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Mi padre el pintor
Siendo una niña que aún no caminaba sola, y alguien de la familia debía desplazarse a mi lado y tomarme de los brazos para que no cayera en el suelo de baldosas de cemento, helado porque era mayo, cuando caían tal vez los peores chaparrones del año. En ese tiempo descubrí una de las facetas de mi padre: su amor por la música y la facilidad con que le arrancaba al piano diversas melodías.
Por las mañanas papá iba al trabajo y entonces eran mamá y la Yaya las que se encargaban de traerme y llevarme con cuidado. Mi hermano mayor se iba con papá que lo iría a dejar al colegio. Papá trabajaba en el diario ‘El Imparcial’ y los reporteros debían estar presentes en la reunión donde se discutían los temas que iban a tratarse ese día.
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Después se dispersaban, con las libretas de apuntes y varios lápices bien afilados listos para el trabajo periodístico. Eso no lo supe sino hasta un tiempo más tarde, cuando papá comenzó a llevarme a la casa en la octava avenida del Centro de la Ciudad donde estaba instalado el periódico. Papá regresaba a casa por la tarde, llevando un ejemplar de ‘El Imparcial’ de ese día. Mamá se interesaba en las noticias. Él ya no. Entonces levantaba la tapa del piano y se ponía a tocar la música que estaba de moda en ese tiempo. Y tarareaba mientras mamá hacía crujir el periódico.
A mí me gustaban lo que luego supe que se llamaban boleros y que llegaban desde México. En la época a la que me estoy refiriendo, durante la presidencia de Ubico, no entraban muchas películas al país. La música llegaba en algunos libros de partituras que entraban a Guatemala de contrabando: como algo malo.
Los adultos susurraban los nombres de Jorge Negrete, Mapi Cortés, Joaquín Pardavé y Dolores del Río como si fueran pecado. Pero ya lo expliqué: Ubico reinaba en el país.
Un par de años más tarde papá pasaba su tiempo libre en el segundo piso de la casa, donde estaba montando un estudio que no tenía nada que ver ni con el diario ni con la música: un armatoste de madera que luego supe que se llamaba caballete, los lienzos donde usaba sus pinturas para reproducir lo que, durante las vacaciones en Atitlán o en Chichicastenango, habíamos observado con gran interés mi madre, mi hermano y yo.
Me gustaba ir a Chichi porque además de los abuelos y los tíos que nos recibían con todo cariño estaban mis primas Edith y Edna; y mientras mi hermano se iba con el primo Carlos a hacer travesuras, nosotras íbamos al mercado donde se vendían los tejidos del lugar. Los que se veían luego en los huipiles de las mujeres.
El abuelo Flavio y papá nos explicaban el significado de aquellas figuras que las mujeres habían armado cuidadosamente en los telares de cintura: los pájaros, las flores y sus sombras. Tejer un huipil, dijeron, era una labor de varios meses y al final, se bordaba el cuello de la prenda. Ese cuello significaba el sol y sus rayos. A mí me llamaba la atención que el bordado fuese con hilos negros y fucsia.
Cuando papá comenzó a utilizar los óleos en las telas que él mismo había preparado me iba a sentar cerca de él, en silencio. Observaba cómo mezclaba diversos colores en la paleta que sostenía en la mano izquierda mientras usaba la derecha para manejar los pinceles de tal manera que parecía como si toda su vida se hubiera dedicado a semejante labor.
Años más tarde cuando yo iba y venía sola del colegio, pasaba por las tardes frente a la Escuela de Artes Plásticas, donde papá fue primero un alumno y unos años más tarde, ascendió al puesto de director del establecimiento.
Allí conocí o escuché hablar de una serie de artistas de la plástica guatemalteca cuyo nombre continúa repitiéndose con admiración en este tiempo: Rafael Yela Günther, Dagoberto Vásquez, Juan Antonio Franco, el jovencísimo Roberto Ossaye.
Poco tiempo antes había conocido a varios de los integrantes del Grupo Triama, nombre que responde a las iniciales del primer apellido de los artistas Antonio Tejeda Fonseca, Ovidio Rodas Corzo, Rigoberto Iglesias, Jaime Arimany, Fernando Murúa y Hillary Arathoon.
Infortunadamente, Triama se desintegró a los dos o tres años. Pero en mi casa se conservan algunos cuadros de Tono Tejeda, y otros pintores de la época.
Es una de las herencias de mi padre, el que sabía tocar el piano y la guitarra, el que tarareaba boleros y que de repente cambió esa pasión por una paleta de colores y largo tiempo frente al caballete reproduciendo, con arte, las calles de Chichicastenango y los paisajes que a diversas horas del día nos ofrece el Lago de Atitlán.
ÉDGAR GUTIÉRREZ