Biblioteca de Medianoche. Las dos vidas de Lauren Wolf y otros relatos

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Título original: The Midnight Library. Liar

1.ª edición: octubre 2010

© Working Partners Limited, 2006 Publicado por primera vez en Gran Bretaña por Hodder Children's Books © De la traducción: Miguel Azaola, 2010 © De la fotografía de cubierta: Getty Images / Anaya © Grupo Anaya, S.A., Madrid, 2010 Juan Ignacio Luca de Tena, 15. 28027 Madrid www.anayainfantilyjuvenil.com e-mail: anayainfantilyjuvenil@anaya.es Diseño de cubierta: Miguel Ángel Pacheco y Javier Serrano ISBN: 978-84-667-9337-7 Depósito legal: NA. 2024/2010 Imprime y encuaderna RODESA. Impreso en España - Printed in Spain

Las normas ortográficas seguidas en este libro son las establecidas por la Real Academia Española en su última edición de la Ortografía, del año 1999.

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece penas de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.


Las dos vidas de Lauren Wolf

L

auren Wolfe aplastaba la frente contra el cristal de la ventanilla del autobús. Sentía su fría dureza contra la piel y notaba todos los baches y saltos del bre­ ve recorrido desde el colegio hasta casa. Como de cos­ tumbre, estaba sentada sola; el resto de sus compañeros de clase se habían reunido en confortables grupitos a ambos lados del pasillo y charlaban y reían relajada­ mente unos con otros. Lauren cumplía hoy trece años y ni una sola persona le había dicho «feliz cumpleaños». A través del cristal salpicado de lluvia, vio a una madre joven que empujaba un cochecito de niño por la calle mayor. El denso tráfico de coches y autobuses 9


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pasó junto a ella, salpicándola hasta empaparla, y Lauren agradeció en ese momento el cálido asiento que ocupaba dentro del autocar. Sin embargo, apartó horrorizada la cabeza al ver que la mujer se lanzaba con su cochecito a la calzada y cruzaba delante del vehículo sin mirar. Los coches consiguieron detener­ se tras dar unos escalofriantes patinazos y Lauren, sobresaltada, dejó escapar un grito al tiempo que el conductor del autobús pisaba el freno a fondo, ha­ ciendo que todo el mundo se proyectara peligrosa­ mente hacia delante en sus asientos. —¡Tranquilo, conductor! —chilló un chico del asiento de atrás. Lauren consiguió mantener la estabilidad agarrán­ dose a la barra de acero que sobresalía de la cabina de conducción. Pudo oír a sus espaldas las protestas de los demás pasajeros que pugnaban por enderezarse. —¿Pero es que no le han dado todavía el carné de conducir? —vociferó alguien detrás. —Seguramente no hacían exámenes para eso cuando él era joven —se burló otro—. Solo usaban caballos. Todos se rieron, incluso Lauren. Miró a su alrede­ dor tratando de compartir con alguien su complici­ dad en la broma, pero no encontró a nadie. 10


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«Ya tendrás amigos más adelante», se dijo, suspi­ rando. «Solo llevas dos semanas en este colegio. Aquí las cosas serán distintas, ya lo verás». El conductor reemprendió la marcha y Lauren volvió a aplastar la frente contra la ventanilla solo por sentir el frío del cristal en la piel y tranquilizarse con la seguridad de su propia existencia. El autobús siguió su camino traqueteando y emi­ tiendo bufidos como un gran reptil cada vez que escu­ pía pasajeros a lo largo del itinerario. Detrás de Lauren, la charla ruidosa se transformó en grititos y chillidos, y ella se esforzó por enterarse de qué se estaban riendo sus compañeros. Odiaba saberse tan tímida. Notó el picor de las lágrimas en los ojos y las contuvo al instan­ te. Siempre se había sentido paralizada por su timidez. En su colegio anterior se encontraba tan atrapada por ella que había terminado por abandonar todo intento de hacer amigos y resignarse a ser como el empapelado de la pared. Sabía bien que el empapelado solo era el fondo de la escena, ignorado olímpicamente por todo el mundo… Una existencia solitaria, pero le parecía preferible a que se rieran de ella. Pasaron un par de paradas más y Lauren seguía es­ cuchando en silencio las conversaciones que tenían lugar detrás de su reposacabezas. Unas cuantas chicas 11


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de su clase, sentadas cerca del fondo, charlaban ani­ madamente de ropa y de tiendas. Tenía bastante cla­ ra la identidad de casi todas ellas, sobre todo de la que más hablaba: se llamaba Chantelle y era franca­ mente atractiva. Llevaba el pelo oscuro suelto y tenía unos asombrosos ojos azules. Además, poseía la ha­ bilidad de complementar su ropa de colegio con los accesorios más graciosos. —Unos pendientes de aro geniales, con brillan­ titos de imitación por todo el borde… Tirados de ba­ ratos en el Trend de la calle mayor —decía Chantelle. Lauren vio como las demás se apiñaban a su alrede­ dor y admiraban sus nuevos accesorios con sonoros oooh y aaah. Se tocó los lóbulos de las orejas. Limpios y desnu­ dos. Nunca llevaba pendientes. En realidad no usaba ningún tipo de bisutería. Lauren no estaba nada puesta en cuestiones de moda. Pero sintió que las mejillas le ardían de envidia. Se preguntó cómo se sentiría si poseyera ese aplomo, fuera el centro de atención y tuviera a todas las compañeras de clase a su alrededor, dedicándole cumplidos y miradas de admiración. Tenía que ser estupendo. Y entonces ocurrió. Lauren estaba tan abstraída en sus propios pensamientos que no se había fijado 12


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en que a su lado se sentaba alguien. Además, no era un «alguien» cualquiera. Era un chico. De hecho, era el chico más guapo que Lauren había visto nunca… Él le sonrió. Fue una sonrisa amplia y franca. —Eres Laura, la chica nueva, ¿verdad? Tenía dos ojos enormes de color café con leche y unos llamativos rizos oscuros que le caían revueltos sobre la frente. Lauren intentó dejar de mirarle con cara de boba y concentrarse en lo que decía. Se es­ forzó en contestar. —Soy… soy… es… quiero decir… pues… Se maldijo por sonar como una perfecta patosa. Había querido decir «¡Hola! La verdad es que no me llamo Laura, sino Lauren, pero estoy encantada de conocerte». Y en cambio solo se sentía capaz de son­ reír como una lerda. —Bueno, no importa, mi nombre es Marcus Hodges. Y Lauren vio como se alejaba por el pasillo del autobús. ¡Daría cualquier cosa por salir con un chico como él! Se detuvo a pensar en ello por un momento y sin­ tió que le palpitaba el corazón. Bueno, se había sen­ tado junto a ella, ¿no? ¡Y además sabía su nombre! Vale, la había llamado Laura en vez de Lauren… 13


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pero había sido un primer paso. Por lo menos se ha­ bía fijado en ella. Solo de pensarlo, sus acaloradas mejillas enrojecieron y en su cara se dibujó una am­ plia sonrisa. A lo mejor las cosas iban a ser ya distin­ tas, después de todo. Su cumpleaños empezaba a pa­ recerle más prometedor. Lauren echó una rápida mirada detrás de su asiento, pero se arrepintió inmediatamente de ha­ berlo hecho. Marcus estaba de pie junto a Chante­ lle, tan cerca uno del otro que casi se tocaban con la punta de la nariz. Ella sonreía y reía tontamente mientras él le anudaba un pañuelo en torno al cue­ llo y, al hacerlo, le rozaba con la mano los pendien­ tes nuevos. Lauren se sintió abochornada. Hacía falta ser muy estúpida para creer que un chico como Mar­ cus pudiera interesarse jamás en alguien como ella. Recogió su mochila al ver que el autobús se acerca­ ba a su parada. De pie junto a la puerta, dirigió una última mirada a Marcus y a Chantelle. Seguían allí, muy juntos, ensimismados en su pequeño mundo. Cuando por fin se apeó, Lauren se sintió súbita­ mente irritada. Por primera vez desde tiempo inme­ morial, se había hartado de ser el empapelado de la pared. 14


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«¡A partir de ahora, se acabó lo de ser invisible! ¡Se acabó para siempre!», se prometió mientras echa­ ba a andar con determinación calle arriba, camino de su casa.

Bajo la lluvia, rumbo a casa, Lauren sabía, sin la me­ nor duda, que aquel era un día de chocolate. El cho­ colate siempre respondía como un amigo fiel cuando la vida resultaba ser un asco. Lauren se encaminó a la tienda de periódicos de la esquina de su calle, abrió la puerta de un empujón y se puso a buscar calderilla en su monedero. Dentro, hileras interminables de barras de choco­ late con envoltorios de llamativos colores se desple­ gaban tentadores ante ella, y Lauren las estudió todas cuidadosamente tratando de decidir cuál quería. Por fin se decidió por una de las barras grandes de cho­ colate con leche. —Más vale que tengas cuidado o acabarás hecha una gordinflas —bromeó el hombre tras el mostra­ dor, señalando su cuerpo delgaducho. Lauren le dio el dinero. —Me estoy permitiendo un capricho especial —dijo, con una sonrisa forzada—. Es mi cumpleaños. 15


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Rasgó el envoltorio y partió un trozo. Cayó en la cuenta de que, aparte de Marcus en el autobús, nadie le había dirigido la palabra en todo el día. «A lo me­ jor todos mis cumpleaños van a ser así», pensó ape­ sadumbrada mientras mordisqueaba el chocolate. —Entonces, ¿adónde vas con esa cara de vinagre? —rio el hombre—. ¡Como si no fueras a tener un festejo! —Perdone, no comprendo —dijo Lauren, sin en­ tender lo que el hombre quería decir. —No me digas que no vas a dar una fiesta —su cara era todo sonrisas. A Lauren se le quedó atravesado el chocolate en la garganta. No había planeado nada semejante. De he­ cho, ni siquiera sabía si sus padres estarían en casa cuan­ do ella llegara. Siempre trabajaban hasta muy tarde. —Porque vas a dar una fiesta, ¿no? —preguntó el hombre de los periódicos, al ver que Lauren no con­ testaba. —¿Yo? Ah, sí; claro que sí. —Forzó una sonrisa. El hombre metió en una bolsa de plástico una gran pi­ la de revistas de brillantes portadas y se las dio a Lauren. —Toma, así yo también pongo mi granito de are­ na. Son números atrasados, pero podrás compartirlos con tus amigas. 16


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Lauren sonrió. La amabilidad del hombre la con­ movía de veras, pero el hecho de que un extraño hu­ biera sido el único en desearle un feliz cumpleaños ese día aún empeoraba más las cosas. Sintió que los músculos de las mejillas le temblaban, y supo que era la primera señal de unas lágrimas inminentes. —Gracias por el regalo —dijo en voz baja—. Creo que será mejor que compre otra barra de cho­ colate antes de irme.

Tal como sospechaba, la casa estaba vacía cuando llegó, pero no le importó tanto como se había ima­ ginado. Entró en la cocina y vio un montón de tar­ jetas sobre la mesa. Miró los sobres y reconoció la letra de cada remitente —todos ellos primos y tías y tíos. Era algo muy agradable, pero hubiera sido aún más grato recibir tarjetas de unos amigos… En ese momento oyó que abrían la puerta de entrada. —¡Hola, cumpleañera! —voceó su padre. —¡Papá! —exclamó Lauren, que salió corriendo al vestíbulo y abrazó con calor a su padre. —Quería volver pronto el día de tu cumpleaños, pero el tráfico era infernal. Lo siento mucho. —No importa —dijo Lauren, sin soltar a su padre. 17


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—¿Estás bien, cariño? —dijo él, y sus facciones se nublaron en un gesto de preocupación. —Ahora estoy muy bien, papá. Muy contenta de verte, eso es todo —respondió Lauren. —¡Ven a ver lo que te hemos regalado tu madre y yo! Su cara se iluminó con una sonrisa. ¡Aquello ya era otra cosa! —¡Trece cumples hoy, Lau! —dijo su padre plan­ tándole un beso en la coronilla—. Pronto vas a tener edad de votar… —¡Antes aprenderé a conducir! —rio Lauren. Se tapó los ojos con las manos y su padre la con­ dujo a través del vestíbulo hasta el comedor. Volvió a sonar la puerta de entrada. —¡Soy yo! —avisó su madre—. El tráfico está cri­ minal esta noche. ¿No habréis empezado sin mí? Nada de mirar todavía —bromeó para incordiar—. No, hasta que te lo digamos. Lauren oyó el roce de bolsas de plástico y el cruji­ do de cajas que se abrían. Apenas podía contener su excitación. —Daos prisa —apremió. —Ya está —dijo su padre, quitándole las manos de los ojos—. Ya puedes mirar. 18


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Frente a ella, sobre la mesa del comedor, había un flamante ordenador nuevecito. Lauren se quedó boquiabierta de la emoción. —¿Eso es para mí? —Sí, señorita —repuso su madre—. Puedes po­ nerlo en tu cuarto. —Tiene pantalla plana, ratón inalámbrico y co­ nexión de banda ancha con internet —informó su padre como buen chiflado por la informática que era. —Es el mejor regalo de mi vida —dijo Lauren, fe­ liz—. ¿Podemos instalarlo? —Lo primero es lo primero —intervino su ma­ dre—. Te he traído tu cena favorita: ¡comida china! Lauren estaba radiante. Después de todo, el cumpleaños no podía ir mejor… Hasta que, du­ rante la cena, la conversación recayó en el cole­ gio. —¿Has tenido un buen día? —preguntó su madre mientras se llevaba a la boca una corteza de «pan de gambas». —Estupendo —mintió Lauren. —Si hubieras querido, podrías haber invitado a casa a algún amigo —se aventuró a decir su madre. —Ya lo sé —dijo Lauren, sin levantar la vista del plato. 19


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Sintió que su cara se sonrojaba. ¿Cómo podía ex­ plicarles que en realidad no tenía ningún amigo a quien invitar a casa? Su padre la sacó del aprieto. —Querida, es de Lauren de quien estamos ha­ blando —dijo guiñándole el ojo—. Y está demasia­ do atareada con su trabajo escolar para hacer seme­ jante cosa. Por cierto —y aquí puso la voz que usaba cuando quería cambiar de tema—, hoy he estado ha­ blando con un compañero de trabajo que tiene una hija en la clase de Lauren. Creo que se llama Cantari­ na o Cantarela o algo así… —Chantelle —corrigió Lauren. —¡Ese es el nombre! Bueno, pues le trae a su padre por la calle de la amargura. Se pasa el tiempo engan­ chada a internet chateando en esas páginas de con­ tactos… Sus notas escolares están cayendo en pica­ do y no hace nunca los deberes del colegio. —Tú no harás una cosa así, ¿verdad, Lauren? —dijo su madre, inquieta. —No he querido decir que Lauren… —se apre­ suró a decir su padre. —Claro que no, mamá —replicó Lauren, interrum­ piendo a su padre en mitad de la frase. De pronto, sus fideos chinos favoritos le sabían a paja. Si su padre pretendía darle ánimos, había 20


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fracasado estrepitosamente. Intentó terminar de ce­ nar, pero su apetito había desaparecido. —¿Podemos instalar ya el ordenador, papá? —pre­ guntó, deseando abandonar tanto la mesa como la conversación. Lauren vio que su padre le dirigía una mirada de preocupación a su madre. —Estaré contigo dentro de unos minutos, Lau. ¿Por qué no vas, mientras, al cuarto de estar y ves qué hay en la televisión? Lauren se disculpó y fue a recostarse en el sofá del cuarto de estar. Sentía que una pequeña llama de deseo se estaba encendiendo en su in­ terior. Quería ser una chica de las que se enrollaban a tope en un chat. Quería saber de música y de ropa. A medida que el programa de televisión le resba­ laba por encima, iba siendo más consciente de que estaba harta hasta la náusea de saber de álgebra, de ángulos y de cosas aburridísimas que no parecían ser­ virle nunca para nada. Al cabo de un rato, Lauren estaba sentada a la mesa de su cuarto, con el ordenador conectado y lis­ to para arrancar. Dio un beso a su padre. 21


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—Gracias. Me encanta mi regalo —dijo—. Es fantástico. —Si necesitas ayuda —dijo él, ya junto a la puerta de la habitación—, dame una voz —y metió la mano en la chaqueta y sacó su tarjeta de crédito—. Cóm­ prate unos libros con esto, si te apetece. Feliz cum­ pleaños, cariño. Lauren pulsó un botón y la pantalla cobró vida de pronto. Sonrió, expectante. Había pasado más de un año dando la lata a sus padres para que le compraran un ordenador. Conectó en seguida con internet y se acomodó bien en la silla. «Para empezar, ¿adónde voy?». Sin pararse a pensar más, atacó el teclado y es­ cribió «música pop» en la ventana de búsqueda. Miles de listados aparecieron de golpe ante ella y se sintió momentánemente desbordada. ¿Cómo se llamaba el grupo del que habían hablado las chicas ese mismo día en el colegio? Quería comprar música, no más libros. Su mano se movió incierta sobre el ra­ tón. Lo malo era que Lauren no estaba del todo segu­ ra del nombre del grupo. ¿Y si compraba un cedé equivocado? De pronto tuvo una idea luminosa. ¡Las revistas que le había dado el hombre de la tienda! Tenía que haber en ellas alguna información que la pudiera 22


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ayudar… Y, como no podía ser menos, después de solo unos breves momentos de búsqueda, encontró un artículo titulado In & Out ¡Lo que se lleva y lo que ya no! Una guía imprescindible. Lauren la estudió con detenimiento. Bajo el epí­ grafe In había una columna de todo lo que estaba de moda en aquel momento, mientras que bajo el Out aparecía todo lo que ya no se llevaba. Por lo visto, los pendientes de aro con brillantes de imitación ya no estaban de moda. Lauren no pudo evitar una sonrisa de íntima satisfacción ante la noticia. En la columna In, leyó que los zapatos de bailarina, las faldas vaqueras y las gorras «beanie» de punto eran prendas que había que tener en aquel momento. El lápiz de labios rojo estaba ya pasado, mientras que el pintalabios gloss rosado era moda rabiosa… Por fin llegó a la parte que estaba buscando, la sección de música. Según Teen Power y confirmado por Girl Spirit, Scum estaba en vías de desaparición y Los Chinchi­ llas eran el nuevo grupo en boga, sobre todo gracias a su cantante estrella, el supergenial Luke Skyler… Lauren cogió la tarjeta de crédito de su padre. El álbum de Los Chinchillas la miraba tentador desde la pantalla. Antes de que pudiera cambiar de idea, 23


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Lauren había ya metido el cedé en la «cesta de la compra» y, en cuanto apareció la petición de rigor, se lanzó a teclear el número de la tarjeta en la página del servidor seguro. La confirmación del pago se produjo casi al ins­ tante: Gracias por su compra. Su pedido le será enviado de inmediato. Por favor, teclee aquí para seguir comprando. Ahora que los datos de la tarjeta de su padre ha­ bían quedado registrados en aquella página web, Lauren se encontró de pronto pidiendo otros dos ce­ dés que recomendaba una de las revistas. Luego salió de la página y se entregó de lleno a la lectura de ar­ tículos de belleza y cotilleo para adolescentes. En­ contró una sección dedicada a los mejores chats de internet. Al parecer, montones de chicos del colegio entraban en ellos durante las clases de informática, hasta el punto que habían prohibido hacerlo dentro del horario escolar. Lauren había oído a algunos cha­ vales hablar de un chat en concreto llamado El Área Exterior. Por lo visto informaba de cantidad de cosas estupendas que ocurrían en el distrito y por eso la frecuentaban sobre todo usuarios de su colegio y de otros cercanos de la ciudad. La mente de Lauren se puso a divagar. Se pregun­ tó si Marcus Hodges chatearía en El Área Exterior. 24


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De pronto se sintió asaltada por el impulso irresisti­ ble de entrar en internet y averiguarlo. Solo tenía que teclear la dirección de la página web del famoso chat. Una oleada de excitación la invadió al pensar en lo que haría si Marcus realmente usaba aquella pá­ gina. A lo mejor llegaba a conocerle chateando con él. Al menos así no se le haría un nudo en la lengua… Se animó al pensarlo y, antes de poder evitarlo, ya había tecleado la dirección en su navegador. Su dedo vaciló, nervioso, sobre la tecla del ratón. Solo le fal­ taba un clic cuando oyó la voz de su padre desde el pie de las escaleras. —¿Has encontrado algo que te guste, Lauren? Lauren salió inmediatamente de la página. —Eh… sí. ¡Gracias, papá! —contestó. Cerró su nuevo ordenador y se cambió de ropa para ir a la cama. Pero no sentía el menor cansancio. Estaba reflexionando muy seriamente. «Voy a dejar de ser invisible», se dijo. «Luego me ocuparé de que me conozcan por algo que realmente valga la pena». Se metió en la cama con la pila de revistas a su lado, decidida a que la próxima vez que entrara en El Área Exterior estaría bien preparada.

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