Buelna, que también fue mi discípulo y sigue colaborando como profesor en la Facultad de Artes.

Hay mucho que contar sobre mi paso por la UABC, el tema tiene muchas aristas, pero en general fue una gran experiencia de vida.

David Hoppes, Hugo Vidaña, Enrique Botello y Héctor García Mejía (arriba). Sergio Ramos, Ivonne Pavía, Cony Singüenza, Tomás Castelazo y Octavio Meillón (sentado, abajo).
Foto: Cortesía

El menonitazen o cómo bosquejar aquello de lo resacoso

TPor

al como si hubieran soltado la mascota de Irvine Welsh* en las ácidas avenidas de “Ciudad Godínez” y este tierno animal del averno —“puercolodonte” u “osomorongas”, que para el caso significa o vale lo mismo—, reventado en heroína, buen Tonayán o pésimo whisky escocés, hablara magistralmente por boca de Carlos Velázquez, con la diferencia, del todo manifiesta, de una espumosidad legible, leíble y creíble, porque no lo trae en traducción Anagrama sino, de la caída al Océano desde el Sexto Piso, directo de nuestra apuntalada lengua, como clavado perfecto, que en cualquier hoyo es una revolucionaria ventaja.

Y como si le preguntara a Carlos Velázquez, autor de La Biblia Vaquera y La marrana negra de la literatura rosa —entre más punk, menos viejas—, ¿qué onda con esta terca veracidad “rockplandeciente”? Y obtuviera como respuesta: “¿Y por qué crees que puedo imitar la caligrafía de Alex Mazapunk?”.

Bueno, ya estamos llegando a algo políticamente incorrecto: “La rocola estaba embarazada de nueve meses de monedas de 10 varos”, ¿qué diablos vamos a hacer con estas enunciaciones, con estas tramas, con estos relatos, cuentos, narraciones, historias de El menonita zen?

Fun(k)cionalidad de tercer tipo, la obesidad delirante del celo lujurioso, la biografía coral del rock —en su vasta jaculatoria libresca— en cada uno de los personajes, la paternidad indómita de seguir criando cuentos, porque los cuentos no piden de beber… sino el que los crea, el cuentista, el autor: ese del humor demoledor, el de la obsesión extendida, aquel de la dulce crueldad datada, desatada y relatada.

Su corte arrastra el solfeo de un lenguaje áspero, no maquinal sino grisáceo, como un espejo de molusco —rebosante en la credibilidad que refleja, pero turbio cuando el ojo de la ola lo ensucia de presencias fantasmáticas—, que podríamos decir, “no asegurando”, que se trata de cómo bosquejar aquello de lo resacoso con escupitajos de autoconfianza: saber lo que se hace y hacerlo de la “peor manera” —¡en la práctica, no sé si eso exista!— con un sentido de composición gramatical plusperfecta —sus bien aparcados sustantivos, sus adje-

tivos con lucimientos de roce metálico, sus verbos siempre arrancando a la primera, sus declinaciones avenida abajo—, duplicando las voces en una estereofonía que otorga a los relieves acústicos de los personajes su vital imponencia, su valor e importancia.

Meter la cabeza al horno paginante de El menonita zen (Editorial Océano, 2023), en sus siete versiones capitales —los super 7 locos—, es explorar el género del cuento en la frontera de los bajos fondos fronterizos, “mezcalización” de imágenes —empapadas de lúcida crítica social mexicana—, con la marcada tendencia arbitraria —o diferencia remarcada— que no se parece a nada dicho en nuestra provincia de los sueños “narcosos” o las abnegaciones de “alguacilillo” con licencia para moquear —que ensucian el papel del género Pulp—, pero que bien se encaballan desvergonzadamente a la Novela Negra.

¿Qué decir, Tuco y Tico?: la más pura temporada de “Hurracones”. Y esa portada inmejorable, amarillando el pink-punk, donde Marlon Brando, en su más que poético papel en la película Candy (1968), ya anuncia sus altos vuelos para Apocalypse Now.

Sí, un banquete de alucinación y natilla —y esto ya no es un secreto a libro cerrado—, como para darle espacio a un cuento a la “manera maestra” de Carlos Velázquez, quien —ubicando su pluma en la terrenalidad rural, fuereña de la “gran ciudad”— inaugura la “Sci fi ranchera”… y de ello, seguro, después de tomarle su medida y lectura, estaremos alunizando vacas por mucho tiempo.

Dados a las triquiñuelas —y quizá esto venga por lo que acabo de decir con anterioridad—, los editores gastan su labia verbosa en sacudirnos la piola, en intentar seducirnos: «Una chava fitness que cuando se embriaga sale a buscar sexo con gordos (aquí el presentador se zangolotea, porque se sabe candidato), un menonita —nuestro menonita zen, Benito Bonifacio Reyes, alias el “Boni”— que decide dejar de ser lo que su religión exige de él y se inicia en la práctica milenaria de la meditación, un hombre que se convierte en payaso después de que su hermano le arrebata a su esposa…»

¡Vaya que si lo logran! El día menos pensado Jorge Herralde abre la Universidad Anagrama con las licenciaturas en “Contraportadas amañadas” y “Boletines para la persuasión despiadada en masas literarias”. Ni Sexto Piso ni Océano —que ya se prepara con la Biblioteca del autor— se quedarán atrás, seguro de ello, si todavía perviven tipos como Carlos Velázquez (Torreón, Coahuila, 1978), un verdadero ejemplar de escritor salvaje en vías de extinción.

¡Caray, lo bello de los escritores salvajes es que su existencia siempre está por terminar! Gracias por conservarte con vida y encontrarte aquí, Carlos. Bienvenido.

*Trainspotting (Anagrama, 1997); Escoria (Anagrama, 2000); Porno (Anagrama, 2005); La vida sexual de las gemelas siamesas (Anagrama, 2015), etc.

NOTA: Texto leído en la presentación del libro El menonita zen (Editorial Océano, 2023) de Carlos Velázquez, el lunes 20 de mayo en la Feria del Libro Tijuana (FLT), versión XXXIX, celebrando la vida y obra de Elena Poniatowska Amor.

El menonita zen, un viaje por el espíritu alterado que emana de la actual cultura norteña. Foto:

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