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Francisco Ojeda: El monstruo ante el espejo

EL MONSTRUO ANTE EL ESPEJO

La Convención Constitucional se disolvió en el plazo previsto. A pesar de grandes dificultades, logró lo que hace un año, conviene recordar, se consideraba improbable: elaborar un proyecto de nueva Constitución en un plazo acotado y partiendo desde cero, sin siquiera reglas de funcionamiento. Aun así, los estudios de opinión nos informan que la propuesta aún tiene opciones reales de ser aprobada en el plebiscito y, sin embargo, la Convención que la produjo, se deshace en medio de una desaprobación muy mayoritaria.

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Este curioso fenómeno es multicausal, como casi todo en la sociedad. Sin embargo, si echamos un vistazo al funcionamiento de la Convención, encontraremos un paisaje familiar. Hubo sectores políticos organizados y gran presencia de independientes: entre los primeros hubo derecha radical y otra liberal que se subordinó a la primera. Un centro fragmentado y testimonial, una centroizquierda partisana e independiente, y una izquierda de elite universitaria e izquierda radical partisana. Nada demasiado distinto de lo que vemos en los últimos parlamentos. Individualmente, hubo aportes de profesionales, cuya escucha nos enseñó a todos, como otros que nos evocaron la inevitable pregunta de cómo pudo llegar a tan alta instancia una persona tal. Tampoco muy distinto de lo que podemos ver en nuestros ambientes laborales.

Todos hemos experimentado en algún momento de nuestras vidas la incomodidad de lo que nos muestra el espejo, así como la incredulidad al escuchar nuestra propia voz grabada. No nos reconocemos en lo que vemos ni en lo que oímos. Los mayoritarios convencionales independientes, comprendieron rápidamente algo que repele a la ciudadanía que los eligió: que la constitución es un asunto fundamentalmente político, y que, para hacer política, tenían que organizarse en bancadas, como partidos. Así, la mayoría de los independientes descubrió que los grandes medios los consideraban de extrema izquierda, pese a que ellos mismos no se identificaban así en absoluto.

Como Gregorio Samsa, contemplamos con horror lo que nos muestra el espejo. Parece ser que estamos de acuerdo en que queremos más democracia, pero la mayoría rechaza partidos de cualquier tipo, porque no quiere política: el problema es que no hay en ninguna parte del mundo una democracia sin partidos. El espejo nos mostró una sociedad quebrada, mucho más allá del eje izquierda-derecha, con un sistema político famélico, en el cual los buenos dirigentes se ahogan en un mar de individuos que velan por su propia carrera , y debilitado por la presión de gremios y medios que persiguen sus intereses particulares.

Con todo, lo que se plebiscita en septiembre no es la Convención, sino un texto claramente más democrático y reformable que el que actualmente nos rige. Si no nos gusta lo que vemos en el espejo, queda por ver si los principios y derechos que nos transmite nos generan identificación. Por lo menos no nos deberían provocar horror: la letra escrita rara vez consigue el impacto que produce mirarnos al espejo. Tal vez, si se hubiera dado cuenta de aquello, Gregorio se habría salvado.

Francisco Ojeda es Doctor en Procesos e Instituciones Políticas de la Universidad Adolfo Ibáñez, Magíster en Pensamiento Contemporáneo de la Universidad Diego Portales y Licenciado en Ciencia Política de la Pontifi cia Universidad Católica de Chile.

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