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Hugo Valdés Manríquez

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Hugo Valdés Manríquez

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EDITORIAL GRIJALBO, S. A. MEXICO, O. F. BARCELONA BUENOS A IRES


Indice

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Las Bo das de Mercurio y Minerva Nuestra Seùora de Monterrey (1596-1723) Desde el Cerro de la Silla El Palacio de la Loma (1790) La Sultana del Norte Los emboscados de Bajan ( 18 10-1811) Mo nte-gay La carta encontrada (1847) El rumoroso valle de la Mitra y la Silla Yo, Vidau rri (1855-1867) La isla del Valle El baile ( 1898) ..............................• ...................................... The Monterrey News La fragua de los capitanes (1936 ) San Lunes : Capi tulaciones

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Ignacio Elizondo hab ía conseguido at rapa~ c~n 1.0 5 consejos del obispo Ma rin de Porras. cuya imagen pe rs l st ~a. aun en su memoria ahora traspasada por el tiro que Ic metro un hombre a su cargo. medio vuelto loco por la percusión si ni~stra de los tambor es. cuando ya viajaban las cab ezas de Hidalgo, . A~asolo. Allend e y Jirn énez hasta las altas esq uinas de la Alh óndiga de Grana dit as .

Monte-gay .., al ser apresados en Acatita de Bajan, fueron luego llevados al paredón, y sus cabezas cercenadas fueron puestas en cuatro jaulas siniestras que colgaron en cada una de las altas esquinas de la Alhónd iga de Granaditas - termin ó Sóstenes Tarnez con su clase de historia, y se dispuso a ord enar sus papeles y apuntes mientras los alumn os abandonaban el salón. Julio Villareal miró al maestro , vio su cara de buena persona, y pensó que Sóstenes Tarnez tenía una vida paralela a la que llevaba diariamente dando clases en las mañanas, participando algunas veces en el lugar de los viejo s historiadores cuando había guardias en honor dc los héro es regionales, dirigiendo la bibli oteca y escribiendo. con gran práct ica y oficio , una serie de cuentecitos costumbristas para publicarlos en los suplementos culturales y en la propia revista de información de la univ ersidad privada donde vendía sus horas. La cara del maestro era como la de ciertos hom osex uales entregados a una malicia pasiva y a un masoquismo anal totalm ente feliz y acepta do. Julio se acercó a Sóstenes p::lra pregunt arle por el resu ltad o de un examen anterior. El mucha cho se sentó sobre el escritorio tratando de afianzar así la relación entre alumno y profeso r; casi de inmediato, Sóstenes puso su mano sobre la pierna de Julio. diciéndole que no tenía por qué preocuparse, y, al retirarla muy lentamente, Julio sintió una segunda piel que no deseab a se pararse de su pierna. Luego Sóstenes se acercó a Ju lio y se repegó sobre su brazo, palpándolo a todo lo largo. pero Julio se inco rporó con rapidez y volvió a preguntar, ahora seria mente, por el resultado de ese examen qu e creía haber reprobado. Sóstenes Tamez sonrió con su cara de buena persona y le dijo al much acho que descu idara , y que. si había fallado. él encontraría algún

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modo de arreglar las cosas; luego salió hacia el pasill o y Julio perma neci ó en el salón. Vio sin odio los pasos del maestro cuando se acercaba a la puerta blanca y pensó que ya no tenía por qué verlo una vez más. Siguió ahí, sin darse cuenta de que un compañero rezagado le pedía vía libre desde un momento antes. Juli o se disculpó y se quedó en el mismo lugar. L3 puerta blanca dejó pasar rápidamente al compañero de clases , y, dc pronto, la realidad de allá ' afuera dejó ver a Sostenes de pie y todavía ahí, como él mismo adentro, con un cielo azul fuerte hacia el fondo del mism o color que la cam isa del maestro. Juli o lo vio moverse contra uno de los edificios más cercanos, y pensó que aquella era una de las estampas más reales y vivas que había visto j amás. La puerta blanca retornó a su posición inicial y todo, la imagen de Sóstenes Tame z y de los cielos az ules y fuertes en el horizonte, desapareció de pronto.

A Jaime Zambrano lo invitaron a viaja r rumbo al sur en el verano venidero, a sus tierras de empresa futura y de grandes extensiones, debido a la ausencia de un cerebro, como los euerpos de las serpientes que se movían a ciegas, ya sin la cabeza rectora; el su r que necesitaba de voces de hier ro para llenar el- silencio -de los campos, bajar del noroeste hasta el sur hacia las noches dc luna con mar )' brisas cargadas de sal subiendo hacia donde se movían hombres y muje res para buscarse en lo oscuro, en la noche calurosa, distin ta a la de esc Monterrey contemporáneo que Jaime vería figurado en las paredes con varios colores en un logotipo del Cerro de la Silla, cuando descendiera hasta los estados ignotos de Tabasco y Chiapas por el Ult imo corredor umb ilical que ligaría el avión con el Aeropuerto Central cuyas paredes mostraban frías imágenes de cerros erizados en varios picos para herir perman entemente los aires que el avión cruzaría, y en la canastilla del asiento delantero Jaime Zarnbrano se encontraría con una de las revistas de las líneas de vuelo y leería algunos artículos cuyas frases parecerían escritas por Abigail Guajardo, la amiga de su señora madre: cuando empecé a escribir

este reportaje. quise hacerlo siguiendo mi vieja costumbre de ponerme como protagonista, mm habiendo quienes dicen que lo hago por pura vanidad y no por mi afán de comunicación, y 106

cortaría a esa altura de lo que iba leyendo con el pensami ento detenido en Roberta, quien tamb ién habría escrito de esa manera si su vida no estuviese marcada por el sino de la mediocridad indolente, Y Jaime voltearía la página de la revista para encontrarse con los anuncios comerciales de las tarjetas de créd ito, de la ropa de última mod a, de la invitación sonriente a los mejores hoteles y restaurantes de las distintas regiones del país, y sería tanto el deseo del trópico y el de estar ya en las otras tierras que el sur sentiría bajar del avión a Jaime Zambra no, baja r, mira r hacia abajo, presentar el cerebro a las torpes articulacio nes ciegas, que estaría ya distribuyendo sus horas de consigna empresarial y los largos ratos en el mar, donde no pasaría un minuto sin que animase una sonrisa, asegurando que está feliz como pocas veces, y que por nada, pero por nada del mundo , quisiera recordar las tierras de calor seco que Jaim e Zambrano dejará en Monterrey el próximo año cuando viaje hacia el sur sin la compañ ía de la que será, muy pronto, su legítima esposa.

Humberto Cn nt ú miró a un hombre de edad intermedia y modales afeminados subiendo al camión urbano: esperó un asedio que pensaba desdeñar del modo más visible, pero el hombre no volteó a verlo por un solo instante. Se olvidó entonces de esa defensa inútil y de enfrentar los hechos posibles por adel antado, y culpó a la ciudad por verse día con d ía invadida por tal mult itud de desviados . . Humberto Cant ú, estudiant e de una licenciat ura para administrar las empresas, recordó a la muchacha con la que había estado el fin de semana anterior en una fiesta donde abundaba n las sec retarias. Conoció a Lucy Martínez en encuentros de aparente casualidad y con las invitaciones directas a la plática. En la casa de Lucy, luego de tomar el café con una amiga que hizo el celestinaje para que se vieran un poco más form almente, empezaron a habla r sobre lo que eran ambos en la supe rficie de la vida. P:e~dió un cigarro e .hizo de lado la indicación del letrero que proh.I~Ja fumar o escu pir dentro del camión, y vio una bandada de runos que se precip itaban , con el sigilo propio de los atacantes, para limp iar los parabri sas de los autos detenidos frente al semáforo. Recordó que la prime ra vez que habían estado ju ntos.

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. que caminaron por una Luc y y él salie ron a comprar cigarros sombra de los árboles calle de la colonia Roma en¿la que ~rla El se sintió bien, sin espesaba la luz vesperd~lo h asLta eysaEPlalare;onriÓcon tim idez Ysiguió o aTlo3 d on d e su recta imagm sabe r por qU ~o, y se lo . IJOa uc o cam inando Junto a el. pero en una oquetería Humberto tiró el andar se contoneaba con una gran e al través de la qu e vio el .' .do por una ventana Ciga rrillo co nSUffil . R d é e esa primera vez Lucy no Gimnasio Nuevo Le ón. ecor 0 qu i arras Y que 10 único que 1 había querido que elle co~mp(ara ~~~; la c;jetilla varias veces pudo hacer como atenclon ue gh o 1 extremo del filtr o. Ella para que el tabaco se concentrara ~cla e y Humberto pudo darse abrió la cajetilla con un p1b<lccr CUTlIOgS~~a frecuencia. pero no lo Lucy fuma a con a . .1 cuenta d e que . . d l vicio Cuando aspiro a la descsperac lOn e · . bast:mte para tener bl delolncados cambia d I b O s gruesos Y len rimera boca na a. sus a 10 b en la cara al e mplearlos P o o I que ocupa an . H mberto recordó que Luc~ aspiraba ron la traza on glO a simplemente para habl ar. u . ulaba un movimlento para el hum o del cigarro y .que su n:t~i:~o ;iempo que los bordes de alza rse un poco. y resptn garse , 1 Ella siguió caminando lensus labios man ifestaban gra~ p ~cero lles protcgidas de la luz por tame nte en la tarde l~j ana ~o re bas ca hab ía más claro s y sombras los árboles. Osc urecta, y SIn ern arlgo e no se sabía si diseñaba n gracia s a la luz de. los .f~rolcs, po: 10 q~ una nebli na de conta misus haces de ilumlOaclOn mercuna o el bl a que la de ento0100 nación más nota e y espese d d los camellones, Humbe rto Al mirar las palm eras ajac ~s l Oe I cordel del timbre y. eon reconoció la calzad a ~ade ro, Ja o e prisa, se bajó del carmen urban o. . las I que fueron desnrtaipa l~~~~~) gemela, una suma La calzada Madero, a~ora slllb oco intenta a una . gad as poco a p 'd ' I signo de los comercIOS: por equivocada de correspon enc ia en e el otro los estud ios I r colecci Ón de muchas un lado las zapaterías popubres bY' pO ' t ina sm ~raana . . fotografic.os cuyas VI r d d d u rop ia image n; las mueblen as de sepa rado y de venta caras petnficadas en la sale a e s .P o d pra Ycon sistema • sin compromIso. e co~. . t de comedor; las tienda s de ropa a plazo s de los J uego~ I~mu os f . una calculadora en la que mostraban ~amqmes Y o. rec~ant es pieza s en exhibición. compra de cualqmera de los trajes e r

y junto a todo esto, las empleadas habían gastado ya la mañana de labores en el aseo de los pisos y en limpi ar los cristales de la vitri na. Guadalupe Torres y las otras mujeres de la za patería, a una hora casi idéntica, escuchaban las notas ruidosas de las grabadoras con altavoces, salían a la acera y al vistazo de los tran seúntes con las caras de sueño todavía, suje tándose al anhelo quc solamente podía cumplirse a 1::1 hora del ocaso en que se iban del local con el novi o o con el amigo. Ese día, Guadalupe gua rdaba só lo para sí misma el secreto de la festividad que tendría cerrada la rejería herrumbrosa y las puertas del juego de engaste del Colegio fueroamericano. Saldrí a, com o de costum bre, a la media ho ra antes de la seis, y caminaría por el mismo rumbo que la llevaba a la esc uela, pero esa larde para comprarle a Nora. su madre, una imagen de la virgen de Guadalupe terminada con mucho arte quc había visto en las depen dencias come rcia les del templo de la Purísima en su espera durante una noche ya pasada . En el centro de los edifi cios, Rogel io Garza advirtió un espacio muerto que no era usado como parte funcional de las construcciones, pero que, sin emba rgo, por una necesidad de empresa de tener plantas verdes, había sido destinado para unas palmeras que en lo último de la tarde podían verse todavía con el ondear de abanico de sus ramas detrás de una ventana. El hom bre del bar le sirvió una cerveza a Rogelio y pensó que las ondulaciones verdes quedab an perdidas durante la mayor parle del d ía po r la frecuencia noct urna de los que iban a ese lugar. Otro homb re en la barra partía un trozo de pnpaya con un tenedor. Rogclio no se había detenido en él, pero cuando lo vio tomar un peque ño salero para agitarlo encima de la fruta em pezó a observarlo con atenc ión. Al principio creyó que el hom bre había tomad o equivocadamente el salero, pero el recipiente de azúcar era mayor y distinto. M iró al hombre y recib ió de pronto un breve saludo. Rogelio Garza respon dió la atenci ón-y emp ezó a buscar el rostro en los anaqueles de su memoria. Ent onces recordó que aquel hombre era un capataz al servicio del tio de su mujer, un capataz del rancho de Villaldama de Benjamín Rocha : después del tercer l'aso de licor, la voz de Ben j am in no era la misma que Rogelio había escuc hado cuando su mujer lo se ñalo como su

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tío, que la besaba , y que le decía al j oven Rogelio Garza un íígero mucho gusto con lllla ojeada brev ísima que no llegaba a se r un ges to de conciencia hacia él. Al sentarse ce rca del tío y de un capataz suyo, las miradas de Benja mín Roc ha se volvían enormes por el juego de unos cristales cuyas f ormas hexagonales se anteponian a sus ojos miopes. Sus carcaja das de diente grande parecían f rancas, pero rehu ían la risa)' se acercaban más al acto de supe rioridad que significaba perder el dinero en una pelea de gallos si" siquiera ente rarse, acaso po r saber que esas carcajadas podian valer tanto como la alegr ia de lm ganado r. Tantos miles a nones dijo un aposta dor satisf echo, )' en los oj os miopes de Benjamín Rocha se confundieron de pronto la beodez}' la alegria húmeda de un llanto inusitndo y breve. Rogelio vio que Benjamín acep taba los billetes doblados de la ap uesta y comp rendió que nada le imp ortaba al tio de su muj er, y oyó que au mentaba la cantidad y ofrecía ese di nero ad icional para sustentar la superioridad de perder y poder re írse al mismo tiempo. El Buchana n's era vaciado en un vaso al que Benjamín Rocha miró con inteligencia so rprendida cuando el color del whisl.. .y se aclaraba CO ll el ag ua mineral. Entonces la mirada de Benjamín Rocha era ya un acto solidario CO ll su sonrisa. Rogelio, COIl sus dedos enlazados en los de Conchnlupe Clari ond, tuvo que responderle la sonrisa a Benjamín y también al capa taz. e intuyó la condición del tio de su muj er cuando lo esc uchó comentar sobre el sexo y las nalgas masculinas. Concha lupe 110 oía nada, perdida como estaba enla pirotecnia de p lumas de la pe lea de gallos, pe ro Rogelio cambió una mirada de comp rens i án y de silencio con el capa taz en el entendimiento de la segu nda vida qu e cargab a a cuentas Ben j amin Rocha. Roge1io le preg untó al hombre que terminaba de co merse el trozo de papaya sobre el oficio a que se dedicaba ahora. Le respondió que a la cuestión de seg uridad empresa rial y le preg untó a su vez a Rogelio si seguía casad o con la sobrina de Rocha. Roge lio le dijo que sí, pero que no veía muy seg uido al tío; ambos se sonrieron . Ro gelio Garza se olvidó por un m om ento del hombre de la barra y record ó en cambio las evas ivas que antepuso Mari o Mil mo para no verse co n él ese día por la mañana, en que Gilberto Sala s le confesó que el licenciad o, muy prob ablemente, estaba ocupado en las oficinas de Jorge Made ro.

En un. panel mural de entrada al Congres o, la propaganda que anu~c l3.ba cu rsos y cu.rsos. menores, cursillos de arte, e xposición de tecn ~cas de alfarer ía, pintura para niños. conferencias mag ístrnles dlct?da s por h~mbres llenos. de. currículos. dio en cl tropel de su conj unto una Idea de enuncta ctones barroca s nacidas baj o el s?Ia lectura de esos. papeles, y al diputa do Orozco aquello se le hizo de mucha se meja nza con los banderines en la asamblea de JX1eres de inicio de se mana. El recordó, aun con la prisa de su salida'.la man er? en que se distribu ían los oficios electricistas, los operari os dc. n~mas y de l petróleo, los laminadores y los de la rama metal úrgica, terraccros, co merciantes en pequeño cultivadores de la naranja en Montemorclos, vended ores ambula ntes y ofere ntes, y maestros talabarte ros. Ya ~dentro, el dipu tado Orozco tomó asiento j unto a una ca mpanera suya de la Cámara aú n vigente pero que termi naría para el recuerdo de los hombres durante los próximos actos eIectora.le~. Palmeó en el hombro a la mujer pintada de rubi o para fel icitarla por sus dispa rates femen inos, y la otra mano fue puesta, m~~ tenu emente, en la cintura de la hem bra. Orozco tuvo que disimular su falso asedio cuand o la voz de un orador del Revolucionario Institucional co menzab a a resonar en los interiores del Pa lacio del Congreso. El hom bre de la palestra empezó a citar nombres· en la mem.oria d~1 dip utado Orozco se cristalizaba el hombre después de OIr la Cifra del nombre: el de las cejas tupi das que tenía un segundo apellido de factura francesa; otro con la finalizac ión aguda característica en su apellid o aún más rotund amente francés' y. el últim o, ~uyo~ seg uidore s regiomont anos no podían pronun~ ciar su. ape llido SI ~ O con di ficu ltades y errores por sa ber ap enas de un idioma senc ll l ~ como el ingl és pero muy poco de lenguas curr~ t~ ~ns de los paises europ eos. "Es el part ido de la funesta oposrcron . e~ que parece querer entregar el país a los gringos como lo hicieron a los franceses en el siglo pasado", continuó en su arenga la voz del orador oficia l, mie ntras Orozco le so nreía a su c.om~añera oxigenada y le tom aba. en un puro juego de apanencias, su anteb razo blan co y redondo.

1 Apenas a unos cuant os pasos de la Arena Co liseo la atmósfera oculta del Bakar é " acentuado y sin la co nsonante en la punta de

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la palabra qu e lo hacía parecer tanto al Bac~a~at de la colonia del Valle - aminoraba al salir de ah í. La actividad era un hecho secr eto para qui en cam inase por Bernardo R~yes, de no se~ por la manifestación simultánea de deseo y vergüenza q ~e habla en los pequeñ os grupos de homb res que estaba n Siempre ~r entrar. Era un mundo de sonámbulos permanent es, de alcoh ólicos tristes, un mundo de ojo s en espera, de ojos escép ticos y aun alegres en el apretón de torso contra torso y de cade ra contra cade ra en la hora del baile. Don Pan cho, Fran cisco Cavazos, entró en esa at mó~fera de hum o y de ruid o con la seguri ~ad que le dab,an sus ano,s y la confi anza hacia un lugar conocido tiempo atraso Se sen to solo, sin pedir nada toda vía. Al fin pidió un B.acardi con coca. y al mismo tiempo, sin pensarlo, sepa ró el cigarro que habria de acompañar el ron mezclado ' entre los. hielos COI.1 el refresco oscuro y dulce . Ent onces pensó en Gllberto - G~ lberro Salas, como de costumbre cuando había billar o reU lllOlles con los amigos, llegaba a su casa)' al ellcuelltro con Patri cia G~llZález. al fi lo de la med íanoche r , su amigo el Betote, como le decw',al prmcipio, pero ya no ahora según él por el puesto y su tl~ulo de contador público. Para qué cambiar lo ~ ue uno es,. penso Francisco Cava zos, lo que uno nunc a va a dejar de s~r. Gllbe ,rto Salas, un muchacho lleno de ambici ones, siempre sen a para el alguien sin más futur o frente a su vida que lo que le impusiera el licenciado Milmo . Ya casi un viejo, sabo reando el humo del cigarro sin filtro, Francisco sab ía desde ese momento y desde siempre qu e Gilberto no llegaría más lejos, aun con el engaño d,e creerse una ~~pccie de secretari o personal de Milmo, y que nada Iba a gana r copi ándole los modos y hasta la marc a de cigarro s que fumaba es.e hombre egoí sta y autosuficiente. A Franci sco Cavazas lo habla llenado de pena ver el impulso que Gilberto había tomado c ua n~o se le candidateaba en Alfa, durante los momentos del naufragio, para un puesto vaca nte que en realidad estaba desti,nad~ a alguien con trayectoria y ape llidos. Y el gusto que senna Gilbcrto cuando Mario Milm o le regalaba algún traje pasado de moda , Elle echó un ojo a una muchachita y se paró de la mesa. Antes le dijo al mesero que se pusiera muy listo con I? bolsa de papel que dejaba en una de las sillas, y que estuvrcrn atento para cua ndo regre sara con la chamacn.

Julio Villarreal pensó que el dia lo habia empezado mal de veras desde la mañana, cuando se enfrentaba al maestro que escribía cuenteeitos costumbristas. Volvió a repe tirse, como en una secuencia de imáge nes de cine, todo cuanto aconteció en el cumpleaños de Alejandra Sada - qué día para cumplir GlIOS el lunes - , pero en esa repetici ón no era definido todavía el rostro de la muchacha que abso rbió su atención, y el único rastro que dejaba en Jos esfuerzos de Julio por recuperarla se reducía a un manojo de cabellos claros, una cara regular y un cuerpo bien formado . Y luego, ahora que decidía regresar al Mano lo's para acostarse con la muchachita que cobraba una moneda por pieza bailada, Julio recuperó esta vez toda una presencia cuand o pensó en el cuerpo moreno y duro, en su sudor tibio, en sus pechos peq ueños y esenciales de mulata, en su sexo oloroso, y en esa voz que le preguntaba burlonamente si se había cargado las tripas con cerveza al ver la flaccid ez de su miembro; a qu ién se le ocurre, repetía la voz, así no se te levanta el mucrtito ése ni con una misa de obispo , Le pidió dinero a su señor padre desde la tarde para salir con la Bab is S ánchez, pero ese dinero estaba destinado para la cama de la muchachita del Man olo's. Para llegar más rápido, tomó la vía rápida de Cuauht émo c; las casas, los come rcios, las oficinas se alineaba n en el borde de [as ace ras apretadamente para mostrarse en la noche como los prod uctos ofrecidos en las estanterías grises de las tiendas. Julio dejó atrás, al cruz ar la calzada Made ro - había palmas y bancas y los autos eran landós y victorias yeso se llamaba la Avenida Unián r , el anuncio giratorio de Serfin enloquec ido con su permanente rut ina de dar siempre la vista alternada de sus dos caras. Luego, sin poder moverse de la acera izquierda por la circulación de otros autos, los mariachis se abalan zaro n sobre Julio haciéndole ofertas de precios, y él pensó entonces en los niños que limpiaban los parabrisas durante el día y se abala nzaban tamb ién sobre los conductores. Mientras les decía que no quería llevar serenata a ningún lado, las puertas del Mercad o Victoria seguían abie rtas, y más que mostrar la mercancía de sus frutas apiñadas , el mercad o most raba, baj o la amarillenta luz de los focos, el desafío y la miseria de un grupo de prostitutas tristes que tomaba n su café con leche hasta que eran emp uj adas de nuevo a la cama prestada, a ese cúmulo de sudores anónimos y rancios donde se hacían las confesiones y se empezaba a que re r 1 13

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cuand o los primeros camiones de ruta soltaban sus gases por Arteaga y Reforma . Julio siguió hasta dejar Colón, y al llegar a un puente peatonal, jun to a una fábrica de bombilla s eléctricas, dio vuelta a su derecha para encont rar la zona dc tolerancia. Ese escozor sobre la piel; ese restregarse de pies en el secreto de los manteles que descendían hasta el piso; esa impaci encia por senta rse con las otras personas de las mesas. Pero las piernas estaban solas, sin el asidero de las otras piernas, y las manos solas tomaban la una el vaso con licor y refresco y la otra se encargaba de palparlo para sac udir las gotas de agua. y era ya tan fuerte la atracción por el deseo del sexo, que esas manos antes solas se rozaban la piel contra stando de lo blanco y lo moreno . La fascinación ascendía entonces como un símbolo en el aire cuando se enlazaban en él los aromas de lavanda y el de los brazos empolvados de ta \co. El espec táculo, de imitaciones de actores y cantantes del país, con un desplieg ue coreográfico de una docena de figuras vestidas con mín imos trajes de lentejuelas, empezaba con la voz de un homb re en el micrófono - no se olviden de la rifa de ll1 1 viaje a Mazatl án para dos personas COIl todos los gas tos pagodos- : y con una figura que sob resalía algo más que la doce na anterior, cuya voz gruesa y chillona - la rifa es más al rato pa ra los que estén COIl su novio, su novia, su amante o su p utííla -: ordenaba que las luces se apagaran y que la orquesta de fondo iniciara la música. Debido a una iluminación deliberadamente pobr e, débil, era imposible saber la condici ón del placer encontrado en esas muj eres que cargaban con el destino de la representación, aunque a veces la pantomim a del amor iba más lejos y sorpre ndía ver bailar a los hombres abrazados entre sí en esa penumbra de invertidos que no escatimaba la mús ica y el ruido para que las palabras fueran también de oropel y lentejuelas, falsas, inexistentes. Entonces los gestos ganaban fuerza, y las insinu aciones, tendidas dc mesa a mesa, corrían sin miedo en ese ambiente de hacerlo todo a medias. Afuera, la noch e y el silencio caían sobre el barrio de la Coyotera : zona del agravio a secas y de la injuria resuelta en una contie nda muda, de las repentinas ag resiones entre el mirame y no

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me chingues y el ya estUl'o, bajándole de pedos no ' luga d. I . d . bai Ií " r e os eplsO periódi cosdelmediodl·a' 1nallf¡es" ." lOS ajos, .r. a lmentosdelos d taclOn ll1C01f¡0mIC . e ese viv ir en lo oscuro )' al Illargen, en ese 11lundodelosprosubulosydelosbaresdeputos . , d e Ias • • ' ' ·trall'·a .:o CClon eanclOs.sudadas, nubla z án y ahogo de los sentidos por el alcohol consumido una yotra ve~,.lugarde la puñalada trape ra, irrealidad de los olo res, pertllrba~'on del orde n cotidi ano, aflorar de las ternucas nunca pronunc iadas, ámbito de contorn os afilados)' de punales en la noche, de la venganza ya aliviada, donde tefaltan los huevos para co mer )' para traerlos bien puestos; ZOlIa raja, • zona cachonda de ~sta CIUdad hipo crita y tranquila, rein o de los p erros y de SIlS Iadridos, lugar del escándalo , centro de todos los desmadres. Un hombre entró temerosamente, sintiéndose afortunado de haber traspasado los limite s de ese mundo sin que al~un o de los per ros que ladraban se le hubiera acercado para olisquearle el pantalón. Adentro, parte del espcctdacu ltoc e i desde l ! finalizada . la primera . . . encanso d Oe intermedio se' rvta para el baile generau l . R ecren tra 0 , rozco p ennanec l~ so.lo en una de las mesitas mientr as su ayudante buscaba los sarntanos. El dejó caer la pierna y la cru zó . e1 sobre la otra ' como protegiéndose el sexo . ElT e1 escenano, sI1O\V va I vra a empezar t de im , .c .rar su . . ' y un travesti do , alles numero, se oculto a un lado, cerca de los focos de una de las co!umnas, y se, ~eacomodó un sostén que ceñía sus senos de ya con el micrófono en la mano y con invento. I - I dMec ánicamente, . a.sena e'p~rtlda para su actuación , repitió una serie de movim l~n tos m l~ lc.oS que afirmaba n los hechos de la balada Eng'lI1a~a al publico padeciendo lo que cantaba, sumiéndose "en el engano ¿e sus gcst?S, creyendo en los apla usos de todos los que s~ engañaban tambi én con esa dobl e representación: la del cant o ajeno y la de una mujer que el travestido j amás habría de ser El ayu~ante que c~ndu.cía a veces el auto de Orozco advi r;ió e~ la sonrisa c?mplaclda de su jefe el preludio de lo que pasaba ~~en:pre: las pnmeras definici ones socio lógicas como un reco~o­ ~I ~~to del lugar y luego, con una presa joven a la vista la Pletl~lOn de hacerle traer ese o el otro muchacho de la barra p'ara p ancar a solas con él. ' < •

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La ira de Julio, en la velocidad del auto. 10 enfilaba de ~llt:VO hacia el rumbo de origen y dejaba atr ás la zona de tolerancia, los olores de la calle de Guerrero y los del inicio de Colón, las bod egas de muebles, la estatura inmutabl e Yde alta pastelerí.a de la antig ua Estación del Golfo. Con la línea fija, recta, ,haCia la colonia del Valle, el auto avanzab a velozmente por Colon, lleno de patrull as en las riberas de la Central de Autobuses. olvidados sus puentes de paso peatonal en la madru gada Y siempre. Julio mir ó con desprecio ese entorno de la avenida Bernardo Reyes y el estacionamiento desolado de una tienda de supcrmercado. Después, al llegar al cruce con Venustiano Carranza, vio la famosa casa verde. el prostíbulo que él y todos los dc su salón habían visitado años antes, donde sólo bebieron un par de copas y recibieron de las mujeres de la noche una ronda de cari cias efímeras porque eran rubitos y jóvenes, muy jóvenes entonces. Con la vista ante el volante y el parabrisas, Julio se repitió la escena del Manolo's con la muchach a que 10 vio en el acto de su impotencia. la risa de la primera vez Yla más reciente. la de esa misma noche, cuand o el le había dicho que se merecía otra oportunidad de pelear un round en esa revancha de cuerpo a cuerpo sob re la cama del burdel. Al rechazarlo para irse a baila r por una moneda con algún hombre borracho, ella le arrebató el cigarro reci én encendido y él comprendió que esa nueva vergüenza era en realidad una derrota más en un ámbito que ni siquiera le per ten ecí a. .. Casi llegaba al semáforo de Fuentes del Vallc; ence ndió la radio, sintonizó una estación y prendió un cigarro Al entrar en la avenida distinguió la figura blan ca del David estatuario, Y más adelante vio el Picos y se recordó en la noche anterior. Pensó en la Babis Sánchez, y se repro chó por no haberla invitado al cumpleaños de Alejandra Sada. En esa linea de ideas atropelladas - tomando asi 110 se te para uf oye ndo misas de ob ísp o -', destapó una botella de cerveza Y se la llevó hasta el centro donde converg ían sus muslos y el sexo. Las ganas de orina r fueron entonce s muy fuertes. apremiantes, conforme la bote lla le iba trasmitiendo su temperatura helada a los testículos, y el fue siguiendo la ruta que el auto llevaba como un caballo sin el jinete encima, acostumbrado a buscar por si solo el corral donde lo alimentaban, Y la mandíbula de Julio empez ó a temblar sin ruido, sin el choque de los dientes. y el solo, sin nadie. como un

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náufrago afectado. por la fieb re en una isla desierta . lleno de terro~ porque nadl.c lo vería morir así, como cuando se había embn agado. por pnmera ocasión y sintió que se iba a morir entre las convu lsiones " de un miedo frío. Por descuido • la bo t e 11 a de cerveza se vac.1O en el triángulo sobre el asient o que dibujaban sus muslos abiertos. Y de pronto, cuando le daba orden a los rasgos .de la muchacha de la fiesta. a sus manos y al auto los en.volvla la .Iocura de regresar por Gómez Mor ín para olvidar el ongen ~ salir de n~evo del útero materno de la colonia dcl Valle en sentido contr~rto ' . y despuntaron entonces unas carcajadas de deme:lte que J.ulto .0Ia desde ~uy lejos. como oy éndoselas a un extrano en el m.tenor del vehículo, mientras el sonido ensorde ce?or de la radio lo hacía olvidar esa locura suicida, esas carc~Jadas que eran realment e suyas, como la velocidad y el despreCIO ante la muerte que burlaba con cada auto que lo evadí a en la madru.gada. suyas aunque le mentaran la madre , vas en contra pendejo, suyas hasta que el a l~mbramiento al mund o real lo cegó de . frente y' un auto en avance Implacable . único , inevitab le enese I~stant e, ~1Il0 a .d~ r encima de las carcajadas de Julio y contra los ciento vcmte kil ómetros por hora a que conducía.

Despucs .d el accidente, los automóviles de lafamilia de la Garza y de los. Víllorreaí quedaron poco menos que inservibles a consecuencIa del encontronazo que sufrieron después de la media"?che. Un g~ /pe por pe rcance hub iera ocasionado daiios menores SI esa velocidad poderosa hubiera botado simpleme nte has ta el fondo el aut~ de 1~ ,co llocidajo ve11 quefu e a dejara /lna amiga suya hasta una direcci án de la colonia Cum bres. El dest ino se cump lió e'~ la madrugada como si en ese momento las vidas de Julio ~¡/Iarreal y de Martha de la Garz a hubieran sido selladas para slell~pre ,con lln~ unlon de hierros y de vidrio. A l parecer, J ulio eqUl voco el cammo pa ra llegar más pronto a la cita y aclarar asi que 1/0 había sido m I aire de maldad lo que asustó a Martha de la Garza e'~ I~fiesta 1e cumpleaños de inicio de semana, silla que sólo P?r esa lllllca vez el se dejada llevar de la mano por lo irrevocable ~~' ?oder ,evi~ar ese: noche marcada, y que el comportamiento d; Izo habla Sido mas estrecho y convencional que nunca durante eso~ dias e!' qlle SIIS ademanes, sus costumbres y sus gestos inútiles senan olvidados, cuando el no era ya sino 1m molde en el que su

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cuerpo YSl/ ap ellido Vil/arreal entraba todos los ~íasd;sde/afecJ;a de nacim ieuto pa ra j ugar lO' fapel ~lá~ ell csta ~llda rfle!~i;o~u:r: muerte de Martha la conocida seño r i ta d e pa res al . . algo de lo que lIa dl:e, m. GU 1I e'l podía arfligirse desde el momento de habe r caldo en el mata dero de los borregos eoll los que se a ,mentaba el j uego de la suerte. . . ' . Más información Y muchos detanes en las pagmas st gut,~~tes . Pie de foto de los autos inservibles de las dos buenas fa~~ ras y encabezados de la política n~rt~americana respecto a Mexlco. el alza del dólar y la caída verng mosa del peso . J

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La ciuta encontrada (1 847) A un año de la ceremonia de tu boda y también, hay que aceptarlo, a un año casi de la llegada de los norteamericanos. De cualquie r modo esto parece triste muchas veces, aun cuando no hayan sido las guerras las que dejen a una ciudad como la nuestra sin los bailes de lucimiento y los paseos por las plazas. Triste, o mejor dicho gris, parece esta ciudad en que los otoños se retardan invariablemente. Pero yo no queria enviarte una carta tristona. sino plnticarte lo que vi apenas anoche. un suceso que guarda cierta relación .con la guerra del año pasado. Tú sabes bien de la amistad que Josefa y yo hemos mantenido desde niñas. es decir. desde siempre. y yo sé, y esto parece una disculpa, que Josefa y tú poco han sabido tratarse, sin llegar nunca al apretón de manos pero al menos tam poco al desaire en público. negándose las miradas y ese algo de alzar In nar iz y respingaria que tenernos las mujeres cuando no nos so portamos unas a otras. A diferencia del año pasado en que se subió como una perfecta loca a la azotea de la casa del seño r García, el esposo de mi prima más alelada, ella, la misma que se puso a gritarles adelante muchachos a los soldados que se peleaban a muerte en la Pla za de Armas, asistió anoche a una tertulia como si nada hubiera pasado en Monterrey, o como si no hubiera sido ella una de las dos mujeres en esta ciudad que no rezaron como nosotras para evitar al enem igo, tanto al demasiado visible que tomaba forma en las tropas norteamericanas y al otro que nos tiende tram pas y nos acecha. Sí, la que no rezó en Catedral como nosotras junt o al general Ampudia cuando se decidió capitular por Mont err~y y por 1 19

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