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Mortíferos terremotos en Turquía y Siria

El lunes pasado, se produjo un terremoto de magnitud 7.8 grados en la escala de Richter en la provincia de Kahramanmaraş, ubicada en el sur de Turquía, calificado como el más devastador que ha ocurrido en dicho país desde 1939. A dicho sismo han seguido cientos de réplicas, así como un segundo terremoto de magnitud de 7.5 grados en la escala de Richter. Los sismos también han impactado trágicamente en Siria.

El registro de víctimas mortales se multiplica conforme pasan las horas, así como los heridos. Muchas personas siguen atrapadas entre los escombros, y los servicios de emergencia siguen trabajando sin descanso para rescatar con vida a todas las personas posibles. A través de los medios de comunicación se ha podido comprobar el colapso de innumerables edificios y construcciones, por lo que los daños materiales son cuantiosos.

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La actual generación de guatemaltecos hemos sufrido los efectos devastadores de varios sismos. En la madrigada del 4 de febrero de 1976 un terremoto, con magnitud 7.5 grados en la escala de Richter, con epicentro en el Municipios Los Amates, Departamento de Izabal, sacudió gran parte del territorio nacional. Murieron 23 mil personas y 77 mil sufrieron heridas graves.

Por lo menos, 258 mil casas quedaron destruidas y cerca de 1.2 millones de personas quedaron sin hogar.

Asimismo, el 7 de noviembre de 2012 aconteció otro terremoto devastador, con magnitud 7.4 grados en la escala de Richter, cuyo epicentro se registró en el océano Pacífico a 35 kilómetros al sur de Champerico; los departamentos afectados fueron San Marcos, Quetzaltenango, Sololá, Retalhuleu, Totonicapán, Quiché, Huehuetenango y Suchitepéquez; hubo más de 100 muertos y 175 heridos. El 7 de julio de 2014, otro sismo, con magnitud de 6.4 en la escala de Richter, con epicentro a 15 kilómetros al noroeste de Ocós, San Marcos, sacudió el territorio nacional, y causó daños a viviendas, infraestructura vial, edificios públicos, escuelas, sistemas de agua entubada e iglesias, así como 2 personas fallecidas y decenas de personas heridas en los Departamentos de San Marcos, Quetzaltenango, Huehuetenango, Totonicapán, Sololá, Retalhuleu y Suchitepéquez. El 22 de junio de 2017 se produjo otro sismo, con magnitud de 6.7 grados en la escala de Richter, con epicentro de la costa del Pacífico a 102 kilómetros de Escuintla.

Anabella Giracca

Pena de muerte

En el planeta, el verbo “matar” hoy es sustituido por el verbo “prevenir”, “construir”, “formar”. Fortalecer el sistema de protección y fortalecer aquellas instituciones dedicadas a ello.

La pena de muerte es un camino demasiado “ingenuo” para escapar de la violencia que padecemos; una disculpa para no afrontar sus causas reales. Una máscara de supuesto “orden” y “castigo” que no hace más que ocultar incapacidades.

Todas las tragedias que se viven a diario son tan crueles que muchas veces preferimos optar por lo más simple, lo que alivia la ira. Sin embargo, un Estado se construye con la razón y no solo desde el dolor.

De nuevo la pena de muerte en la palestra; de nuevo falsas soluciones sin entender la cepa del problema. Y ya son varios quienes la venden como cualquier objeto de mercado. Cuando lo que necesita una población lastimada son soluciones de fondo y transformación estructural.

La pena de muerte vive sus estertores porque los países civilizados tienen como credo invertir seriamente en una pacífica convivencia. La prosperidad destina grandes esfuerzos en fomentar el diálogo y dedicarse a la prevención. En educar a niñez y jóvenes para que crezcan como seres humanos íntegros y dignos (educación y más educación). Desaprender para volver a aprender una nueva cultura sin ningún tipo de violencia.

La pena de muerte es signo de atraso y no tiene poder disuasorio sobre la delincuencia. No es solución. Simplemente desvía las posibilidades de proporcionar acciones efectivas como políticas sociales de inclusión; más seguridad ciudadana (policías, controles); más seguridad jurídica (juicios eficientes y justos, mejor sistema penitenciario) y, sobre todo, seguridad humana que garantice a todas las personas una vida digna. Toda ejecución es un acto brutal que deshumaniza y disminuye el valor que la sociedad atribuye a la vida humana. Un Estado democrático no puede, no debe recostarse en ella. Además, injusticias se han cometido al aplicarla equivocadamente.

Conclusión: la pena capital no educa ni sustituye, solo nos hace más violentos. Son soluciones retóricas para un problema tan serio como lo es esta cultura de barbarie, porque solo terminan enfrentando el mal con el mal.

Jacques Seidner

EL RINCON DE CASANDRA

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