Fragmento de la biografía sobre Carlos Olachea.

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El fin de semana antes de morir me lo encontré en una exposición en Bellas Artes donde me dijo que había ganado el premio Rufino Tamayo y que con ese dinero haríamos un viaje recorriendo toda la península en una casa rodante. Me ofrecí a acompañarlo a recoger el premio, pero no quiso y así, con un beso simple y un “nos vemos”, me despedí para no verlo nunca más.

Siempre le interesaron las texturas, pero no aquellas texturas convencionales que a veces los pintores utilizan para esconder una factura insípida o para realzar una paleta no del todo sentida o conscientizada. TERESA DEL CONDE, 1986

Lo importante de la obra de toda una vida –corta o larga–, son las acciones y los cambios de rumbo que fueron generándola. El recorrido del camino es más humano que la posada. Lo más bello y humano del hombre es, al fin y al cabo, la sucesión de nuestras acciones, de suyo efímeras e invendibles, sean búsquedas o encuentros, logros o frustraciones. JUAN ACHA, 1986

Su obra es fundamentalmente pintura, cuesta trabajo imaginársela como escultura, aunque sí se puede pensar en relieves. Los elementos de que se ha valido son la línea y el color. Dos elementos gramaticales que construyen un discurso expresivo.

s Olachea Carlo MEMORIA DE LAS IMÁGENES

AVRIL OLACHEA, 2018

CECILIO BALTAZAR, 1980

Carlos Olachea

MEMORIA DE LAS IMÁGENES 9 786078 478934

Portada: Carlos Olachea Lázaro. Aguafuerte, 31.5 x 49 cm, 1967 Fotografía: Aníbal Angulo


Carlos Olachea Memoria de las imรกgenes


Trazos sobre Carlos Olachea Juan Cuauhtémoc Murillo H.

La investigación La historia de Baja California Sur está en la vida de sus hombres y mujeres que, desde diferentes espacios y tiempos, han contribuido a formar lo que hoy tenemos y lo que nos falta en esta matria sudpeninsular. Las últimas dos décadas han generado en Sudcalifornia un amplio conocimiento sobre nuestro pasado, desde la escritura de investigadores universitarios, cronistas apasionados o por quienes, simplemente, tienen la voluntad y el interés de aportar nuevas luces ante un extenso panorama sobre el que existen aún muchas más dudas o desconocimiento.

Con la clásica y eficaz motivación de Aníbal, de “No te preocupes, te saldrá un texto breve”, me embarqué hacia un destino vislumbrado como cercano. Así, conforme conversé con él y realicé mis primeras lecturas, comencé a dimensionar que el camino no estaba tan próximo y que existían muchísimas más sombras que luces acerca de Olachea. Para empezar a escribir sobre el primer sudcaliforniano de la Academia de San Carlos, realicé diversas entrevistas con familiares y amigos del artista que me brindaban claridad en algunos aspectos de la vida de Olachea, pero también me generaron nuevas preguntas. Agradezco puntual y sinceramente la colaboración y tiempo de Beatriz y Sonia Olachea 269


Boucsiéguez, Lorena Lozano Olachea, Susana Campos, Avril Olachea Campos, Aníbal Angulo Cosío, Miguel Ángel Norzagaray, Juan Melgar Sánchez, Gabriela Valadez, Manuel Salvador Castro, Manuel Camacho, Juan Manuel Green Olachea y María Eugenia Chellet. El uso de archivos y hemerotecas resultó fundamental para precisar un dato o ampliar la información sobre alguna actividad de Olachea, por lo que agradezco al personal del Archivo Histórico Pablo L. Martínez, del Archivo General del Gobierno del Estado de Baja California Sur, de las hemerotecas de la Universidad Autónoma de Baja California Sur, del periódico El Sudcaliforniano, del Departamento de Certificación Escolar de la Secretaría de Educación en la entidad y de la Escuela Secundaria Tte. José Antonio Mijares, por su invaluable apoyo. Agradezco en forma infinita la confianza del director del Instituto Sudcaliforniano de Cultura, Christopher 270

Amador Cervantes, y, muchas veces más, a Aníbal Angulo por la invitación para escribir el texto de esta publicación y ser parte del armado del rompecabezas en que se convirtió la investigación sobre José Carlos Olachea Boucsiéguez. En el proceso de la investigación identifiqué que la figura de Carlos Olachea es más bien conocida por sudcalifornianos mayores de cuarenta años y desconocida para las generaciones de jóvenes, incluso entre artistas locales. Uno de los orígenes de tal desconocimiento está en el hecho de que, a partir de su fallecimiento, su figura quedó congelada como el artista que fue. De ahí que la mayor parte de las referencias bibliográficas atañen a su obra artística. No existían, hasta ahora, trabajos que ahondaran en la persona, en el niño o en el joven sud­ californiano que vivió en estas tierras. Aquí estaba una dificultad, pero también se abría la posibilidad, la oportunidad de la verdadera investigación sobre él.


Muchos de los textos localizados sobre nuestro artista plantean un gran salto en su vida, ya que inician con la referencia obligada del lugar y fecha de nacimiento y continúan a partir de sus estudios en San Carlos hasta su muerte. Este salto fue, desde un principio de la presente edición, el motivo de una deuda que comenzamos a saldar en su memoria. Sin duda alguna, en esta obra se encontrarán luces nuevas sobre la vida de Olachea, pero también se puede anticipar que a partir de ahora surgirán nuevos datos, anécdotas, documentos e interpretaciones sobre la vida y obra que hacen de nuestro artista un sudcaliforniano ilustre para las actuales pero, sobre todo, para las futuras generaciones. Con ello queremos contribuir también a dejar atrás, siguiendo al historiador Michel-Rolph Trouillot, los silencios que aún guarda la historia sudcaliforniana.

Primer trazo. El origen del maestro

El nacimiento de José Carlos Olachea Boucsiéguez fue, de cierta manera, inesperado, cuando menos para sus padres. De acuerdo a los planes, José Olachea Montejano y Guadalupe Boucsiéguez Cardoza esperaban que su primer hijo naciera en La Paz, pero una comisión de trabajo del jefe de la inminente familia lo llevó a ocuparse en la localidad minera de Santa Rosalía, en el extremo norte del entonces Territorio Sur de la Baja California. Cuando menos en su primera década como empleado del gobierno del territorio (al cual ingresó el 1 de enero de 1938 como escribiente y se mantendría hasta su jubilación 31 años después), Olachea Montejano realizó diversas funciones en la Tesorería General lo que le llevó a residir en distintas localidades de la geografía sudcaliforniana, como San 271


José del Cabo, Santiago, San Antonio y Santa Rosalía. Olachea Montejano viajó hacia finales de junio de 1940 al mineral mulegino acompañado de su esposa, quien realizó una travesía marítima embarazada de José Carlos, Pepín (apelativo que le asignaron sus familiares y más allegados amigos para distinguirlo del de su padre, a quienes se referían como Pepe). Pepín nació el 4 de noviembre de 1940, el día de San Carlos por lo que le asignaron católicamente este nombre acompañado de José, como era el de su padre, el abuelo y el bisabuelo paternos. La familia paterna estaba asentada en el sur del territorio desde varias generaciones atrás, desde que el primer Olachea, Agustín, llegó al territorio en la década de 1860 y que se asentó en la localidad minera de San Antonio, cuando ésta comenzó a vivir el auge en la explotación del oro. El fundador de la familia se casó con Rosalía Flores, oriunda de 272

la misma comunidad, con quien procreó tres hijos: José, Serbia y Santiago; el primero contrajo nupcias con Victoria Burgoin, quienes se convertirían en los abuelos paternos de Pepín; en tanto, el tercero formaría la familia de la cual surgió Agustín Olachea Avilés quien, con el paso de los años, se incorporó a la Revolución de 1910 y realizó una extensa carrera en las filas del ejército hasta alcanzar el grado de general de división y gobernar en dos ocasiones el Territorio Sur de la Baja California. Parte de la familia Olachea se estableció en Santa Catarina, ubicada a escasos doce kilómetros de San José del Cabo cuya rama alcanzó lazos con otras familias tradicionales de San José del Cabo, como los Burgoin, Lucero y Aguiar. En tanto, los ascendientes directos de Guadalupe Boucsiéguez Cardoza habían formado la familia a partir de la llegada del abuelo procedente de Francia en un barco que, al iniciar el siglo


XX, encalló frente a las costas de Mazatlán, Sinaloa, circunstancia que lo llevó a residir en la localidad cercana de El Recodo. En esta localidad nació José Boucsiéguez Borrego, el abuelo materno de Pepín, quien a mediados de la década de 1910 se trasladó a La Paz donde se asentó como talabartero particular y contrajo matrimonio con Emilia Cardoza González. De esta unión nacieron nueve hijos, entre ellos Guadalupe, nacida en 1922 y madre de Pepín. José y Guadalupe se conocieron en un baile popular en la ciudad de La Paz en 1938 y un año después contrajeron nupcias, unión que se mantuvo hasta el fallecimiento del primero en los inicios de la década de 1980, tiempo en que lograron procrear nueve hijos: Carlos, Francisco Javier, Beatriz Eugenia, Jorge, Hugo Enrique, Sonia Guadalupe, Josefina, Urania y Victoria. En el tiempo del nacimiento de José Carlos, Santa Rosalía era la localidad

más importante del territorio en términos económicos y poblacionales, como consecuencia del auge en la explotación del cobre, desde su fundación en la década de 1880. Estas circunstancias le permitieron alcanzar, en 1940, la cantidad de poco más de 7 mil habitantes, aunque había alcanzado una cifra superior a los diez mil, pero que se redujo en los años recientes como consecuencia de la crisis en que entró el mineral. La ciudad contaba en ese momento con los mejores servicios para la época en Baja California Sur, particularmente en educación y salud, entre otros, lo que, sin embargo, no atrajo suficientemente al padre de Pepín para quedarse con su familia a residir en ella. Así, a los pocos meses de nacido Pepín, la familia se trasladó a la ciudad de La Paz, en donde permaneció también un corto lapso, pues cambiaron de nuevo su adscripción para vivir durante los siguientes años en Santa Catarina. Para 273


la generación de ingresos destinados al sustento de su familia en esta comunidad, Olachea Montejano intentó establecer un negocio de carnicería (aprovechando la producción ganadera a la que se dedicaban algunos miembros de

Don José Olachea Montejano. Archivo familiar Lozano Olachea.

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la familia Olachea), el cual no prosperó por falta de fondos suficientes para su sostenimiento, al tiempo que gozaba de una licencia en su empleo en el gobierno del territorio. Para 1946, Olachea Montejano reingresa a su plaza en la Tesorería del gobierno y por tres meses es enviado como recaudador interino en Santa Rosalía, para trasladarse de nuevo a la ciudad de La Paz por un lapso breve, ya que se le readscribe una vez más a San José del Cabo, aunque para finales de 1947 intenta emprender el cultivo de 25 hectáreas en San Juan de Los Planes, cuya actividad tampoco prospera, y para mayo de 1948 se encuentra en La Paz en donde permanecería hasta su jubilación en 1967. Ante los vaivenes laborales y de residencia del jefe de la familia, la esposa y los hijos permanecieron los primeros años de la década de 1940 en Santa Catarina, por lo que José Carlos quedó bajo


la instrucción de su tía paterna, Conchita, profesora y administradora del internado en esta comunidad que se fundó en 1947, como parte del sistema de atención a escuelas rurales que impulsó en esta década el profesor Jesús Castro Agúndez en el territorio. En 1948, poco antes de alcanzar los ocho años de edad, Carlos se estableció con el padre y la familia en La Paz. En un principio residieron en la casa de los abuelos paternos, en la actual esquina de Mariano Abasolo y Manuel Márquez de León, por lo que se le inscribió en el primer grado en la escuela primaria Ignacio Allende, sobre la calle Nicolás Bravo esquina Aquiles Serdán. En 1950, al cambiar de domicilio nuevamente, ahora en la calle 5 de Febrero entre Mariano Abasolo y Bonifacio Topete (apenas a unos metros de la orilla de la ensenada de la bahía, donde don José adquiere un terreno propio), Pepín y sus hermanos también

cambiaron de escuela y se les registró en la primaria Capitán Rosendo Robles, que se hallaba localizada (y donde permanece en la actualidad) en el popular barrio El Manglito, zona habitada por familias de pescadores de la ciudad. Es

Doña Guadalupe Boucsiéguez Cardoza. Archivo familiar Lozano Olachea.

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en este tiempo cuando Pepín comenzó a dar muestras de su habilidad para realizar dibujos que atraían a sus compañeros de clase, a quienes trazaba imágenes en la tierra o en hojas de los cuadernos. Carlos lo rememoraría tiempo después y

reconocería también que era una de las actividades que más lo divertían en su infancia, especialmente cuando salía a tomar el sol en el patio de su casa. Fue el dibujo, llegó a asegurar el artista, su verdadero origen en el arte. Su hermana

Pepín a los 14 años de edad. Archivo Escuela Secundaria José Antonio Mijares, San José del Cabo.

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Beatriz reafirma esta tendencia de Pepín cuando ambos eran niños y que su madre le alentó para realizarlos con frecuencia. De igual manera, nos dice Beatriz, en estos años Carlos fue un niño inquieto, sin descanso, que siempre estaba haciendo algo para estar en movimiento, a tal grado que en dos ocasiones se fracturó un brazo. La primera vez ocurrió cuando estaba brincando de mesabanco en mesabanco (que en esa época eran como pequeñas mesas de madera para espacio de dos alumnos), hasta que perdió el equilibrio, lastimando su extremidad superior. Más o menos un año después, la misma energía que guardaba le llevó a treparse a un pino en ocasión de la búsqueda de uno que se convirtiera en el árbol de Navidad de la familia. Sin embargo, al saltar de rama en rama tampoco calculó la distancia para sujetarse correctamente y con la caída se lastimó de nuevo el brazo. Una recuperación incompleta determinó que

Carlos mantuviera esta experiencia en la secuela de mostrar una ligera desviación del brazo durante toda su vida para no alcanzar a flexionarlo del todo. La permanencia de los niños Olachea Boucsiéguez en la escuela Rosendo Robles se mantuvo escaso tiempo, como consecuencia de un enfrentamiento de Carlos con una compañera de su grupo. Ésta, en narración de su hermana Beatriz, le insistía a Pepín para que se convirtiera en su novio, a lo que el futuro artista se negó constantemente. En uno de esos días de persistencia de la niña en el edificio educativo, Carlos la rechaza una vez más por lo que se aleja de ella y emprende una carrera hacia el lado opuesto del patio de la escuela y, a una distancia prudente, con la confianza de zanjar la tortuosa incomodidad, Pepín levanta una piedra del suelo que arroja con fuerza para lograr estrellarla en el rostro de la pretendiente. El incidente, desde luego, no pasa desapercibido en la co277


munidad escolar, lo que lleva a la entonces directora del plantel, la conocida maestra Jesús Rolland, a expulsarlo de la escuela. Si bien la profesora expresó al padre de José Carlos la decisión de dejar fuera sólo al agresor, con el ofrecimiento de que los otros dos hermanos permanecieran en la escuela, don José decidió llevarse a sus hijos a una nueva escuela, la 18 de Marzo de 1938, asentada en pleno centro de la ciudad. Su tránsito en esta escuela transcurre sin complicaciones, no obstante que para entonces ya contaba con casi doce años de edad. Al observar los resultados que se registraron en su certificado de este nivel educativo, destaca que las mejores calificaciones las obtuvo en las materias relacionadas con su futuro: Dibujo, 10; Trabajos Manuales, 9; y Música y Canto, 8; mientras que en el resto de las asignaturas se mantuvo con un promedio de 7. La alta calificación obtenida en Dibujo llevó a la directora del plantel, profesora 278

Rosa S. de Torreblanca, a extenderle la distinción de una Nota de Honor al concluir los estudios. Pepín concluyó su educación primaria en junio de 1954, al igual que otros quince alumnos de la escuela, entre los que se hallaban Alfonso Trasviña Taylor, Jesús Agúndez Romero, Román Pozo Lucero, Aída Miranda Castillo, María Elisa Romero Salvatierra y Norma Olachea Luna, que estuvieron a cargo del profesor Luis Savín. En este año, la ciudad de La Paz contaba tan sólo con una escuela secundaria, la José María Morelos y Pavón, ubicada en pleno centro de la capital y a escasos metros de la escuela primara 18 de Marzo de 1938. Sin embargo, esta opción no fue la decisión de Pepín, ya que las difíciles circunstancias económicas por la que atravesaba la familia Olachea Boucsiéguez le llevaron a abandonar temporalmente el sistema educativo.


No obstante, el tiempo del ciclo escolar 1954-1955 lo ocupó asistiendo a la Academia Salvatierra en donde se dedicó al estudio de mecanografía y taquigrafía. En julio de 1955, don José Olachea Montejano solicitó al director de la Escuela Normal Urbana que aceptara a su hijo como becario del Internado para Varones de la institución, al persistir la precaria economía familiar, con el interés de que el joven continuara con su educación superior. Sin embargo, hasta donde sabemos, la petición fue rechazada. Para este tiempo, Pepín comenzaba su adolescencia mostrando un natural comportamiento rebelde que obligó a su padre a buscarle encauzamiento bajo la conducción de su hermana Conchita, en San José del Cabo. Como ya se mencionó, la hermana menor de don Pepe, maestra egresada de la Escuela Normal Campesina de San Ignacio, se había hecho cargo de la escuela y el interna-

do rural en Santa Catarina. Las circunstancias de crecimiento poblacional de la región y la intención de conjuntar el internado para alumnos de educación primaria con los de secundaria, llevó a la autoridades del territorio a trasladar el albergue de Santa Catarina a San José

Carlos a los 17 años de edad. Archivo Escuela Secundaria José Antonio Mijares, San José del Cabo.

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del Cabo en 1951, a la par del establecimiento de la escuela secundaria por cooperación Club de Leones. La secundaria se estableció originalmente en las instalaciones de la escuela primaria Vicente V. Ibarra (donde actualmente se halla el mercado Alberto Alvarado Arámburo), para pasar un año más tarde a ocupar un nuevo espacio temporal en la escuela primaria Gregorio Cruz y Rodríguez, en pleno centro de la localidad, frente a la Misión de San José. Sin alcanzar un lugar propio, la escuela se ubicó más tarde a unos metros frente al lugar que ocupó también el teatro de la localidad y, finalmente, en un predio cercano al estero de San José, donde permanece todavía. Es en éste último lugar donde la escuela, en 1961 recibe el nombre de Teniente José Antonio Mijares que aún ostenta. Carlos ingresó a la escuela secundaria con quince años de edad, a unos meses de alcanzar los dieciséis, y perma280

neció solamente en primero y segundo grados. De acuerdo con testimonios de familiares y compañeros de escuela, Pepín se mantuvo como un estudiante de bajo perfil, con una relación sin complicaciones con sus maestros y compañeros de clase, pero se destacó por su habilidad con el dibujo, y estableció una sana competencia por la elaboración de trabajos con su compañero de clase y primo hermano Rafael López Green quien, con el paso del tiempo, se graduaría como ingeniero y ocuparía diversos cargos en la administración municipal de Los Cabos, entre ellos el de cronista de San José del Cabo. También ocuparon con él una banca en su grupo otros josefinos que tiempo más tarde alcanzarían los cargos de presidente municipal de Los Cabos, como el ingeniero Manuel Salvador Castro Castro y el profesor Miguel Antonio Olachea Carrillo. En esta etapa de su vida que Pepín vivió en San José del Cabo, la localidad


no llegaba a los 8 mil habitantes que vivían dedicados a actividades agrícolas, ganaderas y al comercio, preponderantemente. Como narra Castro Castro, el tiempo de los jóvenes se ocupaba en los estudios matutinos, mientras que en la tarde lo destinaban a juegos, en

ocasiones a asistir al cine que se ofrecía con cierta regularidad en las instalaciones de la delegación de gobierno y, comenzada la noche, a organizar serenatas que no debían pasar de las diez de la noche, en razón de que el servicio de electricidad se cortaba a esa hora en todo el pueblo.

Carlos con familiares en La Paz. Archivo familiar Lozano Olachea.

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Pero también los bailes resultaban atractivos como diversión, en los que destacaba la Orquesta Pérez, entre la que formaban parte algunos maestros de la escuela secundaria. Con cierta frecuencia, especialmente los fines de semana, Pepín y otros muchachos visitaban la playa de El Médano, localizada en la vecina población de Cabo San Lucas, que apenas reunían a un pequeño conjunto de casas a la orilla del camino de terracería, cercano a la procesadora de atún. Los recorridos en dicha playa se mantuvieron en la memoria de Carlos durante el resto de su vida, a la que, ya como artista, acudiría en numerosas ocasiones para recolectar arena que utilizó como material en algunas de sus obras. Si bien Pepín no concluyó los estudios en esta escuela, en los que promedió una calificación de ocho en los dos años, y no formó parte de los diversos equipos deportivos de la institución (motivación 282

que, en cambio, resultaba importante para la mayoría de los estudiantes, con la meta de participar en los importantes juegos que se organizaban a través de las Olimpiadas Territoriales), en este tiempo se destacó en la clase de Dibujo donde mantuvo un promedio de diez, la única y más alta calificación obtenida en todas las materias impartidas. Para finales de 1957, Pepín se trasladó de nuevo a vivir en la ciudad de La Paz donde ingresó como meritorio en el gobierno del territorio. En marzo de 1958, precisamente un día antes del de San José, la familia Olachea Boucsiéguez vivió el desafortunado accidente de los hermanos Javier y Jorge, quienes fueron embestidos al descender por la colina de la calle Nicolás Bravo, frente al Parque Cuauhtémoc, por uno de los camiones de la empresa algodonera. En el percance falleció el primero, mientras que el segundo resultó gravemente herido. La muerte de su segundo


hermano dejó una honda huella en la personalidad de Pepín. Después de un año de formar parte del gobierno local sin un salario seguro, en noviembre de 1958, a unos días de cumplir dieciocho años de edad, Pepín obtiene su primer trabajo remunerado, al ocupar una plaza temporal como empadronador, junto con otros dos jóvenes, para realizar los trabajos del revalúo de la propiedad rústica y urbana, que la oficina de Catastro de la Tesorería General del gobierno del Territorio (área en la cual también se encuentra laborando su padre) emprende casa por casa, al establecerse el nuevo plano oficial de la capital. Por esta labor, Carlos recibe como compensación un salario de 300 pesos al mes. En esta oficina permanecería el año de 1959 y hasta principios de 1960, ya que en abril de este año se le readscribe a la oficina de Prensa y Publicidad, con una compensación de 15 pesos diarios.

Durante su lapso como empleado del gobierno del Territorio, Carlos ocupó también su tiempo en diversas actividades artísticas que fueron consolidando su interés por mayores alcances. Así, a principios de la década de 1960, como él mismo llegó a recordar algunos años después, formó parte de un café literario en los que se compartían información y lecturas clásicas y montaban obras de teatro. Como parte de este grupo se encontraban Aníbal Angulo, Ignacio del Río y otros que conformarían la nueva ola del teatro en el territorio, como una tradición que procedía desde las últimas décadas del siglo XIX. Estas actividades contribuyeron a tener más clara su intención de ocuparse en estudios que fortalecieran su habilidad para el dibujo por lo que buscó la manera de trasladarse a la Ciudad de México para ingresar a la Escuela Nacional de Artes Plásticas, que en ese tiempo se ubicaba en el edificio de la Antigua Aca283


demia de San Carlos, a escasos metros atrás de Palacio Nacional. El primer intento para alcanzar su objetivo se lo planteó a un familiar ligado por la vía paterna, el general Agustín Olachea Avilés, exgobernador del territorio y a la sazón secretario de la Defensa en el gobierno del presidente Adolfo López Mateos. La entrevista que efectuó ante el encumbrado militar sudcaliforniano no obtuvo la respuesta anhelada. El distinguido pariente intentó disuadirlo de incorporarse a la más alta escuela de la plástica mexicana, con el argumento, palabras más palabras menos, de que sería mejor buscar una carrera más “productiva” para su futuro ya que San Carlos, le recalcó Olachea Avilés, no era precisamente una escuela para “hombres”, por lo que podría ayudarle con otras opciones, entre ellas le ofreció la carrera de las armas. Ante la infructuosa petición, Carlos simplemente agradeció la atención del 284

hombre forjado en la Revolución Mexicana y optó por buscar el apoyo en otro lado. El aliento final para la migración, sin embargo, lo encontró en otro militar del momento, el general Bonifacio Salinas Leal, gobernador en ese momento del Territorio, quien le concedió el permiso para ausentarse de las funciones que desempeñaba en su administración y con el ofrecimiento de enviarle mensualmente su compensación, a manera de beca, durante el tiempo que duraran sus estudios en la Academia de San Carlos.

Transiciones. Los estudios de Carlos en San Carlos Carlos Olachea llegó a la Ciudad de México para quedarse el resto de su vida y cumplirse, con tenacidad y persistencia, el sueño de convertirse en artista. Su arribo ocurrió cuando la capital del país iniciaba una de las décadas más con-


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