PICOTAZOS EN SERIE. Microrrelatos

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Dise単o y textos: Sergi Cambrils Ilustraciones: Internet (manipuladas)

microsergirelatos.blogspot.com www.sergicambrils.com info@sergicambrils.com


INDICE

FREAk SHOW 13 BENDICIONES Y BUENAS NOCHES 14 INEXPLICABLE 16 CAPRICHO 19 INMERSIÓN 20 EL VIEJO SOFÁ 23 CENA NAVIDEÑA 24 DULCES SUEÑOS 27 EL VIEJO ZORRO 28 EL GUANTE DE CRIN 31 LA SESIÓN 32 PORVENIR 35 PLACAS DE HIELO 36 CARRERA DE OBSTÁCULOS 39 CERRADURAS 40 DESPOJOS 43 LA HORMA DE SU ZAPATO 44 SUPERVIVENCIA 47 EL INTERRUPTOR 48 SOLEDAD 51 PUNTUALIDAD 52 LA MASCOTA 55 CONECTIVIDAD 56 PRISIONERA 59


ELECTRODOMÉSTICOS 60 SOMBRAS 63 ATÍPICA 64 MIL MARAVILLAS 67 MODAS 68 ¡¡ OOOOOOOOOOHHH !! 71 AMOR DULCE 72 OTRA ÓRBITA 75 MIGRACIONES 76 PERRO DE COMPAÑÍA 79 SERPIENTES 80 TIC-TAC 83 EL ALBERGUE 84 PUÑOS MORTALES 87 LA MATANZA 88 OCHO VOCES 91 FUE NOTICIA 92 LO DE CADA UNO 95 PEREZA 96 EL HORARIO 99 LOS LIMPIADORES 100 FIN DE LA CITA 103 RABIETAS 104 CUALQUIER NOCHE LOS GATOS… 107


OJO AVIZOR 108 ENTRAR AL TRAPO 111 METAMORFOSIS 112 AROMAS DE PAPEL 115 PAPELEOS 116 EL SUPERVIVIENTE 119 LLUVIA 120 EL ABUELO 123 DURA DE PELAR 124 EL ESPECTÁCULO 127 LA CARRERA 128 POR BULERIAS 131 SALUDARSE 132 EL REFUGIO 135 UN FINAL 136 NADIE NOTA NADA 139 EL INODORO 140 SEGUIR LA ESTELA 143 VIGILANCIA 144 CAPRICHOS DE LANATURALEZA 147 CELEBRACIÓN 148 LA MUTANTE 151 TODO LO BEBIDO 152 EL MIURA 155


FAMILIA 156 CORAZÓN DE RESINA 159 MALA COMUNICACIÓN 160 BAÑO DE AMOR 163 COSTUMBRE ELECTORAL 164 DOMINGO 167 TODO SE GIRA 168 SEÑALES 171 RUINA DE HORMIGÓN 172 “YATEKOMO” 175 EL UNGÜENTO AMARILLO 176 ESPECTRO 179 LA INVASORA 180 TEORÍA DEL COLOR 183 LA BANDA DEL DIRECTOR 184 TODOPODEROSO 187 SUSTANCIA CICLISTA 188 NIÑO 191 EL OSO 192 EL SILENCIO DE LOS PREMIOS 195 «B» 196 TRASPLANTES 199 COSQUILLAS 200 LA PITONISA 203


EL MISTERIO DE LOS CALCETINES 204 NO ME FIO 207 LA PAREJA 208 LA ALMOHADA 211



Cien microrrelatos ilustrados de unas cien palabras que te picotean el cuerpo en un plis-plas


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FREAK SHOW

Al caerse mis dientes de leche los nuevos que se formaron fueron todo muelas. Ni incisivos ni caninos ni premolares. Se configuró una dentadura descomunal de treinta y dos anchas coronas que molían y machacaban cualquier cosa. A la hora de comer me llamaban “la apisonadora” porque ni cortaba ni desgarraba; solo trituraba alimentos. Era un monstruo con sonrisa de caballo, la atracción de feria de todos y el motivo por el que llenaban su boca de improperios para provocar mi llanto. Arrinconado en una esquina e incapaz de contenerme, conseguían hacerme llorar desconsoladamente, y descubrían fascinados el verdadero espectáculo que suponía presenciar cómo brotaban lágrimas de gelatina de mi único ojo.

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BENDICIONES Y BUENAS NOCHES

La otra madrugada llamé a un programa esotérico de la radio para preguntar sobre el amor a la guía espiritual que lo conducía. Se llamaba Leonor, y además de tener una voz preciosa era especialista en cartomancia y artes adivinatorias. Me dijo que visualizara un color y que lo retuviera en mi mente. Pensé en el negro. De fondo sonaba una música misteriosa mientras me hablaba con bastante indeterminación sobre aspectos de mi vida para concluir diciéndome: «Cariño, estás cargado de malas energías y necesitas una limpieza del aura». Ahí sí acertó de lleno; llevaba demasiado tiempo aguantando a Laura.

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INEXPLICABLE

El vaso que cae de la mesa se queda suspendido en el aire antes de impactar contra el suelo. Me acerco impresionado y compruebo que en efecto está flotando a un palmo del piso. Lo toco cauteloso. Oscila levemente como un péndulo desacompasado y vuelve al mismo punto. Ejerzo algo de fuerza hacia abajo para ayudarle a concluir el recorrido, pero no se puede, se mantiene: levitando a centímetros de la supuesta colisión. Esperaba barrer los pequeños cristales esparcidos, pero cuando ocurre algo así no hay más remedio que asumir el pequeño milagro y empezar a creer en algo más.

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CAPRICHO

En algunos mercadillos con encanto se puede encontrar de todo; solo hay que saber buscar entre el barullo de paradas. Lo que yo compré aquella mañana en lo que parecía un puesto de ropa, estaba camuflado tras telas y cajas de cartón. Nadie podía pensar que estaba en venta, pero yo enseguida lo supe. El tendero hablaba con la mirada y al captar mi interés anotó su precio en un papelito. Era razonable. Siempre quise tener uno, era de color y, aunque venía con lo básico, si abonaba el plus del transporte me lo enviaría a casa vestido de mayordomo.

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INMERSIÓN

En mi cama soy como un feto adulto, tapado hasta la cabeza con el edredón de plumas y cobijado en la calidez de ese manto de protección; con las piernas y los brazos encogidos y respirando la fragancia de unas sábanas de franela que me sumergen en un océano de lavanda. La superficie es para los valientes; ahí solo hay escarcha e icebergs, una atmosfera nívea que lo hiela todo hasta que irremediablemente suena el despertador. Y yo solo soy un simple batiscafo que navega impasible en sus propios sueños, sin contemplar ni siquiera la posibilidad de elevar el periscopio.

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EL VIEJO SOFÁ

Deslicé mi mano por una ranura de la tapicería del viejo sofá y alcancé una zona recóndita que albergaba objetos. Saqué algunas monedas de veinticinco pesetas con la cara del Caudillo, varios cromos de “D’Artacan y los tres mosqueperros” y una cinta de cassette en la cual se leía “especial gasolineras”. Había más cosas. Me emocioné. Así que, como un buzo que prepara su inmersión a las profundidades, me equipé con mi escafandra de ir por casa y me introduje de cuerpo entero por aquella hendidura hacia un mar de polvo y ácaros que seguramente escondía más tesoros del pasado.

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CENA NAVIDEÑA

Quería regurgitar la medalla de oro y lapislázuli con la que me condecoraron en Navidad. Arrodillado frente a la taza del váter y sujetándome la cabeza para aplacar la intensidad de las vueltas, me provoqué el vómito introduciéndome en la garganta los dedos índice y corazón. Las únicas cosas que pude expulsar de mi estómago fueron: primero un espeso pisto lleno de tropezones que olía a vino agrio, luego un jugo semilíquido del mismo color que el orujo de hierbas y, al final, después de rastrear minuciosamente la papilla nauseabunda que obstruía el inodoro, viscosidades verdemar, hilachas de babas traslúcidas y hálitos de bilis.

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DULCES SUEÑOS

Quería saltar del borde de la acera para zambullirme en un asfalto que ya no era de hormigón, sino más bien de una espesa crema marrón. Palpé el pavimento mantecoso sumergiendo mi mano y después de relamerme comprobé que era de chocolate con leche. La circulación era casi inexistente, y, aun así, cruzar aquella amplia avenida de tres carriles por sentido con el fin de llegar al otro lado de la calle era para cualquier peatón una odisea. Todo acabó cuando, repentinamente y atravesando las nubes, una enorme pieza circular que llevaba grabado el nombre de mamá lo destrozó todo.

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EL VIEJO ZORRO

La violencia con la que un viejo invidente movía su bastón para abrirse paso en una estrecha y concurrida callejuela me marcó para siempre. La gente, conmovida por la pena de su limitación, iba apartándose sin recriminarle el peligro que suponían sus desaforados bandazos de izquierda a derecha. Me hallé frente a sus pasos, ajeno a la evasión del tumulto y sin advertir la punta de un estilete camuflado que sobresalía de la base de su báculo de madera. Intenté esquivar su frenética esgrima, pero no pude librarme de una gran zeta que desde ese día marca mi vasta frente.

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EL GUANTE DE CRIN

Uno que se ducha mucho lo hace cuando el sudor se instala en su piel y cuando cree que su transpiración infecta la atmósfera y las de su alrededor. Por eso, su ritual de limpieza es como mínimo tres veces al día, y en ocasiones algunas más. Cuando su sensación de suciedad y gérmenes es inadmisible, masculla, bajito y disimuladamente, un «ahora vengo enseguida» y aprovecha que su casa está cerca para volver a hacerlo. Frota tan salvajemente su desgastada epidermis que cuando la ve al rojo vivo no piensa que ese deleite obsesivo contribuye a descarnar su identidad.

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LA SESIÓN

El fotógrafo que visité, capaz de crear belleza encerrando el tiempo con su cámara, exhibía en las paredes del pasillo algunas tristezas que yo nunca colgaría en mi casa. Antes de pasar al estudio donde me esperaba, me detuve a contemplarlas. Estaban bien enmarcadas, con un listón de madera natural, cristal y paspartú blanco. Curiosamente, olvidó colocar la última instantánea que formaba el grupo; las fotos seguían una determinada disposición: primero una mujer inexpresiva, luego otra disgustada, otra asustada, llorando, gritando, con los ojos morados, con cortes, ensangrentada… como en progresión, en serie.

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PORVENIR

Nada sucede de manera natural, los Poderes Invisibles que pertenecen a unos pocos tocados por Belcebú lo controlan casi todo sin levantar sospechas. Mueven los hilos desde las sombras y nos hacen ver lo que quieren que veamos. Sin brusquedades, en pequeñas dosis, para que todo se entienda como algo propio del desarrollo. El cambio necesario resurge aparentemente cada cierto tiempo en nuevas fuerzas políticas que arañan en la condición humana. Y los elegidos, ocultos en zonas desconocidas, se ríen a carcajadas mientras trajinan con varias décadas por delante los sufrimientos y las desgracias que, sin saberlo nosotros, están por venir.

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PLACAS DE HIELO

Abro la nevera para gritar, para congelar mis palabras de rabia. Meto la cabeza y explosiono frases cortas, directas, sin medias tintas. Una retahíla de ellas acaba con insulto final, como quien marca la pared de un puñetazo para desahogarse. Él, en cambio, está en el comedor con todos, sin que nadie intuya cómo es en realidad. “Saco el postre”, les digo. Y, sometida brevemente a esa tonificación glaciar, se endurecen mis lágrimas, se estiran los vestigios de pena en mi expresión y se transforma el odio en punzantes témpanos de hielo, todos incrustados como escarcha al fondo del frigorífico.

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CARRERA DE OBSTÁCULOS

Se encontraron en la avenida cuando al hombre duro le dio por embestir al tranvía de su ciudad. Desde el extremo opuesto y siguiendo la vía férrea, igual que lo haría un atleta por su calle en una pista de atletismo, se situó correctamente: retrasó el pie, hincó la rodilla en el suelo, extendió sus brazos sobre una línea imaginaria y, concentrado en su objetivo, flexionó la cabeza hacia delante esperando la señal acústica. La salida resultó nula. Aun así, explosivo como una liebre, la ignoró y dio potentes zancadas para arremeter con furia contra aquella máquina cargada de pasajeros.

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CERRADURAS

El cerrajero instaló en la puerta del sigiloso vecino varios mecanismos de seguridad. Según el técnico, era importante que no tuviera una sola cerradura, ya que si conseguían forzarla, por muy blindada que fuera la puerta podrían acceder igual a la vivienda. Además del cerrojo principal le colocó de arriba abajo un compendio de cierres con pestillo de acero y cadenas metálicas, varias aldabas entre esos rodetes y un dispositivo sonoro en el bombín que activaba un escudo interno. Desde entonces, cada vez que entraba y salía de su casa, la discreción a la que nos tenía acostumbrados era otra.

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DESPOJOS

Me encantaba visitar el museo de mis propios despojos en una pequeña planta baja que mi siniestra familia había alquilado. Con muy buen criterio dividieron la exposición en tres partes bien diferenciadas: cabeza, tronco y extremidades. Y, siguiendo ese circuito anatómico, en sus respectivas vitrinas podía encontrarme la extirpación de mis ojos, lengua y orejas, mis sesos diseccionados y mi calavera. A continuación, aún llenos de sangre, mis pulmones, vesícula, estómago, hígado e intestinos. Y al final, desmembrados por completo, mis brazos y mis piernas con las manos y los pies amputados. Una auténtica carnicería para cualquiera que estuviera vivo.

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LA HORMA DE SU ZAPATO

Cuando el podólogo descubrió horrorizado los pies de su prometida, se juró a si mismo que los transformaría. Un día, protegido con mascarilla y guantes, se dispuso a limpiarlos concienzudamente en una solución de sosa caustica, deshaciendo en pocas horas la costra roñosa que los recubría y reblandeciendo al mismo tiempo sus pétreas callosidades. Luego los frotó con una esponja de alambre y perfiló con piedra pómez la forma podal característica. Cortó sus uñas enroscadas con una sierra de calar, las limó con lija del siete y acabó escarbando entre ellas con un palillo para extraer la fétida plastilina negra.

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SUPERVIVENCIA

Un señor bien vestido se desplomó delante de mí mientras cruzábamos el paso de cebra. Me interesé por su estado, enseguida lo atendí, pero no reaccionaba. Fingí ser médico. Le tomé el pulso y palpé su cuerpo inmóvil. Los vehículos se detuvieron y la gente se remolinó a mí alrededor observando mis maniobras de reanimación. Me agobié ante la expectación y les pedí que llamaran a una ambulancia. El revuelo permitió que deslizara con más serenidad mi mano por la parte interior de su elegante chaqueta, luego me incorporé al grupo y, con naturalidad, desaparecí de allí con la cartera.

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EL INTERRUPTOR

¿Dónde está el interruptor? me repite cada vez que la visito. Esta semana cumples los cien, le digo. Le cojo sus arrugaditas manos y la despisto hablando de cuando subía aquellas empinadas escaleras de su casa, cargada con un pesado barreño de ropa mojada y dispuesta a tenderla en el tejado. ¿Te acuerdas abuela? Lo tenías terminantemente prohibido por todos, pero tú igual lo hacías, eras tozuda como una mula. Por un momento, al oír esa historia del pasado, se le dibuja una sonrisilla pícara reconociendo sus diabluras, pero enseguida se marchita y vuelve a insistirme en lo del interruptor.

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SOLEDAD

El verdadero sonido de vivir es muy característico. Es parecido al rumor de esas viejas neveras que trabajan inagotables; como un murmullo interno, un lloro sin lágrimas que anuda la garganta y exhala silbidos de niebla. Un bisbiseo continuo que se integra con los demás sonidos del día para contribuir en el ritmo, la melodía y hasta en la banda sonora de una trepidante vida. Hay quienes evitan como sea oírlo en su individualidad y, al llegar a casa, lo funden con la voz de la radio, los chismes de la televisión o incluso con una conversación vacía de pareja.

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PUNTUALIDAD

Aquella tarde plomiza, justo unos minutos antes de las ocho, cuando me encontraba disparando a bocajarro a un tipo que acorralé en un callejón sin salida, ni siquiera sabía por qué lo hacía. No lograba recordar los motivos que me llevaban en ese preciso momento a tan salvaje y cruento acto. El caso es que estaba allí, frente a aquel individuo desconocido, acribillándolo sin piedad, contemplando como se desplomaba y cubría el suelo de sangre. Miré el reloj. Lo había matado. Aunque seguía ignorando las razones. El caso es que la muerte le llegó puntual. A las ocho en punto.

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LA MASCOTA

Tenía una hiena como mascota. La llamaba “Demoníaca” porque era muy temida por los habitantes del pueblo. Devoraba todo lo que caía entre sus fauces pero, aun así, no era carroñera como la solían llamar algunos indeseables, sino una fabulosa cazadora. Toda la carne que consumía se la ganaba peleando. Cada vez que salíamos a pasear nos sentíamos amenazados, era impetuosa y se volvía loca con la gente. Yo la sujetaba como podía con la correa, aguantando su bestial empuje, y cuando emitía su peculiar carcajada histérica entendía que debía soltarla en la plazuela para que calmara su voraz apetito.

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CONECTIVIDAD

Un tipo cabezudo, traslúcido y con más de mil vatios de potencia se aproximó con recelo a una enorme campana de metal. Esa concavidad, situada a media altura sobre una gran tabla horizontal de cuatro patas, estaba provista de un casquillo negro serpenteante que encajaba, a su vez, en un cuello flexible y orientable del mismo material. Se descalzó, se quitó los calcetines y con sumo cuidado fue enroscando sus pies en ese soporte hasta quedar completamente conectado. Se quedó semidesnudo, suspendido en una incómoda posición, le dio al interruptor y su enorme cabeza se hizo incandescente iluminando la plataforma.

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PRISIONERA

Nos vimos de repente, él hablaba por el móvil, como siempre. Había pasado mucho tiempo desde que lo dejamos. Y, en ese encuentro inesperado, sin poder esquivarlo, nos saludamos, e incluso nos dimos la mano. Yo se la di mustia, como un trapo. Él la aceptó y me la agarró fuerte. No abandonó la conversación que llevaba, seguía hablando mientras me tenía bien cogida. “Enseguida estoy contigo, cariño” me decía. Y sin soltarme llegamos al parque, anduvimos juntos bordeando el estanque de los cisnes, dimos una vuelta en barca y hasta entramos al supermercado; los dos cogidos de la mano.

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ELECTRODOMÉSTICOS

A nuestro hijo primogénito le llamamos Panasonic en honor a la anticuada televisión culona que aún conservamos en la salita. Al segundo Taurus, igual que la cafetera de goteo que sigue haciéndonos el café matutino. A las gemelas, tras dar muchas vueltas, les pusimos Zanussi y Balay, como a las dos lavadoras que todavía aguantan en la galería a pesar de las incrustaciones de cal. Y al pequeño, que justo hoy cumple cincuenta años, decidimos ponerle Fagor por el viejo calentador de gas. Es un lujo tenerlos a todos en casa y que vayan tirando, pero se les nota cascados.

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SOMBRAS

El día que el único superviviente del fatídico accidente de tráfico decidió que ya no podía soportar más aquella dichosa suerte, esperó a que cayera la noche. Se emborrachó como nunca y empezó a despojarse de su vestimenta. La dispuso como pudo en el viejo perchero de seis brazos del recibidor, colgó la gabardina y los pantalones, y arrojó el amasijo de las demás prendas en la parte superior, modelándose fortuitamente un capirote ovalado. Su estado le permitió ver en las dobleces el inconfundible perfil de su querida esposa. La contempló esperanzado. Y tras el disparo, ya estaba con ella.

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ATÍPICA

No éramos una pareja como tantas otras. Las tardes que decidíamos dar un paseo por la rambla del pueblo, yo caminaba delante de él a paso ligero y él permanecía detrás de mí, siguiéndome a varios palmos, como un guardaespaldas. No nos cogíamos de la mano porque no me gustaba dar muestras de cariño en público, me daba vergüenza. Y si durante esa salida me detenía a hablar con alguien, él también lo hacía a mi espalda, sumiso y entregado, esperando cabizbajo a que reiniciara la marcha. De esa manera nadie podía pensar o decir que éramos la típica pareja.

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MIL MARAVILLAS

Las descripciones que nacían de las habladurías de un colectivo ocioso iban creciendo en su exageración hasta convertir un simple hecho en un desbordante acto de fantasía. En un pequeño pueblo que colindaba con otro, donde al parecer los jardines crecían en el aire y los perros imitaban el maullar de los mininos, se aseguraba que durante una lluvia torrencial de truchas naranja se acercó al Ayuntamiento, bajo un paraguas chillón, una horrenda criatura con minifalda mitad mujer mitad elefante, portadora en su trompa de un delicado cuerno de unicornio y un currículum vitae para entregárselo a la señora alcaldesa.

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MODAS

Dejé el cuerpo antiguo en el armario, en la percha correspondiente. Tras pasar la mano suavemente por mi colección seleccioné otro, ya iba siendo hora de cambiar. Las modas eran caprichosas, alterables, sin criterio aparente, y lo que se consideraba rancio o trasnochado en un momento dado podía volver con fuerza y ser lo más. Viendo mí surtido de masas corpóreas y analizando diversos factores climáticos y sociales, revestí mi huesudo esqueleto convencido de que con mi sabia elección influiría en que se llevaran de nuevo los cuerpos rechonchos, de tez pálida y de mofletes colorados salpicados con graciosas pecas.

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¡¡ OOOOOOOOOOHH !!

Mi grito de Tarzán era una birria comparado con el que emitía Weissmüller en las míticas películas de los años treinta. Ese rey de los monos cinematográfico era un salvaje en taparrabos bien peinado que nunca perdía los nervios, y además poseía una portentosa capacidad pulmonar. El mío, por mucho que lo imitara con mis tres hijos varones a la vuelta del colegio, lo comparaba más a un chillido descontrolado y gallináceo que funcionaba como liberador de tensiones, equilibrador de chacras y como una sonora sirena que alertaba a los chiquillos cuando sentenciaba perseguirles con la alpargata en la mano.

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AMOR DULCE

Un señor totalmente desnudo saltaba como un niño sobre una cama, destripaba un cojín de plumas y las lanzaba a puñados por la habitación. Se reía con el roce de esa suave lluvia al caer y luego cubría su cuerpo con una sábana blanca para simular a un fantasma o a una ridícula montaña nevada. Se sentó como un jefe indio sobre el colchón, a fumar una pipa de caramelo y a deshacer en su boca el humo de una nube rosa de azúcar. En un extremo de la cama estaba estirada su maja desnuda, comiendo palomitas, sin decir nada.

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OTRA ÓRBITA

Acostado en la cama enciendo la luz de la mesilla. Cargo el móvil en ella toda la noche, sin reparar en las ondas. Me ciño el edredón hasta el cuello y que penda similar en ambos lados. Tieso como un muerto apoyo mis manos frías sobre el pecho, y noto un débil tic-tac más adentro. Miro a la izquierda: armario, escritorio y estantería. A la derecha: la ventana que da al patio. Pienso muchas cosas. Nada bueno. Del techo gravita un pequeño ovni que clarea, entro enseguida en su órbita y, con los párpados pesados, paso a un dulce letargo.

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MIGRACIONES

Si no tienes trabajo, ser el amo y señor de las palomas es relativamente fácil. Solo se requiere constancia; el tiempo ya lo tienes. Así que seleccionas un parque con muchos árboles, acumulas pan duro troceado en una bolsa grande y, un día a la semana o dos como mucho, vagas por el parque con los mendrugos para que te identifiquen. Escoges un banco, te subes en él, llenas el suelo de migas machacadas, también el banco, tu abrigo, tu cabeza, tus manos, todo. Extiendes los brazos al cielo, sientes la grandeza, respiras hondo y esperas el revuelo, las migraciones.

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PERRO DE COMPAÑIA

Un año de vida en los perros equivalía a siete en los humanos. Lo recordaba cada día porque en pocos – los suficientes como para quererlo– mí joven y precioso mastín estiraría la pata. Para no sufrir tanto esa pérdida que vendría, había decidido evitar los mecanismos de cariño: no lo achuchaba, ni lo acariciaba, ni le besaba el hocico. Solo lo sacaba a pasear y lo alimentaba con su pienso. Nada de sobras, ni recompensas, ni hablarle con afecto, ni mirarlo como a un ser querido. Le marcaba bien los límites, para que tuviera claro que solo era de compañía.

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SERPIENTES

No la besé del todo. Fue algo fugaz. Apenas un leve rocé en sus labios. Y eso no era besar. Habíamos hablado más por teléfono, primero de lo cercano, y con el tiempo de sentimientos, confidencias e incluso secretos. Algo germinaba entre nosotros. Decidimos vernos por primera vez el día de San Valentín, sin filtros, cara a cara. Yo la miré prendado, ella de arriba-abajo. Con cierto desaire accedió a que me acercara y la cogiera de la mano. No fluían las palabras, así que fui directo al grano, a su boca. Y ella, muy ágil, me hizo la cobra.

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TIC-TAC

Un joven periodista preguntaba a un grupo de chalados cómo reproducirían ellos el sonido que emitía el segundero de un reloj. Al parecer sus respuestas eran para un popular magazine de televisión. -¡Toc-toc, toc-toc! –respondió uno repeinado, unicejo y con gafas de pasta. -¿Cómo si golpearan a una puerta? –se cachondeaba el periodista por sus pocas luces. -¡Tiz-taz, tiz-taz! –exclamó otro al que le faltaban los dientes. Entonces, alguien vestido como un superhéroe surgió de repente, sujetó con una mano la barbilla del malintencionado reportero y con la otra le abofeteó la cara al compás de un marcado ¡pim-pam, pimpam!… 83


EL ALBERGUE

El pequeño Eduardo era muy madrugador, incluso los fines de semana. Mientras todos dormían, él se dedicaba a rondar por el cementerio. En ese lugar, más allá de lo fúnebre y lo macabro, se sentía bien, apreciaba su encanto y valoraba que todo estuviera tan bien cuidado y limpio. Le gustaba palpar los relieves de las lápidas, leer las sentidas dedicatorias, oler las flores que iban reponiendo y observar las fotografías de los allí yacentes. No advertía tumbas herméticas ni sepulcros de muerte, sino más bien un albergue de pequeños dormitorios individuales donde sus perezosos compañeros se quedaban durmiendo demasiado.

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PUÑOS MORTALES

La cantidad de energía que muchos jóvenes universitarios dedicaban para buscar trabajo era, salvando las distancias, muy parecida a la del protagonista de “Puños mortales”; una trepidante película de acción donde un fortísimo luchador se tomaba la justica por su mano y peleaba por sus ideales en mil trifulcas callejeras para castigar a los malos. Lo curioso es que a pesar de que su vida siempre pendía de un hilo, en esas cruentas contiendas, jamás recibía el más mínimo rasguño o golpe de sus adversarios. Nadie podía con él. En la vida real eso nunca pasaba, te molían a palos.

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LA MATANZA

La matanza del cerdo resultó ser un procedimiento muy limpio, nada de sangre a borbotones ni gritos ahogados de sufrimiento. Más bien lo contrario, el animal, dócil, se dejó coger por el matarife y sus ayudantes como quien traslada un sofá de un sitio a otro. Lo coloraron en una gran máquina de acero, ajustaron su rechoncho trasero a una cuchilla circular y, cuando el disco empezó a girar a gran velocidad, apretujaron su carne a la afilada hoja. Salieron finas lonchas recién cortadas de jamón de jabugo, chorizo, salami, jamón de york, chóped y una apetitosa mortadela de olivas.

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OCHO VOCES

La soprano había educado su voz concienzudamente y había identificado en ella varias voces. No sabía cuál era la más natural, todas las aceptaba como suyas, aunque iban cambiando de tesitura y resonancia en función de con quién se hallaba. No estaba reconciliada con su verdadera voz, no se reconocía en ningún tono y sentía que era, al menos, ocho personas distintas. Una era la cantante que entonaba en los escenarios, otra la que se relacionaba con su marido, otra con sus hijos, con sus padres, con su hermana, con sus amistades, con su gato y finalmente con los desconocidos.

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FUE NOTICIA

La eficacia comunicativa de un informativo de televisión y su credibilidad descansaban sobre la figura de su presentador. Aquella noche, mientras daba las noticias con el rigor y la seriedad de siempre, comunicó a los espectadores que iba a suicidarse. Explicó las causas de su decisión como una noticia más de la parrilla de contenidos, solo que sin leerla en el teleprompter. La credibilidad era la cualidad más importante en un periodista, así que se disparó en la sien después de anunciarlo, en directo. Fue una pérdida traumática, aunque aquella noche la cadena hizo la mejor audiencia de la historia.

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LO DE CADA UNO

Quien vive solo y no sabe qué hacer para ir al grano se mantiene ocupado adecentando su casa. Realiza una intensa limpieza general para sentir como se resetea el ambiente. Cuando lo hace, primero se asea él, se ducha. Luego siguen las tareas del hogar: hace la cama, quita el polvo, barre el suelo, lo friega, se pone a fondo con la cocina, desincrusta la cal de los baños, saca la alfombra al balcón y la muele a palos, pone varias lavadoras, organiza la despensa, arregla desperfectos…La casa da un giro y reluce, pero de lo suyo no cambia nada.

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PEREZA

Un joven estudiante universitario programó la alarma del despertador para que sonara cada cinco minutos, aunque cada vez la silenciaba con un toque de su mano. Así estuvo más de una hora. Hizo intentos por reaccionar al insistente aviso, pero fue en vano. Su desvaído cuerpo no conseguía desperezarse, tenía mucho sueño. Y cuando quiso reaccionar ya era demasiado tarde, esa pereza propia de los holgazanes acabó con él. Se fue hundiendo poco a poco hasta ahogarse en el interior del colchón de muelles, y sus inocentes compañeros de piso todavía creen que desapareció en la biblioteca de la facultad.

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EL HORARIO

Pedro y Julia eran un claro ejemplo de enfriamiento progresivo ya que, como suele decirse, habían caído en la rutina. Se querían, pero su pasión había mermado bastante al no esforzarse en mantenerla. Expresar sus sentimientos les cansaba y hacerlo por medio de la actividad amatoria aún más. Conscientes de su falta de interés, decidieron ponerle remedio y se ayudaron de un simple organigrama que distribuía en franjas horarias las diversas muestras de cariño que podían mostrarse durante la semana. Así, aunque fueran tareas controladas, sabían que esa noche por ejemplo tenían, de 21 a 22 horas, caricias y besos.

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LOS LIMPIADORES

Lo malo queda grabado en el disco duro de las paredes: discusiones, gritos, lloros. Las casas lo absorben todo, por eso deben limpiarse de las malas vibraciones con energía renovada. Quienes saben hacerlo, además de mantenerlas ordenadas y limpias, cierran las puertas de los baños, bajan la tapa de los inodoros y colocan los tapones en los lavabos para que no escape por ahí. Las heridas en baldosas rotas y zócalos deben sanarse enseguida para prevenir posibles infecciones. Y, aunque un cuadro torcido no supone una verdadera amenaza para el hogar, estos profesionales los recolocan porque es como habitar despeinado.

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FIN DE LA CITA

Me quedé con cara de tonto al descubrir que en el último pedacito de papel higiénico había algo escrito. Era una frase corta, como las que rezaban en algunos sobrecillos de azúcar. Lo vi como una idea original, un guiño al momento, una sorpresa al intelecto ubicada al final del rollo. Sentado en el inodoro la leí. Era contundente. Planteaba una reflexión trascendental acerca de la condición humana. Me hizo pensar un buen rato y las dudas se instalaron en mi cuerpo. Sentí cómo crecía algo en mi interior. Entonces recordé qué hacía allí y, asomando la cabeza, grité: ¡papeeeeeeeel!

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RABIETAS

Seguía atrapado allí dentro porque tuvo la genial idea de usar el pestillo interior de la puerta del armario. No quería que le incordiáramos como otras veces. La mala fortuna hizo que no pudiera abrirla cuando quiso; se quedó obstruida. Oíamos como la forcejeaba insistentemente sin éxito, pero no osamos molestarle. Cuando se enfurruñaba dejaba de hablarnos, nos ignoraba y se encerraba en ese mínimo espacio durante días. Allí pasó las dos últimas semanas; sin mover ficha. Hasta que una mañana soleada se me reblandeció el corazón y la tiré abajo. Y sí, lo encontré demacrado, jadeando, hecho un ovillo.

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CUALQUIER NOCHE LOS GATOS…

Durante los días de bruma invernal, cientos de gatos callejeros deambulan por las empinadas callejuelas del núcleo histórico de un precioso pueblo rodeado de mar por todas partes menos por la que facilita el acceso. Lo hacen tranquilos, sosegados, sintiéndose los amos del lugar, y dedicando su tiempo a lamer con deleite el salitre que se adhiere sobre las miles de piedras rodadas que forman el empedrado. Llega el calor veraniego y algunos turistas incautos osan ennegrecer el suelo sagrado con marcas de neumático, sin esperar que los feroces mininos se claven frente a sus vehículos con intención de matar.

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OJO AVIZOR

Una vez consumados los hechos me fui a casa, procuré olvidar lo sucedido navegando por la red. Martilleaba el ratón como un telégrafo mientras masticaba insistentemente un chicle sin apenas sabor, mis piernas bailaban descontroladas bajo la mesa y hacía remolinos en mi barba con la otra mano. No había obrado bien, así lo dictaba mi conciencia, acabarían atrapándome. Empecé a sudar, a temerme lo peor, a desconfiar de todo, incluso de la pequeña cámara incorporada en la pantalla. Desgarré un pedacito de goma de mascar y la adherí sobre ese pequeño ojo, en astucia y picardía no tenía rival.

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ENTRAR AL TRAPO

El trapo revelaba la cartografía de un paisaje urbano. Su interpretación por aquella amalgama de manchas indicaba el itinerario hasta la Plaza del Hoyo de mi localidad. Extendí el paño tiznado sobre el banco de cocina como quien despliega un plano callejero y, delante de mi mujer e hijos, recorrí con el dedo los recovecos que formaban entre sí aquellos lamparones de suciedad. Corroboraron la correspondencia con las calles que les iba señalando: Inmaculada, Virgen de la Maraña, Salsipuedes, Engaño, incluso con el Paseo del Tropezón, pero con el agujero que situaba la citada plaza no quisieron entrar al trapo.

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METAMORFOSIS

Tener a presos encerrados la mayor parte del día durante toda su condena es aniquilarlos. Todo depende del tiempo recluido, aunque la capacidad de algunos reos en remontar las adversidades es sorprendente; así lo atestiguan algunos vigilantes de prisiones de alta seguridad. Aseguran que una vez han traspasado la franja de la locura, en su adaptación por seguir viviendo y solo durante varias horas, la fragilidad de sus cuerpos se ve sometida a una virulenta metamorfosis que, lejos de acabar con ellos, los transforma en feroces cuadrúpedos a los que solo es posible apaciguar por medio de cachiporrazos de plata.

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AROMAS DE PAPEL

Algunos libros huelen que alimentan. Sobre todo los que me deja mi madre sobre la mesita de noche. Desprenden el aroma característico de su cocido, de su tortilla de patatas recién hecha, de sus albóndigas o la fragancia de ese caldo que elabora concienzudamente aprovechando los esqueletos del pollo. Mi nariz se hunde en sus páginas y resucito, me transportan, me llenan. Alguna vez me he encaprichado con el olor a nuevo de los recién comprados en librerías, o con el perfume vetusto de los prestados en bibliotecas; y no están mal. Pero como los de casa, en ningún sitio.

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PAPELEOS

En el pueblo había una joven sobradamente preparada que lo sabía prácticamente todo. Sin embargo, era una persona de escasos principios, consumía periódicos en función de criterios insostenibles. Compraba los de grapas cuando arreciaba fuerte el viento, y los domingos de paella elegía los amarillos, los sensacionalistas. La prensa rosa la dejaba para cuando se hacía mechas de colores, y entre semana seguía la diversidad informativa de otros diarios en las cafeterías. No se identificaba con ninguno, todos le valían, incluso los desfasados que amontonaba en la buhardilla. Esos, los extendía sobre el suelo para que nadie pisoteara lo fregado.

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EL SUPERVIVIENTE

Los pasajeros sabíamos que aquella sensación de hundimiento no era por los súbitos cambios en la dirección y la velocidad de las corrientes de aire. El avión temblaba y crujía de otra manera. Nos precipitábamos. La histeria y los gritos se apoderaron de todos, menos de la señora que tenía al lado. Con una tranquilidad pasmosa, sacó un tupperware de su mochila con pollo a l’ast troceado, su aroma era inconfundible. Empezó a zampárselo en medio de lo inminente y, chupándose los dedos, me dijo: si la muerte ha de llegar, al menos, que nos coja con la tripa llena.

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LLUVIA

Tenía una pequeña nube flotando a varios metros sobre mi cabeza. Al parecer, me seguía a todas partes, pero no me había percatado de ello hasta que un día, al salir del trabajo, algunos me la hicieron ver señalándola en el cielo. Era elíptica, alimonada, como de algodón dulce, y del tamaño de una lavadora. Pude comprobar que efectivamente me acechaba: avanzaba y se detenía coincidiendo con mis desplazamientos. Esta mañana, después de haber estado conmigo todo este tiempo, me ha abandonado por un señor calvo con gabardina para tornarse oscura y precipitarle con furia un torrente de lluvia amarilla.

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EL ABUELO

Sabía que el abuelo estaría desafinado por falta de uso. Lo tenía guardado en el trastero, dentro de la funda del contrabajo. Después de tanto tiempo me apetecía tocarlo. Estaba recogido, en posición fetal y vestido con su uniforme de batalla: pijama, pantuflas y batín. Era evidente que debía ponerlo a punto, así que lo saqué con cuidado para templarlo. Tensé sus brazos y piernas, le hice el abrazo del oso para que todo se recolocara en su sitio y acabé ajustándolo con suaves movimientos cervicales. Enseguida abrió los ojos y exhaló un prolongado bostezó perfectamente afinado, como solía hacerlo.

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DURA DE PELAR

A quien yo quiero no le gusta que la quieran tanto. Le recito poemas los días de lluvia y le entran náuseas. Si le llevo el desayuno a la cama con la mirada tierna, se me ríe, me llama friki. Necesita poco afecto: algún beso, un abrazo por la noche y apenas roce, le empalaga. Si la agobio con que debemos hablar, se queda muda; “soy así” exclama, y se cierra en banda. Lo malo es que me conformo con eso mientras permanezca a mi lado. Es dura, aunque esta noche la pincharé con una rosa, a ver qué dice.

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EL ESPECTÁCULO

La función empezó cuando un señor se colocó unos pequeños auriculares en los oídos para mantener una conversación telefónica. Lo hizo en voz alta, sin importarle que estuviera lleno de gente. La mayoría disimulábamos, hacíamos como si no estuviera, pero la escena se convirtió en un vivo monólogo que captó el interés. Estaba alterado, gesticulaba mucho con las manos y, al final, en lo más álgido de la discusión, se echó a llorar como un niño. Su intervención cautivó. De hecho, cuando acabó de hablar, algunos que también estábamos allí esperando la llegada del tren, le dimos un fuerte achuchón.

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LA CARRERA

Procuraba no perder sujetándole las nalgas. La llevaba colgada por delante, enganchada al cuello y empotrada contra mi tórax, con sus piernas haciéndome la tijera para formar un bloque compacto. Nos movíamos como uno, la tenía bien agarrada, pero la Carol había ganado algunos kilos y ya no era tan grácil. Tras superar el tramo de obstáculos y haber caminado por un lecho de lodo, una de las parejas favoritas nos adelantó restregándonos su superioridad con una irreverente peineta. No podía permitir, después de todo el duro entrenamiento, que las zancadas de aquella tipa fortachona obtuvieran el preciado metal.

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POR BULERÍAS

El Tribunal apreció cierta rigidez en su mirada cuando empezó a hablar. Sus facciones también se tensaron y una sílaba puñetera se quedó trastabillando en su garganta tornando escarlata su semblante. No había dormido en toda la noche pensando que su tartamudez le impediría explicarse, pero cuando su padre y hermanos, también presentes en la sala, arrancaron un débil taconeo y una sutil cadencia con las palmas, la joven gitana se levantó flamenca de su silla y, con una dicción perfecta, cantó por bulerías su versión de los hechos.

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SALUDARSE

Salí desconfiado. Y tan pronto pisé la calle oí como alguien me saludaba. El efusivo hola provenía de una señora que no conocía. La escaneé de arriba abajo: morena, de unos cincuenta años, cara de pan, vestida con un abrigo velludo color avellana y portadora de un carrito con ruedas; seguramente venía del mercado. La olisqueé a fondo como un sabueso, había comprado sardina, el tufo se mezclaba con la fragancia perfumada de sus encrespados cabellos. Pellizqué la carnosidad de sus mejillas, palpé a golpecitos la prenda que la cubría y, finalmente, tras lamerle una mano, le devolví el saludo.

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EL REFUGIO

En el mejor escondite de la ciudad se celebraba cada año una gran efeméride. Ese día, se comía, se bebía y se lanzaba por los aires lo comido y lo bebido. Gracias al fervor descontrolado de todos, podían verse volar platos de paella y bocatas aplastados con fiambre; también finas parábolas de vino que manaban al apretar el odre de sus botas y una lluvia multicolor nacida del latigazo impulsivo de sus vasos medio llenos. Mientras todo eso sucedía con algarabía, una orquesta sonaba desconocedora de todas esas particularidades bajo una improvisada cúpula de plástico, para sobrellevar, de alguna manera, la contienda.

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UN FINAL

Le construí un final con varios listones de madera, unos cuantos clavos y un martillo. Después le prendí fuego y me quedé observando como las llamas convertían la materia en un montón de cenizas ardientes, incandescentes. Me arropé cerca de los restos, a la lumbre de sus rescoldos, pues la noche en el bosque se adivinaba fría. Descansé metido en mi saco de dormir, y por la mañana ya nada me oprimía. Me sentía renovado, libre. Sin embargo, aquel humillo blanco que aún evocaba su presencia sobre la hoguera me llevó a extinguirla del todo con un generoso meado matutino.

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NADIE NOTA NADA

Hay quien necesita encerrarse unas horas al día para llorar y vaciarse; ahogar sus gritos desesperados en el cojín donde yacen sus propias lágrimas y, a modo de terapia, cuando se extingue esa incómoda presión en el pecho, conversar con los geranios que aún sobreviven a ese entorno sombrío para vomitarles la bilis de su desdicha. Se recupera pronto, pero se asfixia y sale a la calle a respirar otro aire, a cortar con ese tormento del alma. Su fortaleza le cambia el rictus y lo convierte en otra persona capaz de interpretar una pose dicharachera. Así, nadie nota nada.

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EL INODORO

Creo que el inodoro intenta decirme algo. Lo hace cada vez que acciono el pulsador y se descarga el agua de la cisterna. En poco vuelve a llenarse, como cualquier retrete, pero al acabar el proceso emite un ruido entrecortado y farfullante comparable a un bramido semihumano: Brrupp-Trptr-BrumppPrtgrrr… Es una estridencia molesta y algo enigmática, por lo que me lleva a destapar el depósito, a desplazar el latiguillo de la válvula de llenado y a limpiar los restos de cal. Después, recoloco la tapa, vuelvo a presionar el tirador y, esta vez, al final, escucho claramente lo que intentaba decirme.

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SEGUIR LA ESTELA

Recuerdo que de pequeña, en el salón de casa, triunfaba. Cantaba para mi madre, la vecina del primero, un policía jubilado amigo de la familia y mis hermanos pequeños. Les encantaba oírme cantar versiones de Lola Flores vestida de flamenca mientras tomaban un cafetito sentados en el sofá. Mi padre se iba a dar una vuelta cuando me veía recrear el pequeño escenario que montaba para la ocasión, no le gustaba eso del artisteo. Así pasaba las tardes. Ahora pinto. Soy licenciada. Y os informo que durante este mes de mayo tengo una magnífica exposición en el rellano de casa.

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VIGILANCIA

Visto desde arriba, los usuarios de la ciudad eran como colonias de hormigas que se movían de casa al trabajo y del trabajo a casa. Los fines de semana ese rutinario movimiento cambiaba; se movían muy poco o incluso se mantenían quietos. Si hacíamos un zoom al grupo de viviendas arquitectónicamente semejantes y elegíamos una al azar, podíamos espiar a través de la ventana a una familia mientras desayunaba, y constatar como uno de los miembros, el más joven, observaba sorprendido la pantalla de su móvil donde un mensaje wassap anunciaba que su amigo Manuel acababa de abandonar el grupo.

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CAPRICHOS DE LA NATURALEZA

Esta mañana, un latigazo de luz ha afectado al tiempo. Estábamos en la piscina del camping cuando, de repente, el mundo se ha paralizado. A mis hermanos los ha cogido persiguiéndose fuera del agua, petrificándolos como perro y gato; a mi padre levantándose de la tumbona, con gesto de “ahora voy copón”; a mi madre extendiendo el brazo derecho, desde la parrilla, marcando el lanzamiento de un chorizo criollo que le ha lanzado, frenado a medio camino. Y a mí saltando del trampolín, suspendida en el aire, tapándome la nariz y consciente de todo, sobrellevando estos caprichos de la naturaleza.

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CELEBRACIÓN

Los cumpleaños me dan nauseas, me parecen una chorrada; aunque si todos fueran como yo no se celebraría nada. Me encierro en mi habitación y fumo todo el día como un cosaco, sin apenas ventilación, contribuyendo a que los dedos, los dientes y las canas de mi bigote amarilleen, las paredes ya lo están. Me ovillo en un rincón, y a oscuras, sin que entre el mínimo resplandor por las rendijas de la persiana, me ventilo un paquete tras otro, a ver si de esa manera también ennegrecen mis pulmones y trasciende a algo que si valga la pena celebrar.

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LA MUTANTE

Si tienes el superpoder de ver a través de las paredes y quedas en el apartamento de un chico que has conocido por internet, puedes aprovechar la capacidad que posees para espiar. Antes de llamar al timbre, te concentras y radiografías el interior de su casa para obtener pistas; solo lo conoces por sus manifestaciones escritas. Si esta facultad te permite visualizarlo mientras se cambia y resulta que nada se corresponde –que está mal hecho, anda arqueado y cojea–, te decepcionas bastante. Sin embargo, yo, igual llamo a su puerta y le doy otra oportunidad. Su interior no lo veo.

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TODO LO BEBIDO

La última vez que llegué bebido a casa senté la cabeza. Lo hice a mí manera, en el trono de los bajorrelieves mitológicos que yo mismo había grabado con mi navaja. A mis padres no les hizo ni pizca de gracia esa manera de demostrarles que podía cambiar. Vieron como colocaba un mullido cojín en mi asiento real y, con un leve impulso, me quedaba con las piernas hacía arriba, haciendo el pino. No dijeron nada, se quedaron con los brazos cruzados, contemplando como mi sangre bajaba rauda al cerebro y, como un tomate, vomitaba a borbotones todo lo bebido.

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EL MIURA

Antes de salir adopto la apariencia de Frascuelo Segundo. Si lo que quieren es marcha, la tendrán. Sin que nadie me vea, paso a verle en los chiqueros y le musito a la oreja una copla de Rocío Jurado, la Chipionera, eso lo relaja. Le acaricio el lomo con mi montera y le digo que no rehúya rematar sus suertes, que confíe en mi lidia y que no tenga miedo, yo estaré a su lado dando los capotes precisos para que el público disfrute. Que los ignore, y que, sobretodo, no se ponga panza arriba, nadie debe notar que nos apreciamos.

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FAMILIA

No me acostumbraba a estar en el salón, en una casa, con una mujer y dos niñas. Observaba la situación sentado en el sofá, haciendo como que leía el periódico. La televisión daba las noticias y aquella mujer entraba y salía de la cocina con algo en las manos cada vez: primero una jarra de agua, luego cubiertos y servilletas, cuatro vasos, platos…preparaba la mesa. Olía a hervido; a coliflor. Las niñas me hicieron sentar en la mesa, y la mujer, con los ojos vidriosos y como si me conociera, me preguntaba cada noche cómo había pasado el día.

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CORAZÓN DE RESINA

Por la lengua de asfalto que comunica a la ciudad amurallada, y siguiendo el zigzagueo de las calles empedradas, un enorme camión ha transportado varios cañones que un grupo de operarios ha ubicado sobre cada una de las troneras del baluarte. Se basaron en los planos de un cañón original del siglo XVIII para obtener estas réplicas de resina y piedra artificial. Y han quedado resultones, le han limpiado la cara a la historia, pero nada tienen que ver con los genuinos de hierro, grabados con el escudo del rey de la época y con más de una tonelada de peso. Estos parches inexactos y chapuceros que apuntan a un horizonte difuso, han conseguido dinamizar la zona de turistas y, por las noches, cuando nadie vigila el bastión, parejitas de enamorados como Jessica y Joshua arañan sus nombres dentro de un corazón tan frágil como la goma que cubre este falso tubo de artillería. 159


MALA COMUNICACIÓN

Cuando las lágrimas no le funcionan parpadea con avidez, impulsivamente, como el repiqueteo de un código morse. Desde fuera puede verse como un tic en sus ojos, pero no lo es. Se sitúa a mi lado –o frente a mí– y, sin una razón aparente, empieza a frotárselos hasta que enrojecen. No le ha entrado ningún cuerpo extraño: ni arenilla, ni un minúsculo insecto, ni esas partículas vegetales que transporta el aire y tan molestas son cuando invaden nuestra cornea. Eso sería algo razonable para atenderla. Pero ella, sin más, se los irrita con descaro, sin decirme que le pasa.

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BAテ前 DE AMOR

Desde mi vientre sube un aleteo de mariposas algodonadas que anidan en el laberinto de mi azotea y mudan, borboteantes, en hormigueos, cosquillas y lテ。grimas efervescentes mientras te espero arrodillado en la calle. Por fin sales al balcテウn, pero no exhalas palabras de primavera ni promesas de abrigo como solテュas. Me lanzas, sin esperarlo, la bravura de una ola que disuelve mis ilusiones y las transforma en una espesa niebla que trepa hasta ti para atraparte y estrangularte.

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COSTUMBRE ELECTORAL

Ganarse la confianza de la gente cuando eres extraterrestre es complicado. Hace diez años que aterrizamos en la Tierra con nuestra nave nodriza, y los humanos, muy desconfiados al principio, pudieron comprobar que una civilización alienígena podía venir en son de paz. A pesar de nuestras diferencias, siempre hemos querido compartir el planeta y convivir con ellos sin conflictos. Una campaña electoral no iba a cambiar nada, pero desde entonces la venimos realizando como un acercamiento más a sus costumbres. Así, los ciudadanos terrícolas creen formar parte de algo y, tras ejercer su derecho al voto, se sienten más seguros.

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DOMINGO

Las hormigas me invaden cuando me tumbo en el sofá. Salen de lo más recóndito de la tapicería y corretean nerviosas por un terreno abultado y de trasiego intestinal; mi barriga. Arracimadas en la convexidad, transportan miguitas de pan y restos del pollo a l’ast que han quedado adheridos en mi suéter. Me he zampado uno entero, con patatas fritas, y una botella de cava. Un bicho traslúcido va entretejiéndome en el escay, me ovilla en una dulce modorra que se adueña como un desmayo y preso de ese estado catatónico es cuando da comienzo la peli de las cuatro.

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TODO SE GIRA

Los días soleados siempre pienso en la muerte. Me he vuelto extraña, como del revés. Disfruto de las pesadillas que se cuelan en mis sueños, de las falsas relaciones con la gente que no aprecio y de mi desaborido esposo. Estoy tan satisfecha de todo que me sabe bien hasta el dolor. Lloro de risa por mis penas, por esas normas que no tienen corazón, por esa amargura que me oprime. Todo se gira, y como no sé muy bien dónde caerme muerta, soy yo misma la que se clava un chuchillo por la espalda para gozar de esa agonía.

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SEÑALES

Desde la muerte de mi marido llenaba la casa de señales para no olvidarme de las cosas. Tenía mis truquillos para ir funcionando. Por ejemplo, dejaba a la vista una pinza de madera para acordarme de tender la ropa, una estampita de la Macarena me indicaba la cita diaria con la psicóloga…pero, sobre todo, utilizaba decenas de papelitos amarillos adheridos en lugares estratégicos con notas para tener en cuenta lo básico: ir a comprar, hacerme la comida, lavarme, etc. Ayer recordé que no estaba sola; tras mover un antiguo baúl, encontré anotado en un descolorido papelito «recoger a los niños».

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RUINA DE HORMIGÓN

Las placas de escayola del techo esconden el cableado interno que corresponde a la domótica de la casa, a su cerebro. Es una casa inteligente, pero siempre está enferma. Sufre migrañas que la cortocircuitan y escalofríos sudorosos que ensucian el yeso de su piel. En ese estado azogado van sucediéndose pequeñas catástrofes en el hogar, y hoy, tras un potente fogonazo hemos quedado a oscuras. El chasquido con los dedos no ha activado el mecanismo de sus entrañas y la continua vibración del andamiaje de su conciencia ha querido que las paredes de ladrillo se nos vengan encima, sin advertirlas.

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“YATEKOMO”

Tengo que haceros una confesión: llevo un collar de tortilla de patata y una colonia de calabacín que me chifla. Con los espaguetis, macarrones y lazos hago filigranas en mis cabellos de ángel, y mi falda de papel Albal viene de envolver bocatas de lomo con queso calentito, calamares a la romana y panceta ibérica. No puedo impedir que mis zapatillas de mazapán se coman mis calcetines verdes de col forrajera. Hasta mis andares son apetecibles, pues al contonearme me fluyen flatulencias al chocolate que lo llenan todo y huelen que alimentan. Pues eso, que estoy muy buena, pa comerme.

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EL ÚNGÜENTO AMARILLO

Me limpié solo un pie, el izquierdo. El otro no lo necesitaba. Lo hice con un jabón de PH ácido, tal como indicaba el breviario. Masajeé los dedos y la planta hasta conseguir esa espuma jabonosa que mantuve unos minutos, lo enjuagué bajo el grifo del bidé con abundante agua y lo sequé a golpecitos con papel de cocina. Después le extendí el ungüento amarillo para que la piel lo absorbiera. El tratamiento hizo su efecto rápidamente y la conversión apenas causó dolor. Realicé de nuevo el proceso, pero esta vez en mi ojo derecho, el otro no lo necesitaba.

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ESPECTRO

El fantasma que habita con nosotros mueve el Scalextric con el poder de su mente. Carlitos está encantado con su habilidad, pero a mí me exaspera que ronde incorpóreo por la casa sin aceptar su condición espectral. Sabe que esta dimensión no es la suya, que debería marcharse, pero pasa de todo. Ocupa la mesa de mi difunto marido, hace la siesta en su sillón y duerme en su lado de la cama, justo a mi izquierda. Esta madrugada me ha despertado juguetón, ha estirado la sábana y se ha cubierto con ella para que aprecie su tienda de campaña.

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LA INVASORA

Salió, sigilosa, a estirar las piernas y, aun así, fue detectada. La luminosidad del día pasó de repente a tinieblas y la bóveda celeste que se movía sobre aquella silenciosa ciudad, se transformó en una corte de nubes tormentosas que acompañaban a la amenazante y oscura cumulonimbus, la reina de los fenómenos meteorológicos. Inmensa como una montaña, adoptó la apariencia de una terrorífica bomba atómica, engendrando en sus entrañas huracanadas el más terrible de los ataques para lanzarlos sin piedad a los que –como aquella insensata joven que andaba de puntillas– osaban salir de casa a dar un paseo.

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TEORÍA DEL COLOR

Los días soleados aprovechaba para tender la ropa en la azotea. Había cuerdas de sobra, aunque la última vez estaban todas ocupadas por centenares de calzoncillos; sujetos con una pinza y organizados por colores. En la entrada, del negro al blanco había dispuestos una cincuentena perfectamente escalonada. En la parte central se difuminaban de la misma manera pero en gamas básicas: magentas, amarillos y azules. Y en los extremos, predominaban los cromatismos secundarios: violetas, rojos y verdes. Una distribución masiva de slips que llenaba de color el terrazo y descubría, además del gran acopio, el talento singular de algún vecino.

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LA BANDA DEL DIRECTOR

En el estómago del director sonaba el rumor constante de un bombo, unos platillos sin brillo y el redoble lúgubre de un tambor. Una triste y sombría percusión que marcaba sus lamentos intestinales. Y en ese bálsamo desalentador que iba desarrollándose lentamente, se solapaba el sonido grave e imprescindible de las tubas, la solemnidad de las trompetas y el acompañamiento fúnebre del resto de instrumentos. El carácter de la marcha iba in crescendo, retronando a cada paso y despuntando alguna estridencia inesperada propia de los clarinetes; aguantando el tipo y disimulando como podía la procesión que le iba por dentro.

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TODOPODEROSO

Con el primer mordisco al melocotón se marcaron a la perfección los perfiles de un territorio imaginario parecido a nuestro país. Animado, le di un segundo mordisco a otra zona aterciopelada y se formó otra región hermana. Seguí así hasta componer un atlas de mordeduras, un mundo propio. Cautivado por mi pequeño planeta frutal, contemplé su abrupta superficie a la altura de mis ojos; así era perfecto, por lo que decidí en ese punto detener mi creación. Coexistió escasos segundos. Con el ruido de mis tripas y mi apetito mañanero continué devorando su jugosa carne hasta quedarme con el hueso.

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SUSTANCIA CICLISTA

Mi excentricidad como ciclista de carreras es que antes de adaptar mí posición aerodinámica sobre la bicicleta debo degustarla. Le doy un buen repaso con la lengua a las zonas de apoyo, el manillar, el sillín y los pedales. La fibra de carbono de la horquilla y la aleación de aluminio del cuadro son sustancias insípidas que apenas chupo. Eso sí, relamo los platos y piñones sin freno, me pongo las botas con la grasa de la cadena y con el barro de las cubiertas que se queda entre mis dientes paso los finos radios de las ruedas y listo.

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NIÑO

Las galletas que mi madre ha comprado para el desayuno no se deshacen bien en la leche y, justo hoy, no puedo recrearme en dejarlas blandas. A pesar de ser un día decisivo me quedo embobado viendo los dibujos animados y pierdo la noción del tiempo hasta que mi madre se percata de la hora que es. De un zarpazo me sienta en la silla de los peinados y me planta una raya al lado, aplana con saliva los pelos rebeldes y me perfuma. «Estás listo» exclama. Me da un beso y me desea suerte en la entrevista de trabajo.

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EL OSO

En el momento en que le dio la espalda –después de prepararle un barreño con varios kilos de pescado y una caja de suculentos arándanos bañados con un buen chorro de miel para que merendase-, el gran oso pardo que tan afectuoso y dócil era con su adiestrador, se vio movido por primera vez por un impulso que le germinaba de sus entrañas: se alzó majestuoso con sus dos patas traseras ante quien lo alimentaba cada día, le rugió con ojitos de peluche, arrinconándolo contra los barrotes, y dando bandazos con sus zarpas retraídas, le atacó lentamente, con ternura.

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EL SILENCIO DE LOS PREMIOS

Entre la carretera que unía a Villa del Sordo y Villa del Mudo había un precioso palacete, un paraíso de luces de neón rodeado por una envolvente vegetación. En su extensa frondosidad había aparcados decenas de vehículos: camiones, furgonetas, turismos, motos e incluso alguna bici. Era un lugar de paso que todo el mundo conocía, aunque curiosamente todos negaban haber estado. Flor de Agua era la señora que regentaba el pequeño castillo, y al preguntarle sobre los agraciados del gordo de Navidad nos comunicó con discreción profesional: “lo único que puedo decir es que el premio ha estado muy repartido”.

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«B»

Curiosamente, con el paso del tiempo, me di cuenta que iba dejando actividades y cosas que empezaban con la letra B. Antes estaban ligadas a mi vida por completo, e inexplicablemente las he ido abandonando. Ya no iba en bici, por ejemplo, ni tomaba birras ni bravas con los amigos, ni me bañaba en la playa ni en casa, claro. No bajaba la basura ni barría y nunca iba a Barcelona. Allí vivía Beatriz, mi ex, también la dejé. No tocaba el bombardino, ni bailaba, ni besaba, ni bromeaba, ni buscaba lo perdido,... pero hacía otras cosas, el abecedario era amplio.

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TRASPLANTES

Es una buena noticia que a un hombre le hayan injertado tres plantas en su cuerpo. Gracias a los avances de la ciencia la operación se llevó a cabo como quien cuida un pequeño huerto. Le cavaron surcos en las zonas enfermas, las abonaron con un fertilizante especial, plantaron los esquejes elegidos y lo regaron con abundante agua. En poco, le brotaron unas preciosas hortensias en el lumbago de su espalda, se le entrelazó una parra leñosa en su brazo dolorido y en la pierna que cojeaba se apuntaló un robusto ciprés. El mantenimiento y cuidado era mucho más sencillo.

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COSQUILLAS

Carmencita no decía a nadie donde tenía las cosquillas. Pero un día que estaba de buenas nos permitió explorarla de arriba abajo para buscárselas. Con el deseo de hacerla reír, presionamos ligeramente diversas zonas: las axilas, las costillas, el cuello, las palmas de las manos y, visto que se dejaba hacer, hasta las plantas de los pies. Ni rastro de ellas. Permanecía impertérrita. “Son cosquillas secretas”, nos decía. “Venga va, confiesa. Las debes tener en algún sitio, todas las niñas las tienen”. Su carita se puso colorada y, con cierto rubor, nos señaló la parte que no le habíamos tocado.

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LA PITONISA

Contactaron conmigo porque en su día predije con acierto el futuro de un chiquillo. Al examinar sus ojos enseguida supe que apuntaría maneras. Declaré que en su etapa escolar empujaría por las escaleras a su profesor de lengua y unos años después echaría a tierra ese mismo colegio para convertirlo en un lujoso prostíbulo; sería un carismático líder político que utilizaría su poder para ocultar asuntos y negocios turbios; y que al final, con su vasta experiencia, acabaría como asesor de una importante empresa multimillonaria. Recuerdo bien que sus dilatadas pupilas estaban hechas de la misma sustancia que la codicia.

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EL MISTERIO DE LOS CALCETINES

Los calcetines que se pierden en cada colada son uno de los misterios que mi madre debería revisar. Ella asegura que los mete todos en la lavadora, que pone el programa adecuado y cuando los saca y organiza por parejas para tenderlos, comprueba que ya faltan algunos. El centrifugado elimina gran parte de la humedad del tejido y puede que esas revoluciones que da el bombo afecten de alguna manera a la ropa más pequeña. Le digo que la próxima vez los lave a mano, pero el puñetero de mi padre sostiene que, aunque lo haga así, pasaría lo mismo.

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NO ME FIO

Suena el timbre. Oigo voces que no identifico. Me acerco sin hacer ruido a la mirilla y observo a dos hombres y una mujer. Han accedido al edificio. Alguien les habrá abierto. Yo solo abro al cartero, y a estas personas, aunque no tienen malas pintas, no las conozco. Mis padres me han dejado bien claro que debo hacer cuando me quedo solo y llaman desconocidos. La mujer se sitúa entre ellos, esboza una sonrisa postiza y saca varios sobres blancos y de color salmón de una bolsa de papel. Siguen dándole al timbre. No sé, pero no me fío.

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LA PAREJA

La cena que debía reconciliarles tampoco hizo su efecto, no había remedio. El muy zopenco volvió a sacar su sensibilidad de albañil y construyó sobre la mesa un muro de ladrillos que los separaba. Ella, compungida y aguantándole todo, llevaba una gran maza para derruir lo que él erguía, evitando así que se montara un espectáculo en el restaurante. Pasaron la velada de ese modo, él haciendo pared y ella tirándola. En la última cimentación perdieron el contacto visual, y él, acostumbrado a su posterior demolición, corrigió su conducta y la echó abajo arrepentido. Pero ella ya no estaba allí.

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LA ALMOHADA

Un minúsculo poro situado en mi mejilla derecha se llena de sebo con facilidad. Es por el roce con la almohada, lo tengo comprobado. Cada noche plancho mi cara en ella –vuelta y vuelta–, hundiendo mi nariz en el hedor de su tejido captador de babas. Huele a mí, a rémoras que suspiran, a piel muerta que añora, a cantos fétidos que se pliegan, a lágrimas encebolladas, a sedimentos, a gritos de fritanga…, a mis esencias. Y todas ellas reposan en esa espuma amarillenta, podrida y nauseabunda que engrasa mi piel y alimenta sin medida a ese orificio imperceptible.

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