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El sinsentido del sentido

CONOCIDA ES LA FRASE QUE AFIRMA QUE SI NO EXISTIERA LA RELIGIÓN CON SUS MANDAMIENTOS Y UN DIOS AL CUAL TEMERLE, NOS DESTRUIRÍAMOS UNOS A OTROS SIN REMEDIO.

Suponemos que el ser humano es el único animal que, debido a esa amalgama que llamamos conciencia y lenguaje, vive obsesionado por encontrarle un sentido a la vida, ya que el enfrentamiento brutal ante las enfermedades, las desgracias y la muerte, casi que nos obliga a construirnos teorías balsámicas que llenen el terrible vacío que nos produce el sufrimiento y la impotencia.

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La finitud suele ser percibida como castigo, aunque la vida sea un regalo. Y es esa conciencia laberíntica y caótica de lo perecedero, cincelada en la mente desde la edad de piedra, lo que nos ha impulsado a construir los edificios colectivos de la cultura, fabricados con los ladrillos de la razón y de la imaginación, para darle un significado a la existencia.

Surge entonces la pléyade de creencias coloridas y no tan coloridas sobre el sentido de la vida y las cosas del destino, o sobre el más allá y la trascendencia o no trascendencia de la materia. El invento generalizado más potente vinculado al control de las riquezas y al dominio de los pueblos, es decir, consustancial al ejercicio del poder, ha sido siempre el surgimiento tanto mental como institucional de la religión o de las religiones, que han funcionado como consuelo o distractor ante el dolor, como estímulo para la acción, y también como freno de la desesperanza y reglamento moral de las conductas.

Conocida es la frase que afirma que si no existiera la religión con sus mandamientos y un dios al cual temerle, nos destruiríamos unos a otros sin remedio. Lo chistoso de esta convicción tan extendida es que son los creyentes de las distintas religiones los que siguen organizando o cometiendo los crímenes y las masacres más espantosas de la Historia.

Después de los bálsamos psicológicos relacionados con premios y castigos en el más allá, o las especulaciones alrededor de la reencarnación en otras vidas, tenemos las conjeturas “laicas” que expresan el humano deseo de ver los errores e injusticias que se cometen, compensados a través de una presunta ley del “karma” que reestablecería, tanto en el plano personal como en el cósmico, una especie de equilibrio ético-metafísico consistente en devolver el mal al que actuó mal, y el bien al que hizo el bien, lo que es la versión mágica del principio que dice que toda acción acarrea consecuencias.

Lamentablemente, esta fantasía casi no se comprueba en la vida práctica, pues es de todos sabido que la mayoría de los grandes delincuentes, matones y jueputas de cuello blanco andan tranquilitos celebrando por todos lados, mientras que la gente sencilla, honesta y trabajadora, casi siempre está hasta la madre, saturada de problemas y desgracias.

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