Un hombre y una nave
Sombras y fantasmas...
La paloma y el guaraguao
ta casita de Rosa
Caí ... ...
La anguila
Dos y uno tres
Tres menos uno dos
Caín entierra parte de su ser
¡A la mar! ... ...
La caza y algo más
Continúa el combate
Volvamos a Rosa ...
Consecuencias del combate
El repartimiento
Coincidencia
Peripecias ...
brazo cuando no a la velocidad de la quilla, y sobradas veces al conocimiento práctico de bajos, escollos y misteriosas ensenadas si la caza era tenaz; la emprendedora y hábil osadía que debía nacer de tan perturbada época y la romancesca sed de aventuras tan apropiada a espíritusno avezados, ni con mucho aún, a buscar el lucro en el paciente trabajo ni sometidos por la costumbre a la ordenada vida de la industria; tendremos los móviles o resortes de un Cofresí, tal como debió ser y como fue, según la tradición que intentamos recordar.
El sol que había caldeado a Ponce, durante el día, iba sumiéndose tras las montañas que vienen a morir en el hoy bastante conocido y transitado Peñón de Tallaboa; cuando dejando atrás el islote que por su figura de cadáver yacente en ataúd, ha dado en llamarse Caja de muerto, hacía derrota a la ensenada una elegante goleta de gavia con más lona que madera y veloz como una anguila que se desliza en su elemento. Con el velacho, braceado basta no poder más, sus dos cangrejas, escandalosas y foques, hinchado todo como el vientre de una araña, a cuyo insecto en estado de gravidez era más comparable el barco en aquel momento, en que el casco desaparecía bajo el velamen; doblaba una de las puntas de la rada, ciñendo el brisote que la impelía. Sin duda ponfa su mura de sotavento en actitud de recibir como agasajo las líquidas perlas del mar, y éste lamía susbordescon.las olasquedevezencuando trepaban por el costado, colándose a más y mejor por los imbornales sumergidos con frecuencia.
La orzada una vez montada la punta, no pudo ser más hábil, y a poco, amainando vela, es decir, aferrando primero las escandalosas y luego la cangreja-trinquete, y por último el contrafoque y trinquetilla, para quedarse, como si dijéramos, en paños menores con la mayor y el simple foque; enderezó sus muras y amenguó su andar. Con este velamen y el impulso de la arrancada que traía, hubo de
ALEJANDRO TAPIA Y RIVERA
de despeñarse, caminaban a saltos, botes más que carrera, conato de velocidad irrealizable en tan áspera superficie.
Doloridos a fuerza de lastimarse el desnudo casco, jadeantes y espumosos, resoplaban aquéllos, quejándose tal vez de la exigencia de los jinetes, cuya espuela heria sus costados con la feroz impaciencia que agitaba sus corazones.
Suspendidos sobre el abismo, con frecuencia próximos a caer aquellos hombres; el uno siente ya sobre sí la mano que le persigue, el otro sonrie porque va a aJcanzarle: piérdese esta esperanza, y aquél respira libre, para volver ambos muy luego al primer temor y a la primera esperanza; y todo, porque algún obstáculo del terreno se interpone entre los dos, o porque el último lo salva con un salto.
El jinete perseguido, aglomera dificultades, y el perseguidor las vence con diabólica audacia.
El caballo del primero casi da con el belfo en tierra, y al tirón de la brida, tórnase a levantar: resbala el del perseguidor, y pónele en pie la briosa diestra del jinete.
Están ya medio a medio del pefión; pedregosa falda, estrecha ruta, entorpecida de una y otra parte por los matorrales entreverados de enormes piedras, que derrumbamientos sucesivos habían ido sembrando en ladera tan riscosa.
El plano se inclina sensiblemente bajo el pie de los viajeros, y abajo el mar, aunque poco feroz y no profundo en aquel sitio, no por eso muestra menos amenazante su corona de arrecifes. Erizados éstos, como la dentadura de monstruoso caimán, parecen dispuestos a destrozar al que cayere. Los cabalgantes son dos lobos hambrientos: el uno huye con la presa, que el otro persiguiéndole intenta arrebatarle.
Una de las veces que Caín vio perdida la ocasión de asir a su contrario, tiró del puñal que llevaba al cinto y se lo arrojó con mano enfurecida. El arma voló como saeta; pero el caballo del segundo tropezó inclinando su cuarto delantero, el cuerpo del jinete siguió este movimiento, y el puñal que iba hacia la espalda o la nuca, se clavó en el sombre r o
COFRES!
Aquí fue Troya: levantóse el bandido, y corrió tras el animal, que había ido a refugiarse bajo las faldas de la mujer. Esta quiso defenderle, y su hombre la emprendió con ella a golpes, que eran contestados en lo posible con arañazos femeniles.
En vano trató Juancho de poner paz: la Charrasca rodaba por el suelo, y su hombre pugnaba por convertir en pavimento suyo los lomos de aquélla, enardecido al sentir que el gato, pendiente de su pantalón, trataba de morderle.
Esto le distrajo del primer propósito, acudiendo a librar sus pantorrillas, y recordó que había algo que pudiese lastimar a aquella mujer, más que sus puños, a que ya estaba acostumbrada.
Fuese al fogón, y de un puntapié vertió el puchero.
Ya no era posible mayor furor en la Charrasca, quien vomitó mil improperios y maldiciones.
Iba a. renovarse la lucha por este nuevo atentado del bandolero, cuando el matutino canto de un gallo, recordándoles que era ya de madrugada, vino a pacificarles.
-Ya es hora; vámonos -dijo Juancho.
-A bordo y a la mar -respondió Caín. Salió del bohío, desensilló el caballo diciendo a la Charrasca como si nada hubiese ocurrido; pero con el acento que le era propio al indicarla su voluntad.
-Mira, di a don Cosme, que lo cuide por la cuenta que le tiene. Que si al volver no encuentro bien gordo a ése, le tomaré el mejor que tenga en su cercado. Vamos, todo pasó ya, y adiós, Charrasquita mía -añadió con tono rudamente zalamero.
Ella parecía calmar un tanto su furia, ante un agasajo que rara vez dejaba venir, sino después de alguna -rifí.a; y le respondió entre quejumbrosa y reconciliada:
-Bien podrías darme con qué comprar ron, para hacer otro jarabe, ya que me has derramado ese.
-Sí, para el jarabe de tu buche, tunante. Toma, pedigüeña.
-¿Una peseta, no más? ¡Es poco!
CAPÍTULO X
¡A LA MAR!
La rada <le Tallaboa, ya mencionada, era tan desierta como hoy. 1 Sus cercanías, como también dijimos oportunamente, eran harto menos frecuen tadas que en la actualidad. Todo esto unido a los muchos y espesos manglares que la bordan, haciendo de la dicha ensenada en cierto modo un verde laberinto; la constituían en uno de los lugares más aparejados para ocultar las embarcaciones de contrabandistas y piratas.
Entre dos de sus varios islotes o cayos, y al abrigo de uno de los mismos, hay un barco, pequeño para armado de goleta, como lo está. La tripulación, más numerosa de lo que ha menester su sencillo aparejo, y que casi parece no caber en el casco, revela lo que viene a ser aquella nave. Uno de los dos islotes susodichos, impide que se la descubra desde alta mar, y el otro desde tierra; y como si estas precauciones no bastaran, podríamos haber visto, desde uno de los ,dos cayos, por supuesto, y a llegar un poco antes, que allí, al parecer, no había tal buque, sino que uno de aquellos manglares se ha convertido en él como por obra de encantadores.
Con efecto, puede observarse desde el vecino islote v a la luz de la luna, la faena en que se ocupan los de a bordo. �stán echando al agua el ramaje de que hay gran porción sobre cubierta, y que forraba la arboladura; pero todavía
l. (1876)-Fecha en que fue escrita cs1a obro. -A. T. hijo.
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hinchándose, y aquélla comenzó a navegar hacia la boca de la ensenada.
-¡Larga trinquete! -gritó el capitán pirata. Una vez ejecutada esta maniobr, contó el Mosquito con un ala más, y apresuró su marcha, que a merced del vientecillo galeno, que como antes dijimos, venía de tierra presto comenzó a balancearse suavemente.
Con agasajo, recibían a la nave las rizadas ondas, bor• dando de perlas cristalinas, de nevada espuma y relámpagos fosfóricos, su afilado tajamar que partía en dos aquella masa líquida. Lamiendo ésta sus costados, iba a unirse de nuevo junto al timón en blando remolino también de perlas, espumas y luces, para perderse atrás en bullidora y resonante estela.
Lo apacible y claro de la noche, una vez puesto el timón a la vía, y la lona al viento, sin otro rumbo que el mar; permitía a los tripulantes la conversación o el sueño, según que cada cual fuese o no de la guardia.
Hacinados la mayor parte de aquellos hombres en el breve espacio de la cubierta, comenzaron a sentarse en grupos de más o menos interlocutores, con arreglo a las atmidades respectivas; y como era noche de salida de puerto y no se habían visto juntos bacía dos o tres días por lo menos, cada uno comenzó a contar sus aventuras y a comentar las ajenas, con parte de verdad o de mentira, según que podía convenir ésta o la otra a gente poco escrupulosa en la materia.
Roberto había logrado mantener entre ellos, respecto de su persona, cierto prestigio debido sin duda a cualidades de entendimiento y de carácter y a la autoridad del mando necesariamente despótica en muchas circunstancias; a pesar de ser de los más jóvenes; pues casi todos lo eran, contándose a bordo un solo viejo llamado el Campechano, antiguo compañero de aquél desde las primeras aventuras y fechorías.
Sentado el jefe de los piratas en 1a mura de popa, junto al timonel que había sustituido a Ricardo en esta faena, una






















cha abandonada por alguno de los cambatientes, y con un par de golpes desaforados, logró cortar las cuerdas que tenían amarrada a la cureña la goletilla; ipuso manos a un espeque de los que habían servido recientemente al manejo del cañón; y aplicándolo entre éste y la mura, impidió que acabase de correr, siguiendo la inclinación que de aquel lado daba en tal momento al plano del buque un fuerte balance; el mismo espeque, con desesperado esfuerzo. digno de la pa• sada juventud de aquel activo marinero, y en que parecía renacer el vigor que le había sido propio, al inclinarse el buque del otro lado en reciprocidad del anterior balance y con igual fuerza, desmontó del borde de la cubierta el rodaje del cañón, no solicitado ya de fuera, y quedó dentro de la mura, retenido como antes. El herido y la goletilla se vieron libres de aquella amenaza formidable, de aquella roca e Sísifo que pretendía aplastarlos.
Al cortarse las amarras, los buques se separaron de ronto, y alguno de los asaltantes, encontraron el vacío bajo su planta, cayó al mar; y como los dos buques por estar travesados y unida todavía la roca del pequeño a la mesa de guarnición del bergantín, si se apartaban violentamente ra para Juntarse de nuevo con fuerte choque, haciendo pedazoscuanto había entre ambos; el caído podría verse aplastado entre las dos naves. ¿Y quién era? ¿quién...? Juancho, que iba a purgar en aque] infierno, que le despachurrada entamente si el choque era fuerte y la presión duraba muho, cuanto malo había hecho a los demás: la fuerza se trocaba en castigo del que siempre había abusado de ella.
Vinieron contra sí los dos barcos, antes que él, recien vuelto de la inevitable zabullida, pudiese salir de aquel atolladero amenazador; y le comprimieron violentamente: en vano metió los codos y los brazos al ciego, inerte y despiadado empuje, cada vez más compresor, cada vez más irremediable... ¡Ay de él si una ola, interponiéndose pronto, no apartaba aquellas moles insensibles a su angustia! ¿ Podría el débil lagarto levantar la roca que contra otra vino. cogiéndole entre ambas?