El Semanario Arquidiocesano 394

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Del 29 de octubre al 5 de noviembre de 2012 / No. 394 Año 09 / ISSN: 2027-9205

El Año de la Fe: una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor El pasado 11 de octubre, bajo la guía y las indicaciones del Santo Padre, la Iglesia universal ha dado inicio solemne a la celebración del Año de la Fe. Es, sin duda, un momento de gracia para redescubrir, cultivar y testimoniar el don precioso de la fe. Para que esta oportunidad resulte verdaderamente fecunda, conviene que no perdamos de vista y, en cambio, meditemos con frecuencia la que podríamos llamar “hoja de ruta” de este itinerario. Se trata de la Carta Apostólica Porta Fidei; leyéndola, en ambiente de reflexión y oración, podemos desentrañar las claves y las líneas que nos permitirán vivir el espíritu del Año de la Fe. Justamente, la primera clave que nos propone el Papa es ésta: “…el Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31). Para el apóstol Pablo, este Amor lleva al hombre a una nueva vida…” (PF, 6). El encuentro con Jesucristo vivo y la fe en él, como bien lo señalan los Evangelios, impulsa en primer lugar a la verdadera conversión. Éste es el primer fruto de la fe; gracias a ella toda la existencia humana se introduce en la novedad radical del resucitado. La fe se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida de la persona (cfr. PF, 6). Los empeños por vivir la conversión pastoral a la que nos han exhortado los obispos en Aparecida no pueden brotar de una fuente diversa a la de la conversión personal. En tal caso, permaneceremos sólo en una modificación de estructuras o de circunstancias que no tendrá espíritu ni llevará el sello del genuino encuentro con Cristo.

La Palabra de Dios, en múltiples pasajes, nos entrega las características y expresiones de una verdadera conversión; aquí están algunas para nuestra meditación: Sólo vivimos la conversión cuando la concebimos en el conjunto del plan de salvación; esto es, cuando realmente descubrimos el amor del Padre a lo largo de la historia. Es necesario que tengamos clara conciencia de cómo nuestro pecado hiere el amor de Dios y nos aleja de la salvación que nos ofrece. En esta perspectiva, los textos bíblicos subrayan que la conversión parte del reconocimiento y la confesión del mal; es decir, la actitud de penitencia que expresa la necesidad de la gracia. Así, la conversión es arrepentimiento y retorno a Dios; tomar el camino de vuelta al amor del Señor, alejándose del mal. Es un regreso que se torna imposible sin la ayuda de la gracia. La conversión verdadera es cambio profundo, radical e innovador. Por eso, la Palabra de Dios lo expresa con una imagen impresionante: ¡tener un corazón nuevo! No es una acción, es una cadena de acciones que toca todas las dimensiones de la existencia y las vincula estrechamente al amor del Padre. En los labios de Jesús, la invitación a la conversión lleva una radical y nueva connotación: ¡crean a la Buena Nueva! Es un proceso que no termina de completarse totalmente en esta vida. Como bien lo señalaba San Agustín, es un camino interior de nuestra entera existencia terrena. El año de la Fe sea, por tanto, un impulso para nuestra verdadera conversión. Volvamos con renovado espíritu al Sacramento de la Reconciliación, en el que vivimos con la ayuda insustituible de la gracia el camino de vuelta al amor del Padre.

+ Elkin Fernando Álvarez Botero

Obispo Auxiliar de Medellín

In Memoriam Pág. 8

JAJ 2012

Paso a paso Año de la Fe

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