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la culpa, solo la culpa
Hay pocas cosas tan terribles como la culpa. Es un dolor que ahoga y te acompaña cada minuto. En la noche, el sueño no llega y al despertar, los recuerdos golpean como remolinos. Los hombres doblegados por la culpa viven su vida a medias, son borrones de lo que alguna vez fueron. Están contigo en la fla, se sientan en el restaurante en la mesa de al lado y compartes con ellos el humo de tu cigarrillo. Si te detienes a ver, los puedes encontrar cada día entrando en mi despacho. Sin embargo, hay unos casos singulares cuya mención vale la pena.
El 7 de agosto de 1956 ingresaron a un hombre perturbado atribuyéndose la responsabilidad de la explosión. Toda la ciudad estaba conmocionada con la tragedia y, ante la falta de respuestas, el hombre fue encerrado y torturado por más de cuatro horas antes que pudiera interrogarlo.
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La sala no tiene ventanas, una lámpara ilumina tenuemente el espacio central donde está el hombre esposado a una silla. Tiene un ojo cerrado por los golpes, de su boca gotea sangre que escurre en el pecho y se empoza donde empieza la barriga. Me mira desafante cuando me acerco.
Me siento en frente, el secretario de despacho está a mi lado y ajusta la máquina con la que mecanografía la declaración. El personero municipal no tardó en llegar. Después de hacer el juramento, empezamos.
- Podría por favor contarme ¿qué sucedió? -dije en un tono cordial.
- Yo conducía un camión y después lo exploté -dijo con voz desesperada.
- Está bien, pero cuénteme por favor desde el inicio, ¿cuál es su nombre y profesión?
- Mi nombre es Pablo Rodríguez, tengo 31 años y nací en Cali, pero hace años que no resido aquí. Estoy casado, de profesión motorista.
Su declaración fue precisa hasta la llegada a Cali. El recorrido de los camiones empezó en El Piñal de Buenaventura con órdenes explícitas de detenerse en la antigua estación del Ferrocarril en la guarnición del Batallón Codazzi. Durante mis años interrogando personas aprendí a detectar incongruencias, fallos en la verdad, sabía que algo ocultaba. No dio un motivo para estallar los camiones pero era el único sobreviviente que conocía el contenido de éstos. Los militares querían un responsable y Pablo se ofreció gratuitamente.
El Servicio de Inteligencia Colombiana llegó intempestivamente y nos sacó de la habitación. Me dieron instrucciones de no revelar lo que escuché y de retirarme. Soy un hombre solitario y además de mi trabajo no tengo mucho que hacer. En mi casa, el ventilador estaba descompuesto y la radio no paraba de enumerar nombres de personas y hospitales. Toda la ciudad especulaba sobre la explosión. En mi mano conservaba la transcripción, la cual leía una y otra vez. Seis camiones civiles cargados con dinamita escoltados por un convoy militar se estacionaron frente a la antigua estación de Cali para ser después detonados. ¿Por qué alguien quería incriminarse en semejante tragedia?
Al día siguiente, antes de empezar actividades, lo visité en su celda y le llevé cigarrillos.
- Tenga en cuenta que yo no soy quien lo juzga. Pase lo que pase con su caso, no infuirá mi opinión en la decisión del juez. ¿Quiere que le informe a su esposa que se encuentra aquí?
El hombre lloró.
- Mi esposa está muerta y mi hija también. Yo las maté. La culpa del hombre no provenía de la explosión sino de algo de mucho más atrás. Hace dos años, Pablo vivía con su esposa e hija en Siloé. En ese entonces, Pablo era afcionado al hipódromo y perdió los ahorros de su familia apos- tando. Avergonzado y desesperado aceptó un trabajo como conductor de camiones y se fue con lo que llevaba puesto, sin una nota, sin llamar. Nunca volvió. Los años pasaron. Ahora tenía dinero y quería recuperar a su familia.
A la media noche, el Sargento Higuita le pidió estacionar el camión y entregar las llaves para que dos soldados duerman en la cabina. Un conocido lo llevó a Siloé donde vive su suegra. La señora no escondió su molestia. No lo deja pasar y le informa desde la ventana que su esposa hace un año lo cambió por su hermano.
Pablo camina hasta conseguir un taxi y le pide que lo lleve al barrio Piloto donde vive su hermano. Las manos le sudan y tiemblan. La saliva se le espesa al imaginar a su esposa compartiendo la cama con su hermano mayor. Su hermano siempre le robó las novias, al menos hasta antes del accidente. Después se volvió huraño, maldecía las muletas que debía usar de por vida.
Una pequeña explosión se escucha y luego otra, fuerte, ensordecedora. El auto se detiene, ambos se bajan. Un hongo rojo se dibuja en el cielo y siente la lluvia de polvo que cae. El conductor toma la carrera cuarta y se acerca hasta donde empiezan a aparecer los fuegos y personas pidiendo ayuda. Pablo se baja del taxi y comienza su recorrido a pie.
Le duelen los dientes apretados. Escucha gente que le habla, le grita, pero la ignora. Los rostros sucios de sus antiguos vecinos le son irreconocibles. El polvo se mete en los pulmones y lo cansa, tose. Trata en vano de reconocer el barrio, ubicar la calle.
A las dos de la mañana Pablo llega al lugar donde debía estar la casa de su hermano. Los pequeños incendios iluminan y calientan tenuemente la calle. Amasijos de escombros se reparten desordenados como túmulos hasta donde la oscuridad permite ver. Una brisa reparte la ceniza que lo cubre todo. Un hombre se le acerca por detrás y apre- sa el brazo de Pablo. Al voltear ve un hombre de un solo ojo y un hueco donde se supone la boca, lo que resta, está cubierto de hollín sanguinolento. Con un gemido cae a los pies de Pablo.
Al lado de sus zapatos Pablo encuentra a Catica, la muñeca favorita de su hija y, un metro adelante, el vestido de fores amarillas que le regaló a su esposa en el primer aniversario. Reconoce inmediatamente la pierna de su hermano, la cicatriz del accidente. Escarba en silencio. El esfuerzo y el aire viciado demoran su labor. En la superfcie se descubre el cuerpo de su hermano.
Pablo se levanta y suelta un -Puta vida, los maté a todos. Un militar me saca de la celda y me informa que me necesitan para interrogar a otros detenidos. Al llegar a la sala me encuentro con un hombre sentado y cuento rápidamente más de veinte, todos alineados contra el muro. Todos fueron traídos por el SIC como sospechosos de la explosión.
Empecé a interrogarlos, la mayoría eran enemigos del régimen, también estaban los otros conductores y unos militares del Batallón Codazzi que, por evadirse esa noche, sobrevivieron a la explosión. Uno de los enemigos me dio indicios sobre un plan para demoler la zona y cómo esta acción resultaría en la caída de Rojas. Los soldados eran de Palmira y sólo querían irse de putas. Los conductores sabían lo mismo que Pablo. A todos los encerramos, muchos fueron torturados.
Inteligencia ya había descartado a Pablo y se enfocó en una frma de constructores bogotanos recién llegados a la ciudad y en empresarios que recientemente compraron seguros contra explosiones. Escuchados todos, volví al fnal del día a visitar a Pablo.
- Tu no los mataste -le dije- Que ibas a saber tú que esa dinamita explotaría.
- Yo quería matarlos, lo deseaba, desde que tomé el taxi. No quería matar a mi hija.
Pablo vuelve a llorar.
Dieciocho días más tarde, no pude creer la orden frmada por el puño y letra del General. Rojas ordenó liberar a todos los detenidos. Visité la celda de Pablo, le di la noticia y nos despedimos.
Pablo quedó solo mirando las escaleras que lo llevaban a la libertad. La justicia lo exime de la responsabilidad. No era desgano ni obstinación lo que le impedía cruzar el umbral. Todo lo contrario, la culpa, sólo la culpa. Los demás liberados, se alejan silenciosos, queriendo olvidar los vejámenes a los que fueron sometidos. Pablo en cambio, desea regresar al dolor de la tortura, quiere pagar una a una las muertes que provocó el 7 de agosto de 1956. La calle y la luz del mediodía lo reciben. Camina hacia la casa de su hermano pero un militar lo detiene.
- No puede pasar, el área está clausurada.
Pablo caminó sin inmutarse.
- Alto, ¿No oyó? ¡Alto!
Un golpe seco de hierro y madera llegó con un crujido a su nuca, cayó. Lo último que vio fue el vestido amarillo de su esposa.