Maracay, Sábado 24 de diciembre de 2011
Crónicas del Olvido
Amelia Loreto
Los pájaros y el espejo ALBERTO HERNÁNDEZ a Gisela Egui
1.-
M
i abuela Amelia Lore to descubrió que una cara blanca, pálida y estática la miraba desde el viejo azogue del espejo. Por varios minutos dejó los ojos fijos, como muertos, en el rostro anciano que la veía a través de un más allá material y presente. Desde el rincón, los santos, alumbrados por un cirio rosado, la observaban con las pupilas que tiene la tristeza. A los ochenta años mi abuela engendraba pájaros de diversos colores. El diario "El Nacional" se hizo eco del fenómeno y abrió el cuerpo C con la noticia. Todos los pájaros nacionales salían de su vientre hinchado, pletórico de cantos diversos. Ella, feliz por cada parto, corría hacia el cuarto donde tenía almacenados los granos para alimentar a sus hijas emplumadas. Los colores llamaron la atención de los partidos políticos y, éstos, atentos a cualquier manifestación cultural, se acercaron a admirar el blanco inocente de los adecos, el verde subido de los loros de Copei, el rojo púrpura que los comunistas llevan en el corazón y en la hemoglobina, el amarillo pupú que Jóvito y mucha gente aún celebra en los araguaneyes, y así. 2.-
Un día, mi abuela, que llevaba el apellido Loreto dos veces, echó al mundo un extraño pájaro japonés. Supo de su nacionalidad por las plumas grifas y por un dejo misterioso en la mirada oblicua. Después
de ese alumbramiento se le secó el vientre y las ventosidades del siglo XX comenzaron a acercarla a la tumba. Sin embargo, los pájaros que engendró saltaban de rama en rama alegrando el anciano tamarindo del patio, desde cuya sombra mis ojos miraban llenarse de pájaros picudos, negros, azules, rojos, amarillos, altaneros y de otros colores no mencionados aquí y los sonidos y conductas que no existen en el arcoíris, en el pentagrama o en la consulta de los psicólogos. 3.-
La gente del barrio solía ir a comprarle aves a la abuela, pero ella se negaba a negociar. "¿Cuándo se ha visto que un hijo de una se vende?", y los regalaba, previas recomendaciones para fastidio de quien era favorecido por la abuela Amelia. "No debes meterlo en jaula. Yo lo parí y lo quiero ver volar por el pueblo, libre
como la vida y la muerte". Y así, de tanto parir pájaros, la población de aves canoras y sordas, que también las había, aumentó en impuestos para el gobierno de la región, porque el ayuntamiento no encontraba qué hacer con tanto bicho tapando el cielo. Valle de la Pascua era una bullaranga de pájaros sueltos en los techos, matas, jardines, árboles, arbustos, altares de santos, calles y aceras, quirófanos, oficinas públicas, cocinas, laboratorios para orina y heces, recibos de prostíbulos, botiquines, tascas, teatros, medicaturas, bufetes de abogados, morgues de hospitales, y policías técnicas judiciales, gavetas de escuelas, canchas de tenis, en todas partes: torditos, paraulatas, carraos, tautacos, cristofués, garzas paleta, corocoras, gonzalitos, cucaracheros, cardenales, canarios, pájaros de todas las especies y tamaños. Y mire
que todo esto es verdad, no vayan a decir que el realismo mágico -tan en desuso- me volvió loco de tanto leer a García Márquez, porque el embustero es el colombiano, no yo, lo juro por mi madre. 4.-
El ayuntamiento suspendió las sesiones porque los pájaros no dejaban hablar a los ediles, así sería la bulla que metían mis tíos, porque como nieto de doña Amelia Loreto Loreto todo esos bichos voladores eran genéticamente hermanos de mi padre, el pobre, que no hallaba qué hacer con tanta pluma y mierda regada por toda la casa. Un día, el presidente del cabildo, don Arístides Serrano, miembro del glorioso partido del pueblo, se tragó un tucusito cuando disertaba sobre la construcción de unas cloacas y la ampliación de una cancha de bolas criollas en el barrio
Laguna Nueva. Hubo que practicarle una traqueotomía a duras penas porque los pájaros habían invadido también el quirófano del antiguo Hospital Guasco. La abuela demandó al alcalde por haber asfixiado al pobre tucusito. Cuando le llegó la hora a la abuela, el 24 de diciembre de 1968, a la una de la tarde, pidió un espejo y descubrió que su cara era la de un pájaro amarillo con los ojos azules. Y cuando le tocó despedirse -con la señal absolutoria del padre Rafael Chacín Soto- salió de su cansada boca un trino tan hermoso que jamás olvidaré. Camino del cementerio el cielo se tornó negro: los pájaros ocultaban el sol y por la noche hubo una lluvia de pájaros, unos vivos, otros muertos, por lo que la hedentina duró nueve días con sus noches. Dicen que se murieron, unos de tristeza, otros de despecho. Lo cierto es que Valle de la Pascua amaneció cubierta de cadáveres emplumados, como aquella vez cuando las calles se cubrían de grillos, que eran acarreados por toneladas hacia los botaderos de basura. Y todo porque mataban a los pobres sapos. Pero esa es otra historia. El servicio de aseo urbano se lució recogiéndolos. Luego los lanzó en una fosa común porque, pese a ser hijos de doña Amelia Loreto, no estaban legalmente reconocidos. La rockola de Rodolfo siguió sonando, como siempre, aquella canción de Julio Jaramillo que tanto entusiasmaba a mi pobre abuela. (Para los incrédulos: estos hechos fueron debidamente confirmados por las autoridades locales. Quien desee saber más acerca de ellos, consultar en el Registro Municipal N° 2 de Valle de la Pascua, Municipio Infante, estado Guárico).
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Maracay, Sábado 24 de diciembre de 2011
Sabana Grande
y los espacios perdidos JOSÉ PULIDO
E
l grupo escolar Arístides Rojas era un laberinto de aulas y de larguísimos pasillos que sólo se llenaban atapuzándolos con las notas del Himno Nacional, los valses de Strauss y dejando correr a media tarde, como un rumor hipnotizante, la música de la película Candilejas, titulada también Candilejas y compuesta por el propio Chaplin. Siempre me molestó que nadie alabara, ni siquiera un poquito, al profesor que se enclaustraba en una oficina para poner los discos. Él era un vaticinio de disyóqui. La música circulaba junto con nosotros y el aire en aquella fiesta de pasillos, cuyos pisos encandilaban porque los limpiaban constantemente y nosotros no producíamos basura: nos comíamos todo. Cuando quiero recordar mi infancia de un aluvionazo, escucho candilejas. Me transformo en un imberbe emocionado y asustadizo entrepiteando y correteando en mi actual espacio, la placita Internet. Tan niño me vuelvo bajo el influjo de Candilejas, que de repente viene mi esposa con cara de pocos amigos y de ninguna amiga, porque seguro que he hecho alguna barrabasada inconsciente. La confundo con mi madre y le digo "no, mamá" negando todo de una vez, aunque poco a poco recupero el presente y lo instalo de nuevo en la tercera edad. Ah, esta placita Internet me sirve para reencontrarme con los amigos que disfrutaban el teatro, la música, el cine, la literatura, la danza, la pintura, la escultura, la fotografía, las tertulias. Me la paso recogiendo los restos de Sabana Grande mientras muevo el mouse como si el aparatico expusiera un clítoris. ¿Qué haces? ¿Qué estás recordando? Me pregunta con desconfianza mi amada mujer y no hay manera de explicarle que ando acelerado buscando fotos de la República del Este. Sí: en aquella escuela fabulosa estábamos musicalizados y no era para menos: mis maestras descollaban cual protagonistas exquisitas, unas damas pizpiretas con voz de mando, fusiones de
EL BULEVAR DEL FIN
José Pulido
Yo soy el que menos vende, de todo los que venden el fruto del trabajo de tu vientre, Jesús. Todo lo que empeora se convierte en canto de borrachera vieja, en grima de corazón sin ilusiones. Bluyines y pantaletas, sostenes y correas, yoyos, discos compactos, pintura de uñas, paraguas y pulseras, plástico multiplicado al ritmo de la cucarachas. Un tiranosaurio rex ha vomitado en la avenida, una máquina invisible / ha puesto sus huevos en el bulevar. Almohadas, mentoles, carteras, cosas desbordando / a velocidad de vida y muerte. Como mujeres pariendo y hombres / matándose. Lleve sus pañales infinitos, llévese sus niños desechables. Unos muslos de vitrina se asoman y desaparecen / entre los paravanes de la mercancía / hay un rostro maquillado de mujer fatal / abajo siguen los muslos prometiendo sábados / y arriba está la cara comiendo tallarines yo no quisiera ser tan infeliz / tú tampoco y él menos / ellos son culpables / por ignorantes y por ignorarnos Por aquí pasó Vicente Gerbasi / con una guayabera blanca / ¿Quién es Vicente Gerbasi? / a mí me suena a italiano / los italianos se fueron / de Sabana Grande. Los tubos enroscados con los tubos / se hincan ortopédicos en el fémur de la sabana Por aquí aleteó la capa de Pascual Navarro / ¿Quién es Pascual Navarro? / a mí me suena a brujo / pregúntale dónde tiene la gallina / los pollos están fritos en Sabana Grande ¿Por qué nosotros no tenemos el jardín de los cerezos? / ¿Por qué no ventean aquí los bosques de Amazonas? / Pero hay un panare agachado, un indígena abrumado La mujer que parece una virgen con el niño / es la indígena abrumada del panare agachado / ¿y el río que teníamos? Puras sombrillas No hay espacios para que pase apuradito Salvador Garmendia / el cacique de Barquisimeto, el chamán de Altagracia / Sombrillas y paraguas, frituras extenuantes / Uñas postizas, Alá me ampare y me favorezca / ¿Qué me importan la ausencia de Rafael José Muñoz y Rafael Cadenas / si una muchacha me tienta altanera con un ramo de lápices? Agacho la cabeza ante las baratijas / Voy a terminar este informe / Pero seguiré buceando / Debe haber algún tesoro oculto en esta civilización Pero perlas no hay.
Patton con Scarlet O'Hara, que en aquellas aulas aireadas y soleadas podían hablar de Moby Dick o de Canaima, con profundidad y desenfado al mismo tiempo. Esos espacios tan bien habitados los conservo en mi interioridad espiritual donde no hay fecha de vencimiento. Pero ya los he perdido en el
torrente de la realidad viva, por andar de curioso. Pasé cincuenta años sin ver de nuevo mi escuela primaria y un día regresé al pueblo para reencontrarme con "Cristóbal Colón nació en Génova Italia" y con la melancolía de las pizarras negras. Se había encogido tanto mi escuela y sus pasillos eran tan breves que podían lle-
narse con un silbido. En los escalofríos espirituales de mi ser, intuí que jamás de los jamases volverían a poblar las aulas unas maestras como las mías, que consideraban fundamental la acción de leer y de conocer todo lo que nos antecedía con solamente hurgar el origen y los trayectos recorridos por cada palabra. No lo intuyo: lo sé, porque mi sobrina Yuleisis es maestra de primaria y queriendo alegrarme porque creyó que estaba nostálgico, me remató con esta interrogante tan suya: "¿Sigues con esa perdedera de tiempo de los libros?". A ella, por cierto, le gusta burda y muchísimo la Sabana Grande de ahora, que por supuesto llama Sábana Grande, porque la gente urbana de hoy ignora la diferencia abismal que separa a una sabana de una sábana. Lo cierto es que hubo una época en que nosotros disfrutábamos los espacios de Sabana Grande, mirando a Gabriel García Márquez por acá, a Carpentier y a Elizabeth Schon por allá, a Caupolicán Ovalles y Adriano González León de este lado y a otros tantos y otras tantas saliendo de la librería o entrando a la librería. También hay que hacer notar que por ahí deambulaban unos cuantos ancianos mordaces que se quejaban de este modo: "Sabana Grande valía la pena cuando era un hipódromo". Ellos fingían que habían perdido ese espacio que en realidad sólo había pertenecido a sus abuelos. Pero se conformaban con ir al bulevar a conversar de caballos después de adquirir, en las orillas de El Gran Café, la Gaceta Hípica. Nosotros hablábamos con el Chino Valera Mora, con Pepe Barroeta, con Orlando Araujo, con Miyó Vestrini, con la negra Maggi, con Salvador Garmendia, con Pascual Navarro…Creo que Sabana Grande fue un buen intento de consolidar en Caracas un espacio de encuentros y tertulias con sillas y mesas en la calle, como si fuera París y estuvieran Henry Miller y Ernest Hemingway olfateando vinos y cervezas. Ahí estaba Europa y no la podíamos retener. Está bien y no lo culpo, pero el bulevar de ahora muestra diferencias notorias: una pandilla puede rodearte cual hormiguero en un santiamén para
soplarte una frase asperjada en nicotina: "Quédate quieto o te quiebro", como si fuera uno solo quien te está jodiendo. En el bulevar que añoramos, te lanzaban frases diferentes: "El amanecer tiene un olor de mujer despeinada que sale del mar" y aparecía en unas manos el librito de Vicente Gerbasi. O llegaba por ahí Armas diciendo: "Cochino Macho, el hijo de La Conga, cazaba torditos con trampajaula, con pega, con lazo, con habilidad, les pintaba las plumas de las alas y el pecho con pintura amarilla y los pasaba como turupiales, a siete reales el casal. Los compradores se quejaban después que los turupiales cantaban como torditos". Toda generación tiene sus espacios perdidos y al tenerlos en calidad de perdidos, los recupera de manera individual, porque los conserva en la maraña cosmológica de la memoria. Allí los espacios perdidos se convierten en sueños, pesadillas, nostalgias, recuerdos o en melancolías. El paraíso fue el primer espacio que perdieron varios seres. En este caso Adán y Eva salieron full jodidos, pero también Dios, la serpiente y otras entidades que vivían allí quedaron si hábitat. Porque no sólo en lo físico se esfuma el espacio: también se pierden la pasión compartida, el amor fresco recién salido del corazón, la relación amistosa, los diálogos, la fraternidad: es una calamidad verdadera no poder estar más en un lugar junto con los seres y las cosas que te plenan, que te agradan, que te placen, que te asombren o te satisfacen. Los sitios que le dan al ser humano lo que necesita en materia de ideas, sentimientos, expresiones artísticas, placeres culturales, colapsan cuando se cambian sus funciones y los ocupa un colectivo que desea otra cosa, que los usa de otro modo, invocando otros intereses. Hay que respetar los diferentes puntos de vista y las necesidades distintas o iguales de cada quien. Pero la búsqueda de conocimientos, la creación de historias y de ideas, el arte fluyendo como un demonio libre y todo lo cultural, es lo que me conmueve. Detrás de toda esa luz es que uno avanza desafiando cegueras.
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Los últimos días del general Gómez OLDMAN BOTELLO
E
l primero de diciembre de 1935, el general Juan Vicente Gómez, Presidente de la República durante 27 años, se hallaba indispuesto en su salud. Ese día se asomó al balcón de su casa de campo en Las Delicias y a los que se hallaban en los jardines, servidores, amigos y habitantes del vecindario cercano de La Pedrera, saludando con el brazo en alto, les dijo: "-Aquí estamos, comenzamos a agarrar diciembre". Acto seguido se introdujo al interior de la residencia en cuya planta alta se encontraba su dormitorio. No volvió a salir de allí sino en su ataúd la madrugada del 18 de diciembre. En los días subsiguientes hubo corri-corri en la casona inaugurada en 1922 con el nombre de 23 de mayo-Las Delicias. Los análisis de sangre y orina se presentaron con valores muy altos en relación a la glucosa y la próstata. En noviembre anterior, nos contó hace unos veinte años don Alberto Martínez Machado, el general llegaba a su hacienda en El Trompillo, Güigüe, y acto seguido le exigió a nuestro informante que lo cubriera y se introdujo apresuradamente en su dormitorio, pues dentro del vehículo que lo trasladaba se había orinado en el pantalón. Los exámenes fueron llevados a Caracas subrepticiamente y con nombre supuesto, directamente a las manos del Dr. Pedro del Corral, médico y científico guariqueño y político siempre. El general Gómez, en conocimiento de su estado de salud mandó a llamar al general López Contreras, a quien había tenido como un hijo y su ministro de Guerra y Marina; al Dr. Pedro Tinoco, ministro del Interior y al general Rafael María Velasco, Gobernador del Distrito Federal. Al primero le dijo que se encargara de los asuntos militares y del control general; a Tinoco, de los aspectos civiles y orden público y a su viejo amigo y
aliado Velasco, a quien llamaban El Sapo, que le respondiera de la tranquilidad en Caracas porque él se dedicaría a recobrar la salud. Los asuntos de sus negocios particulares estarían a cargo de sus hijos Juan Vicente y Florencio Gómez Núñez. A éste último le preguntó si ya estaba lista la carretera de Choroní porque en ese litoral se iba a curar definitivamente. Sólo faltaba el puente de El Castaño que demoraban en demasía los encargados de la obra para seguir cobrando las semanas de trabajo. Les dieron dos o tres días para concluir la obra y la casa del general Gómez en Choroní y la hacienda Playa Grande, de su propiedad, fueron habilitadas y acondicionadas para recibir por primera vez al huésped enfermo. El destino dispuso otra cosa. La enfermedad siguió en aumento paulatinamente. El 15 de diciembre el general Gómez sufrió un shock y quedó inconsciente. Hubo movilización general. El general López Contreras se presentó a los cuarteles y a la Escuela de Aviación manifestando que oficiales y tropas sólo debían antender a sus mandos naturales y a sus órdenes. Por su parte, el general Eustoquio Gómez, presidente del estado Lara, conspiraba con el grupo gomecista para evitar que el general López Contreras, al fallecer el general Presidente,
se hiciera con el poder. Lo secundaba el edecán y fiel ayudante del general Gómez, el coronel Eloy Tarazona Cáceres, oriundo de Bramón, cerca de Rubio. El clan Gómez estaba al lado de López Conterras y los viejos carcamales del régimen con Eustoquio, quien tenía en su mira continuar con el gomecismo sin Gómez. Pero la madre de los hijos del general, doña Dolores Amelia Núñez de Cáceres, escuchó la conversación de don Eustoquio, que se hallaba en la capital larense, con Tarazona. Este último habló en clave con don Eustoquio y fue lacónico: "Soy yo, Eloy. Oiga con atención: prepare el machete! El venado está listo. Estaré allí, sabe" Doña Amelia informó en el acto al general López Contreras y se ordenó la detención de Tarazona; este se había ido a Barquisimneto a recibir instrucciones y a su regreso en la madrugada fue detenido en su residencia de la calle Bolívar de Maracay, a cincuenta metros de la residencia de su jefe; fue trasladado por militares al cuartel Páez. En su automóvil se incautó una metralleta y una caja de monedas de cinco bolívares, supuestamente para pagar al peonaje que tomaría sitios claves a la hora de la chiquitica. Se neutralizó el golpe de mano. El general Gómez se repuso del síncope y reanudó su
conversación con médicos y familiares. En todo el país, en baja voz se regó la especie de que había muerto y añadieron que el cuerpo del general había sido conservado para que permaneciera hasta el 17 de diciembre. Una falsedad. La madrugada del 17, al mismo tiempo que era detenido Tarazona se apersonó a Las Delicias don Ramón Martínez Ruí, yerno del general Gómez y este le expresó en alta voz: "¡Usted que tiene tanta vida, deme un poco de esa vida que yo no me quiero morir". Belén Gómez Núñez de Santana preparó una gelatina y cuando se la fue a dar en la boca, dijo el presidente, dirigiéndose a su hijo Florencio: "Que me la dé él que no me ha dado nada" y el hijo le dio las cucharadas. A este preguntó: ¿Qué has sabido de Pombo?" Juan Ignacio Pombo era un piloto español que pocos meses antes había venido a Maracay y como sevillano y entrador que era, había caído muy bien al general Gómez. Don Florencio respondió: "Está mejor, pronto saldrá de Panamá". Pombo había sido operado de apendicitis de emergencia en la capital panameña y el general se interesaba por su alud. A Poco volvió a preguntar "¿Qué has sabido del compadre?". Pedía informes acerca de su compadre y empresario carabobeño don Luís Branger quien se hallaba en Estados Unidos. Don Florencio le manifestó que venía por barco. Branger había sido informado del mal estado de salud de su poderoso compadre y salió apresuradamente de Nueva York. Como a las diez de la mañana del día 17 de diciembre, el coronel Ulises Sánchez, edecán y yerno del general Gómez le ofreció un poco de maicena que aceptó de buena gana: "Ah, qué sabroso está esto". Luego entró como en un sopor y se le oyó ecir: "¡Qué malos son, son capaces de matar y de robar!". ¿Qué fue Gómez? Preguntó muy tierna doña Dolores Amelia y la recriminó: ¿Por qué viniste estando tan enferma?. Doña Amelia había estado reposando por un sangramiento. Luego salió de la se-
miinconsciencia y gritó "¡Eloy, Eloy!" y entró en coma. Al aposento entró el padre Isaías Núñez, a quien el Arzobispo Rincón González había ordenado no separarse de allí hasta su fallecimeinto. Alzando el Cristo, dijo en alta voz: "General Gómez, arrepiéntase de todos sus pecados, en mí encontrará quien lo ayude!". Abrió los ojos, vio el crucifijo y volvió a cerrarlos sin responder. Fueron colocados los santos óleos. A la una del día entró en coma profundo y se intentó practicar una transfusión, pero al ver los aprestos de los médicos, el general Julio Anselmo Santander, jefe de los edecanes, exclamó: "Pero no lo hagan sufrir más; déjenlo morir tranquilo!" y respondió el Dr. José Vicente López Rodríguez: "General, mientras hay vida es nuestro deber luchar contra la muerte". La transfusión prolongó la vida del general Gómez hasta las ll:45 de la noche del 17 de diciembre cuando exhaló el último suspiro. Dijo don Eustoquio que estaba en la cabecera de la cama: "¡Tronco de hombre. Hasta a la muerte le costó tumbarlo!" Se hallaban en la habitación los médicos tratantes, los familiares, el Dr. Arturo Uslar Pietri, Olivia Vogeler, los Martínez Machado, el Dr. Andrés Pietri, padre de Alicia Pietri de Caldera; loos Urdaneta Carrillo; los ministros menos López Contreras a quien el avisó Santander por teléfono. Al rato llegó, besó el cadáver y dijo dirigiénose a Juanchito Gómez, el menor de los hijos: "Este será para mí, lo que yo fui para el general Gómez; descanse en paz, que yo velaré por su familia". El 21 de diciembre recibieron los Gómez la noticia de que se embarcarían en Ocumare de la Costa hacia Curazao. Al año siguiente buscaría la manera de que se expropiaran los bienes del fallecido estadista. El 19 de diciembre, Día de la rehabilitación Nacional, 30.000 personas abarrotaban la iglesia y calles adayacentes hasta el panteón donde fue sepultado. oldmanbotello@hotmail.com
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Maracay, Sábado 24 de diciembre de 2011
Textos pertenecientes al libro inédito
“Andamios”
NÉSTOR MENDOZA
FICHA DEL AUTOR
Néstor Mendoza: (Maracay, 1985). Licenciado en Educación, mención Lengua y Literatura por la Universidad de Carabobo (UC). Ha publicado un poemario titulado Ombligo para esta noche (2007) y la plaquette Piedra de arenisca (2011). Colabora en las páginas culturales de los diarios El Periodiquito y La Costa. Forma parte del consejo editorial de la revista Poesía (UC). Sus poemas han aparecido en las revistas Sol Negro (Perú), Los poetas del 5 (Chile), Alhucema (España) y Poesía (Venezuela). Es miembro del Taller Literario Hojas Sueltas, Mariara, Carabobo. De igual forma, ha participado en diversos eventos literarios en varias ciudades del país; entre ellos, en el III Encuentro Nacional de Jóvenes Escritores y Noveno Encuentro Internacional Poesía organizados por la Universidad de Carabobo (UC); en el I Encuentro Literario de la Universidad Bicentenaria de Aragua (UBA), y en las I Jornadas Internacionales de Literatura Venezolana Contemporánea, propiciadas por la Universidad Simón Bolívar (USB). Actualmente cursa una Maestría en Literatura Latinoamericana (UPEL-Maracay). Mantiene el blog Lezámico (nestor-mendoza.blogspot.com).
PRIMITIVO
Habito una cueva que abre la boca todos los días para albergar mi carne. Afuera, existe un hogar más espacioso, poblado de criaturas con dientes y cuellos interminables, escasos árboles y mucha sed. Todos ellos me hacen sentir un pedazo excesivo del paisaje. En ocasiones, mis ideas van más allá de la sobrevivencia y el instinto. Más allá del acostumbrado acto de cazar, degollar y deshuesar, de recoger agua en esta olla que inventé hace cuatro soles. Mi hogar es infinito y debe haber alguien que haya inventado el tamaño de las piedras y el color de los animales. Sólo me limitaré a reconocer un dios para cada cosa que vea. A temerle a la noche. A nombrar cada descubrimiento.
ANDAMIOS
RUTINA
Te entregas al oficio de sostener el cuerpo de quien trabaja en la altura.
a Geraudí González
Ha comenzado la rutina. Sigue un orden lógico: se levanta, tiende la cama, enciende la hornilla del café, calienta el agua para engañar al frío. Ya su ropa está planchada y lista para entrar en la horma. ¿Pero, si invirtiera ese orden, si levantara el café y una compañera imprevista calentara la soledad, y la cama, en eterno desorden de sudores, se quedara sin tender para siempre?
PESCADO
Detrás de la cabeza y los ojos aún queda un poco de carne. Si tuvieras tiempo suficiente entre cada bocado harías un conteo de las espinas, de las escamas que olvidaste desencajar. Debes comer, no dejar sobras. Imagina que el pez nadó hasta tu plato olvidando su hogar debajo de las olas. Imagina que se deshizo del sol, de las algas, que ya no va a desovar. Alimenta tu carne con nueva carne. El pescado está frito. No temas. Si no sangra no hay pecado.
Los andamios elevan y sujetan. Tu vida depende de su eficacia, de que conserven la solidez del equilibrio de los cables.
Advierto tu silueta que se muestra en el andamio. Y la mano que se ajusta a la vida y depende sólo de las tablas firmes que impiden la caída. Eres el equilibrista; quien limpia las ventanas, quien pinta, quien coloca los ladrillos. Crees ser el dueño de la elevación y de la brisa de las palomas. Dios es pura altura, dices, y dejas de temerle.
DESCOMPOSICIÓN La guayaba se pudre de adentro hacia afuera.
No quiere desprenderse de las ramas aunque su cuerpo sienta que la tierra hala su jugo, que llama los gusanos y la pulpa. (Si alguien mordiera la guayaba no sabría diferenciar la suavidad de ninguno.) Su oficio es estar allí, alta y confiada, dejarse perforar por algún pico, ablandarse antes de caer.
LA FAMILIA
FRAGILIDAD
En momentos de ocio tocas tu espalda. Es tan débil la columna, esa culebra vertical que permanece quieta siempre, anudando tu cabeza a la pelvis. A veces sueñas que alguien te da un golpe allí, un golpe seco y preciso, y mueres sin darte cuenta. A veces una mujer la recorre con sus dedos y simula que camina a través de ellos. Revisas las uñas, te sorprende la media luna que brota desde la raíz; las venas que trasladan sangre sin descanso. Qué fácil se le hace al cuerpo trabajar en silencio, sostener todos los órganos. El cuerpo está hecho para no durar, para tocar y ser tocado.
La vidriera protege los ademanes congelados de los maniquíes; sus rostros dejan escapar una sonrisa a los transeúntes que miran con tedio la lista de precios.
EL PUENTE
Detrás se ve el maniquí del atleta con sus pectorales y sus falsas articulaciones. El de la mujer con sus pechos demasiado grandes para la blusa, el de la niña que muestra una mala imitación de ternura. Es una familia de maniquíes que se acostumbra a la rutina de ser observados.
Los paseantes no pierden el tiempo en detallar los cambios que los años han marcado en la estructura.
La vidriera puede ser una pecera un espejo donde un despistado se mira o cualquier otra cosa.
MARÍA
María tiene ojos marrones. Pelo lacio y negro; manos que no alcanzan para dar más de sí, aunque quieran. La casa que ocupó aún tiene el cuerpo de los que amaron. En el patio donde creció había muchos hermanos y matas de café, una madre que criaba pájaros en los bolsillos y molía semillas extrañas para hacer infusiones.
En ambos extremos del puente los remaches petrificados inmovilizan las cuerdas.
Es el mismo puente: no es necesario mayor esfuerzo para nombrarlo de nuevo. Fundado hace cincuenta años, por personas que probablemente ya han muerto, mantiene la utilidad de siempre: debajo, el mismo río sin filosofía, niños que juegan a ahogarse, dos muchachos que se tocan escondidos en la leve corriente para disimular el roce. Los paseantes van de punta a punta con la naturalidad acostumbrada. No hay un asombro que les indique una nueva interpretación.
EL MITO DE LA ABUELA a la abuela Carmen
Mi abuela dice: el pan de Cristo nunca se acaba. Sin embargo, solamente le creo cuando mi sueño se espanta, y repito vueltas en la cama sin descanso.
Las paredes altas, con manchas de juegos y accidentes, siguen siendo gruesas.
(A veces, olvida esconderse para desenredar su pelo: observo la extensión de sus años, detallo el río de cabellos que huye de su cabeza)
María sonríe. Crece por dentro. Espera la otra mejilla de Jesús con el temor necesario.
Mi abuela dice: Cristo no multiplicó peces sino que redujo el hambre de los incrédulos. Me aferro a esta creencia.