Todo conocen los gordos del amor, hasta en el rincón más remoto de su cuerpo http://lja.mx/guardagujas
marzo 2011/n° 21
roberto guerra
-las catacumbas de su carne
D
os amigas hablan por teléfono, platican para programar los viajes que todos los años hacen juntas por el país. La elección del lugar siempre es difícil, tantas opciones: Morelia, Xalapa, Monterrey, Manzanillo, playa, bosque, desierto, ciudad. Pero hoy la cancelación es necesaria, una lo estuvo pensando por días y la otra lo pronunció: por ahora no es conveniente, ya sabes lo que le ocurrió al tío de Fulana en el norte, a las primas de Zutana en el sureste, y a Mengana en la carretera de la sierra. Con tristeza sabemos que esta decisión se toma a diario en decenas de casas, donde la familias tienen la oportunidad de ahorrar un poco de dinero para disfrutar unos días de descanso. Algunas de estas anécdotas me han llevado a pensamientos apocalípticos, donde la vida libre y alegre se derrumba por el miedo. Umberto Eco, con su gran conocimiento sobre la época medieval y su análisis certero de la sociedad contemporánea, escribió en la década de los setenta La nueva edad media, una obra profética que compara algunos fenómenos culturales de la segunda mitad del siglo veinte con aquella época histórica que comúnmente relacionamos con el retraso. En el texto se reconoce la preferencia de la imagen ante la escritura, provocada en el 1200 por la nula alfabetización de los
pueblos europeos; y ocho siglos después, por la adoración al cine y la televisión. El mundo ya no es conocido por las letras, sino por los documentales del History Channel; los paisajes de la orbe, por NATGEO; las batallas, por los canales de noticias; y las novelas, por las adaptaciones cinematográficas. Otro aspecto cultural que nos une a la era de los feudos, es el aislamiento geográfico. Y aquí sí coincidimos en causas. Hasta ahora sigue existiendo una imposibilidad de traslado para habitantes de comunidades indígenas pues en muchos lugares no hay caminos trazados y sólo se puede llegar a pie, entre riscos y barrancas o cruzando el desierto. En el mejor de los casos existen las autopistas; que se convierten en murallas para aquellos que no podemos pagar cien pesos con el fin de cruzar al otro lado de la línea gorda en los mapas. Pero ahora tenemos este nuevo impedimento que es aún más vergonzoso para una sociedad moderna: el temor a salir de nuestro coto. La violencia desatada por grupos de delincuentes de la casta más baja en el desarrollo humano, ha inundado las carreteras de sangre, invadido pueblos, saqueado casas y violado mujeres. Es la viva imagen de la Europa amurallada, de los caminos peligrosos, de la desprotección a las poblaciones alejadas de la urbe.
dos poemas
Alguna vez viví en la fuerza de una centella
avril martínez Zoológico Sentada en el fondo del bar escucho la conversación de los búfalos. En la barra un anciano traga cinco billetes: se convulsiona, hace una pirueta. Pienso qué haré en el futuro y mi espalda se llena de luciérnagas, de países imaginarios, del aliento de mi madre.
Agazapada, aquí de nuevo, entre la fosa y el subibaja, resistente como una burbuja de aire, trazo espirales en las cuencas vacías de mis amigos. Tomarnos, basta, de las manos o las piernas. Subirnos en aviones ligeros con el sonido de los caballos en la niebla. Desde allí masticar nuestro cráneo, sin saber que en otro tiempo, en otro lugar, alguien arrancó de nuestros ojos el nombre, la patria y el rostro siempre joven.
puppet master Ahora sabes, ¿verdad?, que todo ha terminado. ¿Sientes, seguramente, que es el alba de un nuevo día? Y siente mi corazón, mi alma latiendo pálida y mohosa dentro de mi corazón, mi sangre tan negra, Charlie; muchas veces la has sentido bajo tu propio cuerpo; tú sabes lo vieja que soy. Tú sabes lo llena que estoy de mazmorras y suplicios y tardes y horas azules de crepúsculos franceses. Bueno… fantasmas de lo nuevo
U
n día te detienes delante de un negocio que ya tiene tiempo cerrado. La fachada cuenta con un pórtico de color rojo y un barandal morado. Detrás hay un pequeño patio con dos bancas como las de un parque o un jardín. Luego, la fachada de la construcción que el pórtico protege. El letrero arriba de la cortina metálica que clausura la entrada aún sostiene el nombre de lo que fue una de las principales franquicias locales de renta de video hace algunos años: Plazavideo. Ahora es imposible entrar. El negocio fue víctima de dos cosas: afiliados que retenían las películas por más tiempo del que debían y que después pasaban meses enteros sin regresar por causa de una “multa”, e internet. Claro que no es del todo culpable. Lo que ocurrió es que los cinéfilos que encontraban razonable una renta de dos días por 25 pesos encontraron mucho más razonable pagar una renta de conexión al servicio de telecomunicación e invertir el tiempo que se necesita para aprender a descargar películas; en su defecto, encontraron más razonable hacerse de una copia clonada, una vez que se dejó venir el cambio de formato de vhs a dvd y todo, absolutamente todo, fue posible con algo de tiempo libre y un ordenador más o menos eficiente. La primera vez que fui tenía siete años. Era sábado y mis papás apenas se habían permitido el tiempo y el presupuesto para comprar una videocasetera Sony de color negro. Tenía una vaga idea del concepto de “rentar una película” y no tenía ni la menor idea de lo que los términos “beta” y “vhs” señalaban. Me rentaron Robocop (ya sabes, la elección ideal en los noventa cuando se trata de entretenimiento infantil)
y se rentaron Terminator y Leon (clásico del desaparecido Jan Claude Van Damme y de su desaparecido género). Aún tengo pesadillas que involucran a un puño de vagos con armas largas masacrando a un pobre gringuito que sólo puede debatirse entre gritar horrorizado ante la pérdida de una mano y poner cara de pescado en los momentos finales de su vida. Un año después mi tía vino desde Tijuana a vivir con nosotros por motivos que no logré comprender en su dimensión real hasta muchos pleitos y gritos después. De ser un hijo único mimado y egoísta pasé a ser un hijo único mimado, egoísta y enojado por tener que compartir el espacio y todas las cosas con dos primos y una tía. Seis personas en el cuarto de un dúplex, mirando películas. Me metía adentro de un bote de plástico enorme que usaban para guardar ropa (sí, de esos de color azul), que estaba adentro del clóset y delante de la videocasetera. Me encargaba de quitar y poner los casetes y miraba las películas desde ahí. Tiempo después mi tía se mudó de casa y a mí me quedó chico el bote para la ropa pero seguí yendo cada viernes, aunque fuera yo solo y nadie tuviera tiempo para ver conmigo las porquerías que rentaba. Fue el primer lugar al que me dejaron ir solo con una suma mayor a los veinte pesos en los bolsillos. Fue la primer oportunidad que tuve de elegir por mí mismo. Camino hacia allá fue que me asaltaron por primera vez, dejándome sin reloj y sin los treinta pesos que llevaba y en el teléfono público de tarjeta (otro extraño gadget desdibujado ya) que había en frente, le marcaba cada martes a la niña que me gustaba cuando llegué a secundaria hasta que se cansó de mis jaladas y me mandó al diablo. Ahí íbamos Norma y yo a rentar películas para no verlas. Ahí alistaba la cura del domingo consistente en un six pack y dos películas antes de salir de farra los sábados. Ahí, pasando las horas leyendo sinopsis de churros de terror barato, un día decidí que me dedicaría a escribir toda la vida y otro, casi dos décadas después, decidí con-
vertirme en padre de familia. Un día Norma, Fer y yo pasamos en carro delante de la fachada y yo alcancé a leer una lona que decía algo así como venta de liquidación. Me puso increíblemente feliz, sobre todo porque mi mente no asoció la palabra “liquidación” con “clausura”, sino con el concepto de “consigue todas esas películas que rentaste chingomil veces y que nunca viste en otra parte más que aquí, baratas”. Hice tanto escándalo por la lona que Norma accedió a detener el carro e ir a ver. Todas las películas que querían habían sido compradas ya, incluso las VHS y fue, hasta que le pregunté a la encargada si estaban vendiendo todo para actualizarse a Blu-Ray, que caí en la cuenta de lo que estaba pasando: no, me dijo, vamos a cerrar. Era la misma encargada que me atendió desde que era un niño y aquí, en mi historia, no me importa la improbabilidad del hecho: ella me conocía tanto como yo a ella y en ese instante, supimos que nunca más volveríamos a vernos. No sé si lo comprendas, pero en mi mente, Plazavideo no puede y no ha cerrado por clausura. Aquí delante de esa fachada que tiene más de dos años cerrada y no promete volver a levantarse dentro de mucho, mucho tiempo, yo no me encuentro realmente aquí, sino allá dentro. Soy el nuevo propietario. Todas las películas son de ciencia ficción, artes marciales o – mis favoritas-, insufribles y baratos churros de terror. Dulces para los niños que necesitan pesadillas ligeras en las largas noches de verano, instantes de silencio delante de pequeños textos que comienzan más o menos y siempre igual: André Toulon es un titiritero y el mejor en su tipo. Un día descubre una antiquísima formula egipcia para que los muertos regresen a la vida. Decide utilizarla en sus títeres, que no tardan en convertirse en unas pequeñas bestias asesinas. Puppet Master fue la única película que logré rescatar del reino. Nunca en mi vida la renté.
mareas
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E
l trabajo de un escritor también consiste en titular su obra. No es una tarea sencilla. El título, según hemos escuchado tantas veces en la primaria y en la secundaria, en aquellas clases de español que parecen tan lejanas, es una promesa de lo que estamos a punto de leer. En una carrera literaria los profesores te retan a encontrar la razón del título, aún cuando este se aleje contra todo pronóstico y se oponga totalmente de lo que pensabas en un principio. Me imagino a los grandes novelistas en la relectura de su obra, buscando el título que tanto esperaban, ese título que separará a su novela de otras novelas. Otros novelistas escriben primero el título de la obra y nos relatan como en un acto de revelación, casi ascético, fue lo primero que escucharon antes de recibir las voces y las acciones de los personajes que los llevarían a la resolución de sentarse a escribir hasta el final. Los títulos están en todas partes y nos acompañan a dónde quiera que vamos, sobre todo en estas épocas donde el individuo es tan importante. Son los que nos ayudan a separar esa canción preferida que nos gusta de un disco, son los que están en los capítulos de una serie televisiva y nos ayudan a distinguir un momento en particular de nuestros personajes preferidos. Los títulos son una línea importante en la poesía. Suelen ser el resumen de un cuento. El título es una explicación alterna de una pintura. El título es lo aparentemente obvio en una fotografía. Algunos creadores traviesos usan el título como un reto: Mira mi obra y dime porque se titula de esta forma. Esto, claro, funciona de maravilla si tiene espectadores o lectores dispuestos a revelar el rompecabezas. Otros títulos, más aburridos pero que igual cargamos en la cabeza, son los títulos universitarios. Somos obras de arte que caminan con quién sabe cuántos años de estudios, diplomas, cursos y aprendizaje callejero. Si tenemos suerte en el mundo académico, en cada hogar hay un enorme título colgado en una de las paredes, que lleva nuestro nombre y nuestra fotografía, y en unas cuantas palabras dice qué sabemos hacer y en dónde pasaron unos cuantos años de nuestras vidas. El licenciado primero se presenta como licenciado y luego te da su nombre. El nombre y el apodo son títulos que nos describen en unas palabras. Nombre, apodo, apellidos y tenemos una persona a los ojos de nuestra familia, nuestros amigos. En ese orden: lo que nuestros padres desean para nosotros (por ejemplo, el padre que nos llama igual a él y espera que seamos un reflejo, una continuación de su existencia), el apodo (como nos perciben los otros
y esto, lamentablemente, puede ser definido por el momento más vergonzoso de nuestra existencia) y los apellidos (años de historia que irremediablemente cargamos a nuestras espaldas). ¿A poco no titular una obra de repente suena como una carga? Sobre todo para los escritores, esos loquitos, que piensan en sus textos como un hijo al que deben darle un nombre para asegurar su bienestar en el mundo, ese terrible mundo que hay afuera, lleno de lectores primerizos, lectores experimentados, críticos mordaces, anónimos en internet con ganas de carne fresca y niños que probablemente ni el título entiendan. Recuerda, no lo olvides, el título es lo primero que uno busca para darse una explicación. Por eso, cuando me invitaron a escribir una columna y que le pusiera título, caí en una pequeña depresión. Una columna periódica es una obra que no sabes cuánto tiempo estarás escribiendo. Escribiré lo que puede ser unos meses, puede ser un año y si logran convertirnos en cabezas dentro de aparatejos que nos mantengan con una consciencia, podría ser muchas vidas. Está claro que hice lo posible para aparentar una compostura y responder con entusiasmo que sí, pero ya en la soledad de mi oficina, prendí un par de cigarros y me dije necesito un título que funcione de aquí hasta... al menos, hasta Navidad. Escribí una cantidad modesta de palabras y las intercambié hasta encontrar títulos satisfactorios. Ya no vale nombrarlos porque si otro le gusta al lector, me veré en la enorme tentación de cambiarlo y el lector siempre tiene la razón. Así que mejor les guardo esos nombres alternos. Ni que fueran tan buenos. Entonces me encontré con el humo de mis cigarrillos nublando las palabras y tuve uno de esos recuerdos de la infancia -la revelación- y me vi como un niño, caminando en el edificio viejo donde solía vivir mi abuelo. Mi recuerdo no debe ser fiable, porque miraba a mi abuelo y a mi abuela, sentados cada uno en un sillón, a un lado de una ventana. Se podían ver las partículas de polvo contraluz a la ventana y parecía humo, mucho humo, ocultándome el rostro y la conversación entre ellos dos. Recuerdo la habitación llena de periódicos y recuerdo que mi abuelo sacó una pelota roja, y me la puso en las manos. Ese momento me pareció un truco de magia que había nacido entre las letras impresas de los periódicos. Se consumió el último cigarrillo y supe cómo había nombrar la columna. Esta es mi habitación de humo, donde espero hacer magia como mi abuelo la hizo conmigo, aún cuando haya sido el único acto de valor que hizo en su vida.
javier moro
Un departamento sin luz, repleto de esquirlas de vidrio tiradas por el suelo Un silencio espeso. Caminas sobre los cuerpos destrozados por las bombas incendiarias. Caminas sobre recuerdos acribillados por francotiradores, sin encontrar lo que alguna vez fue tuyo: el latido de una voz, el palpitar de un derrumbe. Caminas sobre lo que queda de ti, sin encontrar nada, ni siquiera una herida. 2 Recoges lo que queda: cuadernos mutilados, vasos destrozados. Silencios que se confunden. Los restos de una guerra perdida. Fotografías despedazadas por tus manos. Un poco de sangre, un sartén destrozado, y sales huyendo: 3 Un hombre que trata de reconstruir lo que quedó. Un hombre que regresa para encontrarse solo con los ecos que se alejan por la escaleras. Un hombre que regresa para encontrarse con las ventanas rotas y la televisión encendida. Un hombre que recoge lo que queda: vidrios rotos, alfombras quemadas, puertas tiradas. Un hombre que recoge sus restos, lo que queda de él.
los gordos luuk gruwez
poemas para perdedores Anhelo, un poco soñador, todo aquel firmamento poderoso, pero duermo en lodo y estiércol. -Tan puerco, y tan yo.
S
Luuk Gruwez, Cerdo cerca de Cassel
iempre me he preguntado cuál es el propósito de la poesía. Incluso si no tuviese alguno, tendría sentido. Si analizara que su única posibilidad es el diálogo, como cualquier manifestación artística, entre emisor y receptor, la tomaría como un fraude. La poesía debería tener un sinnúmero de posibilidades, como la Literatura misma. Siendo su vehículo de expresión la palabra, tendría que ser mucho más accesible: los seres humanos empleamos la palabra para comunicarnos, amén de utilizar otros discursos para expresarnos. Entonces, la poesía tendría que ser más socorrida por los individuos, tanto para exponer como para atender, lo cual tiene muchas implicaciones. El asunto es encontrar cuál es su propósito: ¿por qué debo leer poesía en vez de ver televisión o asistir a una exposición de pintura? No se trata de elegir uno o lo otro, como tampoco enaltecer uno condenando lo otro, y considero que la cuestión debe de ir más allá del gusto, el interés, la capacidad lectora. En lo personal, la poesía me parece una especie de guía para los descubrimientos: el punto no es saber qué voy a descubrir, porque en realidad es lo que menos importa, sino llegar a descubrirlo, encontrar y encontrarme una y otra vez, en cada poema, en cada lectura, en cada autor. Por lo tanto, si no busco, no encuentro, si no leo poesía, no descubro. Así de sencillo. Leer a Luuk Gruwez (Courtrai, Bélgica, 1953) ha sido de las experiencias más fascinantes que he tenido. Gruwez trascendió de enaltecer los pequeños detalles que el ojo común no identifica y de hablar del yo como miserable y condenado a la vida, a ser la voz de los desafortunados y patéticos, y a utilizar la poesía como exorcismo. Uno de sus poemarios se titula Una casa para personas sin techo: eso es su poesía. El poeta no ambiciona que su voz sea escuchada, dándole así un lugar en el mundo; el yo poético pasa a un segundo plano y sus sentimientos y emociones no son los más importantes ni los únicos. Gruwez entiende que existe el otro, aquél del que vale la pena hablar, ése de bajo perfil y silencioso, otro que puede ser cualquiera: la “cenicienta pálida”, la cincuentona, el matrimonio de medio siglo, las viejas señoras, las prostitutas, los gordos, la prima demente y el poeta como el “bufóndetodos” cuya misión es calzar los zapatos del otro y ser su portavoz, no con la intención de hacer un acto heroico, simplemente “Ponte en su lugar de un venido a menos. Y cae”. Gruwez cede su voz no con la intención de ridiculizar sino procurando preservar en la memoria a aquellos a los que fácilmente olvidamos, aquellos en los que difícilmente recaería nuestra atención. Y aquí es en donde radica la fascinación del lector y más aún, la grandeza del poeta. No se trata de falsa humildad, sino de un acto de infinita ternura. Lo único ridiculizado aquí es la eternidad, la creencia de que la palabra es eterna, pues nada trasciende, todo es finito, incluso la poesía. La única intención del poeta es tener la posibilidad de conservar el recuerdo. Ante todo, su poesía es humana, sobre lo humano; la mujer es tangible, carnal y por lo tanto, envejece y muere; el otro es un desdichado que existe y el poeta tiene conciencia de su existencia y de la propia, y, por lo tanto, de su temporalidad. Lo que busca el poema es hacer tiempo mientras llega la muerte o el olvido, sin importar el orden. Luuk Gruwez desmitifica la figura del poeta “Parlanchines, cotorras, pifias de Dios./ ¡Salvadnos, salvadnos de los poetas!”, la función de la poesía –si es que tiene alguna- y los motivos de la misma “Sólo lo inerme y lo que termina/ merece sobrevivir. Ninguna cosa.”, lo único que queda claro es que lo que menos deseamos es el silencio, porque tampoco lo necesitamos para llenar nuestros vacíos: “Cada más allá combina/ con aludes estrepitosos. Cosas que repiquetean, chillan,/ chirrian, se entrechocan. No necesitas niños ni ranas./ No de seguro a Dios. Y menos que nada versos.” Sí, leer a Luuk Gruwez es un descubrimiento constante para encontrar, de paso, cosas perdidas.
[I] Todo conocen los gordos del amor, hasta en el rincón más remoto de su cuerpo -las catacumbas de su carne. Su vientre es país extranjero donde viven, siempre deseando los más delgados talles y se les hace agua la boca como ante un pastel. No hay persona más sinceramente afligida, tan risueñamente triste en esa panza distante, lejanos los dedos del pie y las nalgas hinchadas, como si sólo constaran de excedentes: cien kilos casi de nada que nadie querrá jamás. [ II ] Puede solazarse tan estúpidamente de su carne al acecho del algodón de azúcar o del pan de jengibre, hasta en su último kilo, ridículamente en busca de todo lo dulce del amor. Su cuerpo no es suyo. Cada pequeño excedente es gran carencia. pero si desuellan del tocino del alma, quedan arrebujados en su grasa de la que nunca podrán privarse: como si sólo su vientre y sus nalgas fueran los más fiables recursos y lo único que buscaran mantener. Pues toda despedida les pesa. ¿Quién generosamente está listo para aplaudir, cuando luego, a toda prisa, se enfilen por el tobogán a la tumba? Traducción del neerlandés: Stefaan van den Bremt. Revisión y versión rítmica: Marco Antonio Campos
http://lja.mx/guardagujas editores: edilberto aldán / joel grijalva
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