La figura de Fray Dulcino en "El nombre de la rosa"

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LA FIGURA DE FRAY DULCINO EN LA NOVELA DE UMBERTO ECO «EL NOMBRE DE LA ROSA» Por Francisco Javier Leal Barcones

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Or di’ a fra Dolcin dunque che s’armi, Tu che forse vedrai lo sole in breve, S’egli non vuol qui tosto seguitarmi, Sì di vivanda, che stretta di neve Non rechi la vittoria al Noarese, Ch’altrimenti acquistar non saria a lieve. Dante Alighieri La Divina Comedia (Infierno XXVIII, 55-60)

PRESENTACIÓN EL ESCENARIO HISTÓRICO «El señor me concede la gracia de dar fiel testimonio de los acontecimientos que se produjeron en la abadía cuyo nombre incluso conviene ahora cubrir con un piadoso manto de silencio, hacia finales del año 1327, cuando el emperador Ludovico entró en Italia para restaurar la dignidad del sacro imperio romano, según los designios del Altísimo y para confusión del infame usurpador simoníaco y heresiarca que en Aviñón deshonró el santo nombre del apóstol (me refiero al alma pecadora de Jacques de Cahors, al que los impíos veneran como Juan XXII)»1. A la hora de realizar un análisis de la figura de fray Dulcino en el libro de Umberto Eco, es necesario tener presente todo el crisol de elementos del mundo medieval en el que se enmarca. Por tanto, el conocimiento de aspectos como la situación de la orden franciscana y sus corrientes de conformación doctrinal, el movimiento herético, el pensamiento escolástico e incluso el marco social y político de los albores del siglo XIV, es imprescindible para una comprensión adecuada de la obra.

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CAPÍTULO I LOS PROTAGONISTAS

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Juan XXII Santiago Duése ejerció la potestad pontificia bajo el nombre de Juan XXII desde 1316 hasta 1334. Nació en Cahors en 1249, y en 1300 fue nombrado obispo de Frejus. En 1308 era designado canciller del reino por Carlos II de Francia, para ser dos años más tarde promovido a la sede de Aviñón. En 1312 obtuvo el título de cardenal obispo de Porto. «Ya en los primeros años de aquel siglo, el papa Clemente V había traslado la sede apostólica a Aviñón, dejando Roma a merced de las ambiciones de los señores locales, y poco a poco la ciudad santísima de la cristiandad se había ido transformando en un circo, o en un lupanar… ¿Cómo evitar que el Caput Mundi volviese a ser, con toda justicia, la meta del pretendiente a la corona del sacro imperio romano, empeñado en restaurar la dignidad de aquel dominio temporal que antes había pertenecido a los césares»2. Elegido papa tras dos años de sede vacante, trasladó la corte pontificia a Aviñón, donde permanecería hasta el final de su vida. Desde el inicio de su mandato «siguió una política favorable a los intereses franceses en Italia, y mostró una severidad inexorable contra Luis de Baviera, príncipe de tendencias antirromanas, en su lucha por conseguir la corona imperial»3. Juan XXII reclamó el Vicariato del reino en Italia, instalando en este puesto a Roberto de Anjou en 1317, y declarando vacante el trono del Imperio en 1323. Tras una fase de tensiones, en 1328-1329, quedó arruinado el dominio imperial en Italia, y en 1330 el papa perdonó a Luis su acto de rebeldía. Leopoldo de Austria y Juan XXII impulsarían más tarde la elección del rey de Francia para emperador. «La reserva de beneficios y la provisión cobraron gran incremento durante su pontificado, por efecto de las constituciones Ex debito y Execrabilis, y el número de asuntos en que hubo de intervenir la Cancillería Apostólica se acrecentó… El Papa dictó también severas disposiciones sobre la «Audientia litterarum contradictarum», especialmente contra las argucias de los procuradores, y amplió el alcance oficial de la Cámara Apostólica, recurriendo a una mayor dotación financiera. Los impuestos y la hacienda recibieron con Juan XXII una organización y extensión no conocidas hasta entonces; los ingresos se fijaron (1334) en cuatro millones y medio de florines oro; los gastos, en una cantidad aproximadamente igual. La herencia del Papa ascendió a unos 800.000 florines…» 4. Juan XXII acentuó en gran manera el aspecto financiero, a causa de los preparativos de la guerra encaminada a la defensa de Italia, en atenciones para los armenios y

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para el patriarcado de Jerusalén, y en fines caritativos, a los cuales dedicó el 7'16% del presupuesto. Otra de las medidas de Juan XXII fue la reorganización de la jerarquía eclesiástica mediante el establecimiento y deslinde de las diócesis. Las Clementinas, publicadas en 1314, fueron enviadas por orden suya a las Universidades de Bolonia y París. Impulsó igualmente la Biblioteca Pontificia, las misiones en Asia y la lucha contra los turcos. «Juan XXII fue principalmente un espíritu amplio, abierto a las necesidades sociales y a las de la época, intachable y sin pretensiones propias, enérgico hasta la falta de miramientos, y un gran administrador; asimismo, se mantuvo firme en el aspecto del Derecho, lo cual constituía el ideal del papado en la Edad Media»5. Luis IV el Bávaro Hijo del duque Luis II de la Alta Baviera y de Matilde, hija de Rodolfo de Habsburgo. Nacido en Munich en 1282 y fallecido en Fürstenfeld en 1347. En 1314 fue elegido rey de Baviera por la mayoría de los electores alemanes, mientras que una minoría realizó el nombramiento en beneficio de su primo, el duque de Austria Federico el Hermoso. Este proceso es reflejado así por Adso: «[…] en 1314 cinco príncipes alemanes habían elegido en Frankfurt a Ludovico de Baviera como supremo gobernante del imperio. Pero el mismo día, en la orilla opuesta del Main, el conde palatino del Rin y el arzobispo de Colonia habían elegido para la misma dignidad a Federico de Austria. Dos emperadores para una sola sede y un solo papa para dos: situación que, sin duda, engendraría grandes desórdenes…»6. Tras ocho años de luchas, la batalla de Mühldorf en 1322 decidió la contienda en favor de Luis. Fue entonces cuando «el papa Juan XXII reclamó el derecho de decidir respecto a una elección dudosa sobre el trono alemán, con lo cual el pretendiente debía aguardar la decisión papal, y en el ínterin los derechos imperiales serían administrados por el Sumo Pontífice, sobre todo los que correspondían a la Italia imperial»7. Al hilo de ello Adso escribe que tras la elección de Juan XXII, «se había introducido en esa compleja trama Roberto de Nápoles, quien, para mantener su dominio sobre la península itálica, había convencido al papa de que no reconociese a ninguno de los dos emperadores alemanes, conservando así el título de capitán general del estado de la iglesia»8.

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Luis se opuso a esta intención papal, lo que originó el primer proceso, en el que se acusó a Luis de usurpación de la dignidad real, así como de favorecer a la herejía. Ello le obligaba a dimitir de su cargo y presentarse en Aviñón a testificar. Contra esta decisión Luis apeló en Nuremberg (1323) y, tras ser excomulgado, respondió con la «apelación de la Casa de Sajonia y el llamamiento para que se efectuase la deposición del Papa por disposición de un Concilio»9, tachando al Papa de hereje porque en la cuestión de la pobreza había abandonado la tendencia rígida y procedido contra los fraticelos. En respuesta, Juan XXII declaró depuesto a Luis el año 1324 y extendió la excomunión a sus partidarios. «En 1322 Ludovico el Bávaro derrotaba a su rival Federico. Si se había sentido amenazado por dos emperadores, Juan juzgó aún más peligroso a uno solo, de modo que decidió excomulgarlo; Ludovico, por su parte, declaró herético al papa. Es preciso decir que aquel mismo año, en Perusa, se había reuinido el capítulo de los frailes franciscanos, y su general, Michele da Cesena, a instancias de los "espirituales"… había proclamado como verdad de la fe la pobreza de Cristo, quien, si algo había poseído con sus apóstoles, sólo lo había tenido como usus facti. Justa resolución, destinada a preservar la virtud y la pureza de la orden, pero que disgustó bastante al papa, porque quizá le pareció que encerraba un principio capaz de poner en peligro las pretensiones que, como jefe de la iglesia, tenía de negar al imperio el derecho a elegir los obispos, a cambio del derecho del santo solio a coronar al emperador. Movido por éstas o por otras razones, Juan condenó en 1323 las proposiciones de los franciscanos mediante la decretal Cum inter nonnullos». »Supongo que fue entonces cuando Ludovico pensó que los franciscanos, ya enemigos del papa, podían ser poderosos aliados suyos. Al afirmar la pobreza de Cristo, reforzaban, de alguna manera, las ideas de los teólogos imperiales, Marsilio de Padua y Juan de Gianduno. Por último, no muchos meses antes de los acontecimientos que estoy relatando, Ludovico, que había llegado a un acuerdo con el derrotado Federico, entraba en Italia, era coronado en Milán, se enfrentaba con los Visconti -que, sin embargo, lo habían acogido favorablemente-, ponía sitio a Pisa, nombraba vicario imperial a Castruccio, duque de Luca y Pistoia…, y ya se disponía a marchar hacia Roma, llamado por Sciarra Colonna, señor del lugar»10. «En 1327, el Papa desposeyó a Luis de todos sus feudos reales, incluso de su país de origen bávaro, y entonces el monarca marchó a Roma…» 11. Allí, en 1328, Luis de Baviera fue coronado emperador por el pueblo romano,

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gracias a una negociación con Sciarra Colonna. Ese mismo año se proclamó la deposición del Papa y Luis nombró antipapa al minorita 12 Pedro de Corbara, quien adoptó el Nombre de Nicolás V. Juan XXII reaccionó con un nuevo proceso al emperador, pero los electores y la mayoría del país apoyaron a Luis en defensa de los derechos imperiales. Sin embargo, a pesar de su alianza con Inglaterra frente a Francia, no pudo sacar partido de la situación. «La grave transgresión del derecho matrimonial eclesiástico a que dio lugar el casamiento de su hijo Luis con Margarita Maultasch, ofreció al papa la ocasión de una nueva intervención contra el emperador. Finalmente, la muerte repentina de Luis de Fürstenfeld, evitó la guerra civil que empezaba a iniciarse en Alemania»13.

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CAPÍTULO II LA CUESTION FRANCISCANA

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Sus orígenes se hallan en el siglo XIII y son inseparables de los ideales y personalidad del mismo San Francisco14. Él vivió entregado al ideal de pobreza que observó en las recomendaciones de Cristo contenidas en el Evangelio, y transmitió a sus seguidores la idea de que el sistema de vida franciscano reencarnaba el de Jesucristo y los Apóstoles. «Su manera de vivir era extraordinariamente dura, más dura que la de las ordenes monásticas más ascéticas, ya que Francisco aspiró no sólo a renunciar a la propiedad particular, sino también a la común, el soporte de la seguridad colectiva, incluso para el más austero monje» 15. Para Francisco, esa pobreza suma debía ir acompañada de la actividad pastoral. Ello habría de proporcionar alimento espiritual a los primeros franciscanos, y atrajo gran cantidad de novicios, «cuya presencia y cuyas necesidades pronto empezaron a distorsionar el ideal originario»16. Las dificultades surgieron al final de la vida de San Francisco. Después de años de vida semierética y alejado de la dirección activa de la orden, dictó un testamento en el que recordaba con nostalgia la sencillez de los primeros días de su hermandad y, por derivación o directamente, reprochaba los cambios introducidos que tendían a mitigar la pobreza y conceder a la orden un lugar privilegiado en el seno de la Iglesia. Francisco carecía de potestad para limitar a sus sucesores, pero ordenó que este testamento se guardase con la regla y se leyese con ella. Este mandato, declarado legalmente inválido más tarde17, arrastró un peso emocional enorme, y sería el origen de las posteriores disensiones internas. «La mayoría de los frailes no distinguían con claridad entre los deseos personales de Francisco y el modo de vida observado en la orden, o consideraban que el cambio era deseable»18. A pesar de los cambios, la orden conservaba un considerable grado de pobreza -mayor que el de las viejas ordenes monásticas; mas la transformación19, favorecida por la política papal a través de una serie de clarificaciones de la regla, posibilitó desempeñar un importante papel dentro de la vida de la Iglesia, que no hubiese sido posible de haberse mantenido los límites y condiciones de la época de Francisco. El desacuerdo con los nuevos cambios y, como consecuencia, el declinar de la antigua pobreza, sólo se manifestó ocasionalmente, tanto en vida de Francisco como en años posteriores, y a cargo de viejos y sencillos compañeros, inclinados a la vida eremítica y transmisores de la memoria del testamento20; reacios, en suma, al influjo de la enseñanza y al progresivo

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ascenso de la orden. No obstante, pronto surgieron inquitudes ante una transformación tan súbita: «¿Eran realmente fieles los frailes a la letra de la regla que profesaban cuando seguían el modo de vida mitigado del grueso de la orden? ¿No estarían, de hecho, violando los votos? ¿Era digno continuar pretendiendo la mayor pobreza y una fidelidad peculiar a la vida de Cristo y los Apóstoles, cuando en la práctica usaban dinero, que había prohibido Francisco, y disfrutaban los frutos de la propiedad, que Francisco había excluido?»21. Estos interrogantes sacudían la conciencia de la comunidad franciscana, y no sólo en los llamados rigoristas, ya que la petición de seguir la observancia primitiva implicaba una crítica al vivir de la mayoría. LAS DISCORDIAS EN EL SUR DE FRANCIA El derecho de observar la pobreza en la orden, a pesar de su trascendencia, no originó un verdadero conflicto hasta la época del Concilio de Lyon de 1274. Ello fue así porque numerosos frailes «no veían su fervor satisfecho con la mitigación del rigor originario que la orden mantenía» 22. Tras 1274, los franciscanos habían superado su entusiasmo inicial, y en varias provincias ni siquiera se observaba adecuadamente el sistema relajado. Mas aunque fue difícil mantener firmemente un regla glosada y «clarificada» de distintas maneras, bastó una llamada amplia para renovar la situación anterior. Esta llamada afectó a Umbría, Toscana y la Marca de Ancona, ya que allí se mantuvo sólidamente la memoria del santo gracias a la existencia de una fuerte tradición eremítica y, por tanto, de devoción por la pobreza. En el caso de Toscana influyó notablemente la figura de Pedro Joaquín de Olivi, lector en Florencia, y de su discípulo Ubertino de Casale23. En Provenza, los superiores eran relajados en sus actitudes hacia la pobreza y rígidos en hacer cumplir la disciplina. Así, la provincia se dividió entre los defensores del status quo, los conventuales, y los rigoristas espirituales. La situación se complicó por las dotes de Olivi, figura destacada de los espirituales y pensador brillante en un periodo de confusión en la historia de la Escolástica. «Su papel entre los espirituales estuvo en elaborar una doctrina del usus pauper. En ella asociaba las graves y sostenidas violaciones de la austeridad en el uso de la riqueza con el quebrantamiento del voto de pobreza. Las desviaciones graves y sin justificación en el «uso» de bienes por un fraile se considerarían pecado mortal. Los frailes que llegasen a obispo no podrían ser dispensados de esta obligación del usus

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pauper»24. Esta doctrina despertó la atención de la orden hacia una observancia diaria auténtica, como opuesta al derecho de propiedad. Los años de cambio habían creado una teoría de la pobreza franciscana por la cual la orden carecía de riqueza alguna, ya que eran los bienes eran ostentados por el papado mediante una ficción legal 25. Lambert afirma que los frailes más fervorosos, y a la vez moderados, de los que San Buenaventura fue su exponente, no se encontraban satisfechos con la renuncia de los derechos de propiedad como conclusión de la pobreza franciscana. Aceptaban la propiedad papal, pero luchaban aún contra la relajación práctica en el uso de los bienes. Así, en una época de deterioro de la observancia, la doctrina de Olivi reforzó el pensamiento de aquellos superiores fervorosos. Sin embargo, el camino estaba lleno de dificultades. La pobreza cotidiana era un aspecto de gran sensibilidad en la vida franciscana. Para mantener sus labores, los franciscanos necesitaban las dispensas y discreción de sus superiores; en definitiva, observar indebidamente el usus pauper. «Detrás de Olivi había fanáticos de la pobreza; no está claro si lo que querían era hacer del usus pauper una obligación, de modo que había cierta base para considerar la doctrina de Olivi "peligrosa", en palabras de una censura» 26. De esta forma, la controversia creció. Por una parte, los espirituales reaccionaron contra los abusos cometidos en la provincia; por otra, los audaces escritos escolásticos de Olivi, siguiendo en parte el camino que llevaba a Ockham27, suscitó la alarma entre algunos miembros franciscanos. Sus ideas sobre la pobreza, junto a otros puntos, se vieron envueltas en acusaciones de herejía y error desde dos décadas antes de su muerte en 1298, y después hasta el Concilio de Vienne, sin poder conseguir jamás su condena definitiva28. A pesar de ser rehabilitado, el perjuicio causado a Olivi le impidió lograr un reconocimiento académico justo, y acabó como simple lector en Narbona. Olivi soportó con entereza el hostigamiento y actuó como foco del sentimiento religioso de los terciarios, influenciados por los franciscanos espirituales. Éstos los reunían para oir misa, mostrándoles la persecución de la que Olivi era objeto y afirmando que los conflictos de la orden sobre la pobreza eran signo de los Ultimos Tiempos. Ajenos a las cuestiones académicas, estos simpatizantes ocasionales, llamados beguinos, percibieron los problemas prácticos de la pobreza, la presión a la que los espirituales se hallaban sometidos y la virtud de Olivi. «El joaquinismo, deformado o adaptado a la situación, aumentó la inquietud

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en esos círculos laicos dirigidos por espirituales y fue el más peligroso de los elementos de una amalgama de doctrinas formadas en el Midi provenzal durante los años ochenta y noventa en el calor de la persecución y el conflicto»29

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CAPÍTULO III JOAQUIN DE FIORE Y LA DOCTRINA JOAQUINITA

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«En la península, donde el poder del clero era más evidente que en cualquier otro lugar, y donde el clero ostentaba más poder y más riqueza que en cualquier otro país, habían surgido, durante no menos de dos siglos, movimientos de hombres que abogaban por una vida más pobre, polemizando con los curas corruptos, de quienes se negaban incluso a aceptar los sacramentos, y formando comunidades autónomas, mal vistas tanto por los señores, como por el imperio y por los magistrados de las ciudades. »Por último, había llegado San Francisco, y había predicado un amor a la pobreza que no contradecía los preceptos de la iglesia; por obra suya la iglesia había aceptado la exigencia de mayor severidad en las costumbres propugnada por anteriores movimientos, y los había purificado de los elementos de discordia que contenían. Debería haberse iniciado, pues, una época de sosiego y santidad, pero, como la orden franciscana crecía e iba atrayendo a los mejores hombres, se tornó demasiado poderosa y ligada a los asuntos terrenales, de modo que muchos franciscanos se plantearon la necesidad de volver a la pureza original. Cosa bastante difícil de conseguir, si se piensa que hacia la época en que me encontraba yo en la abadía la orden tenía más de treinta mil miembros, repartidos por todo el mundo. Pero así estaban las cosas, y muchos de esos frailes de San Francisco impugnaban la regla que había adoptado la orden, pues sostenían que esta última se conducía ya como las instituciones eclesiásticas que al principio se había propuesto reformar. Y sostenían que ya en vida de Francisco se había producido esta desviación, y que sus palabras y sus intenciones habían sido traicionadas. Fue entonces cuando muchos de ellos redescubrieron el libro de un monje cisterciense que había escrito a comienzos del siglo XII de nuestra era, llamado Joaquín, y a quien se atribuía espíritu de profecía. En efecto, aquel monje había previsto el advenimiento de una nueva era en la que el espíritu de Cristo, corrupto desde hacía mucho tiempo por la obra de los falsos apóstoles, volvería a realizarse en la tierra. Y los plazos que había anunciado parecían demostrar claramente que se estaba refiriendo, sin conocerla a la orden franciscana. Y esto había alegrado mucho a no pocos franciscanos, incluso quizá demasiado, ya que a mediados del siglo, en París, los doctores de la Sorbona condenaron las proposiciones de aquel abad Joaquín, aunque parece que lo hicieron porque los franciscanos (y los dominicos) se estaban volviendo demasiado poderosos, y demasiado sabios, dentro de la universidad de Francia, y pretendían eliminarlos acusándolos de herejes. Pero no lo consiguieron…»30.

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Como veremos, el carácter exacto de la influencia de Olivi y su discurso sobre los Ultimos Tiempos constituye uno de los aspectos más dificultosos de su obra. Una parte destacada de su pensamiento procede del conjunto de doctrinas formuladas y enseñadas por el abad cisterciense Joaquín, del monasterio de Fiore. Este religioso nació a principios del siglo XII y profesó en la orden cisterciense, inmerso en una vida espiritual de contemplación y de apostolado, meditando sobre los aspectos de la historia cognoscibles por la interpretación de las Escrituras. Lucio III, Urbano III y Clemente III apoyaron a Joaquín en su obra exegética, y a pesar de que su influjo se vio limitado por la condena de cierto libellus trinitario en el cuarto concilio lateranense, sus ideas sobre la historia y el futuro tuvieron gran influencia, directa o indirecta, a lo largo del siglo XIII. Tras su muerte, ocurrida hacia el año 1201, a Joaquín de Fiore se le concedió veneración «en lugares con público culto»31 y el título de Beato, gracias a las virtudes y milagros a él atribuidos. Sus doctrinas se contienen en varios escritos, entre ellos destacan: Expositio in Apocalypsim o Apocalypsis nova, Concordia Novi et Veteris Testamenti y Psalterium decem chordarum. Algunas de sus ideas, propagadas y extendidas en pos de causas y fines diversos, se encuentran en estas obras; sin embargo, se le atribuyeron otras doctrinas haciendo pasar por suyas obras apócrifas, o retocando y desfigurando sus escritos. Especialmente, «lo que perjudicó más al buen nombre del abad Joaquín fue el cariz político y social que se dio a sus teorías y la turbación que aun en el claustro introdujeron sus "profecías"»32. A Joaquín de Fiore se le acusa de haber caído en cierto «triteísmo», al afirmar que «la esencia, sustancia o naturaleza divina no es una verdadera y propia esencia o naturaleza, sino una esencia o sustancia colectiva y similitudinaria que constituye la Trinidad, como cuando se dice que muchos fieles forman una iglesia, muchos hombres un pueblo»33. Esta doctrina fue condenada como del abad Joaquín en el Concilio IV de Letrán34, el cual defendió a Pedro Lombardo contra la acusación de Joaquín, que admitía una especie de cuaternidad basada en una res ni engendrante, ni engendrada35. En última instancia, esta res o cuarto término sería rechazada por el Concilio. Igualmente, Joaquín de Fiore, sería acusado de otros errores: «Que los Sacramentos de la Nueva ley son provisorios en cierta manera y figura de algo más perfecto; que si ahora el perdón de los pecados se da por manifestación del Hijo de Dios, después se dará por la del Espíritu Santo;

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que así como el rito del Cordero pascual cesó por la inmolación de Cristo, también cesará el empleo de toda figura después de la manifestación del Espíritu Santo; que la redención no está completa; que sólo en parte se cumplió la promesa de la justicia eterna y la abolición del pecado, según la visión de Daniel; que Jesucristo, aparecido al principio de la segunda edad con sus Apóstoles, por lo menos en cuanto al cuerpo es sólo figura del que ha de venir después con los suyos al principio de la tercera edad.»36. Lo más trascendental de la doctrina joaquinita fue su teoría sobre los tres periodos de la humanidad, a cada uno de los cuales correspondía una manifestación de las figuras divinas y una especial manifestación en cierta clase de hombres. De esta forma, el primer periodo, que abarcaría todo el tiempo desde la creación del hombre hasta la Encarnación del Verbo, es decir, el Antiguo Testamento, es la edad del Padre, en el cual los hombres vivían según la carne; es la edad de los casados, de la servidumbre servil y se estaba bajo la ley severa. Esta primera edad, la de «los viejos», era figura y promesa de la segunda, la de «los jóvenes», que correspondería al Nuevo Testamento. Abarcaría desde la venida de Cristo hasta un tiempo todavía impreciso, «pero, por cierta simetría, podía deducirse que sería cuando apareciese aquel hombre precursor al que Dios diese el don de comprender los misterios de las Sagradas Escrituras, como en el Antiguo Testamento había dado a los profetas el don de la profecía» 37. En la segunda edad los hombres viven según la carne y el espíritu, bajo la gracia, la obediencia filial y el Evangelio; es la edad de los clérigos. El tercer periodo, la edad «de los niños», sería inminente según Joaquín y correspondería al Espíritu Santo, prometido por Cristo para enseñar toda la verdad y difundir con profusión sus dones; en esta edad de la caridad los hombres vivirían según el espíritu38, bajo una gracia más abundante y la ley del amor; sería la edad de los monjes espirituales, que perdurarían hasta el fin del mundo. Cada uno de los periodos referidos tendría seis épocas y un precursor, y finalizaría con una violenta crisis y duras persecuciones, para producirse posteriormente una época de calma y paz. Al final de la segunda y la tercera habría un anticristo -como parte de las persecuciones que habían de denunciar la segunda venida y el fin de la historia humana-, y Cristo aparecería dos veces personalmente como Juez. Esta teoría de los tres periodos o estados halló numerosos propagadores. En ella se llegaba a afirmar «que en el primero el Pabre obró sin el Hijo y sin el Espíritu Santo y se había encarnado en Abraham; en el segundo el Hijo se encarnó en María,

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y en el tercero se encarnaría el Espíritu Santo todos los días en nosotros» y fue condenada por el Concilio de París de 1210. «Las ideas de Joaquín sobre la llegada de una tercera era del Espíritu Santo eran muy sugestivas para los miembros de las órdenes religiosas. Erudito reacio a fijar con precisión la fecha del final del orden de cosas presente o a describir con detalle las condiciones de vida en la tercera era del Espíritu, Joaquín vivió, sin embargo, en estado de constante expectación, decía: "sospecho de todo tiempo y todo lugar", y con sus escritos legó al mundo clerical una serie convincente de metáforas, símbolos y paralelos escriturísticos para la especulación apocalíptica» 39. Su diagrama de la secuencia de la historia nos ofrece una sugerente explicación. En el centro aparece la trompeta del Apocalipsis40. La tercera era del Espíritu Santo está indicada bajo la trompeta como tercius status, mostrando el conocimiento anímico que caracteriza la edad del Espíritu. La historia de la humanidad está desembocando en el estado de iluminación que culmina la vida en la tierra. Hay un status correspondiente a la primera persona de la Trinidad, que se halla en el extremo izquierdo del diagrama con la initatio primi status, representado por Adán y caracterizado por el hombre casado. Después un segundo status, correspondiente a la segunda persona de la Trinidad, que se indica en el extremo superior izquierdo del diagrama con la initatio secundi status, representado por el reinado de Osias, en el que aparece el profeta Isaías, y que se caracteriza por el clérigo. La humanidad está en vísperas del nacimiento de la tercera edad, con una nueva orden de monjes portadores de una nueva espiritualidad-se observa la expresión presens tempus bajo la bocina de la trompeta, todavía en la era de la glorificación del Hijo (la clarificatio filii)-. Aunque habría aparecido ya un heraldo de la tercera era con San Benito de Nursia, fundador del monacato, Joaquín no supo exactamente cuál podría ser esa orden. «Ser miembro de esa orden nueva tenía un atractivo poderoso, y es poco sorprendente que después de Joaquín religiosos de varias clases pensasen que la espiritualidad de la nueva era correspondía a su institución. Los frailes, con su conciencia de innovación, eran los candidatos naturales, y se extendió la leyenda de que Joaquín había pronosticado en realidad no una, sino dos órdenes principales, los dominicos y los franciscanos»41. No obstante, estos últimos fueron quienes más profundamente se vieron atraídos por Joaquín.

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Las razones del interés por las ideas joaquinitas se centran en la eterna sugestión de un fin próximo. A la labor de intentar calcular la hora del fin del mundo, Joaquín unió un método familiar a todo estudiante escriturario de la época. Era habitual pensar que el Antiguo Testamento ofrecía paralelos y profecías del Nuevo; Joaquín extendió el empleo de los paralelos para hallar una clave del tiempo posterior al Nuevo. Así como había concordancia entre el esquema del Antiguo y el Nuevo Testamento, debía haberla entre los acontecimientos descritos en la Escritura y los que hubieran tenido lugar tras la redacción del Nuevo Testamento, «y Joaquín trabajó… sobre los principios exegéticos tradicionales para resolver el enigma del futuro»42. La esencia de la técnica estaba en identificar los acontecimientos y personalidades clave, en una secuencia numérica, lo que proporcionaba los paralelos, ordenaba el tiempo e indicaba la proximidad al fin del mundo. «Como es común en tales especulaciones, se podía salvar fácilmente cualquier desacuerdo en los pronósticos; se podía alterar las bases del cálculo, mientras el principio continuase intacto y el lector de profecías preparado para alguna nueva fecha»43. De esta forma, 1260, señalado por una gran cantidad de procesos penitenciales de flagelantes en Italia que traspasó los Alpes y llegó a Alemania y Polonia, transcurrió sin acontecimiento sobrenatural alguno. El foco de expectación se retrasó, y 1290 pasó a ser la fecha esperada, efectuándose a lo largo de la Edad Media las transformaciones consiguientes, mientras las técnicas joaquinitas continuaron sirviendo de base para las profecías. «La preparación escrituraria de los franciscanos y su predicaciones, con su gusto por el simbolismo vívido y la anécdota, abrieron el camino hacia el rico almacén joaquinita de paralelos y símbolos. La alta importancia que todo fraile otorgaba a Francisco, y la temprana sensación de que había aparecido en la orden algo nuevo bendecido por Dios, precipitó la difusión del joaquinismo bajo formas nuevas y la vaga identificación por parte de varios escritores de los franciscanos con la nueva orden de la tercera era»44. La adhesión al joaquinismo fue desde un uso impreciso de su simbología a un profundo compromiso con sus ideas que actuaron como motivo principal de la vida religiosa. Fue en este proceso donde se vieron remodeladas las propias teorías de Joaquín. «Éste había hablado muy poco sobre la pobreza en su nueva orden de la tercera era; tal aspecto de la vida religiosa resultaba crucial para los franciscanos, y en sus versiones vino a ser el distintivo fundamental de la nueva orden».

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El Evangelio eterno El siglo XII, según Joaquín de Fiore, se hallaba inmerso en la sexta época de la segunda edad, y se acercaba una gran persecución, graves trastornos y una oleada de corrupción popular y eclesiástica: «ambición, simonía y lujo de los prelados, soberbia y avaricia de los monjes, orgullo de los doctores, crecimiento de los herejes, peligro por parte de los mahometanos»45. Tras esta crisis llegaría la fase «sabática» y de paz, durante la cual surgiría una nueva orden monástica, a la vez que cismáticos y judíos retornarían a la Iglesia. Según sus cálculos serían en el año 1260 cuando, ya finalizada la sexta época de la segunda edad, comenzaría su periodo sabático y la revelación del Evangelio eterno para presentarlo a todos los pueblos, «no sujeto a la letra, sino una interpretación espiritual del Evangelio ya escrito»46. El Evangelio eterno de 1254 supuso un escándalo en la orden franciscana y vino a poner de relieve los peligros del tercer status. En relación a la construcción de Joaquín, el punto esencial era siempre el del significado de la transición entre el segundo y el tercer status, si ello implicaba anulación de la jerarquía existente y de los sacramentos, tal como la venida de Cristo y la fundación de la Iglesia cristiana significaron la anulación de la Sinagoga y de la vieja ley. Para Joaquín no era así. «Con inspiración más poética y artística que dialéctica, vio paralelos y precedentes bíblicos a modo de un caleidoscopio con imágenes en constante movimiento. Los caracteres del tercer status, con sus peligros, estaban acompañados por los del segundo, dándose en cada uno de los dos eones, antes y después de Cristo, la ley, y la gracia, que habrían de durar hasta el fin de los tiempos». Las nuevas condiciones de vida del tercer status representaban una fructificación de las tendencias del segundo, pero no un cambio institucional revolucionario. Y, sin embargo, con independencia de las intenciones de Joaquín, el tenor global de su consideración del tercer status, con el énfasis sobre el «hombre espiritual» y la nueva concepción cósmica, tendía con facilidad a subvertir la fe del presente, el orden visible con su jerarquía, leyes y sacramentos. En 1254, el profesor de teología franciscano, fray Gerardo de Borgo San Donino, publicó en París una obra llamada Introductorium in Evangelium aeternum, en la que se afirmaba que el Espíritu de vida se había retirado de los libros de ambos Testamentos, los cuales debían ser reemplazados por los libros canónicos de la tercera edad de Joaquín de Fiore, que venían a ser

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los evangelios de una edad nueva. Este hecho dejó ver dónde estaba el peligro. El Introductorium fue denunciado y condenado a causa de éste y otros puntos por el papa Alejandro IV y el Concilio de Arlés en 1260. Su condena puso fin a la etapa de alegre utilización de las ideas de Joaquín, y fue seguida por refutaciones de la teoría de las tres edades, aunque no de un abandono total del joaquinismo. «Había en Joaquín bastante más que los tres status, cuyas preocupantes implicaciones no se habían reconocido normalmente en los primeros años, y numerosos escritores, totalmente ortodoxos, siguieron haciendo uso adecuado de sus símbolos y categorías»47. Sin embargo, los espirituales48 se aferraron firmemente a él y casaron su propia doctrina de la pobreza con una versión de las especulaciones apocalípticas de Joaquín, más útil que la de Segarelli, pero encaminada en definitiva a la subversión de la Iglesia de su tiempo. De mayor repercusión aun resultaron las consecuencias de la doctrina joaquinista al calar entre las masas populares. Pasados los temores milenaristas tras el fin del siglo X, las profecías de Joaquín de Fiore los avivaron. Así, según se aproximaba la fecha señalada de 1260, «aparecieron los flagelantes, hombres desnudos que iban por pueblos y ciudades azotándose públicamente, creciendo su número como ríos que aumentan con afluentes, y extendiéndose como un mar desbordado por casi todas las regiones de Italia y por algunas otras naciones, degenerando los actos de penitencia en verdaderos conflictos sociales…»49. Estos hechos causaron junto a la represión por las autoridades, la condena de los flagelantes en 1286 por la Iglesia a través de la bula del papa Honorio IV. El joaquinismo, si bien no fue considerado una herejía bien definida, perduró, a pesar del descrédito de su profecía. Sus seguidores fueron llamados floriacenses o joaquinitas, y su existencia se prodigó durante el pontificado de Urbano III y sus seguidores. Esencialmente, recogieron de Joaquín de Fiore el mensaje de que en la segunda edad de la religión, «con Nuestro Señor Jesucristo […] su ley no era perfecta y debía acabar, había de llegar otra ley más perfecta, que tenía que ser eterna»50. Esta era la moral que se contenía en el Evangelio eterno: enseñaba que para predicarlo era necesario hacerlo descalzo; que desde Jesucristo al abad Joaquín había sido útil la vida activa, pero que desde que éste último había aparecido sobre la tierra este tipo de vida era ya inservible, y que la vida contemplativa, de la que él había dado ejemplo, era la única útil51.

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Los florecienses eran partidarios del número ternario, en relación a las tres personas de la Santísima Trinidad. Ello les llevó a afirmar que el Padre había reinado desde el principio del mundo hasta la venida de Cristo; que la obra del Hijo se extendía desde este punto hasta su tiempo, durante 1260 años, y después de todo esto, el Espíritu Santo debía obrar a su vez. «Dividían los hombres, el tiempo, la doctrina, la manera de vivir de cada uno en tres órdenes o estados. El primero comprendió a su vez tres estados de hombres, a saber: el de las personas casadas, que había existido durante el reinado del Padre, o sea el Antiguo Testamento; el de los clérigos, que había tenido efecto durante el reinado del Hijo, o sea la Ley de gracia, y el de los monjes, que debía dominar desde el tiempo de la mayor gracia, por obra del Espíritu Santo. El segundo grupo era el de la doctrina, a saber: el Antiguo Testamento, dado por el Padre; el Nuevo, obra del Hijo, y el Evangelio eterno, que había de venir del Espíritu Santo. Otro ternario era el de los tiempos, que dividían en el del Padre, el del Hijo y el del Espíritu Santo. En el primero, los hombres habían vivido según la carne; en el segundo, según la carne y el espíritu; y que en el tercero, y hasta el fin del mundo, vivirían eternamente según el espíritu. En este último periodo todos los sacramentos, figuras y signos sensibles deberían cesar, pues la verdad quedaría completamente al descubierto»52.

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CAPÍTULO IV PEDRO JUAN OLIVI

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Minorita, nacido en Serinan en 1249 y muerto en Narbona en 1298. En 1287 fue profesor en Florencia, y en 1290 en Montpelier. «Se distinguió por su virtud, la profundidad e independencia de su ciencia y la fertilidad de su ingenio, siendo el común denominador de todo ello cierta impetuosidad» 53. Tras la declaración de San Buenaventura -de quien fue discípulo-, el cual asimiló la breve Regla de San Francisco a la gran organización de la orden, Olivi declaró el usus paper como condición esencial del voto de pobreza. A causa de esta severidad excesiva se introdujo la división en la orden, la cual trató por otra parte de vencer su influencia y en 1283 censuró como sospechosos distintos puntos doctrinales de sus lecciones. Sin embargo, Olivi, aun manteniéndolas sustancialmente, consiguió armonizarse con sus superiores. De igual forma, Olivi reconoció la legitimidad de la dimisión de Celestino V, «en contraste con los partidarios de éste»54. Venerado como santo, tras su fallecimiento, se radicalizaron los oposiciones entre la comunidad y los espirituales, hasta el punto de que Clemente V hubo de llamar a la obediencia general. Estos últimos presentaron en el Concilio de Viena del Delfinado treinta y tres tesis de Olivi que fueron consideradas como sospechosas; aunque una actitud conciliadora sólo se condenó tres de ellas. A pesar de ello, las desavenencias continuaron en aumento. Consecuencia de ello fue la condena de herejía realizada por Juan XXII a los fraticelos, y la condena en 1326 de varios escritos de Olivi. Ello fue la causa de que, en gran medida, su autor perdiera su «significación histórica en la escolástica. En la época moderna, fueron hallados varios escritos de Olivi acerca de cuestiones filosóficas, y casi al mismo tiempo se volvió sobre los Quodlibeta impresos en el siglo XVI. Ehrle descubrió un voluminoso tomo en folio, con cuestiones ordenadas sistemáticamente, las cuales fueron consideradas por el editor B. Jansen (1926), como parte de las Quaestiones in Secundum librum Sententiarum »55. La obra muestra a Olivi como uno de los escolásticos más profundos, independientes y de mayor sentido crítico. Impulsó en lo esencial al antiguo agustinismo, pero igualmente se remitió en muchos puntos doctrinales importantes al aristotelismo de la joven escuela franciscana. Aunque no nos ha llegado ninguna obra joaquinita de los dirigentes espirituales franciscanos Juan de Parma y Hugo de Digne, en la Lectura super Apocalipsim de Olivi se halla un texto joaquinita importante que nos proporciona la clave de su influencia en el sur de Francia. La obra, escrita al final de su vida, fruto de sus reflexiones sobre su sufrimiento y el de los

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espirituales, adapta a su tiempo las ideas de Joaquín de Fiore. De igual forma que en la obra de éste, la humanidad está en vísperas de grandes acontecimientos, pero vistos en términos de historia franciscana. «San Francisco es el iniciador de la nueva era, y su regla es el evangelio de la misma; el entendimiento espiritual completo llegará a los verdaderos discípulos de Francisco (es decir, a los espirituales), pero sólo después de persecuciones por parte de la iglesia carnal, constituida por todas las fuerzas perniciosas de la iglesia visible, y especialmente por los enemigos de la pobreza y los abogados del saber pagano, los falsos doctores. Una intensificación de los sufrimientos y la pérdida de fe de muchos, vendrán seguidos por los gozos de la nueva edad, descrita en términos muy similares a los de Joaquín»56. De esta forma, la disputa entre espirituales y conventuales en el sur de Francia adquirió una significación propia. El simbolismo cambiante de Joaquín aparece con un significado histórico preciso, lo que acentuó los peligros de una tercera edad al concederles un marco histórico. La cuestión radicaba en la relación entre una hipotética nueva época próxima a aparecer y las instituciones y leyes de una Iglesia coetánea. Aunque Olivi fue prudente en este aspecto, en controversia con sus propios simpatizantes, abogando por acatar los preceptos de la autoridad legítima de la Iglesia y «distinguiendo en la Lectura entre la iglesia carnal, en cuanto conjunto de fuerzas malignas de la Iglesia, e iglesia visible como conjunto, el contenido de su obra dio pábulo con gran facilidad a revuelta y herejía»57. Así fue como los espirituales, inquietos por el socavamiento de la observancia en la orden a causa de las bulas papales y la relajación de la regla, retornaban al testamento de San Francisco abogando por la observancia literal y viendo con desdén la clarificación papal. «Pero, ¿y si la reglar era el evangelio de una nueva época? ¿Y si Francisco y sus discípulos, con la regla y el testamento, ocupaban el lugar de Cristo y los Apóstoles al principio de la época cristiana? ¿Estaba realmente esa regla por encima de toda clarificación y atenuación papal? ¿Y si los que perseguían a los espirituales, sus superiores y falsos doctores, fuesen discípulos del Anticristo? ¿No sería entonces justificable la resistencia a ultranza?»58. Este tipo de ideas fue lo que convirtió una disputa disciplinaria en el seno de la orden en un conflicto doctrinal. Asimismo, el joaquinismo dio sentido y resolución a las vidas de los espirituales, y convirtió en insalvables las diferencias de éstos con sus superiores. «Así pues, de

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Joaquín a Olivi, aunque no se llegara a la herejía propiamente dicha, estamos en puertas. Con el desarrollo del joaquinismo y las ideas espirituales de pobreza entre los frailes sencillos y terciarios del Midi, seguidores de Olivi, sí llegamos a ella»59.

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CAPÍTULO V LOS ESPIRITUALES FRANCISCANOS

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«Con este nombre fueron designados aquellos frailes franciscanos que, sin tener en cuenta el desenvolvimiento natural de la Orden, quisieron permanecer completamente adictos a la letra de la Regla, especialmente en lo relativo a la pobreza»60. El conflicto acerca del seguimiento de la pobreza dentro de la orden franciscana, entre la comunidad mayoritaria y quienes pretendían seguir fielmente el espíritu de San Francisco, se encuentra ya en el Capítulo General de la orden celebrado en 1230. Sin embargo, la conciliación se mantuvo gracias, en gran medida, a la labor del Ministro General San Buenaventura. Fue tras su muerte, en 1274, cuando se encienden de nuevo las antiguas luchas a cargo de los espirituales. Su ortodoxia en torno a la pobreza les llevó a oponerse a la construcción de grandes conventos, movidos por su ideal de que la orden se conservase como en los tiempos de San Francisco. «Los espirituales no eran, como pretendían, los herederos de aquella primitiva generación de franciscanos, que, formados por San Francisco, continuaban viviendo la epopeya franciscana de los tugurios y cabañas de Asís, ajenos a las disputas pasionales sobre la propiedad. Éstos defendían la pobreza y vivían en los palacios de los príncipes. Y bien pronto las ideas joaquinitas sobre la sexta edad del mundo, la tercera era de la Iglesia con la vendida del Espíritu Santo… se infiltraron en el seno del espiritualismo, con lo que la defensa de la pobreza, de suyo nobilísima, tomó el carácter de rebelión61 y de franciscana no conservó más que el nombre. Tras enojosas discusiones y prolijos procesos contra muchos de sus dirigentes, parte del movimiento desembocó en la herejía -fraticelos- y parte se sometió a la obediencia de la orden. El último golpe mortal asestado al espiritualismo fue la Constitución de Juan XXII Quorumdam exigit en octubre de 1317, en la que se urgían a todo trance las declaraciones de los pontífices anteriores sobre la pobreza de la orden»62. En la segunda mitad del siglo XIII y comienzos del XIV, los espirituales estaban divididos en tres grupos: los de la Marca de Ancona, los de la Toscana y los de Provenza. La primera aparición de los espirituales en la Marca se produjo bajo la época del general Crescencio de Yesi, quien pudo contener su expansión. Sin embargo, el movimiento se hizo más potente hacia 1274, al tiempo que el II Concilio de Lyon había decretado conceder a las órdenes mendicantes la facultad de poseer. «El rumor fue infundado, pero los celantes, que así también fueron denominados, declararon que no se hubiesen sometido a tal decreto si hubiese sido dado. A la sazón, muchos

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fueron perseguidos y puestos en prisión en varios conventos» 63. El general Raimundo Gaufredi los liberó en 1289, para mandarlos a las misiones entre los armenios de la Cilicia, donde nuevamente fueron objeto de persecución, lo que les llevó a retornar a Italia en 1294. Fue entonces cuando un grupo de espirituales, liderado por Liberato de Macerata y con el consentimiento de Jacopone da Todi, obtuvo de Celestino V la autonomía, bajo el nombre de «Pobres eremitas de Celestino». Esta concesión fue revocada por Bonifacio VIII; hecho que condujo a parte de sus miembros a refugiarse en Grecia, los cuales regresaron en 1304. La muerte de Liberato en 1307 supuso la toma de la dirección por Angel Clareno, afecto a la corte papal de Aviñón; mas no pudo impedir la condena de su grupo en la Bula Sancta Romana del 30 de diciembre de 1317. Los espirituales de Toscana poseen ya personalidad propia hacia 1307, y hacia fines de 1312 se habían apoderado violentamente de los conventos de Carmignano, Asciano y Arezzo. Ello y la persecución de la Inquisición provocó su huida a Sicilia. Finalmente fueron condenados en 1318 en la Bula Gloriosam ecclesiam. Los espirituales de Provenza fueron liderados por Pedro Juan Olivi quien, siguió en gran medida las doctrinas sobre la Regla profesadas por Hugo de Digne. Olivi contó con numerosos seguidores entre los seglares, que incluso le veneraron tras su muerte como santo. La intervención de Arnau de Vilanova produjo el llamamiento de Clemente V al jefe de los espirituales provenzales «para que expusiera sus quejas contra la comunidad de la orden que estaba representada por Raimundo de Fronsac y Bonagrazia de Bérgamo»64. Las partes expusieron sus argumentos ante una comisión cardenalicia (1309-1312), y el resultado fue la decretal Exivi sobre la Regla y la condena de algunas doctrinas de Olivi en el Concilio de Viena (1312). Miguel de Cesena Este franciscano nace en Cesena en 1270 y, tras realizar sus estudios teológicos en París, es elegido en mayo de 1316 general de la Orden por un Capítulo general celebrado en Nápoles. En ese momento se había agudizado la lucha sobre la observancia de la Regla entre los espirituales y la comunidad. Las primeras acciones de Miguel de Cesena parecían tender a conciliar ambas posturas, pero pronto se manifestó el deseo de acabar con los espirituales, especialmente tras la Bula Quorundam exigit (7 de octubre de 1317) de Juan XXII. En 1321 fue propuesta por el inquisidor Juan de Belúa

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la cuestión de si era ortodoxa la proposición de que Cristo y los Apóstoles no habían poseído nada con título de propiedad, ni singular ni colectivamente. «El Papa ordenó que fuera examinada por los teólogos, y antes de que estos se pronunciaran, el Capítulo franciscano celebrado en Perusa bajo la presidencia de Miguel, la declaró ortodoxa»65. Ello originó el nacimiento de una discrepancia con la Santa Sede, ya que la Bula Cum inter nonnullos condenó la proposición como herética. Miguel fue llamado a comparecer en Aviñón en 1327, pero no se mostró dispuesto a rectificar, y, al saber que se preparaba contra él un proceso inquisitorial, Miguel huyó a Italia. En el Capítulo de Bolonia (1328) fue reelegido general contra los deseos del Papa. A partir de entonces «no dudó en hacer causa común con Luis el Bávaro, que se había enemistado con el Papa y puesto al lado de los disidentes franciscanos…»66. Depuesto y excomulgado en junio de 1328, y finalmente expulsado de la Orden, Miguel siguió fiel al emperador de Alemania. Murió en Munich en 1342 sin haberse reconciliado con la Iglesia. Sobre su figura, el Abad reflexionaba al hilo de la presencia del inquisidor Bernardo Gui67 en la legación papal: «Bien sabéis, aunque no queráis reconocerlo, que, salvo por la abundancia de argumentos teológicos, las tesis del capítulo de Perusa sobre la pobreza de Cristo y de la iglesia son las misma que, en forma bastante más temeraria, y con un comportamiento menos ortodoxo, sostienen muchos movimientos heréticos. No se requiere un esfuerzo demasiado grande para demostrar que las tesis de Michele da Cesena, adoptadas por el emperador, son las mismas de Ubertino y de Angelo Clareno. Hasta aquí ambas legaciones estarán de acuerdo. Pero Gui podría ir más lejos, y es lo bastante hábil como para hacerlo: intentará demostrar que las tesis de Perusa son las mismas de los fraticelli o de los seudo apóstoles»68. Ubertino de Casale «Lloró. Guillermo le devolvió el abrazo, visiblemente conmovido. El hombre que teníamos delante era Ubertino da Casale. Había oído hablar yo de él, y mucho, antes incluso de ir a Italia, y todavía más cuando frecuenté a los franciscanos de la corte imperial. Alguien me había dicho, además, que el mayor poeta de la época, Dante Alighieri, de Florencia, muerto hacía pocos años, había compuesto un poema (que yo no pude leer porque estaba escrito en la lengua vulgar de Toscana) con elementos tomados del cielo y de la

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tierra, y que muchos de sus versos no eran más que paráfrasis de ciertos fragmentos del Arbor vitae crucifixae de Ubertino». 69 Nacido en 1259 en Casale de Vercelli y muerto en 1370, Ubertino tomó en 1273 el hábito franciscano en un convento de Génova, para posteriormente ser enviado a París, donde permanecería nueve años. En su visita a Roma en 1285, conoció a Juan de Parma, considerado entonces el patriarca de los espirituales, y dos años más tarde sería compañero y discípulo de Pedro de Juan Olivi. «Pronto se destacó por su genio, pero también por su carácter excéntrico; mostró ideas extrañas acerca de la pobreza evangélica y franciscana, y no tardó en convertirse en director de los espirituales de la Toscana. El fanatismo de sus seguidores llegó hasta censurar públicamente a Gregorio IX y Nicolás III, y a condenarlos como herejes por haber interpretado la Regla de San Francisco en lo relativo a la pobreza con justa moderación; el mismo grupo condenó a también a Inocencio III, quien había desaprobado enérgicamente la enseñanza de Joaquín de Fiore, a quien los espirituales consideraban como el oráculo del Espíritu Santo, y cuyas teorías habían ocasionado discordia en la orden franciscana»70. Debido a su criticismo, Benedicto XI prohibió a Ubertino predicar en Perusa, y le desterró al convento de La Verna. Allí, en 1305, escribiría su obra principal71 Arbor vitae crucifixae Jesu Christi, en la que realiza una crítica a los Papas y a la Iglesia, así como a la orden franciscana por no practicar la más extrema pobreza72. Ubertino tuvo numerosos protectores y admiradores. Así, en 1307 fue designado capellán del cardenal Napoleón Orsini, sobrino del papa Nicolás III. Durante los años 1309-1312, fase de la gran querella franciscana, Ubertino fue llamado a Aviñón, junto a otros jefes espirituales para discutir ante el papa las cuestiones de la orden. Las pretensiones de Ubertino fueron rechazadas y el tema de la observancia práctica de la pobreza fue regulado por la Bula Exivi de paradiso, dada en 1312. Al año siguiente Ubertino se retiró a Aviñón y permaneció al lado del cardenal Jacobo Colonna, hasta que en 1317 obtuvo permiso de Juan XXII para abandonar la orden e ingresar en la abadía benedictina de Gembloux. Sin embargo, Ubertino no cesó de intervenir en las cuestiones de la orden franciscana, hasta que fue excomulgado por Juan XXII. En 1325 fue acusado de herejía por sostener doctrinas de Olivi, por lo que se refugió en Alemania, acogiéndose a la protección de Luis de Baviera hasta su muerte.

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CAPÍTULO VI LOS FRATICELOS

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«Y hubo en la Toscana un franciscano, Gerardo da Borgo San Donnino, que fue repitiendo las predicciones de Joaquín, causando gran impresión entre los frailes menores. Así surgió entre estos un grupo que apoyaba la regla antigua contra la reorganización intentada por el gran Buenaventura, que más tarde llegó a ser general de la orden. Cuando, en el último tercio del siglo pasado, el concilio de Lyon, salvando a la orden franciscana de los ataques de quienes querían disolverla, le concedió la propiedad de todos los bienes que tenían en uso, derecho que ya detentaban las órdenes más antiguas, sucedió que algunos frailes de las Marcas se rebelaron,. porque consideraban que así se traicionaba definitivamente el espíritu de la regla, pues un franciscano no debe poseer nada, ni como persona, ni como convento ni como orden… Entre esos presos liberados se encontraba Angelo Clareno, que luego se reunión con un fraile de la Provenza llamado Pietro di Giovanni Olivi, que predicaba las profecías de Joaquín, y más tarde con Ubertino da Casale, y de ahí surgió el movimiento de los espirituales. Por aquellos años ascendió al solio pontificio un eremita santísimo, Pietro da Morrone, que reinó con el nombre de Celestino V, y los espirituales lo recibieron con gran alivio: "Aparecerá un santo", se había dicho, "y observará las enseñanzas de Cristo, su vida será angélica, temblad, prelados corruptos"… durante su breve reinado, que no llegó al año, todas las esperanzas de los espirituales fueron satisfechas: a él acudieron y con ellos fundó la comunidad llamada de los fratres et pauperes heremitae domini Celestini». »Sin embargo, como sucede en estos casos, por un lado Angelo y Ubertino predicaban con arreglo a la doctrina, y por el otro grandes masas de simples recibían esa predicación y la difundían por el país, al margen de todo control. Así Italia se vio invadida por los que llamaban fraticelli o frailes de la vida pobres, que muchos consideraban peligrosos. Era difícil distinguir entre los maestros espirituales, que mantenían relaciones con las autoridades eclesiásticas, y sus seguidores más simples, que simplemente vivían ya fuera de la orden, pidiendo limosna y viviendo de lo que cada día obtenían con el trabajo de sus manos, sin detentar propiedad alguna. Y a éstos la gente los llamaba fraticelli, y eran como los begardos franceses, que se inspiraban en Pietro di Giovanni Olivi». »Celestino V fue sustituido por Bonifacio VIII, y este papa dio muy pronto muestras de extrema severidad con los espirituales y los fraticelli en general: precisamente cuando el siglo ya fenecía firmó una bula, Firm cautela, por la que condenaba de un solo golpe a los terciarios y vagabundos pordioseros

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que se movían en la periferia de la orden franciscana, y a los propios espirituales, incluyendo a los que se apartaban de la vida en la oorden para retirarse a vivir como ermitaños». »Más tarde, los espirituales intentaron obtener de otros pontífices, como Clemente V, el consentimiento para poder apartarse de la orden de mono no violento. Creo que lo hubiesen conseguido de no mediar el advenimiento de Juan XXII, que frustró todas sus esperanzas. Al ser elegido, en 1316, escribió al rey de Sicilia incitándolo a expulsar de sus tierras a aquellos frailes, que en gran número habían buscado allí refugio. También mandó apresar a Angelo Clareno y a los espirituales de Provenza». »No debió de ser empresa fácil y encontró resistencia en la misma curia. Lo cierto es que Ubertino y Clareno lograron que se les permitiera abandonar la orden, y fueron acogidos por los benedictinos el primero y por los celestinos el segundo. Pero Juan no mostró piedad alguna con aquellos que siguieron llevando una vida libre: los hizo perseguir por la inquisición y muchos acabaron en la hoguera». »Sin embargo, había comprendido que para destruir la mala hierba de los fraticelli, que socavaban la autoridad de la iglesia, era necesario condenar las proposiciones en que se basaba su fe. Ellos sostenían que Cristo y los apóstoles no habían tenido propiedad alguna, ni individual ni común, y el papa condenó esta idea como herética.… Pero un año antes se había reunido en Perusa el capítulo general de los franciscanos, y había sostenido, precisamente, dicha idea; por tanto, al condenar a los primeros el papa condenaba también este último. Como ya he dicho, aquella decisión del capítulo le ocasionaba gran perjuicio en su lucha contra el emperador. Así fue como a partir de entonces muchos fraticelli, que nada sabían del imperio ni de Perusa, murieron quemados»73 Los fraticelos son definidos como una «secta religiosa que trataba de defender el rigor primitivo de la orden franciscana,… junto con doctrinas erróneas y desobediencia a la autoridad eclesiástica»74. Nacidos dentro del movimiento de los espirituales franciscanos, a raíz de la autorización concedida por Celestino V para formar una congregación franciscana independiente. Cuando esto sucedía en la orden franciscana, un joven de Parma, Gerardo Sagarelli, se proclamaba apóstol del Nuevo Evangelio y restaurador de la sociedad. Negaba la obediencia a la Iglesia, proscribía el matrimonio y profesaba la posesión común de los bienes, considerándose él y sus seguidores, los apostólicos, los «únicos perfectos». «En Italia, al

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intentar constituirse en forma de orden religiosa, adoptaron el hábito y la Regla de San Francisco y se dieron el nombre de "fraticelli", que prevaleció como genérico de los distintos grupos o matices»75. Los fraticelos se extendieron principalmente por Italia, Sicilia, Provenza, Narbona y Tolosa, mientras los pontífices dictaron bulas condenatorias contra la herejía fracticeliana, entre ellas, Sancta Sanctorum (1317) y la Gloriosam Ecclesiam (1318). Los sucesos acaecidos en el seno de la Iglesia que originaron el cisma de Occidente, favorecieron a su vez el desarrollo y la acción de los fraticelos. Numerosas ciudades del centro de Italia no reaccionaron frente al movimiento, que llegó incluso hasta la misma Roma, donde los fraticelos se refugiaron en San Juan «ante portam latinam», con el nombre de fratri della povera vita. En 1427, San Juan de Capistrano y San Jaime de la Marca 76 fueron instituidos inquisidores contra los fraticelos de las Marcas, de la Provincia de Roma y del ducado de Espoleto, y llevaron a cabo una campaña a fondo contra la secta. En Nápoles fueron inicialmente favorecidos por la reina Sancha y protegidos por Carlos, duque de Calabria, por lo cual éste fue amonestado varias veces por Juan XXII. La secta se mantuvo hasta fines del siglo XIV y el último proceso inquisitorial contra los fraticelos fue llevado a cabo en Roma en 1466. Había también fraticelos no herejes, o sólo sospechosos de herejía, como algunos de la zona de Umbría hacia mediados del siglo XIV, que pretendían observar la regla de San Agustín y haber logrado la autorización de los obispos de Perusa y de Cittá de Castello. Su líder era Francisco Nicolai, de Perusa, en relación secreta con los fraticelos napolitanos, quienes fueron declarados no heréticos por un documento del cardenal legado Jaime en 1417. De los fraticelos convertidos o que permanecieron inmunes a las «falsas doctrinas» proceden probablemente los «Pobres eremitas de Angelo Clareno», ortodoxos, que se hallan por primera vez en las Marcas hacia 1440. Nicolás V autorizó su vida bajo la jurisdicción del obispo local en varias diócesis de las Marcas y Umbría en 1447. Sería Sixto IV quien les uniría definitivamente a la orden franciscana. En el movimiento o secta de los fraticelos «no hubo unidad de doctrina ni de organización; el elemento, si así puede decirse, más común era el no reconocer la jerarquía de la Iglesia romana. […] El núcleo interno de la secta estaba constituido por "hermanos", que vivían con los mendicantes; tenían conventos en lugares apartados, agrupados en provincias, con

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ministros provinciales, y como jefe tenían un ministro general. Vestían de modo parecido al de los franciscanos, pero con hábitos más cortos. La apariencia de extrema pobreza y de vida austera les consiguió el favor de las clases populares…»77. Guillermo hacía un inciso aclarador ante las insinuaciones realizadas por el Abad sobre Remigio, el cillerero, y su pasado: «Estábamos hablando de los dulcinianos, no de los fraticelli. De los que podrá decirse cualquier cosa… salvo que sean sanguinarios. Lo más que podrá reprochárseles es haber puesto en práctica sin demasiada sensatez lo que los espirituales ha predicado con mayor mesura y animados por el auténtico amor a Dios, y en ese sentido admito que el límite entre unos y otros es bastante tenue»78.

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CAPÍTULO VII GERARDO SEGARELLI Y LOS APOSTÓLICOS

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Las peores distorsiones del pensamiento de Joaquín de Fiore surgieron fuera de la orden franciscana, en ambientes incultos, donde se recibieron las ideas de los textos originales joaquinitas y pseudo-joaquinitas por transmisión oral. En Milán, la Inquisición desterró y quemó en 1300 los restos de una tal Guillerma muerta en 1281, pues al parecer sus seguidores la veneraban como encarnación del Espíritu Santo. La idea de la pronta llegada de un papa angélico arraigó especialmente en este grupo «quizá de no más de trienta miembros, incluidos algunos ricos, quienes creían que una mujer de entre ellos, Manfreda, sería el papa que habría de convertir a judíos y sarracenos y anunciaría una nueva edad. La papisa estaría acompañada por mujeres cardenales y los Evangelios serían sustituidos por otros cuatro nuevos, escritos por inspiración del Espíritu Santo»79. Si fue relativamente fácil acabar con los seguidores de Guillerma, no sucedió así con la secta de los «hermanos apostólicos», fundada por Gerardo Segarelli en 1260, el año del brote flagelante y una de las fechas clave de la profecía joaquinita. Segarelli era un simple obrero de Alsano, cerca de Parma, sencillo e ignorante al parecer, pero de fuerte personalidad. Pidió su ingreso en la orden franciscana, cuando se producía el conflicto con los espirituales. Según el cronista Sambilene, fue rechazado por suponérsele afecto a estas ideas, y emprendió la fundación de una Orden distinta de toda organización monástica, «una asociación fraternal, dedicada a imitar la vida de los apóstoles… sin ningún bien terrenal y ocupándose exclusivamente en la predicación del Evangelio»80. Los apostólicos vivían literalmente al día, mendigando tan sólo lo necesario para subsistir y que se consumía en el momento. Segarelli adoptó un hábito81 blanco sobre ropa gris, se dejó crecer la barba y el cabello, e hizo uso, además, de la cuerda y las sandalias franciscanas. Vendió la casa que llegó a poseer, regaló el dinero recibido y se dio a predicar las penalidades y la pobreza apostólica Su empresa halló numerosos partidarios entre los pobres, ya que seguían con rigor el ideal franciscano, incluso con exceso y fetichismo, en forma inigualada por la mayoría de los frailes de fines del siglo XIII; «hombres y mujeres que iban pidiendo limosna de lugar en lugar y exhortando al pueblo y al clero a que hicieran penitencia». En un primer momento, Parma les apoyó, e incluso el obispo no actuó en contra suya, hasta que el II Concilio de Lyon de 1274 prohibió las órdenes no autorizadas. A pesar de que Segarelli no atacaba el dogma ni la autoridad de la Iglesia, en 1280 el obispo de Padua le hizo detener y le expulsó de la diócesis en 1286. Ese

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mismo año, Honorio IV prohibió todas las reuniones que no fuesen aprobadas por las autoridades eclesiásticas y los vetó explícitamente, prohibición que fue repetida por Nicolás IV en 1290 82. Incapacitado de llevar adelante su obra, Segarelli se declaró en lucha abierta con el Papa. En 1294 fue condenado a prisión perpetua por el obispo de Parma. Abjuró, pero volvió después a insistir en sus ideas, por lo que en 1300 fue quemado en la hoguera. «Los procesos inquisitoriales de 1299 en Bolonia nos dan la impresión de un grupo quizá no opuesto radicalmente a la Iglesia, pero sí dispuesto a justificar la desobediencia por el logro del estado de perfección propio de la Iglesia primitiva con la práctica de la pobreza. Los papas de la Iglesia post-constantiniana (que habían abandonado la pobreza de la primitiva), decían, no tenían derecho a obligarles a renunciar a su manera de vivir».83 Al iniciar el recuerdo de los hechos de fray Dulcino, Ubertino contaba a Adso: «La historia empieza antes de fray Dulcino, hace más de sesenta años, cuando yo era niño. Sucedió en Parama. Allí comenzó a predicar un tal Gherardo Segalelli, que recorría las calles invitándolos a todos a hacer una vida de penitencia. "¡Penitenciágite!, gritaba, y era su manera inculta de decir: "Penitentiam agite, appropinquabit enim regnum coelorum" 84. Invitaba a sus discípulos a comportarse como los apóstoles, y quiso que a su secta la llamaran la orden de los apóstoles y que sus miembros recorriesen el mundo como pobres mendicantes, vivendo sólo de la limosna… -Igual que los fraticelli -dije-. ¿Acaso no fue este el mandato de Nuestro Señor, y de vuestro Francisco? -Sí… Pero quizá Gherardo exageró. Él y los suyos fueron acusados de no reconocer la autoridad de los sacerdotes ni la celebración de la misa ni la confesión, y de vagar ociosos por el mundo. -También a los franciscanos espirituales se les hicieron estas acusaciones. ¿Acaso no afirman hoy los franciscanos que no hay que reconocer la autoridad del papa? -Sí, pero reconocen la de los sacerdotes… Gherardo se equivocó y pecó de herejía. Pidió que lo admitieran en la orden franciscana, pero nuestros hermanos no lo aceptaron. Pasaba los días en la iglesia de nuestros frailes y vio que en las pinturas los apóstoles aparecían representados con sandalias en los pies y con capas sobre los hombros, de modo que se dejó crecer el cabello y la barba, y se puso sandalias en los pies y en la cintura la cuerda de los

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franciscanos […] fueron muchos los que siguieron a Gherardo, no sólo los campesinos, sino también gente de las ciudades, inscrita en los gremios… Y se decían herederos de la doctrina de Joaquín de Fiore. -También los franciscanos lo dicen -repliqué- también Gherardo da Borgo San Donnino, ¡también vos los decís!. -Cálmate, muchacho. Joaquín de Fiore fue un gran profeta y fue el primero en comprender que la llegada de Francisco marcaría la renovación de la iglesia, pero los seudo apóstoles utilizaron su doctrina para justificar las propias locuras […] En suma… el obispo Obizzo, de Parma, decidió encarcelar a Gherardo… acabó quemado como hereje impenitente. Eso sucedió a comienzos de este siglo»85.

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CAPÍTULO VIII FRAY DULCINO

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Tras la muerte de Segarelli la secta se hizo abiertamente herética y respondió con violencia al acoso de la Inquisición. Ello se produjo cuando Dulcino86, nacido en Ossola en la segunda mitad del siglo XIII, hijo bastardo de un sacerdote de la diócesis de Novara y dotado de cierto barniz cultural, asumió la dirección de los apostólicos. «Individuo audaz y falto de escrúpulos»87, al frente de sus seguidores resistió con las armas la persecución de los obispos de Novara y de Vercelli. Fue necesaria más de una campaña, hasta que la cruzada predicada por el papa Clemente V contra él en 1306, le obligó a refugiarse en los montes junto a sus partidarios. Tras éxitos de resistencia iniciales fue apresado y condenado a la hoguera88 el año 1307 en la localidad de Vercelli. «El tal Dulcino era el bastardo de un sacerdote que vivía en la diócesis de Novara, en esta parte de Italia, un poco más hacia el norte… Era un joven de ingenio agudísimo, y se le dieron estudios, pero robó al sacerdote que se ocupaba de él y huyó hacia el este, a la ciudad de Trento. Allí empezó a predicar lo mismo que había predicado Gherardo, de manera aún más herética, pues afirmaba que era el único apóstol verdadero de Dios, y que todo debía ser común en el amor y que era lícito ir con cualquier mujer, de modo que nadie podía ser acusado de cocubinato, aunque yaciese con su mujer o su hija […] Tampoco sé cómo llegó a conocer las doctrinas de los seudo apóstoles. Quizá pasó por Parma, cuando joven y escuchó a Gherardo. Lo que se sabe es que en la región de Bolonia estuvo en contacto con aquellos herejes después de la muerte de Segarelli. Y se sabe con toda seguridad que empezó a predicar en Trento. Allí sedujo a una muchacha hermosísima y de familia noble, llamada Margherita… Entonces el obispo de Trento lo expulsó de su diócesis, pero Dulcino ya había reunido más de mil adeptos, e inició una larga marcha que volvió a llevarlo a la región donde había nacido. Por el camino se le unían otros ilusos, seducidos por su palabra, y quizá también se le unieron muchos herejes valdenses de estas tierras del norte. Cuando llegó a a la región de Novara, Dulcino encontró un ambiente favorable a su rebelión, porque los vasallos que gobernaban la comarca de Gattinara en nombre del obispo de Vercelli habían sido expulsados por la población, que por tanto acogió a los bandidos de Dulcino como buenos aliado […] ya ves que la herejía suele ir unida a la rebelión contra los señores… En Vercelli había una lucha entre las diferentes familias de la ciudad, y los seudo apóstoles se aprovecharon de la situación, y las familias, a su vez, supieron sacar ventaja del desorden introducido por los seudo apóstoles. Los señores feudales

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reclutaban aventureros para saquear las ciudades, y los ciudadanos pedían la protección del obispo de Novara… [Dulcino] se había inmiscuido en todas esas disputas y se aprovechaba de ellas para predicar la lucha contra la propiedad ajena en nombre de la pobreza»89. La convicción en el superior valor de la vida apostólica tal como la observaba el grupo de Dulcino en comparación con otros llevó, lógicamente, a insertar el esquema de Joaquín de Fiore un cuarto status que se adecuara a ella. Incluso queda relegada la posición de Francisco en relación a los dirigentes de los apostólicos. No se le concede realmente la condición de «precursor» del nuevo status, próximo a llegar, y se considera el modo de vida de los apostólicos, por su estricta pobreza, superior al de San Francisco y Santo Domingo. «Los apóstoles de fray Dulcino predicaban la destrucción física de los clérigos y señores, y cometieron muchos actos de violencia; los valdenses se oponían a la violencia, al igual que los fraticelli. pero estoy seguro de que en la época de fray Dulcino convergieron en su grupo muchos que antes habían secundado a los fraticelli o a los valdenses. Los simples, Adso, no pueden escoger libremente su herejía: se aferran al que predica en su tierra, al que pasa por la aldea o por la plaza»90. Las doctrinas de fray Dulcino, inmersas en la pretensión de retornar a la vida y enseñanza apostólica, nos son conocidas gracias a las cartas dirigidas a sus seguidores. En ellas se refiere a la verdadera Iglesia de Cristo, profetizando los futuros destinos de la cristiandad. Dos de dichas cartas se han conservado íntegras. En la primera, que data de agosto del 1300, poco después de la muerte de Segarelli, enumera las revelaciones recibidas y se lamenta de las persecuciones del clero. En ella pretendía para sí la inspiración directa del Espírtu Santo y un papel esencial para los apostólicos que dirigía en la inminente venida de una nueva edad. En lugar de los tres status joaquinitas, Dulcino indica cuatro fases en la vida de la cristiandad: la primera es la época del Padre, de los patriarcas y profetas del Antiguo Testamento, en la cual el matrimonio era considerado como bueno; la segunda es la época de la salvación realizada por Jesucristo, en la cual la virginidad tiene un valor superior al matrimonio; la tercera es la época de la degeneración y corresponde a los tiempos del papa Silvestre y del emperador Constantino. Al declinar la fe, la caridad y la misma Iglesia por su deseo de riquezas, Dios envió a San Benito, a San Francisco y a Santo Domingo, pero por escaso tiempo. Por este hecho, llegada la cuarta época,

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fue Segarelli quien debía renovar la vida apostólica de la Iglesia. Sería en este tiempo cuando debía tener lugar el fin del mundo. La segunda parte de la carta presenta, envuelta en un aire de profecía, un carácter esencialmente político. El destino presagiado a la Iglesia existente a la llegada de la nueva edad era dramático: papa, prelados, cleros y monjes serían exterminados, excepto un grupo de arrepentidos, en un plazo de tres años por un nuevo emperador, Federico de Aragón, rey de Sicilia. Éste vencería a las expediciones enviadas contra él por Bonifacio VIII y los angevinos. Será entonces cuando se producirá la paz de la cristiandad y se iniciará un nueva era. En este tiempo regirá los destinos de la Iglesia un papa enviado por Dios, no elegido por los cardenales, el cual, con la ayuda de las órdenes apostólicas, hará triunfar el espíritu de Dios hasta la venida del Anticristo. «Tan extravagante cuadro quedaba redondeado por un pasaje en el cual Dulcino describía un esquema de la historia en términos de los siete ángeles y las siete iglesias del Apocalipsis, en el que Segarelli era el ángel de Esmirna y él el de Tiatira»91. Sin embargo, pasados los tres años no se habían cumplido ninguna de estas profecías; a pesar de lo cual, Dulcino escribió una nueva carta en diciembre de 1303 donde se reafirmaba en sus predicciones. Pero la esperanza no mermó: incluso algunos afirmaron que el papa de la nueva edad era el mismo Dulcino. Éste se refugió en 1304 en las montañas entre Vercelli y Novara, y le siguieron algunos de sus adeptos, tanto campesinos locales como apostólicos venidos de muy lejos, quienes le apoyaron en incursiones de saqueo y resistencia armada a las fuerzas de la Iglesia. «Los dirigentes gibelinos, con los que mantenía misteriosos contactos, pudieran haberle envalentonado, y sin duda la represión inquisitorial suscitó una respuesta violenta; la pobreza de los campesinos cercanos a su refugio montañoso les haría receptivos a su doctrina. Pero la rápida transformación bajo Dulcino de un movimiento extravagante, aunque no seriamente peligroso, en rebelión armada es, ante todo, una lección sobre la influencia embriagadora, en manos apropiadas, de las ideas pseudo-joaquinitas sobre la nueva edad». «Él y los suyos, que ya eran unos treinta mil, acamparon sobre un monte llamado La Pared Pelada, no lejos de Novara, y allí construyeron fortificaciones y habitáculos, y Dulcino ejercía su poder sobre toda aquella muchedumbre de hombres y mujeres que vivían en la promiscuidad más vergonzosa. Desde allí enviaba a sus fieles cartas en las que exponía su

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doctrina herética. Decía y escribía que su ideal era la pobreza, y que no estaban ligados por ningún vínculo de obediencia externa, y que él, Dulcino, era el enviado de Dios para revelar las profecías e interpretar el sentido de las escrituras del antiguo y del nuevo testamento. Y a los miembros del clero secular, a los predicadores y a los franciscanos los llamaba ministros del diablo, y eximía a todos de obedecerles. Y hablaba de cuatro edades en la vida del pueblo de Dios: la primera, la del antiguo testamento, la de los patriarcas y los profetas, antes de la llegada de Cristo, en la que el matrimonio era bueno porque la gente debía multiplicarse. La segunda, la edad de Cristo y los apóstoles, que fue la época de la santidad y la castidad. Después vino la tercera, en que los pontífices debieron aceptar primero las riquezas terrenales para poder gobernar al pueblo. Pero cuando los hombres empezaron a alejarse del amor a Dios vino Benito, que habló en contra de toda posesión temporal. Cuando más tarde también los monjes de Benito se dedicaron a acumular riquezas, vinieron los frailes de San Francisco y Santo Domingo, aún más severos que Benito en la predicación contra el dominio y la riqueza terrenales. Y ahora que la vida de tantos prelados volvía a contradecir todos aquellos preceptos justos, la tercera edad tocaba y a a su fin y había que convertirse a las enseñanzas de los apóstoles». »Decía que, para acabar con esta tercera edad de la corrupción, todos los clérigos, los mojes y los frailes debían morir de muerte muy cruel. Decía que todos los prelados de la iglesia, los clérigos, las monjas, los religiosos y religiosas, y todos los miembros de la orden de elos predicadores y de los franciscanos, y los eremitas, y el propio papa Bonifacio, deberían ser exterminados por el emperador que él, Dulcino, eligiese, que habría de ser precisamente Federico de Sicilia». »En una segunda carta, del año 1303, Dulcino se designaba jefe supremo de la congregación apostólica… Y después empezaba a desvariar acerca de una sucesión de papas venideros… Todavía no sabía quién habría de ser el cuarto papa, el papa santo, el papa angélico del que hablaba el abad Joaquín. Este papa sería elegido por Dios, y entonces Dulcino y todos los suyos (que en aquel momento ya eran cuatro mil) recibirían juntos la gracia del Espíritu Santo, y la iglesia resultaría renovada, para no volver a corromperse, hasta el fin del mundo. Pero en los tres años anteriores a su advenimiento debería consumarse todo el mal. Y eso fue lo que trató de hacer Dulcino, llevando la guerra a todas partes. Y el cuarto papa… fue precisamente Clemente V, que convocó la cruzada contra Dulcino. E hizo bien, porque en aquellas cartas

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Dulcino ya sostenía doctrinas inconciliables con la ortodoxia. Dijo que la iglesia romana era una meretriz, que no era obligatorio obedecer a los sacerdotes, que todos los poderes espirituales pertenecían a la secta de los apostólicos, que sólo éstos formaban la nueva iglesia, que ellos podían anular el matrimonio, que para salvarse era necesario pertenecer a la secta, que ningún papa podía absolver del pecado, que no debían pagarse los diezmos, que había más perfección en la vida sin votos que en la vida con votos, que, para rezar, una iglesia consagrada no valía más que un establo, y que podía adorarse a Cristo tanto en los bosques como en las iglesias» »A todo esto, llegó el invierno, el invierno de 1305, uno de los más rigurosos de aquellas décadas, y la miseria se instaló en las comarcas circundantes. Dulcino envió una tercera carta a sus seguidores, y otros muchos se unieron a su gente. Pero allí arriba la vida se había vuelto imposible y el hambre llegó a ser tal que comieron la carne de los caballos y otros animales, y heno cocido. Y muchos murieron.» »Fueron muchos los que cogieron la cruz para auxiliar a la gentes de Vercelli y de Novara, desplazándose incluso desde Saboya, desde Provenza y desde Francia, y todos se pusieron bajo las órdenes del obispo de Vercelli. Los choques entre las vanguardias de ambos ejércitos se sucedían con mucha frecuencia, pero las fortificaciones de Dulcino eran inexpugnables, y los impíos se las arreglaban para recibir refuerzos […] Sin embargo, hacia finales de dicho año de 1305, el heresiarca se vio obligado a retirarse de la Pared Pelada, dejando a los heridos y a los enfermos, y se dirigió hacia el territorio de Trivero, en uno de cuyos montes se hizo fuerte. El monte se llamaba Zubelo, pero desde entonces se lo llamó Rubello o Rebello, porque en él se habían hecho fuertes los rebeldes contra la iglesia… los rebeldes tuvieron que rendirse, Dulcino y los suyos fueron capturados, y con toda justicia acabaron en la hoguera»92 Adso, tras su conversación con Ubertino, halla el manuscrito Historia fratris Dulcini Heresiarche, donde nos narra lo siguiente: «en marzo de 1307, el sábado santo, Dulcino, Margherita y Longino, por fin apresados, fueron conducidos a la ciudad de Biella y entregados al obispo, quien esperó la decisión papal. Cuando el papa tuvo noticia de los hechos escribió lo siguiente al rey de Francia Felipe: “Han llegado hasta nosotros noticias muy gratas, que nos llenan de gozo y de júbilo, porque, después de muchos peligros, fatigas, estragos y de repetidas incursiones, ese demonio pestífero, hijo de Belcebú y horrendísimo heresiarca, Dulcino, se encuentra finalmente preso, junto con sus

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secuaces, en nuestras cárceles, por obra de nuestro venerable hermano Raniero, obispo de Vercelli, habiendo capturado el día de la santa cena del Señor, y matada ese mismo día la numerosa gente que con él estaba”. El papa no tuvo piedad con los prisioneros, y ordenó al obispo que los condenara a muerte. De modo que en julio de aquel mismo año, el día uno del mes, los herejes fueron entregados al brazo secular. Mientras las campanas de la ciudad tocaban a rebato, los pusieron en un carro rodeados por sus verdugos; detrás iban los soldados, y así recorrieron toda la ciudad, deteniéndose en cada esquina para lacerar las carnes de los reos con tenazas candentes. Primero quemaron a Margherita, ante la vista de Dulcino, a quien no se le movió ni un músculo de la cara, como tampoco había emitido lamento alguno cuando las tenazas se hincaron en su carne. Después el carro siguió su marcha,. mientras los verdugos metían sus instrumentos en unos recipientes donde ardía abundante fuego. Otras torturas padeció Dulcino, pero siguió mudo, salvo cuando le cortaron la nariz, porque entonces encogió levemente los hombros, y cuando le arrancaron el miembro viril, pues en ese momento lanzó un largo suspiro, como un quejido resignado. Sus últimas palabras sonaron a impenitencia y avisó que al tercer día resucitaría. Después lo quemaron y su cenizas se dispersaron al viento»93.

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CAPÍTULO IX LA HEREJÍA POPULAR

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En su Lectura, Olivi deduce de las profecías que anunciaban persecución la necesidad de que los espirituales se muestren pacientes en sus sufrimientos. Sus comentarios sobre el Apocalipsis fueron presentados con precaución, como interpretaciones posibles, pero no seguras, del futuro. Aunque desarrolló la opinión de Joaquín de Fiore de que el Anticristo místico surgiría dentro de la Iglesia y aludió a la venida de un pseudo-papa, no hizo nunca identificaciones de papas vivientes como figuras claves de las profecías. En sus obras, Olivi, exhorta a la vida virtuosa, según las líneas de la piedad franciscana tradicional; únicamente delata sus preocupaciones respecto a la necesidad de vigilancia ante la inminencia del fin de los tiempos. No obstante, la jerarquía eclesiástica creía que la influencia popular de Olivi era nefasta. «Preocupados por la batalla principal sobre las opiniones escolásticas de Olivi y el usus pauper, llamaban periódicamente la atención, sin embargo, sobre el contexto popular de la provincia. En 1285 se le acusó de ser cabeza de una «secta supersticiosa»; en 1299, un concilio provincial previno contra las extravagancias; hubo un examen de su obra sobre el Apocalipsis y una requisitoria contra ella en 1311»94. La tragedia del movimiento espiritual fue que su solución llegase tan tarde. Los procedimientos disciplinarios normales de la orden no podían actuar porque los superiores que debían ponerlos en práctica eran ellos mismos parte interesada y estaban manchados por los abusos, especialmente en el Midi. Además, el idealismo de los frailes y la simpatía entre exclaustrales, eclesiásticos y laicos eran demasiado fuertes para que pudiera llevarse una represión local sin protestas ni publicidad. El fervor por la pobreza de los espirituales siempre les proporcionó admiradores. Al tiempo, tanto en Italia como en el Midi, había inquietud por la influencia del pensamiento joaquinita, por la rigidez espiritual y el gran relieve que los rigoristas concedían a sus héroes, sobre todo a Olivi. La disputa tendía a hacerse más extrema, tanto dentro de la orden como en la corte papal. En el concilio de Vienne, espirituales y beguinos acabaron más profundamente inmersos en la «extravagancia joaquinita». Clemente V destituyó a algunos de los superiores y detuvo la persecución, pero no dio una solución viable. Tras él, el panorama para los espirituales empeoró a causa de la doble vacante el el papado y en el generalato de 1314 a 1316, que eliminó todo control central y permitió la reanudación de las persecuciones. «El auge, la frustración de sus esperanzas luego y la nueva fase de persecución fue el

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detonante de la herejía. La identificación de la iglesia carnal con toda la Iglesia visible, que parecía haberse vuelto contra ellos, transformaba a papas y eclesiásticos en las figuras diabólicas de la herejía joaquinita» 95. Las matizaciones de la obra de Olivi sobre el Apocalipsis fueron olvidadas. Los inexpertos terciarios no iban a recordarlas y perseverar en la ortodoxia, cuando veían la reputación de Olivi atacada y tenían noticia de las crueldades de los superiores conventuales. La muerte de Olivi en 1298, convirtió sus opiniones en el centro de un culto a un santo no autorizado96. El joaquinismo agudizaba esperanzas y ahondaba la sensación de crisis. En torno a la preparación del encuentro entre la legación imperial y la papal y la previsible reacción de ésta última frente a los crímenes en la Abadía se observa lo anteriormente apuntado: «No olvidéis que los de Aviñón están acostumbrados a encontrarse con los franciscanos, o sea con personas peligrosamente próximas a los fraticelli y a otros aún más insensatos que los fraticelli, herejes peligrosos que se han manchado con crímenes… -¡No es lo mismo! -exclamó Guillermo excitado-. No podéis medir con el mismo rasero a los franciscanos del capítulo de Perusa y a cualquier banda de herejes que ha entendido mal el mensaje del evangelio convirtiendo la lucha contra las riquezas en una serie de venganzas privadas o de locuras sanguinarias. -No hace muchos años que, a pocas millas de aquí, una de esas bandas, como las llamáis, arrasó a hierro y fuego las tierras del obispo de Vercelli y las montañas del Novarés -dijo secamente el Abad. -Estáis hablando de fray Dulcino y de los apóstoles […] -De los seudo apóstoles -admitió de buen grado Guillermo-. Pero no tenían nada que ver con los franciscanos. -Con quienes compartían la veneración por Joaquín de Calabria -dijo sin respiro el Abad-. Preguntádselo a vuestro hermano Ubertino. […] Y vos sabéis con cuánta solicitud fraternal nuestra orden acogió a los espirituales cuando cayó sobre ellos la ira del papa… tránsfugas vestidos con el sayo de los franciscanos buscaron asilo entre nosotros, pero luego he sabido que sus vidas azarosas los habían llevado, durante cierto tiempo, bastante cerca de los dulcinianos»97. De esta forma, en las dos primeras décadas del siglo XIV estaba en proceso de formación una herejía popular en el Midi, extendiéndose de los frailes espirituales a los terciarios influidos por ellos, al clero secular

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simpatizante y a protectores laicos de las ciudades. El área afectada lindaba, y en parte coincidía, con las regiones de antigua condición cátara, pero la inspiración era muy distinta98. Además, los viejos centros del catarismo se hallaban más hacia el Este, mientras la herejía espiritual los tuvo en Narbona, debido al recuerdo de Olivi, y Béziers. El área de difusión cubría en su máxima extensión de Perpiñán a Niza, por la costa, y en el interior, de Toulouse a Aviñón. Lo esencial estaba en las ciudades: los trabajadores del campo no estuvieron implicados, ni tampoco el estrato de los franceses inmigrantes del norte, laicos o eclesiásticos. «Era una herejía languedocina, y pudiera en parte deberse al sentimiento local contra la autoridad. Las ciudades apoyaban a los espirituales y acudían a su patrocinio por ser opuestas a la autoridad de la Inquisición y sus implicaciones en la política secular, y también los seguidores pudieran muy bien sentirse atraídos, debido a su particular conocimiento del clero del Languedoc, por un movimiento que venía a denunciar la riqueza de la jerarquía»99. Lo que constituyó el principal atractivo fue la ética de la entrega individual. Estuvieron implicados laicos ricos y pobres, pero hubo muchos comerciantes pobres de escasa cultura, carniceros, tejedores y similares, cuyas actitudes hacia los ricos y poderosos, a quienes creían integrantes de la iglesia carnal, estuvieron dictadas en parte seguramente por la posición social y el abismo que les separaba de la riqueza. No obstante, la herejía se difundió principalmente por un motivo religioso: las convicciones de grupos de élite, franciscanos de filas, devotos, aunque poco flexibles, y laicos celosos. Hay que señalar que su número fue reducido: ciento veinte miembros de la orden primera contaron los conventos de Narbona y Béziers, y aun menos en las provincias italianas. Cuando la Inquisición destruyó la base popular de la herejía en el Midi, siguieron trabajando en minúsculos grupos, unidos por la geografía o el parentesco100. Como hemos visto, Juan XXII fue quien detuvo el movimiento de espirituales y beguinos, pero paradójicamente también fue responsable de las últimas causas para que se desencadenase entre los espirituales una herejía total. «Para él…, que había trabajado en regiones cercanas a la zona de captación de los espirituales y estaba informado del problema, la cuestión no estaba en si el movimiento era peligroso o heterodoxo, sino en cuál era la forma más efectiva de sofocarlo. Los espirituales destacados que tenían protectores fueron trasladados sin castigo; terminó la rebelión de Narbona y Béziers; las enseñanzas de Olivi sobre el Apocalipsis, sometidas

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de nuevo a censura y examen101; los recalcitrantes italianos perseguidos»102. Juan XXII anuló la bula de aclaración de la regla, la Exivi de Paradiso de Clemente V, y promulgó una bula propia, la Quorumdam exigit. A través de ésta última, un inquisidor preguntaba a los frailes sospechosos si estaban dispuestos a obedecer los preceptos de la bula y si reconocían la potestad papal para formularlos. «Las preguntas ponían el dedo en la llaga, pues decir "sí" significaba renunciar a los hábitos recomendados y teatralmente pobres que recordaban las últimas palabras de San Francisco en su testamento sobre la primtiva regla, y que servían como distintivo de partido, y, en contra de la orientación de la regla, admitir el aprovisionamiento para el día de mañana, implicaba guardarlo en bodegas y graneros. Volver a la obediencia de los superiores en esas condiciones significaba renunciar a la postura individual característica y aceptar que, como Juan decia, la pobreza era importante, pero la unidad lo era más» 103. De este modo, admitir el poder papal de dispensa de la regla era abandonar la opinión, forjada por los espirituales en la batalla sobre la observancia, de que la regla franciscana, escrita bajo inspiración divina, era como el Evangelio e inalterable por las manos humanas. Cuatro frailes se mostraron inflexibles, y después de que una comisión concluyera que negar al Papa el poder de establecer los preceptos contenidos en la Quorumdam exigit era equivalente a herejía, fueron quemados en Marsella en 1318. A partir de este hecho, junto a una bula condenatoria de los grupos de frailes y terciarios no autorizados (fraticelli, frares de paupere vita, bizzochi o beghini), la Inquisición estaba dispuesta a eliminar el movimiento en el sur de Francia. En siete u ocho años los inquisidores acabaron con lo esencial de la herejía, capturando a los miembros de la orden primera que habían escapado a la red tendida en 1317 por Juan XXII y los conventuales, actuando contra los protectores de los fugitivos y los beguinos, que eran los principales partidarios laicos. «Las condenas, de cruces, peregrinaciones y hoguera, así como las presiones habituales para lograr retractaciones, fueron restándoles poco a poco el apoyo, sin dejar de suministrar de vez en cuando pequeñas hornadas para la pira, junto a cátaros y valdenses que todavía requerían cuidado en esa región»104. Hacia 1326-1327 quedó rota la espiral del movimiento105. Así terminó la crisis en el sur de Europa. La muerte de los cuatro frailes en 1318 les convirtió en mártires entre frailes fugitivos y beguinos106. «¿Sería ese golpe una de las persecuciones

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que anunciaban la apertura del séptimo sello del Apocalipsis y la nueva era de la historia?»107. A Juan XXII se le identificó con el Anticristo místico que, según la profecía, atacaría a Francisco y sus seguidores; más cuando en 1322-1323 el Papa realizó una declaración dogmática sobre la pobreza 108 de Cristo y los Apóstoles en un sentido antifranciscano, que reforzó la certidumbre en su condición de enemigo de los elegidos. Fue así como se extendió la herejía a través de una reacción en cadena, por la que beguinos y otros se reafirmaron en sus convicciones. «Las decisiones de Juan hicieron buena la opinión de que él era el Anticristo, y precipitaron la discusión, de los acontecimientos presentes, a la cuestión de la proximidad de la séptima edad de la Iglesia. Las esperanzas escatológicas hicieron a los adeptos más firmes en su fe; la Quorumdam exegit les determinó a no ceder sobre los hábitos y los graneros; las cremaciones proporcionaron nuevos santos, núcleo de una Iglesia espiritualmente opuesta a la carnal del papa y los prelados. Pero los efectos no podían durar, la perseverancia de la Inquisición pronto eliminó a los pocos recalcitrantes y obligó a otros a la retractación»109. La solución de Juan XII fue eficaz, pero indiscriminada. La Quorumdam daba a entender que herejía «había llegado a consistir en oponerse a los mandatos del papa», ya que el enfoque autoritario de los problemas de la doctrina fue característico de Juan XXII. Administrador impaciente, su decisión sentó las bases para una acción inquisitorial. Posteriormente, y en controversia con toda la orden franciscana, adoptó decisiones sobre la pobreza que resultaron imprudentes, fácilmente atacables e inadecuadas. Su falta de tacto contribuyó a suscitar otra revuelta de franciscanos, de modo que al final de su pontificado no sólo había fraticelli de paupere vita, herederos de los espirituales de la orden primera, sino también fraticelli de opinione, antiguos miembros de la orden que se oponían a aua resoluciones sobre la pobreza de Cristo. Sin embargo, la herejía contaba con una larga gestación a partir de las ideas de los beguinos. «Juan XXII estimuló inconscientemente determinados excesos, pero no dio vida por completo a la herejía. Su esencia estuvo en la exageración»110. Desde los primeros tiempos, la pobreza había sido una preocupación fundamental de los franciscanos, pero los frailes espirituales sin preparación y los beguinos la convirtieron en una cuestión crucial previa a la Iglesia, una postura muy distinta a la de San Francisco. El efecto multiplicador de disputas, represiones y ansiedad de los rigoristas fue avanzar en la desvirtuación de

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las bases de la ética cristiana, reduciéndola a tan sólo la renuncia a los bienes y la indigencia en la vida cotidiana. Fue en este marco donde el joaquinismo y la expectación sobre un cambio cósmico inminente aumentaron la distorsión. La intensificada batalla entre el bien y el mal, en vísperas del fin del mundo se convirtió en una batalla sobre la observancia de la pobreza. «El sectarismo hacía de los escritos de un fraile devoto y con capacidad para el pensamiento especulativo y con afición al Apocalipsis una enseñanza análoga a la de Pablo o la de los cuatro doctores de la Iglesia y convertía la regla franciscana, en la que había inspiración divina, en un escrito que se situaba al nivel de los mismo Evangelios» 111. Así fue como la batalla de la obediencia condujo a una postura que rechazaba toda la Iglesia visible, indentificaba al papa con el Anticristo místico y esperaba el final de la jerarquía eclesiástica. Las generaciones más jóvenes minimizaban los peligros del profetismo: si las profecías eran falsas, los acontecimientos lo demostrarían (esto explica la larga tolerancia de la especulación pseudojoaquinita). La herejía del Midi mostró lo erróneo de ese punto de vista. Las exageraciones de pobreza mostraron aspectos de una mentalidad morbosa que alcanzaban a toda la orden franciscana, y a través de la crisis joaquinita los franciscanos llegaron a sus niveles de reflujo más bajos en el siglo XIV. Los acontecimientos de principios de ese siglo demostraron cómo podía surgir una herejía popular desde dentro de la Iglesia. A fines del pontificado de Juan XXII, en 1334, la lista de herejías populares y de movimiento de disidencia religiosa se había incrementado: los apostólicos, los rebeldes de Dulcino, los franciscanos espirituales extremistas y su desbordamiento en los terciario y begardos del sur de Francia y los fraticelli de Italia, los místicos heréticos y seguidores del Libre Espíritu en Alemania y Bohemia. Con el nuevo papa, Benedicto XII, el ritmo de la actividad amainó. El tiempo y las persecuciones periódicas fueron socavando paulatinamente la herejía. Dulcino y los apostólicos habían sido un brote aislado. Los beguinos del sur de Francia sufrieron una actividad inquisitorial intensiva durante los años de 1320, después ocasionaron escasas preocupaciones. Los intelectuales franciscanos que se habían unido a Miguel de Cesena, instalados en el refugio de Munich concedido por Luis de Baviera, suponían tan sólo un desafío cultural, sin que la austeridad de su vida alcanzase notoriedad popular, y se pagaban a mediados de siglo con la muerte de sus fundadores. En Italia, especialmente en el sur, y en

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minúsculos grupos por otros lugares, los fraticelli que no admitieron las resoluciones de Juan XXII, llevaban una existencia sorda y anodina. «Sectarios hasta el fin, polemizaban entre ellos por cuestiones como a quién acogería el Salvador en una nueva era. Muy corrientemente anatematizaban a todo el que prestase obediencia a Juan XXII y sus sucesores, pretextando que sus decisiones sobre la pobreza eran heréticas y la práctica de la Iglesia y la de la orden franciscana, infiel a los mandamientos de Cristo. Pero no esgrimieron argumentos nuevos, manteniendo intactos los motivos de su ataque a Juan XXII, apoyados en la reverencia popular a su austeridad. En Florencia gozaron de un influjo particularmente prolongado. Correspondió a los santos franciscanos del siglo XV Capistano y Jacobo de la Marca, que combinaron vida de auténtica pobreza y ortodoxia, acabar con los vestigios de la rebelión. El último eco que sobre ello ha quedado recogido fue un juicio celebrado en Roma en 1466»112. En definitiva, aunque los franciscanos espirituales tuvieron algunos protectores importantes, su caso no podía suscitar, por su naturaleza, una revuelta importante contra la Iglesia. Los fraticelli practicaron una indigencia real, inexistente en la ortodoxia. La base de la popularidad de los espirituales la constituyó la práctica de la pobreza y no el carácter de las ideas contenidas en su protesta. La tragedia de las disputas, solventadas de forma expeditiva tras 1316, fue que perdieron los idealistas. Y ese fue el final de la historia.

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BIBLIOGRAFIA • Eco, U.: El nombre de la rosa, Lumen, Barcelona, 1987. • Lambert, M. D.: La herejía medieval, Taurus, Madrid, 1986. • Cohn, N.: En pos del milenio, Barral, Barcelona, 1972. • Fliche, A.: Historia de la Iglesia de los orígenes a nuestros días, EDCEP, Valencia, 1974. • Mitre, E.: Las grandes herejías de la Europa cristiana (380-1520), Istmo, Madrid, 1983. • Enciclopedia de la Religión Católica, Dalmau y Jover, Barcelona, 1950. • Enciclopedia Italiana di scienze, lettere ed arti, Istituto Giovanni Trecanni, Milán, 1929.

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U. Eco, El nombre de la rosa, Lumen, Barcelona, 1987. p. 18. U. Eco, op. cit., p. 18. 3 Enciclopedia de la Religión Católica, Dalmau y Jover, Barcelona, 1950, p. 872. 4 Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 873 5 Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 873 6 U. Eco, op. cit., p. 18. 7 Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 1438 8 U. Eco, op. cit., p. 19. 9 Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 1439 10 U. Eco, op. cit., p. 20. 11 Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 873 12 Los minoritas fueron enemigos del Papado, especialmente Ockham. Éste, perseguido por la autoridad eclesiástica de Oxford, fue llamado a Aviñón en 1324 para justificarse ante el Papa. En 1328 huyó de la sede pontificia y rompió con Juan XXII a propósito de la cuestión de la pobreza y la posesión de bienes temporales por los eclesiásticos. Ockham se refugió en la corte de Luis el Bávaro en Pisa y más tarde (1329) en Munich, donde inició sus escritos políticos contra Juan XXII y en defensa del emperador y la potestad civil. Los minoritas obtuvieron, al lado de Marsilio, el favor imperial frente al Papa. Así, Miguel de Cesena, Ubertino de Casale, Bonagracia de Bérgamo y el mismo Ockham se convirtieron en consejeros del emperador, inexperto en teología. Marsilio de Padua y Juan de Jandún establecieron en la obra Defensor Pacis una teoría imperial de autodominio, que fue condenada por el Papa en 1327. La cuestión dio lugar a una controversia acerca del origen y las relaciones del poder secular y el espiritual, a raíz de la cual los defensores de Luis representaron el cesaropapismo, y los partidarios del Papa, Agustín Triunfo y Alvaro Pelazo (en su obra De Plancta Ecclesiae), defendieron el poder exclusivo del Papa en materia eclesiástica. 13 Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 1439 14 M. D. Lambert, La herejía medieval, Taurus, Madrid, 1986, p. 211. Sobre la Orden franciscana existen interesantes estudios: M.D. Lambert, Franciscan Poverty: The Doctrine of the Absolute Poverty of Christ and the Apostles in the Franciscan Order, 1210-1323, Londres, 1961; J.R.H. Moorman, A History of the Franciscan Order from its Origins to the Year 1517, Oxford, 1968; R.B. Brooke, Early Franciscan Goverment, Elias to Bonaventure, Cambridge, 1959. 15 M. D. Lambert, op. cit., p. 201. 16 M. D. Lambert, op. cit., p. 201. 17 Gregorio IX en su Bula Quo eleganti, de 28 de septiembre de 1230, tras afirmar conocer el espíritu y deseos de san Francisco por haber colaborado en la confección de la Regla, declara que el testamento no es obligatorio, puesto que no ha sido aprobado por ningún Pontífice, y el santo no podía imponerlo a la Orden. 18 M. D. Lambert, op. cit., p. 202. 19 Lambert señala este hecho, la adaptación de la vida de la orden, como un punto de polémica, bien por considerarse errónea o acertada. En todo caso, la transformación y difusión de la piedad franciscana contribuyó en gran medida a la derrota del catarismo, y favoreció a un cuerpo clerical situado en las universidades, con técnicas de predicación avanzadas, y privilegios para asumir todas las obligaciones del clero secular. 20 Testamento analizado por K. Esser, Das Testament des heiligen Franziskus von Assisi, Münster, 1949. 21 M. D. Lambert, op. cit., p. 202. 22 M. D. Lambert, op. cit., p. 203. 23 Existe un destacado estudio sobre Ubertino a cargo de Godefroy, «Ubertin de Casale», DTC, XV, cols. 2020-2034, y un notable esbozo, L. Oliger, «Spirituels», DTC, XIV, cols. 2522-2549. 24 M. D. Lambert, op. cit., p. 203. 25 La Declaración de Inocencio IV en 1245 afirmaba respecto al tema de la pobreza que la propiedad de los inmuebles conventos e iglesias- pasaba directamente a la Santa Sede, de no reservársela los bienhechores, y respeto al uso del dinero por los procuradores, era lícito, no sólo en los casos de enfermedad, sino para las conveniencias, en general, de los frailes. Ya en la Bula Quo eleganti de Gregorio IX, amigo y confidente de san Francisco, se reconocía respecto a la pobreza que la propiedad de los inmuebles queda en mano de los bienhechores, y los frailes tienen de ellos y de los demás objetos de las casas el mero uso precario. Igualmente reconocía, respecto al uso del dinero, que éste estaba prohibido a los frailes, creándose una institución -los nuncios o procuradores-, para que lo recibieran al ser ofrecido por los fieles y lo gasten a inidicación y provecho de los frailes. 26 M. D. Lambert, op. cit., p. 204. 27 M. D. Lambert, op. cit., p. 204. 28 Lambert señala que la controversia intelectual tuvo, en menor grado, un efecto similar al de los conflictos sobre Wiclef en Praga a principios del siglo XV: las cuestiones, indecisas durante mucho tiempo, originaron partidos divididos encarnizadamente y convirtieron un conflicto intelectual en lucha popular. 29 M. D. Lambert, op. cit., p. 206. 30 U. Eco, op. cit., p. 65. 2

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A. Fliche, Historia de la Iglesia, Edcep, Valencia, 1974, p. 324. Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 793 33 Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 793 34 Los errores joaquinitas acerca del dogma de la Trinidad fueron condenados en este Concilio «sin hacer mención de su persona, porque había sometido sus obras a la Santa Sede…». Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 1088. 35 «Quaedam res est Pater, et Fiulius et Spiritus Sanctus, et illa non est generans, atque genita, nec procredens ». 36 Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 793 37 Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 793. En la figura de este personaje precursor, quizá Joaquín quiso referirse a él mismo. 38 La condena de la corrupción por Joaquín de Fiore llevó a sus discípulos a afirmar que la ley evangélica era imperfecta, y que debía ir seguida de otra más perfecta, la cual era la ley del Espítitu, que debía ser eterna. «Esta ley del Espíritu no era otra cosa que la colección de las máximas de una falsa espiritualidad, de las que los floriacenses hacían profesión, y se contenían en un libro al que ellos daban el nombre de Evangelio eterno». Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 1088. 39 M. D. Lambert, op. cit., p. 206. Ubertino afirma respecto a la venida del papa angélico: «…el abad Joaquín dijo la verdad. Estamos ya en la sexta era de la historia humana, en la que aparecerán dos Anticristos, el Anticristo místico y el Anticristo propiamente dicho. Esto es lo que sucede en la sexta época, después de que Francisco apareciera para encarnar en su propio cuerpo las cinco llagas de Jesús Crucificado. Bonifacio fue el Anticristo místico, y la abdicación de Celestino no fue válida… ¡Benedicto XI fue el Anticristo propiamente dicho, la bestia que sale de la tierra». 40 «Fui arrebatado por el Espíritu…y oí tras de mí una gran voz, como de trompeta, que decía, "yo soy el Alfa y la Omega…"». 41 M. D. Lambert, op. cit., p. 208. 42 M. D. Lambert, op. cit., p. 208. 43 M. D. Lambert, op. cit., p. 208. 44 M. D. Lambert, op. cit., p. 208. Entre los autores franciscanos se convirtió en tópico identificar a San Francisco con el ángel del sexto sello del Apocalipsis, que en la hipótesis joaquinita anunciaría la nueva era. 45 Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 794. El éxito del Islam con Saladino le dio un indicio de que la tercera era no estaba lejana: representaba el requerido aumento de la opresión sobre la Iglesia. 46 Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 794 47 M. D. Lambert, op. cit., p. 213. 48 A raíz de esta cuestión se desataron polémicas a cargo de figuras religiosas de gran talla, como el Beato Juan de Parma -adherido a la causa espiritual- y su sucesor en el generalato de la Orden Seráfica de San Buenaventura. 49 Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 794 50 Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 1088 51 El Evangelio eterno contenía elementos originariamente fundados en interpretaciones místicas de varios pasajes de las Sagradas Escrituras. 52 Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 1089 53 Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 987 54 Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 987 55 Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 987 56 M. D. Lambert, op. cit., p. 213. 57 M. D. Lambert, op. cit., p. 214. 58 M. D. Lambert, op. cit., p. 214. 59 M. D. Lambert, op. cit., p. 214. 60 Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 694 61 Los espirituales negaban a la Iglesia «el derecho de interpretar y mitigar la Regla franciscana». 62 Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 1154 63 Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 695 64 Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 695 65 Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 392 66 Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 392 67 Bernardo Guidonis, obispo de Lodeve e inquisidor, nació en Royéres en 1261 y murió en Lauroux en 1331. De muy joven ingresó en el convento dominico de Limoges y profesó en 1280. Diez años más tarde fue nombrado prior de Abbi y, posteriormente, de Carcasona, Castres y Limoges. Juan XXII, en recompensa por los servicios prestados como inquisidor de Tolosa, le nombró obispo de Tuy, y un año más tarde, obispo de Lodeve. Bernardo fue uno de los más prolíficos escritores medievales. Entre sus obras destacan: Fleurs des chroniques, crónica universal que abarca hasta 1331; Chronique abrégée des empereurs; Chronique des rois de France; Traité sur les saints du 32

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Limousin; Sanctoral ou Miroir des saints; Traité sur les soixante-douze disciples et sur les apôtres; y su obra más importante, Pratique de l'inquisition. 68 U. Eco, op. cit., p. 257. En efecto, Bernardo afirmaba: «Que mis hermanos recuerden lo siguiente: un cingulum diaboli liga a los perversos seguidores de Dulcino con los honrados maestros del capítulo de Perusa. No olvidemos que ante los ojos de Dios los delirios del miserable que acabamos de entregar a la justicia [Remigio] no se diferencian de los de los maestros que se hartan en la mesa del excomulgado de Baviera». En U. Eco, op. cit., p. 407. Al respecto, Michele da Cesena comentaba a Guillermo de Baskerville «me doy cuenta de que las resoluciones del capítulo de Perusa han sido utilizadas por los teólogos imperiales para decir más de lo que nosotros quisimos decir. Quiero que la orden franciscana sea aceptada, con sus ideales de pobreza, por el papa. Y el papa tendrá que comprender que, sólo si la orden adopta la idea de pobreza, podrá reabsorber sus ramificaciones heréticas. Debo impedir que la orden se disuelva en una pluralidad de fraticelli. Iré a Aviñón y si es necesario haré acto de sumisión ante Juan. Trnasigiré en todo, menos en el principio de la pobreza». En U. Eco, op. cit., p. 476. Michele partió hacia a Aviñón, donde permaneció durante cuatro meses. Acusado de cómplice de los herejes por Juan XXII, huyó a Pisa junto a Guillermo de Ockham, Bonagrazia da Bergamo, Francesco d'Ascoli y Henri de Talheim. Finalmente, Juan consiguió reemplazar al general de los franciscanos. 69 U. Eco, op. cit., p. 64. 70 Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 423 71 Ubertino escribió además otras obras de carácter polémico: Responsio (1310), Rotulus (1311), Declaratio (1311), Sanctitati Apostolicae (apología de Olivi) y el tratado Super tribus sceleribus (1311). 72 En el libro primero, menciona la leyenda de la resurrección de San Francisco, según la cual Cristo resucitó al Santo para consuelo de sus frailes, los cuales, en opinión de Ubertino, eran sólo los espirituales. 73 U. Eco, op. cit., p. 68. 74 Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 1192 75 Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 1193 76 Él fue autor de una obra llamada Dialogo contra i Fraticelli. 77 Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 1193 78 U. Eco, op. cit., p. 84. 79 M. D. Lambert, op. cit., p. 210 80 Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 1161 81 Los apostólicos tenían un único hábito, mientras que la regla franciscana permitía dos; seguían prácticas como el despojarse de todas sus ropas y dividirlas de nuevo entre ellos, dando a entender su total desprendimiento de la propiedad individual, y se hacían llamar no minores como la orden oficial, sino minimi. 82 Ambos papas, Honorio IV y Nicolás IV, los señalaron como conculcadores de un decreto del segundo concilio ecuménico de Lyon por fundar una orden mendicante con enseñanzas heréticas. 83 M. D. Lambert, op. cit., p. 211. 84 «Haced penitencia, pues se acercará el reino de los cielos». 85 U. Eco, op. cit., pp. 271-275. 86 Entre la bibliografía relativa a Dulcino, la Enciclopedia Italiana recoge las siguientes obras: Historia fr. Dulcini haer. e additamentum, ecc., en Muratori, Rer. It. Script., IX, 423 y ss.; Bernardo Gui, Practica inquisitionis heretice pravitatis, ed. Donay, París, 1886, p. 340 y ss.; F.C. Schlosser, Abälard und Dulcin, Gotha, 1807; C. Baggiolini, Dulcino e i Patareni, Novara, 1838; I. Krone, Fra Dulcino und die Patarener, Lipsia, 1844; L. Mariotti, A historical memoir of fra Dulcino and his times ecc., Londres, 1853; F. Tocco, Gli Apostolici e fra Dulcino, in Arch. Stor. Ital., XIX (1896), p. 241 y ss.; Orsini-Begani, Fra Dulcino nella storia e nella tradizione, Milán, 1901; G. Volpe, Movimenti religiosi e sette ereticali nel Medioevo, Florencia, 1923; A. Aspesi, L'angelo di Tiatira, Turín, 1931. Dante le menciona en su Comedia. 87 Enciclopedia de la Religión Católica, op. cit., p. 842. 88 «…el jefe fue capturado; su cuerpo, destrozado y arrojado al fuego y sus discípulos aniquilados. No obstante, algunas ramificaciones de la secta hicieron su aparición en España en 1315; los hubo también en Cracovia. Juan XXII hubo de tomar medidas contra ellos en 1318, y el Concilio de Narbona los mencionó todavía en 1374». ERC 842. 89 U. Eco, op. cit., pp. 275-276. 90 U. Eco, op. cit., p. 243. 91 Lambert 12. Töpfer ha analizado este tema en «The "third-Reich", a Fifteenth-century Polemic against Joachimism and its Background», JWCI, XVIII, 1955. 92 U. Eco, op. cit., pp. 278-280. 93 U. Eco, op. cit., pp. 284-285. 94 M. D. Lambert, op. cit., p. 215. 95 M. D. Lambert, op. cit., p. 216.

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«…el aniversario de su muerte se conmemoraba como día de fiesta, las peregrinaciones a su tumba incrementaron las conversiones al espiritualismo, la exégesis joaquinita le convirtió en el ángel del séptimo sello, cuyo rostro resplandecía como el sol». Reflejado por R. Manselli, Spirituali e Beghini in provenza, Roma, 1959, pp. 164-167. 97 U. Eco, op. cit., p. 183. 98 Olivi y sus seguidores se oponían resueltamente a los cátaros y a los valdenses, en los que veían miembros del Anticristo, y difícilmente puede haber ningún síntoma de interpenetración doctrinal entre el catarismo y la herejía espiritual. 99 N. Cohn, En pos del milenio, Barral, Barcelona, 1972, p. 179. 100 Lambert señala que «no hubo compromiso popular, en forma de afiliados o protectores, que pueda compararse a la escala que conoció el catarismo». 101 La Lectura, de Olivi, no fue definitvamente condenada hasta 1326, pero su tumba fue destruida en los inicios del pontificado y la posesión de sus libros considerada acusatoria. 102 M. D. Lambert, op. cit., p. 218. 103 M. D. Lambert, op. cit., p. 218. 104 M. D. Lambert, op. cit., p. 219. 105 Aunque se realizó una nueva persecución posterior en Languedoc y aparecieron casos en Mallorca y en otros países. 106 Las cenizas de los quemados fueron recogidas y veneradas como reliquias. Gagliarda, esposa del notario Bernardo Fabri, confesaba haber dicho sobre tales reliquias guardadas en su casa: «si sois huesos de santos, ayudadme». 107 M. D. Lambert, op. cit., p. 219. 108 Guillermo comentaba a Adso: «Pero lo que importa no es si Cristo fue o no pobre, sino si la iglesia debe o no ser pobre. Y la pobreza no se refiere tanto a la posesión o no de un palacio, como a la conservación o a la pérdida del derecho de legislar sobre las cosas terrenales». 109 M. D. Lambert, op. cit., p. 220. 110 M. D. Lambert, op. cit., p. 222. 111 N. Cohn, op. cit., p. 187. 112 M. D. Lambert, op. cit., p. 224.

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ÍNDICE

PRESENTACIÓN

EL ESCENARIO HISTÓRICO

CAPÍTULO I

LOS PROTAGONISTAS

CAPÍTULO II

LA CUESTION FRANCISCANA

CAPÍTULO III

JOAQUIN DE FIORE Y LA DOCTRINA JOAQUINITA

CAPÍTULO IV

PEDRO JUAN OLIVI

CAPÍTULO V

LOS ESPIRITUALES FRANCISCANOS

CAPÍTULO VI

LOS FRATICELOS

CAPÍTULO VII

GERARDO SEGARELLI Y LOS APOSTÓLICOS

CAPÍTULO VIII

FRAY DULCINO

CAPÍTULO IX

LA HEREJÍA POPULAR

BIBLIOGRAFIA NOTAS

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