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El lechero Cuando bebíamos leche fresca de verdad
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Pocas vacas podemos ver ya por nuestros campos pastando y lecheros menos aún. Hemos pasado de hervir la leche recién ordeñada que nos llegaba a casa a tener siempre un tetrabrik en el frigorífico para consumir este producto básico como mejor nos apetezca. No hay que remontarse a muchos años atrás para recordar aún el olor de esa leche fresca de vaca o cabra que nos traía el lechero o lechera a la puerta de casa en El Ejido. También había quien madrugaba muchísimo, cogía su lechera de aluminio, de un litro o dos litros, y se acercaba a la propia granja para que le echaran la leche ordeñada en ese mismo momento. Es cierto. Todo avanza. Las técnicas agilizan la producción y la elaboración de ciertos productos, pero los sabores no tie - nen comparación alguna. Ya fuese a pie, en bicicleta o en burra, como Manuel Cara Góngora recuerda a su madre, Manuela Góngora, ‘la del cura’, estos profesionales de la ganadería recorrían las calles para que a nadie le faltase su leche cada día. En este caso, la esposa del pastor Manuel Cara, iba puerta a puerta ofreciendo leche de cabra, al igual que lo hacían otras lecheras del pueblo, como Rosalía Cuadrado o Elena, mientras que la leche de vaca la suministraban Francisco y Juan, entre otros lecheros de renombre que a buen seguro vuelven a su memoria al leer estas líneas.
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De lunes a domingo, desde las 6 de la mañana, ya se podía sentir al lechero o lechera, hiciese frío o calor. No fallaba. Los recipientes iban colmados de producto fresco y puerta a puerta se llenaban las lecheras que cada familia requiriese. Esa espuma natural cuando se hervía la leche, un proceso obligatorio y que se convirtió en un ritual matutino en todos los hogares españoles, es ya parte de nuestros momentos más nostálgicos. Un trabajo que se tiende a relacionar con las zonas rurales de nuestra provincia, pero que fue imprescindible en cada rincón y barrio de cualquier pueblo. Era la única manera que existía para poder consumir este alimento básico, aunque en épocas de posguerra española casi fue considerado un artículo de lujo, por lo que se reservaba para niños y enfermos. Sin embargo, a partir de los 60, época que coincide con la industrialización de España y el denominado ‘desarrollismo’, la industria láctea comienza a aparecer y las puertas dejaron de abrirse para los lecheros que, además, tuvieron que aceptar la nueva normativa de salud pública. Situación que los abocó a abandonar esta sacrificada labor. Su profesión se extinguió, pero lograron que el sabor de su leche logre despertar recuerdos.
1978