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Mauricio Montiel Figueiras La depresión, auténtica materialización del infierno

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PORTAFOLIO

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Entrevista con Mauricio Montiel Figueiras

Foto: Alejandro Meter (detalle)

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La depresión, auténtica materialización del infierno

Por Mariel Turrent

Ensayo autobiográfico, ejercicio terapéutico y crónica desestructurada de su propio proceso depresivo, perturbador y oscuro, Un perro rabioso. Noticias desde la depresión, de Mauricio Montiel Figueiras, es también la memoria de los héroes silenciosos que sufrieron esta enfermedad insidiosa. En la siguiente entrevista, el autor revela cómo logró sobrevivir a este trastorno a través de un viaje literario que invoca de manera híbrida varias disciplinas: literatura, pintura, cine y música, y cómo con este libro el también poeta se propuso, “si lograba sobrevivir a esa verdadera noche oscura del alma”, contar su experiencia a quien quisiera escucharla, y quizá hacer entender que la depresión es una “auténtica materialización del infierno”.

Viaje a través del arte (literatura, pintura, cine, música), Un perro rabioso. Noticias desde la depresión (Turner Noema, 2021, 160 p.), no solo es un descenso al infierno del propio autor —“Imagino mi mente como una habitación a expensas de un vendaval que irrumpe por puertas y ventanas que yo no abrí y por tanto ignoro cómo cerrar”—, sino también una exploración de la mitología acerca de este mal, y cómo, desde tiempos inmemoriales, ha estado presente, ensombreciendo la vida de tantos: en El mito de Sísifo de Albert Camus, en el pincel de Tiziano y El Bosco, en las tempestades de J. M. W. Turner.

Como crónica sensorial, el libro nos regala la visita completa al cementerio de Montparnasse, con fotografías del cenotafio de Charles Baudelaire, con música de fondo implícita, desde los Nocturnos de Chopin hasta One of my turns de Pink Floyd, en literatura, desde Yasunari Kawabata hasta Quiroga y Nietzsche, y en cine, desde Bergman hasta la teleserie En terapia de Rodrigo García, todo ello, con un excepcional talento para evocar un ambiente complejo que nos interna en estampas perturbadoras, en los momentos sórdidos de un poeta (Montiel Figueiras lo es) para hacernos sentir, para hacernos entender, a quienes no hemos sufrido este trastorno, que la depresión no es un mal día, no es estar triste ni decaído, sino una “auténtica materialización del infierno”.

Así, Un perro rabioso es la memoria de los héroes silenciosos que poblaron los años en los que no existía la psiquiatría ni los medicamentos, y de quienes “como Hamlet, murieron con una frase elocuente en los labios: ‘Lo demás

es silencio’”. Aunque, asegura Montiel Figueiras, lo peor es “callar los estragos que causa la enfermedad insidiosa”.

—Antes de leer tu libro yo tenía una idea muy superficial de la depresión. La imaginaba a distancia y la asociaba, erróneamente, con un desgano, con dormir mucho, con evadir la realidad. Cuando leí tu libro pude sentir —en la medida en que la literatura lo hace posible— lo que es la depresión. Esto es algo que hace posible la literatura, porque incluso las imágenes y la música no habrían sido tan elocuentes sin tus palabras. ¿Cómo entiendes tú este proceso, y el efecto que causan tus palabras en el lector? —Empezó como un ejercicio catártico y terminó como un ejercicio terapéutico —que no es lo mismo—, y espero que para el lector funcione también de esta manera. —¿En qué momento escribes el libro y cuál fue el propósito? Sé que lo iniciaste en las redes sociales. ¿Cómo empezaste ya a concebirlo como lo que es? ¿Cómo lo fuiste estructurando? —Gracias al consejo de mi psicoanalista empecé a llevar un diario. Aunque en el primer brote depresivo en 2014 no podía hacer nada. Escribí durante más o menos tres semanas un diario íntimo que no he sacado a la luz. Cuando releía ese diario podía entender mejor mi proceso. En mi segundo brote, en 2018, decidí hacerlo otra vez y publicarlo. En ese momento lo hice en Twitter y fue un aliciente encontrarme con mucho apoyo. A pesar de que esta red fomenta el odio y el vituperio, yo me sentí arropado, y me dio la seguridad necesaria para pensar que, en algún momento, podía convertir aquello en un libro. Después, gracias a Ricardo Cayuela Gally, director editorial de Turner, trabajé el libro en forma. No copié de Twitter lo que había escrito tal cual, sino que reacomodé ese material para armar el libro y darle una secuencia narrativa que fuera amable para el lector. —A mí me gusta que los libros tengan capítulos, subtítulos, porque me da una estructura, me ayuda a regresar a algo que quiero releer. En tu libro no encontré eso y pensé que precisamente la falta de ello tenía un propósito. —Una de las cosas que provoca la depresión es la desestructuración de la mente y del individuo; te empiezan a llegar ideas intrusivas muy nocivas que se quedan girando como cuando entra una mosca en tu casa y se queda ahí dando vueltas sin propósito. Quise respetar, en la medida de lo posible, esa desesperación en la estructura. En Twitter lo había escrito con un orden, aunque muy desestructurado, y sí tuve que darle cierta estructura. Me recomendaron hacerlo con fechas como una crónica, pero vi que iba a traicionar el espíritu de la desestructuración así que pensé en escribir un prólogo para preparar al lector antes de que empezara a leer.

Después, por recomendación de mi psiquiatra, escribí el epílogo para dar una esperanza; siendo una persona que logró salir de esto, quise escribirlo como una luz, hablar de ese Virgilio que ayuda a Dante a salir del infierno. En mi caso, mis Virgilios son, además de mi hija, mis familiares y amigos cercanos, también todos los escritores, artistas, cineastas y especialistas que estuve consultando. Eso lo entendí cuando ya había escrito el libro y lo plasmé en el epílogo. —¿Cómo hiciste para hilar tantos datos históricos: los investigaste o fueron apareciendo? —Mientras estaba en esta situación, fui recordando a algunos que ya conocía, y a otros los encontré en el camino. Yo los llamo mi ejército cultural. Por ejemplo, yo no conocía a Andrew Solomon, lo encontré en una Ted Talk buscando gente que hablara de la depresión en YouTube y me dejó muy impactado; luego compré su libro El demonio de la depresión. Un atlas de la enfermedad, donde a partir de su propio

contacto con la depresión escribe la historia del padecimiento. Es un libro muy importante y eso me iluminó para hacer algo parecido. Yo diría que conocía al cincuenta por ciento de los que cito en mi libro y a la otra mitad me la topé en mi proceso. Por ejemplo, a Ingmar Bergman ya lo conocía, pero lo pude ver desde la óptica de la depresión. —¿Digamos que a muchos los reconociste? Es decir, los volviste a conocer desde otra perspectiva. —Así es. Steven Soderbergh hizo que me identificara con el personaje femenino de Unsane y con su proceso de medicación y el contacto con el insomnio; pensé en un momento que hablaba de mí, ya que reconocí la sintomatología, los efectos de los medicamentos y todo lo que aparece en esa película. —¿El título surge de los epígrafes de Horacio Quiroga y Friedrich Nietzsche? —Empiezo el libro con lo primero que publiqué en Twitter: una serie de aforismos con los que comencé a describir mi depresión. Y el primero decía: “La depresión es un perro rabioso. La depresión es un pozo en el que nunca habrá agua para beber…”. Después, esos aforismos empezaron a expandirse, pero al escribir el libro quise dejarlos como una especie de umbral. El del perro rabioso fue el primero que escribí, sin tener las citas de Quiroga y Nietzsche en mente. Con ellos me topé luego y pensé: “Ni mandadas a hacer”. —¿Cómo fue tu proceso de publicación con la editorial Turner en España? — Ricardo Cayuela Gally me había contratado el libro originalmente para Penguin Random House. Me dieron el anticipo y ya estaba en tratos incluso con quien sería mi editor cuando Ricardo salió de Penguin, y un amigo que se quedó en su lugar me dijo que la editorial había decidido que mi libro no encajaba en su plan editorial. Entonces yo lo propuse a Océano a otro buen amigo y le interesó, pero el dictamen editorial salió negativo; dijeron que preferían un punto de vista clínico y no el del paciente. Venturosamente, después Ricardo se fue a trabajar a España a Turner y se lo llevó. —Tu libro está lleno de imágenes. ¿Cómo resolvieron en Turner los derechos de las imágenes? —Se pueden manejar como citas textuales, la editora de Turner me dijo que podíamos apelar a eso. Además, hice una carta donde yo me hago responsable en caso de que hubiera algún problema. —¿Cuánto tiempo pasó para que vieras publicado tu libro? —En 2019 entregué el libro a Ricardo, él se fue a España en 2020, pero se vino la pandemia y hasta 2021 salió publicado. —¿Cómo ves tú el proceso de publicación en general? —Es un proceso tortuoso, máxime cuando está uno comenzando como en toda profesión y sobre todo con el mercado editorial tan expandido. Paradójicamente, en un país en que se lee poco, como México, el mundo editorial es una maquinaria que no para, así que se establece una competencia muy fuerte entre los autores como si todos quisieran ser escuchados en un concierto de heavy metal. Hay mucho de azar y mucho de suerte; destacar o no tiene mucho que ver con el aparato publicitario. Yo tengo más de treinta años en este medio y me doy cuenta de que los autores que están en los reflectores no siempre son los mejores: afuera, en la penumbra, hay muchos autores a veces más interesantes. —Veo que hoy en día todos quieren poner a los libros una etiqueta, así que te haré la pregunta que hacen: ¿qué género dirías que es tu libro? —Es un ensayo autobiográfico, aunque también tiene mucho de crónica. Autoficción no. Porque no hay nada de ficción. En Twitter me preguntaban que si lo estaba ficcionalizando. Ojalá. Nada es ficción. —Creo que los que buscamos hacer literatura no caemos en un género como tal. Me da gusto que me lo confirmes. —Nos hemos americanizado porque las editoriales quieren meterte en un cajón, pero a mí me gusta cada vez más la hibridación de géneros. Mezclar ensayo, narrativa, crónica, investigación histórica: eso me gusta cada vez más. Sin embargo, a los editores les cuesta mucho trabajo definir qué es un libro híbrido. Por ejemplo, en Almadía publiqué un libro donde combino fotografía con narración y resultó un tanto complicado de vender a los libreros. Pero siempre habrá editores que acepten tu trabajo, que se quiten la venda y vean el valor del libro. Y además hay lectores para eso. —¿Crees que el tema de tu libro, a diferencia de tus cuentos y tus ensayos, tiene un público más numeroso? —Creo que puede tener más público justo por el tema. Le ha estado yendo bien. Aún no tengo números claros, pero en México se ha movido bien, y donde ha pegado más es en las redes sociales: capturas de pantalla de Facebook, de Twitter, de Instagram, demuestran que hay gente que está leyendo el libro. —Y en España, ¿ha sido bien recibido? —Es complicado mover autores latinoamericanos en España, porque ese mercado se siente el conquistador, autosuficiente, muy europeo. Y lo que sucede de este lado del charco no le interesa tanto a pesar de que se están haciendo cosas más interesantes e importantes, según creo. En general, es complicado mover los libros porque compites con cientos de escritores, pero el tema —esto lo he discutido mucho con colegas y con mi psiquiatra— se va a ir expandiendo aún más a raíz del Covid. Ojalá que no, pero la depresión apunta a ser una nueva pandemia gestada por debajo de la pandemia viral. Tropo

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