Actas del Cuarto Congreso Nacional de Historia de la Construcción, Cádiz, 27-29 enero 2005, ed. S. Huerta, Madrid: I. Juan de Herrera, SEdHC, Arquitectos de Cádiz, COAAT Cádiz, 2005.
La red viaria romana: investigando las arterias invisibles Pablo Guerra García
A don Juan Cascajero Garcés, mi amigo y mentor.
Es ese espectador privilegiado de su tiempo y su lugar quien mira las vías muertas del entorno, quien entona los planos del desencanto y de la ausencia por los que — ya— se fueron . Díaz G. Viana 1999: 9
La investigación histórica y arqueológica acerca de la antigua red viaria romana se encuentra en su momento álgido, por diferentes motivos. Desde los primeros investigadores del siglo XX hasta los últimos, recién salidos de la hornada, la misteriosa y oculta red viaria romana ha sido concebida como un tema atractivo de la investigación histórica (Leroi Gourhan 1988), pues el material que se trata perdura en el tiempo y espacio quizá de forma mucho más arraigada que otros vestigios. Para bien o para mal, consciente o inconscientemente, la sociedad de hoy en día comienza a recordar que existen otros elementos heredados de nuestros antepasados que no son ni los eternos acueductos, ni los soberbios puentes ni los sorprendentes foros. Existieron antaño, unos elementos que formaban parte del maravilloso crisol que configuraba la ordenación urbana y rural. Existieron, desde la Prehistoria, unas estructuras que hoy pueden pasar invisibles por delante de nuestros ojos y que sin embargo, se encuentran en el paisaje en perfecta sintonía con el medio natural y con la tradición cultural. Como bien decía el historiador don Gonzalo Menéndez Pidal, «las sendas nacen de la mera repetición de un tránsito» (Menéndez Pidal 1951: 15), y por lo tanto, ¿cómo estudiar la repetición de un tránsito?,
¿cómo se realizaba dicho tránsito por un medio hostil?, ¿cómo reaccionaron las comunidades antiguas frente a dicha hostilidad?, ¿cómo reaccionó el medio? Son muchas cuestiones que poco a poco los arqueólogos, los historiadores, los ingenieros y los eruditos varios tratan de solucionar. El atril en el que se leen los renglones trazados por las vías romanas es la Península Ibérica, un «territorium» para el que la administración romana era una fuente inagotable de recursos materiales y humanos. En líneas generales se trata de un medio natural llano, no exento de cursos fluviales y de murallas montañosas que por capricho geológico cruzan la península de Oeste a Este. La «piel de toro» tiene estrías, tiene arrugas, tiene comarcas que guardan fabulosas características en común y verosímiles diferencias, apaciguadas por los valles que comunican a sus gentes, por los ríos que transportan a sus animales, y por las trechas que hacen compartir sus costumbres. Es un territorio, en resumen, hostil y benefactor a la vez, de la vida humana en comunidad. Es un medio caprichoso que condiciona los talentos y las necesidades. Es un paisaje natural condicionado también por el mismo talento que se ve condicionado. En definidas cuentas se puede hablar de una lucha constante entre el espacio natural y el espacio humano, dicotomía imprescindible para el estudio de la red viaria antigua: la creación de una línea artificial que separa dos mundos es la antesala y el punto de partida para que la balanza se desequilibre hacia el domino del suelo.