La Gualdra 220

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SUPLEMENTO CULTURAL

No. 220 - 2 DE NOVIEMBRE DE 2015 - AÑO 5

DIR. JÁNEA ESTRADA LAZARÍN

Autor: Iván Muñoz A.K.A. Ivanko Moses - Lee. Fotografía digital. 2015

“Calaveras de azúcar o de papel de China, esqueletos coloridos de fuegos artificiales, nuestras representaciones populares son siempre burla de la vida, afirmación de la nadería e insignificancia de la humana existencia. Adornamos nuestras casas con cráneos, comemos el día de los Difuntos panes que fingen huesos y nos divierten canciones y chascarrillos en los que ríe la muerte pelona, pero toda esa fanfarronada familiaridad no nos dispensa de la pregunta que todos nos hacemos: ¿qué es la muerte? No hemos inventado una nueva respuesta. Y cada vez que nos la preguntamos, nos encogemos de hombros: ¿qué me importa la muerte, si no me importa la vida?”. Octavio Paz, “Todos Santos, Día de Muertos” [fragmento], en El Laberinto de la Soledad.


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La Gualdra No. 220

LA GUALDRA NO. 220 / 2 DE NOVIEMBRE DE 2015 / AÑO 5

Hoy es Día de los Fieles Difuntos, de acuerdo a la tradición católica en todo el mundo. En México celebramos el Día de Muertos, una tradición que es el resultado de un proceso de hibridación cultural y que se sigue alimentando hasta nuestros días. Nuestras raíces indígenas han contribuido a que en nuestro país se conmemore de manera muy especial a los que ya se fueron. Diversas son las ideas que se tienen sobre el destino que tienen los seres humanos al perecer; algunos piensan que simplemente se termina un ciclo y que no hay nada más allá de la vida; la Iglesia católica nos ha dicho que son dos posibles destinos que dependen de la conducta en la tierra: el cielo o el infierno. Los antiguos mexicanos creían que había tres posibilidades que no dependían de la conducta sino del tipo de muerte sufrida. Leí recientemente un texto en el que se dice que “las almas de los que morían en circunstancias relacionadas con el agua se dirigían al Tlalocan, o paraíso de Tláloc; los muertos en combate, los cautivos sacrificados y las mujeres muertas durante al parto llegaban al Omeyocan, paraíso del Sol, presidido por Huitzilopochtli, el dios de la guerra. El Mictlán estaba destinado a los que morían de muerte natural. Los niños muertos tenían un lugar especial llamado Chichihuacuauhco, donde se encontraba un árbol de cuyas ramas goteaba leche para que se alimentaran”.1 De estas dos creencias se consolida la creencia de que hay una especie de vida después de la vida y que independientemente de en cuál de los nueve niveles del Mictlán anden nuestros muertos, regresan el 2 de noviembre, sólo este día, para confortar a los que nos quedamos aquí. De ahí que en todo México las familias visitan hoy los panteones, arreglan las tumbas de sus difuntos, algunos les llevan música y comida, otros comen ahí, con ellos. En algunas regiones es tradición también construir altares; el de 7 niveles es el más completo y debe llevar una serie de elementos y un orden específico, que, de acuerdo a los autores

del artículo mencionado son los siguientes: En el primer escalón se pone una imagen religiosa; el segundo es para las ánimas del purgatorio; en el tercer escalón se coloca la sal, que simboliza la purificación del espíritu; en el cuarto va el pan, para alimentar a las ánimas; en el quinto van los alimentos preferidos del difunto; en el sexto se pone la fotografía y un espejo para que el que viene de visita pueda reconocerse; y en el séptimo escalón se coloca una cruz formada por semillas o frutas. En el altar se ponen diversas ofrendas que deben invitar “al espíritu a viajar desde el mundo de los muertos para que conviva ese día con sus deudos”. Así, en el altar no debe faltar la foto, el espejo, una cruz de sal o ceniza, una imagen de las ánimas del purgatorio, copal, incienso, un arco adornado con flor de cempasúchil, papel picado, velas, veladoras, cirios –de color morado y blanco-, agua, flores, calaveras, comida, pan y bebidas alcohólicas y algunos objetos personales del muerto. La de los altares es una tradición que poco a poco ha cobrado fuerza en nuestra ciudad; pero finalmente cada quien, a su manera, los recuerda y los celebra. Nuestra manera es ésta: compartir con ustedes esta edición que hemos dedicado a los muertos. Que sea éste pues nuestro altar dedicado a quienes ya no están con nosotros. Compartimos también con ellos las letras y las imágenes, las ideas y las oraciones, los cantos, la música, el pan, la sal y… este día nublado. Salud por ellos. Que disfrute su lectura. Jánea Estrada Lazarín lagualdra@hotmail.com 1

Muertos, ausentes y olvidados en la historia Por Hallier Arnulfo Morales Dueñas

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La muerte de aquél Por Simitrio Quezada Tarde es la muerte Por Laura Sánchez Solorio Ofrenda Por Tonatiuh Higareda La muerte es un alacrán a medianoche Por Eduardo Guerra Me pidió no buscarla ni siquiera entre los muertos Por Oscar Molina [Campos] Tres historias de noviembre Por Ángel Godínez Epitafio Por Verónica G. Arredondo Cherán: Todos los árboles del mundo Por Armando Salgado Dios está en el infierno Por Daniel Wence

Cuatro lecturas mexicanas para el Día de Muertos Por Eduardo Campech Miranda

Ten years have got behind you Por Carlos Flores Desayuno en Tiffany’s, mon ku Las películas de zombis - El amanecer de los muertos vivientes Por Évelyne Coutel

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Castillo de sal si puedes Wallander Por Ester Cárdenas

Denis Rodríguez, Patricia Beatriz, Hermida Moreno, Andrés y Huesca Méndez, Javier.

“El altar de muertos: origen y significado en México”. En: Revista de divulgación científica y tecnológica de la Universidad Veracruzana, Vol. XXV, No. 1. https://www.uv.mx/cienciahombre/revis-

Noche de Halloween Por Alberto Huerta Muertos Por Pilar Alba

tae/vol25num1/articulos/altar/

Carmen Lira Saade Dir. General Raymundo Cárdenas Vargas Dir. La Jornada de Zacatecas direccion.zac@infodem.com.mx

Jánea Estrada Lazarín Dir. La Gualdra lagualdra@hotmail.com Roberto Castruita y Enrique Martínez Diseño Editorial

La Gualdra es una coproducción de Ediciones Culturales y La Jornada Zacatecas. Publicación semanal, distribuída e impresa por Información para la Democracia S.A. de C.V. Prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta publicación, por cualquier medio sin permiso de los editores.

Juan Carlos Villegas Ilustraciones jvampiro71@hotmail.com


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2 de noviembre DE 2015

Humberto Valdez. TIR Tlalpan.

Muertos, ausentes y olvidados en la historia Por Hallier Arnulfo Morales Dueñas* enseñar el programa educativo federal, por socialista. José Rivera, Lorenzo Ruvalcaba y Vicente Sandoval, al grito de ¡Viva Cristo Rey!, ¡muera la escuela rural y viva la iglesia santa!, dieron muerte a María. La arrastraron viva. Le cortaron las orejas, los dedos de las manos y las plantas de los pies y todos estos despojos los clavaron a la orilla del camino, sobre cañas de maíz: había que exhibirlos para que sirvieran de escarmiento…allí quedó tirada, entre el frío y el vapor de la madrugada neblinosa, el cadáver de una mujer que siendo maestra rural y católica hasta lo más hondo de su alma [no alcanzó el perdón de sus verdugos].2

El caso de María Rodríguez Murillo es ilustrador, porque la población del lugar considera la sacrificaron por el ideal de la educación socialista y niega intentara transgredir la fe popular. Hace unos días se cumplió su 80 aniversario luctuoso, el silencio y el olvido fueron sus únicos testigos. Un caso más. Vicente Escudero, no tenía 20 años cumplidos al iniciar su vida laboral, Valparaíso vio nacer su magisterio. Poco duró, cristeros “lo apresaron, lo arrastraron, y así, ensangrentado y con lágrimas en los

ojos, lo apedrearon y luego lo colgaron de un árbol”,3 su delito, ser maestro federal. ¿Por qué recordar en día de muertos a estos maestros?, es un acto de justicia por una razón muy simple, los cristeros los asesinaron y el Estado los olvidó. Hoy se enarbola desde el poder la amnesia histórica para negar atrocidades y crímenes, frente a tal indiferencia perversa las generaciones actuales necesitan mantener su memoria, no olvidar. A continuación se presenta lugar y fecha donde los maestros rurales zacatecanos fueron asesinados por sostener la bandera de la escuela laica: »» Noviembre 11 de 1934. Juvencio Sánchez, en Río Grande. »» Febrero 2 de 1934. Saúl J. Maldonado, en Tlaltenango. »» Febrero 20 de 1934. Vicente Escudero, en Valparaíso. »» Octubre 26 de 1935. María Rodríguez Murillo, en Tabasco. »» Octubre 27 de 1937. Fidel Casas, en Tepetongo.

»» Abril 11 de 1938. Heriberto S. Dena, en Nieves. »» Agosto 22 de 1939. Juan Francisco Sánchez Gaeta, en Tlaltenango. »» Diciembre 27 de 1942. Pedro Adame, en Nieves. Hoy tenemos 43 ausentes que junto a María comparten un mismo sendero, ha sido la calumnia, la intolerancia y el odio su origen, no permitamos sea su destino. Sin memoria no hay justicia en la larga noche del olvido. * Estudiante del Doctorado en Historia de la UAZ. 1

Bailón, Jaime, El siglo de la Revolución Mexi-

cana. Tomo I, México, INEHRM, 2000, p. 323. 2

Valdés, José, Obras Completas, Taller de im-

prenta de la Sección 34 del SNTE, Zacatecas, México, 1989, t. III, p. 46. 3

González, Edgar, Mártires de la enseñanza,

http://contralinea.com.mx/archivo-revista/ index.php/2010/05/09/martires-de-la-ensenanza/. Octubre 29 de 2015.

Vanessa Ruiz Trujillo. Prado. Colectivo El tren, Zac. 2015.

Día de Muertos

Es común evocar un pasado mítico y heroico de la escuela federal acuñado en las décadas de los veinte y treinta del siglo pasado, su protagonista el maestro rural; empero, el precio pagado para lograr ese prestigio se pasa por alto. Entre 1921 y 1940 se crean alrededor de 12,000 humildes escuelas rurales, en ellas se apropia una nueva idea de nación y poder, a pesar de la amplia aceptación no estuvo exenta de resistencias y peligros, no pocas fueron destruidas o quemadas por grupos religiosos reticentes a tolerar una escuela sin Dios. Zacatecas, Jalisco, Michoacán y Guanajuato concentraron el conflicto. David Raby considera posible se hayan dado más de 200 casos de maestros asesinados en el periodo de 1921-1940 a causa de su protagonismo social, documenta 70, de ellos menos de un tercio son causados por motivos religiosos. En Zacatecas se registraron 8, siete por un móvil religioso. Las maestras durante la Revolución Mexicana están en la lucha, “difundieron las ideas revolucionarias en sus escuelas, atendieron hospitales de campaña, ejecutaron labores de enlace y correo, y llegaron a ser combatientes”.1 Herederas del oficio como María Rodríguez ya no toman las armas pero profundizan cambios sociales en favor de los desheredados. Nació en 1880, a la par se quemó la iglesia de su pueblo, mal augurio. Acusada de atea, comunista, pervertidora de la infancia y demás lindezas, los cristeros condenan a muerte a la profesora rural, todo por


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La muerte de aquél

Día de Muertos

Por Simitrio Quezada Lázaro Loera ideó el golpe mientras enterraban a don Abundio. El panteón de Huanusco nunca había recibido a un difunto con tantos anillos y cadenas: hasta el fijacorbatas lucía un brillo adiamantado. No podía esperarse menos del norteño que cuando fue presidente municipal llegaba con mezcal y tamborazo a saludar a quienes hacían fila en la oficina de Agua Potable. También se había hecho famoso por construir una réplica del kiosco del pueblo en el patio trasero de su casa en Delano, California, donde por años fue contratista de la pizca de uva. A las 11:17 Lázaro brincó la pared de piedra. Vadeó las tumbas más antiguas y casi cae al tropezar con una minúscula cruz de cemento en la sección de los niños. El olor de

los claveles aún alfilereaba el aire, por eso le fue más fácil encontrar el promontorio. ¿Cómo había muerto don Abundio? Después de traerlo del aeropuerto, los pizcadores pensionados le ofrecieron una comilona con carnitas y chicharrones. En la última sílaba del verso “pero sigo siendo el rey” se llevó la mano al pecho. Cuarenta minutos después el primer sobrino declaraba que su tío siempre quiso ser enterrado en el pueblo; el segundo pensaba cómo aplacar a las amantes que ambicionaran tajada por los terrenos. La cuarta loza fue la más difícil para sacar. Después Lázaro tomó tres descansos entre las casi dos horas del desentierro. Y violar la chapa del ataúd. A don Abundio le aplicaron demasiado rímel. Así muerto se veía más gordo.

Andrés Sánchez

Quitar el fijacorbata fue lo primero. Siguieron los cuatro collares, la esclava, las mancuernillas y el prendedor dorado “Federación de Migrantes Zacatecanos”. Faltaba lo más vistoso: el anillo con rubí. Parecía granote de granada sobre cuerito amarillo. Se esforzó para separar las manos cruzadas. El dedo estaría muy engarrotado o eran los nervios de Lázaro. Pujó para jalar: jaló y volvió a pujar. Cuando al fin tuvo el anillo sintió un movimiento en las costillas del cuerpo sobre el que estaba montado. Al levantarse por el susto, el anillo cayó a un lado de la cintura del cuerpo. ¿Todos los difuntos comenzaban a descomponerse con esos movimientos? El traje Wrangler le pareció más chillante. Se inclinó por esa joya y

entonces escuchó el vahído y sintió el apretón en su muñeca. Lázaro no supo cómo trepó entre la tierra floja y menos cómo alcanzó la barda del panteón. Acostado dentro de su cuarto, veinticuatro minutos después, continuaba temblando y sin emitir sonido. A las 7:38 de la mañana, totalmente recuperado del ataque y la confusión, don Abundio difundió las señas para encontrar a quien dio por llamar su “buen ladrón”. Le agradecería esa segunda oportunidad con el anillo y una cuenta bancaria que dos meses antes había prometido a sus precipitados sobrinos. La abuela de Lázaro Loera le abrió desconsolada, llorando por la muerte del nieto a quien había matado un susto del que ella nada sabía.

Carlos Segura

Tarde es la muerte Ofrenda Por Laura Sánchez Solorio I Firmada su suerte al nacer manzana que se oxida Solapado por los dioses bebía el néctar ostentoso de la sal Entre lo real y el sueño ignoraba la luz la muerte del otro II El origen infinito decantó su poema Arrítmica mente Contagiado de nada ignoraba su muerte mordía la sombra lamía del manantial

III ¿Qué puede ser la tarde? Cempasúchil cayendo victoria entre laureles ¿Qué puede ser la tarde? La hora de tumbarse entre espectros de espaldas IV Ser el entre ni vivo ni muerto el tiempo deshierbado cuando era cuerpo el aliento cuando fue aire Verse otro en el espejo des-aparición

Por Tonatiuh Higareda* Te llevo como recuerdo de ésos que cuelgan de la cabeza al pecho y que en la suspiro huida, lloran. Papel picado, tres naranjas y un vasito de tequila. Luego una copita de coca hirviendo, caliente como el infierno para que no la toques por el temor de ajar aún más tus huesos: osteoporosis de una vida de tormento. Manzana roja, una cabeza de ajo, ramo de pirul, cucharada de azúcar y tres limones verdes. Copa de agua. Para la protección de una muerte segura

y para los vivos unos ojos truncos en estos días. Porque nadie quiere ver a sus muertos comiendo en la mesa que se les preparó un guiso con toque de eneldos: olores que acompañen perfectamente a las bebidas de cera blanca siempre alborotadas. Por último, te dejo el pan de muerto amontañado, pero sin el huesito izquierdo por respeto a aquella pierna que fue lo único que no sabemos dónde se enterró. Tampoco te pongo chocolate en taza porque sé que prefieres remojarlo en aquellas aguas del recuerdo eterno que la vida amiga por años te prestó. * (México, DF, 1993). Editor, poeta y narrador. Director general y editor de Revista Morbífica y de Revista Iboga.


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2 de noviembre DE 2015

La muerte es un Me pidió no alacrán a medianoche buscarla ni siquiera Por Eduardo Guerra*

Como acorde de piano, furia negra que nos mira de frente y no nos teme en absoluto. Como si llamara al calor desde su ausencia la bestia porta el bruno abrazo de un luto envenenado .

El cielo Su voz Su canto El recuerdo de las abuelas muertas nos exige mirar la pálida tierra bajo la blanca lumbre de una balastra en lo recóndito del piso Porque la muerte es un alacrán a medianoche sobre el blanco suelo de azulejo y su silencio apenas es lamento ahogado.

entre los muertos Por Oscar Molina [Campos]

Para Karla Ahora qué hago con las flores que pensaba llevarle cuando muriera, con la virtud de los terrones que arropan a los muertos cuando los enterradores les llenan de dalias y olvido los bolsillos

Todo el río del olvido en un breve chisguete * Eduardo Guerra (D.F., 1990). Gestor y pro-

Como si el veneno invocara nuestra sangre la ambulancia la constelación de escorpio

motor cultural. Estudiante de la carrera de Lengua y Literaturas hispánicas.

Tres historias de noviembre

Qué hago con las fotos que había escogido para narrar en sepia con el tiempo, con los botes de lata que pintaría de su color favorito, el azul, para llenarlos de agua y que siempre estuviera fresca en la muerte, Dónde arrincono las votivas, los cerillos que encendería cada mes, justo en el día que murió.

Qué hago con el pedazo de tierra en el que ella me iba a platicar de la lluvia, de las flores que le habían crecido entre las costillas. Qué hago con las calaveras de alfeñique cuarteadas de los párpados y con su nombre en la frente, con los cirios que iluminarían sus pies y sus hombros para que todos vieran que murió con un nido en el corazón. Y ahora dónde dejo el beso que pensaba darle antes de que la separaran de su casa, con el viento vago que disminuirá la pena y una bendición que sacudiría el oleaje de una espiga. Y ahora qué hago, si me pidió el olvido y todas las nubes huelen a ella.

Por Ángel Godínez I Todos los primeros de noviembre los gatos pasan estruendosos sobre las láminas del techo. A veces no me dejan dormir pero, pasada la media noche, mamá no nos deja salir a apedrearlos. Todos fingen no escucharlos. Allí están, noche tras noche, entre pasos, peleas de fieras, bramidos, huidas y persecuciones. —¡Mamá, ya estoy harto, esos malditos gatos nunca dejarán dormir! —Vuelve a la cama y entiérrate, que ésos no son gatos. II Viajaba por una carretera solitaria. Hacía horas que no había visto otro conductor en el camino, y por culpa de un perro nocturno, volqué. Alguien me sacó el auto, me curó, me alimentó. Cuando por fin estuve bien me dio un golpe en la cabeza, me cercenó y

me cocinó. ¿Cómo es que estoy hablando? Es una buena cuestión, pero yo preguntaría: ¿qué sabor tiene mi carne en el pan de muerto? III —Ahora mismo existe un universo en el que no se conoce ni el deterioro ni la muerte, y ahí también estás tú, quizá pensando qué harás con tu vida inmortal —le susurré sin que me pudiera escuchar. Él siguió leyendo como si mis palabras fueran ficción; no dejaba de apuntarle a la cabeza—. Quizá dejas de existir en un universo, pero en muchos otros continúas con vida. No quitó la mirada de la pantalla en ningún momento y cuando el disparo retumbó en los aires, destruyéndole el cráneo, la inercia de sus movimientos no le alcanzaron para terminar de escribir la palabra por complet…

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1 Alejandra Galván Martínez. Flor de la vida. Colectivo El Tren, Zac. 2015 2 Carlos Iván Triana Flores. Kahlaca. Colectivo El Tren, Zac. 2015.

Epitafio

3 Alejandro Rodríguez Rodríguez. Colectivo El Tren, Zac. 2015.

Por Verónica G. Arredondo Dejan una a la vez, en cada visita. Descalza de pies, desraizada. Doncella con vestido de pétalos multicolor, sobre esta lápida una joven releva el cuerpo derruido de otra. Ignoran que

recién cortadas el proceso será inminente, como hueco en un reloj de arena, acelerando el viaje al siempre otoño. Una más y otra, en cada visita.

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Día de Muertos

La muerte es un alacrán a medianoche sobre el blanco suelo de azulejo.


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Día de Muertos

Cherán: Todos los 1 árboles del mundo Por Armando Salgado Un bosque se abre en la memoria y el olor a resina es útil al corazón. Antonio Gamoneda ¿Qué templo es éste, voces que llegan, voces de todas direcciones, estallidos, tumultos, estatuas compungidas, jingles y bagatelas? Javier Sicilia

de la cama ni escuchar los gritos de mamá. Quiero dispararle al miedo, hacerle frente y darle un puñetazo en la cara. No quiero ocultarme ante él. Aquí autos mueven silencio y encumbran oscuridad en la puerta. Golpes demoliendo candados. Papá, deseo cerrar los ojos de otra manera y que al abrirlos no golpeen la puerta para que nadie desaparezca otra vez.

1 Papá, ¿dónde nacen los alfileres que anidan en los muertos? ¿Quizá en el remolino donde tristeza y polvo truenan balas para llevarse a los que no volveremos a ver? Ahí donde huele a podrido y la lontananza es distancia cría comparada con el filo que la calle apedrea entre el llanto de automóviles. Nadie sale a la calle, ni la luz. Ni las historias que alguna vez mamá nos contó. Ahora son relatos vagabundos con placas traseras y matrículas de fantasmas y cerros. Lugares donde se alimentan las banquetas con cuerpos desmoronados. Extraño el crepitar de la fogata, el sonido de la noche, tibio, al igual que el cabello de la abuela. No sé dónde está. Muchas personas desaparecen. Son fichas enterradas donde huellas las sumergen como dientes en maceta. Papá. Entiendo que platicas con mamá a escondidas, alcanzo a oler tu enojo. Múltiples siluetas de miedo, no absorbido, frente a ti y ante los nuestros. Parvadas que al tocarlas se pierden como alfileres clavados en la nuca. No sabes dónde empieza la bastilla de esta cabeza, ni la ruta por donde arropamos abandono. Sólo aire. Lo hurtamos a la fuerza con los puños porque la ausencia es lo único palpable y los hermanos y la desaparición de los hermanos. No quiero estar debajo

2 Vagar fantasmas en la cara. Sentir el fondo del caos e inhalar atisbos sin los primeros rostros desenmadejados. Sorber la eternidad y el origen de un huerto. Hoy, la velocidad es tarde en bolsitas de plástico. Un refresco, la pulpa de un árbol, personas de vapor. Cerros abandonados a la fuerza. Puñetazos por la espalda. La desbandada de un barranco. Ojos en cruz. Troncos anudados. Personas que al marcharse nunca volverán. Mordida de un perro y alfileres de rabia en el ombligo. Despuntando árboles, cadáveres, el llanto. No dejo de recordar, no, no, no. Negarlos hasta el amanecer es creer que los sueños despiertan. Los pueblos, la madre tierra, los hermanos se escurren por la rendija. Destejo cuerpos de pan. Dientes esparcidos como recuerdos distantes. La placa de una vida mejor se renta en tiendas automáticas. Aserrín enrevesado. Placenta. Verde pálido. Verde muerto. La velocidad del dinero es testimonio de nuestras manos. El tacto no tiene permanencia. Las huellas son estériles. Ningún sujeto se levanta del piso para devolver la bala incrustada en su cabeza. Nadie. Ni la saliva, ni el jadeo, ni el tiempo arremolinado en los párpados, ni el cráneo roto. Tengo fantasmas en la cara. Son las

Carlos Santa Cruz. Cipactli. Tequio Gráfico. Leo Rodríguez. Taller Semilla Negra, Pénjamo, Gto.

personas que se fueron y que nunca volverán. No dejo de recordarlos y por eso están en mi cabeza. Son árboles que no quiero arrancarme pero en otro lugar fueron arrebatados del bosque. Ellos están en mi mente: Mi abuela Lupita, el abuelo José, Francisco, Tadeo, Joaquín. Sus pómulos restriegan calor en mi cara. Sus pómulos son tu rostro, papá. Deshuesadero de troncos ventilando calzadas. La gruta para alcanzar un poco de comida. El tiro en los ojos. La camioneta destrozada. Un padre grabado en el lodo. Cherán. Bosque por brazos, vejiga por carreteras, cáncer por árboles. Las huellas se olvidan fácilmente si la herida del ojo está seca. El olvido jamás se secará. (Detrás de la camioneta el bosque está de luto). 3 Afilar un machete en la boca del suelo para cortar culebras de agua. El abuelo José partía historias como gajos de naranja y nos hablaba del respeto a la naturaleza. Era un gran árbol. Su bosque no conocía el dolor, ningún quejido. Decía que las enfermedades llegaron como fábricas de detergentes. Contaminaron cuerpos y los ríos y las historias personales de los barrios y las casas de adobe y la plaza del centro. Les dejaron códigos de barras para prevenir la vejez en la autopista que detona casetas. Los árboles ahora son petróleo y atermitan la dentadura del gasoducto. Inflan con resina la compraventa de colorante artificial para las arrugas. Al recordar, nunca había sido tan viejo y a la vez tan niño. Ay, Abuelo, corta otra naranja menos agria, una hogaza de pan no tan dura; no compres charales con lama, mejor

una chúspata o un taco de borrego sin limón. Los alimentos que anuncia la bocina tienen chapopote. Muertos tirados en la corteza de la autopista. Los cortabosques visten de añil, usan carros con sirena y reparten figuritas de miedo. Los productos televisivos maldicen el huinumo e ignoran a los pájaros. ¿Por dónde la niebla?, abuelo. Ahí la densidad es menor que la idiotez y cada trino es corazón y árbol por latir. Abuelo, la lluvia era un gallo que despertaba el fuego dentro de nosotros. En ese tiempo la abuela vivía. Tu automóvil era veladora para montar el cerro y regar no la gasolina sino un sorbo de mezcal como ofrenda para los antepasados, para no sentir averiado el motor del coraje. Fuiste otro que nunca regresó. Siguen cortándolos. Vienen del aserradero hechos pedazos como si la tierra fuera un costal para esconder los crucifijos; como si este páramo se arrancara los restos y enterrara los cabellos. Abro el costal. Soy menos hombre y recorro la muerte más rápido. Todo mi cabello está dentro de él, el llanto. Daga que enterró muertos en mis lágrimas. Polvo que crece en lugar de los difuntos. Jauría que muerde mi silencio porque no puedo gritar. La raíz de mi bosque se ha quedado muda. 4 Abrí la jaula. Todos los pájaros volaron en busca de un árbol. Papá. Corrí tan fuerte como pude. Agarré coraje y levanté la tapa de la caja donde estabas. Pero, ¿por qué no volaste para llevarnos lejos de aquí? 1

Del libro Cofre de pájaro muerto, Ediciones Punto de Partida, UNAM, 2014.


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Dios está en el infierno Por Daniel Wence

B. Las calles están llenas de canciones con voz de madre. Dice que ya no canta. Que cantaba, dice, porque había muchas tristezas merodeando la casa. Dice que las tristezas eran fantasmas a los que de tanto llorarlos les truncaron la trascendencia. Dice que trascender es caminar descalza hasta los dieciséis, soñando con un amor para el que no se nace. Dice que el nacimiento es la llaga más

profunda de los seres. Dice que el dolor empujaba su voz y ella se dejaba llevar: hoja de otoño, creciente de verano. Dice que en sus veranos de chica había diablos bailando alrededor de las piedras del oro. Que nunca verá un lingote de cerca. Que una vez, un puñado de monedas le rozó la frente, que ella fue la mercancía. No quiero conocer su historia. Quiero pensar que cantaba porque le aterraba el silencio de las noches, sus chicharras, el vaho de los animales que bajaban a devorar las ideas, el llanto de los niños en pena. Las calles están devastadas. Voz de madre se apagó en enero de mil novecientos setentaiocho: veintiún horas, cohetes, trombones, bullicio. Lo único cierto es que sus canciones me llueven todavía, cálidas y tristes cuando estoy descalzo. C. Las calles están devastadas. Atiborradas de entierros. Ya no cabemos de tantos muertos, de tanto miedo. Allá unas sombras se menean burlonas, cuchichean los nombres de todos los habitantes. Saben quiénes somos, a dónde vamos, con qué endulzamos el café de las siete. No saben cuánto nos gusta la amargura porque no descubrieron cómo leer a través del tórax. Salimos. Damos vueltas. Los engañamos. Les hacemos creer que tenemos asuntos importantes. Nuestras palabras son sobrias. Decimos hola y dejamos que las parvadas de la infancia se extingan. Modificamos el paisaje. Aquí hubo un árbol. Declaro que lo extraño. Decreto silencio. Pero ellos, con su

ruido, con sus sombras, con nuestros entierros. Con nuestro amor: Hemos grabado su nombre en un árbol. No hay árboles eternos. ¿Quién nos enseñó a escribir con navajas? El amor también está en un féretro. Y va pasando. Y lo observo. Soy su plañidero. Me suelto a vivir sin cuestionar la ausencia A vivir bruscamente porque no me enseñaron Las diferencias elementales entre antes y después. Decreto: tres días de asueto Que nadie muera Que nadie sea enterrado Que nos durmamos tranquilos Con la vieja historia de que Dios está en todas partes. D. Mido la calle con un vistazo Me gustaría que pudieras ver lo que yo veo. Alguna vez yo también soñé con escribir la crónica de este sitio. Magullarme aquí. Resecarme con el horrendo clima. Te vi de reojo: eres grande. A medida que envejezco El panorama sentimental con el que mido las calles se desmorona. Enumero a las personas.

Las piedras las recuerdo como un ejercicio de memoria para no envejecer torpe. Aquí sucedió una historia que se llamaba Luis. Y Luis está desaparecido. Hermoso hermafrodita. En el infierno de mi memoria danzan sobre su dualidad ángeles y diablos. En el exilio, ¿pensaste en mí? En este infierno quedas borroso. He intentado dibujarte para que te mueras menos. Sí. Recuerdo apenas tu voz que ya no puedo asociar con nada: Algunas palabras ordinarias: pájaro, tragedia, marchitarse. ¿Pensaste en mí? Si tuvieras un súperpoder -comenzaste a preguntar una mañana, rumbo a la escuelaEl de desvestirte. Aquí sucedió una historia llamada Alfredo. A la calle ya no le quedan nombres Los nombres son ahora el polvo de los ladrillos de las casas Solas Los nombres son ahora, punzantes, latientes fórmulas Para que esta diminuta ciudad no desaparezca No. Aquí sucedió una historia llamada Gabriel De quien, por ser el más hermoso, Recuerdo su pregunta fundamental: ¿Dónde está Dios?

Leo Rodríguez. Taller Semilla Negra, Pénjamo, Gto. Carlos Santa Cruz. Melancolía. Tequio Gráfico.

Día de Muertos

A. Habría repetido la historia de mi padre: sus dones, sus ademanes, su tacto sobre la tierra oscura de noviembre. De niño, usaba un gabán y me sentaba bajo la sombra de una jacaranda, mordía una espiga de avena y fruncía el entrecejo: ¿para qué me quieres, vida? Soñaba con trepar el árbol, con irme lejos, quería ser más fugitivo que mi padre, a quien sólo veía los sábados por la mañana. Él conducía un auto amarillo en el que cabíamos todos: nosotros, los abuelos muertos y las tías perturbadas, todos: colgantes, hermanos, amábamos mirar hacia arriba y pensábamos que en algún rayo a lo lejos un pasadizo nos llevaría a otro mundo. Nada nos llevó sino el agua donde se ahogaban fragmentos nuestros. Mi padre había repetido la historia de su padre: se miró en el agua, como me miro, y me entristece el vacío de los ojos, la madurez de la mirada. No engendraré nunca: voy a depositar mi semilla donde no duela. Se cierra el círculo.


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Cuatro lecturas mexicanas para el Día de Muertos

Día de Muertos

Por Eduardo Campech Miranda Una de los mecanismos más eficaces, que he experimentado, para acercar los libros a aquellas personas que han tenido poco o nulo contacto con la lectura es ir a la anécdota, al chisme (sí, sí, sé que más de uno se escandalizará). Hay temas transversales al ser humano: el amor, la vida, la comida, la muerte. De todos ellos, la literatura ha hecho ríos de tinta. En esta ocasión recomendaré cuatro lecturas para acompañar la celebración del Día de Muertos. Cuatro de muchas lecturas que hay en las bibliotecas, librerías y salas de lectura. 1. Villaurrutia, Xavier: Antología. Selección y prólogo de Octavio Paz, México, FCE Xavier Villaurrutia nació y murió en la Ciudad de México, contemporáneo y condiscípulo, en la Escuela Nacional Preparatoria, de Jaime Torres Bodet, Jorge Cuesta, Gilberto Owen y Salvador Novo. Sus textos tienen implícito un halo misterioso, en ellos encon-

El destino del hombre es el mismo. No importa lo que haga en sus años de aliento, lo que llegue a acumular o lo que logre expresar, inexorablemente es atraído hacia la tranquilidad absoluta, el reposo de la eternidad. Los hombres antiguos lo tenían muy presente, por eso lo más importante que podrían hacer en vida era el acto, sólo a través del actuar podrían lograr trascendencia y ser recordados por siglos. El hombre moderno parece olvidar la importancia de la fugaz vida y consume su tiempo como si éste fuera eterno. La vida moderna es un pequeño suicidio, cada detalle de ella nos lleva a ciegas a la búsqueda de ese destino oscuro que nos espera al final de la línea. Hemos hecho de nuestro cuerpo la morada del espíritu, una morada sedentaria, encerrada entre cuatro paredes que no se mueve en los planos del globo terrestre, sino que viaja a través de señales de microondas mediante una pantalla, con lo que reduce los años de vida que la modernidad había ganado para la humanidad. El alimento contemporáneo, procesado y empaquetado amenaza con hacer brotar un horrible cáncer a aquél que le consume. Las verduras del supermercado no se quedan

tramos a la muerte como un tópico constante. Sueño, sonambulismo y muerte se entrecruzan en sus versos para plasmar una angustia que lo acompaña en su obra poética. 2. Rulfo, Juan: “Diles que no me maten”, en El llano en llamas (varias ediciones) Rulfo es uno de los pilares de nuestra literatura. Un ícono de ella. Originario de Jalisco, de Sayula con más exactitud, se cuenta que buscaba los nombres de sus personajes en los cementerios. Y sus relatos de las memorias “de unos viejitos”. En torno a Rulfo se han ido construyendo mitos, fantasías y todo un culto. En esta historia, el lector experimenta la desesperación de Juvencio Nava, su cansancio de huir muchos años, perseguido por la justicia y el fantasma de Lupe Terreros. Si uno muero, bajo cualesquiera circunstancias, se dice que “descansa en paz”, ¿y los que se quedan, descansan?

3. Rulfo, Juan: Pedro Páramo (varias ediciones) En alguna ocasión Rulfo confesó que Comala no era un pueblo de muertos, sino que iba muriendo poco a poco, por sí mismo. Dolor de cabeza para unos, descubrimiento de la literatura para otros, esta novela –de lectura casi obligada en secundaria o prepa-, la trama (alegoría, crítica y representación del caciquismo nacional, historia de amor y muerte) se desarrolla en Comala. Ahí transcurre el tiempo fantástico junto con el tiempo real. La vida y la muerte entrelazadas en una historia donde todos están muertos. 4. Sabines, Jaime: “Algo sobre la muerte del Mayor Sabines”, en Otro recuento de poemas, Joaquín Mortiz Quizá, después del poema de Jorge Manrique, éste sea el poema más conocido que describe la pérdida paterna. Sabines, quien lograba llenar hasta el tope el Palacio de Bellas

Juan Carlos Basabe. Panteón de San Fernando, Ciudad de México

Artes, y quien, sin proponérselo, hizo del dolor poesía: “Déjame reposar, / aflojar los músculos del corazón /y poner a dormitar el alma / para poder hablar, / para recordar estos días, / los más largos del tiempo”. Sabines es leído por muchos porque habla de lo que nos duele: el amor, la muerte, el abandono. Porque “eso que dijo yo lo quería decir”. Junto con este poema, también recomiendo “Tía Chofi” y “Doña Luz”.

Ten years have got behind you Por Carlos Flores atrás, y qué decir acerca de la carne, que pareciera encerrar en sus jugos el sufrimiento al que el animal fue sometido antes de ser llevado al rastro, así como sustancias químicas que permitieron al ganadero sacar unas cuantas ganancias más. El café soluble, el tabaco, la leche, las bebidas azucaradas y el alcohol se venden de manera indiscriminada y se consumen de la misma forma, causando en el consumidor desordenes nerviosos, estomacales, además de afectar su sistema desde diferentes ángulos, atacando el páncreas, el corazón, el riñón, los pulmones y otros puntos. Cada vez más la vida se convierte en algo artificial y la humanidad se aleja más de la naturaleza. El planeta se cubre de asfalto, se sacrifican áreas verdes para dotar al acontecer citadino de elementos de infraestructura y herramientas de trabajo. Los

árboles se convierten en papel, muebles, casas. El entorno humano en un hábitat gris de concreto adornado con luces multicolores y una vida artificial donde el movimiento trata de asemejarse a una máquina de engranajes, todo en pos de un solo ideal: el capital. Nos olvidamos del milagro que significa la existencia. De cómo ese inmenso universo que alberga millones de galaxias, cientos de millones de estrellas y sistemas solares, también nos alberga a nosotros, y que en comparación con ese infinito no somos más que una ínfima partícula. Que en ese vasto espacio temporal que significa la vida del cosmos y de las estrellas, nosotros sólo somos un suspiro y que, hagamos lo que hagamos, terminaremos en una tumba fría y sola, lamentado no haber amado más, no haber compartido más, no ha-

Lydia Lozano

ber creído más en uno y lograr lo que se quería hacer. Conmemorar a los muertos es conmemorar ese tiempo que no aprovechamos con el difunto cuando estaba presente. Y como dice la canción “…and then one day you find, ten years have got behind you, no one told you when to run, you missed the starting gun”.


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Desayuno en Tiffany’s, mon ku Las películas de zombis - El amanecer de los muertos vivientes Por Évelyne Coutel remedio que atrincherarse en zonas cerradas, así en un centro comercial, dando cabida a una sátira del consumismo. La concatenación de numerosísimos planos indica lo frenético de la acción y acentúa lo angustioso de la situación. Al ser la continuación de La noche de los muertos vivientes (la veterana estrenada diez años antes), El amanecer de los muertos vivientes confirmó el advenimiento del género gore. Precisamente por su carácter novedoso, igual que por sus escenas viscerales y sangrientas que dejaban dudas en cuanto a su recepción, la cinta encontró dificultades para su financiación y comercialización. Sin embargo, el ciclo abierto en 1968 llegó hasta 2009 con La resistencia de los muertos, demostrando el interés de ciertos sectores del público por este tipo de ficción. Obviamente, la presencia masiva de sangre vinculada a unos seres sobrenaturales no era ninguna novedad en el cine, antes al contrario se encontraba ya a principios del siglo XX, como en las películas de vampiresas que depredaban a sus pobres víctimas masculinas dejándolas en las últimas. Con el cine unos elementos que se hallaban estáticos en las artes pictóricas cobraron autonomía y pudieron moverse. De verdad resulta desconcertante la

visión de esos monigotes descoyuntados que avanzan lenta pero vorazmente en busca de carne humana. ¿Cómo se puede explicar, pues, la afición a unas cintas rebosantes de hemoglobina y colindantes con la muerte? Para los más reacios, el motivo de este entusiasmo deberá atribuirse sin más ni más a una tendencia psicópata más o menos latente. Afortunadamente, los mecanismos son más complejos y aunque las

explicaciones sean infinitas, merece la pena mencionar algunas. La buena acogida que recibió el cine de zombis desde sus inicios se debió sin duda a la satisfacción ante la ruptura de los códigos, tanto cinematográficos como sociales, que constituye la base de este subgénero del cine de terror. Al rechazar la verosimilitud y el realismo artístico, simboliza la transgresión y la liberación de las normas racionales. Además, al igual que en el Día de Muertos, el visionado de estas cintas puede constituir un rito que permite espantar a la muerte, burlarse de ella y expresar o exorcizar las emociones que inspira, desde la admiración hasta el espanto pasando por la incertidumbre. Muchas veces estos filmes ofrecen una trivialización de la muerte, presentando la angustia que provoca como algo insensato y ridículo. Desde otra perspectiva, una peli de zombis también ofrece una representación de lo frágil y lo efímero de la existencia, potenciando el valor de la vida y recordando la necesidad de gozar de ella cada día. Y bien es verdad que al ver una peli de ésas se produce un subidón de adrenalina y otras reacciones fisiológicas que permiten precisamente al espectador sentirse vivo y satisfacer su deseo de emocionarse.

Castillo de sal si puedes Wallander Por Ester Cárdenas Cada vez que leo una novela de Hanning Mankell (1948-2015), cuyo personaje es Kurt Wallander me pregunto ¿por qué en mi ciudad se asesina a la gente sin que haya ningún tipo de seguimiento policial?, me viene a la mente Armando Haro Márquez y David Reveles “el Sastre” (así nos referíamos a él sus amigos), asesinados ambos con una diferencia de meses, de una forma muy similar. ¿Qué indagatoria se hizo?, ¿qué huellas encontraron?, ¿a quién interrogaron?, ¿a qué conclusión llegaron?, silencio absoluto… Pagamos nuestros impuestos y parte de ellos –se supone– debe emplearse en protegernos, pero no hay tal. Estamos indefensos. Nos pueden asaltar, asesinar y en menos de un mes será caso cerrado. En la primera novela de Hanning Mankell, en que aparece Kurt Wallander:

Asesinos sin rostro (1991) una pareja de ancianos son asesinados de forma violenta y cruel; en apariencia el robo no podía ser el móvil, no había enemigos, huellas ni testigos, pero Kurt Wallander y su equipo no cejan hasta descubrir el móvil y sus actores. En esta novela Wallender está pasando por una terrible crisis existencial: su esposa lo abandona, su hija adolescente no quiere saber nada de él y la relación con su padre (un pintor bastante atípico) es bastante complicada. En Los Perros de Riga (1992) una fría mañana en las costas de Ystad, Escania, en un bote salvavidas aparecen dos cadáveres vestidos elegantemente. La investigación lleva a Wallander a Letonia donde está a punto de fenecer. La Trama nos introduce en los problemas por los que atraviesa este país al tratar de independi-

Ale Celis Almanza

zarse de la bota soviética. Wallander no está en su mejor momento, aún resiente la separación de su ex esposa, la relación con su hija no mejora y su trabajo es tan absorbente que no le permite dedicarle tiempo a su padre viudo. En Letonia conoce a una mujer que será muy importante y parte de las subsiguientes novelas. En la Leona blanca (1993), una joven mujer, felizmente casada, madre de dos pequeñas, que junto con su esposo dirige una pequeña inmobiliaria, desaparece. Posteriormente la hallan con un tiro en la frente. No hay móvil, ni enemigos. En los alrededores del sitio en que la encuentran, una casa aparentemente aban-

donada se incendia y descubren restos de un sofisticado equipo de comunicación de origen ruso, y un dedo de una persona de raza negra. La investigación es muy complicada y lleva a Wallander a Sudáfrica. Wallander ya está recuperado de su divorcio, la relación con su hija mejora, su padre le anuncia que va a casarse y el vínculo con la dama Lituana se fortalece. No puedo seguir contándoles las subsiguientes novelas pues mi espacio se agotó. Sólo me resta sugerirles que busquen las novelas de Henning Mankell quien utiliza la novela negra críticamente para abordar los retos de la sociedad actual.

Día de Muertos

Al igual que otras costumbres, tradiciones e ingredientes folclóricos pertenecientes a la cultura mexicana, el Día de Muertos no podía dejar de ser una fuente de inspiración a la vez que un resorte predilecto para el cine que, aprovechando los efectos especiales y el poder deslumbrante de las imágenes, busca a veces su éxito en lo sobrenatural, lo truculento y lo macabro. No es de extrañar que este día haya dado lugar a bastantes películas de zombis, como lo indica el mismo título de algunas de ellas (Day of the Dead, de Steve Miner, 2008; derivada de la homónima de 1985 de George A. Romero). Entre el sinnúmero de cintas que se podrían vincular a dicha tradición nos interesa destacar El amanecer de los muertos vivientes (titulada Dawn of the Dead en Estados Unidos y Zombi en España), aparecida en 1978 como la segunda parte de una serie de seis cintas realizadas por George A. Romero. El argumento parte de una epidemia que resucita a los muertos dejándolos convertidos en fieras caníbales. El virus se ha extendido tanto que algunas ciudades han quedado prácticamente desiertas. Los antropófagos ávidos de carne no dudan en devorar a sus propios familiares y los supervivientes no tienen otro


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Para Mitzi Nayeli

Noche de Halloween Por Alberto Huerta Oremos, oremos, el muerto queremos si no nos lo dan puertas y ventanas nos lo pagarán. Auuuuu… El muerto pide camote si no se le cae el bigote la viuda pide una ayuda para su pobre criatura. Auuuuu… Tres angelitos bajaron del cielo pidieron el muerto y sí se lo dieron. Auuuu…

echando fuego y fumarolas de humo espeso por las fauces. El muerterío, los aparecidos, las ánimas en pena, los desaparecidos, nomás miraban atónitos tanto desfiguro. Fue precisamente la noche de Halloween.

Pidiendo dulces en las casas, comercios y calles. Ante la mirada borrosa de los borrachos, taloneras, y malvivientes calienta banquetas. La Llorona andaba jariosa jaloneando a cuanto cristiano se le atravesara, bien grifa, dando gritos y alaridos… Levantándose el vestido… Enseñando sus miserias… las vergüenzas… Ante la mirada escandalizada de las señoras que regresaban a sus casas del té canasta. Los zombies gritaban: ¡No que no. Sí que sí. Ya volvimos a salir!

Mónica Trueba Vázquez. Dolor en piedra.

A mí no me gusta andar poniendo altares de muertos. Eso no se usaba cuando yo era niña. Tampoco me gusta eso de andarse disfrazando y pidiendo calaverita. El camote y la calabaza sí me gustan, pero a mi edad me hacen tanto daño, que prefiero no comerlas y eso que duermo sola, no hay quien se moleste si de repente se me saliera un aire. Antes sí iba al panteón en este día, pero ya no, ni se puede caminar de tanta gente, prefiero ir uno o dos días después de que haya pasado el mitote, llevo mi escoba, mi tina para el agua, unas cuantas flores y ahora sí a

Frankestein andaba hasta el gorro de chemo. Tambaleante, daba tumbos por las calles. Rodeado de una turba de niños que le picaban con el dedo las costillas, le daban nalgadas y se pitorreaba de él. Todavía faltaba que llegaran los dragones

Gustavo Rivas.

Muertos Por Pilar Alba limpiar las tumbas y rezar un padre nuestro. Lo que sí me gusta es estar en la casa, sacar una caja de zapatos de debajo de la cama que es donde guardamos desde hace mucho tiempo las fotos de nuestros muertos. No, no son fotos de cuando estaban vivos, ésas las tenemos en los álbumes ahí en la sala para

cuando la gente quiera verlos. Son las fotos de los difuntos, la última foto que se toma cuando ya está uno muerto. Cuando era niña me parecía algo tétrico, a quién se le ocurre andar retratando muertos. Pero ahora que ya soy mayor lo entiendo. Se trata de ver a la muerte como el último gran aconteci-

miento. Si se toman fotos en los bautismos, en las primeras comuniones, en las bodas, las graduaciones… por qué no tomar una última foto ya dentro de un féretro. Me paso todo el dos de noviembre viendo las fotos de mis muertos: los hay de todos los tamaños, grandes y pequeños, angelitos, solteronas; fotos sólo de los féretros cuando la causa de muerte no dejó llorarle a un cuerpo. Me gusta ver las fotos, ahora sé cuál era el otro motivo para retratar los muertos, porque al ver sus imágenes nos damos cuenta que alguna vez estaremos como ellos.

Día de Muertos

Esa noche, en pleno otoño, salieron, de no se sabe dónde, un chingamadral de zombies, todos sangrando y babeando, con la mirada alucinada, con la ropa hecha girones, sucia de vómitos, sangre y otros fluidos corporales, dando gritos espeluznantes, encabronadísimos, caminando sin rumbo fijo, como burro sin mecate. Al verlos, los primeros en desaparecer fue toditita la comunidad dark. Al verlos deambulando por las calles les hizo cinco y muy correctos se fueron a refugiar a sus casitas, a ver telenovelas y a Eugenio Derbez, tejer bufandas y carpetitas de punto de cruz. De quién sabe dónde apareció en la noche –obvio- el señor conde don Drácula, vestido elegantemente, cubriéndose con una enorme y pesada capa de paño negro, forrada con raso rojo. Fistol con un rubí del tamaño de un garbanzo. Iba acompañado por dos diputados, un senador, tres acaparadores de granos y un agiotista… También se hizo presente una momia cubierta de vendas, toda aterrada, que se dedicó a asustar viejitas y borrachines en los callejones, parques, jardines y afuera de los templos. Un montón de brujas pasaron hechas madre surcando los cielos, montadas en sus escobas, todas vestidas de negro, tocadas con sus sombreros puntiagudos. Las confundieron con extraterrestres y aviones no tripulados, En esa confusión, los niños disfrazados cantando:


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LA GUALDRA NO. 220 / 2 de noviembre DE 2015

María Brunereau. Muerte que genera vida. [detalle] Técnica mixta. 132 x 122 cm. 2015.

Juan Carlos Basabe. Panteón de San Fernando, Ciudad de México.

Federico Martínez. Y que por las noches siempre puedas abrazarlo.

Mónica Trueba Vázquez. Angelito.

Juan Carlos Villegas. Angelito de mi guarda, mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día.


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