Infierno en el Gueto de Varsovia

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Infierno en el Gueto de Varsovia Autor: Fernando Osorno


Septiembre de 1939 “Desde ese día, primero de septiembre, las bombas lanzadas desde el aire por los soldados alemanes, caían de manera brutal sobre Polonia. La sorpresa de los ataques tardó muy poco, quizá segundos, en crear pánico entre todos los polacos que no sabían que era lo que estaba sucediendo. El poderoso armamento nazi estaba causando estragos en la pequeña ciudad de Varsovia. En pocos minutos estaban siendo destruidos la gran mayoría de los edificios, casas y negocios de aquella ciudad polaca. Las muertes, por los ataques, ya se contaban por cientos. El caos era inenarrable, miles de polacos que minutos antes se encontraban en total calma, corrían despavoridos tratando de


encontrar

refugio.

No

sabían

que

era

lo

que

estaba

aconteciendo…. ” Invierno 2009 Nuevamente cae la noche. Nunca más mis noches fueron iguales desde ese día. Hoy es una noche más, una noche que me lacera como maldito látigo fulminante. Odio esta y todas las noches. ¿Pero cómo no he de odiarlas? si sé que siempre, como cada noche, regresaré a ese lugar infernal del que trato de escapar pero no puedo. Sé, que de manera inconsciente, una vez más volveré a ese sitio que me hace temblar de miedo, que me acobarda, que me atormenta. Aunque logré escapar del infernal gueto de Varsovia, aún, setenta años después, no he podido salir de él, sigo ahí, le pertenezco. Desde ese día maldito primero de septiembre, cada noche, al cerrar mis ojos, el olor putrefacto de cadáveres vuelve a inundar


mi olfato, vuelvo a ver desfilar a esos bastardos soldados alemanes asesinando sin piedad ni misericordia alguna a miles de judíos. Cada noche, vuelvo a sentir el mismo dolor penetrante en mi vientre por falta de alimento. Recuerdo, como si no hubiera pasado el tiempo, mis ropas sucias, mis zapatos rotos y mugrosos, mi cansancio, mi hastió, mi penosa cobardía. Durante mis terribles sueños trato de quitar con desesperación, sin conseguirlo, las malditas moscas que se posan sobre mi rostro después de haber estado entre los miles de cuerpos sin vida que se encontraban tirados en las banquetas y calles del gueto infernal. Recuerdo con mucho dolor y angustia a mis amigos de la clase, tirados en el patio del colegio, muertos o famélicos, estos últimos, esperando una muerte segura. Sentí en carne propia el infierno mismo dentro del mismísimo infierno.


¿Cómo olvidar el averno dentro del gueto? ¿Y cómo he de olvidarlo si fui actor protagónico dentro de este pasaje de tiempo denigrante? Trato de dormir lo más tarde posible y despertar lo más temprano que mi cansancio me lo permite. Intento dormir sólo lo que mi cuerpo requiere para seguir vivo, que no viviendo, que no existiendo. Nadie podía seguir existiendo dentro de aquellas calles. Todas las noches despierto envuelto en un baño de sudor que moja totalmente mi almohada. Por las madrugadas despierto con un grito ahogado y únicamente para darme cuenta que ya no estoy ahí, pero si estoy, sigo estando ahí. He olvidado presentarme, soy Marcus F. Schneider, soy polaco y soy judío. Tengo ochenta años, vivo junto a mi esposa en la ciudad de Savona, una pequeña provincia en la región de Liguria, Italia.


Tengo tres hijos y nueve nietos. Por ellos, por mis nietos, es que me he decidido a escribir este libro. Quiero que algún día conozcan realmente qué es lo que le sucedió al abuelo en aquellos años infernales dentro del gueto. Setenta años atrás, también era polaco, también era judío, pero tenía diez años y no sabía por qué nos encontrábamos, junto a casi 400,000 judíos más, encerrados en un pequeño espacio de calles de Varsovia, dentro de una chica habitación, con hambre, con frío, y además conviviendo con grandes enfermedades que también nos atacaban sin misericordia. Hoy, a pesar de lo vivido, pude escribir este libro, y lo pude escribir gracias a dos familias alemanas, una de ellas judía como la mía. Esas dos familias salvaron de morir en los campos de exterminio a 1,272 niños y jóvenes, la gran mayoría huérfanos que nos encontrábamos deambulando por el gueto, con hambre, con frio y al borde de una muerte segura, ayudándonos a escapar.


Nunca, hasta hoy, he contado esto. Esta es una historia que la Gestapo (Geheime Staatspolizei ) intentó desaparecer para siempre de los registros históricos. Esta es mi historia y la de cientos de judíos que sobrevivimos al exterminio gracias a la valentía de seres excepcionales que arriesgaron su propia vida para salvar la de otros. Esta es la historia de las familias Kunze y Goldemberg y también la de 1,272 judíos que fueron rescatados del odio y de la maldad humana.

Aquí mi historia: Alemania, Noviembre de 1923 En Alemania se cumplen cinco años de la finalización de La gran guerra. Con ciudades totalmente destruidas por las fuerzas aliadas, Alemania sufre en este momento un verdadero caos político, social y sobre todo económico. Tras la guerra y la firma


del tratado de Versalles por toda Alemania surgen movimientos políticos de muy diversas formas, contextos e ideologías. De entre esos movimientos existe uno que día a día toma más fuerza, el que antes llamaban Partido Obrero Alemán, se ha convertido en el Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, cuyo líder, Adolf Hitler, ha estado sumando a cientos de miles de alemanes a su causa. Adolf Hitler es un orador excepcional y muchos alemanes depositan en él la esperanza que necesitan para poder salir delante de la crisis de la post-guerra mundial, salir con la frente en alto y con el orgullo inquebrantable. La desesperación en la gran mayoría de los alemanes es indescriptible. Millones de ellos perdieron todo su patrimonio durante la gran guerra. Solo algunos resultaron afortunados al lograr rescatar de manera

inteligente,

miles

de

marcos

exclusivamente lo necesario para poder subsistir.

para

comprar


Los más agraciados económicamente fueron en ese momento, los menos.

Múnich, Alemania Madrugada del 9 de Noviembre de 1923: El doctor Alfred Kunze, es un hombre relativamente joven, de tan solo 37 años y de complexión robusta pero sin llegar a la obesidad, de largos bigotes entrecanos al igual que todo su pulcro y perfectamente cortado y peinado cabello. Sus expresivos ojos azules y su rostro delineado hacen suspirar tanto a jóvenes como a señoras ya entradas en años. Alfred es un hombre respetado por toda la sociedad que habita la ciudad de Múnich. El Doctor Kunze Participó en la gran guerra como médico de los soldados caídos, sin importar si eran combatientes alemanes o soldados aliados.


De manera elegante en el vestir y con un calzado impecable, llegó a su casa, a las afueras de su ciudad natal. Ahí lo esperaba su esposa Patrizia, una mujer seis años menor que él y quien ha sido siempre una excelente compañera durante los poco más de doce años que llevan unidos en matrimonio. Patrizia, mujer muy guapa, de perfil casi perfecto, cocinera excepcional y excelente madre. Patrizia siempre es la última en ir a dormir. Siempre lo hace después de servir la cena a toda la familia, recoger la mesa y lavar los trastos sucios. Además de cerciorarse que estuviera bien cerrada la puerta de la casa y la del consultorio de su marido, que se encontraba al ingreso de la vivienda. Los Kunze eran una familia tradicional católica, de herencia cien por ciento alemana. El matrimonio tenía dos hijos, Bruno el hijo mayor y Edmund el menor.


Bruno es un niño totalmente extrovertido que soñaba en convertirse en médico, al igual que su padre. Edmund, a diferencia de su hermano mayor, era un niño un poco pasado de peso, totalmente rubio y con profundos ojos azules, que denunciaban casi siempre, una expresión de tristeza. El pequeño Edmund sufría trastorno de aprendizaje. La casa de los Kunze era un hogar que miles de ciudadanos alemanes alguna vez soñaron tener, al menos antes de la gran guerra. La familia había logrado salir adelante de la situación agónica de la post-guerra gracias a los ahorros logrados por el líder familiar durante los años de sequía laboral. De amplios jardines y provista de una maravillosa estancia en sala y comedor, el hogar de los Kunze era uno de los hogares más elegantes de las afueras de la ciudad. Su vivienda estaba situada en una zona privilegiada.


Las paredes y pasillos del hogar se encontraban adornados con pinturas y esculturas excitantes de artistas europeos, todos ellos de los nacientes años veintes.

¡La revolución nacionalista ha comenzado! Cerca de las dos con quince minutos de la madrugada del 10 de Noviembre de 1923 se escucha el ruido ensordecedor del motor del vehículo Ford T, modelo 22, propiedad del Doctor Kunze. Patrizia y Bruno lo esperaban despiertos. Al escuchar el gran escándalo del automotor salieron a recibirlo. Padre ¿Qué ha pasado? lo hemos estado esperando estas últimas horas, nos tenía bastante preocupados mientras le recibía la gabardina. ¡Esto se está convirtiendo en una locura hijo! –Respondió el doctor. – ¿Por qué dice eso?

–Dijo Bruno


Dentro de casa te platico lo que aconteció hace unas horas – Respondió Alfred. El doctor Kunze habría salido horas antes a la cervecería Bürgerbräukeller Beer Hall a escuchar el discurso de Gustav Von Khar, un líder político quién daría esa noche el anuncio de unificar a los diferentes partidos políticos de Alemania. Al ingresar a la casa, Alfred depositó un beso en la frente de su mujer, después le solicitó de manera afable, le sirviera en una copa, un buen trago de whisky. Se sentó Alfred preocupado en el sillón de la estancia principal y tras desabrocharse un poco los zapatos lanzó un leve suspiro. Bruno, quien había dejado en el perchero a la entrada de la casa la gabardina de Alfred, tomó una silla y se sentó a su lado. Le noto nervioso –dijo Bruno al oído del doctor Kunze. No es para menos muchacho, estamos saliendo de una guerra y no somos capaces todavía de entender que lo hemos perdido todo como nación y aún así queremos entrar a una nueva guerra


–Respondió Alfred mientras recibía de Patrizia el trago de whisky que le había solicitado momentos antes. En la mente de Alfred se agolpaban las palabras que horas antes había pronunciado quien ni siquiera estaba contemplado estar en la reunión del líder Gustav Von Khar. Ante la sorpresa de los ahí reunidos, el líder del partido nacional socialista obrero alemán, Adolf Hitler, había tomado por asalto la sede de la reunión y había mantenidos secuestrados a todos los presentes, incluido Alfred. “¡La revolución nacionalista ha comenzado!” fueron las palabras de Hitler al unificar de manera traicionera a los demás líderes políticos. Alfred salió de su pensamiento para terminar de beber el whisky y tras levantarse del sillón le pidió a Patrizia acompañarle a la habitación.


Bruno se despidió de Alfred depositando en él un beso en su mano derecha, después se dirigió a su madre y la besó en la frente. –Mañana platicamos un poco más de esto Bruno

–soltó al

viento Alfred mientras se dirigía a su habitación. Claro que si padre –respondió el mayor de los hermanos Kunze. Edmund, quien había escuchado todo desde su cama, ya no pudo conciliar el sueño. Se levantó, sacó de un baúl que estaba dentro de su habitación un rompecabezas de madera e intentó armarlo. Unas horas después Bruno fue despertado por Patrizia quien le indicó que el desayuno estaba servido y le pidió arreglarse para asistir a la escuela. El hijo, aún adormecido, acató la instrucción de su madre y lentamente caminó al sanitario para arreglarse antes de bajar a desayunar. Edmund por su parte seguía dormido.


El menor de la familia no asistía a ninguna escuela, un maestro especial, contratado por el doctor, era quién se encargaba de enseñarle a leer y a escribir. Patrizia terminó de servir el desayuno a Bruno y después de eso, se dirigió en el vehículo familiar a la escuela más próxima, la cual se encontraba a pocos kilómetros de ahí, muy cerca a la entrada de Múnich. Esa mañana era un poco más fría de lo habitual, se podía sentir un aire muy diferente al de días anteriores. Las calles estaban de manera extraña más desiertas que de costumbre. “Algo no está bien” –pensó Patrizia – quien decidió no dejar a Bruno en el centro escolar y optó por regresar de inmediato a la residencia. Durante el retorno, observó que camionetas militares patrullaban los ingresos a la ciudad de Múnich. Al llegar a casa y entrar a la vivienda encontró a Alfred escuchando la radio, según pudo darse cuenta, estaban dando


una noticia importante o al menos eso le pareció al observar a su marido tan atento al aparato radiofónico. Alfred, ¿Qué pasa? –Preguntó Patrizia. ¡Calla mujer, déjame escuchar! –Respondió su maridoUn locutor alemán daba cuenta de lo acontecido horas antes. …“Ayer cerca de las ocho con treinta minutos de la tarde, Hitler, junto con un contingente de las SA (policías nazis) llegaron a la cervecería Bürgerbräukeller en donde el gobernador de Baviera, Gustav Von Kahr pronunciaba un discurso a más de 3,000 personas. En ese momento, cerca de 600 policías de las SA bloquearon las salidas” –seguía la nota. “Hitler, rodeado por sus copartidarios Hermann Goering, Alfred Rosenberg y Rudolf Hess, entraron a través de la puerta delantera. El líder nazi Adolf Hitler, de manera sorpresiva disparó su arma contra el techo del lugar gritando "¡La revolución nacional ha estallado!".


“tras el intento fallido, Adolf Hitler y Hermann Goering han sido heridos y detenidos” –terminaba la nota. Al terminar la información de la radio Alfred volteó a ver a su mujer sin decir palabra. Quedaron en silencio durante varios minutos, nadie se atrevía a pronunciar palabra, no sabían que decir, estaban totalmente sorprendidos. En ese momento se escucharon leves toquidos en la puerta de la residencia que hicieron voltear de manera nerviosa a la pareja. Patrizia fue la única que atinó a reaccionar, decidida se dirigió a la puerta y al abrirla se dio cuenta que quien estaban visitándolos era un gran camarada de su esposo. Se trataba del Doctor Gustav Goldemberg quien iba acompañado de su pequeña hija Gabriela, una nena preciosa de ocho años que lucía un hermoso vestido color azul turquesa que contrastaba con sus bellos ojos color café oscuro, coronados magistralmente con unas largas pestañas de ensueño.


El doctor Gustav, de ascendencia judía, es una eminencia médica y es muy respetado por muchos ciudadanos alemanes. Gustav, es de edad semejante a la de Alfred. Su porte, al igual que su colega, era impecable. Esa mañana vestía como cobijo por la helada madrugada, una gabardina de piel en color negro intenso que hacía juego perfecto con el color de su sombrero a dos alas, el cual estaba un poco inclinado a la izquierda de su mirada diestra. La pequeña Gabriela al sentir que las puertas de la residencia se abrían intentó separarse de inmediato de la mano opresora de su padre. Espera Gabriela –dijo el padre mientras la detenía por el brazo. Saluda primero –Ordenó enérgico Gustav. Gabriela volteó a ver a su progenitor y sin soltar su mano respondió –Perdón padre. Buenos días doña Patrizia, buenos días doctor –saludó. Buenos días pequeña –respondieron ambos el saludo.


Después de esto, Gabriela miró a su padre como solicitándole aprobación para soltarle la mano. El Doctor Gustav asintió con la cabeza ofreciendo la autorización a la solicitud. ¡Edmund! –gritó Gabriela mientras corría subiendo las escaleras buscando al hijo menor de la familia de los Kunze. La pareja y el visitante siguieron el recorrido de la menor con una sonrisa esbozando su rostro. El Doctor Goldemberg se despojó de su fino sombrero para depositarlo en el perchero a la entrada de la vivienda. Disculpen ustedes amigos –dijo Gustav entonces a la pareja. Como respuesta recibió una sonrisa de complicidad de Patrizia, mientras que Alfred lo miró de forma preocupada. ¿Sabes lo que está sucediendo camarada? –preguntó Alfred de manera seria al recién llegado. Por supuesto que lo sé –respondió el judío. ¿Qué piensas de ello colega? –preguntó Alfred.


Pienso que ese loco está en este momento donde debería haber estado siempre. –Respondió Gustav mientras le pidió a Patrizia una taza con té de limón. –¿No lo has escuchado en sus discursos? –No es necesario escucharlo para saber que el odio que nos tiene no puede llegar a ninguna parte. Gran parte de los judíos formamos parte de la recuperación y reorganización de la estabilidad económica de la post-guerra. Su odio es irracional, y si te das cuenta camarada, su movimiento, aunque está creciendo en las entrañas de las cervecerías, no tiene absolutamente ninguna presencia en el parlamento. No tenemos los judíos de que preocuparnos en lo absoluto colega –terminó. Ojalá no te equivoques Gustav. –Respondió Alfred. Después de charlar durante más de dos horas, el Doctor Gustav Goldemberg y su hija Gabriela se despidieron de los anfitriones. 10 años después


Como todos los días, y como si tuviera integrado un despertador personal, el doctor Gustav Goldemberg despertó a las seis con nueve minutos de la mañana después de una noche de descanso placentero. Tratando de hacer el menor ruido posible, se dirigió al cuarto de baño. Abrió la llave del grifo y empezó a llenar de agua la tina de cerámica en color blanco. Minutos después, tocó un par de veces, con la palma de su mano, la temperatura del agua que caía y la templó, como siempre en una temperatura de entre 19 y 22 grados centígrados. Se desnudó lentamente y esperó con calma a que la tina alcanzara un poco menos de la mitad de su capacidad. Tomó del estante que se encontraba dentro del tocador el libro del artista Miguel de Cervantes Saavedra, “El Quijote de la Mancha” y lo abrió en la página 137, en donde apoyado con un separador de páginas, había quedado la lectura del día anterior. Se introdujo a la bañera y así transcurrieron cerca de 49 minutos.


Cerró el libro y lo colocó en una mesa pequeña que estaba ubicada ex profeso para tal fin. Se dio una ducha, como todos los días y después de ello se dirigió al vestidor de la habitación sanitaria. Para ese entonces, Agnes, su esposa, ya se encontraba despierta y preparando el desayuno del día para su marido y sus dos hijos. Al salir del cuarto de baño, como siempre, impecablemente vestido, en esa ocasión con un traje recto en color gris y sobre este, una gabardina larga de piel de cabra en un tono un poco más oscuro que el traje y sobre su cabeza colocó un sombrero de copa alta. Después de dar un último vistazo a su atuendo frente al espejo que reflejaba su cuerpo entero se dirigió al comedor. Ahí lo esperaba ya su esposa Agnes con un suculento desayuno. Los dos hijos de la familia, Gabriela y Schmuel, se estaban preparando para asistir a la escuela. Gabriela, ya de 18 años, estudiaba psicología.


Ella tenía una inteligencia mayor al común de las chicas y chicos de su edad. Además de su lengua natal, hablaba perfectamente el idioma polaco y de una manera menos asertiva, pero en un porcentaje mayor al 60 por ciento, dominaba y comprendía el idioma francés. El hijo varón, Schmuel, de veinte años, se encontraba estudiando en la escuela de medicina, deseaba lograr la misma profesión del padre. Buenos días preciosa –comenta Gustav al llegar a la cocina donde se encontraba su esposa Agnes. Buenos días doctor –respondió ella sin quitar la vista de encima del platillo que se encontraba en la estufa todavía. Gustav se despojó del sombrero de copa colocándolo en una de las sillas aún desocupadas y se sentó en una de ellas mientras que Agnes tomó un plato de la vajilla y sirvió un poco de guisado que había preparado y lo acercó a su marido. ¿Quieres que encienda la radio? –preguntó la mujer.


No, prefiero hacer oración antes de desayunar

respondió el doctor. Ayer por la noche, antes de que llegaras a casa nos visitó el doctor Kunze para extendernos la invitación a una reunión de despedida. –Comentó Agnes. ¿De despedida? –preguntó Gustav. Sí, eso dijo. Parece que se van de Alemania

–respondió

la mujer –¿Se van de Múnich? –Creo se van a vivir a Polonia, Varsovia. –¿Y qué irán a hacer allá? –No lo sé, algo dijo que la situación política en Múnich con Hitler como canciller no pinta nada bueno para Alemania. ¿Qué puede pasar con Hitler como canciller?

–preguntó

Gustav mientras seguía degustando el desayuno. La pregunta no fue respondida, en ese momento bajaron al comedor los hijos de la pareja.


Buenos días –saludó Gabriela Schmuel, el mayor de los dos hijos besó en la frente al padre, después a la madre. Buenos días familia –saludó el hijo Buenos días hijos –respondió el doctor el saludo. Los hijos tomaron lugar en el comedor y recibieron de parte de Agnes el alimento matutino. ¿Ya estás enterado padre que el antisemita de Hitler fue nombrado canciller de Alemania el día de ayer?

–comentó el

mayor de los hijos. –Apenas me entero por parte de tu madre que fue nombrado canciller, me comentó que el doctor Kunze por ese motivo pretende irse a radicar junto a su familia a Polonia. ¿Y tú qué piensas hacer padre? –preguntó Schmuel Nada, absolutamente nada –respondió el doctor mientras tomó una servilleta de tela y con ella limpió sus labios tras terminar el desayuno dando poca importancia al comentario de su hijo.


Después de analizar la pregunta de Schmuel por algunos segundos, Gustav comentó –Que haya sido nombrado canciller no significa que tengamos que huir de nuestra ciudad. Nosotros los judíos somos parte muy importante para la reconstrucción y el reordenamiento de la economía y estabilidad alemana. –Continuó diciendo el Dr. Goldemberg. Muchos judíos somos los que estamos levantando esta nación después de la guerra, no veo por qué tengamos que ser víctimas de una política antisemita. –Terminó el diálogo. Schmuel entonces dejó de ingerir alimento y con mirada firme se dirigió a Gustav. Entonces padre, se ve que no estás totalmente enterado de lo que está pasando en Múnich –dijo. –Vamos hijos, no se tienen que preocupar por esto, nosotros los judíos fuimos una pieza muy importante en la gran guerra,


recuerden que yo mismo participé en ella ayudando a los soldados alemanes caídos en el frente. No creo que ahora un líder político quiera denigrar nuestra participación a favor de la gran Alemania

–Concluyó mientras

se levantaba de la silla del comedor y en forma de agradecimiento se acercó a Agnes y depositando en ella un beso en la frente. Toda la familia terminó el desayuno sin decir más palabras. No se habló más del tema. Los hijos partieron a la escuela mientras Agnes levantaba de la mesa la vajilla. Gustav se dirigió al ingreso de la finca para abrir el negocio farmacéutico que se encontraba en una de las principales avenidas de Múnich. La apertura se realizaba dentro del local, ya que pertenecía a la vivienda. Para trasladarse a la puerta principal del negocio, Gustav tenía que cruzar la vivienda, tenía que cruzar también un pequeño


espacio en donde realizaba la composición de fórmulas que entregaba como remedio a los enfermos que le visitaban. La puerta de ingreso del comercio estaba en forma de arco a dos alas, de madera, ambas con cristales que permitían ver el interior del negocio. El piso del comercio era de un impecable laminado de madera de roble perfectamente barnizado. El mostrador era un trabajo excepcional de caoba tallada con color al natural que vestía de elegancia el lugar. Tras

el

tablado,

también

elegantemente

colocadas,

se

encontraban los aparadores que exhibían los productos a la venta. Prótesis, medicamentos, equipos de laboratorio y diversos compuestos de fórmulas preparadas por el doctor Goldemberg para diversas afecciones y malestares. Exactamente a las ocho en punto, casi religiosamente, las puertas del lugar se abrían a los requerientes.


En la parte alta, externa del lugar se podía observar la leyenda que daba nombre al negocio de la familia. “Botica y venta de prótesis corporales Dr. Goldemberg nuestra satisfacción es lograr la suya” terminaba la publicidad instalada en todo lo alto del negocio. Como todos los días, la afluencia de clientes desde las primeras horas fue intensa, era sin duda alguna, un negocio con muchos ingresos, esto a pesar de la gran crisis económica que se vivía en Múnich desde hacía ya varios años. Los precios que ofrecía el comercio eran totalmente accesibles a los que requerían del servicio. La atención del doctor Goldemberg hacia sus clientes la realizaba de una manera excepcional. Lo visitaban, en su gran mayoría, judíos alemanes que conocían o habían escuchado hablar de la gran capacidad médica de Gustav Goldemberg. Cena en casa del Doctor Alfred Kunze


Al llegar la noche, cerca de las veinte horas, Gustav cerró al público el local comercial. La familia ya estaba esperando el momento para dirigirse a la casa de la familia del doctor Alfred Kunze a la cena que ofrecían para despedirse de sus amigos y colegas médicos. Al llegar a la reunión, el doctor Gustav notó una gran cantidad de vehículos estacionados a pocos metros de la entrada principal de la residencia de su amigo y colega. Gustav no esperaba que la reunión fuera de tal magnitud. “Es en serio entonces, es verdad que se va a ir a radicar a Polonia.” Pensó. En la puerta principal, se encontraba Patrizia, quien recibía a todos y cada uno de los invitados de su marido. Hola Patrizia –saludó Agnes. Bienvenidos, es un gusto que estén acompañándonos en este momento –Respondió Patrizia.


La noche transcurrió de una manera alegre y totalmente llena de camaradería. Una excelente cena servida al punto de las once de la noche acompañada de exquisito coñac, vino tinto y vino blanco. Treinta minutos después, Alfred se levantó de su lugar y solicitó, con voz fuerte y clara, silencio a los presentes. Todos los invitados acataron la instrucción. Alfred, al observar que todas las miradas estaban puestas en su persona, inició el mensaje. –Estimados colegas y amigos. Sean todos ustedes bienvenidos a esta su humilde casa. Esta noche es muy importante para un servidor y para mi familia que nos acompañen. El objetivo de esta reunión –siguió diciendo– es informarles que hemos decidido dejar nuestra querida patria para buscar nuevos horizontes en un país diferente.


La situación política que actualmente se está viviendo en Alemania no nos deja opción alguna. He sido partícipe de los discursos de odio irracional y de políticas equivocadas de nuestro nuevo canciller, Adolf Hitler. Como ustedes saben –continuó– yo participé en el frente alemán como médico en la gran guerra y veo, de manera preocupante, que Alemania está a las puertas de una nueva guerra, no sé si será interna o externa, lo que sí sé, es que no estoy dispuesto a participar en ella. Los invitados escuchaban atentos el mensaje de Alfred. Mañana a primera hora, –prosiguió– estaremos emprendiendo el camino hacia una nueva nación. Quiero agradecerles a todos ustedes su invaluable amistad y su gran cariño. En cuanto tengamos la información, les haremos llegar nuestra nueva dirección en Varsovia –terminó el discurso el doctor Kunze. Siguieron después horas de convivio. Entre brindis y parabienes, la gran mayoría de los invitados a la reunión empezaron a retirarse.


La mayor parte de los invitados a la reunión sí estaban de acuerdo con las políticas del nuevo canciller alemán, pero no se lo hicieron saber al doctor Alfred. La gran crisis económica que azotaba la nación había hecho creer a los ciudadanos germanos el valor de un nuevo liderazgo que los llevaría a la recuperación económica y política inmediata, un líder que tenía el valor de desconocer el tratado de Versalles que tanto daño estaba causando a Alemania. Al final, sólo quedaron pocas familias, entre ellas, la del doctor Goldemberg. Uno de los invitados, de manera traicionera, había informado a las S.A. el discurso realizado por el doctor Kunze. Cuando estaba a punto de finalizar la reunión, arribaron al lugar dos vehículos con ocho miembros de la policía de Hitler a resguardar el lugar. Miembros de la SA se encontraban a las afueras de la residencia del doctor Alfred mientras despedía a los últimos invitados.


Sólo quedaron en su casa el doctor Goldemberg y su familia. Después de varios minutos, Patrizia se asomó por una de las ventanas de la sala para cerciorase que aún seguían los policías del movimiento nazi. Ve a tu habitación mujer –pidió Alfred a Patrizia. La mujer asintió con la cabeza en señal de aprobación mientras veía como su marido, también con la mirada pedía llevar con ella a la esposa del doctor Gustav para poder platicar con él. Los hijos de ambas familias se encontraban reunidos en el patio de la casa alimentando una fogata y entonando algunos cánticos juveniles populares. Solamente Edmund se encontraba en su habitación, no había salido de ella en ningún momento, le causaba miedo estar ante tanta gente. Al quedar solos, el doctor Kunze invitó a su colega Goldemberg a sentarse en una de las sillas del comedor. ¿Qué gustas tomar? –preguntó Alfred al invitado


Un poco de coñac por favor colega –respondió Gustav. Mientras Alfred servía las dos copas con el licor francés, preguntó a Gustav: –¿Colega, usted no ha pensado en ir a buscar mejores opciones de vida en otra parte fuera de Alemania, no lo sé, posiblemente en Polonia? –La verdad no lo he pensado amigo, me imagino que sería muy difícil para mí y para mi familia hacer un cambio tan radical. ¿Más que el de una guerra de odio sin cuartel de parte del canciller Hitler? –preguntó Alfred mientras le extendía una copa con licor a Gustav. Veo colega que usted está muy preocupado con lo que está pasando en Alemania, pero para serle honesto no creo que sea para magnificar la situación –comentó el visitante mientras se levantó de la silla del comedor y se dirigió con paso lento al pie de un reloj de piso que estaba en el cuarto de comedor donde se encontraban para admirarlo.


Yo creo estimado colega –seguía hablando Gustav, que está usted siendo muy pesimista respecto a las nuevas políticas adoptadas en la nación. ¿Usted ha leído el libro qué el canciller escribió durante su reclusión, al que llamó “Mi lucha”?

–preguntó de manera

seria el doctor anfitrión mientras se dirigía al reloj de pared para darle cuerda. –No, no lo he leído ni me importaría leerlo, creo yo, mi estimado camarada, que solo es una fase más en el crecimiento de la Alemania. –Venga doctor, sentémonos de nuevo a la mesa, quiero contarle algo que nunca he platicado. Lo que le voy a comentar sucedió en el año 1918, al final de la guerra. Venga por favor, tome asiento, que esto que le voy a contar puede que cambie un poco la débil apreciación que tiene sobre el momento histórico que está pasando la nación –dijo Alfred


mientras que conducía con gentileza a Gustav al comedor nuevamente. Cuando ambos se sentaron a la mesa, Alfred dio un pequeño sorbo al coñac, se desabrochó un poco el moño que portaba y desprendió de la solapa un clavel rojo intenso que le había colocado Patrizia como un pequeño detalle de amor por el convivio. Sin ambos darse cuenta, la joven Gabriela había ingresado a la cocina a beber un poco de agua. Al escuchar a su padre y al doctor Kunze se detuvo detrás del resquicio de la puerta del ingreso al comedor y sin ser vista se dedicó a escuchar la conversación. En el año 18, al final de la guerra, –inició el relato Alfred– me encontraba atendiendo a un grupo de soldados que habían sido emboscados en el frente. Aquello era un hervidero de gritos, sangre y dolor. Soldados mutilados de alguna o varias extremidades. Soldados también con


un tiro de escopeta en la mismísima garganta que no les permitía respirar más y todos los que ahí estábamos presentes, éramos incapaces de salvarles la vida. Solo podíamos acompañarles durante sus últimos instantes de vida. Muchos de ellos me pedían suplicantes enviar mensajes a sus padres, esposas o hijos. Nosotros éramos su única opción de transmitirles el último mensaje de sus últimos momentos de vida. En el lugar que se había levantado para recibir a los heridos, estábamos si mal no recuerdo, tres médicos y ocho enfermeras, y aún así nos faltaban manos para poder atenderlos a todos. Aquello era, sin duda alguna mi estimado colega, el infierno mismo. Alfred detuvo un momento su relato evidenciando en su mirada que los recuerdos de aquel día estaban habitando en su mente. Un fuerte escalofrío le recorrió de pies a cabeza.


¿Está usted bien colega? –preguntó el doctor Gustav sacando a Alfred de aquellos recuerdos. No, no estoy bien estimado colega – respondió Alfred –¿Cómo puedo estar bien después de volver a recordar aquellos momentos? La guerra, mi querido doctor Gustav, es el peor de los pecados y la madre de todas las penitencias terrenales. ¿Gusta otra copa con coñac doctor? –preguntó Alfred mientras se levantaba para servir un par de tragos más, Gustav asentó con la cabeza en señal de aprobación. Cuando Gabriela vio que Alfred se acercaba a pocos pasos donde ella se encontraba, corrió a esconderse bajo la mesa de trabajo de la cocina logrando con ello no ser descubierta. Alfred retornó al comedor y prosiguió el relato.

–Esa

noche, fue una noche que nunca he podido olvidar y la razón por la cual estoy total y completamente convencido que la decisión que hemos tomado es la mejor.


Esa noche, como le comentaba colega, cerca de las madrugada, llegó a la base médica una ambulancia transportando a un herido que no paraba de gritar con tal fuerza como si estuviera muriendo ahí mismo. Soldados más gravemente heridos no hacían tales muestras de dolor como aquel cabo que recién llegaba. Toda su división había muerto tras estallar un mortero en las trincheras donde se encontraban, supe poco después que aquel soldado herido había salvado la vida porque segundos antes de que cayera sobre la trinchera la bomba de los aliados salió a perseguir a un perro que él tenía como mascota y sin razón aparente escapaba quizá espantado por el sonido ensordecedor y que sólo él pudo escuchar por su condición canina. Tiempo después, durante un enfrentamiento con el enemigo, el soldado había sido expuesto al gas mostaza que le quemaba los ojos de manera inmisericorde.


Después de tratarle su afección se le ordenó estar en reposo durante un mes. Ese mes pude conocer a fondo al cabo aquel que ya no lloraba del dolor, sin embargo, durante todo ese largo mes escuché de su boca todo tipo de maldiciones en contra de los judíos, los negros, los gitanos, pero sobre todo de los judíos. Decía casi religiosamente a todos los soldados que llegaban a recibir atención médica y que estaban en condiciones de escucharle, que los judíos eran responsables de todo lo mal que le estaba pasando a la Alemania. Gritaba todo el tiempo que no era posible que el ejército alemán tuviera entre sus altos mandos a generales y capitanes judíos– Gustav no despegaba la vista de los labios de Alfred, escuchando con atención lo que el anfitrión estaba contando. Veintiocho días después le extendí el alta médica, la charla Alfred –.

–continuó


Ya estábamos hartos de escucharle todos los días quejarse de todo y contra todo. Por cuestiones que desconozco, no hizo caso a la alta médica. Al día siguiente, cerca de las siete de la mañana un colega recibió una llamada de radio a la base médica. En esa llamada informaban de la rendición alemana y el fin de la guerra. Esa mañana, camarada –prosiguió el relato Alfred– juro que volvieron a aparecer, o al menos, volvimos a escuchar los que ahí nos encontrábamos, los cánticos de aves que volaban cerca del campamento y que habíamos dejado de disfrutar por bastante tiempo. Esa mañana, de manera espectacular el sol salió con mayor intensidad. Juro que aquel ha sido el más bello amanecer que he presenciado jamás. Todos estábamos contentos. La gran mayoría llorábamos de alegría de manera silenciosa.


Las lágrimas recorrían nuestros rostros, incluso en muchos de ellos que se encontraban mutilados por las heridas. Sólo uno de los heridos colega, sólo uno, al conocer la noticia del fin de la guerra, se levantó como impulsado por un resorte y en una acción rápida, quitó el vendaje que cubría sus ojos. Todos los presentes volteamos sorprendidos al ver su reacción. “¡Malditos traidores!” gritaba el cabo. ¡Estábamos a punto de ganar la guerra!, –siguió vociferando–. –¡Todo esto es por culpa de los malditos judíos que dirigen el frente de batalla! – La mirada que vi en ese personaje era una mirada que nunca he podido olvidar y que en muchas ocasiones me despierta durante la madrugada como una lanza en llamas. Era una mirada siniestra, que enmarcaba perfectamente al demonio mismo y a toda su maldad.


Ese cabo, estimado doctor –seguía el relato Alfred ante la mirada atenta de su colega Gustav – se llama Adolf, Adolf Hitler, el nuevo canciller alemán. – Gustav quería preguntar algo a Alfred pero su voz quedó totalmente en silencio. No atinó en absoluto a pronunciar enunciado alguno. Yo, estimado amigo –prosiguió Alfred ante el silencio del invitado– desearía que usted y su familia nos acompañaran a Polonia. Ahí, en esa nueva nación, podría usted seguir sin problema alguno con su botica y también podría darle la oportunidad a su familia de evitar el odio del nazismo. Gustav, después de escucharlo, bebió de un solo trago el último sorbo de coñac que quedaba en el pequeño recipiente de cristal cortado en donde le habían servido el fino licor. Gustav se levantó entonces de su asiento, caminó escasos tres metros y comentó dando la espalda al anfitrión –colega,


agradezco de verdad sus palabras, pero es muy difícil para mí hacer un cambio tan radical, un cambio de esta magnitud podría traer consecuencias graves para la estabilidad económica y educativa de mis hijos. Como usted sabe –continuó diciendo Gustav mientras daba vuelta la mirada para encontrarse de frente con la del doctor Kunze – hemos luchado bastante para lograr lo que ahora tenemos, tomar la decisión de emigrar a una nación desconocida para nosotros sería tanto como volver a empezar. Alfred guardó silencio ante el comentario de su colega, se dirigió hacia él y después de darle una palmada en el hombro derecho dijo –quizá tenga usted razón amigo Gustav y yo estoy exagerando la situación. Ambos hombres se miraron fijamente durante unos cuantos segundos. Gabriela, al escuchar que la conversación había terminado, caminó de manera acelerada hacia el patio de la finca donde se


encontraban su hermano Schmuel y Bruno, el hijo mayor de la familia Kunze. Ellos no notaron la agitación de Gabriela. Pocos minutos después, el doctor Goldemberg y su familia abandonaron la reunión. Durante todo el trayecto, Gabriela no pronunció palabra alguna, la tenue luz que desprendía la luna esa noche sería la cómplice sombría de sus pensamientos. Gabriela repasaba todas y cada una de las palabras vertidas momentos antes por Alfred. La conversación quedaría para siempre en su memoria y sería parte muy importante para lo que vivirían ella, su familia y miles de familias judías pocos años después.

Múnich, Alemania. 13 de octubre de 1934 Ese día fue diferente para la familia Goldemberg y lo fue también para miles de familias judías alemanas. Como un implacable


presentimiento de lo que acontecería en pocos minutos, el frío calaba más, mucho más que otros días. No había ropaje alguno que minimizara en lo absoluto el clima invernal que penetraba hasta el interior de los huesos. Como todos los días, a la misma hora temprana, el doctor Gustav abría la elegante botica, pero como una broma siniestra del destino, ese día por la mañana abandonó el comercio para dirigirse a la casa de un vecino judío alemán que se encontraba enfermo postrado en cama. Agnes y Gabriela habían quedado en el negocio, como lo hacían de manera regular cuando Gustav se dedicaba a visitar enfermos. La clientela había bajado de manera radical desde hacía poco más de un año porque los ciudadanos alemanes, siguiendo la política antisemita de su nuevo canciller Adolf Hitler evitaban todo contacto con negocios en los que judíos fueran propietarios o atendieran los comercios.


Schmuel se encontraba estudiando para presentar un examen en una de las habitaciones de la vivienda. El ruido de cristales rotos en el exterior del negocio llamó poderosamente la atención de Agnes y de Gabriela, quienes de inmediato salieron a investigar de dónde procedía tal escándalo. Rápidamente se dieron cuenta que una turba incontenible de alemanes afines a la ideología nazi y que eran acompañados de miembros de las S.A. atacaban con piedras y palos todos y cada uno de los establecimientos propiedad de ciudadanos judíos. Los soldados nazis encabezaban los disturbios ofreciendo a los manifestantes los medios necesarios para destruir todos los comercios de propietarios judíos. Gabriela, con el rostro desfigurado por el miedo que aquello le provocaba, le pidió a Agnes regresar de nuevo a la botica y cerrar las puertas para evitar ser atacadas como los demás negocios. Cuando la madre intentaba hacerlo, de manera inesperada, dos policías nazis, quebraron los cristales de la puerta de ingreso y con


patadas agresivas abrieron de par en par el negocio de los Goldemberg. Ante la agresión Gabriela temblorosa corrió tras el mostrador mientras que Agnes los enfrentaba. Detrás de los primeros dos policías nazis, ingresaron siete más de ellos. La mayoría lo hicieron destruyendo todo a su paso. El estruendo de los cristales y del mobiliario quebrándose llamó la atención de Schmuel quien salió de inmediato de la habitación en donde se encontraba. El mayor de los hijos al ver tal situación sintió un inmenso coraje e intentó enfrentarse a uno de los policías nazis, decidió desafiar al que se encontraba más próximo al ingreso a la vivienda. Al confrontarlo recibió un fuerte golpe con la cacha del rifle del miembro de la policía nazi que lo dejó inconsciente. Agnes al ver esto se le nubló la razón y se abalanzó fuera de sí en contra de los agresivos invasores pidiéndoles dejarlos en paz a


ellos y al negocio. Gabriela, al ver la reacción de su madre salió por detrás del mostrador desde donde se encontraba. Tenía miedo, mucho miedo. Uno de los intrusos, el que se encontraba a la entrada del comercio y quien parecía ser el de más alto rango se dirigió hacia ellas. Sin piedad alguna sacó de la fornitura que llevaba en su costado su arma Luger 9 mm y con ella le propinó un fuerte golpe a la cabeza de Gabriela haciéndola desmayar. Agnes entonces se abalanzó con coraje sobre el agresor alemán. El Policía nazi al sentir el ataque de la mujer, apuntó su arma a la cabeza de Agnes y en una fracción de segundo jaló del gatillo asentándole el proyectil en la frente de la mujer quien cayó muerta de inmediato. La sangre recorría de manera incesante la parte frontal de la esposa del doctor Gustav Goldemberg.


Sin remordimiento de culpa y como si nada hubiera ocurrido, los miembros de las SA y los intrusos civiles alemanes terminaron de destruir el local comercial. Robaron todo lo que ahí se encontraba y lo repartían entre ellos con risas burlonas. En ese mismo momento, otros miembros de la policía nazi, con pintura negra, realizaron pintas con la figura de la estrella de David seguida con la leyenda, “esto se merecen los malditos judíos enemigos de la Alemania.” Dentro de la botica de los Goldemberg, el primero en despertar después de la agresión fue Schmuel, quien al ver a su madre tendida sobre un charco de sangre corrió hacia ella con una desesperación indescriptible tratando de hacerla volver en sí. Nada podía hacer, estaba muerta. Los gritos de desesperación y dolor del hermano mayor despertaron de su inconsciente a Gabriela, quien confundida creía que todo había sido sólo una pesadilla.


Pronto se daría cuenta que aquello era una espantosa realidad. Su madre había sido asesinada. Recordó de inmediato la charla que tiempo atrás, durante una cena con los Kunze había tenido su padre con el doctor Alfred, quien ya se encontraba en Polonia con toda su familia. El doctor Gustav llegó a casa corriendo pocos minutos después. No sabía que estaba sucediendo ni por qué estaba sucediendo. Se quedó paralizado al ingreso de la botica. No daba crédito a la escena que estaba presenciando. No pudo emitir palabra alguna. Vio a sus dos hijos postrados ante la madre que yacía muerta, Gustav estaba en shock. Los profundos ojos café oscuro de Gabriela se encontraron con los suyos. En ese momento sintió que su sangre hervía de coraje, se levantó como apoyada por un resorte y lo encaró con ojos inyectados de odio.


Gustav se encontraba en trance, con la mirada totalmente perdida. El comerciante farmacéutico no se atrevía a dar paso alguno al interior de lo que quedaba del negocio familiar. ¡Te lo advirtieron padre, te lo advirtieron y no hiciste caso! –gritó furiosa Gabriela. Gustav no la escuchaba. El marido de Agnes lentamente se dirigió hacia el cuerpo inerte de su mujer, se arrodilló ante ella y tocó su frente ensangrentada. Sintió en ella el frío de la muerte. Cerró los ojos de su esposa que aún permanecían abiertos y con total serenidad, con la mirada perdida, se levantó mientras lágrimas de dolor empezaban a salir de sus grandes ojos. Sin decir palabra se encaminó de manera fúnebre al interior de la vivienda. Parecía que se encontraba en otra atmósfera, en otra parte, en un lugar que ni él mismo reconocía.


En ese momento recordó las palabras que pocos años atrás le había dicho Alfred. Lamentó no haber hecho caso al consejo de su colega. Las miradas dolientes e interrogantes de sus hijos siguieron su andar. Schmuel entonces decidido y con una mirada que asustaba se levantó dejando el cuerpo inerte de su madre, abandonó el negocio destrozado intentando alcanzar a los asesinos de Agnes. Antes de dejar el local tomó un pedazo de cristal roto con una punta en diamante que lo hacía un arma y persiguió fuera de sí al grupo de miembros de las SA que habían atacado minutos antes el negocio familiar asesinando a su madre. Schmuel, tras recorrer algunas calles los detectó y tras alcanzarlos atinó a asestarle un golpe a uno de los policías nazis con el cristal puntiagudo que penetró a la altura del riñón derecho del policía alemán, quien cayó de bruces.


El hijo del Doctor Goldemberg continuó su frenética carrera para escapar sin poder ser detenido (quizá por la sorpresa del ataque) por ninguno de aquellos asesinos de su madre. Con el cristal ensangrentado aún en su mano derecha, Schmuel corrió hasta estar seguro de que nadie le perseguía. Se dio cuenta que la sangre de uno de los asesinos de su madre cubría por completo el cristal utilizado como puñal. Schmuel nunca supo si lo había asesinado o solamente lo habría herido, pero el coraje que sintió en ese momento fue como una llama de odio que crecía más y más a cada momento. Era un sentimiento que no había sentido jamás.

Varsovia, Polonia. Invierno de 1934 A pocos kilómetros del centro de Varsovia, a las afueras de la ciudad, cerca de un pequeño poblado de menos de mil habitantes, se encontraba una preciosa cabaña de madera rodeada de un extenso campo de pastizales. La rústica vivienda


era de una belleza excepcional. En ese momento, el humo que despedían los leños de pino seco y cortado en trozos triangulares, salía por la chimenea como notas labradas de un exquisito soneto de Mozart, que perfumaban los alrededores con un aroma exótico. La propiedad contaba con un mediano establo cubierto el cual servía de refugio para las cerca de 100 cabras y 30 reses que pernoctaban después de una jornada de pastoreo diurno. A pocos pasos del ingreso a esta belleza se encontraba el camino de terracería que conducía a la ciudad de Varsovia. Ese día, dentro de la vivienda, el doctor Kunze escuchaba con tristeza las noticias acontecidas horas antes en su ciudad natal de Múnich. Pensó en ese momento, mientras escuchaba al locutor, en todos sus amigos y colegas que no habían escuchado su consejo de dejar la gran Alemania. Alfred entonces apagó el aparato de radio y se dispuso a despejar su mente de aquellas noticias, encendió un puro se sirvió una


copa de coñac y salió de la cabaña que dos años antes había adquirido al llegar a Polonia. Al salir, se sentó en una pequeña banca de madera al ingreso de su vivienda. El frío era fuerte pero soportable, alzó la mirada al cielo y descubrió un mundo inmenso de estrellas que con su silencio decían mil poemas. Alfred no reparó en ello, su mente seguía en Múnich imaginando el infierno que estarían viviendo sus amigos y colegas. Pensó en todos ellos y en sus familias. Un grito lo sacó de aquellos pensamientos. Era Patrizia su mujer quien desde el interior de la cabaña gritaba el nombre de Edmund buscándole. Alfred se incorporó de inmediato y se dirigió hacia ella. ¿Qué pasa mujer? –preguntó. –Estoy buscando a Edmund, parece que salió de la habitación hace varias horas y no sé dónde está.


–No te preocupes, no puede estar muy lejos, posiblemente se encuentre en el establo, sabes que le gusta ir allá a jugar. –No entiende ese muchacho, algún día nos va a sacar un gran susto. No te inquietes mujer, voy a buscarlo, de seguro está bien – respondió Alfred mientras dejaba en la mesa su copa con coñac. El Doctor se dirigió al lugar donde creía se encontraba el menor de la familia. En el corto trayecto al establo, Alfred seguía sumido en sus pensamientos. Al llegar, se dio cuenta que el establo estaba abierto y suspiró aliviado, sabía que dentro sin duda se encontraba Edmund. Cuando abrió el pesado portón de madera la luz que esa noche obsequiaba la luna alumbró de manera generosa el interior del dormitorio de las cabras y reses, enseguida escucho un pequeño reclamo. Era el pequeño de la familia quien con un sonido vocal le pedía al padre guardar silencio. Alfred obedeció a la instrucción.


De manera silenciosa se acercó a su vástago a quien encontró arrodillado mirando fijamente un punto a pocos metros. Al verlo, imitó su acción y se colocó a su lado en la misma posición. ¿Qué haces? –preguntó el padre casi como un murmullo al oído del pequeño. –¡Calla, que por aquí está una liebre!, la he visto y quiero atraparla. Alfred guardó entonces un total silencio y se dispuso a observar en dónde se encontraba el orejón que según Edmund estaba dentro del establo. Así quedó unos pocos minutos sin ver absolutamente nada. ¿En dónde está? –preguntó entonces Alfred. –Ahí, ahí exactamente, a un lado de “la pinta” (la pinta era el nombre que Edmund había elegido para una vaca). Alfred entonces miró fijamente a donde señalaba el pequeño, sus ojos se acostumbraron poco a poco a la luz tenue del lugar y se


dio cuenta que lo que el menor de la familia estaba observando era un pequeño montículo de pastura que Edmund estaría confundiendo con la imagen de una liebre. ¡Ven!, levántate con mucho cuidado para no espantarla, vamos por ella –dijo Alfred mientras se llevaba el dedo índice a los labios en señal de silencio. El pequeño obedeció la instrucción del padre y lentamente se acercaron a aquel montículo de hierba seca que servía de alimento para los animales. Al estar más cerca de esa figura imaginaria, Alfred dijo a su pequeño. –Aguarda, cuando cuente tres nos levantamos rápidamente y corremos hacia la liebre, estoy seguro que no se nos escapara. ¿Estás listo? –preguntó. El pequeño volteó a ver al padre, y con una cara totalmente entregada a atrapar a la liebre, asintió con la cabeza en señal de aprobación. Una, -inició el conteo –dos, ¡tres!


En ese momento padre e hijo corrieron hacia el objetivo. Cuatro brazos se lanzaron de manera decidida a capturar al roedor de largas orejas. No lo consiguieron. Lo único que consiguieron fue llenar sus ropas del follaje seco. ¡Búscate Edmund, búscate! –gritó el padre El pequeño empezó a buscar entre sus manos si había logrado atrapar al orejón. ¡Yo no lo tengo! ¿Tú lo tienes doctor? –preguntó Edmund. Alfred buscó entre sus manos, de manera infructuosa, el trofeo que pretendían lograr y fingiendo ante su hijo una gran decepción, con voz resignada respondió –No, tampoco lo atrapé. Edmund se incorporó sin sacudirse la ropa siguiendo con la mirada todos y cada uno de los rincones del establo. Alfred lo mirada sin decir palabra.


Segundos después, Edmund volteó a verlo y dijo de manera inocente. –La liebre tuvo más fortuna que nosotros, quizá mañana logremos atraparla. El doctor asintió con la cabeza. Después de cerrar el establo se encaminaron a la cabaña, en el transcurso del recorrido Alfred preguntó: –¿Y para que querías atrapar a la liebre Edmund? –Por la tarde he visto a varias de ellas correr por el campo en busca de comida, creo entonces que en su casa no tienen mucha y quizá su familia este pasando hambre. Alfred quedó sorprendido por la respuesta. Y si lo atrapas entonces no tendrá oportunidad de llevarles alimento –comentó el doctor Kunze. –Lo que yo quería era decirle que no se preocupara, que podría venir al establo siempre que necesitara alimento y yo se lo daría – respondió Edmund mientras le tomaba la mano a su padre. Alfred guardó silencio.


Llegaron al ingreso de la vivienda donde los esperaba Patrizia molesta. ¿Acaso piensan que la cena va a durar caliente toda la noche? – preguntó enojada a los recién llegados. Ve a lavar tus manos Edmund –ordenó Patrizia al joven. Después de aquel evento entre ellos, al terminar la cena, Alfred llevó a su hijo a dormir. Le cobijó y antes de cerrar la puerta de su habitación le comentó –¿Quieres que mañana intentemos hablar con la liebre? Tengo una gran idea para hacerlo. Edmund se levantó de inmediato y dijo entusiasmado:

¿Podemos hacerlo? Claro que podemos hacerlo hijo, hoy descansa, mañana podremos hablar con la liebre –respondió Alfred con una sonrisa. El patriarca de la familia se dirigió de nueva cuenta a la entrada de la cabaña después de tomar la copa con coñac que había dejado y


volvió a sentarse en la banca de madera. Encendió de nueva cuenta el puro que había dejado inconcluso. En unos pocos minutos más, la puerta de la vivienda se abrió, era Patrizia quien en completo silencio se sentó a su lado y tomó su mano derecha sin decir palabra. ¿Ya viste que hermoso está el cielo hoy? –preguntó Patrizia después de un rato de permanecer en silencio. –Es muy bello, pero no creo mujer que este mismo cielo estén viendo los judíos alemanes esta noche

–respondió el

Dr. Kunze ¿Estás enterada de lo que está pasando en Múnich?

preguntó Alfred. Patrizia guardó un silencio sepulcral que contrastaba totalmente con la postal exquisita del cielo estrellado y en total paz. Hoy me ha llamado Gabriela, la hija pequeña del doctor Goldemberg –dijo entonces Patrizia. Alfred volteó a verla.


¿Y qué te ha dicho? –preguntó. Han asesinado a su madre Agnes hoy por la mañana en la botica, la han asesinado policías de las SA y los mismos vecinos alemanes –respondió Patrizia sin voltear a verlo. Alfred quedó en silencio, no dijo nada, tomó el último trago de coñac que quedaba en su copa y apagó con su pie derecho el resto del puro aún encendido. Vamos a dormir mujer –dijo el patriarca Kunze. Ambos se dirigieron a su habitación, no se tocó más el tema. ¿Te ha llamado hoy Bruno –Preguntó Alfred a Patrizia ya en la habitación. –No, el día de hoy no he sabido de él absolutamente nada, quizá mañana lo haga. –Me preocupa que no haya querido venir a Polonia con nosotros. –Es entendible que quiera terminar sus estudios en Múnich, ahí están todos sus compañeros y amigos.


–Tienes razón, pero ¿sabes?, me hubiera gustado mucho que quisiera terminar aquí sus estudios. –No te preocupes por él, sé que estará bien, ya descansa. Tienes razón mujer, que descanses, buenas noches

–terminó el

dialogo Alfred mientras apagaba la pequeña lámpara de noche. Pocos minutos después, Alfred volvió a encender la luz artificial de la habitación para comentarle a su mujer lo que había pasado minutos antes en el establo con Edmund. Mañana mismo, –dijo Alfred –le mostraré como hacer una trampa para liebres y también para aves. Me encantaría saber su reacción –terminó. Patrizia ya no le escuchó, se había quedado profundamente dormida. Al día siguiente, muy temprano, antes de que el mismo sol despertara de su letargo cotidiano, Alfred se dirigió a la habitación de Edmund quien aún se encontraba dormido y con un delicado beso en la mejilla lo sacó de su descanso nocturnal.


Ven pequeño, quiero enseñarte cómo podemos lograr atrapar a ese orejudo que ayer se nos escapó –dijo con voz cariñosa Alfred al oído del somnoliento Edmund. El pequeño se levantó de inmediato y ambos se dirigieron a los pastizales. Alfred, acompañado de una pequeña pala de metal enseñó a Edmund a cavar un pequeño hoyo en la tierra, de tamaño tal que dentro de él pudiera ser atrapado el preciado animal de campo. ¡Mira!, –dijo Alfred a Edmund– en este hueco cabe perfectamente una liebre, sólo lo tenemos que cubrir con esta pequeña capa de follaje y poner sobre ella una hortaliza. Edmund se le quedaba mirando. Cuando la liebre quiera atraparla –seguía diciendo Alfred. El peso de la liebre le hará caer dentro de la trampa y así nosotros podremos atraparla. Edmund entonces sonrió al entender al doctor Kunze.


Sólo tenemos que esperar escondidos detrás de aquel montón de piedras detrás del establo –continuó diciendo Alfred. Después de poner la trampa se colocaron, como lo habían dicho, detrás de un montículo de piedras, muy cerca de aquella fullería. Así estuvieron cerca de dos horas, horas que el doctor disfrutó al ver la cara inquietante del pequeño Edmund. Al fin, los dos observaron una pequeña liebre que se acercaba de manera cuidadosa hacia el sebo colocado encima del pequeño socavón. Dudó el animal durante varios minutos. La expectación del pequeño era enorme, su mirada y su expresión facial lo demostraban. Por fin, el roedor orejón se decidió a tomar el suculento alimento que se le ofrecía de manera fácil. En cuestión de segundos el animal cayó en la trampa de los cazadores Kunze.


Al ver que lo habían logrado, corrieron hacia la trampa y vieron dentro de ella a un animal acorralado con una angustia indescriptible tratando de escapar. Los cazadores vieron de inmediato que la liebre lanzaba grandes saltos intentando escapar de aquel infierno esclavizarte. Alfred le dijo a Edmund que le tomara por las orejas. Edmund no obedeció. Corrió entonces ante el desconcierto de su padre hacia un puñado de hortalizas y las colocó a las afueras de aquella trampa. Alfred seguía el accionar del pequeño sin hablar. ¡Vete doctor! –le gritó Edmund a su padre. Alfred acató sin preguntar la instrucción. Acción seguida el pequeño tomo de las orejas a la presa. La tomó entre sus manos y la dirigió hacia el pequeño montículo de alimento. Algo le susurró a sus grandes orejas y acto después lo dejó en libertad.


La pequeña liebre corrió de manera inmediata de aquella trampa. Edmund se levantó, sacudió sus pantaloncillos cortos y se dirigió a Alfred. Al llegar a él le dijo. –Vámonos doctor, ya hemos terminado, estoy seguro que después vendrá por lo que le hemos dejado. Estoy seguro que sí hijo –respondió Alfred. Ese día por la tarde, Alfred salió de nuevo a la banca de madera con una copa con coñac en su mano derecha y con un puro sin encender en su izquierda. Al sentarse en ella observó a Edmund detrás del pequeño montículo de piedra en el que horas antes habían estado vigilando la trampa. Giró un poco más la mirada hacia donde Edmund miraba y vio con sorpresa que ahí estaba la liebre que habían cazado cogiendo el alimento que el niño había dejado. Edmund al sentir la mirada del padre volteó a verlo y con una sonrisa le dijo todo.


Alfred no salía aún de su asombro cuando vio que un vehículo estacionaba justo enfrente del ingreso a la propiedad. Aún no terminaba la tarde. Se levantó de su asiento y se dirigió curioso hacia los recién llegados. Con total sorpresa y a la vez con una gran alegría se percató que se trataba de su amigo y colega judío Gustav Goldemberg. Gustav venía acompañado de sus dos hijos. Alfred salió al encuentro de los recién llegados y esperó a que los viajantes bajaran del automóvil. El primero en hacerlo fue Gustav, seguido de su hija Gabriela. El último en descender fue Schmuel. Patrizia, quien se encontraba en la planta alta de la cabaña, se asomó por una de las ventanas de su

habitación para

inmediatamente bajar a toda prisa a recibirlos. Edmund fue el único que no atendió a las visitas, estaba muy ocupado observando al orejón que le visitaba.


Gustav colocó sobre su cabeza el elegante sombrero de copa que siempre le acompañaba. Gabriela al bajar se detuvo tras de su padre, seguida de su hermano mayor. Alfred se detuvo a pocos centímetros del visitante quien intentaba articular alguna oración. Alfred no se lo permitió, le abrazó con tal fuerza que fue imposible emitir palabra alguna. Todo estaba dicho. Patrizia con una sonrisa en el rostro se dirigió a Gabriela para abrazarla con un inmenso cariño. Las lágrimas empezaron a inundar el rostro de la joven. Todo estará bien Gabriela, todo estará bien –dijo Patrizia mientras secaba las gotas de dolor que brotaban de los juveniles ojos de la hermosa hija del doctor Gustav Goldemberg. Schmuel mientras tanto, bajaba del vehículo las pertenencias familiares.


Alfred, después de dejar al padre, se dirigió al hijo a quien abrazó de manera similar. No fue necesario decir nada, ni siquiera hubo necesidad de realizar pregunta alguna. Edmund entonces se dio cuenta de los amigos que recién visitaban a la familia. Los observó por unos pocos segundos y siguió observando a la liebre que seguía con las hortalizas. 31 agosto de 1939. Varsovia Polonia La familia Goldemberg había logrado establecerse en una pequeña casa en el centro de Varsovia, a unos cuantos metros de un famoso cine en una de las más importantes avenidas de la ciudad. Gustav había recibido la ayuda de la familia Kunze para lograr tal objetivo. Dentro de la misma casa, Gustav había instalado una botica, más pequeña que la que dejó en Múnich.


Ahí el doctor Goldemberg atendía todos los días de manera exitosa a los visitantes polacos. Schmuel, el mayor de los hijos, había logrado terminar su carrera de médico en la Universidad de Polonia y ejercía su profesión en uno de los pocos hospitales de la ciudad. Gabriela, había logrado también terminar la carrera de psicología. Todos los días atendía con gran entusiasmo y profesionalismo a niños y jóvenes en su gran mayoría. Lo hacia dentro de un pequeño espacio de la misma botica de su padre. Alfred seguía acogiendo a los pacientes que le visitaban de manera ordinaria en su pequeño consultorio, a las afueras de la ciudad. El hijo mayor de los Kunze había logrado terminar también su carrera como médico en Múnich, pero había sido conquistado por la ideología nazi y se había enlistado como miembro de las SS (Policía alemana). La mentalidad del hijo mayor de los Kunze había cambiado.


Creía cabalmente en las palabras y discursos del líder nazi, Adolf Hitler. Estaba convencido que los judíos, los comunistas, los gitanos y los negros eran responsables de todo el mal que le sucedía a Alemania y que tenía que luchar contra ellos para erradicarlos, exterminarlos, acabarlos y así lograr una Alemania de raza pura. Alfred, al enterarse de la decisión del primogénito de pertenecer a las SS, había decidido evitar toda comunicación con él. Su mujer avalaba la decisión. Por tal motivo, Bruno hacía más de cinco años que no habría vuelto a visitar a sus padres. Septiembre 1939 Desde el día primero de septiembre, las bombas lanzadas desde el aire por los alemanes, caían de manera grotesca sobre Polonia. Ese día, a pocos de iniciada la ofensiva alemana en contra de Polonia, estaba causando estragos en la pequeña Varsovia.


La sorpresa de los ataques tardó muy poco, segundos quizá, en crear pánico entre todos los polacos, en especial en los ciudadanos de Varsovia, la capital. En cuestión de minutos estaban siendo destruidos edificios casas y negocios. Las muertes que estaba ocasionando el ataque ya se contaban por cientos. El caos que se estaba viviendo en la ciudad era inenarrable. Miles de polacos que se encontraban deambulando por las calles, que minutos antes se encontraban en total calma, corrían despavoridos tratando de encontrar refugio en alguna zona que ellos creían segura. Otros más trataban de llegar corriendo a sus hogares. Algunos lo lograron, otros no lo hicieron. Gabriela, quien se encontraba atendiendo a un pequeño de escasos diez años.


Al escuchar los ensordecedores estruendos, tomó al pequeño en sus manos y lo guió al interior de la vivienda. Ambos se colocaron bajo la cama dentro de la recámara de la psicóloga. El pequeño la miró entonces con ojos desorbitados que delataban el miedo que sentía por aquellos ruidos infernales. Ella trató de calmar su miedo con un fuerte abrazo. Tranquilo Marcus, tranquilo, no pasa nada –decía Gabriela al pequeño. Marcus entonces cerró los ojos y se abrazó a ella con gran fuerza. Pasaron cerca de tres minutos, el sonido ensordecedor de metralla y de gritos de dolor se incrementaban a cada momento. El sonido de cristales quebrándose era intimidante. En ese momento Gabriela escuchó que se abría la puerta de su habitación y bajo su cama observó dos pares de piernas que corrían hacia el mismo lugar en el que ella se encontraba. Se trataba de su hermano Schmuel y de su padre Gustav.


Los dos se mantuvieron agazapados dentro de la habitación de Gabriela. Fueron minutos interminables. El sonido incesante de los bombardeos a la ciudad parecía que no acabaría jamás. Minutos angustiantes en los que todos los miembros de la familia pensaban que había llegado el momento de morir. Los estruendos se escuchaban tan cerca que sabían sucedían a muy pocos metros de la vivienda. Gabriela entonces pensó en su madre. Rogó a ella que los ayudara a salir de aquella pesadilla atormentante. Todos los ocultos guardaban un silencio absoluto. Después de unos minutos por fin llegó una calma total que en vez de dar tranquilidad, espantaba aún más. No sabían si esa tranquilidad sería momentánea y se trataba solamente de la antesala de otra ofensiva bélica aún mayor.


No se atrevieron a salir de su escondrijo. El pequeño Marcus fue el primero en reaccionar al soltarse del fuerte abrazo de Gabriela. Esperaron un poco más de una hora en total silencio. Cuando por fin se decidieron a salir, Gabriela ordenó al pequeño Marcus que siguiera escondido bajo la cama de su habitación. Asomaron sus rostros a la calle, sus ojos no podían creer lo que estaban viendo. Las bombas alemanes habían destruido gran parte del centro de Varsovia. Edificios y casas humeantes por los alcances bélicos inundaban el antes tranquilo y bello paisaje citadino. Miles de muertos alcanzados por los ataques nazis alfombraban las calles, pintando con sus cuerpos mutilados y desfigurados, el entorno.


Entre los muertos se encontraban niños, mujeres y hombres, jóvenes y adultos, además de centenares de animales callejeros que hacían aún más espeluznante el momento. El olor a sangre y pólvora inundaban toda la capital de Varsovia. Una nueva guerra en Europa había iniciado. Sin salir de su asombro por la indignante sorpresa de lo que estaban viendo, la familia Goldemberg cerró de manera inmediata las puertas de la botica y por consiguiente, de su hogar. La casa de la familia milagrosamente no había sido alcanzada por la ofensiva alemana, solo cristales rotos fueron hechos añicos por el estruendo de las bombas pero la mayoría de la finca no sufrió sin daño alguno. Una gran preocupación embargaba a Gabriela, ¿qué habrá sido de la madre de Marcus? –Se preguntaba La madre de Marcus lo había dejado apenas pocas horas antes de la intervención bélica en la botica de los Goldemberg y después se habría dirigido a la calle Krakoskie como lo hacía todos los días, ,


donde junto al monumento a Adam Mickiewicz, se disponía a vender, frutas y verduras en un puesto ambulante. La madre del pequeño, también judía, nunca llegó por el pequeño paciente de Gabriela, una bomba había caído a pocos metros de la mujer causándole la muerte de manera inmediata, a ella y a los que cerca del puesto de fruta se encontraban. La familia Goldemberg no se enteraría jamás de lo que le había sucedido, pero lo imaginaron al pasar las horas y no tener noticias de la madre de Marcus. Los primeros días de la invasión alemana en Varsovia Durante los siguientes días los polacos observaron cómo miles de soldados alemanes inundaban la ciudad. Todos ellos vestidos de manera pulcra con uniformes militares en tonos oscuros, planchados magistralmente y sobre estos, una gabardina lujosa en color gris. Grandes rifles amenazantes adornaban de manera siniestra sus hombros.


Todos ellos marchaban de manera perfecta bajo las órdenes de generales de las SS causando terror entre la población que no se atrevía ni siquiera a levantar la mirada ante el desfile. Estaban aterrados, el miedo los paralizaba. Casa de los Goldemberg Pocos días después de la invasión a Polonia los miembros de la familia Goldemberg habían decidido no salir del hogar esperando los acontecimientos venideros. Marcus, el pequeño paciente de Gabriela, estaba con ellos. ¿Cómo podría imaginar o saber qué es lo que estaba sucediendo? Apenas era un niño. Durante esos días, Marcus había preguntado cientos de veces por su madre y no lograba obtener respuesta alguna por parte de la familia Goldemberg. No sabían que responderle. Previendo lo peor, el doctor Gustav había guardado la mitad de sus ahorros en una pequeña caja de madera.


Habría envuelto billetes en trozos de papel periódico para después guardarlos dentro de la caja, que ocultó en un resquicio bajo el piso de madera de la habitación de Gabriela. El dinero sobrante les serviría

para subsistir durante los

siguientes meses, pensó Gustav. Ese día, el doctor Goldemberg había podido sintonizar una estación proveniente de Londres, ya que ninguna estación de Varsovia estaba en sintonía, pues habían sido destruidas todas ellas. Desde esa estación radiofónica londinense se informaba que Inglaterra y Francia habían declarado la guerra a Alemania y Gustav se llenó de alegría e intentó correr hacia la recamara de Gabriela para darle tan feliz noticia. Unos fuertes toqui dos, que provenían de la puerta principal freno su ímpetu y lo puso en alerta. De manera inconsciente regreso al aparato y lo apagó guardando un silencio absoluto.


No pasaron más de quince segundos cuando volvieron a escucharse los toqui dos, esta vez con más fuerza. Schmuel también escuchó el ruido de los golpes y salió de su habitación dirigiéndose hacia donde se encontraba su padre. Gustav al verlo venir le ordenó, con una señal sobre sus labios, guardar silencio. Pasaron pocos segundos más para que una frase en voz alta, proveniente del exterior se dejara escuchar: ¡Gustav, camarada! Soy Alfred, tu amigo y colega, abre por favor – fue el mensaje. Gustav, al oír la voz del doctor Kunze respiró aliviado. De inmediato se dirigió al ingreso y abrió la puerta que cerró nuevamente tras permitir el ingreso del visitante. Alfred abrazó a Gustav en señal de saludo para después preguntar. –¿Cómo estás colega?


–Muy asustado, al igual que toda mi familia

respondió Gustav. He escuchado que los ingleses y franceses ya han declarado la guerra a los nazis, eso es muy bueno –comentó Alfred. Sí, lo he escuchado ahora, pero siéntate por favor, ¿quieres tomar algo? –dijo Gustav invitando a Alfred a pasar al interior de la vivienda. –Colega ¿estás enterado de los planes antisemitas del gobierno nazi alemán en contra de los judíos?

–preguntó Alfred

después de sentarse en una de las sillas del comedor. Schmuel y Gabriela se acercaron a ellos y también se sentaron a la mesa. –Si colega, estoy enterado y me encuentro al igual que Schmuel y Gabriela aquí en casa sin poder ni querer salir. Mi hijo ya no asiste al hospital y Gabriela no puede atender a nadie.


–¿Por qué no vienen a nuestra cabaña a pasar unos días mientras esperamos qué pasa de todo esto? He platicado con Patrizia y ella está ansiosa de que nuestros amigos se encuentren seguros. Creo colega que estarán mucho mejor en la cabaña. –Terminó de decir Alfred– Los Goldemberg aceptaron de inmediato la invitación, tomaron unas pocas pertenencias y subieron al vehículo de Alfred. Se sentían un poco más seguros. Al llegar a la cabaña fueron recibidos con mucha alegría por Patrizia. La familia les ofreció una suculenta cena a los invitados. No se tocó tema alguno sobre lo que estaba aconteciendo en Varsovia. Después de terminar de ingerir los alimentos la mujer de Alfred les proporcionó a los visitantes dos amplias habitaciones, una a los varones y una más a la joven Gabriela. .


Las recámaras estaban impecablemente limpias. La habitación que había sido asignada a la mujer era la de Edmund, quien ante la situación dormiría por lo pronto en un camastro dentro de la espaciosa recámara de los esposos Kunze. El menor de la familia anfitriona no decía nada, solo observaba, callaba y obedecía. Durante las siguientes semanas las calles de Varsovia fueron llenándose de más soldados alemanes, quienes en pocos días tomaron toda la ciudad. El acoso y agresiones a los judíos de la ciudad eran permanentes, se les había prohibido acceder a los lugares públicos y se les habían quitado todos sus derechos elementales. La familia Goldemberg estaba desesperada. Aun en la tranquilidad del hogar de los Kunze no estaban tranquilos. Algo estaba pasando y sabían que esa calma ficticia no podría durar mucho tiempo.


No estaban equivocados. Un día de la primera semana de Noviembre, casi al mediodía, mientras Schmuel y Edmund pretendían llevar a campo abierto a las cabras para alimentarlas, voltearon la cabeza al escuchar el ruido de un automotor que se acercaba a la cabaña. Se trataba de un vehículo que en su costado derecho tenia impresa la insignia nazi. Al verla, Schmuel tomó del brazo a Edmund y corriendo se dirigieron a la entrada de la vivienda. Para ese entonces Alfred, quien también había escuchado ya el ruido extraño había salido a investigar de qué se trataba. El carro nazi estacionó precisamente fuera del ingreso a la cabaña y dos soldados alemanes descendieron de él con armas sobre sus hombros. Uno de los soldados se despojó de su rifle de cargo y la colocó dentro del automóvil mientras que su acompañante quedó esperando fuera del vehículo.


Alfred no pudo distinguir en el momento de quién se trataba, pero conforme el desconocido se acercaba a la vivienda pudo reconocerlo de inmediato. Se trataba de Bruno, su hijo mayor y a quien hacía años no había visto. Después de salir de su asombro Alfred quiso entrar de manera rápida al interior de la cabaña pero un grito lo detuvo en el acto. ¡Padre mío!, ¿Qué acaso no vas a recibirme? –Gritó Bruno. Alfred no contestó, volteó la mirada hacia el recién llegado y preguntó de manera seria. –¿Qué haces aquí? –¿Qué hago aquí padre? , vengo a visitar a mi madre, si tú no quieres hacerlo está bien, pero no puedes negarme el hecho de que quiera abrazar a mi madre a quien hace muchos años no veo. –Ni yo ni tu madre queremos verte Bruno.


–¿Por qué dices eso padre?, ¿Qué he hecho yo para que me trates de esta manera? He venido de muy lejos y no sabes cuánto he añorado este momento. Hace muchos años que he soñado besar la frente de mi madre y darle a mi padre un fuerte abrazo. No sé por qué no han contestado las cartas que les he enviado durante estos últimos años y tampoco entiendo el por qué no han querido visitarme en Múnich. Me gradué de médico y no obtuve de ustedes una felicitación. –¿Te graduaste? –Si padre, soy médico como tú. –¿Como yo? –preguntó Alfred mientras que su rostro esbozaba una sonrisa cargada de tristeza y llena de ironía. –¡Tú no eres como yo Bruno, ni siquiera te atrevas a mencionarlo –dijo el padre con la mirada fría depositada en la de su hijo mayor.


Para ser como yo necesitas tener un corazón grande, una inteligencia que pueda diferenciar lo malo de lo bueno. Lo justo de lo injusto, la maldad de la bondad. Para ser como yo necesitas amar la profesión por convicción, necesitas sentir que has venido a salvar vidas, no a eliminarlas. Hoy te veo con armas y uniforme militar listo para asesinar. No te veo con una bata de medico ni con instrumentos para salvar una vida. Tú no eres doctor Bruno, ¡tú eres un asesino, como lo son la mayoría de los soldados alemanes que ciegamente obedecen órdenes del antisemita de Adolf Hitler! –Seguía diciendo Alfred ante la mirada de sorpresa de Bruno quien no esperaba tal recibimiento por parte de su padre. La discusión poco a poco se tornaba más intensa. Patrizia los escuchó y se asomó desde la ventana de su habitación, de inmediato distinguió a su hijo. Al verlo, sintió un frío intenso recorrer todo su cuerpo.


–Padre, ¿es que acaso no merezco un abrazo tuyo? ¿Así me recibes? –dijo Bruno con tristeza Alfred no contestó. Ambos voltearon a la puerta al escuchar que esta se abría. Era Patrizia, la madre. El rostro de Bruno cambió al verla. –¡Madre, que gusto verte de nuevo! –dijo Bruno acercándose a ella para abrazarla. Ella no respondió al abrazo del soldado, quedó estática ante la efusiva muestra de afecto y de cariño de su hijo mayor. De manera seria le preguntó –¿A qué has venido? El hijo al escuchar esto se apartó de ella inmediatamente. –¿Me preguntas a qué he venido madre? ¿También tú me recibes de esta manera? –dijo el mayor de los hijos de la familia Kunze. Patrizia observó el uniforme militar de Bruno y dijo con tristeza.


–Que bien te ves con ese uniforme alemán hijo, ¿Qué sientes al portarlo?, ¿Orgullo, placer, poder?, ¿Qué sientes al vestir ese uniforme que te da permiso de convertirte en lo que hoy eres? –¿Qué soy para ti madre? –preguntó Bruno desconcertado. –¡Un asesino, para mí eso es lo que eres, un asesino! Un hombre que mata a otro ser humano es un asesino. No te puedo llamar de otra manera. Bruno ante el comentario de su madre, soltó con coraje un gran golpe con su puño derecho en contra de la viga de madera que sostenía la cornisa del ingreso a la cabaña. Se dio media vuelta e intentó dirigirse hacia el automóvil donde lo esperaba su compañero de las SS y quien presenciaba todo lo acontecido. En ese momento, el pequeño hermano Edmund, quien había estado escuchando toda la conversación agazapado en la parte


baja de la cortina de la ventana de la sala, salió corriendo del interior gritando con gran fuerza el nombre de su hermano. Bruno al escucharlo giró sobre su andar y ante la sorpresa del grito solo atinó a abrir sus brazos para arropar al hermano que corría hacia él, todo esto ante la mirada sorprendida de sus padres. Después de unos momentos, con lágrimas en los ojos, Bruno dijo. –Hola pequeño, no sabes cuánto te he extrañado. –Yo también lo he hecho Bruno –respondió Edmund ¿Por qué no pasas a la cabaña para que la conozcas? Te aseguro que te va a encantar. Aquí vivimos muy felices. Ahora que has venido seremos aún más, pasa para qué saludes a Gabriela y a Schmuel, han venido a vivir con nosotros –comentó de manera inocente Edmund. Ante el comentario del hermano menor, Bruno recordó de inmediato quienes eran los personajes que estaba mencionando su consanguíneo.


Su rostro cambio inmediatamente y volteó a ver de manera sorprendida a su padre. –¡¿Aquí están viviendo esos judíos?! –preguntó el soldado alemán. – ¡Aquí están viviendo! y lo seguirán haciendo mientras que ustedes, asesinos, caigan derrotados.

–Respondió

iracundo Alfred mientras que Patrizia detenía el intento de enfrentarlo. – ¡¿Saben que ustedes al hacerlo se convierten en enemigos de Alemania?! Alfred logró soltarse del brazo de Patrizia, –¿Y qué vas a hacer?, ¿Denunciarme? –encaró el padre al hijo. Edmund al observar la fuerte discusión corrió frenético hacia el establo para esconderse. Padre, madre e hijo lo siguieron con la mirada. El soldado que acompañaba a Bruno, al darse cuenta de la situación se dirigió hacia ellos.


Bruno con una mirada le pidió respetar la situación. El soldado obedeció de mala gana. No se dijo más, el hijo mayor de los Kunze dio media vuelta seguido por su compañero y ambos abordaron el vehículo para retirarse de inmediato. Alfred y Patrizia se quedaron un poco más de tiempo observando como poco a poco se perdían de vista los soldados alemanes. Pasados minutos del incidente, todos los habitantes de la cabaña se encontraron en el comedor. Los rostros y miradas de todos ellos demostraban angustia y preocupación. –Yo y mi familia tenemos que salir de aquí inmediatamente colega –dijo Gustav preocupado. Imagino que es muy peligroso que sigamos en la cabaña, no sabemos si puedan denunciarte y estés en peligro. No queremos causarte problemas, estaremos bien colega terminó de hablar Gustav.


Alfred asintió con la cabeza, de sus ojos empezaron a brotar pequeñas lágrimas silenciosas, al igual que en el rostro de Patrizia. Después de unos momentos, la esposa de Alfred se dirigió al establo acompañada de Gabriela con la intención de buscar a Edmund. Lo encontraron escondido debajo de la vaca “la pinta”. El pequeño Marcus no se había percatado de nada, se encontraba profundamente dormido, cansado, como todos los días de llorarle a su Madre. En un pequeño lapso de tiempo, los Goldemberg empacaron sus pocas pertenencias y después de despedirse de Edmund, de Patrizia y de Alfred, se encaminaron a la salida de la cabaña. Durante el retorno a su base militar, Bruno había convencido a su compañero soldado alemán no denunciar el hecho ante las autoridades superiores con la promesa de regresar al día siguiente a la cabaña para exigirle a sus padres largar a los enemigos judíos.


Cómo lo había prometido, al día siguiente, muy temprano, Bruno regresó a la cabaña de sus padres acompañado del mismo soldado alemán. Bruno tocó la puerta de manera incesante pero no obtuvo respuesta. Los padres escucharon desde el momento mismo en el que llegaba el automotor suponiendo se trataba de Bruno. Escucharon que llamaba a la puerta y no abrieron. Bruno entonces se dirigió de nueva cuenta al vehículo y sacó de él una bandera con la insignia de la Esvástica nazi. La colocó en la parte alta de la cornisa para después abordar el automotor alemán diciendo a su acompañante –Mis padres han entendido el mensaje, ya no viven más en la cabaña esos malditos enemigos judíos. El soldado que conducía la unidad guardó silencio ante el comentario. –Te debo una –comentó Bruno de manera seria sin mirarle.


Después ambos se dirigieron al centro de Varsovia, por cuestiones del destino, Bruno había recibido la orden de ejercer vigilancia en la principal ciudad polaca ocupada. Diciembre de 1939, Varsovia Polonia La familia Goldemberg regreso a su casa e intentó hacer una vida normal a pesar de las prohibiciones a las que eran ya sometidos todos los judíos. Semanas después de aquel incidente en la cabaña de los Kunze, mientras Gustav desayunaba, leía una nota en un diario en donde se ordenaba a todos los judíos habitantes de Varsovia llevar en la manga derecha de su vestimenta un brazalete con el signo de la estrella de David en color azul tras un fondo blanco. En ese momento su rostro se transformó en una mueca de coraje. Sus dos hijos, quienes le acompañaban a la mesa, le observaron extrañados. –¿Qué pasó padre? –preguntó Schmuel Gustav no contestó.


Por respuesta extendió el papiro a su hijo quien de inmediato leyó la nota. Después de hacerlo, se levantó aventando con coraje el periódico ante la mirada interrogante de Gabriela quien no sabía qué era lo que estaba pasando –¡Esto no tiene lógica alguna! –gritó Schmuel Gabriela recogió el diario del suelo y después de leer también la nota, se enteró en ese momento de la instrucción. –Esto es una estupidez –dijo Gabriela. –Tenemos que acatar la orden, aunque no estemos de acuerdo, estamos en guerra y no podemos hacer nada –Padre, ¡nosotros también somos alemanes!

–respondió Gabriela con

enojo. –¡Pero somos judíos hija!, y para ellos somos enemigos. ¿No te has dado cuenta que esta guerra es una guerra de odio contra nosotros los judíos? –Terminó diciendo Gustav


–Pues yo no obedeceré orden tan ridícula –respondió Gabriela mientras destruía aquel pedazo de papel noticioso. Schmuel y Gustav guardaron silencio. Marcus observaba la conversación sin decir palabra alguna. Todos se levantaron de la mesa sin terminar el desayuno. Sólo fue cuestión de tiempo. Varsovia, 1940 Durante los primeros meses del año los judíos polacos fueron obligados a abandonar sus casas para ser trasladados a una pequeña extensión de calles al norte de la ciudad de Varsovia. Más de 360,000 judíos fueron confinados a un lugar que se conocería como gueto, el gueto de Varsovia. Los judíos que habitaban Polonia fueron obligados a dejar atrás la comodidad de sus viviendas. Durante esos pocos meses el desfile de los desplazados era indignante.


Se podía observar a miles de familias judías recorrer las principales avenidas de Varsovia como si fueran reses o cabras pastoreadas por los alemanes invasores. Familias completas recorrían en silencio las principales avenidas de Varsovia hacia el barrio judío ante la mirada impasible de la mayoría de los habitantes católicos o protestantes polacos. Se observaba en ese desfile cruel, lo mismo a niños, adultos, ancianos, enfermos y discapacitados. Muchos de ellos aún con la esperanza de que esa pesadilla pronto terminaría acompañaban en su andar carretas cargadas con sus pertenencias valiosas. Los menos, recorrían el trayecto sin bienes a cuestas, sumidos todos en sus pensamientos. No existía en ellos rostro alguno enmarcando una sonrisa. Entre esos desplazados judíos se encontraban los tres miembros de la familia Goldemberg y que había crecido con el pequeño


huérfano Marcus a quien ya consideraban como un miembro más de la familia. La familia cargaba, sobre una carreta de madera jalada por un par de mulas, solo con pocas pertenencias, entre estas,

dos

colchones, algunos taburetes, ropa, un par de calzado y el alimento que en ese momento tenían disponible. Todos los judíos desplazados caminaban con la mirada baja y portando en su brazo derecho el brazalete que les habían ordenado llevar consigo. Ese atuendo era, por el momento, la única oportunidad de seguir con vida. Los Goldemberg, al igual que miles de familias judías, recorrían las calles hasta llegar al lugar del confinamiento, llamado gueto. En ese lugar se encontraban cientos de edificios que estaban siendo ocupados por familias judías enteras. Al llegar ante uno de aquellos edificios, un par de soldados de las SS les indicaron a Gustav y a su familia detenerse, con violencia


les obligaron a subir hasta el cuarto piso de aquel lugar. Era un edificio casi derruido por los ataques alemanes de los últimos meses. Ninguno de ellos contaba con energía eléctrica ni con suministro de agua. Al llegar ante una de las viviendas de aquel inmundo espacio del cuarto piso les exigieron ingresar. En ella se encontraban ya instaladas tres familias, todas ellas judías que habían sido, al igual que ellos, desplazados hasta este terrible lugar. Cada una de esas familias habitaba en un pequeño espacio. Cerca de 10 personas convivían en una de las recamaras de la vivienda. A la familia Goldemberg se le indicó ocupar la última que quedaba disponible. Era una habitación de apenas nueve metros cuadrados y que se encontraba muy cerca de la cocina que era utilizada por todos los habitantes de la vivienda.


Era un apartamento denigrante, una pocilga, nada diferente a los demás apartamentos de los otros edificios destinados a la ocupación de los habitantes judíos. Desde muchos metros de distancia del lugar se podía percibir el penetrante olor a orina y a excremento. No se atrevían a entrar, fue Gustav quien lo hizo primero, el doctor observó el sitio y despojándose del sombrero que llevaba sobre su cabeza, volteó a ver a los demás integrantes de su familia que aún se encontraban en la puerta sin atreverse a entrar. Con mirada resignada les pidió ingresar. Con temor lo hicieron. Al entrar colocaron sus pocas pertenencias en el espacio que les habían indicado los soldados de las SS. En ella sólo había un par de camastros viejos y malolientes. El apartamento sólo contaba con un pequeño cuarto de baño para todos los habitantes.


Ante la falta de agua, el olor nauseabundo inundaba totalmente la vivienda. Era imposible no percibir aquel intenso olor a mierda. –No será el mejor lugar que tengamos durante los primeros días – comentó Gustav. Pero estoy seguro que no será por mucho tiempo

–sonrió

resignado. Gabriela, Schmuel y Marcus no compartieron la sonrisa. La joven fémina observó el lugar, era muy diferente a lo que estaban acostumbrados. Estaban siendo despojados de la tranquilidad de un hogar con comodidades para ser trasladados a un espacio pequeño que tendrían que compartir con otras familias.

La invitación del Presidente del consejo Judío Treinta y ocho días después de que la familia había sido llevada al gueto, desconocidos tocaron a la puerta de la vivienda.


Schmuel, quien se encontraba en la cocina atendió el llamado. Eran dos hombres de edad adulta y que portaban en su brazo derecho la insignia de la estrella de David, demostrando así que se trataba de judíos. Al abrir la puerta los recién llegados se identificaron y quitándose el sombrero que llevaban sobre sus cabezas dijeron. –Estamos buscando al doctor Gustav –Soy Schmuel, su hijo ¿Qué necesitan?

preguntó. –Venimos por instrucciones del presidente del Judenrat, Adam Czerniaków, por favor hágale llamar e invítenos a pasar para tratar este asunto dentro de la vivienda –dijeron molestos Schmuel atendió la petición y antes de que avisara a Gustav de la presencia de los visitantes, el padre salió desde dentro de la pequeña habitación en donde se encontraba, los había escuchado también llegar. –A sus órdenes caballeros –saludó el doctor Goldemberg.


–Doctor –iniciaron la conversación los enviados judíos. El Presidente Czerniaków lo espera mañana a primera hora en la calle Gribowska número 26. Tiene temas importantes que tratar con usted. Nos indica le informemos que el Doctor Alfred Kunze ha solicitado como un favor muy especial asista a la reunión. –¿El doctor Kunze? –preguntó contrariado Gustav –Es todo lo que hemos venido a informarle doctor.

concluyeron los enviados del Judenrat. Acto seguido se marcharon de igual forma como habían llegado, dejando en Gustav un mar de interrogantes. ¿Para qué querría verlo Czerniaków? se preguntaba. Al día siguiente muy temprano, antes de que el sol saliera, se dirigió a la dirección que le habían señalado. Tenía casi cuarenta días de no haber salido para nada de aquel edificio que habitaba junto a doce judíos más incluida su familia.


Había decidido no hacerlo por miedo a lo que estuviera ocurriendo fuera de él. El escenario que encontró al paso fue escalofriante. Con ojos totalmente desorbitados vio a cientos de cuerpos inertes, sin vida, a lo largo de las pocas calles que recorrió para llegar a su destino, vio también con terror como miles de madres con sus hijos en brazos suplicaban por un pedazo de pan o un sorbo de agua ante la mirada inconsciente de sus pequeños. Parecían muertos vivientes. Se paralizó de inmediato. A donde volteaba veía uno o varios cadáveres, en su mayoría niños o ancianos. Estaban muriendo de hambre, o por el tifus que atacaba también sin misericordia el interior del gueto, o de hipotermia por el frío reinante de aquellos días. Quiso volver sobre sus pasos pero le fue imposible. Sintió en ese momento unas ganas inmensas de aguantar el vómito que sentía recorría ya su vientre.


No pudo hacerlo, vomitó de tal manera que tuvo que arrodillarse para no caer desmayado. No podía creer lo que estaba viendo en ese momento. Con gran angustia vio desde el lugar donde se encontraba arrodillado, miles de pares de piernas caminar sin hacer caso absoluto a lo que ahí estaba sucediendo. Levantó su mirada para observar los rostros de los transeúntes solo para encontrar en sus miradas una total indiferencia a lo que estaba sucediendo. Parecía que estaban acostumbrados a verlos. Vio en ese momento que se acercaban hacia él un grupo de cuatro soldados alemanes, dos de ellos llevaban en correas a dos perros de grandes colmillos que no dejaban de ladrar. Trató de incorporarse, no lo logró. Bajó la mirada al paso de los uniformados esperando incorporarse en cuanto estos pasaran de largo. Uno de ellos lo observó, detuvo su andar y le gritó mientras le apuntaba con su rifle a la cabeza. Le ordenó incorporarse. Gustav


obedeció la orden y lentamente se incorporó. El soldado entonces quitó el sombrero que Gustav llevaba sobre su cabeza y le escupió la cara con coraje. Gustav no atinó a responder. Los otros tres soldados que se habían adelantado unos cuantos pasos volvieron hacia donde estaba el conato. Gustav bajó la mirada. –¡Levanta tu mugrosa cara cuando un alemán te este hablando bastardo! –gritó otro más de los soldados para inmediatamente después soltar sobre el doctor un golpe con la cacha de su rifle que lo envió nuevamente al suelo haciéndole sangrar. Un soldado más, escupió también la cara de Gustav. El cuarto soldado alemán, y quien llevaba a uno de los canes, quedó totalmente inmóvil. No dijo nada ni realizó acción alguna en contra del farmacéutico. Los soldados se retiraron dejando a Gustav tendido. Al sentir que ya se encontraban los victimarios un poco alejados, volteó la mirada hacia los agresores y encontró la mirada de uno de ellos


que le seguía observando. Se estremeció de pronto, se trataba de Bruno, el hijo mayor de su amigo y camarada, el doctor Alfred. Pocos segundos después se incorporó, llevó su mano derecha al lugar de la herida causada por los alemanes y sintió como la sangre recorría parte de su rostro. Sacó un pañuelo de tela que llevaba guardado en la bolsa trasera izquierda de su pantalón y con el limpió la herida. Buscó infructuosamente el sombrero que le habían despojado. No lo encontró. Con un fuerte dolor en la frente a causa del golpe decidió seguir su camino hacia la sede del consejo judío. Esta vez lo hizo con la cabeza totalmente baja, no quería encontrarse más con soldados alemanes. Durante el trayecto las imágenes de los niños y ancianos muertos y olvidados sobre las banquetas lo estaban enfermando. Gustav llegó a su destino, observó la dirección que había anotado en un pedazo de papel para cerciorarse que se trataba del mismo


domicilio, al corroborarlo limpió nuevamente su herida, que para ese momento había sacado una notable protuberancia. Alisó su gabardina gris y revisó que el brazalete con la insignia de la estrella de seis puntas estuviera impecable. Al terminar subió un par de escaleras hasta donde se encontraban dos judíos a la entrada de una puerta de madera y sobre esta un pequeño letrero en donde se Leía “Adam Czerniaków. Presidente del Judenrat” –Buenos días –saludó a quienes custodiaban el ingreso. Vengo a buscar al presidente del consejo, me ha pedido venir a primera hora de hoy –comentó Gustav. Los custodios preguntaron su nombre y le pidieron aguardar en una especie de sala de espera en donde se encontraba un amplio sillón de tela acojinada en color azul. No esperó mucho tiempo, cerca de cuatro minutos después, salió un enviado que le pidió acompañarle. Al ingresar a la oficina, lo primero que vio en ella fue un lujo impresionante. Adornos y cuadros bellos colgaban de sus paredes,


tenía un perchero labrado con madera de caoba de nueve picos, un refrigerador, un escritorio de madera de roble entintado al natural. “Este lugar es todo lo contrario a lo que se vive en los edificios del gueto” pensó Gustav. –Buenos días doctor –lo saludó Adam Czerniaków, sacando a este de sus pensamientos Czerniaków era un hombre de complexión robusta, calvo en su mayoría y con unos elegantes lentes de armazón redondo. Su vestir era impecable, su traje sastre combinaba perfectamente con sus zapatos. (El día 4 de octubre de 1939, muy pocos días después de que Polonia se rindiera ante los ocupantes alemanes, Czerniaków fue nombrado por los invasores, presidente del consejo judío (Judenrat) de Varsovia. El consejo fue formado por veinticuatro miembros judíos, en su mayoría Rabinos e Intelectuales y Adam fungía como el encargado de la administración del gueto.


Años antes, Czerniaków, habría sido concejal del ayuntamiento de Varsovia entre los años 1927 y 1934. En 1931 obtuvo un lugar en el senado de Polonia.) –Buenos días –respondió Gustav al saludo. –Pero por favor siéntese ¿gusta tomar algo? –preguntó el líder judío. –Estoy bien muchas gracias –respondió Gustav mientras acercaba una de las sillas que había frente al escritorio para sentarse. –¿Qué le ha pasado en la frente doctor? –Al venir hacia acá, soldados alemanes me increparon y lesionaron haciéndome sangrar. Adam quedó observando la herida sin hacer ningún comentario. –Me ha pedido estar aquí a primera hora del día Adam Gustav. Dígame, en que puedo servirle.

–dijo


Adam se dirigió a un taburete de madera en donde guardaba una botella de coñac, sirvió un poco del licor en una copa de cristal y la tomó de un solo trago. –Soy muy amigo del doctor Alfred Kunze y me ha pedido apoyo para usted y su familia –dijo Adam. Como usted bien sabe doctor, estamos en guerra, una guerra muy cruel que ha encontrado en nosotros los judíos el blanco perfecto del odio irracional del presidente alemán. Francia e Inglaterra han declarado la guerra a la Alemania, pero para ser honesto no creo que esto dure poco tiempo. He sido nombrado por los alemanes como presidente del consejo y estoy siendo intermediario entre mi pueblo y ellos. –Eso ya lo sé Adam, –respondió Gustav. Dígame entonces, ¿se ha dado cuenta de lo que está sucediendo en las calles? ¿Se da cuenta que existen miles de muertos sembrados en todas las calles de este pequeño espacio de Varsovia a donde hemos sido


confinados? ¿Qué es lo que está pasando Adam? ¿Acaso no tenemos posibilidad alguna de, no sé, defendernos? –Créame doctor que a mí más que a nadie me duele lo que está pasando en la ciudad y más aun dentro del gueto. He hecho hasta lo imposible por convencer a los alemanes a no causar más daño a los judíos, les he convencido que la mano de obra judía es muy importante para ellos. –La gente está muriendo de hambre, –prosiguió Gustav de frío, está siendo asesinada de manera inmisericorde… –Lo sé doctor –lo interrumpió Adam. Si usted supiera todo lo que he tenido que hacer para tratar de atrasar un poco más lo que desde un principio se han propuesto los alemanes hacer de nosotros, los judíos. –Dijo Adam Como le comentaba doctor, su colega Alfred Kunze me ha pedido de manera personal apoyarlo a usted y a su familia. Por el momento los integrantes del Judenrat o de la policía judía así como sus familias gozarán de una, podría llamarse, pequeña


inmunidad de ser lastimados, además, podrán tener acceso al alimento diario, que no es mucho por cierto. El doctor Alfred me ha comentado que usted tiene dos hijos, una mujer y un varón. Ella podría estar aquí conmigo en el Judenrat como mi asistente y él podrá formar parte de la policía judía. –Con todo respeto Adam –comentó Gustav mientras se levantaba de la silla-, no creo sea necesario hacerlo. He guardado parte de mis ahorros que estoy seguro nos servirán para aguantar el tiempo que dure esta ridícula guerra. –Espero que así sea doctor –respondió Adam. Pero para ser honesto con usted, no creo que eso suceda. El odio de los nazis contra nuestra raza va más allá del raciocinio humano. Le aseguro que no habrá dinero alguno que alcance para poder sobrellevar esta guerra. Sin embargo, le sugiero lo comente con sus hijos y tomen una decisión.


Yo he cumplido con el doctor Kunze al ofrecerles el apoyo, pero no está en mí obligarlos a aceptarlo. –Agradezco el favor Adam –respondió el doctor Goldemberg mientras se disponía a retirarse extendiendo su mano en señal de despedida. El regreso al edificio donde habitaba Gustav fue insoportable. A su paso seguía encontrando las mismas escenas de hacia pocas horas. Ahora las veía de manera diferente, su mente se empezaba a abrir para decirle lo que realmente estaba sucediendo. “Tiene razón Adam”, pensó, “No será fácil” Calles antes de llegar a su apartamento vio a un grupo de personas rodeadas por una decena de soldados alemanes. El grito de una mujer era escalofriante, pudo observar desde el lugar donde se encontraba como un gran perro negro, que llevaba uno de los soldados alemanes arremetía con gran fuerza contra una mujer anciana mordiendo de manera cobarde su muslo derecho haciéndole sangrar abundantemente.


El can, azuzado por su cuidador, atacaba a la mujer de tal manera como si quisiera arrancarle ahí mismo la existencia. La risa de los soldados se podía escuchar casi con la misma intensidad que el grito de la mujer. Parecían disfrutar el espectáculo. El soldado que llevaba al animal lo golpeó y le ordenó soltar a la anciana, esto sólo para que la mujer fuera atacada de nueva cuenta por otro perro más con los filosos colmillos, esta vez en su rostro. Los judíos que ahí se encontraban no estaban por gusto propio, estaban siendo obligados a observar la maldita escena. Aquel que se atreviera a desviar o bajar, aunque sea un poco la mirada, tomaría el lugar de la víctima o recibiría un disparo sobre su frente. En un momento de desesperación, uno de los ahí reunidos, un joven judío que no rebasaba aún los 20 años se abalanzó contra el


animal con un inmenso coraje en su interior tratando de separar al animal de su presa. Al ver aquella acción temeraria, el líder de aquellos asesinos, que vestía diferente al resto de los soldados alemanes, sacó de entre su gabardina una pistola luger 9 mm y disparó sin misericordia hacia la cabeza del joven matándolo de inmediato para enseguida disparar una segunda bala en contra del pecho de la mujer que estaba siendo atacada por el can. Gustav cerró los ojos ante el ruido insultante de los disparos. Todo había terminado, en cuestión de segundos los soldados se retiraron del lugar dejando el par de cadáveres en medio de la calle. Al hacerlo, de inmediato se retiraron también los judíos que estaban en ese lugar. Cientos de transeúntes judíos pasaron de largo como si nada de aquello hubiera ocurrido jamás.


No se atrevían siquiera a dirigir la mirada hacia aquel espectáculo sanguinario. Gustav volvió a sentir la misma sensación de coraje e impotencia que vivió cuando vio a Agnes asesinada también por soldados alemanes. Solo escasos segundos transcurrieron para sacar del estado de sorpresa al doctor Goldemberg. Aceleró el paso para lograr llegar lo más pronto posible a su vivienda. Caminó lo más rápido que pudo. El dolor que minutos antes sentía en la frente había desaparecido, inconscientemente sabía que no era nada comparado a lo que había sufrido aquella mujer atacada por los animales de los animales nazis. Antes de entrar a la vivienda sintió que la vista se le nublaba, se recargó aliviado en la pared al ingreso del edificio.


En ese momento sintió en la boca del estomago un dolor punzante y unas nauseas incontrolables. No pudo evitar arrojar vómito nuevamente de su cuerpo. Esta vez solamente un líquido viscoso de color amarillo salió de sus entrañas. Después de reponerse de aquel ataque, temblando subió las escaleras que le separaban del ingreso a la planta de su apartamento denigrante. Al llegar entró rápidamente y de inmediato buscó una silla donde poder sentarse, sentía que su cuerpo le traicionaría, pensó que iba a desmayar. Tras varios minutos en el comedor, se levantó y con gran dificultad logró llegar hasta su camastro. Schmuel y Gabriela no se encontraban en ese momento, habían salido desde temprana hora de la mañana, sólo un poco después de haberlo hecho Gustav.


Cerca de dos horas más tarde llegaron juntos a la pocilga los hermanos Goldemberg. Al escucharlos entrar, Gustav se incorporó de inmediato del camastro y se dirigió a su encuentro. El terror en sus ojos no había desaparecido aun. –Padre ¿Qué pasa? –preguntó angustiada Gabriela. Como respuesta, Gustav se abalanzó sobre ella, la abrazó y echó a llorar amargamente durante unos segundos ante la mirada intrigante de Schmuel. Gustav sintió en ese momento como su estómago volvía a arder de dolor ante la impotencia que había sentido al presenciar la escena de la mujer atacada. De pronto nuevamente la puerta se abrió, era Marcus, el pequeño que estaba con ellos desde la muerte de su madre asesinada por los bombardeos nazis sobre Polonia. Gustav entonces se separó de su hija y se dirigió a la puerta para cerrarla de un solo golpe y ponerle el cerrojo, asustado.


–Padre, ¿Qué te pasa? ¿Qué ha sucedido? –preguntó esta vez Schmuel mientras trataba de calmar al doctor tomándole fuertemente de los hombros con la intención de tranquilizarlo. Gabriela caminó pocos pasos para servir en un vaso sucio una pequeña porción de agua que le ofreció a Gustav. El doctor en ese momento pareció salir del shock en el que se encontraba. Más tranquilo, Gustav se sentó en una silla y trató de tomar aliento para comentar a sus hijos lo que había visto en su camino hacia la oficina del Judenrat. En eso repararon en la presencia del pequeño Marcus. Notaron que sus ropas estaban completamente abultadas. De pronto ante la mirada atónita de los tres. Marcus levanto su camisa sucia y roída, se bajo sus pantaloncillos cortos y al hacerlo emergieron decenas de patatas que había contrabandeando del otro lado del gueto. El pequeño, junto con otro niño de su misma edad se había escabullido al otro extremo por medio de un orificio que se


encontraba en una de las paredes que dividían el centro de la capital polaca del gueto. –¡Mira Gabriela! –gritó el pequeño de gusto. He podido meter esto de la ciudad. –terminó Marcus. –¿Qué has hecho muchacho? –Recriminó molesto Schmuel. ¿No sabes que es muy peligroso lo que acabas de hacer? –siguió diciendo el hijo mayor de la familia. Gabriela se le acercó al pequeño y empezó a recoger del piso las verduras que Marcus había conseguido. –¿Pero quién te crees que eres para hacer estas atrocidades Marcus? –preguntó entonces. Aunque muy poco, aún tenemos con qué subsistir sin necesidad de que arriesgues tu vida –seguía diciendo Gabriela. Ante el alboroto que estaban causando en la parte de la pequeña sala del lugar, salieron varios judíos más que compartían la vivienda con los Goldemberg. Al ver aún en el piso algunas de las


verduras, se abalanzaron sobre ellas tratando de recoger las más posibles. Gustav se levantó entonces tratando de detener a aquellos judíos pero fue obstaculizado por Gabriela. Marcus, no entendía lo que estaba sucediendo, él pensaba que había hecho bien al ir por alimento para la familia, ya que veía como empezaba a escasear. Se daba cuenta que muy pronto se estaba vaciando la provisión. No dijo nada, se subió de nueva cuenta su pantaloncillo corto y se fajo su sucia camisa. En eso fuera de la vivienda se escuchó el grito de varios soldados alemanes al descender de tres vehículos oficiales con sus armas en las manos. Gabriela y Schmuel se acercaron a la ventana para enterarse de lo que estaba ocurriendo y el por qué el escándalo callejero. Se asomaron con mucho cuidado para no ser vistos. Los gritos crecían de tono a cada segundo.


–¡Deténganse bastardos! –Ordenó uno de los soldados a más de una docena de judíos, siete hombres y cinco mujeres (una de ellas con un niño en brazos) que caminaban sobre la calle Krakoskie Przedmiesce. Los judíos atemorizados detuvieron su andar ante la orden de los alemanes. Dos de ellos, golpearon a las cinco mujeres haciéndoles caer al suelo, los siete judíos varones fueron obligados a hincarse. Sin decir palabra alguna, los soldados descargaron sus armas contra todos ellos matándoles de inmediato. El pequeño que iba en brazos de su madre empezó a llorar ante el desconcierto que la matanza había provocado. Uno de los soldados entonces se acercó al pequeño y con una saña inhumana golpeó el cráneo del infante con la culata de su rifle destrozándolo por completo. El llanto cesó.


Un grito de dolor se ahogó en el pecho de Gabriela al ver la acción y se retiró de inmediato de la ventana para correr a abrazar a Marcus. Schmuel corrió lentamente la cortina y sin salir de su asombro dio tres pasos hacia atrás como si estuviera ausente. No podía creer lo que acababa de presenciar. Gustav, se imaginó lo que había ocurrido al recordar lo que había visto horas antes. Los soldados asesinos abordaron de nueva cuenta los vehículos y se retiraron del lugar dejando a su paso los cuerpos sin vida de aquellos judíos ante la mirada indiferente de los demás judíos que deambulaban por aquella calle del gueto. Todos llevaban entre su andar, el miedo como fiel acompañante. Gustav en ese momento se dio cuenta realmente de lo que estaba sucediendo. Se le estaba cayendo de tajo la venda que inconscientemente quería tener sobre sus ojos.


No había querido aceptar que en verdad estuviera aconteciendo tanta maldad y atrocidad en contra de los judíos por parte de los alemanes. Nunca jamás se imaginó que pudiera existir tanta mezquindad en el ser humano. Aunque no entendía el por qué, se dio cuenta que la guerra de los alemanes nazis en contra de los judíos terminaría con la muerte, con el exterminio. Vio en la mirada de Gabriela el miedo, en la de Schmuel, la impotencia, en la de Marcus, la inocencia. Los minutos que siguieron parecieron horas, nadie atinaba a decir palabra alguna. Se encontraban paralizados. Gustav entonces fue que hablo. Les comentó lo que horas antes había platicado con el presidente del Judenrat. Los hijos escucharon con atención y sorpresa lo que Gustav les informó. –Creo que no queda otra opción por el momento. –Dijo Gustav.


Los hijos del doctor guardaron silencio. Cada uno de ellos sumidos en sus pensamientos. Sabían que su padre tenía razón. No tenían mucho que pensar. No les quedaba otra opción si querían seguir luchando por mantenerse con vida mientras durara la ocupación nazi. A la mañana siguiente, Gabriela y Schmuel se dirigieron hacia la sede del Judenrat acompañados de su padre. Al llegar, los recibió de nueva cuenta el presidente Adam Czerniaków. Gabriela desde ese momento paso a formar parte del consejo judío como asistente personal del presidente, mientras que Schmuel fue nombrado policía judío dentro del gueto y fue asignado bajo las ordenes de otro judío igual que él pero con la diferencia que su ahora jefe policiaco había sido reclutado de la prisión de Varsovia. Se trataba de un delincuente consumado, un sanguinario que no tenía compasión alguna por nadie, parecía disfrutar haciendo su trabajo dentro del gueto.


El soldado Bruno Kunze El hijo del doctor Alfred Kunze, Bruno, soldado alemán, había recibido la orden de vigilar a los judíos dentro del gueto. Bruno estaba totalmente convencido de la política antisemita del presidente alemán Adolf Hitler y como la gran mayoría de los alemanes creía que lo que le acontecía a su nación era única y exclusivamente culpa de los judíos. Bruno sabia que sus padres, pensaban diferente a él, pero eso no le detuvo para entregarse en cuerpo y alma al movimiento nazi. Sentía que era su obligación portar aquel uniforme militar y estaba orgulloso de ello. Creía en una nueva raza, en la raza aria, en la raza pura. Bruno era acompañado en sus rondines de vigilancia de otro soldado alemán y quien a la menor provocación de los judíos arremetía contra ellos con violencia asesinándolos en el acto. Disfrutaba hacerlo.


A Bruno, le fastidiaba su comportamiento. Los judíos estaban muriendo por inanición y creía que no eran necesarias las armas para matar vidas que ya desde sí, estaban muertas. Bruno y Gabriela Esa tarde, Bruno se llevaría una gran sorpresa. Serían aproximadamente las 19 horas con 23 minutos de la tarde cuando los ojos de Bruno se toparon con los de Gabriela. La hija del doctor Gustav, regresaba del consejo judío por la calle Piwna para dirigirse a su vivienda. Gabriela, al ver a Bruno bajó la mirada. Lo reconoció de inmediato. Sabía que se trataba del hijo del doctor Alfred Kunze, quien era gran amigo de su padre y con quien ella y Schmuel habían convivido en no pocas ocasiones durante reuniones y festejos familiares. Bruno también la reconoció. ¿Cómo olvidar aquellos ojos, aquel rostro?


El soldado que acompañaba a Bruno se dio cuenta que este miraba a Gabriela de manera insistente. –¿La conoces? –Preguntó. –No, no la conozco –respondió Bruno de inmediato. El acompañante entonces se dirigió a Gabriela de forma amenazante. –¡Detente idiota! –dijo Gabriela dejó de caminar, pero no volvió la mirada, inclinó su cabeza hacia su barbilla mirando fijamente el asfalto de la calle. Bruno sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. Sabia de lo que era capaz su acompañante. –¿De dónde vienes bastarda? –preguntó el soldado. –Vengo de la oficina del Judenrat –respondió Gabriela –¿De dónde dices que vienes? –volvió a preguntar el soldado. –Del Judenrat, soy la asistente personal del presidente Adam Czerniakow y me dirijo hacia mi vivienda.


¿Se le ofrece algo o puedo retirarme? –Preguntó Gabriela. –¡Tú no vas a ningún lado si es que yo no te doy la orden mugrosa! –Gritó el soldado muy cerca de su pido derecho mientras descolgaba el rifle que llevaba sobre sus hombros para enseguida apuntar con el arma el rostro de Gabriela. –¿Qué te pasa idiota? –le recriminó Bruno ¿Qué haces? Ya te dijo que viene del Judenrat. El soldado que acompañaba a Bruno volteó su mirada ante el comentario y fijó sus ojos a los de Bruno. –¿Qué te pasa camarada? –preguntó el soldado a Bruno con una sonrisa. –No me pasa nada ¿Por qué habría de pasarme algo?

Respondió Bruno. Gabriela seguía sin levantar la mirada. Estaba de verdad aterrorizada, creía que de un momento a otro sería víctima de una bala mortal por parte del alemán que acompañaba a Bruno.


En ese momento vinieron como ráfagas a la mente de Gabriela los recuerdos de su infancia, los momentos felices al lado de su madre muerta. Estaba convencida que había llegado la hora de morir. El soldado alemán quien le ordenó se detuviera, levantó su rifle intentando golpear con la culata del arma la nuca de Gabriela. De manera inconsciente Bruno detuvo el brazo amenazante atajando el embate violento hacia Gabriela. Ante tal acción inesperada de Bruno, el soldado alemán volteó a verlo apuntando con su arma, el rostro de Bruno, quien se quedó inmóvil valientemente. –¿Qué te pasa idiota? –Le espetó Bruno a quien le amenazaba de manera directa. El soldado alemán no respondió la pregunta de Bruno, sin bajar su arma. Gabriela quien no veía la acción pero si la escuchaba, seguía con los ojos cerrados y con la cabeza inclinada dirigida al suelo.


Bruno no se acobardó. Con su mano derecha bajo el cañón del rifle que le apuntaba y dijo –Somos soldados, no asesinos. Deja que se vaya, ella ya te ha dicho que es asistente personal del presidente del Judenrat. Además no ha hecho nada que pueda considerarse como una violación. El soldado, sin decir palabra bajó lentamente el arma y la colocó de nueva cuenta sobre sus hombros. Dio media vuelta dando la espalda a Bruno y se retiró del lugar. Pocos segundos después Bruno miró a Gabriela, quien seguía sin levantar la vista y en un silencio hermético. Bruno no dijo nada, se retiró siguiendo los pasos de su acompañante. Gabriela estuvo durante varios minutos más en la misma posición, paralizada por el terror que le había producido el encuentro.


Al notar que ya no se escuchaban las voces de los soldados se atrevió a levantar la mirada y con cautela miró a su alrededor para darse cuenta que los agresores se habían retirado. Respiró aliviada y de inmediato, con prisa, reanudó su camino. Durante el trayecto no pudo evitar recordar la mirada que Bruno le había dirigido. Calles más adelante, el acompañante de Bruno se detuvo ante una mujer judía que a gritos suplicaba le regalaran un pedazo de pan y un poco de agua para su pequeño, el cual llevaba en brazos. La mujer gritaba desesperada, sus lamentos no hacían eco entre los transeúntes judíos que pasaban por el lugar. El pequeño que la mujer llevaba en brazos estaba inconsciente por la falta de alimento, hacia más de dos días que no probaba bocado y más de siete u ocho horas no había tomado líquido alguno. –¡Cállate maldita! –Gritó el soldado alemán, quien seguía molesto y fuera de sí por la reacción defensora de Bruno hacia la judía.


La mujer no hizo caso, parecía no haber escuchado. Su desesperación era tal que seguía suplicando un poco de agua, leche o alimento para dar a su infante. –¡Que te calles maldita! –volvió a decir el alemán para inmediatamente después descargar sobre ella un golpe cobarde con el puño. La mujer cayó al suelo junto a su hijo por el ataque violento del soldado quien después de su acción cobarde volteó a ver a Bruno y le ordenó: – ¡Mátala! – ¡Estás loco! –respondió Bruno con coraje. En ese momento, el soldado tomó su rifle y apuntando contra la mujer y el pequeño disparó el arma asesinándolos. Bruno ante aquel hecho, sin pensarlo, desmontó de su hombro el rifle que llevaba y apuntó directo a la cabeza del asesino. –¿Quién te crees que eres para asesinar de la manera tan infame como lo has hecho? –le cuestionó Bruno al asesino sin dejar de apuntarle con su rifle.


Hemos sido enviados a supervisar el orden dentro del gueto, no a asesinar. El soldado rió ante el comentario mientras se acercaba más al arma de Bruno colocándose a menos de dos centímetros de la boca del rifle. –¿Y qué vas a hacer idiota, dispararme? –dijo de manera irónica La mirada de Bruno emitió un destello de coraje. Segundos después, aun con coraje, Bruno bajó su arma, dio la espalda a su acompañante y se retiró en sentido contrario hacia donde se dirigían. Bruno recordó en ese momento la palabra que su padre Alfred le había dicho, “¡Asesino!, te has convertido en un asesino”. En pocos minutos llegó a la entrada del gueto que se encontraba iniciando la calle Lezna, y sin dirigir la mirada a nadie salió de aquellas calles del gueto, destinadas a los judíos. Sin detenerse siguió caminando, parecía ausente. Quería llegar lo más pronto posible a la finca de sus padres, deseaba abrazarlos, ansiaba ver a


Edmund. Durante el trayecto al hogar de sus padres se detuvo en un par de ocasiones a vomitar. Sentía asco, las náuseas lo acompañaron durante todo el trayecto. Bruno no tardó mucho tiempo en llegar a la granja de sus padres. De manera tímida, Bruno llamó a la puerta, Patrizia, sin saber quién era el visitante, acudió al llamado y al ver de quien se trataba, un grito de emoción se ahogó en su garganta. Sin decir palabras lo recibió de manera efusiva, con un fuerte abrazo. Pequeñas lágrimas empezaron a recorrer el rostro del soldado, no fueron necesarias las palabras. Permanecieron abrazados sin decir palabra por espacio de tres minutos. Alfred, sin esperar ese momento, salió al ver que su esposa no regresaba al comedor y que la puerta se encontrara aún abierta. La mirada de Bruno se encontró con la de su padre. Dejó de abrazar a su madre y se dirigió hacia Alfred.


Los brazos del doctor se abrieron de manera inconsciente para recibir con todo su amor al hijo que amaba tanto. Edmund se asomó desde la ventana de su habitación y descubrió a su hermano, dejó en ese momento el rompecabezas que estaba armando y bajo rápidamente al encuentro con Bruno. Al ver al pequeño, el hijo mayor de los Kunze dejó los brazos de su padre y refugió al pequeño en su regazo. Bruno seguía llorando, Edmund no lo hacía, una gran sonrisa pintaba su rostro, se encontraba inmensamente feliz. Minutos después de aquel encuentro familiar, Alfred y Patrizia invitaron al soldado alemán a pasar a la cabaña. Bruno se despojó de su arma, desabrochó su gabardina militar y la depositó sobre el perchero a la entrada de la casa. Patrizia le ayudó a desabotonar su camisa color caqui que distinguía a los miembros de los militares nazis responsables de custodiar a los judíos dentro de los diferentes guetos y campos de concentración esparcidos principalmente en Alemania y Polonia.


La mujer se dirigió a la cocina mientras que Alfred se encaminó junto a sus dos hijos a la mesa del comedor. Siéntate Bruno –dijo Alfred al recién llegado. Tu madre ha preparado un exquisito caldo de pavo para tratar de calmar este intenso frío. –Gracias padre, hace muchos años que deseaba volver a saborear ese platillo de mamá. –Y dime Bruno, ¿qué está pasando dentro del gueto? Nosotros no nos hemos podido dar cuenta de lo que acontece dentro de aquellas paredes, pues se nos ha prohibido entrar, si acaso sólo podemos acercarnos unos pocos metros de la entrada a la garita. Bruno duda un poco antes de responder a la pregunta de su padre. Después de unos minutos, el soldado alemán se anima a responder. De manera breve, Bruno pone al tanto al doctor Kunze todas las atrocidades que estaban siendo cometidas en contra de los judíos.


Alfred no podía dar crédito a lo que estaba escuchando decir a su hijo mayor. De manera oportuna, Patrizia llega en ese momento al comedor llevando en una bandeja de plata dos platos con una gran porción de guisado de res el cual desprendía un olor exquisito. Sin perder un segundo y dejando para después la conversación con su padre, Bruno se abalanzó sobre el estofado para probar su delicioso sabor, al primer sorbo de aquel manjar, Bruno cerró los ojos y elevó la cara al cielo en señal de gusto y fascinación por lo que estaba degustando. ¡Esto está delicioso madre! –Dijo Bruno sin abrir sus ojos aún. Patrizia sonrió por el comentario. Y dime hijo, ¿Qué has sabido de mi amigo el Doctor Goldemberg? ¿Lo has visto? –preguntó Alfred Ante la pregunta, Bruno respondió con la mirada baja, sin atreverse a ver de manera directa a los ojos de su padre.


Si padre, lo he visto –Respondió Bruno en voz baja, casi imperceptible. Esto fue hace algunas semanas y no lo he visto en las mejores condiciones. También he visto a Gabriela, su hija. Ella trabaja como asistente particular del presidente del consejo judío, me entere después de que la detuvimos para interrogarla, eso fue lo que declaró. –Bruno seguía sin poder mirar d frente a los ojos de Alfred. ¿Supo quién eras tú Bruno? –preguntó de nueva cuenta Gustav. –Me imagino que si padre, pero ninguno de los dos quisimos delatar que nos conocíamos pues era peligroso hacerlo, tanto para ella como para mí. Bruno le contó a su padre en qué condiciones vio al doctor Goldemberg y como había sido atacado por sus compañeros alemanes. Alfred sintió en ese momento como su sangre se agolpaba en su cerebro, el corazón le latió más fuerte y pudo sentir un dolor


punzante en su pecho que lo laceraba. Le lastimaba enormemente el dolor que estaría sufriendo su camarada. Alfred, sin decir palabra, se levantó del comedor y se dirigió a la cava de la cabaña, se sirvió un trago de vodka y sirvió otro a su primogénito. Al regresar Alfred al comedor, Bruno se dio cuenta que de los ojos de su padre salían lágrimas que de inmediato imaginó se debían a lo mal que lo estaba pasando su amigo y colega Gustav. Bruno, de manera inconsciente se sintió culpable de aquellas lágrimas, no dijo nada. Patrizia, quien también se había sentado a la mesa del comedor junto al pequeño Edmund, vio en los ojos de su esposo reflejada la tristeza. Ocupó el padre nuevamente su lugar en el comedor, extendió la copa de vodka al soldado y le dio un buen trago a su bebida, depositó después sobre la mesa el cáliz y lanzó un leve suspiro de tristeza. Entrelazó sus manos y las colocó sobre la tabla del comedor y dijo:


Bruno, quiero pedirte un favor. Dime padre –respondió el soldado alemán. Quiero que cuando regreses hoy al gueto provoques un encuentro con mi camarada o con su hija Gabriela y le entregues un sobre en el que llevarás unos miles de Złoty´s (moneda polaca), estoy seguro que de algo les habrá de servir mientras pienso como podemos hacer para llevarles alimento y así puedan soportar con mayor tranquilidad estos tiempos de guerra. Bruno le escuchó mientras pensaba que lo que le pedía su padre era sumamente peligroso. Pero padre –dijo el soldado No creo que sea posible hacer lo que me pides, si algún otro soldado ve siquiera que le dirijo un saludo a un judío podría ser mi final. – Dudo que no tengas la inteligencia para no poder lograrlo – respondió Alfred


–Es importante que entiendas que no puedo quedarme cruzado de brazos mientras sé que mi amigo y su familia están sufriendo. –Quizá no sea tal el sufrimiento que mencionas, pues como te dije, Gabriela está trabajando como asistente personal del presidente del Judenrat. Pero eso no te asegura que la estén pasando bien Bruno –dijo molesto Alfred mientras se levantó nuevamente de la mesa del comedor para dirigirse a su habitación ante las miradas silenciosas de los demás integrantes de la familia. Bruno se llevó las manos a la cabeza en señal de preocupación, miró a su madre quien de manera silenciosa y con una seña le pidió guardar silencio. Después de unos cuantos minutos, Alfred de nueva cuenta se reunió con ellos, en su mano derecha llevaba un sobre bastante abultado.


Toma Bruno –dijo el padre mientras le entregó el sobre que llevaba. El soldado estiró la mano para recibir el encargo. Sabía que no podía negarse. El sonido de un automotor aproximándose al hogar de los Kunze puso a toda la familia en alerta. El sonido era cada segundo más intenso. Patrizia se levantó del comedor para acercarse a la ventana de la cocina y cerciorarse que se trataba de un vehículo oficial nazi, regresó de inmediato al comedor para informar de la llegada de los visitantes. Nadie dijo nada. En pocos segundos se escucharon fuertes toquidos en la puerta de ingreso, Bruno se colocó nuevamente el uniforme nazi y salió al encuentro de los recién llegados. Al abrir la puerta se dio cuenta que se trataba de su jefe militar quien con mirada adusta le cuestionó. Soldado, ¿puede explicarnos por qué ha escapado de sus obligaciones militares al abandonar el gueto al que fue conferido


para realizar la labor encomendada por sus superiores? –dijo de manera seria el militar Nazi Bruno no atinó a responder, de inmediato Patrizia hablo dirigiéndose a Bruno. Hijo, no te preocupes por mí, de verdad estaré bien, mi enfermedad estará cuidada por tu padre, sabes que es un excelente doctor al igual que tu –dijo Patrizia fingiendo malestar corporal. Bruno no supo que responder. Anda hijo –secundó Alfred mientras fingía acomodar la gabardina de su hijo colocando dentro de ella el sobre que Bruno había dejado en la mesa del comedor. Bruno no dijo nada más, volteó entonces hacia sus padres y dijo – padre, madre, Edmund, estoy seguro que estarán muy orgullosos de lo que haré de aquí en adelante dentro del gueto. Los padres asintieron con la cabeza en señal de aprobación ante el comentario de Bruno.


Bruno se despidió de sus padres mientras que los oficiales nazis que habían llegado por el soldado se retiraban despidiéndose de la familia con el saludo nazi siendo respondido este por el doctor y su esposa. Edmund solo observaba la escena tomado siempre de la mano de Patrizia. Bruno se dirigió a él y al oído le comentó “todo estará bien pequeño, todo estará bien”. Ya dentro del vehículo oficial, el jefe militar se dirigió a Bruno sin mirarle. ¡Soldado, entiendo que lo que hizo hoy fue obligado a lo que le sucede a su madre, pero quiero advertirle que no toleraré una indisciplina más de usted sea cual fuere el caso o cualquier mérito o situación que se presente ¿entendido?! –preguntó molesto el líder nazi. Entendido señor. –Respondió Bruno con diligencia. No se dijo más durante el trayecto al gueto. Bruno pasó su mano sobre la gabardina sintiendo en su interior el sobre que le había depositado su padre y con la decisión total de cumplir con el encargo.


Varsovia, 17 de abril de 1942 Schmuel llegó esa tarde a su vivienda después de una larga jornada de trabajo, trabajo en donde se dedicó, junto a su acompañante, también judío, a contener a otros judíos quienes desesperados por el hambre existente, intentaban robar alimentos para llevar a sus familias. El hijo mayor de los Goldemberg llevaba realizando ese trabajo poco más de un año y aún no se acostumbra a ello. Cada día veía con impotencia como miles de judíos morían sobre las banquetas, algunos, los más, muertos por hambre, otros muertos por el frío reinante de la época invernal y los menos, aunque no pocos, muertos por enfermedades endémicas que azotaban las entrañas de aquellas calles del gueto de odio. Le asqueaba cada calle que recorría, sobre todo la calle Leszno, calle principal que conducía al mercado, pues encontraba siempre en esa vía no menos de 130 cadáveres putrefactos.


Veía también, como cientos de niños quedaban huérfanos a merced de su suerte. Nadie les recogía, nadie les auxiliaba. Estaban pues, destinados a morir al igual que sus padres. Estaban totalmente indefensos. Los llantos de aquellos niños le partían el corazón. Quería llegar a auxiliarlos, a ayudarles, a curar sus heridas, pero sabía que era imposible, sabía que cualquier intento por hacerlo le habría costado la vida. Su compañero era un ser maléfico que gozaba con el dolor de aquellos infantes, incluso, en más de alguna ocasión pasaba sobre los cuerpos indefensos pisoteándoles las piernas quebrando los frágiles huesos de los pequeños. Ese día al llegar a la vivienda que habitaba, abrió la puerta para encontrarse con la mirada de su padre que estaba sentado en una silla del pequeño comedor de la vivienda. El doctor Gustav había envejecido en pocos meses, muchos años. Se acercó a él y dijo con el rostro serio –Padre, ya no aguanto más. , No puedo seguir con esto.


–¿Qué te pasa Schmuel? –preguntó el padre.

–¡pasa

que no puedo seguir soportando más esta injusticia!, día con día siguen muriendo miles de judíos. Y no solamente en manos de los alemanes, también mueren por parte de mismos judíos que orillados por el miedo a morir asesinados por los nazis asesinan sin piedad alguna también a los suyos, a los de su raza, a los de su sangre. Los alemanes han declarado una guerra de hambre, ellos están haciendo que los nuestros mueran de inanición, el hambre es un enemigo difícil de vencer padre –terminó diciendo Schmuel mientras se enjugaba las lágrimas que no dejaban de recorrer su rostro, lágrimas de coraje e impotencia. -¿pero qué podemos hacer nosotros hijo? –respondió el doctor. Nosotros lo único que podemos hacer es aguantar lo más que podamos hasta que termine esta guerra estúpida. Veras que muy pronto los rusos nos liberarán del yugo alemán y volverá a ser todo como hace poco tiempo. –Nada podemos hacer hijo –respondió Gustav resignado.


Schmuel quedó mirando a su padre para después encararlo. – ¿Nada podemos hacer padre? –preguntó molesto el mayor de la familia. –La vida dentro del gueto es peor que la peor cárcel existente, y lo digo padre sin conocer siquiera una celda de la más débil prisión. No se le puede llamar vida a esto, es terrible lo que sucede dentro de estas calles cerradas con ladrillos de odio. La vida dentro de este infierno es, dentro del infierno mismo, un infierno absoluto. Eso es lo que estamos viviendo los judíos padre. –siguió diciendo Schmuel Me he dado cuenta que esta guerra no se trata de religión, sino de razas. Tú hoy apenas te has dado cuenta de ello, pero yo, desde el instante mismo en que recorro las calles puedo comprender el


odio de los alemanes hacia nosotros los judíos. Piensan acabar con todos nosotros, piensan matarnos poco a poco ¿Qué no te das cuenta? Padre, yo no estoy dispuesto a que por mi cobardía, miles de niños y jóvenes judíos mueran. –Seguía con su discurso el hijo ante la mirada atónita del padre y de algunos judíos más que habitaban la vivienda y que salieron intrigantes ante los gritos que surgían de la garganta de Schmuel. -Hoy, padre, he decidido ser valiente, tan valiente que he resuelto dar mi propia vida para salvar aunque sea una sola. Una sola vida que logre salvar, salvará la mía y me confortara el saber que no he vivido en vano. ¡Puedo ver, padre mío, en el rostro de la gente, el miedo mismo que les paraliza, que no les permite actuar, que no les permite revelarse ante la injusticia! –Continuaba Schmuel sin detenerse.


El miedo en el rostro de la gente que vive en el gueto es tan grande que no le permite pensar. El hambre no nos deja actuar con claridad, el hambre nos enferma, el hambre nos espanta la valentía. Nuestra cobardía ahora es mayor al miedo de ver deambular por estas calles putrefactas del gueto a los soldados alemanes, animales que con armas sobre sus hombros, sin misericordia alguna, asesinan de manera inhumana a los nuestros, y peor aún, disfrutan hacerlo. El odio irracional que utilizan en contra nuestra es muestra que en ellos no existe conciencia alguna. Nadie de los que ahí se encontraban atinaba a decir palabra alguna cuestionando las palabras de Schmuel. Todos guardaban silencio, unos pocos se alejaban hacia sus camastros mientras que otros tantos más bajaban la mirada.


Padre, –dijo Schmuel con un tono de voz más tranquilo- no tenemos ninguna posibilidad de salir con vida de esta guerra estúpida. –Tenemos que ser más inteligentes que ellos, no podemos ni debemos rendirnos, nosotros no somos así. Padre, tú nos enseñaste a mi hermana Gabriela y a mí, que no podemos ser insensibles ante el dolor de los demás. Tú nos enseñaste a amar y a proteger a nuestros semejantes. Nos enseñaste a compartir el amor que Dios nos regalaba. Nos enseñaste a no rendirnos jamás, nos enseñaste a luchar, a golpear, a defendernos. ¡No nos defraudes ahora Padre! ¡No me pidas que baje la mirada ante la agresión y el insulto. No me pidas cerrar los ojos, porque no puedo hacerlo.


No me pidas no luchar, porque lo haré con más fuerza. No me pidas no golpear, porque lo haré con más ganas. Si voy a morir, que creo que s lo que va a suceder sin duda, quiero que sea en guerra, no bajando la mirada, no quiero morir humillado. –terminó el reclamo el policía judío. ¿Por qué me dices eso Schmuel? –Dijo entonces el doctor Gustav quien molesto se levantó de su silla para encarar a su hijo¿Por qué me dices como reclamando “que no los defraude ahora”? ¿En qué he fallado con ustedes? ¿Acaso te he pedido o incluso, sugerido rendirte? No te equivoques Schmuel, yo jamás me he rendido y jamás me rendiré y mucho menos te pediría ni a ti ni a tu hermana rendirse.


Lo que estamos viviendo es algo qué nadie esperaba. Sabes bien que he perdido, como la mayoría de los judíos, todos nuestros bienes y riquezas que habíamos logrado recaudar durante todos los años que me dediqué a trabajar con ahínco y esfuerzo. Hijo, yo jamás pediría que te rindieras, al contrario, te exigiría luchar, luchar hasta dar la vida. Si tú crees que este es el momento de luchar hazlo, pero hazlo con inteligencia. Pues no por mucha que sea tu valentía puedes lograr salvarte ni salvar a los demás. Algunas veces el valor desmedido nos hace perder la cabeza y nos hace vulnerables. Tenemos que ser valientes pero más que nada debemos ser inteligentes. No podemos caminar sobre piedras ardientes sin tener en las plantas de nuestros pies algún arma que nos proteja de las postas que reventando podrían acabar infectando nuestros pilares y acabar con nuestras vidas. Sería muy estúpido encarar al enemigo


armado hasta los dientes llevando armas siniestras y nosotros sin un escudo que nos proteja de su ataque frontal y certero. Hijo, tenemos que ser cautelosos ante la derrota, pero aún más, debemos serlo ante la puerta de la victoria. Un descuido, una mala decisión podría vencernos antes de iniciar siquiera la lucha, no lo olvides nunca Schmuel. Tú eres joven y la impotencia te hace hablar, yo soy viejo y es exactamente que la impotencia es lo que a mí me hace callar y pensar. –Terminó diciendo el doctor Gustav mientras daba la espalda a su vástago de forma molesta. Uno de los ancianos judíos que ahí se encontraban escuchando la discusión se acerco afable a Schmuel para decirle. Si Dios así lo quiere, tenemos que aceptar sus designios. –¿Dios? –Respondió Schmuel encarando al anciano de forma directa.


¿Dónde está Dios? ¡Porque aquí no está!

–respondió molesto

Schmuel a su interlocutor. ¡Si

Dios

estuviera

aquí

no

estaría

permitiendo

tantas

aberraciones! ¡Si Dios estuviera aquí presente no permitiría que miles de niños y ancianos murieran de la forma tan cruel en que lo están haciendo, con los cráneos destrozados por las culatas de las armas de los malditos alemanes! ¿Dios? ¿Dónde está Dios? –seguía diciendo molesto el policía judío. –¡No blasfemes!, –reclamó furioso el anciano. –No estoy blasfemando, estoy diciendo lo que veo y vivo, al igual que todos ustedes día con día dentro de esta mierda que llamamos gueto.


Gustav lo miro nuevamente y se dirigió a su camastro, con el rostro adusto, el anciano judío que había cuestionado las palabras de Schmuel también se retiró. El hijo mayor de los Goldemberg dio un fuerte puñetazo a la mesa del comedor y soltó a llorar con la impotencia reflejada en su rostro. Gabriela, quien también llegaba a la vivienda desde el consejo judío al ver a su hermano llorando dejó sobre la mesa que servia de comedor una bolsa de papel en cuyo interior llevaba un pedazo de pan para su padre. -¿Qué te pasa Schmuel? –preguntó Gabriela. Schmuel se le quedo viendo aún con los ojos llorosos y no respondió. Gabriela seguía sin entender que es lo que estaba sucediendo pero guardó silencio.


El encuentro de Bruno Kunze con Schmuel Goldemberg dentro del gueto grande de Varsovia. Bruno, quien esa tarde se encontraba supervisando que los cientos de cadáveres de judíos esparcidos por las diferentes calles dentro del gueto fueran levantados en carretas conducidas también por judíos, avistó de pronto a unos cuantos metros de el, a un par de policías judíos que se encontraban custodiando el ingreso de la cárcel del gueto en donde eran enviados cientos de judíos, que al intentar contrabandear alimentos desde el centro de Varsovia, eran detenidos, la mayoría de ellos eran menores de edad, niños y adolescentes que por su complexión minuta les era más fácil hacerlo. Uno de los guardias era Schmuel. Bruno, al verlo, pensó en cumplir la encomienda del padre y entregar el sobre en donde depositó decenas de billetes polacos con la intención de ayudar a la familia Goldemberg.


Bruno entonces dijo a su compañero que enseguida regresaría, le comentó que había visto que uno de los guardias que custodiaban el ingreso a la prisión estaba descuidando su trabajo. ¿Descuidando su trabajo? –preguntó el compañero de Bruno Sí, he visto que han salido más de siete personas de ahí sin ser revisadas por el animal judío –respondió Bruno con fingida molestia. El soldado que acompañaba a Bruno fijo su mirada hacia los guardias que el soldado Kunze mencionó y no notó nada anormal en ellos. Durante escasos minutos siguió con la mirada puesta en aquellos guardias y nadie salía ni entraba de aquél lugar. De pronto, en un descuido de uno de los guardias, un niño judío escapó de aquel lugar sin ser revisado por los policías judíos que custodiaban el lugar.


Sin decir nada, Bruno se dirigió de inmediato hacia Schmuel mientras que de la bolsa izquierda de su gabardina extraía el sobre que su padre le había colocado. Con el sobre en su mano derecha se abalanzó furioso contra él mientras le gritaba –¡Bastardo, ¿no estás viendo que han salido sin revisión un par de animales?! –gritó fingiendo molestia Bruno mientras tomaba con coraje el cuello del sorprendido guardia quien no atinó a responder tras la embestida del soldado alemán. Bruno aprovechó la confusión para colocar dentro de la gabardina del judío el sobre con los billetes. Schmuel cayó de bruces contra el suelo totalmente aturdido. No entendía nada de lo que estaba sucediendo. Al salir de su asombro y sin limpiar su rostro, elevó la mirada y de inmediato reconoció al hijo del doctor Alfred Kunze.


Bruno fijó también su mirada en la de Schmuel, quería decirle mil cosas, pero sabía que no podría hacerlo. El policía judío no se había dado cuenta aún la acción del soldado alemán. No se percató de lo que Bruno había hecho. Se levantó el hijo del doctor Gustav con mucha dificultad, con la mirada baja se dirigió a Bruno para preguntar. –Disculpe soldado, ¿Le he ofendido en algún momento? ¿Le he respondido de manera agresiva o siquiera le he conocido? – terminó diciendo el policía judío. Ante las interrogantes de Schmuel, Bruno no atinó a pronunciar palabra alguna, miró de manera despectiva al policía y sin mediar palabra dio media vuelta y se retiró de inmediato. Schmuel se quedó totalmente intrigado. Sintió en ese momento que un hilillo de sangre recorría su rostro. Metió su mano derecha a la bolsa de la gabardina con la intención de sacar un pequeño


pedazo de tela para limpiar sus heridas cuando de pronto sintió el bulto que Bruno había dejado en la bolsa derecha de su uniforme. No lo sacó, decidió esperar a que se alejara un poco su acompañante. Schmuel fingió malestar para poder retirarse algunos metros del lugar y con ello, con total tranquilidad revisar lo que el soldado alemán había dejado en la bolsa de su gabardina. Nunca esperó Schmuel lo que encontraría. Después de revisar el contenido se hizo mil y un preguntas. ¿Por qué habría hecho eso el soldado alemán? Decidió entonces Schmuel no adentrarse en el tema. En cuanto terminó su labor, se dirigió de inmediato a su pocilga para encontrarse con su padre. Quería darle la noticia de lo acontecido horas antes. Schmuel no se había atrevido a abrir aquél sobre y contar su contenido por miedo a que pudieran


descubrirlo y decomisarle los soldados alemanes lo que le había entregado Bruno. Al llegar a la vivienda, subió de inmediato la escalera, parecía perseguido por fantasmas, quería mostrar a su padre aquél sobre. De doce zancadas llegó a la vivienda, su padre, el doctor Gustav, como siempre, estaba esperando la llegada de sus dos hijos, postrado en su catre viejo, que hacía las veces de cama. ¡Padre! –dijo Schmuel emocionado inmediatamente después de abrir la puerta de la vivienda. Padre, padre –siguió diciendo el hijo del doctor. –¡No vas a creer lo que me ha sucedido hoy! ¿Qué te ha sucedido Schmuel? –preguntó el padre sorprendido. Me he encontrado con Bruno, el hijo del doctor Alfred, tu amigo y camarada y me ha dejado este sobre dentro de la bolsa de mi gabardina.


No he podido abrirla totalmente, pero con lo poco que he visto me he dado cuenta que dentro del sobre han depositado varios billetes. ¿Qué estás diciendo muchacho? –preguntó el padre quién no entendía nada aún de lo que le estaba contando el hijo. Este sobre lo ha puesto en mi gabardina Bruno, el hijo de su camarada Kunze. –Respondió Schmuel mientras le extendía aquel papiro en cuyo interior se encontraban varios fajos de billetes. Con total calma, el doctor Alfred abrió el sobre que le había entregado su hijo y se dio cuenta de inmediato que dentro de el, su camarada Alfred había depositado una fuerte cantidad de billetes, Zloty e imaginó que lo había hecho para ayudar a la familia a sobrevivir algunos meses en aquel infierno al que estaban confinados. ¿Y cómo es que te ha dado Bruno esta cantidad de dinero Schmuel? –preguntó Gustav a su hijo.


El policía judío le contó en muy pocas palabras lo que había sucedido horas antes entre él y Bruno. El doctor Gustav no podía dar crédito a lo que estaba escuchando. Gustav , al salir de su asombro, guardó los billetes entre su entrepierna y calzón cuidando no ser visto por ninguno de los judíos con quienes compartían también la pocilga. Pasaron unos minutos, afuera se seguían escuchando de manera aislada sonidos de disparos de armas luguer que sin duda significaban que judíos seguían siendo asesinados sin misericordia alguna por los soldados alemanes. El doctor Gustav se quedó mirando fijamente al policía Schmuel, ¿qué estarías dispuesto a hacer para salvarte de este infierno? ¿Qué estarías dispuesto a hacer para salvarte y salvar más vidas? –Preguntó seriamente Gustav Schmuel no entendió en ese momento las preguntas de su padre.


Tres de mayo de 1942, Varsovia, Polonia. Gabriela, día con día, a la misma hora, se dirigía con la cabeza baja a realizar sus labores dentro de la presidencia del Judenrat a cargo del político Adam Czerniaków. Tenía que recorrer todos los días el trayecto hasta la calle Niska que albergaba al Consejo Judío. Durante el año 1941 y principios del 42 las cosas para los judíos habían cambiado radicalmente. Primero les fueron arrebatados los privilegios más comunes como lo eran la educación y las diversiones, después, con el correr de los meses, les fueron retirados todos y cada uno de los privilegios, incluso, los más elementales para poder sobrevivir. Dentro del mismo gueto existía una división. En aquellas pequeñas calles de encierro dentro de Varsovia destinadas a las familias judías, coexistían el Gueto Grande y el Gueto Pequeño, los cuales se comunicaban a través de un puente de madera que los nazis habían obligado a los judíos a construir a fin de no atravesar una de las arterias principales que


comunicarían a los judíos con el resto de la población Polaca. El puente de madera estaba construido sobre la calle Chlodna, una de las principales avenidas por donde el tranvía hacia su paso más importante de toda la ciudad. Catorce accesos con barreras se encontraban a lo largo y ancho del muro que dividía el gueto de odio y existía una garita que era custodiada por soldados alemanes y policías polacos.

La labor que desempeñaba Gabriela significaba seguir con vida y al mismo tiempo albergar una esperanza, aunque mínima, de tener a salvo a su padre a su hermano y al pequeño Marcus de morir en manos de los soldados alemanes quienes a la primera provocación de los habitantes judíos, los asesinaban. Gabriela, durante el trayecto de su vivienda hacia el consejo judío le era imposible no observar los cientos de cadáveres que inundaban las banquetas y calles del gueto. Aunque intentaba no ver, no podía dejar de hacerlo. Veía Judíos, como ella, como eran obligados a


recoger aquellos cuerpos inertes para colocarlos sobre carretillas de madera y ser llevados a una gran fosa donde después de arrojarlos cual desperdicios, eran rociados con gasolina y desperdicio de madera para después ser quemados. Los cadáveres de los judíos después de aquella acción eran olvidados, jamás se volvería a saber su nombre, ni quiénes eran, ni de dónde venían. Esa era la política de los soldados nazis. Aquellos soldados obedecían de manera rigurosa las ordenes de sus superiores, pero aun más terrible, era que ellos creían que la labor que realizaban lo hacían para y por su patria. Para ellos no existía el menor grado de conciencia, esa era su obligación. Siguiendo su recorrido, Gabriela veía a cientos de pequeños niños, todos ellos famélicos, casi al borde de la muerte por inanición, abrazados de sus madres muertas, ni siquiera el olor putrefacto que desprendían aquellos cadáveres maternales les hacían apartarse de su lado. Gabriela no lloraba, ya no podía, sus lágrimas se habían secado por completo, eso pensaba ella, pero la


realidad es que su mente se estaba acostumbrando poco a poco a aceptar esa realidad. Gabriela se estaba derrumbando, se estaba dando por vencida. Era entonces en ese momento que se espantaba, ¿Cómo era posible que no sintiera coraje, odio, vergüenza,

terror,

por

aquellas

imágenes

que

estaba

observando? ¿Cómo era posible que su mente se estuviera acostumbrando a observar aquellas escenas como algo normal A pocos metros de llegar a la sede del Judenrat, Gabriela vio como desde una camioneta con insignias nazis eran descargados varios aparatos que parecían cámaras de filmación. Decenas de soldados alemanes resguardaban el lugar. Nadie podía entrar o salir del consejo. Gabriela dudo en llegar pero también quería saber de qué se trataba todo aquel ajetreo. Por fin se animó y aceleró el paso con decisión y valor. Al llegar al ingreso fue detenida por uno de los soldados alemanes. ¿Quién eres bastarda? –preguntó el uniformado.


Gabriela con la cabeza gacha y en voz muy baja respondió –aquí trabajo soldado, soy asistente personal del presidente del Judenrat, Adam Czerniaków Gabriela sintió que el corazón escapaba de su cuerpo, no podía controlar el pequeño temblor que en ese momento nació en su mano derecha y que amenazaba con hacerse cada segundo más intenso por el miedo que aquél soldado le ocasionaba. Ante la respuesta de Gabriela, el soldado nazi se hizo a un lado y le permitió el ingreso. La joven subió de inmediato las escaleras y se adentró al edificio. En el interior encontró a personas judías que nunca antes había visto. El movimiento dentro de aquellas oficinas era intenso, personas ajenas al consejo judío subían y bajaban las escaleras, seguían ingresando material fílmico. Gabriela no sabía qué era lo que estaba aconteciendo. De pronto uno de lo que parecía ser el responsable de todo aquello se le


quedó mirando y a gritos le ordenó dirigirse hacia un pequeño vestíbulo que se encontraba dentro de una de las habitaciones de las oficinas del consejo. Al entrar vio a seis judíos vestidos de rabinos ortodoxos, a otros más les estaban exigido portar vestimenta de servidumbre doméstica y a unos más, jóvenes hombres y mujeres estaban vestidos elegantemente. Entonces fue que vio a la esposa de Adam Czerniaków y a ella se dirigió. ¿Qué está pasando Felicja? –preguntó Gabriela extrañada. La esposa de Adam volteó a verla y mientras seguía cambiando sus ropas le respondió en voz baja ante la mirada de algunos miembros de las SS que observaban con morbo su desnudez. -Van a realizar algunas filmaciones según nos han dicho, en ellas no sé qué quieran mostrar o hacer. Los hombres y mujeres que ves aquí son todos judíos que han traído como actores aunque ninguno de ellos lo sea.


Uno de los policías nazis al darse cuenta de que estaban conversando aquellas damas se acercó y después de soltar una fuerte cachetada al rostro de Felicja Czerniaków le ordenó callarse y pidió a Gabriela colocarse alguno de los vestidos que estaban colgados en un par de percheros dentro de la habitación. Gabriela obedeció de inmediato. Aun temblaba de miedo. Sus ojos se encontraban más abiertos que de costumbre, ya no sabía que pensar o que creer, dentro de su mente empezaban a recorrer las imágenes de todos los cadáveres y de todas las atrocidades cometidas por los alemanes durante los dos últimos años. Después de poco más de cuatro horas de estar esperando, se abrió la puerta de aquella habitación, entraron dos hombres. Los dos intrusos se les quedaron mirando a todos los que se encontraban y uno de ellos, el que parecía el de más alto rango


con el dedo índice ordenó a los señalados a salir de la habitación y dirigirse a la oficina de Adam. A Gabriela, quien se había vestido de servidumbre, le indicaron salir, también a seis personajes disfrazados de rabinos, un mozo, a dos parejas de jóvenes y a Felicja, quien se personificaría a ella misma. Al salir, Gabriela vio a Adam sentado en su escritorio como siempre, pero ese día todo estaba fuera de lo habitual. Frente al escritorio habían colocado una pequeña mesa y encima de esta, una botella de coñac, cuatro copas de cristal, una menorá y un florero con unas azaleas preciosas recién cortadas de algún jardín alemán. Sobre el perchero de la oficina colgaban elegantes gabardinas de fina tela en color café oscuro que pretendían simular ser las que portaban los falsos rabinos quienes habían sido obligados a entrar a la oficina de Adam para ser filmados llegando al consejo judío.


En una de las mesas de la oficina estaban depositadas dos charolas de plata con suculentos bocadillos finos en ellas que eran degustados por los actores que estaban tomando parte en las escenas. Gabriela no podía acercarse a su jefe y solo se limitaba a seguir las instrucciones que le daban aquellos hombres que habían llegado con sus cámaras al consejo judío. Más de seis horas estuvieron filmando escena tras escena, todas ellas tratando de recrear un ambiente excepcional de trabajo, de camarería y de buena relación entre todos los judíos. Durante la filmación, los alemanes trataban de captar imágenes que servirían para después presentarlas ante el mundo y así demostrar que todo suceso en la vida del gueto ocurría de manera cotidiana y sin mayor sobresalto. Gabriela veía a Czerniaków impotente, cansado, deprimido, también siguiendo las instrucciones de aquellos hombres y sus terribles escopetas.


Por fin terminó el suplicio. Agotados por la larga jornada fílmica vieron marchar a los entremetidos. Fue entonces que el presidente Adam se echó a llorar de manera silenciosa, las lágrimas recorrían

su

rostro

de

manera

inconsciente, su esposa felicja se acercó de manera tímida a consolarlo pero él le soltó el abrazo de manera delicada. ¿En qué me he convertido mujer? ¿en qué me he convertido? – preguntó triste el líder polaco. Su cuerpo se debilitaba cada minuto más, su dolor era tan grande que sentía que su corazón no podía resistir más tanta tristeza. Gabriela se dirigió al escritorio y vertió en una copa un poco de coñac y se la ofreció a Adam. No se preocupe Adam –dijo Gabriela. Esto no puede durar mucho tiempo más, debemos se pacientes, estoy segura que muy pronto seremos liberados todos los judíos polacos.


No Gabriela –respondió Adam después de beber de un solo trago su coñac. –¡Sabes bien Gabriela que estos malditos alemanes me han pedido realizar un censo de todos los judíos que habitan el gueto, nombre a nombre, desde los recién nacidos hasta los ancianos! Sabes que me han pedido les informe cuantas familias se encuentran en cada uno de los apartamentos y casas del gueto grande y del gueto pequeño. Me han pedido les elimine más privilegios, incluso los más elementales. Día con día mueren más de nuestra gente por la maldita enfermedad del tifus, por hambre, por frio. La ración de alimento que se les está ofreciendo es un absurdo. Cada día se matan también entre ellos tratando de quitarse el alimento o las pocas monedas que lleven consigo. Cada día más y más niños quedan huérfanos deambulando por las calles esperando, sin saberlo, la muerte inminente y cruel.


Nadie hace nada, nadie podemos hacer nada. Los que eran capaces de ingresar alimentos de contrabando están siendo detenidos y asesinados. No podemos seguir engañándonos –seguía diciendo Adam. Gabriela le escuchaba, al igual que los demás funcionarios del consejo judío que se encontraban en el lugar. La esposa de Adam sollozaba en silencio mientras se dirigía a una de las habitaciones a despojarse del atuendo que le habían ordenado portar para las filmaciones. Nadie en el lugar se atrevió a hablar, no se dijo nada, solo las miradas de los presentes se encontraban unas a otras, la mayoría con lágrimas de impotencia recorriendo su rostro. Adam entonces se levantó de su sillón, se dirigió al perchero a la entrada del consejo, se colocó su gabardina y su sombrero para después decir a los presentes sin voltear a verlos. –Es tiempo de que vayan a sus casa señores, aprovechen el tiempo, esto no será nada fácil–


Adam, abrió la puerta mientras Felicja salió apresurada a alcanzarle, Adam la tomó del brazo y ambos salieron con la cabeza baja. Gabriela hizo caso a la orden y después de cambiarse las ropas de servidumbre, se dirigió de inmediato al apartamento que ocupaba junto a su familia a varios de judíos más. En esta ocasión intentó ver absolutamente todo lo que pasaba a su alrededor, parecía como si una venda se estuviera derrumbando de sus ojos, escuchó en ese momento los lamentos de los enfermos más agudos, vio con mayor intensidad los cuerpos famélicos de los niños y jóvenes que deambulaban por las calles del gueto, vio también más cadáveres que de costumbre. Intento voltear al cielo para suplicar a Dios que les ayudara pero su orgullo no se lo permitió, estaba enojada con él, resentida. Apenas se daba cuenta de ello, no había tenido oportunidad de saberlo.


No pudo caminar más, sus piernas no le respondían, sintió que todo alrededor daba vueltas y cayó de bruces, muy cerca de una docena de cadáveres apilados uno tras otro listos para ser para ser incinerados, despertó de inmediato, se levantó de nuevo con mucha dificultad y se retiró de aquellos cadáveres putrefactos. Metros adelante, como pudo, o más bien como su cuerpo se lo permitía, se recargó en una de las paredes del edificio donde se encontraba su vivienda. Lentamente fue deslizándose de espaldas hasta quedar en cuclillas. Empezó a llorar de manera intensa, pero de igual manera silenciosa, ¿Cómo era posible que Dios, el Dios que tanto amaban y tanto alababan les hubiera dejado solos a su suerte? ¿Cómo era posible que ese Dios que decía amarlos hubiera escapado de aquel lugar y no le importara todo el sufrimiento que estaban pasando los de su amado pueblo?


El tiempo siguió transcurriendo de manera frívola y criminal dentro de aquellas paredes que solamente encerraban el miedo y la desolación. El olor a muerte cada día era más intenso, olor al que todos los habitantes del gueto se habían acostumbrado. Esa mañana del 23 de Julio de 1942, cambiaria de manera radical la historia de la humanidad. Gabriela, como era su costumbre y después de despedirse de su padre y de Marcus, se dirigió cabizbaja a la sede del consejo judío. Al llegar al Judenrat, noto que el ambiente era aún más sombrío que de costumbre, notó de inmediato el rostro cansado, más cansado esa mañana del presidente Adam. Adam, quien se encontraba parado frente a su escritorio y como auditorio a los demás integrantes del consejo, dijo a Gabriela, acércate por favor, tengo algo muy importante que decirles, solo faltabas tu muchacha.


Gabriela obedeció de inmediato presintiendo que algo no estaba bien, ¿qué cosa peor podría ocurrir ya a lo que estaban viviendo los judíos? Tras un breve silencio, Adam inició a hablar, primero lo hizo de una manera casi silenciosa, como no queriendo decir lo que estaba a punto de decir. He recibido el día de ayer a miembros de las SS que me han ordenado realizar más acciones en contra de los nuestros. He recibido la instrucción –prosiguió Adam, les facilite una lista diaria de seis mil nombres de judíos, en su mayoría hombres y mujeres ancianos, así como de niñas y niños, me han pedido les facilite su ubicación para detenerles y enviarlos a Treblinka. Quieren iniciar las deportaciones de manera inmediata. Yo, de manera ferviente –continuó diciendo Adam, le he pedido al gobernador general de Polonia me permita enviar a las diferentes factorías y establecimientos ocupados por los alemanes, a los judíos, mujeres y hombres.

Le he tratado de convencer


argumentando que son excelente mano de obra, esto con la única intención de aplazar por unos cuantos

meses más las

deportaciones. ¿Qué estás diciendo Adam? –preguntó angustiada su mujer ante lo que estaba escuchando decir a su esposo. Estoy diciendo mujer que no puedo atrasar más tiempo lo que están planeando hacer de nosotros, de nuestro pueblo judío los malditos alemanes. Mujer, –siguió diciendo Czerniakow, Es preciso que corramos la voz a todos los que podamos de las intenciones de los alemanes. Es tiempo de hacerlo, ya no queda más, esto está llegando a su fin mujer. Me piden que a partir de mañana entregue esa lista y así todos los días una lista nueva. Todos los días una lista nueva con el nombre de seis mil judíos, ¿te das cuenta de lo que esto significa? Me están pidiendo que colabore para asesinar a nuestro pueblo.


Me han amenazado que en caso de no obedecer las instrucciones del gobernador general, yo, junto con mi familia y todos los miembros del consejo judío, seremos los primeros en ser detenidos y enviados a los campos de trabajo –terminó diciendo Czerniakow. Adam, al terminar de decir esto, se dirigió a su escritorio, dejó caer pesadamente su humanidad sobre el sillón y sin voltear a ver a los presentes, de manera seria dijo. –¡Yo no voy a servirle de faraón de Egipto a los malditos alemanes!, no puedo hacerlo, no puedo

–seguía repitiendo.

Nadie se atrevía a hablar, todas las miradas estaban puestas sobre la humanidad del presidente del consejo judío. Todos los presentes estaban totalmente sorprendidos por lo que estaban escuchando decir a Czerniakow, ninguno de los presentes atinaba a articular palabra alguna, sus miradas hablaban por ellos. Pasaron varios minutos en un silencio total.


Fue entonces que Adam se levantó del sillón en el que se encontraba y de manera lenta se dirigió a la mesa de centro en donde se encontraba una botella de licor, la tomó entre sus manos para inmediatamente después abrirla con desesperación. Cogió una copa que se encontraba cerca de la botella y en ella vertió una gran cantidad de vino que tomó de un solo trago, después, la apretó fuertemente con su mano derecha y en un movimiento inesperado, la arrojó contra la puerta de ingreso haciéndola estrellar en decenas de pedazos. Gabriela, seguía como petrificada por lo que estaba escuchando decir a Adam. Pensaba en su padre anciano, en Marcus. Sabía que si lo que estaba diciendo el líder del consejo judío era verdad, muy pronto dejaría de verlos para siempre. Adam se dirigió al perchero y retiró de este su sombrero de gamuza de color café y su gabardina. Con voz lenta, casi imperceptible y sin voltear a ver a los que ahí se encontraban dijo.


–Quiero que hoy mismo se vayan de aquí, no quiero verlos un día más aquí, ya nada tenemos que hacer en este lugar, lo siento, hemos hecho lo que hemos podido pero parece ser que no ha sido suficiente. –No entiendo Adam, ¿quiere decir que está ya todo terminado? ¿Quiere decir que vamos a esperar solo la muerte en esta guerra de odio? –atinó a preguntar Gabriela. –Quiero decir Gabriela que hagamos todos lo que tenemos que hacer. Después de responder a la pregunta de Gabriela, Adam y su esposa abandonaron el lugar. Gabriela, al igual que todos los integrantes del consejo judío salieron de aquel lugar sin saber a dónde dirigirse, una maraña de ideas revoloteaban sus sentidos. De manera inconsciente Gabriela caminó la misma ruta que recorría todos los días para llegar a su vivienda. Pero esta vez lo hacía de manera diferente, parecía que no existía nada,


absolutamente nada a su alrededor, estaba totalmente bloqueada. Durante el recorrido, Gabriela parecía no darse cuenta de lo que seguía pasando dentro del gueto de odio de Varsovia. Pocos metros antes de llegar a su destino, vio cómo se acercaba a ella una figura que reconoció al instante sacándola de su pensamiento, era su padre. Quedó totalmente sorprendida al verlo, pues su padre no acostumbraba a vestir como aquella tarde. Gustav estaba ataviado con un pantalón de mezclilla de un color azul gastado, la bastilla se encontraba muy por arriba de sus roídos calcetines, el pantalón que llevaba puesto estaba segura que no le pertenecía, Gustav también vestía una camisa blanca totalmente desgastada y sucia. El olor que desprendía el padre de Gabriela aquella tarde era muy desagradable, era un olor insoportable.


Gabriela no comentó nada, de manera cansada, ambos ingresaron a la vivienda. Ya dentro, Gustav se dirigió a su camastro y cerró una cortina desgastada que servía para dividir el espacio donde él dormía, el cual estaba un poco alejada de los demás camastros de los judíos que también habitaban ahí. La mayoría de los que estaban en el apartamento eran ancianos o enfermos que no podían ponerse en pie. Los integrantes más jóvenes de esas familias eran enviados a trabajar durante el día a las fábricas de confección de Polonia y que ahora estaban siendo administradas por el gobierno nazi. Gabriela seguía intrigada por lo que vio en su padre pero no tenía fuerza ni ánimo para preguntar nada. En ese momento Gabriela sentía como si estuviera en otro lugar, por momentos cerraba los ojos e imaginaba que nada de aquello estaba sucediendo, quería escapar de aquel lugar inmundo y volvía, en sus recuerdos, a


aquellos maravillosos días en Múnich en donde atendía, junto a su madre y padre, la botica. Recordaba el cine de la ciudad, el teatro, la sinagoga, los días del Sabbat, del Rosh, del Hashaná, del Hanuka. Cerrar los ojos y pensar en ello le hacía olvidar por completo todo lo que estaba sucediendo a su alrededor. Nada ni nadie podía impedirle volver a esos momentos. Así duró Gabriela varios minutos hasta que la voz de su padre la sacó de su maravilloso viaje al pasado. ¿Qué te sucede? –preguntó Gustav mientras se dirigía a la ventana que daba al patio del edificio para cerciorarse que no le hayan seguido miembros de las SS. Gustav ya había cambiado sus ropas, al terminar de observar por la ventana la situación, encaminó sus pasos hacia su hija, tomó una silla, a la que por cierto le faltaba una pata, y se sentó a su lado.


La mirada que Gustav tenía en ese momento asustó a Gabriela, el doctor lucía diferente, pareciera que su cerebro no estuviera en sincronía con la realidad. No era aquel doctor pulcro y tranquilo que Gabriela conocía. ¿Por qué actúas de esa manera, Qué te sucede?

–le

respondió Gabriela. Primero dime tú, pero en voz muy baja que te ha sucedido, ¿por qué has llegado tan temprano? –dijo Gustav Gabriela no respondió, en vez de ello, volvió a cuestionar la actitud de su padre ¿Qué te pasa? –No puedo contártelo aquí en este momento hija, –dijo Gustav en voz baja acercando su rostro al oído de Gabriela. No podemos hablar aquí –susurro Gustav. El padre se quedó mirando el rostro de su hija y con su mano derecha, temblorosa, empezó a acariciar el cabello lacio y sin brillo de Gabriela, hacía semanas que ninguno de los habitantes


del apartamento habían tomado un baño pues no salía agua de ningún grifo. Padre, ¿porque has estado así vestido y fuera de la pocilga? Sabes que es muy peligroso para ti y para Marcus salir de aquí. – preguntó

Gabriela

recriminando

a

su

padre

su

raro

comportamiento. Gabriela, no es la primera vez que salgo de aquí, es más, lo he hecho durante los últimos meses –comentó Gustav de nueva cuenta en voz baja, cerca del oído de la joven mujer. – ¿Y porque lo has hecho, has salido a buscar comida como lo hace Marcus? -No, no lo he hecho para conseguir comida, los billetes que nos ha enviado Alfred nos han servido para subsistir comprando pequeñas provisiones en el gueto grande. Schmuel es el que se ha encargado de eso. qué lo haces?

–¿Entonces por qué lo has hecho, o por


Gustav volteó hacia el interior de la vivienda para cerciorarse que no le escuchaban los que ahí se encontraban. Después de una pequeña pausa de tiempo, Gustav le dijo emocionado. “¡Vamos a escapar del gueto Gabriela, vamos a escapar de aquí!” Gabriela, al escuchar las palabras de su padre pensó que estaba perdiendo la cordura, pensó que estaba enloqueciendo por lo que se estaba viviendo. Sin hacer caso al comentario, tocó la frente de su padre para cerciorarse de que no tuviera fiebre, fiebre que fuera la culpable de que su padre estuviera diciendo tales sandeces. Gabriela notó la frente de su padre sin fiebre alguna y dijo con voz cansada. ¿Porque mejor no te acuestas e intentas dormir?, parece que estás delirando, no sabes lo que dices, es imposible salir de este infierno, ¿te has dado cuenta que estamos rodeados por miles de alemanes dentro y fuera del gueto al igual que centenas de policías judíos, como tu hijo Schmuel, que nos tienen


atemorizados? Y si, como dices lográramos hacerlo, ¿A dónde huiríamos? En las calles de Varsovia los mismos polacos nos denunciarían y seriamos asesinados de inmediato. Qué cosas tan ridículas dices padre –dijo Gabriela, mientras intentaba llevar del brazo a Gustav a su camastro. El padre, con un coraje inusual en él, de un solo golpe, quitó el brazo de Gabriela que intentaba aprisionarlo y con molestia se acercó al oído de Gabriela. Escucha bien lo que estoy diciendo Gabriela, vamos a escapar de aquí –le dijo y sin dejar de mirarle se dirigió a su camastro, cerró la cortinilla y desde ahí gritó, mañana sabrás como lo haremos Gabriela. La hija no dijo nada, quedó en silencio. Habría querido decirle a su padre lo que había sucedido momentos antes en el consejo judío, pero ya no se atrevió a hacerlo, no quería preocuparlo ni quitarle la ilusión de verse libre.


Esa noche la idea de que su padre y Marcus fueran detenidos y conducidos a los campos de trabajo le aturdía la razón. Horas después, el hambre y el cansancio hicieron que Gabriela quedara profundamente dormida apoyando su cabeza sobre el comedor. Cuando Gustav y Marcus llegaron a la pocilga, lo primero que vieron al entrar fue a Gabriela quien se encontraba profundamente dormida. Schmuel pensó en despertarla pero no se atrevió, vio en ella una sonrisa placentera e imaginó que estaba teniendo un sueño hermoso y no quiso ser él quien le quitara aquella momentánea libertad. Esa misma noche, Adam Czerniakow, el presidente del consejo judío, se quitó la vida. Muy temprano, cerca de las cuatro con treinta minutos del día 24 de julio, Gustav salió de la vivienda con el mismo atuendo que


Gabriela le había visto la noche anterior. Antes de salir vio a su hija que seguía dormida e Intentó hacer el menor ruido posible. Abrió la puerta de manera sigilosa y la cerró de igual manera. Se dirigió después a unas cuantas calles de distancia para encontrarse con Amador, un hombre judío cincuentón delgado en extremo por la falta de alimento. Amador conocía perfectamente todas las cloacas de las calles del gueto, pues durante muchos años se había desempeñado dentro de la municipalidad como responsable del saneamiento y la fumigación de ratas y demás pestes dentro de los túneles subterráneos. Hacía más de tres meses que este le había mostrado a Gustav todos los accesos y salidas de las cloacas que se encontraban dentro del gueto de Varsovia. Gustav había pagado a Amador la mayor parte del dinero que su colega Alfred le había hecho llegar por medio de Bruno.


En esos tres meses, Gustav conoció perfectamente hacia donde conducían todos y cada uno de los canales subterráneos, su objetivo era escapar junto a su familia. Esa mañana, Gustav se encontraba dentro de uno de aquellos subterráneos cuando decenas de soldados alemanes irrumpían de manera violenta en el edificio que habitaba junto a su familia. El ruido que ocasionaban los soldados alemanes al subir por las escaleras del edificio despertó a Gabriela. Los miembros de las SS derribaban con violencia todas y cada una de las puertas de las viviendas. Inconscientemente, Gabriela sabía de lo que se trataba, sabía que había llegado el momento que Adam les había dicho, los soldados alemanes tomarían presos a los ancianos y niños para llevarlos a los campos de trabajos forzados de Treblinka. Gabriela se levantó de inmediato de la silla del comedor en donde había pasado la noche y se dirigió corriendo hacia el camastro de su padre solo para darse cuenta que él no se encontraba ahí.


Schmuel también despertó ante el alboroto que se escuchaba. Gabriela corrió a despertar a Marcus, rápidamente lo levantó de su letargo y lo escondió en el único lugar en el que creía no sería encontrado, ocultó al pequeño en una de las seis letrinas de la habitación, todas ellas se encontraban llenas de excremento. Gabriela le dijo al desconcertado pequeño, mientras lo introducía a aquel putrefacto lugar, que por favor no hablara. La mierda que se encontraba acumulada cubría hasta el cuello al pequeño Marcus. Inmediatamente después, una docena de soldados nazis irrumpieron la vivienda con gran violencia. Todos los que ahí se encontraban estaban aterrorizados ante la embestida de los alemanes.

GUSTAV ES LLEVADO AL CAMPO DE CONCENTRACIÓN Esa noche el frío calaba hasta los huesos. Poco menos de las tres menos quince de la madrugada del día 24 de Julio miembros de


las SS llegaron hasta el edificio donde habitaban más de 126 familias judías, incluida la de los Goldemberg. El ruido que hacían los soldados alemanes y algunos miembros de la Gestapo al subir por las escaleras de aquel edificio casi en ruinas semejaba el trotar de caballos desbocados. Con gran violencia los soldados alemanes abrían todos y cada uno de los apartamentos. Levantaban de su letargo a todos los que ahí se encontraban. El doctor Gustav Goldemberg fue el último en subir al vagón que lo conduciría un sitio desconocido para él, fue el último no porque quisiera serlo, sino porque las fuerzas se le habían agotado tras la larga caminata que le hicieron realizar los soldados alemanes. Gustav sabía que ese viaje sería el final de su vida. Era el día 24 de julio de 1942, fecha que jamás olvidaría el hijo mayor del doctor. Schmuel, el policía judío, veía impotente como su padre era subido a aquel vagón del tren en donde cinco mil judíos más ocupaban la totalidad de los vagones, le había tocado La larga caminata que realizaron los judíos que abordarían aquel animal


de hierro, era vigilada por policĂ­as judĂ­os. El recorrido era aterrador, nadie atinaba a decir palabra alguna, el silencio reinante de aquel momento solo era interrumpido en ocasiones por los gritos de soldados alemanes lanzando insultos a los andantes.


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