«Es frecuente relacionar al concepto de la conversión la idea de tristeza y esto, en verdad, es algo muy lamentable, pues nada más gozoso que la acción que realiza Dios para convertirnos, para acercarnos a Él.
Convertirse, es recibir la efusión del Amor de Dios que llama al hombre a participar de la Bienaventuranza eterna. Convertirse, es dejarse penetrar por la invasión unciosa del Espíritu Santo, que irrumpe en nuestra vida con su divina luz y su eficaz acción transformadora. Convertirse, es aceptar en el santuario de nuestro ser la palabra de amor que Dios pronuncia por su Espíritu y tratar de corresponder a ella con toda la capacidad de nuestras energías.
Convertirse, es simplemente, tener la experiencia del Amor de Dios que nos colma la existencia y que ya no se puede vivir sino para su gloria y alabanza».