El laberinto de la realidad

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I

PECADO ORIGINAL

«Elqueestélibredepecado quelancelaprimerapiedra».

«Dentrodenosotrosexistealgo quenotienenombreyesoesloque realmente Somos».

Jesús de Nazareth José Saramago (1922-2010)

«Loesencialesinvisiblealosojos».

El Principito. Antoine de Saint-Exupéry

«El resultado es un desconocimiento total de nuestra conexión con el todo, de nuestra unicidadintrínsecacon“todolodemás”y tambiénconlaFuente.Esteestadodeolvido eselpecadooriginal,elsufrimiento,elengaño.

¿Quéclasedemundocreamoscuandoesta falsaideadeseparacióntotaleslabaseque gobiernatodoloquepensamos, decimosyhacemos?».

Una nueva tierra. Eckhart Tolle ***

Fui condenado en un juicio sumario y, por ende, de una brevedad que, no por previsible, dejó de ser inusitada.

Entré en un inmenso salón, en el que las paredes estaban tan lejanas, que apenas podía distinguirlas a pesar de la luminosa y clara diafanidad de la luz que entraba por inmensas y no visibles ventanas.

En medio de la enorme estancia, había una tarima redonda de aproximadamente un metro y medio de altura, en la cual, se encontraba un anciano de barba larga y blanca que hacía contraste con la túnica y el turbante que llevaba, ambos absolutamente negros como el ala de un cuervo graznando en horas nocturnas. Permanecía sentado en un sitial rígido como un sello, erguido, hierático, solemne.

Sin saber por qué, al verlo, supe sin ninguna duda e inmediatamente, que era el juez.

A mi lado, a los pies de la tarima, se encontraba un hombre muy alto y delgado. Tendría unos sesenta años, pero se podía apreciar claramente la fuerza que emanaba de su cuerpo y que mantenía su porte y la altivez de su proceder. Vestía igualmente una túnica y un turbante negros, y sus labios se veían finos, emergiendo de su poblada barba entrecana.

¡Este es el culpable! —exclamó con voz firme y alta. Y al decirlo, con temor confirmé mi sospecha de que se trataba del acusador .

El anciano, con mirada fría, impasible y lejana, me increpó: ¿Ud.

se declara culpable o inocente?

—¿De qué se me acusa? —respondí—. Ni siquiera sé por qué estoy aquí —exclamé lleno de angustia y desesperación.

El juez, haciendo total caso omiso a mis preguntas y al tono de súplica en las que fueron emitidas, levantó los ojos y mirando hacia la gigantesca sala vacía, en donde se celebraba aquel remedo de juicio, levantando los brazos, exclamó con voz sonora :

—¿Alguien se opone a la culpabilidad del acusado?

Obviamente, solo el silencio llegó desde el silencio.

Apenas segundos después de haber preguntado, el juez volvió a hablar, esta vez con voz atronadora:

—Dado que nadie lo encuentra inocente, declaro al acusado ¡culpable!

El acusador se inclinó con reverencia ante el juez y luego mirándome con enorme desprecio, expresó:

—Este miserable es tan culpable, que ni siquiera sabe que lo es. El juez se levantó de su asiento y con mirada gélidamente inexpresiva, habló de esta manera:

—Dada la desleal condición de este acusado, me veo en la necesidad de condenarlo a un castigo que le permita su completa regeneración. —Hizo una brevísima pausa y luego continuó aún sin mirarme—: La condena durará el tiempo que sea necesario para que tal cosa ocurra.

Después, y ahora mirándome directamente con una mezcla de repudio y asco, expresó:

—El culpable permanecerá encerrado en un calabozo en totales tinieblas, la oscuridad debe ser profunda y abismal. Saldrá solamente durante las noches en las cuales haya luna llena y lo hará a un patio en donde habrá 77 veces 7 cántaros de agua. Se considerará regenerado y se suspenderá la pena, la noche en la cual logre descubrir, mirando en cada una de las vasijas, cuál de ellas contiene a la verdadera luna y no a su simple reflejo.

Después, antes de irse, y con un amago de irónica sonrisa, agregó:

—La noche en la cual sepa mirar y encontrar la verdadera luna, el mismo saber, le dará la libertad.

Pasaron muchos, muchos años.

Tres noches cada mes, los días de luna llena, abrían la puerta de mi calabozo y me permitían salir a un patio en donde 77 veces 7 cántaros reflejaban, cada uno, una luna. Con desesperación, durante los primeros tiempos, y con paciencia y tenacidad después, me asomaba a cada ánfora y trataba de discernir si allí se encontraba la luna real o no. Siempre, dolorosamente, descubría que solo miraba un reflejo.

Después de muchos años, tal vez siglos, comencé a mirar hacia arriba, y allí vi una luna inmensa y clara suspendida en el espacio. Sagrada y milagrosa, pensé, esta sí es la luna verdadera.

Vano afán.

Tampoco mirando hacia lo alto encontré a la verdadera luna.

Fueron muchos los días, los años y los siglos en que veía de manera nítida la respuesta de que la luna de los cántaros solo eran reflejos de una luna verdadera que brillaba en el cielo. Todas las lunas de los cántaros eran un artificio.

Romper la ilusión —me decía— está en mirar al cielo, contemplar la luna real.

Nada de esto funcionó. No logré obtener mi ansiada libertad.

Un día, me rendí.

Comencé a verme a mí mismo buscando salir de las tinieblas y de mi ignorancia y todo me pareció un inmenso absurdo.

Fue entonces cuando ocurrió.

De pronto comprendí que juez, acusador, tinieblas, calabozo, luna y reflejos, todo eso era la ilusión. Incluso yo mismo lo era.

Justo en ese instante, al experimentar la ruptura del velo, la prisión se deshizo o, más bien, se hizo obvio que nunca había existido.

Cesó la búsqueda, cesó la ilusión y comprendiendo la aparente culpa, fui totalmente inocente.

Fue así como descubrí que yo era la libertad misma y la inocencia absoluta.

II LA ESFERA

«Elserescualesferabellay perfectamentecircular,donde cadapuntohaciaelTODO,en equilibrio;sienalgúnpunto más; en otro menos, de “SER”. “El SER” tiene

«Manténlaesperanzayel universoteabrirápuertas dondesolohabíaparedes».

Joseph Campbell

«“Mira” decía Ochwiä Biano: “Loscruelesqueparecenlos blancos.Suslabiossonfinos,su narizpuntiaguda,susrostroslos desfiguranysurcanlasarrugas, susojostienenduromirar,siempre buscanalgo,¿québuscan?Los blancosquierensiemprealgo,están inquietosydesasosegados.

centroentodaspartes,entodos losseres,porigual. OloqueunacosatienedeSERhace decentrodeluniverso.QueeselSER».

«Elfuegonoardeniconsume,nilas olasdelmarvanyvienenconprisas, nielairedeliciosoyseco,elairedel veranomaduro,empujasuavemente coposblancosdeinnumerables semillasqueflotan,moviéndosecon gracia,paracaerdondepueden».

Walt Whitman

Nosabemosloquequieren.Noles comprendemos.Creemosqueestán locos”.Lepreguntéporquécreía quetodoslosblancosestánlocos.Me respondió:“Dicenquepiensanconla cabeza”.“¡Puesclaro!¿Conquépiensas tú?”,lepregunté.“Nosotrospensamos aquí”dijoseñalandosucorazón. Quedésumidoenlargasreflexiones».

Recuerdos, Sueños, Pensamientos. Carl Gustav Jung

«Sillorasporquelaluzdelsolseha ocultado, laslágrimasteimpediránverlas estrellas».

Rabindranath Tagore

Se sujetó al pasamanos para impulsarse con más fuerza y poder

subir con mayor rapidez los últimos tramos de la escalera… ¡Cómo era posible que se le hubiera olvidado! ¡Nunca se lo perdonaría!

Tantas cosas dependían de eso… Y lo había prometido… había prometido cuidarla y había fallado. Ahora no tenía excusas… ahora, a lo mejor a él, Dios también le fallaría.

¿Qué diría por no haber ido al colegio?… cualquier disculpa será buena… —me duele la cabeza—… o mejor —tengo ganas de vomitar—… No importa, eso no es importante…

—¡Dios, que llegue a tiempo!

Al menos recordó el olvido en la parada del autobús y tal vez podría llegar antes de que limpiaran su cuarto. Había amanecido un día muy frío. Durante la noche, las calles se habían cubierto con el blanco sortilegio de una copiosa nevada.

—Qué tonto fui, levantarme tan temprano solo para ser de los primeros en pisar la nieve. Pero es tan hermoso el sonido de la suave dureza al romperse… crash… crash… crash… Y la acera blanca y solitaria, con el viento soplando frío en las mejillas, helando las orejas y coagulando el aliento, como convirtiendo a los seres vivos en máquinas de vapor.

Con un poco de suerte podría encontrar el carro de madera vieja del ropavejero o buhonero de turno, mientras rebuscaba entre desperdicios o deshechos, y detenido frente a algún portal, rebuscando objetos útiles o trozos de tela o ropa descartada por seres más ricos y afortunados que él.

Otras veces ya se lo había tropezado en mañanas tan frías como esa, muy temprano y después de recientes nevadas.

Se extasiaba frente al carcomido caballejo que debía tirar del maltrecho carretón, flaco hasta los huesos y de un descolorido pelo de tono amarillento, lleno de años y resignación. Veía como resoplaba humo tibio por sus orificios nasales, única expresión de queja por una vida

tan miserable. Con un arnés recargado de cordajes y cueros, halaba del maloliente carricoche, vetusto y traqueteante, entre adoquines helados en el invierno citadino. Sentía admiración y lástima por el animal, al que el amo, igualmente maltratado por la vida, no le concedía ni siquiera el resquicio de felicidad de observar a su antojo el mundo que lo torturaba. Las gríngolas, eternas, protección frente al tráfico de la capital, apenas permitían observar sus ojos tristes, cansados, siempre secretantes y lacrimosos, perfecta expresión de dolor ajeno y propio.

«Debe estar después de la próxima esquina» había pensado al salir de su casa en la temprana mañana.

Y se entretuvo oyendo el crash… crash… crash… de su caminar crepitante sobre la nieve pura y semihelada. Cada veinte o treinta pasos, se daba vuelta y miraba extasiado hacia atrás. Sentía una alegría extraña y profunda al ver reflejado su camino claramente demarcado por sus huellas solitarias.

Sin pretenderlo, acompasaba su caminar al ritmo de sus ideas. Tan pronto observaba pequeños pasos, seguidos y presurosos, transmutarse en zancadas largas, lentas y reflexivas, como claros indicios del pase de vacilantes expectativas a serenos convencimientos. Más adelante nuevos pensamientos se manifestaban en sutiles marcas de perfiles difusos que pronto se transformaban en profundas huellas, donde los dibujos de las suelas de goma eran un molde exacto de enérgicas y súbitas decisiones.

Delineando sus huellas y perdido en sus pensamientos, había salido olvidando su promesa.

—¡Dios! ¡Que llegue a tiempo!

La tenía desde finales de otoño.

Recordaba que la vio flotando, blanca y etérea, impulsada por un todavía aire cálido de un día especialmente caluroso.

Había estudiado en la clase de ciencias el nombre botánico de la

semilla voladora, que plumosa y esférica, se desplazaba jugueteando entre ideas, sueños y arboledas.

Ese día, caminaba añorante y ensimismado, como acostumbraba a hacerlo por las calles de la ciudad.

Las avenidas y paseos lucían solitarios.

Muchas tiendas se encontraban cerradas y el viento frío cambiaba lo concreto del interés comercial, por la búsqueda de espacios tibios y acogedores.

El invierno se nutre de los efímeros amores del estío.

Y con árboles impúdicos y tristes, un continuo gotear de recuerdos sobre las aún persistentes hojas amarillas y los jerséis sacados del fondo de los armarios, solo amores inventados, alados e imposibles, podían dar consistencia de verdad al humo de los cigarrillos en las cafeterías de las calles, avenidas y paseos de la fría metrópoli vacía.

Cuando la vio por primera vez, era un día particularmente ventoso y frío para la fecha en que se encontraban.

La persiguió mirando cómo circulaba y se contorsionaba siguiendo los vericuetos de un viento circular que más parecía acariciarla que empujarla.

La observó esférica, con su centro intuido, presagiado más que conocido, del cual salían radios en todos los sentidos del espacio, redondeándose, esferizándose, haciéndose casi perfecta.

La sintió frágil y temerosa.

Había acudido tarde a la cita con el tiempo, su época de vuelo era al final de la primavera o el verano, cuando las ramas mustias y mojadas, empiezan a dar colores y yemas de vida, prólogo de expansiones y bellezas más tardías. Es a finales de junio, cuando parques y avenidas comienzan a ser correteadas por desnudas damiselas de vida, apenas cubiertas por el tul de su blancura, curiosas y rápidas, buscando dónde posar su carga creativa. Es ya en julio e incluso en agosto, cuando muchos dicen sufrir ardor en los

ojos por haberles caído algunas pelotitas blancas, que ignorantes o confundidas, deshacen su peluche en el rostro de algún transeúnte.

¿Pero en diciembre?… ¿Y ya cerca de sus finales?… no, eso es muy raro.

Además, la vio moverse coqueta y presagiosa, y en su todavía pueril pubertad, sintió como un reto el tenerla bajo su cuidado. Pensaba que protegiéndola se haría merecedor de que le fuera concedido su gran deseo. El deseo secreto. Lo nunca confesado, pero eternamente suplicado a un Dios entrevisto, entre dudas, culpa y fe, en sus mustios y frecuentes días de soledad.

La imaginaba rubia y cercana, y muchas veces había sentido dolerle el corazón al pensar tan solo en el primer beso. Muchas noches imaginó el primer encuentro. Se vio a sí mismo, sabio y conocedor, reconociendo quién era ella desde la primera mirada. Fantaseaba con su rubor, con su confusión y desconcierto inicial, en contraste con la seguridad propia del soñador empedernido que, entre suspiros y tristezas, había vivido muchas veces la escena.

Pensaba con fuerza en ella, y esperaba encontrarla cada día de su vida.

Favorecía posibilidades y cruzaba miradas cómplices con ojos lejanos, pensando siempre que quizás, ese sería el instante mágico del primer encuentro, o más bien del único, porque después de verla, de conocerla, no podrían existir más encuentros en el Universo.

A veces, permanecía en una esquina durante horas, solo porque la brisa era suave, el cielo estrellado y la luna tapizaba de luz el canto de las hojas y, en instantes así, la reunión era propicia.

En otros momentos, mientras esperaba el metro para regresar a su casa, se le ocurría que tal vez ella vendría en el tren siguiente, y sentía el temor a equivocarse apretando su corazón como si fuera un puño. Pensaba que, por un necio error de pocos minutos y su falta de paciencia, perdería la posibilidad de toparse con el amor. ¡Claro!, perdería la oportunidad solo temporalmente, pues no tenía ninguna

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