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Iris era una joven exploradora a la que le encantaba la Ciencia y resolver misterios e incógnitos. Vivía en un planeta llamado Bhur. Su casa estaba rodeada de naturaleza, y por la noche se podían ver todas las estrellas y los demás planetas de su galaxia.
Cada día, imaginaba todas las aventuras que iba a llevar a cabo, aunque todavía no se había atrevido a realizar ninguna. Una de las cosas que más llamaba la atención de Iris era su peca justo en la punta de la nariz. Su familia le decía que esa peca era especial, aunque a ella nunca le había gustado.
Un día oyó hablar del amor a su vecina, la señora Adelina. La realidad es que no era la primera vez que oía hablar sobre el tema. Allí en su planeta todo el mundo hablaba del amor. Pero Iris, por más que preguntaba, no acaba de comprenderlo. Parecía que cada uno tenía una forma distinta de entender el amor. La señora Adelina le explicó que el amor era un tesoro que todo el mundo quería encontrar, pero que poca gente sabía escoger el mapa adecuado.
«¡Siempre tan misteriosa!», pensó Iris. Por eso le gustaba tanto la señora Adelina. Cansada de no obtener una respuesta clara, se armó de valor y decidió emprender una aventura por los planetas de alrededor para averiguarlo.
¡Qué emoción! Era la primera vez que Iris había tenido el coraje de iniciar una de sus deseadas aventuras. El primer planeta al que llegó era muy colorido y sus habitantes… ¡eran frutas! De repente una bonita naranja se le acercó: —¿Has visto a mi otra mitad? —le preguntó impaciente. —¿Tu otra mitad? —repitió Iris muy extrañada. —¡Sí! ¡Necesito encontrar a mi media naranja! —contestó la fruta, desesperada. Iris no entendía muy bien a qué se refería, pero quiso ayudarla. Buscó y buscó sin parar. Encontró muchos tipos de frutas de distintos tamaños y colores..., pero nada de lo que estaba buscando.
Finalmente, cansada de buscar y viendo que se hacía tarde, Iris se marchó. Estaba un poco triste por no haber podido ayudar a esa pequeña naranja. No entendía por qué buscaba a su mitad si ya estaba entera.
El segundo planeta estaba lleno de pequeños seres con grandes sacos a sus espaldas. Enooormes sacos. Casi no podían caminar de lo que pesaban. ¡Incluso alguno llevaba más de uno! Iris no estuvo mucho tiempo allí. No creía que los habitantes de ese planeta supieran lo que era el amor. Parecían cansados, resignados y algo tristes. Además, tampoco quería que alguno de ellos aprovechara y… ¡le pusiera uno de sus sacos encima!
¡No b usqu fuer es a lo que es tá dent ro d e ti! ISBN 978-84-19339-40-9
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