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ANA FELIPE ROYO: LAS DUELAS DE LA IDENTIDAD
Ana Felipe Royo (1965) ha hecho real el verso del poeta T. S. Eliot, “en mi principio está mi fin”, y también el adagio de varios filósofos: “Mi prehistoria cristaliza en mi presente”. Nacida en 1965, tras recorrer una pequeña parte del mundo en su intensa e incesante formación -Valencia, Vizcaya (Algorta y Bilbao), Sargadelos, Japón, etc.- el destino la ha devuelto a su lugar de referencia, al territorio del origen: el campo de Cariñena, y más en concreto a Villanueva de Huerva, que se halla entre Muel y Fuendetodos, es decir, entre un pasado fabuloso y vivo de cerámica y ceramistas y el pueblo donde nació Goya, con quien Ana Felipe tiene más de un vínculo; por ejemplo, su pasión por el grabado. Allí ha trabajado y ha ensanchado sus conocimientos de la obra gráfica, y no solo eso: mujer desposada con el paisaje y la tierra y sus cicatrices, en Fuendetodos Ana Felipe Royo se ha asomado a un mundo evocador donde cantan la piedra y la Historia, donde el silencio se cuaja de música y las calles, cuando cae la noche, se llenan de ecos y quizá de los espectros que forjó Goya. Él mismo, su espíritu que resucita a menudo, también sale a los callizos a afirmar un modo de crear, de sentir y de contemplar la evolución del mundo.
Ana Felipe lo ha hecho casi todo. Trabaja y sueña, investiga y se busca a sí misma de múltiples maneras. Conoce bien su oficio y se deleita en sus gestos, en sus tareas, en sus cocciones. Da igual que trabaje con lo que trabaje: se transforma en los engobes, en la técnica del rakú, en los vidriados, en el uso de la porcelana o de la arcilla más común. No hay más que verla envuelta en la música de O’Carolan o El Mantel de Noa: a veces, atrapada entre nubes de humo, parece que esté en trance. Nada para ella es anodino: se afana, se entrega, se metamorfosea y disfruta. Crear, para ella, es una búsqueda, una tarea ritual, una revelación y también un divertimento. Cada pieza es un mundo: es un diálogo con el limo, con la forma, con la pura invención, con el fuego, con la paciencia y el arrebato del azar. Nada surge de la nada. O quizá así: todo viene de los antepasados, de los griegos y romanos, de los campesinos de antaño que hollaron este suelo y labraron el destino con palabras, gestos y los surcos del atardecer.
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Decíamos: tras esa aventura de años en compañía de Enric Mestre, su maestro, obsesionado por las líneas, la geometría y la arquitectura, tras aprender de Arcadio Blasco, un artífice del volumen; después de haberse asomado al vaivén de espumas del Mediterráneo y del Cantábrico, el sino la ha devuelto a casa. Y ese ha sido un inmenso regalo. Más de tres lustros lleva ya en Villanueva de Huerva, en una casa-estudio donde puede hacer todo lo que desea: la cerámica, el grabado, la fotografía (que es otra de sus pasiones donde exhibe rigor, sentido de la belleza y elevada sensibilidad). Y lo mejor de todo es que ahí, ante la tierra llana, las suaves ondulaciones, las montañas más abruptas y los campos de viña, se encuentra con un auténtico abanico de sensaciones, de olores, de visiones y de recuerdos. Ahí está su origen, la memoria henchida, los lugares del paseo, las huellas y las sombras de su crecimiento y su formación.
Ahí, como un animal de compañía o el oxígeno enriquecido de emociones particulares, lo tiene todo. Miguel Torga pronunció una frase inmortal que también la define a ella: “Lo universal es lo local sin paredes”. En Villanueva de Huerva, Ana Felipe se ha reencontrado a sí misma con lo que es y la conforma: los lazos familiares, el temblor de sus raíces, una tierra que late a su propio ritmo y al hacerlo la estremece, esa naturaleza propia, hilvanada de secretos, arenas, texturas y sabores, el tránsito mismo de los meses del año. Ahora la inspiración ya no está alcance de los sueños o de la pura imaginación, no, está en las manos, en cada pieza, en los rincones de la casa, en el vuelo de los pájaros, en la llegada de la lluvia o en el vendaval que amanece con el día. En la nieve invernal que llega por sorpresa. La inspiración, o como deba llamarse ahora, está ahí hecha de materia, pegada a la piel, a la arcilla, a la porcelana, en cada intersticio de los talleres.
Ana Felipe se ha hecho a sí misma, a veces desde la ocultación y el menoscabo. Sobrevive desde el barro, alienta hecha torno, vasija, bol, mural e instalación de aroma oriental. Y eso es indiscutible. Pero también ha habido un hecho que la ha marcado de modo especial, como he anunciado: esta tierra de cepas que habita y que tanto le da a lo largo del año. Antes que el vino está el viñedo, los sarmientos, el laberinto de las parras, centenarias o no, ese océano particular que adquiere continuos matices para ella y para sus obras. Y luego está el vino con sus diversas tonalidades: el tinto oscuro, el rojizo, el oro pajizo. Y están, claro, las bodegas. Toda esa manufactura del alma hecha caldo gozoso es un estímulo, el principio de una verdad inefable. El azar no duerme. Y Ana tampoco. Hace algunos años ya encontró un núcleo de acción en esas duelas de roble de las barricas que integran, en perfecta unidad con otras, el cuerpo de las cubas. Esas duelas, como ella misma ha escrito, “se mantienen unidas con aros de hierro o con zunchos de madera”. A partir de esas duelas, de madera curvada y habitada de humedades y de sabores de antaño forjados en completa oscuridad, Ana Felipe crea una obra muy personal: hermosa, sofisticada, sugerente. Esas duelas son como un principio simbólico, la esencia de su ser, una conexión a los lazos del pasado y de la familia, y desde ellas apuntala su intimidad, su creatividad y su búsqueda. No hay más que ver lo que hace, lo que inventa, lo que propone: cabría decir que esas duelas son como un soporte, un marco de referencia, a las que añade los elementos propios del ceramista: figuras de porcelana, rejillas, pero también parras antiguas, restos de un naufragio placentero, ramas, más madera. Y con todo ello configura su universo abierto que el espectador debe completar o culminar. La propuesta de Ana Felipe es abierta, generosa, sutil, poética y musical. Su consigna pasa por la depuración: se trata de ofrecer lo máximo con lo mínimo. Se trata de sugerir, de invitar al viaje, de ofrecer para contemplar y sentir. Sus duelas a veces parecen barcos o piraguas, escaparates de la memoria, autorretratos imprecisos, latidos de beldad. Si nos fijamos bien, hay de todo: malezas, espesuras, flores, arboledas, objetos desdibujados, ropas tendidas, refugios, casas encantadas en miniatura, criaturas de ensueño, conchas de nácar e incluso blanca orfebrería china o japonesa. La fuerza de sus composiciones es incuestionable. Y también su plasticidad. Ana Felipe Royo habla de lo que siente, de lo que intuye, y propone a su público una historia que pide ser recontada y reinventada. Escribió Novalis: “La libertad es el gran espejo mágico donde toda la creación pura y cristalina se refleja: en ella se abisman los espíritus tiernos y las formas de la naturaleza entera”.
En esta exposición, una de las más importantes de su vida, la ceramista muestra sus certezas: su investigación, la fusión casi alquímica de su alma y la materia, la indagación en el espacio y en el territorio. Por una parte, están esas obras sueltas, si así puede decirse, esas páginas de un libro mayor que se va completando poco a poco, con roble y porcelana y las filigranas de la viña; luego están sus murales, tan trabajados, esa obra fragmentaria que avanza hacia la unidad más rotunda, y por fin una instalación impresionante. La raíz estremecida. La tierra que supura emoción y vitalidad. La muestra El ritmo de las raíces se completa con la proyección de un vídeo donde suena una hermosa canción de María José Hernández y el grupo O’Carolan, ‘No es solo arcilla’, que también es un retrato lírico y sonoro de la artista.
Si la producción de Ana Felipe alcanza una segunda dimensión al ser fotografiada, hay algo igualmente impactante: oírla a ella. Es una artista sincera, apasionada y, de algún modo, filosófica. Puro derroche vital de identidad. En ella no hay impostura ni artificio: en su obra están Ana, sus obsesiones, su tormento, su entrega volcánica, su conciencia de creadora de su propio hogar y de un espacio espiritual. Esta forma de avanzar para ser me ha hecho pensar en unos versos del pintor y poeta Jorge Gay, de su libro Los fugaces párpados, donde dice: “Rehago como puedo la visión fragmentada. / Tras los cristales rotos que dejó la explosión de la certeza, miro. / Detrás del laberinto aún veo”. Y ya puestos, y a propósito de esa atracción por el blanco de la porcelana, también parecen oportunas estas líneas del citado Gay: “Rastro es el rastro blanco: / la inabarcable luz de aquella orilla”.
Esa orilla, en Ana Felipe, es ese territorio de cepas, la escritura de las estaciones en las mudanzas del campo, el aroma avasallador de las bodegas, la aspiración a fijar una hermosura que sirva para todos los años y siglos que habrán de venir. Ya en 1990, cuando empezaba prácticamente, el periodista y crítico de arte X. Á. Giráldez intuyó: “Su auténtico sueño es cazar al vuelo el secreto de las cosas sencillas y hacerlo barro. Una vez cocido, jamás podrá escaparse”. Treinta años después, cabría decir que aquella intuición sigue materializándose día tras día.
Antón CASTRO
Ana Felipe Royo
Mariposas nocturnas
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