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El Cristo del Amor
María Elena Schlesinger
Una de las imágenes procesionales más queridas y veneradas en Guatemala es la del Cristo Sepultado de la Basílica de Santo Domingo, conocida también como el Cristo del Amor por la expresión de serenidad y dulzura con que fue bruñida su cara.
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Muchas historias y leyendas giran alrededor de la consagrada imagen del sepultado do-minico, pero sin lugar a dudas, la más misteriosa y sorprendente de todas es la que narra su procedencia y cómo llegó a tierra chapina esta bellísima pieza de arte devocional religioso.
Según apunta la tradición y la historia antiquísima de esta imagen, escrita por Fray Do-mingo de los Reyes, el Cristo sepultado de Santo Domingo pertenecía a Catalina de Aragón, hija de los reyes católicos de España, quien a principios del siglo XVI dejó los soleados valles de su tierra natal para desposarse con el controvertido monarca inglés Enrique VIII, posteriormen-te, fundador de la nueva iglesia protestante anglicana.
La imaginamos entonces, allá por 1508, cabalgando por tierra española y, luego cruzan-do los mares para convertirse en reina de Inglaterra, en compañía de su corte de doncellas y sus innumerables bártulos y vituallas, incluyendo sus más queridas reliquias: pinturas religiosas, imágenes, en especial la del Cristo crucificado de cara amorosa, el cual al llegar a Inglaterra entronizó en su capilla privada.
Catalina fue infeliz en Inglaterra. Su matrimonió no fructificó a pesar de los rezos y las súplicas. El considerado pecado de Catalina, además de ser fea, fue que nunca pudo darle al soberano inglés un hijo que le sucediera al trono. Con su divorcio vino el cisma religioso y la orden por la cual Catalina debía abandonar la corte inglesa.
Cuentan que Catalina, humillada y dolida, embaló sus pertenencias, el cuadro de la San-tísima Virgen, su reclinatorio tapizado en terciopelo, el bastidor con hilos y el Cristo de mirada amorosa que habitaba en su Capilla.
Cuenta la historia que sus pertenencias naufragaron, y que por milagro fueron a dar a las costas de Trujillo en Honduras, agobiadas entonces por bucaneros y piratas. Eran varias cajas conteniendo valiosas mercaderías, por lo cual fue avisado Fray José de Lazo, quien recogió de la playa los objetos religiosos.
A lomo de mula, Fray José llevó el sagrado cargamento a Puerto Bodegas, hoy Izabal, y luego al monasterio Dominico en la Ciudad de Santiago, allá por la mitad del siglo XVI.
Cuenta Fray Domingo de los Reyes que al abrir el mayor de los arcones de madera, los frailes dominicos quedaron maravillados por la belleza de la imagen y se hincaron para dar Gracias a Dios por el regalo que consideraron celestial.
Después de mucho rezo y alabanzas, y con repique de campanas y quema de pólvora, los frailes dominicos llevaron a la consagrada imagen de Jesús al templo, siendo desde entonces la iglesia dominica, la casa del venerado Cristo del Amor, el cual sale cargado en andas, procesión solemnísima, cada Viernes Santo por las calles de la ciudad capital.