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CANTUÑA
from Cantuña
by Fabián Navas
Leyenda tradicional quiteña
Hace mucho tiempo, en los primeros años de la vida colonial de la ciudad de Quito, se cuenta que los primeros frailes franciscanos contrataron a un indígena conocido con el nombre de Cantuña para que construyera el atrio de lo que sería el hermoso convento dedicado a San Francisco de Asís.
El indígena, llevado quizá por la emoción, el ansia de gloria o sólo por honrar a Dios, cometió la locura de firmar un contrato para construir tan grandiosa obra, sin caer en cuenta que no alcanzaría a terminar la construcción en el plazo acordado.
Como en todo, el tiempo siguió pasando y cada vez más se acercaba el día de entregar la obra terminada, pero la construcción apenas iba en la mitad, y Cantuña se dio cuenta que sólo con el trabajo humano era imposible culminar el ofrecimiento en el tiempo establecido.
Muy angustiado, fatigado de tanto trabajo, consumido por la fiebre y por los temores, Cantuña, pensaba en cómo hacer para terminar la obra en el poco tiempo que faltaba, y en la tarde del último día, cuando faltaban sólo pocas horas para que se cumpla el plazo, sentía que todo estaba perdido y que en el siguiente día iría a parar a la cárcel por haber incumplido el contrato con los franciscanos. Los sueños de dicha y de grandeza del pobre indio se le fueron al suelo. En la tarde del último día antes de vencer el plazo, Cantuña, ansioso, caminaba por la plaza viendo con desilusión la obra inconclusa, entonces cayó de rodillas y se encomendó al Divino Creador con oraciones, rezos y súplicas para que le hiciera el milagro de, con su infinito poder, c u l m i n a r l a construcción de su atrio, luego de esto se fue un rato a su casa seguro de que Dios en s u i n fi n i t a bondad terminaría la obra.
Regresó a plaza al anochecer, entró por una esquina envuelto en su amplio poncho rojo, sus ojos creyeron divisar, entre la oscuridad y la niebla, a obreros divinos que daban los últimos toques al gigantesco atrio. Palpitó su corazón de gozo y por un instante una oración de gratitud brotó de sus labios. Pero la visión alegre se esfumó como toda mentira o ilusión, y vio claramente con mucha tristeza que sus súplicas no habían sido escuchadas; ¡se había engañado!... la iglesia inconclusa apareció entre las sombras. La ira salió de su corazón acompañado de insultos que vibraron por toda la plaza. En ese momento, justo cuando las maldiciones llenaban su boca, de entre montones de piedras y de ladrillos salió un personaje misterioso, envuelto en su amplio manto rojo, con el rostro siniestro y una sonrisa hipócrita que poco a poco se acercaba al desdichado indígena.
–¡¡Cantuña, Cantuña, amigo Cantuña!! –Gritó el diablo–, sé que es lo que te pasa, Cantuña...sé que mañana serás desgraciado, perderás tu honra y a lo mejor vayas a la cárcel. Pero no te asustes...yo soy lucifer y he venido a ayudarte; escucha: mañana antes de que salga el sol tu amada iglesia con su hermoso atrio estará terminada, y tú: a cambio, sólo me entregarás tu alma:
Cantuña con mucho miedo que casi sentía morirse de terror, con el rostro pálido y el cuerpo lleno de frío, dejándose llevar por su pena y el t e r r i b l e m i e d o , s i n p r o nu n c i a r p a l a b r a a l g u n a , a firmando con su cabeza, aceptó el t r a to, y en voz baja, entre dientes, mirando al suelo, puso una condición.
–Si al amanecer, antes de que se pierda el sonido de la última campanada del Avemaría, no está concluido el atrio; si falta una piedra que colocar, una sola, el trato quedará nulo... señor.
–Hecho, firma el documento –dijo el diablo. Luego de firmar el documento aparecieron una multitud de diablos que se pusieron manos a la obra y el señor del infierno le dijo al indígena que se fuera a descansar, que él se encargaría de terminar con su obra hasta el amanecer, Cantuña dijo que mejor se quedaría, aunque se sentía sentenciado y maldito. Lágrimas abundantes corrían por el rostro moreno del indio, en secreto y en silencio imploró al cielo perdón por su culpa y salvación para su alma, y así se fue terminando la noche.
En el transcurso de esa noche infernal, a Cantuña se le ocurrió una idea y fue que cuando tuviera una oportunidad se robaría un ladrillo y lo escondería bajo su poncho para salvar su alma y así lo hizo. Cuando el amanecer del siguiente día se acercaba, al empezar a romper el alba, Cantuña se acercó al maligno, mientras muchos diablos rojos daban los últimos toques a la gran obra, y el alma, la pobre alma del indígena, estaba perdida. Una oración, la última llena de fe y de penitencia, salió de sus labios. Mientras Luzbel reía y reía.
Lentas, graves y consoladoras sonaron las campanadas que anunciaban la aurora, que era el fin de la vida para Cantuña, estando en eso y cuando el último diablo se había ido, hubo un grito exagerado, un rugido que atravesó la plaza y el alma del indio.
–¡Victoria!, ¡Victoria!, amigo Cantuña tu alma me pertenece –reía el maligno.
No señor Lucifer –dijo Cantuña–perdone que le diga, pero a uno de sus diablos le faltó colocar este ladrillo, así que esta alma se queda aquí adentro hasta que se vaya con Dios.
Entonces el diablo desapareció, entre maldiciones, en medio de un resplandor lleno de humo y azufre. Y era cierto lo que había dicho Cantuña: un ladrillo, uno solo, faltaba aún por colocar. El alma de Cantuña se salvó.
El impotente indígena en su desesperación por librar su alma de la condenación del infierno había escondido una de las piedras de la construcción debajo de su poncho sin que ninguno de los demonios se percatara de aquello. El alma del indio estaba libre y como recuerdo, el atrio se levantaba solemne a las miradas de los quiteños, que a primera hora del d í a s a l í a n a s u s a c t i v i d a d e s o intentaban regresar a sus casas.