El censor es uno de los frutos podridos en el árbol de la vida. Su misión consiste en servir de escudo ante las irrupciones de aquello que rasgue las envolturas de la moral, la religión, la decencia o bajo la etiqueta que se ostente defender. Peor aún si se trata de asuntos relacionados con los pequeños. Entonces aparecen toda clase de grupos que velan por el orden establecido y se muestran perplejos ante las palabras y lo que dicen estas. Elisa Corona, ensayista privilegiada, observa el fenómeno de la censura a la literatura infantil en un recorrido que va de Huckleberry Finn hasta Harry Potter, sin olvidar a Roald Dahl con James y el durazno gigante, Charlie y la fábrica de chocolates y Las brujas.
En una sociedad desmesurada y con sobrevivencias arcaicas, los “defensores” de la niñez observan como amenaza todo lo que parece “renovador”, “inentendible”, “grosero” o “exento de una religiosidad oficializada”.