Begoña Maldonado
incomprendido El
busca su destino
Carta de
la narradora Querido lector: El siguiente cuento está escrito para que tanto tú como los adultos que lo lean disfruten de un viaje, una experiencia que fue escrita para dejar en evidencia las increíbles adversidades que podemos pasar en nuestras vidas, antes de darnos cuenta de que somos felices. Muchos animales, inclusive las personas, mueren sin saber que lo fueron realmente, pues ven en la felicidad algo que perdura en el tiempo, que se puede percibir con los sentidos o sentir con las emociones. Sin embargo, después de las numerosas entrevistas e investigaciones que hice para escribir
esta historia, llegué a la conclusión de que la felicidad no es más que un chispazo, algo fugaz que solo podemos reconocer en todos esos instantes alegres que hayamos tenido, todos esos recuerdos que nos sacan sonrisas, todos esos momentos en que nos sentimos en paz. Felices somos en la memoria, pues en la vida misma siempre habrá algo o alguien que nos despertará de ese sueño inalcanzable. Quiero adelantarte que el protagonista de esta historia es alguien que nació infeliz, alguien que siempre fue discriminado, incomprendido y que lo pasó constantemente mal durante toda su infancia y adolescencia. Si por alguna razón, tú o alguno de tus conocidos tienen alguna semejanza con los personajes que aquí se nombran, es mera coincidencia o producto de tu imaginación. Pues esta historia, aunque se basa en hechos reales, es solo un cuento y nada tiene que ver con la realidad; los escritores somos ilusionistas. Espero que disfrutes al leer este libro, así como yo lo hice al escribirlo. Ratalina Ratonaldo.
Capítulo 1
Esta historia comienza cuando mi familia y
yo pudimos cambiar de casa y nos mudamos al Gran Parque, un exclusivo barrio para los animales urbanos, que se encuentra en el centro de la ciudad. Mi esposo trabajó dieciséis años para que pudiéramos vivir en el sector suroriente de esa zona; salía de casa a las siete de la mañana y volvía a las diez de la noche. Un sacrificio enorme para una familia con trece hijos que no veían más que una hora al día a su padre. Pero, finalmente, logramos una de
nuestras grandes metas y nos instalamos a vivir en el mejor barrio animal de la ciudad. Debo admitir que al principio no fue fácil, porque fui bastante discriminada por mis vecinas. Esta gente tan estirada no ve con buenos ojos a una familia de quince ratas. Pero con el paso del tiempo todas se dieron cuenta que teníamos muchas cosas en común: deudas hipotecarias en Banconejo, convalidar la vida de trabajadora, madre y esposa, la lucha diaria de llevar a los niños al cole, vernos sudar las barras de chocolate en el gimnasio, escucharnos los gritos enardecidos de las peleas matrimoniales… Uf… «Vive y deja vivir», dicen por ahí. A mí no me importaba que me miraran y cuchichearan, porque lo que realmente me importaba era mi comodidad y la de mi familia. Yo vivía y vivo feliz en mi exclusiva madriguera en medio del parque más lindo, bien cuidado y grande de la ciudad, hogar más agradable, nunca tuve, además, queda bajo unos arbustos siempre verdes que dan sombra en veran…
Perdón, perdón, querido lector. Yo aquí aburriéndote con mis cosas, cuando no te escribo para hablar de mí ni de mi familia ni de las chismosas…, disculpa…, ni de las vecinas ni de mi hermosa casa. No, querido lector, yo quiero contarte uno de esos casos que cambian la vida. Justo ese día que nos mudamos al barrio, funcionamos como nunca con mis ratas. Verás, somos una familia muy numerosa y además desordenada. Entre mis hijos existe mucha diferencia de edad; la verdad, nunca hemos trabajado bien todos juntos, pero ese día éramos una máquina. Simplemente estábamos coordinados para instalarnos en la nueva madriguera. Movíamos muebles y metíamos cosas, cuando la vecina del árbol de arriba bajó a conocernos y darnos una especie de bienvenida al Condominio del Sauce: —Hola, hola. ¿Cómo están, familia? Es un placer conocerlos. Soy doña Golondroña, la presidenta del condominio. ¡Qué maravilla ver
a una familia tan numerosa instalarse por aquí! Linda preciosa, dime, ¿usas WhatsApp? —Igualmente, doña Golondroña, es un placer también. —Le di un apretón de mano con ala bien fuerte para luego decirle—: Sí, claro que uso WhatsApp. —Dame tu número y te meto al tiro en el grupo de las Chicas Sauce. Somos un grupito de lo más entretenido y unido. Hacemos cosas con los niños y sin maridos, ya sabes…, je, je, je… Te va gustar. —Sacó su celular y al abrir la aplicación dijo—: ¡Ups! Qué volada…. No te he preguntado ni tu nombre. —Me llamo Ratalina. Esos de ahí son mis trece hijos, y el de arriba del camión es mi esposo, Ratmón. Te doy mi número. —Cuando se lo estaba dictando empezaron a llegarle muchos mensajes que no dejaban de sonar estrepitosamente. —¡Es que no lo puedo creer! ¡No lo puedo creer! —repetía constantemente doña Golondroña—. ¡Al fin los Patiño pusieron huevos!
¡Al fin pusieron huevos! ¡Demos gracias a nuestro señor Escarabajo! —gritaba con una alegría muy notoria–. Ratalina, lo siento mucho, pero me tengo que ir a ver a mi amiga Paty. Ya tengo tu número, te mantengo informada por el chat de las Chicas Sauce… A ver si nos vamos de cena el fin de semana. Je, je, je… Hasta luego, Ratalina. —¡Qué te vaya bien! –le dije yo, y dándome un pequeño empujoncito, se fue hablando sola sobre los Patiño y sus huevos. Tengo que admitir que entre los animales no tenemos mucho criterio con el uso de información en las redes sociales. Pero no es eso lo que quiero contar ahora, así que sigo con lo mío. Días después me enteré sobre el drama de vida que tenían los Patiño. No te imaginas, querido lector, por lo que pueden pasar los animales en la intimidad de sus casas. Ellos eran patos de clase alta, que tenían dinero, propiedades y prosperidad económica, pero no podían tener hijos. Llevaban mucho
tiempo intentándolo, más de doce años sin siquiera una puesta de huevos; hasta el día que llegué a vivir aquí, cuando finalmente lograron empollar. Todo el vecindario recibió la noticia con cariño. Los cuatro huevos Patiños eran famosos, se hablaba mucho de ellos. A Paty y a Patricio les encantaba figurar, y ahora estaban felices de hacerlo junto a sus esperados huevos. Casi un mes después de la gran noticia, Paty Patiño llegó a tocar la puerta de mi casa. —Hola, Ratalina. ¿Cómo estás? Disculpa que te moleste. Es que mi marido quedó a cargo del nido ahora…, y sabes que ya pasó un mes, pero no se han abierto los cascarones. No se abren, Ratalina. Por mi señor Escarabajo, te confieso que no sé qué hacer… O sea, ¿qué puedo hacer? ¿Se puede hacer algo?… Tú tienes trece hijos; tienes que saber qué se hace… ¿Verdad, Ratalina? ¿Verdad que sí sabes?… Mi esposo dice que estoy medio loca, que son las hormonas, pero…
—Tranquila, mi Paty querida. No pasa nada. Cada cría nace a su tiempo, unos antes, otros después. A veces la ansiedad nos traiciona. Pero ten calma… —le tomé las alitas y la abracé para que se tranquilizara. —Te voy a acompañar a ver esos huevos. —¡Ay, sí…! ¡Gracias, gracias!… No sabes cuánto te agradezco, gracias. ¡Mil gracias…! —No paraba de agradecerme cuando la interrumpí con un grito hacia dentro de la madriguera: —¡Ratmón Jr.! ¡Ratmón Jr.! —¡¡Quééé!… —dijo una voz de dentro de la sala. —¡Cuida de tus hermanos, que tengo que salir ahora! —¡Nooo! ¡¿Por qué a mí?! ¡No quiero! Má, no quiero, siempre me toca ¡Má! —¡Qué los cuides y punto! Vuelvo en un rato —le grité un poco enojada. Luego le sonreí a Paty, y muy tranquila la acompañé a ver sus huevos.
Al llegar, estaba Patricio esperándonos muy bien sentado sobre los huevitos. Se levantó y vi el nido. No se imaginan qué bonitos eran. Radiantes, calentitos, perfectos. Un espectáculo en sí mismo. —¿Cómo los ves? —me preguntó Paty. —Perfectos. No necesitan nada. Solo paciencia —le dije mientras los tres, con cara de tontos, mirábamos los huevos. En ese momento nos dimos cuenta de que uno de ellos se movía y empezaba a resquebrajarse. —¡Mira, mira, Ratalina! —gritó eufórica Paty. Primero aparecieron pequeñas grietas que comenzaron a esparcirse por todo el cascaron. Luego se quebró y vimos unas perfectas patas de patito. Poco a poco salió el cuerpo entero. No sabes, lector, qué linda patita salió de ese huevo. A los pocos minutos después, le siguieron sus hermanos; sus caritas eran muy tiernas, sus plumas, amarillitas como de oro, ¡y eran ojiazules! Uy, qué patitos tan hermosos eran los cuatro.
Al rato, habían eclosionado los cuatro huevitos Patiños. Paty estaba feliz, y Patricio también; el pecho se les hinchaba, orgullosísimos de su tropa. Para ayudarles, fui a limpiar los cascarones rotos que habían dejado los patitos; estaba en ello cuando me di cuenta que debajo del caos, había algo que se movía. Me asomé y removí entre las cáscaras, y allí, hundido entre unas ramas, vi un quinto huevo. Sin embargo, este era diferente a los demás, parecía sucio, el cascarón era de color café. No sé, pero era extraño aquel huevo. Avisé a Paty. Ella, Patricio y los cuatro patitos se acercaron a mirar. Los siete, llenos de admiración, abrimos los ojos y vimos cómo el huevo raro empezó a romperse lentamente, muy lento, demasiado lento… Ya habían llegado casi todos los animales del condominio a chismear: «Quizás sea un huevo de lagartijas, ya saben cómo son…, ponen sus huevos en otros nidos», decían algunos gorriones. «Este huevo tiene pinta de ser Cucú. Ya saben cómo
son esos pájaros abusones y descriteriados», decían unas tórtolas. «Yo creo que este huevo debe ser de paloma, esas aves dejan sus huevos no deseados en cualquier nido y, simplemente, se van», decían unos erizos. Finalmente se rompió el cascarón, y aparecieron dos patas negras y bastante torpes, de lo que parecía otro pato. Poco a poco se fue asomando el cuerpo del quinto Patiño: plumas grises, pico negro, ojos negros… «Pero ¿qué le pasó a este patito?», nos preguntábamos todos. Patricio tomó de un ala a Paty y le preguntó en «privado», pero a gritos, qué significaba ese esperpento de pato. Graznaba a todo pulmón que ese pato no podía ser hijo suyo. Qué con quién se había metido. Quién era el verdadero padre de ese patito tan… tan… feo. Paty no podía parar de llorar, yo traté de calmar los ánimos hablándoles de mi experiencia con trece ratas. Les dije que todos son diferentes y que cada uno tiene sus cualidades. Unos se parecen a pariente muy lejanos,
o sacan genética de los bisabuelos. Me costó convencerlos, pero al final ambos cedieron. Ya calmados, fueron al nido y cuidaron de sus cinco hijos. El incomprendido es una adaptación del clásico cuento El Patito feo de H.C. Andersen. En esta versión el protagonista se aleja del escenario campestre para nacer en la metrópolis, bajo el seno de una familia moderna, adinerada, pero que no está exenta de problemas. Mientras pasa de la infancia a la adolescencia, el rechazo hacia su persona va aumentando, hasta volverse insoportable; y no solo para él, sino para su madre también, quien en un acto de amor, le insta a abandonar el nido. Es aquí que comienza un viaje en el que se paseará por diferentes escenarios que lo llevarán a replantearse la vida.
Valores Implícitos: Es una historia reflexiva, con humor, que busca empatía por parte del lector para con el protagonista, quien se verá involucrado en tortuosas aventuras. Será en el desarrollo de ellas donde conocerá a variados personajes que, finalmente, lo guiarán en su viaje que solo tiene un destino: aceptarse a sí mismo.
ISBN 978-84-19106-00-1 ISBN 978-84-18649-01-1
A partir de 10 años 9 788419 9 788418
106001 499011
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