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Las redes de la memoria de Roberto Díaz Castillo

Méndez Vides

La Cuaresma es época propicia para la nostalgia, por la manera como las marchas procesionales nos rebotan en la memoria, y buscando entre los libros que atesoro me encontré con las memorias de Roberto Díaz Castillo (1931-2014), una edición agotada que por alguna razón inexplicable no se ha vuelto a publicar. Abro el libro al azar y me cruzo con la narración de la salida de La Reseña de la iglesia de La Merced un Martes Santo, desde el punto de vista de un niño conmovido que observa la salida del Nazareno en andas, atento a los devotos que se postran de rodillas cuando suena la Granadera. Tanto le gustaban las tradiciones, que en una oportunidad entre amigos vistió fuera de estación la túnica del Santo

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Entierro de la Escuela de Cristo y al compás de una marcha procesional satisfizo el deseo no concretado de cargador con una silla por el estrecho corredor de nuestra casa.

Su amistad fue un gozo, y conservo fresca la memoria de los días en su casa en Managua, recorriendo los islotes en el lago. Unos años antes de su deceso me visitó una tarde repentinamente con una caja conteniendo revistas literarias de principios de siglo XX, que me entregó a modo de herencia prematura, que guardo y conservo con mucho cariño junto a sus libros, especialmente Las redes de la memoria, donde con gran frescura ya se había empezado a despedir dejando constancia de su vida con pequeñas anécdotas que testimonian lo que significó su tiempo y circunstancia.

El asombro inicia con el asesinato de José León Castillo, su tío materno, por orden del presidente

Jorge Ubico, el mismo para quien de niño agita una bandera azul y blanco saludándolo a su llegada a Cobán, sin poder interpretar el gesto de cariño inhibido del mandatario sobre su cabeza. Y el círculo se cierra con la pérdida por asesinato de su hijo José León, significando la pérdida de la patria, del hogar. Aquel hecho lo condena al exilio, a los escondites, a la aparición discreta en el funeral.

A Roberto le tocó vivir el conflicto en carne propia, y en sus memorias cuenta también la historia de toda una generación, la de los estudiantes arevalistas en los tiempos de

Arbenz. Los sueños, las aspiraciones, los ideales se vieron interrumpidos con el primer exilio. De julio a septiembre de 1954 se asila en la embajada de Chile, y cuenta con gran lucidez los avatares de dicha experiencia.

Al regreso del exilio se inserta de nuevo en el campo cultural y se compromete políticamente. Son los tiempos revolucionarios, las ideas se agitan y revuelven por todo el continente. Llega el alzamiento en armas de Turcios Lima, cadáver que luego le tocará a él reconocer en la morgue.

Tiempo de reuniones clandestinas, de amistades en vilo, desfile de muerte de amigos entrañables.

En su segundo exilio se traslada de Ecuador a México, donde permanece hasta que la Revolución Sandinista lo llama para dirigir la Editorial Nueva Nicaragua. En medio de la euforia sandinista empieza la redacción de estas páginas, porque los recuerdos lo hostigan y se le revuelve como un paraíso perdido la memoria de su casa, cuadros, familia, artesanías, el paisaje de Atitlán, las procesiones cuaresmales, que combina con los recuerdos de sus viajes por Cuba, Rusia, China, Chile, Ecuador, Madrid, Florencia…

Así como dejó registro de su participación en cuatro revistas: Cuadernos universitarios, Arte y literatura, Lanzas y letras, y Alero. Medios impresos en los que se dejó constancia de su calidad intelectual. Las reedición de este libro es una asignatura pendiente para el país.

El escritor japonés Kenzaburo Oe, Premio Nobel de Literatura en 1994 falleció el 3 de marzo.

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