Capítulo 28 Especial Irrumpió en su propia habitación, mientras pensaba en que, por fin, había algo positivo en su compromiso con Ariadne. Gracias a que se iba a convertir en el rey de los ladrones, su abuela le había dejado La espada de la verdad, lo que, seguramente, les sacaría de aquel embrollo. La sacó de su escondite, el doble fondo del armario donde tenía más de una espada, y no tardó en echar a correr hacia el dormitorio del señor Olarte. Se movió con tanta velocidad por el pasillo, que incluso derrapó al detenerse y estuvo a punto de caerse, pero logró mantener el equilibrio a duras penas. Sosteniéndose en el marco de la puerta, entró en el cuarto, donde encontró al señor Sanz saliendo disparado en dirección a la pared. El chico acabó aterrizando violentamente en el suelo, hecho una auténtica madeja humana. Pudo levantarse, aunque se tambaleaba, por lo que Kenneth le apartó levemente con un gesto, instándole a quedarse junto a la pared, mientras contenía la respiración. Nunca había hecho algo así. Detestaba las armas, a decir verdad. Pero
lo
hizo.
Primero
se
acercó
al
señor
Olarte,
que
seguía
aporreando las teclas de la máquina de escribir de forma desesperada, como si la vida le fuera en ello. Después, afianzó sus manos entorno a la empuñadura de la espada, antes de levantarla por encima de su cabeza. Soltó el aire de sus pulmones con parsimonia, suplicando al cielo al universo o a quien fuera que le escuchase, que aquella alocada idea fuera certera, que funcionara. Entonces dejó caer la espada. El mandoble funcionó, pues el filo atravesó limpiamente el aire, el espacio, cortando la conexión entre la máquina y el muchacho. Éste, cayó hacia atrás, chocando contra el suelo, mientras, poco a poco, el gris se esfumaba...
... Para dar paso al color, a la normalidad, a la realidad que conocían. El extremo de la pesada espada descendió hasta quedarse clavado en la madera del suelo. Kenneth, apretando todavía más la empuñadura, intentó sacarla, lo que le costó una buena cantidad de esfuerzo. De hecho, cuando la liberó, no pudo evitar sonreír un poco para sí, ya que se había sentido como Arturo sacando a Excalibur de la piedra.