Revista Interesante Vol. 1 Núm. 1

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CUENTO

CHILLIWACK Pertenece al libro "Biografía de los planetas tristes"

El joven John, de cejas amplias y ojos rasgados, agarra la lanza que hizo con una rama seca de sauco rojo y la levanta en alto hacia el cielo por el que sus padres le han enseñado a jurar y perjurar. La levanta y la lanza contra su hermano, quien levanta y lanza la suya, que está hecha de abedul, mientras ríen y juegan a los indios y vaqueros con los vecinitos. Ambas lanzas se elevan hasta perderse en el nadir del sol. Cuando se encuentran y conectan, estallan en una lluvia de astillas. Los chicos vitorean, ríen y celebran mientras los vecinos hurgan la arboleda en busca de nuevas ramas para continuar el juego. Para John no es un juego. Parece haber visto a dios en la explosión de las lanzas, como si el Señor se escondiese en las moléculas que atan a los árboles a esta tierra. —Creo que quiero ser explorador cuando sea grande —pronuncia una tarde durante la cena. —¿Cómo? —pregunta la madre—. Pensé que acordamos que serías misionero. —No veo por qué tengan que ser mutuamente excluyentes —sentencia el padre.

EÏRÏC R. DURÄNDAL STORMCROW Nace en San Juan, Puerto Rico en 1980. Es escritor, artista plástico y traductor. Recién ha publicado su libro de cuentos "Biografía de los planetas tristes".

—Bueno. Con Cristo siempre por delante —culmina la madre. Terminan la cena en silencio. El hermano de John no pronuncia palabra alguna. Siempre es así y así es mejor. Varios meses después, el padre se lleva a ambos hermanos a caminar y hacer camino por los bosques cercanos al río Chilliwack, que queda en la frontera entre los Estados Unidos y Canadá, y que los colonizadores rebautizaron como el río Vedder. “Hacer camino” es una locución clave para entender esta historia. Se trata del lema de la familia que de seguro está basado en el eslogan de la iglesia. Allí, rodeado de saucos rojos, abedules y pinos, el padre escoge un lugar que esté libre de canales de roedores y cerca de algún manantial tributario. Varias águilas azules revolotean tan alto que John se marea tratando de observarlas. Mientras levantan la caseta de acampar, el padre les imparte su conocimiento. —Lo más importante es hacer camino para Cristo. Él es nuestro salvador y no podemos ser egoístas con la salvación. Hay que predicar su segunda venida a los cuatro vientos y a las cuatro esquinas del mundo.

El hermano de John se queda en silencio. No le hace mucha gracia la idea de andar diciéndole qué creer a la gente. John, por su lado, sonríe mientras el padre habla y sus ojos brillan de emoción. Podría decirse que John crecerá para ser el súper entusiasta con desorden de déficit de atención e hiperactividad que le regalará felicidad a todo el mundo y para quien la vida será un paseo privilegiado. También crecerá para convertirse en el tipo cuya presencia la gente solo podrá digerir con un galón de insulina. Los jóvenes asienten, John con celo, su hermano con el rostro en blanco, sin reflejar emoción alguna, el rostro hecho un libro sin palabras, letras o párrafos. —Pero para abrir caminos, primero hay que conocer la tierra. El padre les enseña a hacer trampas para liebres, a identificar plantas tóxicas y venenosas (“Hay una gran diferencia entre una y otra”, diría siempre) y a identificar los senderos hechos por los animales que sirven de alimento. Al regreso del río Chilliwack, la madre los espera con un banquete.


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