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LOS PLIEGOS POÉTICOS DE LA COLECCIÓN CAMPO DE ALANJE EN LA BIBLIOTECA NACIONAL DE MADRID (SIGLO XVI)
Cada vez estamos más convencidos de la necesidad de abordar en serio el estudio de los pliegos sueltos poéticos impresos en el siglo XVI. Considerados hasta aquí aisladamente, en tanto en cuanto significaban un texto nuevo o las variantes curiosas de otro ya conocido, ni sabemos el número de los que existen, ni su repartición geográfica, ni las fechas en que fueron estampados, salvo en los casos – muy pocos – en que va expresa una cifra. La reciente publicación facsimilar de los conservados en las bibliotecas de Madrid y Praga ha dado motivo para que afloren una serie de cuestiones relativas a ellos que, pese a la indudable autoridad de quienes las han tratado, no están aún ni claras ni solucionadas. El pliego suelto, de muy vario contenido, se imprime ininterrumpidamente desde comienzo del siglo XVI (si no antes) hasta nuestros días, sin que para el lector de ellos tenga nada que ver lo anacrónico de los hechos narrados o la caducidad de formas poéticas periclitadas. Más se ha puesto a contribución lo muy antiguo (siglo XVI) que lo muy moderno (siglos XIX y XX), olvidando que para una gran masa lectora siguen teniendo en 1900 y 1963 actualidad los romances del Marqués de Mantua, el de Gerineldos, los de la batalla naval de Lepanto, la Pasión trovada de Diego de San Pedro o las quintillas de la Renegada de Valladolid. Conoce el pueblo la poesía, desde el siglo XVI a nuestra época, casi con exclusividad a través de los cuadernillos distribuídos por toda la geografía peninsular por los vendedores ambulantes, principalmente ciegos, que los llevan a los más apartados rincones. Sin esta permanente difusión sería imposible encontrar apoyo a la transmisión oral, no exclusiva en la tradicionalización del romancero, por ejemplo. El pliego ha actuado como rodrigón de lo transmitido oralmente y sin él no puede comprenderse aquélla sino como un milagro. Hay que contar, sin embargo, con lo perdido, con el infinito número de opúsculos que no conocemos pero que existieron. Solamente de los cuarenta primeros años del siglo XVI hemos conseguido anotar trescientos cincuenta y cinco en la biblioteca de don Fernando Colón 1, 1