La mata de Epazote

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Alexis Lopez Carrizalez

mata de Epazote

La



UN JARDÍN, UN PARAÍSO, EL EDÉN

C

omo todas las mañanas, el sol salió de entre las mon-

tañas y sus rayos empezaron a esparcirse por el inmenso jardín de flores que cultivaba desde hacía bastante tiempo el viejo Iván. Hombre que había dedicado su vida entera al cultivo de todas las flores conocidas. El jardín empezó a dejar ver toda su belleza y el esplendor que lo envolvía. Todo su majestuoso colorido en armonía con el aroma embriagante que se respiraba y el alegre trinar de los pájaros que revoloteaban por doquier; convertían aquel jardín en un lugar lleno de vida natural. Podía contemplarse todo tipo de flores con sus mágicas formas y cautivante variedad de colores. Iván había seleccionado y sembrado


una gran variedad de flores. Se podían contemplar muy esbeltas y orgullosas de sí mismas las gladiolas, jazmines, crisantemos, tulipanes, lirios, azaleas, azucenas, girasoles, rosas de todos los colores, tamaños y formas; orquídeas, margaritas, magnolias, lilas, peonias, fucsias y muchas más especies de fulgurante hermosura. La convivencia de aquellas especies, junto con su cuidador, las aves, las abejas y demás huéspedes naturales, hacían de esa vida algo maravilloso y a su vez brindaba mucha paz, amor, seguridad y un orgullo bien justificado de existencia. Las flores producidas por el jardín de Iván eran muy buscadas por la gente del pueblo; quienes se apersonaban muy a menudo para llevar las especies de su preferencia, y así embellecer sus hogares con las preciosas opciones escogidas. Iván, hombre trabajador y labriego desde muy joven, todos los días desde tempranas horas de la mañana se sumergía en su inmenso jardín y, extasiado, dejaba consumir el tiempo. Era muy cuidadoso escarbando alrededor de cada planta, limpiándolas y protegiéndolas de la maleza e insectos dañinos, así como darles el riego vital con suficiente agua. Mientras lo hacía les conversaba cariñosamente, y hasta les contaba anécdotas de su vida. Él les hablaba, y las flores muy atentas se admiraban, y


en momentos reían entre sí. Todo esto acontecía hasta ser interrumpido repentinamente por el llamado de su mujer, Bereniz, quien le advertía a viva voz que la hora de comer había llegado. Iván, cuidador y amigo que siempre hablaba con las plantas, le respondía de igual forma: —¡Ahí voy! —Y después le decía a las plantas con voz jocosa—: La jefa me está llamando..., es hora de meter los pies debajo de la mesa. Y con paso apresurado, dejaba aquel jardín encendido de risas y algarabía. Ya que las flores se gozaban con las ocurrencias del viejo Iván. Llegaba a su casa, y de lejos se escuchaban las demandas de Bereniz sugiriendo a Iván que se lavara las manos antes de sentarse a comer. Este con gentileza le respondía: —Ya está hecho mujer, ya está hecho —A la vez que arrimaba la silla para sentarse. Mientras esto acontecía, allá en el jardín, las abejas se regocijaban tomando el néctar de las flores. Y las más jóvenes comenzaban a jugar con su abejorreo entre las flores del jardín, cual pista de carreras. Siempre la más intrépida y sagaz del grupo era Milla (la llamaban así porque era la distancia que recorría haciendo zumbar con fuerza todo su cuerpo). Muchas veces hacía un trayecto de forma ascendente, para


detenerse y contemplar todo el jardín desde lo alto. Luego regresaba en forma estrepitosa y, con movimientos zigzagueantes, se sumergía de nuevo en el jardín. Se quedaba entre las flores para platicar largas horas con estas, hasta tener que regresar a su colmena. La abeja Milla era muy querida y respetada por las flores; en sí, ellas sabían de su enorme importancia en el proceso de la polinización. Ya que en forma natural las abejas transportaban el polen desde los estambres hasta el estigma de las flores de la misma especie, y así hacían posible la fecundación y posterior preservación de la especie. La abeja Milla siempre estaba presta para hacerles cualquier favor a sus amigas, las flores del jardín. Milla se hacía notar, porque todo el tiempo andaba cantando su canción favorita(*) mientras volaba por el jardín procurando el mejor néctar. Y así transcurrían los días donde nada interrumpía la armonía de aquel ambiente y la relación entre Iván y su jardín. Siempre que hubiese algo de que hablar entre el jardinero y las flores, ellas daban inmediata novedad a Iván de lo que fuese de interés para todas. A final de cuentas, él era el benefactor de ellas. Ese protector que, como un pastor de ovejas, siempre estaba muy atento para que nada afectara a sus flores.


UNA VISITA MUY MISTERIOSA

U

n día muy temprano, al alba de esa mañana y antes de

que Iván iniciara su faena de rutina, comenzó a divisarse entre la niebla y desde lejos una figura fémina de avanzada edad. Una mujer de caminar lento y cabizbajo, apoyándose con una vara para su andar, y llevaba consigo un atuendo largo que le cubría desde la cabeza hasta los pies. Portando en su hombro izquierdo un improvisado morral de tela. Desde el jardín, todas las flores miraban con curiosidad aquella escena poco vista por ellas. La anciana, llena de admiración durante su andar, no le quitaba la mirada al jardín de Iván. De repente, detuvo su marcha y se paró en el camino, justo frente al jardín, para así poder detallar toda la belleza y el


esplendor que este brindaba. A la vez aprovechaba y secaba su frente con la misma tela con la que envolvía su cabeza, y exclamó con admiración y voz apacible: —¡Todo esto es bello!, ¡todo es majestuoso! ¡Todo está lleno de colores e impregnado de fragancias! —lo repetía una y otra vez mientras se acercaba al vallado para apoyarse sutilmente con sus manos, y entonces exclamó—: ¡Este es el lugar! Las flores estaban perplejas al ver cómo la anciana, con mirada aguda, estaba contemplando todo el jardín; y ellas mostraban incomodidad por lo que estaba pasando. Entre todas murmuraban lo que estaba ocurriendo. Pero las cosas fueron causando mayor asombro cuando las flores vieron cómo la anciana procuraba un espacio en el vallado para entrar hacia el jardín. Allí les invadió un pánico total, y más aterradas estuvieron cuando la anciana logró traspasar el vallado para internarse en el inmenso espacio donde ellas estaban. Les arropó una incertidumbre aterradora al desconocer las pretensiones de la anciana, quien ya dentro del jardín les habló, a la vez que hacía movimientos en círculos, procurando que todas las flores la escucharan. Con movimientos corporales muy pausados y siempre apoyada de su vara exclamó: —¡Buenos días tengan todas! —Con voz suave y cara sumisa prosiguió—: Les ruego que no tengan miedo, no hay


nada de qué preocuparse —dijo la anciana, haciendo gestos amables con las manos—. Después de contemplar este bello jardín, plagado de muchas especies de flores, refulgiendo hermosura y emanando fragancias por doquier, quise conocer más de cerca este placentero lugar. Todo aquí es hermoso, todas ustedes son bellas. Pero no veo plantas medicinales. Plantas que ayuden a la cura de enfermedades. Entonces, las flores comenzaron a causar alboroto ante las reflexiones de la anciana; y una valiente Rosa roja le replicó: —En este jardín prevalece la belleza, lo más fino y selecto de las diversas especies de flores. —Y con arrogancia exclamó—: ¡Aquí solo hay espacio para la gracia y la elegancia de nosotras, las flores. Y tras expresarse, fue apoyada con vítores por el resto de sus similares. Ellas se sentían muy seguras de sí mismas, ya que eso es lo que el jardinero Iván les había inculcado desde siempre Después de un pausado silencio, y con su mano derecha sobre su mejilla, les replicó a las flores diciendo: —Creo que aquí no entienden el poder que la naturaleza le ha dado a las plantas medicinales, y lo muy importante que son para los seres humanos. La belleza y las fragan-


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El desafío de cambiarlo todo.

ISBN 978-84-18911-08-8

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