ÍNDICE
Lista de ilustraciones ........................................................................... Mapas: Las Banlieues .......................................................................... París en el siglo
XIX ................................................................
Prólogo.................................................................................................. Primera Parte: El nacimiento del impresionismo I
El París de Napoleón III ...................................................
II
El círculo se amplía...........................................................
III
Tertulias de café.................................................................
IV
Hacer de modelo...............................................................
Segunda Parte: La guerra V
El asedio..............................................................................
VI
La Comuna de París .........................................................
VII “La semana sangrienta”................................................... Tercera Parte: Formaciones VIII La recuperación ................................................................ IX
Los estatutos del grupo ....................................................
Cuarta Parte: Baile en el Moulin de la Galette X
Marchantes y salas ............................................................
XI
Verano en Montmartre ....................................................
Quinta Parte: Ambiente de bulevar XII Vida en las calles............................................................... XIII La vie moderne..................................................................... Sexta Parte: Divisiones XIV Nuevas tensiones ............................................................... XV El grupo se divide ............................................................. Séptima Parte: Los últimos años XVI Los impresionistas en Nueva York ................................
Epílogo
..............................................................................................
Apostilla. El mercado impresionista .................................................. Notas ..................................................................................................... Agradecimientos .................................................................................. Bibliografía ........................................................................................... Índice onomástico................................................................................
VIDA PRIVADA DE LOS IMPRESIONISTAS SUE ROE E XTRACTO
A
l terminar su jornada de pintura en el taller, Renoir bajaba las escaleras de Montmartre con su cuello almidonado y falsa pechera (un truco muy popular en la época) y atravesaba callejuelas sucias y mal pavimentadas hasta la plaza de Clichy (aún en construcción) y seguir hasta la calle Grenelle. Sin sentir la menor envidia, disfrutaba de los elegantes aposentos de los Charpentier, con sus lujosos interiores, sus elaboradas bebidas y sus mujeres lujosamente ataviadas. Renoir sentía un gran aprecio por Marguerite, pero en absoluto aspiraba a llevar la vida de los anfitriones. En realidad, estaba convencido de que Haussmann estaba destruyendo París: las nuevas avenidas estaban muy bien, pero las casas de Montmartre, pese a su superpoblación e insalubridad, por lo menos tenían jardín. Recelaba de los valores y prioridades del comercio. A él le bastaba un cuarto de baño para lavarse los dientes, una pastilla de jabón, y, de vez en cuando, poder ver pinturas con marcos de la época de Luis XV, esculpidos y decorados con hoja dorada. Año tras año, era invitado a las veladas de madame Charpentier. Asistía cuando podía; una vez, completamente despistado, entregó al atónito criado un sombrero de copa, bufanda, guantes y abrigo, revelando que había olvidado el esmoquin en casa. Al verlo en mangas de camisa, Gambetta observó que le parecía “muy democrático”. Sin embargo, también le dijo que, aunque admiraba la obra de los impresionistas, no podía permitirse que lo consideraran un partidario de los “revolucionarios”. Pronto los Charpentier se ganaron su confianza. Cuando Renoir estaba atareado con un cuadro, se excusaba ante Marguerite alegando con la mayor naturalidad que su cabeza era una pajarera y que, si se permitía distraerse en ese momento, se le irían las ideas. Pero siempre le invitaban de nuevo. Uno de los invitados más asiduos de Marguerite era una actriz de dieciocho años, Jeanne Samaray. Era una pelirroja vivaz, de enormes 5
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ojos oscuros, nariz pequeña y respingona, piel pálida y luminosa, boca grande y perfectos dientes nacarados; llevaba vestidos a medida que mostraban su estrecho talle y abultado busto, junto con unas blusas con enormes lazos púrpura. Pero lo que más fascinaba a Renoir era su capacidad para combinar su brillantez dramática con cierto grado de fragilidad (cuando, décadas después, Jean, el hijo de Renoir, vio el retrato de Jeanne, manifestó que era una verdadera Renoir: la imaginaba perfectamente “haciendo la compra de la mañana en la calle Lepic, con la cesta llena de verduras frescas. Seguro que manoseaba cuidadosamente los melones para ver si estaban maduros y miraba con ojo crítico la pescadilla para asegurarse de que estaba fresca. De noche, cuando se ponía su precioso vestido blanco y se maquillaba para salir al escenario, se transformaba en una reina, en una reina cimbreada cuyo cuerpo invitaba a las caricias”). En el marco del salón de madame Charpentier, con sus alfombras lujosas, tapices japoneses a la moda, numerosos candelabros, grandes adornos y mesas chinas lacadas recubiertas de rosas y lirios, la belleza de Jeanne debía de brillar en todo su esplendor. Vivía con sus padres en la calle Frochot, al lado de la plaza Pigalle. Éstos no tardaron en abordar a Renoir para que pintara a su hija: “No sabe cuánto lo admira Jeanne”. La casa de los Samaray en la calle Frochot daba al este y al oeste, y sólo había buena luz entre la una y las tres de la tarde; después, la casa quedaba ásperamente iluminada. Así, Renoir llegaba corriendo justo a la una, a veces tan deseoso de empezar a trabajar que se olvidaba incluso de dar las buenas tardes. Algunos días iba a ver actuar a Jeanne a la Comédie Française, señalando luego que aquéllo era para él un gran sacrificio, pues la Comédie no era un lugar al que uno fuera a divertirse. Pronto estaba pintando también el retrato de Marguerite Charpentier, un suntuoso lienzo en el que ésta resplandece con su elegancia burguesa, seductoramente ataviada a la moda. Victor Chocquet le pidió luego que pintara un retrato de su mujer. Le habían encantado los cuadros expuestos en el hotel Drouot, sobre todo los de Monet y Renoir. “Cuando pienso”, le dijo a Monet, “que he perdido todo un año, que podría haber estado mirándole trabajar desde hace un año, ¡cómo puedo haberme privado de tal placer!”. Así pues, Renoir se encaminó hacia el elegante piso de Crocquet en la recién inaugurada calle de Rivoli. Crocquet le enseñó uno de sus más preciados retratos de Delacroix para indi6
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carle el tipo de retrato que quería, y Renoir se puso manos a la obra inmediatamente, (al año siguiente, pintó al propio Chocquet, “un retrato de un loco hecho por otro loco”, bromeó Renoir, y Degas lo compraría después). Renoir y Chocquet congeniaron enseguida. A Renoir le pareció que Chocquet también podía beneficiar a sus amigos. Si alguien era capaz de comprar la obra de Cézanne, ese alguien era Chocquet. Cézanne solía frecuentar una tiendecita que vendía material para artistas, en una callejuela de Pigalle, cuyo propietario, el famoso ex comunero père Tanguy, prestaba dinero a los artistas y pasaba muchas horas gratas fumando con ellos en su trastienda abarrotada y oscura. Renoir llevó a Chocquet a casa de Tanguy para enseñarle algunas obras de Cézanne, y Tanguy compró inmediatamente un pequeño desnudo. De vuelta por las calles de Pigalle y Clichy, Chocquet se puso a imaginar su compra colgada en la pared. “Debería quedar estupendamente entre un courbet y un delacroix”, bromeó. Luego se detuvo. “Pero, ¿qué va a decir mi mujer?”. A madame Chocquet se le dijo que era Renoir quien había comprado el cuadro; él lo estaba cuidando sólo por un tiempo. * En la primavera de 1876, ya estaban en marcha los preparativos para la nueva exposición. Esta vez, Durand-Ruel se ofreció a prestar su galería de la calle Le Peletier durante un mes, y los pintores se prepararon para la inauguración, el 30 de marzo: doscientos cincuenta y dos lienzos, entre ellos dos de Bazille, en recuerdo del artista caído. Manet rechazó de nuevo la invitación de incluir alguna de sus obras. Pissarro, que estuvo dándole vueltas mucho tiempo a la opinión de Degas de que debían retirar el nombre colectivo, al final pareció convencerse de que el camino era presentarse como un grupo identificable y democrático. Durante unos meses, pensó incluso en crear una nueva asociación, L’Union, más manifiestamente política, junto con Alfred Meyer, un compañero suyo socialista; pero abandonó la idea a favor de exponer de nuevo con todo el grupo. Todos, salvo Manet, se mostraron de acuerdo. Degas contactó con Berthe Morisot: “Si te es posible, ven a encargarte de la colocación. Estamos pensando colgar juntas las obras de cada pintor del grupo, separándolas todo lo posible de las de los demás [...] Por favor, ven a encargarte de esto”. 7
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Así pues, se colgaron juntos los cuadros de cada artista, los considerados “más fáciles” en las salas delanteras, y los más “difíciles” en la traseras. Berthe envió diecinueve cuadros, entre ellos Cuerdas de tender y sus cuadros de Inglaterra. Degas, entre cuyas veinticuatro obras figuraban Comerciantes de algodón [Cotton Office] y En el café, dispuso de una sala propia (en la parte trasera); asimismo, tomó la inaudita medida de incluir fotos de otras obras suyas no expuestas. Entre las dieciocho obras de Monet figuraba La japonesa [La Japonaise], que, con sus vivos tonos rojos, llamó particularmente la atención en una de las salas delanteras. Pero la sensación de la muestra fue sin duda Cepillando el parquet [Les Raboteurs de parquet] de Caillebotte, un enorme cuadro que representaba a unos hombres agachados sobre las manos y las rodillas, con el torso desnudo, ocupados en acuchillar el piso de uno de los nuevos apartamentos de Haussmann. Esta segunda muestra marcó el comienzo de la activa implicación de Caillebotte en el grupo. Éste presentó ocho pinturas aunque, por alguna razón, no estaba incluido en el catálogo (quizá porque su inclusión fue una decisión tardía), y más o menos fue quien financió la exposición. Tras la muerte de su padre en 1874 había heredado una gran fortuna. Unos meses después, su hermano menor, René, murió también, a los veintiséis años de edad, por lo que Caillebotte temía que también él fuera a morir prematuramente. Su temor fue tal que llegó incluso a hacer testamento, en el que dejaba grandes sumas de dinero para apoyar futuras exposiciones impresionistas. Cepillando el parquet, obra sorprendente, en la que los músculos de la espalda de los hombres parecen táctiles y tensos, y en el que casi se puede sentir la presión de sus brazos u oler la madera mientras las virutas salen despedidas por la estancia, poseía una fuerza naturalista que nadie pudo por menos de apreciar. En la mano de uno de los hombres se puede ver una alianza reluciente. Aunque la vida privada de Caillebote era un misterio, todo el mundo pareció guardar una respetuosa distancia. Ahora que prácticamente financiaba la exposición, su papel en el seno de grupo se hacia notable. Su implicación y la importancia de su obra de aquel año significaron que de repente se volviera indispensable, algo que irritó bastante a Degas, que hasta entonces había desempeñado el papel de líder. Mucho público se acercó a la calle Le Péletier para ver la exposición. Era una multitud más pequeña que la que se había congregado dos años 8
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antes en el bulevar des Capucines, y también parecía haber acudido principalmente para burlarse de los expositores. Victor Chocquet permaneció, de manera protectora, delante de los cuadros de Cézanne, hablando favorablemente de ellos y apuntando detalles al respecto (el propio pintor se hallaba en L’Estaque en esta ocasión). La japonesa de Monet, que suscitó un gran admiración, fue vendida por dos mil francos. La multitud se agolpó también para contemplar Cepillando el parquet. Como era de prever, En el café produjo un gran escándalo y numerosos abucheos. Esta obra adoptó posteriormente el título de La absenta [L’Absinthe]. George Moore, que estaba allí, también se mostró sorprendido. “¡Cielos! ¡Qué furcia! Su rostro delata una vida de ociosidad y vicio. En él podemos leer toda su vida”. Pero el capitán Henry Hill, de Brighton, compró el cuadro (no se sabe si en persona o a través de un agente), y lo mandó enviar a Inglaterra, donde, en septiembre de 1876, lo prestó para la Tercera Exposición Anual de Invierno de Pintura Moderna, celebrada en Brighton, con un título ahora supuestamente destinado a restar toda pretensión artística de la obra: Esbozo en un café francés [A Sketch at a French Café]. Cuando los miembros del grupo se reunieron para echar cuentas, descubrieron que la asistencia no había sido esta vez particularmente elevada, pero que, gracias a Caillebotte, pudieron al menos abonar a Durand-Ruel los tres mil francos que costaba el alquiler de la galería. También recuperaron los mil quinientos francos que cada cual había adelantado, más un dividendo de tres francos por persona. En la prensa, se notó cierto deseo de dar una imagen algo más justa de la muestra. Henry James, de treinta y tres años de edad, que se hallaba en París, hizo la reseña para The New York Tribune. En ella comentaba que, para los impresionistas, “lo bello [...] es lo que es lo sobrenatural para los positivistas: un concepto metafísico que sólo puede complicarnos la vida y que por tanto no hay que tocar. Dejémoslo en paz, dicen, y vendrá por su propio paso; el ámbito natural del pintor es lo real, y la esencia de su planteamiento es dar una impresión viva del aspecto que tiene cada cosa concreta en cada momento concreto”. * Los días de semana, el hotel Fournaise presentaba un aspecto más decididamente varonil: a él se acercaban hombres a caballo que, tras atar 9
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sus monturas, se sentaban en las mesas del exterior, con el bombín calado y la camisa remangada, a beber café y fumar. Los fines de semana, el lugar estallaba de vida. Los hombres llevaban a sus mujeres, ataviadas con su ropa de verano y sus sombreros floridos, y las mesas rebosaban de fruta y de vino. Renoir, que llevaba allí a Aline para ganársela, siempre recordaría el lugar con nostalgia: en aquella época había tiempo para vivir, y lo aprovechaban al máximo. En aquel verano, pintó El almuerzo de los remeros [Le Déjeuner des canotiers] en la terraza del hotel Fournaise, con las botellas esparcidas por la mesa alargada y la gente relajada después de un largo almuerzo, en medio de un abigarramiento de colores y una charla distendida. Por aquella época, él casi era uno más de la familia. A menudo comía allí a cambio de un cuadro, con lo que pronto las paredes estaban llenas de renoirs (el lugar aún existe en nuestros días: las paredes están decoradas con reproducciones impresionistas y con una réplica de la barca de Caillebotte en el embarcadero). En El almuerzo de los remeros, Aline aparece sentada en primer plano sosteniendo un perrito grifón. Caillebotte también adoraba aquel lugar, y es casi seguro que es él quien aparece en el lado derecho del cuadro. La figura femenina con la que está hablando se parece también mucho a Mary Cassatt; si es ella, el perrito que sostiene Aline podría ser el mismo que encargara Degas en su día para ella. Caillebotte quería mucho a Aline y la cuidaba como a una hermana pequeña. Ellen Andrée y sus amigos también estaban prendados de ella; Ellen le dijo un día que, si dejaba que le pulieran el acento, la podían convertirla en una auténtica parisisense. Pero Aline no tenía ninguna gana de convertirse en una auténtica parisiense. Al igual que Renoir, prefería los placeres sencillos de la vida. Remar se le daba muy bien y, de hecho, le encantaba el agua. Renoir le enseñó a nadar atándole una cuerda alrededor de la cintura; a los pocos días ya nadaba como un pez. Los huéspedes y clientes del hotel Fournaise no se acostaban hasta bien entrada la noche. Al atardecer, se apartaban las mesas para dejar paso a la música y el baile; Renoir movía los pies lo mejor que podía, pero pisando frecuentemente a Aline, que se deslizaba por la pista como una ninfa. A sus casi cuarenta años, Renoir había encontrado el amor de su vida. Pero le preocupaba cada vez más su futuro; en aquel verano atravesó una especie de crisis, consciente de que estaba tomando un nuevo rumbo pero sin saber bien adónde se dirigía realmente. No veía claro el futuro del 10
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impresionismo, pero tampoco una alternativa viable. Le inquietaba la posibilidad de quedarse estancado, y quería utilizar el dinero que estaba ganando con sus retratos para seguir estudiando. Degas le dijo que estaba loco; que, tras haber decidido convertirse en un pintor del Salon, lo que tenía que hacer era disfrutar de su dinero, pero Renoir era consciente de que no estaba avanzando en el plano técnico. Por lo que a Aline se refería, no había ninguna complicación: lo único importante era que Renoir siguiera pintando. Ella no comprendía que alguien se angustiara por la búsqueda de nuevos estilos o de nuevos asuntos que pintar. Pero, como él seguía preocupado por la falta de nuevos temas, le sugirió ir a la Borgoña, a su Essoyes natal, donde los dos podrían vivir con poco dinero y él podría pintar sin que nadie lo molestara. Pero madame Charigot dijo que ni hablar: ¿su preciosa y valiosa hija atada de por vida a un artista sin un céntimo? Por su parte, Renoir se mostraba reacio a abandonar París. Un pueblecito de la Borgoña, lejos del Salon y de los coleccionistas recién conseguidos, podría resultar un paso atrás. Así que no parecía haber ninguna solución. Angustiada, Aline volvió al trabajo y a su vida de antes, intentando, en la medida de lo posible, evitar cualquier contacto con su amante. Finalmente, Renoir tomó una medida drástica y, para él, sin precedentes: tras pasar el otoño y el invierno sin saber qué hacer, decidió irse de viaje. Al llegar la primavera, partió rumbo a Argelia sin Aline.
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