LEON PACHECO
LOS PANTANOS DEL INFIERNO NOVELA
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<1> LEON PACHECO
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Impt~n(a y Lito8,afia LEHMANN S. A.
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-Semejante situación no podla continuat-, pensó el portazo que, de manera violmta, lanzó Roberto al mu charse. - Mejor que haya sucedido así: todas las cosas tienen tu limite y la insistencia es imperdonable. En fin , no había otra solución. La sala sudaba oloe de tabaco; se respiraba un calor sofo cante, a pesar de que la venlana pe.rmaneda abierta en la nocm: húmeda de setiembre. Sobre el cenittro se amontonah1rl coLillas de cigarrillos y un agresivo aire gastado infestaba hasta la inuti lidad del tiempo. Una era apenas una silueta desvanecida acomo dad. en Wl diván. Apoyaba la caben en los almohadones y sus ojos se amontonaban en su invalidez solitaria. La C5«('na debió ~r ruda y aguda. Lina debi6 enveje<:cr viok'tltamcnte en el com bate, mis allá de sus treinta años. El desorden que se adh'inaba en su espíritu d« ía a las claras que el hombre que acababa de marcharse tras un portalO perdido en la noche, era lerco e inso portable y que la ba:alla habla sido ¡n(,til. La voluntad de Lina lubía triunfado del machismo petulante del adversario. Se incor poro. Se alisó el cabello y sintió deseos de expresar en voz alu sus ideas, tal vez para convencerse de que la soledad de $U vida no era tan sucia. -Sin embargo, Roberto es capaz de volverme a buscar. Nunca ha sido violento ni agresivo; sólo esta noche Jo he visto colérico, extraño, sin entender que sus pretensiones son absur das . .. Presiento que ha de volver I insistir y me siento tan débil, t2tl desamparada. En fin ... U. puerta se abri6 con la misma violencia con que se había arrado : en la ~numbra se destac6 ~ura maciza de Roberto Eyuguirre, pálida, lechosa. Lina ret i6 en el diván y quiso d~(enderse, pero ya Roberto estaba sentado a su lado y le acari e aba. las manos con un temblor incontenible. No dijo ni una lr.u
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