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Mujeres anónimas
Se debía de planchar en encierro, en cuartos sin paso de corrientes de aire o chiflones, porque las planchadoras no podían enfriarse y estar expuestas a que “les pegara el aire”.
María Elena Schlesinger
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El planchador o cuarto en donde se planchaba la ropa de casa estaba ubicado en el último patio, cerca de la cocina, de los cuartos del servicio y del llamado “excusado” o letrina de la servidumbre: un cuartito de madera con un agujero profundísimo en el suelo, rematado con una asentadera de madera.
El planchador era por lo general un cuarto amplio y lúgubre, de cumbrera pelada, de la cual colgaba una bombilla de bajísimo voltaje. En su interior se encontraba una mesa enorme de madera para realizar el oficio, un poco más alta de lo normal para no castigar tanto la espalda de la planchadora, y unas cuantas sillas destartaladas y rústicas, sin ningún adorno o pintura.
En Guatemala, el oficio de planchar ropa ajena fue deparado a las mujeres, trabajo durísimo y silencioso, cuyos únicos recursos, además del ñeque y el aguante de la persona, eran la plancha de carbón, el brasero y el soplador para alentar las ascuas, así como el agarrador de trapo para sostener la plancha durante la faena de planchar. No faltaba la jícara o guacal con agua para rociar la ropa antes de plancharla y el mecate tensado con las perchas de colgar, en donde iban a parar las prendas de vestir nítidamente enyuquilladas y planchadas.
En lo que ser refiere a las planchas de hierro, las habían de diferentes formas y tamaño, según el requerimiento particular de la pieza a planchar. Por ejemplo, para los pantalones, que en aquellos tiempos los llevaban únicamente los hombres, se usaban unas planchas con lados verticales para marcar efectivamente los pliegues, y para los puños y cuellos de camisa y mangas, se utilizaban unas planchas pequeñitas, las que hoy podrían parecernos de juguete.
Se debía de planchar en encierro, en cuartos sin paso de corrientes de aire o chiflones, porque las planchadoras no podían enfriarse y estar expuestas a que “les pegara el aire”, principalmente en la espalda, la que al igual que el cuerpo se podía resfriar o entumecer. Sus brazos por lo general estaban marcados por cicatrices y quemaduras por los roces hirvientes de la plancha y el carbón.
Aquel cuarto olvidado de la casa era habitado por el día por la planchadora y algunas veces también por su pequeño hijo, quien por ser el hijo de la sirvienta debería de pasar el día junto a su madre, sin chistar palabra, sentadito inmóvil en una pequeña silla de Totonicapán, la cual colocaban debajo de la mesa de planchar para que la criatura pasara inadvertida durante la larga jornada de trabajo de su madre.
Después de terminada su tarea, la planchadora entregaba la ropa a la señora de la casa, quien procedía a contarla tal cual lo había hecho al entregársela en la mañana, y revisarla con todo cuidado, porque Dios guarde y bendito, el castigo divino caía sobre la planchadora y su hijo presente si algo faltaba, resultaba dañado o quemado en el oficio.
La planchadora terminaba tarde su trabajo, casi de noche, y salía de la casa enchaparrada, con la boca tapada con un pañuelo y con la cabeza cubierta con un chal o reboso, porque lo peor que le podía pasar era que “le cayera el frío de la noche”.
A principios del siglo pasado, las hermanas de la Casa Central y las huérfanas mayores del Hospicio lavaban por encargo piezas de ropa y mantelería fina, según reseñas de periódicos de época: manteles bordados de lino y servilletas inmensas de más de tres cuartas por lado.
No había en toda Guatemala, blanqueado, enyuquillado y planchado como el de las monjitas de la Casa Central, comentaban entonces las buenas lenguas. “Manos angelórum”, decían al referirse a aquellas mujeres enclaustradas, quienes dentro de las cuatro paredes del convento de la Casa Central, realizaban el difícil arte del lavado, zurcido y planchado, piezas de ropa que entregaban por el cancel el convento, bendecidas por sus rezos y en paquetes cuidadosamente enrollados en papel mantequilla.
LITERATURA