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Cuento- La cucaracha
La cucaracha se queda inmóvil sobre el espejo. Guarda sus alas y por un segundo pretende borrar su existencia de mi baño. Imagino que cierra los ojos, que dentro de su diminuto cuerpo su corazón tamborilea. Estoy petrificada dentro de la regadera a escasos centímetros de ella, tratando de ocultarme, de desaparecer. La miro de reojo. Siento su mirada, temo que al menor movimiento se me abalance, entonces no podría reprimir el grito. Creo que piensa lo mismo, estará igual que yo, tratando de contener el aliento, de pasar desapercibida como si fuera una diminuta brizna de polvo en la inmensidad de mi espejo, sobre el cual se ha vuelto cientos de insectos posados sobre sus propias patas, sobre sus vientres, sus miedos multiplicados hasta el infinito. Si yo estuviera parada sobre el espejo, sería cientos de alientos contenidos, de miedos elevados a potencias innombrables. El agua se enfría, pero no quiero coger el shampoo, prefiero que siga pensando que el baño es suyo… ¿Y si la mato? Podría deslizar mi brazo muy despacio, con cuidado de no mover la cortina hasta mi zapato para asestarle un golpe mortal. Mi madre me dijo que nunca hay que aplastarlas porque de sus vientres se desprenden miles de huevecillos, como si fuera una secreta venganza para infectarlo todo. ¿Su madre le habrá hablado de los peligros de quedarse inmóvil sobre un espejo? Tal vez piensa que debió hacerle caso cuando le dijo que las casas no permanecen solas por mucho tiempo, que nunca debía salir de día ni dejarse ver por nadie, quizá por eso ahora contiene el aliento y maldice la hora en que se creyó inmortal. Presiento su mirada sobre mi zapato queriendo anticipar mis movimientos. Si me muevo ahora seguro volará y se enredará en mis cabellos y no querré tocarla ni podré evitar un grito o salir corriendo desnuda por el pasillo… La miro de reojo. ¿Sabrá que la veo? Quizá piensa que no me he dado cuenta, tal vez ella no se ha percatado de que no está sola y se ha
quedado inmóvil ante la presencia de sus yo que la miran desde ocultas dimensiones. ¿Se habrá visto en el espejo? ¿Sabrá que todas son ella misma? Al fin logro salir sin hacer ruido. Tomo la toalla y la enredo sobre mi cuerpo. La cucaracha mueve la cabeza. Estoy desarmada, desnuda y a merced del enemigo. Una gota de agua resbala por mi espalda, supongo que su ejército avanza sobre mí, que me tiene presa, que soy su rehén, que me secuestra para que le entregue la casa y pueda pasear a sus anchas por los pasillos desiertos. Me mira. Está fraguando el momento preciso para avanzar; es probable que me observe con mi mismo temor, que en su dimensión será mucho más grande; le llenará las patas, las antenas, el cuerpo endurecido y las alas que repliega como queriendo hacerse más pequeña, invisible. Tal vez mire mis manos y mi zapato y sienta el anticipado dolor de su caparazón tronando, su último aliento y el saber que su presencia me alertó para fumigar. Su descuido será la sentencia de muerte de sus pares. Somos ella o yo, las dos envueltas por un miedo compartido. Le quito la mirada para enredarme el pelo con la toalla. Levanto la vista hacia el espejo. No está. La busco en el piso que me separa de la puerta de salida. Despacio, me escabullo con cuidado de no caer en su emboscada. A salvo, en el pasillo, apago la luz del baño y cierro la puerta. Es mejor dar por perdidas algunas batallas.
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YOLANDA JOSÉ GUDIÑO Licenciada en Filosofía por la Universidad Autónoma de Chihuahua y Maestra en Guionismo por la Universidad Intercontinental, ha realizado estudios en los campos de Letras Iberoamericanas en la Universidad Iberoamericana Plantel Golfo Centro y Edición en el Instituto Universitario de Posgrado (Editorial Santillana). Es cofundadora de Grupo Editorial Gudiño Cicero S.A de C.V. Actualmente es catedrática en la Universidad Panamericana, la Universidad Intercontinental, el Centro de Estudios en Ciencias de la Comunicación y en la Universidad del Claustro de Sor Juana.